Salmo 8:5 explicación - La Dignidad del Ser Humano ante Dios
INTRODUCCIÓN:
Los científicos han descubierto algo asombroso: las leyes del universo parecen estar ajustadas con una precisión imposible para permitir la vida humana. Si la fuerza de gravedad fuera ligeramente mayor o menor, si la distancia entre la Tierra y el Sol variara apenas, si la masa del protón fuera diferente, la vida no existiría. Este fenómeno se conoce como "principio antrópico": el universo parece hecho a la medida del hombre.
David, sin telescopios ni conocimientos de física, ya lo había percibido. Mirando al cielo estrellado, vio la majestad de Dios y se preguntó: "¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?" (v. 4). No entendía por qué el Creador de inmensidades se fijaba en criaturas tan pequeñas.
La respuesta que recibe es asombrosa. Dios no solo se fija en el hombre, sino que en el principio lo diseñó con una dignidad extraordinaria: lo hizo "poco menor que los ángeles", lo coronó de gloria y le dio señorío sobre la creación. El salmo describe el propósito original de Dios para la humanidad. Sin embargo, el hombre que David ve a su alrededor no refleja esa gloria. Hay una ruptura. El pecado entró y lo desfiguró todo. La corona cayó al polvo. Pero el diseño original de Dios no ha sido anulado, y el salmo mira proféticamente al día en que, en Cristo, esa gloria será plenamente restaurada.
Al contemplar esta paradoja —el universo hecho para el hombre y el hombre hecho para Dios— descubrimos que el Creador le otorgó una triple bendición, que el pecado quebrantó pero que Cristo restaura.
I. POCO MENOR QUE LOS ÁNGELES: LA NATURALEZA DEL HOMBRE
"Le has hecho poco menor que los ángeles" (versículo 5a).
Explicación Exegética:
La frase hebrea es "poco menor que Elohim". Elohim puede significar Dios o seres celestiales. La versión de los Setenta tradujo "ángeles", y el autor de Hebreos (Hebreos 2:7) sigue esta interpretación, aplicándola a Cristo. David está recordando Génesis 1: "Hagamos al hombre a nuestra imagen". El ser humano fue creado con una naturaleza que lo sitúa apenas por debajo de los seres celestiales, muy por encima del resto de la creación visible.
Esto se refiere al ser del hombre, a su naturaleza esencial: un ser espiritual, racional, con conciencia, voluntad e inmortalidad, creado a imagen de Dios. Cuando el pecado entró en el mundo, esta imagen fue profundamente desfigurada, pero no aniquilada. El hombre caído sigue siendo un ser espiritual y moral, distinto de los animales, pero ahora es un ser en rebelión contra su Creador. La capacidad de ser "poco menor que los ángeles" permanece, pero como una naturaleza caída.
Aplicación Clave:
Aunque el pecado desfiguró la imagen de Dios en ti, no la destruyó por completo. Tu valor no depende de tu desempeño moral, sino de que fuiste creado por Dios y para Dios.
Pregunta de Confrontación:
Si fuiste creado casi al nivel de los ángeles, ¿por qué vives como si tu naturaleza fuera apenas la de un animal que solo busca satisfacer sus instintos?
Texto de Apoyo:
Salmo 144:3: "Oh Jehová, ¿qué es el hombre, para que lo conozcas? ¿O el hijo de hombre, para que lo estimes?"
Frase Célebre:
"El hombre no es un ángel caído, sino un ser humano que lleva en sí mismo la imagen de Dios, empañada pero no destruida." — Juan Calvino
II. CORONASTE DE GLORIA Y HONRA: LA DIGNIDAD DEL HOMBRE
Texto: "Y lo coronaste de gloria y de honra" (versículo 5b).
Explicación Exegética:
El verbo "coronaste" (תעטרהו, te'atrehu) indica una acción real y solemne: Dios mismo colocó una corona sobre la cabeza del ser humano. En el mundo antiguo, la corona era el símbolo máximo de autoridad, dignidad y victoria. Dios invistió al hombre con una dignidad real.
"Gloria" (כבוד, kavod) es la manifestación de la presencia divina; "honra" (הדר, hadar) es la belleza, la majestad, el esplendor. El hombre fue creado con una hermosura moral que reflejaba la perfección del Creador. Esta era su corona, el derecho a ejercer su señorío como representante de Dios.
