EXPLICACION DE JUAN 5:24
MUERTE ESPIRITUAL
Introducción:
Imagina un mundo de sepulcros, de existencias que respiran pero que, ante Dios, están inertes. Así era la condición espiritual de los oyentes de Jesús en Jerusalén, incluyendo a los piadosos maestros de la ley que debatían con Él. En ese paisaje de muerte espiritual, Jesús no presenta un nuevo código para mejorar a los cadáveres, sino que pronuncia una palabra que es voz creadora. Juan 5:24 no es un sermón moral, es el decreto del Hijo de Dios que ejerce el poder que el Padre le ha dado: vivificar a los que quiere (Juan 5:21). Este versículo es el "¡Levántate!" dirigido al alma. Hoy escucharemos su eco.
PUNTO I: LA PROCLAMACIÓN AUTORITATIVA (En verdad, en verdad, os digo)
El Fundamento de Toda Certeza: La Palabra del Hijo
Explicación Exegética: La doble “Amḗn” (Ἀμὴν ἀμὴν) es el sello de la autoridad absoluta de Jesús en el Evangelio de Juan. No introduce una opinión, sino una verdad revelada y firme como una roca. Jesús habla desde Su identidad como el Lógos (Λόγος, Verbo) eterno. Su “Yo os digo” (*légo hymín*) tiene el peso de un edicto divino, estableciendo la realidad que declara. Esta solemne apertura sitúa la promesa fuera del ámbito de lo discutible y en el reino de lo seguro y garantizado por Dios mismo.
Aplicación Práctica: La roca de nuestra seguridad no es la calidad de nuestra fe, sino la inmutabilidad de quien promete. Cuando la duda asalte, no mires primero a tu corazón (inestable), sino clava tu mirada en la “Amḗn, amḗn” de Cristo. Él es el testigo fiel (Apocalipsis 3:14).
Pregunta de Confrontación: ¿Descansa tu paz espiritual sobre tus logros y sentimientos, o sobre la autoridad incontestable de la Palabra de Cristo?
Texto de Apoyo en Juan: “Las palabras (*rḗmata*) que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).
Frase Célebre: “La fe es una mirada fija a Cristo, una dependencia total de Su obra terminada, una confianza absoluta en Su fidelidad.” – Charles Spurgeon.
PUNTO II: LA CONDICIÓN ESENCIAL – (el que oye mi palabra y cree)
La Respuesta Humana: De la Audiencia Pasiva a la Fe Activa
Explicación Exegética: Frente a la complejidad religiosa de la ley, Jesús reduce el requisito a dos verbos en participio presente, que describen una actitud continua:
1. “Oye” (akoúon): Más que percibir sonidos, es acoger, atender, prestar atención.
2. “Cree” (pisteúon): No es un asentimiento intelectual, sino confianza personal, entrega, fiarse de. El objeto de esta fe es “al que me envió” (tô pempsantí me). La fe genuina en el Padre que envía se demuestra y se completa en la aceptación del Hijo enviado. Es un único movimiento de rendición del alma.
Aplicación Práctica: Entonces si escucho lo que Jesus dice sobre la vida eterna, lo recibo y lo creo entonces sucederan las cosas que vienen a continuación.
Pregunta de Confrontación: ¿Que te impide oir a Jesús? si ya lo estS OYENDO ¿crees a su Palabra?
Texto de Apoyo en Juan: “Esta es la obra de Dios: que creáis (*pisteúēte*) en el que él ha enviado” (Juan 6:29).
Frase Célebre: “La fe es la rendición a Dios, la entrega de nuestra voluntad a la Suya, el descansar en Su verdad y en Su fidelidad.” – John Murray.
PUNTO III: EL RESULTADO INMEDIATO Y TRIPLE – (Tiene, no viene, ha pasado)
El Cambio de Reino Instantáneo y Definitivo
Explicación Exegética: Jesús declara tres realidades en tiempos verbales que enfatizan inmediatez y permanencia:
1. “Tiene vida eterna” (Échei zōḗn aiṓnion) – PRESENTE: Zōḗn aiṓnion no es solo duración, es la calidad de vida de Dios. Échei (tiene) es posesión aquí y ahora. No es una esperanza, es un hecho actual.
2. “No viene a condenación” (eis krísin ouk érchetai) – PRESENTE: Krísin es juicio condenatorio. El creyente no se dirige hacia ese destino. Su caso judicial ha sido resuelto a favor en la cruz.
