Juan 12:20-22
Felipe y Andres
Introducción
En el primer bosquejo vimos a Andrés: convicción, afecto y acompañamiento. En el segundo vimos a Felipe frente al escepticismo de Natanael: no se ofendió, no discutió, no controló; solo dijo "ven y ve". Ahora, en este tercer bosquejo, Felipe aparece de nuevo, frente a unos griegos que buscan a Jesús. Su respuesta nos muestra tres claves para acercar a otros a Cristo: Búsqueda, Bondad y Binomio.
Primer Punto: Búsqueda
Exégesis
"Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta" (Juan 12:20). No eran curiosos; eran buscadores. Habían subido a Jerusalén con un propósito: adorar. Y en medio de su búsqueda, oyeron de Jesús. El Espíritu ya estaba obrando en sus corazones antes de que alguien les hablara. La búsqueda genuina siempre encuentra su respuesta en Cristo.
Aplicación
Hay personas a tu alrededor que, aunque no lo digan, están buscando a Dios. No creas que eres el único que inicia la búsqueda. El Espíritu va delante de ti. Tu tarea es estar atento, disponible.
Pregunta de confrontación
¿Reconoces que hay buscadores cerca de ti? ¿Estás disponible para ellos?
Metáfora
Es como un faro en la noche: no crea la necesidad de los navegantes, solo la responde.
Frase célebre
"El hombre busca a Dios porque Dios primero lo está buscando a él."
Versículo de apoyo
"Para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros." (Hechos 17:27)
Segundo Punto: Bondad
Exégesis
"Se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea" (Juan 12:21). ¿Por qué a Felipe? Su nombre griego, su origen en Betsaida, su trato accesible, lo hacían abordable. Felipe no fue una barrera; fue un puente. Los griegos no se sintieron rechazados; se sintieron recibidos. La Iglesia está llamada a ser un lugar de bondad, no un muro.
Aplicación
La gente no se acerca a una institución; se acerca a personas. Sé accesible. No juzgues. No pongas requisitos antes de tiempo. Deja que los que buscan puedan acercarse a ti sin miedo.
Pregunta de confrontación
¿Eres una persona de bondad o una barrera para los que buscan a Jesús?
Metáfora
Es como un puente sobre un río: no juzga a los que cruzan, solo les ofrece el camino.
Frase célebre
"La Iglesia no es un museo de santos, sino un lugar de bondad entre los que buscan y el que salva."
Versículo de apoyo
"Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación." (Efesios 2:14)
Tercer Punto: Binomio
Exégesis
"Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús" (Juan 12:22). Felipe no lo hizo solo. Buscó a Andrés. Juntos llevaron a los griegos a Jesús. La misión no es individualista; es comunitaria. Cuando trabajamos juntos, la carga se reparte y el fruto se multiplica.
Aplicación
No fuiste llamado a hacerlo solo. Busca a otros. Comparte la carga. Trabaja en equipo. La evangelización es una obra comunitaria.
Pregunta de confrontación
¿Estás dispuesto a trabajar en binomio para llevar a otros a Jesús?
Metáfora
Es como un equipo de rescate: ninguno puede llevar solo al herido a la cima; juntos lo logran.
Frase célebre
"Dos son mejores que uno, porque tienen mejor paga de su trabajo." (Eclesiastés 4:9)
Versículo de apoyo
"A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo." (Efesios 4:12)
Conclusión
Tres claves para acercar a otros a Jesús: Búsqueda, Bondad y Binomio. Hay gente buscando. Sé accesible. Trabaja en equipo. Los griegos dijeron: "Quisiéramos ver a Jesús". La Iglesia tiene la respuesta. Dala en comunidad, con accesibilidad y con amor.
La Iglesia que acerca a otros a Jesús
Un estudio expositivo de Juan 12:20-22
Hay momentos en la historia de la redención en que el cielo y la tierra parecen tocarse, en que lo que estaba oculto se revela y lo que estaba profetizado comienza a cumplirse. El pasaje que nos ocupa, Juan 12:20-22, es uno de esos momentos. Estamos en la última semana de la vida terrenal de Jesús, días antes de su crucifixión. Jerusalén está llena de peregrinos que han subido para la fiesta de la Pascua. Las calles están abarrotadas, los templos rebosantes, y el aire está cargado de expectación mesiánica. En medio de este torbellino, un grupo de griegos se acerca a Felipe con una petición que parece sencilla pero que encierra una profundidad teológica inmensa: "Señor, quisiéramos ver a Jesús" (Juan 12:21).