Con la caída, el hombre perdió esta corona. Fue destronado. Pablo declara que todos los hombres "están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23). La palabra significa "carecen de", "están privados de". El hombre caído no gobierna sobre el pecado, sino que es gobernado por él. Su dignidad real yacía en el polvo.
Aplicación Clave:
Reconoce que por ti mismo has perdido toda gloria. Tu dignidad no viene de ti, sino de Dios. Solo en Cristo, el segundo Adán, la corona caída es restaurada y puesta sobre tu frente por gracia.
Pregunta de Confrontación:
Si Dios te coronó, ¿por qué vives mendigando aprobación y valor de un mundo que no puede darte lo que ya perdiste?
Texto de Apoyo:
Salmo 103:4: "El que rescata del hoyo tu vida, te corona de favores y misericordias."
Frase Célebre:
"La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios." — Ireneo de Lyon
III. SEÑOREAR SOBRE LAS OBRAS DE SUS MANOS: LA FUNCIÓN DEL HOMBRE
Texto: "Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies" (versículos 6-8).
Explicación Exegética:
El verbo "señorear" (תמשילהו, tamshilehu) implica gobierno, dominio, administración. Dios puso al hombre como su representante en la creación. La expresión "debajo de sus pies" es una imagen de sometimiento y autoridad. La lista de criaturas sigue un orden: animales domésticos, salvajes, aves, peces. Es un eco del mandato de Génesis 1:26-28.
El hombre retiene un señorío funcional sobre la creación. Sigue teniendo autoridad de hecho sobre los animales y los recursos de la tierra. Pero este señorío está ahora bajo maldición. El trabajo se volvió penoso, la tierra produce espinos y cardos, y el hombre ejerce su dominio desde el egoísmo y la explotación, no desde la mayordomía amorosa para la cual fue diseñado.
El Nuevo Testamento aplica este texto a Cristo (1 Corintios 15:27; Hebreos 2:8). En Él, el verdadero señorío es restaurado, y en Él, nosotros somos llamados a ejercer nuestra función como mayordomos fieles, esperando el día en que toda la creación sea liberada de la maldición.
Aplicación Clave:
Eres mayordomo, no dueño. Tu señorío sobre la creación debe reflejar el cuidado de Dios, no la explotación egoísta. El pecado te inclina a dominar con orgullo; la gracia te restaura para servir con humildad.
Pregunta de Confrontación:
Si Dios te dio señorío sobre la creación, ¿lo ejerces como mayordomo fiel que cuida y administra, o como tirano que explota y destruye?
Texto de Apoyo:
Salmo 115:16: "Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres."
Frase Célebre:
"Dios nos ha puesto en este mundo como sus virreyes. La tierra es suya, pero nos la ha arrendado para que la labremos y la guardemos." — Juan Calvino
CONCLUSIÓN: LA DOXOLOGÍA QUE ENMARCA EL MISTERIO
El salmo termina como empezó: "¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!" La contemplación de la dignidad humana no lleva a David al orgullo, sino a la adoración. El hombre caído no merece esta gloria; solo por gracia puede recuperarla en Cristo.
El principio antrópico nos dice que el universo fue hecho para el hombre. El evangelio nos dice que el hombre fue hecho para Dios, y que aunque el pecado lo desfiguró y lo destronó, Cristo vino a restaurar su verdadera naturaleza, su dignidad perdida y su función original. En Él, lo que el salmo describe como diseño se convierte en promesa cumplida.
VERSIÓN LARGA
El Eco de la Gloria: Una Meditación
sobre el Salmo 8
Hay noches en que el cielo pesa más que todas las preguntas del mundo. Son esas noches donde la luna no es solo luna, sino un testigo silencioso de nuestra pequeñez; donde las estrellas no son puntos de luz, sino multitudes que nos miran desde el abismo del tiempo con una indiferencia que duele. David conoció esas noches. Antes de ser rey, antes de las batallas y los palacios, antes del adulterio y el arrepentimiento, antes de que su nombre se convirtiera en sinónimo de pecador perdonado, David fue un pastor en las colinas de Belén. Allí, mientras otros dormían, él velaba. Y en esas vigilias, con el rebaño dormido a sus pies y el cielo desplegado sobre su cabeza como un manto infinito, aprendió a preguntar. No preguntó como preguntan los sabios de este mundo, que buscan respuestas para acumular conocimiento y luego hincharse con él. Preguntó como preguntan los niños y los poetas: con los ojos abiertos de par en par y el corazón latiendo al ritmo del asombro. Esa pregunta, nacida en la soledad de una noche cualquiera, se convirtió en un salmo que ha atravesado milenios y que aún hoy nos confronta con nuestra propia identidad.