3. “Ha pasado de la muerte a la vida” (metabébēken ek tou thánatou eis tḕn zōḗn) – PERFECTO: Este es el verbo culminante. Metabébēken indica un traslado completado. No está en proceso; ha cruzado la frontera de manera definitiva del dominio de la muerte espiritual (thánatou) al de la vida (zōḗn).
Aplicación Práctica: El creyente debe caminar en la luz de lo que ya es: un poseedor de vida divina, un exonerado del juicio final, un trasplantado de reino. Esta es la base para una identidad segura y una vida en libertad.
Pregunta de Confrontación: ¿Vives como un mendigo que pide vida, o como un hijo que ya la tiene (échei)? ¿Como un acusado que teme el juicio, o como un perdonado que no va hacia él (ouk érchetai)? ¿Como un residente del país de la muerte, o como un ciudadano que ya cruzó (metabébēken) a la vida?
Texto de Apoyo: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47).
Frase Célebre: “El cristiano no es simplemente un hombre que va al cielo, sino un hombre que, estando aún en la tierra, ya tiene el cielo en su corazón.” – Agustín de Hipona.
Conclusión: El Gran Traslado
Juan 5:24 es el anuncio del gran metabébēken (traslado) espiritual. Cristo, con voz autoritativa (Amḗn, amḗn), te señala el único puente: escuchar Su lógon y creer en el Padre que lo envía. No es un puente que tú construyes con obras, es uno que cruzas con la fe. Al cruzar, descubres que no estás yendo hacia la vida; ya la tienes (échei). Que tu futuro no es la condenación; no vas hacia ella (ouk érchetai). Que tu pasado en la muerte ha quedado atrás; ya pasaste (metabébēken) a la vida.
Hoy, ¿en qué lado de la frontera estás? ¿En el territorio de la muerte, tratando de auto-resucitarte, o en el territorio de la vida, viviendo del aliento que Cristo te dio al creer?
Si aún no lo has hecho, cruza hoy. Ríndete. Cree. Si ya cruzaste, vive como quien es: un residente permanente del reino de la vida. Levanta tu cabeza, tu juicio pasó. Tu vida, la verdadera, ya comenzó.
VERSIÓN LARGA
El silencio que precede a una verdad definitiva posee una cualidad distinta. No es la mera ausencia de sonido, sino una plenitud contenida, una tensión en el aire que presagia el desgarro del velo de lo cotidiano. En el Evangelio según Juan, ese silencio se rompe siempre con dos golpes sucesivos, dos martillazos sobre el yunque de la eternidad que forjan la certeza: «Amén, amén». No es un recurso retórico; es la firma del Verbo antes de la creación, el sello de una autoridad que no se delega, que no se discute, que simplemente es. Y es bajo la bóveda solemne de este doble «amén» donde, en el capítulo quinto, se despliega una de las declaraciones más radicales y consoladoras de cuantas salieron de los labios de Jesús de Nazaret. Una frase que es, en sí misma, un universo completo: una cosmogonía del alma, una cartografía de la gracia, un decreto que trasciende el tiempo para anclar la existencia humana en la roca de lo irrevocable. «Amén, amén, os digo: el que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida».
Para comprender el peso tectónico de esta afirmación, hay que situarla en su paisaje inmediato, un paisaje de hostilidad teológica y peligro mortal. Jesús acaba de realizar un acto de misericordia pura –la curación de un paralítico en el estanque de Betesda– en el día equivocado: el sábado. La compasión, al chocar con la interpretación fosilizada de la ley, genera no gratitud, sino ira. Los guardianes de la ortodoxia le acusan de quebrantar el mandamiento. Su respuesta, sin embargo, no es una defensa legalista, una apelación a alguna cláusula exegética que permita curar en sábado. Es una escalada teológica que deja sin aliento: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». Para los oídos entrenados en el monoteísmo estricto del judaísmo del Segundo Templo, estas palabras no eran una mera explicación; eran una blasfemia de dimensiones cósmicas. Hacerse igual a Dios, reclamar una filiación que no era metafórica sino operativa, compartir la actividad creadora y sustentadora del Padre: esto colocaba a Jesús no en el margen del debate religioso, sino en el centro de un abismo de incomprensión y odio. Y Él, lejos de retroceder, avanza. Desde esa posición de aparente vulnerabilidad –un hombre solo frente a la institución religiosa consolidada– lanza una proclamación que abarca el pasado, el presente y el futuro de la humanidad: el Padre le ha dado la potestad de dar vida y de juzgar. Habla de resurrecciones venideras, de una hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, de un juicio final donde la justicia será absoluta. Está reclamando, con una calma que resulta sobrecogedora, los atributos exclusivos de la Divinidad. El escándalo no podía ser mayor. La tensión en el aire es palpable, un hilo que podría romperse en cualquier momento hacia la violencia. Es en este clímax de confrontación, en el instante en que la teología abstracta se convierte en una cuestión de vida o muerte, donde Jesús hace una pausa. Su mirada, que acaba de abarcar los confines de la historia, se concentra ahora en cada rostro presente, en cada corazón que late de indignación, de curiosidad o de temor. Y entonces, pronunciando de nuevo el sello de la verdad absoluta, dirige el haz de luz de su autoridad desde el horizonte cósmico hacia el santuario interior del individuo. Del «todos» del juicio final pasa al «el que» de la fe personal. Es uno de los giros más sublimes de la revelación: el poder que levantará a las multitudes de la tumba es el mismo que opera, aquí y ahora, en el silencio de un alma que se rinde. La resurrección universal será la manifestación pública de lo que, en el ámbito oculto del espíritu, ya es una realidad consumada para quien cree. La soberanía divina que vivifica «a los que quiere» se ejerce en la responsabilidad humana de «todo aquel que oye y cree». No hay contradicción; hay un misterioso y glorioso encuentro en el umbral de la fe.