Este pasaje no es un incidente aislado. Es la culminación de una serie de encuentros que el evangelista Juan ha venido narrando desde el principio de su evangelio. En el primer bosquejo de esta serie, vimos a Andrés, el hombre común que, después de encontrar a Jesús, no pudo guardar su hallazgo para sí mismo. Andrés nos enseñó que la invitación efectiva nace de una convicción personal, se extiende desde el afecto genuino y se concreta en el acompañamiento. Luego, en el segundo bosquejo, vimos a Felipe enfrentando el escepticismo de Natanael. Felipe no se ofendió, no discutió, no controló. Simplemente dijo: "Ven y ve". Y Natanael, el escéptico, se convirtió en adorador. Ahora, en este tercer bosquejo, volvemos a encontrar a Felipe. Pero esta vez no está lidiando con el prejuicio de un amigo, sino con la búsqueda sincera de unos extranjeros. Los griegos no son judíos; son gentiles. No pertenecen al pueblo de la promesa; vienen de fuera. Sin embargo, han subido a Jerusalén para adorar. Han oído de Jesús. Y ahora quieren verlo. Su petición es un eco de la búsqueda universal de la humanidad por el Dios verdadero. Y la respuesta de Felipe nos muestra tres características de una Iglesia que acerca a otros a Cristo: Búsqueda, Bondad y Binomio.
La primera característica es la Búsqueda. "Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta" (Juan 12:20). El término "griegos" aquí no se refiere a los helenistas, judíos de la dispersión que hablaban griego, sino a gentiles puros, prosélitos o simpatizantes del judaísmo. La Versión de los Setenta usa este término para designar a los gentiles que se acercaban a la fe judía. El comentarista Beda señala: "El templo del Señor, construido en Jerusalén, era tan celebrado, que en los días de fiesta concurrían a él no solamente los vecinos, sino otras muchas gentes de lejanos países". Estos hombres habían subido a Jerusalén con un propósito definido: adorar. No eran turistas curiosos; eran buscadores sinceros.
Para comprender plenamente la magnitud de esta búsqueda, debemos situarla en el contexto del judaísmo del Segundo Templo. En el siglo I, el judaísmo había experimentado un fenómeno notable: la atracción de los gentiles hacia la fe de Israel. No se trataba de un proselitismo agresivo, sino de un magnetismo espiritual. Como señala el historiador Josefo, muchos gentiles se sentían atraídos al judaísmo por su monoteísmo y sus elevadas normas morales. En un mundo politeísta y moralmente decadente, el judaísmo ofrecía una alternativa de sentido y trascendencia. Los griegos, en particular, con su larga tradición filosófica, habían estado buscando durante siglos la verdad última. Sócrates, Platón y Aristóteles habían planteado las preguntas fundamentales sobre la existencia, la moral y el destino humano. Pero sus respuestas, aunque brillantes, dejaban un vacío que solo el Dios vivo podía llenar.
Estos griegos probablemente pertenecían a la categoría de los "temerosos de Dios" (sebomenoi ton theon), gentiles que simpatizaban con el judaísmo pero que no se habían sometido a la circuncisión. Asistían a las sinagogas, observaban algunas de las fiestas y buscaban al Dios verdadero. Su presencia en Jerusalén para la Pascua indica un grado significativo de compromiso. Habían viajado largas distancias, enfrentado peligros y gastado recursos para adorar al Dios de Israel. La Pascua conmemoraba la liberación de Egipto, y los prosélitos gentiles que subían mostraban un deseo de identificarse con el Dios que libera. Esto prefigura la liberación que Cristo traería a través de su muerte.
Este fenómeno de atracción gentil hacia el judaísmo tiene implicaciones teológicas profundas. Sugiere que el Espíritu de Dios ya estaba obrando en los corazones de aquellos que estaban fuera del pacto visible. La búsqueda de los griegos no era un accidente; era el resultado de la gracia preveniente de Dios. Como dice el teólogo Karl Barth: "La elección de Dios es la elección del amor; no es un juicio frío, sino un acto de gracia que busca al ser humano en su pecado". Dios estaba buscando a estos griegos antes de que ellos lo buscaran a Él.