Cuando miramos el cielo nocturno con ojos modernos, sabemos cosas que David no podía saber. La ciencia nos ha regalado un asombro nuevo, aunque a veces también nos ha robado la capacidad de maravillarnos. Sabemos que la luz de algunas de esas estrellas comenzó su viaje hacia nosotros antes de que existiera la primera célula sobre la tierra. Sabemos que nuestra galaxia es una entre miles de millones, y que cada una de esas galaxias contiene más estrellas que todos los granos de arena de todas las playas del mundo. Sabemos que las leyes del universo están ajustadas con una precisión tan vertiginosa que si la fuerza de gravedad fuera ligeramente mayor o ligeramente menor, si la distancia entre la Tierra y el Sol variara apenas un centímetro, si la masa del protón fuera diferente en una fracción ínfima, la vida no existiría. Los científicos llaman a esto el principio antrópico. Es una manera técnica de decir que el universo parece haber sido diseñado a la medida del hombre. Pero David, sin telescopios ni ecuaciones, sin conocimientos de física cuántica ni de cosmología, ya lo había percibido con una certeza más profunda que toda ciencia. Lo percibió con el alma, con esa intuición que solo tienen los que han aprendido a escuchar el silencio.
"Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?" La pregunta de David no es la pregunta del escéptico que duda de la existencia de Dios. No es la pregunta del filósofo que busca respuestas para llenar bibliotecas. Es la pregunta del amante que no puede creer que el Amado se fije en él. Es la pregunta del hijo adoptivo que descubre que el Padre lo ha inscrito en el testamento y no entiende por qué. Es la pregunta del mendigo que encuentra una fortuna en el basurero y no puede creer que sea realmente para él. David no pregunta porque dude de que Dios se ocupa del hombre; pregunta porque está abrumado por la certeza de que sí se ocupa, y no entiende por qué. La grandeza de Dios es tan evidente, su majestad tan abrumadora, su poder tan incomprensible, que lo único que cabe preguntarse es cómo es posible que semejante Dios se fije en semejante criatura.
Porque todo conspiraba para hacerle sentir lo contrario. El cielo era tan grande, tan inmenso, tan majestuoso. Las estrellas eran tan innumerables, tan antiguas, tan silenciosas. Y él era apenas un hombre, apenas un pastor, apenas un punto en la inmensidad de la noche. La tentación de sentirse insignificante era casi irresistible. La tentación de creer que su vida no importaba, que sus problemas eran ridículos, que sus alegrías eran efímeras, que sus sueños eran polvo. Pero David no se rindió a esa tentación. En lugar de dejarse aplastar por la grandeza del universo, la usó como trampolín para saltar hacia la grandeza de Dios. Y en ese salto, descubrió algo que cambiaría su vida para siempre: el Dios que hizo las estrellas es el mismo Dios que se acuerda del hombre. El Creador del cosmos es también el Padre de los pequeños. El que puso las galaxias en movimiento es el que visita al hijo del hombre en su soledad y en su miseria. No hay contradicción entre la inmensidad de Dios y su cercanía. No hay oposición entre su majestad y su misericordia. El mismo Dios que sostiene el universo con la palabra de su poder es el que inclina su oído para escuchar el clamor de un corazón quebrantado.
Pero David no se quedó en la pregunta. La pregunta era solo el comienzo, la puerta de entrada a un misterio más profundo. La respuesta vino en forma de una verdad aún más asombrosa: "Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies". Esta es la respuesta de Dios a la pregunta de David. Y es una respuesta que, en lugar de resolver el misterio, lo profundiza. Porque no solo Dios se acuerda del hombre, sino que lo ha colocado en un lugar de privilegio apenas inferior al de los seres celestiales. No solo lo visita, sino que lo corona. No solo lo mira, sino que lo inviste de autoridad sobre toda la creación. No solo le da un lugar, sino que le da un trono. No solo le da un nombre, sino que le da un reino.