Pero adentrémonos en esas dos condiciones, porque en su aparente sencillez se esconde la revolución total del concepto religioso. «El que oye mi palabra». El verbo griego, akoúō, en su forma de participio presente – ho akoúon –, no describe un evento puntual, sino una postura continua del alma. No es la captación pasiva de un sonido, como se oye el rumor de la calle o el canto de un pájaro. Es la escucha atenta, receptiva, obediente del discípulo ante el maestro, del soldado ante la orden que decide la batalla, del hijo que reconoce en una voz la fuente de su identidad y su seguridad. Es una escucha que implica comprensión, asentimiento interno y, en última instancia, sumisión. Jesús no invita a oír un discurso filosófico sobre la moral o una colección de sabios proverbios; invita a oír «mi palabra», tòn lógon mou. Y aquí el término «logos» carga con todo el peso del prólogo del evangelio. «En el principio era el Logos, y el Logos era con Dios, y el Logos era Dios». Oír la palabra de Jesús, por tanto, es abrir los oídos del espíritu a la Razón eterna que estructura el universo, a la Sabiduría creadora que se ha hecho carne y habita entre nosotros. Es permitir que esa Palabra, que Él mismo definirá como «espíritu y vida», atraviese la corteza de la costumbre, la coraza del prejuicio y la espesura de la autojustificación, para llegar hasta el centro mismo de la voluntad, allí donde el ser humano dice su «sí» o su «no» definitivo. Esta escucha es ya un acto de fe incipiente, porque reconoce en esa voz una autoridad digna de atención, una verdad que merece acogida.
Y esta escucha se une, en una simbiosis perfecta, con el creer. «Y cree al que me envió». De nuevo, participio presente: ho pisteúon, el que está en estado de creer, el que habita en la confianza. La fe no es un paréntesis en la existencia; es la atmósfera en la que la nueva vida respira. Pero el objeto de esta fe es revelador: «al que me envió». No dice primero «cree en mí», aunque esa es la consecuencia inmediata e ineludible. Dice «cree al que me envió». La preposición griega (tō pempsanti) señala dirección, confianza depositada en alguien. La fe salvífica, en su movimiento más profundo y original, es fiarse del Padre. Es aceptar el testimonio del Padre acerca del Hijo. Es creer que el Dios trascendente, santo y todopoderoso, no es una fuerza ciega, un juez distante o un principio indiferente, sino un Padre cuyo corazón, movido por un amor insondable, ha tomado la iniciativa de enviar a su Hijo único al mundo para que todo aquel que en él cree no se pierda. Creer «al que me envió» es, por tanto, fiarse del corazón del Remitente al recibir el Mensaje. Es un acto de confianza en el carácter de Dios, revelado de manera definitiva y exhaustiva en el acto mismo del envío. Esta fe nada tiene que ver con el «salto al vacío» del irracionalismo. Es todo lo contrario: es el descanso en la roca firme de la fidelidad divina. Es la capitulación del alma que, tras una larga y fatigosa guerra de independencia, depone las armas de la autosuficiencia y se entrega al beneplácito del amor soberano. Como señala uno de los comentarios con una imagen militar de una precisión sobrecogedora, «la salvación del alma de un hombre es simplemente una cuestión de capitulación. Todo lo que Dios requiere de Sus criaturas, que se han vuelto por el pecado primero rebeldes y luego hostiles, es rendición: rendición absoluta, incondicional. Los términos de esta capitulación son simplemente dos: oír al mensajero y creer en la misión». No hay negociación posible. No hay condiciones añadidas. Es la entrega incondicional del fuerte al más fuerte, del rebelde al Rey legítimo, del hijo pródigo exhausto a los brazos abiertos del Padre que espera en el lindar.