La doctrina de la gracia preveniente, aunque a menudo asociada con la teología arminiana, tiene raíces profundas en la tradición cristiana. Agustín de Hipona, en su debate con los pelagianos, insistió en que la gracia de Dios precede a cualquier esfuerzo humano. "No es que seamos capaces de creer por nosotros mismos", escribió Agustín, "sino que Dios obra en nosotros el querer y el hacer". La búsqueda de los griegos es un ejemplo de esta gracia preveniente. No buscaban a Jesús porque fueran más piadosos que otros; buscaban porque Dios estaba obrando en ellos.
La petición de estos griegos, "queremos ver a Jesús", no era una simple solicitud de verlo pasar. El verbo eidō significa "ver" en el sentido de "conocer personalmente", "experimentar". Querían una entrevista, una conversación, un encuentro. Como dice un comentarista: "Estos hombres del Oeste a finales de la vida de Jesús, hicieron lo mismo que los magos del Este en su comienzo: pero ellos vinieron a la Cruz del rey, como ellos a su cuna". Los magos vinieron al pesebre; estos griegos vinieron a la cruz. Ambos representan a los gentiles que buscan al Mesías.
Lo que despertó este deseo fue la obra del Espíritu en sus corazones. Habían oído de Jesús, habían visto quizás la escena del templo cuando Jesús expulsó a los cambistas, y algo en sus corazones les decía que este era el que podía llenar sus anhelos más profundos. Como señala un comentario: "La belleza del carácter del Salvador, la seriedad y la naturaleza elevada de su enseñanza, y la grandeza de su pretensión, todo esto los impulsó a buscar ver a Jesús". El hombre busca a Dios porque Dios primero lo está buscando a él.
Cuando Jesús purificó el templo, citó Isaías 56:7: "Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones". Los griegos que vinieron a adorar son el cumplimiento de esta profecía. La llegada de los griegos no fue un accidente; fue la respuesta a la oración de siglos, el comienzo de la cosecha que Jesús había predicho. Cuando Jesús dijo "Levantad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega" (Juan 4:35), estaba hablando de personas como estos griegos. Y ahora, en la última semana de su vida, la cosecha estaba comenzando.
Algunos críticos han argumentado que estos "griegos" no eran verdaderos gentiles, sino judíos helenistas, es decir, judíos de la dispersión que hablaban griego. Si esto fuera cierto, la significación teológica del pasaje se reduciría considerablemente. Sin embargo, el contexto sugiere lo contrario. El término Hellēnes en el Nuevo Testamento se usa consistentemente para designar a los gentiles, no a los judíos helenistas (que son llamados Hellēnistai). Además, la reacción de Felipe y Andrés, que dudan antes de llevar a estos hombres a Jesús, indica que eran considerados como "otros", como extranjeros. La evidencia interna del evangelio de Juan también apoya esta interpretación. En Juan 7:35, los judíos se preguntan: "¿Acaso irá a la dispersión de los griegos y enseñará a los griegos?". Aquí, "los griegos" son claramente los gentiles entre los cuales los judíos estaban dispersos.
En la actualidad, hay muchos como estos griegos. Hombres y mujeres que, aunque no conocen a Jesús, buscan algo que no saben nombrar. Buscan sentido, paz, esperanza, perdón. Como dice el comentario: "Hay muchos hoy, hombres devotos, no solo de entre los paganos, sino de entre aquellos en nuestro mundo moderno, que están buscando al Señor, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle". La pregunta no es si hay buscadores. La pregunta es si están encontrando a Jesús. La Iglesia debe reconocer que el Espíritu de Dios ya está obrando en los corazones de aquellos que aún no han llegado a la fe. Nuestra tarea no es iniciar la búsqueda, sino responder a ella, señalando a Jesús.