Las palabras hebreas son asombrosamente audaces. "Poco menor que los ángeles" es, literalmente, "poco menor que Elohim". La palabra Elohim puede significar Dios, o puede significar seres celestiales. La versión de los Setenta, la traducción griega del Antiguo Testamento que usaron los apóstoles, lo tradujo como "ángeles". Y así lo cita el autor de la Epístola a los Hebreos cuando aplica este salmo a Cristo. Pero la audacia del original permanece, como una brasa encendida que no se apaga: el hombre fue creado apenas un escalón por debajo de la divinidad. Fue creado a imagen de Dios, con una naturaleza espiritual e inmortal, con razón, con conciencia, con voluntad, con capacidad de amar y de ser amado, con la facultad de conocer a su Creador y de entrar en comunión con Él. Fue creado para reflejar la gloria de su Creador, para ser un espejo viviente de la bondad divina, un poema escrito con la tinta de la gracia.
Esta es la naturaleza esencial del hombre. No es algo que el hombre haya ganado con esfuerzo, ni algo que pueda perder completamente por más que peque. Es su identidad más profunda, el sello indeleble de su origen divino, la marca de fábrica que delata a su Hacedor. Cuando el pecado entró en el mundo, esta imagen fue profundamente desfigurada. El hombre se volvió un rebelde, un extraño en la casa de su Padre. Su mente se oscureció, su voluntad se endureció, su corazón se corrompió. El orgullo reemplazó a la gratitud, la codicia reemplazó a la mayordomía, el odio reemplazó al amor. Pero la imagen no fue aniquilada. El hombre caído sigue siendo hombre, sigue siendo un ser espiritual y moral, sigue llevando en lo más profundo de su ser las marcas de su Creador, aunque ahora esas marcas están cubiertas de barro y sangre. Por eso, después del diluvio, cuando la maldad humana había llegado a su punto más alto, Dios establece una ley que protege la vida humana con estas palabras: "El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre". La imagen permanece, aunque empañada. La naturaleza permanece, aunque caída. El hombre sigue siendo, ontológicamente, ese ser creado poco menor que los ángeles, y esa verdad es tan fundamental que debe ser protegida incluso con la pena capital.
Pero David no se detiene en la naturaleza. Añade algo más, algo que eleva el drama a una dimensión nueva: "Y lo coronaste de gloria y de honra". Aquí no se habla de lo que el hombre es, sino de lo que Dios puso sobre él. La corona no es parte de la naturaleza del hombre; es un añadido, un don, una investidura. Es el símbolo de la dignidad real con la que Dios revistió a su criatura. Es el derecho a gobernar, la autoridad para administrar, la gloria de ser el representante de Dios en la tierra. No es algo que el hombre tenga por derecho propio, sino algo que recibe de la mano generosa de su Creador. Es un regalo, no un logro. Es una gracia, no un mérito.
En el mundo antiguo, la corona era el máximo símbolo de autoridad y victoria. Los reyes eran coronados en ceremonias solemnes, con la pompa y el boato que correspondían a su dignidad, y desde ese momento llevaban sobre sus cabezas el signo de su poder. Cuando David dice que Dios coronó al hombre, está diciendo que Dios lo invistió de una autoridad real. Lo puso en el trono de la creación como su virrey, su embajador, su mayordomo. Le dio la gloria de reflejar su propia majestad y la honra de administrar sus dominios. El hombre no es un súbdito más en el reino de Dios; es el príncipe heredero, el gobernador designado, el administrador de los bienes del Rey.
Pero esta corona se perdió con la caída. No la naturaleza del hombre, sino su corona. No su ser, sino su dignidad real. Pablo lo dice con una claridad que duele: "Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios". La palabra "destituidos" significa "carecen de", "están privados de", "han sido despojados de". El hombre perdió la gloria que Dios le había dado. Perdió su corona. Ya no gobierna sobre el pecado, sino que es gobernado por él. Ya no administra la creación con sabiduría, sino que la explota con codicia. Ya no refleja la gloria de Dios, sino que proyecta la sombra de su propia miseria. Su rostro, que debía brillar con la luz de la presencia divina, está cubierto de ceniza. Sus manos, que debían bendecir, están manchadas de sangre. Sus pies, que debían caminar por sendas de justicia, se extravían en veredas de muerte.