Y aquí emerge el escándalo perpetuo y la gloria inextinguible de esta declaración: la desproporción abismal, la asimetría gloriosa entre la modestia de la condición y la magnificencia del resultado. Dos verbos. Dos actitudes del corazón. Y a cambio, una triple realidad que altera el destino eterno, que reescribe la biografía del alma, que trasplanta al creyente de un reino a otro. Jesús no habla en condicionales, no emplea el lenguaje de la posibilidad o la esperanza futura. Él, cuya palabra es creadora, declara realidades presentes y hechos consumados. Utiliza el presente y el perfecto, los tiempos gramaticales de lo que es y de lo que ha sido realizado de una vez por todas.
Primero: «tiene vida eterna». Échei zōḗn aiṓnion. El verbo échei –«tiene»– es un presente de posesión actual e indisputable. La vida eterna, zōḗ aiṓnios, en la teología del cuarto evangelio, no es primordialmente una cuantificación temporal –una vida que se prolonga sin fin–, aunque eso sea una consecuencia inevitable. Es, ante todo, una cualidad de existencia, la vida propia de la era venidera (aiōn), la vida de Dios mismo, caracterizada por la plenitud, la relación perfecta, la comunión sin sombras, la ausencia total de muerte y decadencia. Es la vida que Jesús es («Yo soy… la vida») y que comunica. Y el creyente la tiene. Ya. En el instante mismo en que la fe –esa escucha obediente y esa confianza rendida– se une al objeto verdadero. No es el premio al final de una carrera, la medalla colgada al cuello del vencedor exhausto. Es la dotación inicial, el aliento mismo infundido en los pulmones del corredor en la línea de salida. No es la recompensa por haber vivido bien; es el principio divino que capacita para vivir. Esta posesión transforma la condición humana desde su raíz más profunda. Como señalan los comentarios con claridad, el que cree «vive, y ya no hay más muerte». No se afirma con esto que el creyente no vaya a experimentar la disolución física; se afirma que la muerte física ha sido despojada de su esencia última, de su aguijón envenenado. Deja de ser un salto al abismo, una separación terrible, el último enemigo invencible. Se convierte en un mero tránsito, el paso de una habitación a otra dentro de la misma y vasta morada de la vida eterna que ya se habita. El creyente es, en la expresión feliz de uno de los textos, «un hombre que posee la vida eterna aquí, ahora, como un hecho». Esta vida no es un sentimiento efímero ni un estado de ánimo; es una realidad objetiva, «vida con manantiales ocultos en Dios», y por eso mismo hay eternidad en su misma naturaleza. La seguridad que brota de esta posesión no es presunción arrogante; es el fruto natural, humilde y gozoso, de saberse injertado en la Vid verdadera, de cuya savia inagotable se alimenta la rama. Es la certeza del hijo que no duda de su lugar en la casa porque conoce el corazón del Padre.