Un ejemplo concreto de esta búsqueda se encuentra en la vida de San Agustín. Antes de su conversión, Agustín buscó la verdad en el maniqueísmo, en el escepticismo y en la filosofía neoplatónica. Su corazón estaba inquieto, buscando algo que no podía nombrar. Como él mismo escribió en sus Confesiones: "Tú nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Agustín era un buscador sincero, y su búsqueda lo llevó finalmente a Cristo. Su historia es un testimonio de que el Espíritu de Dios obra en los corazones de los que buscan, incluso cuando aún no conocen a Jesús.
Es como un faro en medio de la noche. Los barcos no saben exactamente dónde está la costa, pero buscan una luz que les guíe. El faro no crea la necesidad de los navegantes; simplemente la satisface. Así es la Iglesia: no crea la búsqueda, pero señala al que es el camino, la verdad y la vida. El hombre busca a Dios porque Dios primero lo está buscando a él. Y el versículo de apoyo es Hechos 17:26-27: "Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros".
La segunda característica es la Bondad. "Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús" (Juan 12:21). Los griegos no se acercaron a Pedro, ni a Juan, ni a Santiago. Se acercaron a Felipe. ¿Por qué? El texto nos da una pista: Felipe era de Betsaida de Galilea. Betsaida era una ciudad helenística, situada en la región de Decápolis, donde convivían judíos y gentiles. Felipe, además, tenía un nombre griego, lo cual sugiere que estaba familiarizado con la cultura griega y que podía comunicarse con ellos.
Como señala un comentarista: "No cabe duda que tenemos que conocer a Cristo personalmente antes de invitar a otros a venir a Él. El verdadero evangelista tiene que haber tenido un encuentro personal con Cristo en primer lugar para poder presentarle a otras personas". Pero no basta con conocer a Cristo. Es necesario ser accesible. Es necesario ser un puente, no una barrera. Felipe era un puente. Era un puente entre los griegos y Jesús. No los despidió. No les dijo: "Vayan directamente a Jesús". No los hizo sentirse inaceptables por ser gentiles. Los escuchó, los recibió y los guio. La Iglesia está llamada a ser un puente, no un muro. Un puente entre los que buscan y el que salva.
La figura de Felipe adquiere mayor relevancia cuando consideramos el contexto de Betsaida. Esta ciudad, situada en la orilla noreste del Mar de Galilea, era una ciudad mixta, con una población significativa de gentiles. Su nombre significa "casa de pesca", lo cual indica su carácter comercial y su apertura a influencias externas. Los judíos de Betsaida estaban acostumbrados a tratar con gentiles, a hablar griego y a moverse en un entorno multicultural. Felipe, por lo tanto, no era un judío provinciano y cerrado. Era un hombre de mundo, o al menos de una ciudad cosmopolita. Su nombre griego, "amante de los caballos", era común entre gentiles y judíos helenizados. Esto sugiere que su familia tenía conexiones con la cultura griega. Cuando los griegos buscaron a alguien que los entendiera, Felipe era la elección natural.
Además, Felipe tenía un historial de accesibilidad. En Juan 6:5-9, cuando Jesús preguntó cómo alimentar a la multitud, Felipe fue el que respondió con sentido práctico. En Juan 14:8, cuando Jesús habló de conocer al Padre, Felipe fue el que pidió verlo. Felipe no era un teólogo especulativo; era un hombre práctico, accesible, dispuesto a ayudar. Estas cualidades lo hacían abordable para los griegos.
Es importante notar que los gentiles tenían acceso limitado al templo. Estaban confinados al Atrio de los Gentiles, separados por una balaustrada más allá de la cual no podían pasar bajo pena de muerte. Esto explica por qué necesitaban a alguien que los guiara a Jesús. No podían simplemente acercarse a Él; necesitaban un mediador humano. Felipe fue ese mediador. Su accesibilidad eliminó la barrera que los separaba de Jesús.
San Agustín comenta sobre este pasaje: "Son como dos murallas de distinto origen y que vienen a reunirse por un ósculo de paz en la misma fe de Cristo". Los judíos y los gentiles eran dos murallas separadas por un muro de hostilidad. Pero en Cristo, esas dos murallas se unen. Felipe fue el instrumento humano para tender ese puente. Su disponibilidad, su accesibilidad, su disposición a escuchar y a guiar, hicieron posible el encuentro.