El hombre caído es como un rey destronado que aún conserva la memoria de su reino, pero vaga por el mundo como un mendigo. Sabe que fue hecho para algo grande, pero no puede alcanzarlo. Siente que hay un vacío en su corazón que nada llena, pero no sabe cómo llenarlo. Intenta construir reinos con sus propias manos, pero todos se desmoronan. Intenta coronarse a sí mismo con sus propios logros, pero las coronas se convierten en espinas. Intenta gobernar su propia vida, pero descubre que no puede gobernarse ni a sí mismo. La gloria se ha ido. La corona yace en el polvo. El trono está vacío. Y el hombre, el pobre hombre, sigue buscando desesperadamente algo que le devuelva la dignidad perdida.
Y sin embargo, algo queda. Algo permanece a pesar de todo. El hombre caído sigue ejerciendo un señorío funcional sobre la creación. Sigue teniendo poder sobre los animales, sobre la tierra, sobre los recursos del mundo. Este es un hecho innegable de la experiencia humana, un hecho que debería llenarnos de asombro y gratitud. Domesticamos animales, cultivamos campos, navegamos océanos, extraemos minerales, construimos ciudades, volamos por los aires, buceamos en las profundidades. El dominio del hombre sobre la creación es real y asombroso, tan real y asombroso hoy como lo era en los días de David, aunque con ropajes diferentes. Pero este dominio está ahora bajo maldición. El trabajo se volvió penoso. La tierra produce espinos y cardos. La creación gime con dolores de parto, esperando la liberación. Y el hombre ejerce su dominio desde el egoísmo y la explotación, no desde la mayordomía amorosa para la cual fue diseñado. En lugar de cuidar el jardín, lo saquea. En lugar de proteger a los animales, los extermina. En lugar de administrar los recursos con sabiduría, los derrocha con insensatez. El dominio está ahí, pero está torcido. Es un reino sin corona, una autoridad sin gloria, un señorío sin honra.
La lista de criaturas que David enumera es un eco deliberado de Génesis 1, un recordatorio del mandato original. "Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar". Es un catálogo completo de la creación animal, un inventario de lo que Dios puso bajo los pies del hombre. Es como si David estuviera repasando mentalmente todo lo que Dios había creado, maravillándose de que todo eso estuviera sujeto al ser humano. Pero al leer esta lista, no podemos evitar sentir la tensión. Porque vemos ovejas, pero también vemos lobos que las devoran. Vemos bueyes, pero también vemos espinos que hieren sus patas. Vemos aves, pero también vemos jaulas. Vemos peces, pero también vemos redes que los atrapan. Vemos la creación, pero también vemos la maldición. Vemos el diseño original, pero también vemos la realidad caída.
Esta tensión atraviesa todo el salmo como un hilo de plata que brilla en la oscuridad. Por eso comienza y termina con la misma exclamación: "¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!" Es como si David, después de contemplar todo esto, después de maravillarse ante la grandeza del universo y la pequeñez del hombre, después de recordar la gloria original y constatar la miseria presente, después de sentir en su propia carne el peso de la tensión, no pudiera hacer otra cosa que volver al principio y adorar. La grandeza de Dios es el marco dentro del cual se entiende todo lo demás. La gloria de Dios es la luz que ilumina incluso la oscuridad de la caída. El nombre de Dios es el ancla que sostiene nuestra esperanza cuando todo parece perdido.
Y aquí es donde el Nuevo Testamento nos da la clave para entender plenamente este salmo. Porque el autor de la Epístola a los Hebreos, al citar estos versículos, nos muestra que encuentran su cumplimiento final en Jesucristo. "¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre, para que le visites? Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies". Y luego añade la palabra que lo cambia todo: "Pero vemos a Jesús, coronado de gloria y de honra".
En Cristo, el segundo Adán, todo lo que se perdió en el primero es restaurado y elevado a una gloria aún mayor. Él fue hecho por un tiempo un poco menor que los ángeles para padecer la muerte por nosotros. Tomó nuestra naturaleza caída para redimirla desde dentro. Cargó con nuestra desgracia para devolvernos la gloria. Sufrió nuestra destitución para coronarnos de nuevo. Se humilló hasta lo más profundo para exaltarnos hasta lo más alto. Y ahora, resucitado y ascendido, está sentado a la diestra del Padre, con todas las cosas sujetas bajo sus pies, esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.