Segundo: «y no viene a condenación». Eis krísin ouk érchetai. Otro presente: no se encamina hacia ella, no es el destino que le aguarda. La palabra krísis aquí, en este contexto cargado de referencias al juicio final, no denota el proceso judicial neutral, sino el juicio con resultado de condena, la sentencia definitiva y ejecutiva. El creyente no avanza, día tras día, hacia ese veredicto aterrador. ¿Por qué? Porque el juicio, para él, ya tuvo lugar. Ya se realizó. Ocurrió en un lugar y un tiempo precisos: en la persona de Jesucristo, colgado entre el cielo y la tierra en la cruz del Gólgota, cuando llevó sobre sí el pecado del mundo y fue hecho maldición por nosotros. En Él, como cabeza representativa de los que creerían, el creyente ya fue juzgado, condenado y ejecutado. La justicia divina, santa e inmutable, descargó su ira contra el pecado sobre el Sustituto perfecto. Por tanto, unido a Cristo en su muerte y resurrección por la fe, el creyente vive ahora bajo la sentencia de «justificado». La justicia de Dios no es una farsa que castiga dos veces por la misma ofensa. No puede exigir un doble pago por una deuda ya saldada. La espada de la condenación que pendía sobre la cabeza de toda la humanidad rebelde ya cayó, y clavó en la madera del madero al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Para quien está «en Cristo», esa espada ya no existe. Ha sido envainada para siempre. Los comentarios lo expresan con una fuerza conmovedora y pastoral: «No hay nada ahora detrás; no hay condenación para ti; no hay nada colgando sobre tu cabeza; no hay futuro que temer, porque tus pecados ya han sido condenados y castigados en Cristo. Estando en Él, y permaneciendo en Él, no habrá procesos de acusación, no habrá terror. Los viejos pecados yacen enterrados, no hay resurrección para los pecados perdonados, nunca aparecerán de nuevo; no vendrán a juicio». La acusación constante del enemigo, ese «acusador de los hermanos» que, como se revela en el Apocalipsis, señala nuestras faltas delante de Dios día y noche, se estrella contra este muro de granito levantado por la obra consumada de Cristo: «no viene a condenación». Es una declaración de inmunidad legal, forense y eterna. El creyente puede ser juzgado en el sentido de que su vida será evaluada para galardón, pero jamás para determinar su destino, que ya está sellado a favor. La condenación ha sido eliminada de su horizonte existencial.
Y tercero, la joya de la corona, la palabra que encierra el misterio del cambio de estado ontológico y que funciona como la raíz de las dos bendiciones anteriores: «sino que ha pasado de muerte a vida». Allá metabébēken ek tou thánatou eis tḕn zōḗn. Aquí el verbo griego brilla con un resplandor único: metabébēken. Está conjugado en tiempo perfecto. El perfecto en griego es quizás el tiempo más rico y sugerente; expresa una acción puntual, completada en el pasado, cuyos efectos y resultados perduran de manera estable, permanente, en el presente. No es «está pasando», lo que sugeriría un proceso gradual, incierto, sujeto a interrupciones o retrocesos. Es «ha pasado», un traslado consumado, un éxodo definitivo, un cruce de frontera que ya es historia. Describe un cambio de residencia, de nacionalidad espiritual, de reino de pertenencia. El creyente vivía, por naturaleza y por elección, en el dominio de la muerte (thánatos) –muerte espiritual, que es la separación de Dios, la insensibilidad a lo divino, la servidumbre al pecado y la corrupción, y que tiene como corolario la muerte física y la muerte segunda–. Y entonces, en el momento preciso de la fe, esa rendición total del alma, cruzó la frontera. Ahora reside, legal y existencialmente, en el dominio de la vida (zōḗ). Es un hecho histórico en su biografía espiritual, un hito más real que cualquier fecha en un calendario. No es una mejora moral, un lavado de cara ético, una reforma de conducta. Es una resurrección. Es un nacimiento de lo alto, desde lo inmortal. Como lo define uno de los comentaristas, es «haber pasado sobre» de un estado a otro, un cruce que deliberadamente señala y enfatiza la condición previa de muerte de la que se ha salido. Este «ha pasado» es el fundamento mismo de toda seguridad cristiana auténtica. Porque si el paso es un hecho consumado, nadie ni nada puede devolverme al país del que salí, a menos que la autoridad soberana que ordenó y efectuó el traslado revoque su decreto. Y esa autoridad es la palabra del Hijo de Dios, garantizada por el doble «Amén, amén». Este traslado es tan real, tan definitivo, que, como señala sagazmente el material, constituye la esencia misma de la resurrección futura: «en la regeneración yace la esencia y la porción mayor de la resurrección». La resurrección del último día será la manifestación pública, corporal y universal de un hecho espiritual que, para el creyente, ya es una realidad íntima y posesión actual.