Algunos podrían argumentar que la accesibilidad de Felipe fue simplemente una coincidencia geográfica y cultural, no una virtud espiritual. Podrían decir que cualquier discípulo habría servido, siempre que hubiera estado en el lugar correcto en el momento correcto. Sin embargo, esta objeción pasa por alto la naturaleza deliberada de la elección de Felipe. Los griegos no se acercaron a Felipe por casualidad; se acercaron a él porque percibieron en él una disposición a escuchar, una apertura a los que eran diferentes. Además, el hecho de que Felipe dudara en llevar a los griegos directamente a Jesús, y buscara a Andrés para consultar, revela que era consciente de las barreras culturales y religiosas que existían. No era ingenuo respecto a las tensiones entre judíos y gentiles. Pero su respuesta no fue de rechazo, sino de búsqueda de sabiduría. Esto lo hace aún más admirable: era accesible, pero también prudente.
En el Plan 2400, no se trata solo de invitar, sino de ser accesibles. La gente no se acerca a una institución; se acerca a personas. Felipe no era un teólogo erudito; era un discípulo accesible. Su nombre griego, su origen en Betsaida, su disposición a escuchar, lo hacían abordable. La Iglesia debe ser un lugar donde los buscadores encuentren personas accesibles, no barreras burocráticas. Cada creyente debe ser un Felipe: alguien a quien los que buscan puedan acercarse sin miedo, sin sentirse juzgados, sin sentirse rechazados.
Un ejemplo concreto de esta accesibilidad se encuentra en la vida de Billy Graham. A lo largo de su ministerio, Graham fue conocido por su disposición a hablar con cualquier persona, sin importar su origen o estatus social. En sus cruzadas, se aseguraba de que hubiera consejeros disponibles para hablar con aquellos que respondían al llamado. No los dejaba solos; los acompañaba en su búsqueda. Graham entendió que la accesibilidad es esencial para la evangelización. No basta con predicar; es necesario estar disponible para los que buscan.
Es como un puente sobre un río caudaloso. El puente no juzga a los que quieren cruzar; simplemente les ofrece un camino seguro. Así es la Iglesia: no juzga a los que buscan, sino que les ofrece el camino a Jesús. La Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de pecadores y un puente entre los que buscan y el que salva. Y el versículo de apoyo es Efesios 2:14: "Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación".
La tercera característica es el Binomio. "Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús" (Juan 12:22). Felipe no intentó hacerlo solo. No dijo: "Yo puedo manejar esto". No pensó que necesitaba tener todas las respuestas. Buscó a su hermano Andrés. Y juntos, los dos discípulos, llevaron a los griegos a Jesús. La obra de llevar personas a Cristo es una obra en equipo.
¿Por qué Felipe buscó a Andrés? El texto sugiere varias razones. Andrés era el discípulo más antiguo; había sido el primero en seguir a Jesús y el primero en traer a su hermano Pedro. Andrés tenía un don para llevar personas a Jesús. Además, tanto Felipe como Andrés tenían nombres griegos y eran de Betsaida. Eran compatriotas y compañeros en el servicio. Como dice un comentarista: "Estos dos discípulos son representados consultándose mutuamente en ocasiones previas, como si estuvieran peculiarmente relacionados en simpatía. Felipe ve ciertas dificultades, y Andrés tiene una mente práctica y propone una salida".
La participación no es solo una estrategia; es una necesidad espiritual. Cuando trabajamos juntos, la carga se reparte, la sabiduría se multiplica y el testimonio se fortalece. Felipe y Andrés son un modelo de cooperación. No compitieron. No se preocuparon por quién recibiría el crédito. Juntos llevaron a los griegos a Jesús. Y Jesús los recibió. El grano de trigo que cae en tierra y muere produce mucho fruto (Juan 12:24). Los griegos que vinieron a ver a Jesús fueron parte de ese fruto.
La colaboración entre Felipe y Andrés no era un fenómeno aislado. En el evangelio de Juan, estos dos discípulos aparecen juntos en varias ocasiones. En Juan 6:5-9, cuando Jesús preguntó cómo alimentar a la multitud, Felipe y Andrés colaboraron para encontrar una solución. En Juan 12:20-22, colaboran de nuevo para llevar a los griegos a Jesús. Esta asociación refleja una realidad más amplia en el movimiento cristiano primitivo: la misión no era una empresa individual, sino comunitaria.