Y lo más asombroso es que lo que es verdad de Cristo por naturaleza, se hace verdad de nosotros por gracia. En Él, somos restaurados a nuestra naturaleza original. En Él, la imagen de Dios en nosotros es renovada día tras día. En Él, recuperamos la corona que habíamos perdido. En Él, aprendemos a ejercer nuestro señorío sobre la creación con sabiduría y amor. En Él, la tensión entre el diseño y la realidad comienza a resolverse. No porque seamos dignos, sino porque Él nos hace dignos. No porque lo merezcamos, sino porque Él lo mereció por nosotros. No porque hayamos escalado el cielo, sino porque Él descendió a la tierra. No porque hayamos conquistado la muerte, sino porque Él la venció en nuestro lugar.
Esta es la buena noticia que el Salmo 8 anuncia proféticamente, como una estrella que brilla en la noche anunciando la aurora. David vio la gloria original y la contrastó con la miseria presente. Vio lo que Dios había diseñado y lo que el pecado había desfigurado. Vio la corona y vio el polvo. Vio el trono y vio las espinas. Vio el dominio y vio la esclavitud. Y en medio de esa tensión, en medio de esa contradicción, en medio de ese abismo entre lo que debía ser y lo que era, solo pudo adorar. Solo pudo levantar sus manos al cielo y exclamar: "¡Cuán grande es tu nombre!" Solo pudo refugiarse en la majestad de Dios cuando todo lo demás fallaba.
Pero nosotros, que vivimos del lado de la cruz, que hemos visto la resurrección, que hemos recibido el Espíritu, que hemos sido incorporados a Cristo por la fe, vemos más que David. Vemos a Jesús. Vemos al Hombre verdadero. Vemos al segundo Adán. Vemos la restauración de todo lo que se perdió. Vemos la corona que había caído al polvo levantada y puesta sobre la cabeza del Salvador. Vemos el dominio que se había torcido enderezado por la obediencia de uno solo. Vemos la imagen de Dios, que había sido desfigurada, restaurada en su esplendor original. Y al verlo, podemos adorar con un gozo aún más profundo, con una gratitud aún más intensa, con una esperanza aún más firme.
Porque en Cristo, la pregunta de David deja de ser una pregunta sin respuesta y se convierte en una declaración de fe. Ya no preguntamos "¿Qué es el hombre?" como quien busca desesperadamente una identidad. Ahora declaramos "¡Este es el hombre!" señalando a Jesús. Ya no nos preguntamos si Dios se acuerda de nosotros; sabemos que en Cristo, Dios se hizo uno de nosotros para siempre. Ya no dudamos de que Dios nos visita; sabemos que en Cristo, Dios habitó entre nosotros y nosotros vimos su gloria. Ya no nos preguntamos si tenemos dignidad; sabemos que en Cristo, fuimos hechos hijos de Dios y coherederos con Él.
En Cristo, el misterio se resuelve no con una explicación, sino con una Persona. En Cristo, la gloria perdida se restaura no como un derecho, sino como un don. En Cristo, el señorío sobre la creación se recupera no como una conquista, sino como una herencia. En Cristo, la imagen de Dios se renueva no por nuestro esfuerzo, sino por su gracia. En Cristo, la corona se devuelve no por nuestro mérito, sino por su sacrificio. En Cristo, todo lo que se perdió se encuentra, todo lo que se rompió se repara, todo lo que se manchó se limpia, todo lo que murió resucita.
Y así, el salmo que comenzó con la contemplación de los cielos termina con la adoración al Dios de los cielos. El círculo se cierra. La pregunta encuentra respuesta no en palabras, sino en una Persona. El asombro se transforma en alabanza. La duda se convierte en certeza. La noche se vuelve día. Y nosotros, como David, como los niños que cantaban en el templo, como los apóstoles que predicaron el evangelio, como los mártires que sellaron su testimonio con sangre, como todos los redimidos a lo largo de la historia, unimos nuestras voces para exclamar: "¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!"
Porque ese nombre, el nombre de Jesús, es ahora el nombre sobre todo nombre. Ese nombre es el que los ángeles adoran y los demonios temen. Ese nombre es el que sana a los enfermos y resucita a los muertos. Ese nombre es el que perdona pecados y restaura almas. Ese nombre es el que abre las puertas del cielo y cierra las puertas del infierno. Ese nombre es el que un día hará que toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Él es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Y nosotros, los que hemos sido alcanzados por ese nombre, los que hemos sido lavados por esa sangre, los que hemos sido sellados por ese Espíritu, los que hemos sido restaurados por esa gracia, los que hemos sido coronados de nuevo por esa misericordia, vivimos ahora en la tensión entre el ya y el todavía no. Ya somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Ya hemos sido justificados, pero aún somos santificados. Ya tenemos las arras del Espíritu, pero aún esperamos la redención de nuestro cuerpo. Ya reinamos con Cristo en los lugares celestiales, pero aún esperamos que todas las cosas sean puestas bajo sus pies. Ya hemos visto la gloria, pero aún caminamos por fe.