La conjunción de estos tres verbos –tiene (presente), no viene (presente), ha pasado (perfecto)– pinta un cuadro de una seguridad que es objetiva, exterior al vaivén emocional del creyente, independiente de sus altibajos, arraigada en la obra terminada de Cristo y declarada por su palabra autoritativa. Esta es la antítesis absoluta, el polo opuesto diametral, de toda religiosidad basada en el mérito, la ansiedad y el temor esclavizante. La historia de la iglesia institucional, tristemente, es en gran parte la historia de la dilución, el oscurecimiento y la negación práctica de esta claridad diamantina. Como uno de los comentarios observa con dolorosa precisión y un dejo de profunda tristeza: «Ahora mira cómo el hombre ha interpretado esto a través de la historia de la iglesia y cuántas regulaciones y requisitos ponemos sobre un hombre para decir… ‘tus pecados son absueltos y eres un hijo de Dios, si haces esto y esto y esto. Guarda estas reglas y lee estos reglamentos y sigue esto… y paga tus diezmos, y todo este tipo de cosas’. Y ponemos todas estas pesadas cargas sobre ellos. Donde Jesús dijo: ‘Mira, si solo oyes mi palabra y crees en Aquel que me envió, tienes vida eterna. No vas a venir a condenación, has pasado de muerte a vida’». Este es el perenne gravamen del espíritu farisaico, que renace en cada generación bajo nuevas formas, que no puede tolerar la gratuidad radical, escandalosa, de la gracia y siempre, siempre, busca añadir un pequeño aporte humano, una ceremonia indispensable, una penitencia requerida, un mérito observable, para sentir que controla el proceso, que se gana el favor, que hace su parte en la transacción. Pero el «Amén, amén» de Jesús barre todo ese castillo de naipes levantado sobre la arena del orgullo humano. La salvación es por fe, desde el principio hasta el fin, para que sea por gracia, y para que la promesa sea firme para toda la posteridad. Cualquier adición no es un complemento, es una negación.
¿Qué implica, entonces, vivir a la luz de la realidad desplegada en Juan 5:24? Implica, en primer lugar, un descanso. Un reposo del alma que ha dejado de correr en la rueda de hámster de la autojustificación, que ha cesado el esfuerzo agónico por escalar una montaña de méritos cuya cumbre siempre se desplaza más arriba. Es el descanso del hijo pródigo que, exhausto y cubierto de inmundicia, se encuentra de repente vestido con el manto mejor, calzado y con el anillo de autoridad en su dedo, no por lo que ha hecho, sino por la locura de amor del Padre que corre a su encuentro. Implica caminar por la vida no como un convicto en libertad condicional, mirando por encima del hombro con el temor constante de que un juez iracundo revoque su perdón, sino como un hijo perdonado, amado eternamente, y ya juzgado en su Sustituto. La mirada ya no se dirige hacia atrás, a la cuenta de las faltas, sino hacia adelante, a la herencia de luz. Implica que la muerte, la gran enemiga, la sombra que ha planeado sobre toda la historia humana, ha perdido su aguijón venenoso; ya no es la puerta al juicio temible, sino la puerta sencilla y segura que conduce a la plenificación de la vida que ya se posee. Implica, también, una profunda humildad, porque reconocemos que ni el oír atento ni el creer confiado son logros nuestros, títulos de los que gloriarnos. Son dones que la gracia misma suscita en nosotros. El mismo oído que se inclina hacia la palabra es abierto por esa palabra; la misma fe que se aferra al Padre es suscitada por el testimonio del Padre acerca del Hijo. Pero son, al mismo tiempo, los únicos instrumentos, los canales vacíos, a través de los cuales recibimos el torrente del don. No contribuyen nada al contenido del don; simplemente permiten que éste nos inunde.
La voz que dijo «Amén, amén» hace dos mil años en Jerusalén, en medio de la hostilidad y la incomprensión, resuena aún hoy con una actualidad punzante. Atraviesa el ruido ensordecedor de nuestras dudas, la cacofonía de las mil y una religiones y filosofías, el murmullo constante y torturador de la acusación interna. Y se dirige a cada uno de nosotros con una intimidad que desarma. Nos señala, sin rodeos, los dos movimientos simples y totales: inclinar el oído del alma hasta que la palabra de Cristo se convierta en nuestra ley interior, y fiarnos, sin reservas, del corazón del Padre tal como se ha revelado, sin sombra ni mentira, en la persona y la obra de Jesús. Y nos ofrece, no como una posibilidad remota, sino como una certeza inmediata, la triple realidad que cambia todo: la posesión de una vida que la tumba no puede retener, la exención de una condena que ya cayó sobre Otro, y el hecho consumado de un traslado que nos ha hecho, para siempre, ciudadanos de un reino donde la muerte ha sido vencida, donde el juicio ha sido satisfecho, y donde la vida es el aire que se respira. Todo esto no es un sentimiento piadoso, no es una teoría teológica abstracta, no es el consuelo ilusorio de una mente desesperada. Es, según la palabra solemne, irrevocable y creadora de Aquel que es, en sí mismo, la Verdad encarnada, un hecho. Un hecho sobre el cual se puede construir una existencia, afrontar una muerte, y abrazar una eternidad. Amén.