En esa tensión vivimos. En esa esperanza caminamos. En esa fe descansamos. Sabiendo que Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. Sabiendo que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Sabiendo que la creación misma será liberada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabiendo que el que nos prometió es fiel, y que cumplirá todo lo que ha dicho.
Por eso podemos mirar las estrellas sin sentirnos aplastados por ellas. Por eso podemos contemplar la inmensidad del universo sin perder nuestra dignidad. Por eso podemos enfrentar la miseria del pecado sin caer en la desesperación. Por eso podemos soportar las pruebas sin renunciar a la fe. Por eso podemos esperar contra toda esperanza. Porque sabemos que el Dios que hizo las estrellas es el mismo Dios que se hizo hombre. El Dios que puso las galaxias en movimiento es el mismo Dios que se dejó clavar en una cruz. El Dios que sostiene el universo con la palabra de su poder es el mismo Dios que sostiene nuestras almas con la palabra de su gracia. El Dios que cuenta las estrellas una por una es el mismo Dios que cuenta los cabellos de nuestra cabeza. El Dios que llama a cada estrella por su nombre es el mismo Dios que nos llama hijos suyos.
Y así, como David, podemos terminar donde comenzamos. Podemos volver a la adoración. Podemos levantar nuestros ojos al cielo y, en lugar de preguntar "¿Qué es el hombre?" con acento de desesperación, podemos exclamar "¡Cuán grande es tu nombre!" con acento de alabanza. Porque la grandeza de Dios se revela no solo en la inmensidad de los cielos, sino también en la pequeñez de un pesebre. No solo en el poder de las estrellas, sino también en la debilidad de una cruz. No solo en la majestad de la creación, sino también en la humildad de la redención. No solo en el trono de gloria, sino también en el madero del suplicio.
Y esa es la gloria más grande de todas. Que el Dios que es infinitamente grande se hizo infinitamente pequeño para alcanzarnos. Que el Dios que está sobre todos los cielos descendió a lo más profundo de la tierra para rescatarnos. Que el Dios que corona de gloria al hombre se dejó coronar de espinas por el hombre. Que el Dios que puso todas las cosas bajo nuestros pies permitió que sus pies fueran clavados por nosotros. Que el Dios que nos hizo poco menores que los ángeles se hizo poco menor que los ángeles para hacernos hijos de Dios.
Esa es la historia que el Salmo 8 cuenta sin decirla explícitamente. Esa es la verdad que David vislumbró desde lejos y que nosotros vemos cara a cara. Esa es la esperanza que nos sostiene en medio de la tensión y nos impulsa hacia la gloria. Porque un día, cuando Cristo regrese, la tensión desaparecerá. Un día, cuando el reino sea consumado, la corona será visible para todos. Un día, cuando la creación sea liberada, nuestro señorío será perfecto. Un día, cuando veamos a Cristo como Él es, seremos semejantes a Él. Un día, la pregunta de David encontrará su respuesta final no en palabras, sino en la realidad gloriosa de la nueva creación.
Hasta entonces, vivimos por fe. Hasta entonces, caminamos en esperanza. Hasta entonces, amamos porque Él nos amó primero. Hasta entonces, proclamamos su nombre entre las naciones. Hasta entonces, anunciamos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Hasta entonces, esperamos la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Y en cada noche estrellada, en cada momento de asombro, en cada instante de adoración, en cada celebración de la Cena del Señor, en cada lectura de las Escrituras, en cada oración que sube al cielo, repetimos el eco de David: "¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!"
Porque su nombre es grande. Porque su nombre es santo. Porque su nombre es poderoso. Porque su nombre es amor. Porque su nombre es Jesús. Y en ese nombre, encontramos nuestra verdadera identidad. En ese nombre, recuperamos nuestra corona perdida. En ese nombre, aprendemos a ejercer nuestro señorío con humildad. En ese nombre, esperamos la gloria que ha de ser revelada. En ese nombre, vivimos y morimos y resucitamos.
Así sea. Ven, Señor Jesús. Amén.