Los primeros cristianos entendieron que la evangelización requería la cooperación de todo el cuerpo de Cristo. Pablo plantó, Apolos regó, pero Dios dio el crecimiento (1 Corintios 3:6). Pedro y Juan trabajaron juntos en Jerusalén. Pablo y Bernabé trabajaron juntos en el primer viaje misionero. La lista de colaboradores en Romanos 16 es un testimonio de la naturaleza comunitaria de la misión.
Este principio tiene raíces en el Antiguo Testamento. Cuando Moisés necesitó ayuda para liderar a Israel, Dios le dio a Aarón. Cuando Elías se sintió solo, Dios le recordó que había siete mil que no habían doblado la rodilla ante Baal. Cuando Nehemías reconstruyó los muros de Jerusalén, organizó al pueblo en equipos que trabajaban juntos. La obra de Dios siempre ha sido una obra comunitaria.
La colaboración entre Felipe y Andrés refleja la naturaleza comunitaria de la Trinidad. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, una comunidad de amor. La misión de la Iglesia es una extensión de la misión de la Trinidad. Jesús oró por la unidad de sus discípulos: "Que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste" (Juan 17:21). La colaboración entre Felipe y Andrés es una respuesta a esta oración.
Algunos podrían argumentar que la colaboración entre Felipe y Andrés fue simplemente una cuestión práctica, no una virtud espiritual. Podrían decir que Felipe buscó a Andrés porque no sabía qué hacer, no porque valorara la comunidad. Sin embargo, esta objeción pasa por alto la naturaleza deliberada de la acción de Felipe. No buscó a cualquier discípulo; buscó a Andrés, su compatriota, su amigo, su compañero en el servicio. Y juntos, los dos, fueron a Jesús. Además, el hecho de que Felipe no intentara resolver el problema solo revela una profunda humildad y sabiduría. Reconoció sus limitaciones. Reconoció que necesitaba ayuda. Y al buscar a Andrés, no solo encontró una solución práctica, sino que fortaleció su vínculo con su hermano en la fe. La colaboración no es una señal de debilidad; es una señal de madurez espiritual.
En el Plan 2400, la participación es esencial. No fuimos llamados a hacerlo solos. Felipe buscó a Andrés; juntos llevaron a los griegos a Jesús. La evangelización no es una tarea individualista; es una obra comunitaria. Cuando trabajamos juntos, cuando compartimos la carga, cuando nos apoyamos mutuamente, el testimonio se fortalece y el fruto se multiplica. La pregunta no es si puedes hacerlo solo, sino si estás dispuesto a hacerlo con otros.
Un ejemplo concreto de esta colaboración se encuentra en la vida de Pablo y Bernabé. En Hechos 13-15, vemos cómo estos dos líderes trabajaron juntos en la misión a los gentiles. Pablo era el teólogo, Bernabé el animador. Pablo predicaba, Bernabé discipulaba. Juntos, llevaron el evangelio a lugares donde ninguno de los dos habría podido llegar solo. Su colaboración fue esencial para el éxito de la misión. Y aunque eventualmente se separaron por un desacuerdo sobre Marcos, su ejemplo de colaboración sigue siendo un modelo para la Iglesia.
Es como un equipo de rescatistas en una montaña. Ninguno puede llevar solo a un herido hasta la cima; necesitan trabajar juntos, repartir la carga, apoyarse mutuamente. Así es la Iglesia: juntos llevamos a los que buscan hasta Jesús. Dos son mejores que uno, porque tienen mejor paga de su trabajo (Eclesiastés 4:9). Y el versículo de apoyo es Efesios 4:11-12: "Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo".
Este pasaje nos muestra tres características de una Iglesia que acerca a otros a Cristo. Primero, Búsqueda. No estamos solos en la búsqueda. Hay hombres y mujeres que, aunque no lo sepan, están buscando a Jesús. Segundo, Bondad. No podemos ser una barrera; debemos ser un puente. Tercero, Binomio. No fuimos llamados a hacerlo solos. Felipe buscó a Andrés; juntos llevaron a los griegos a Jesús. La pregunta que queda es: ¿Eres un puente o una barrera? ¿Eres accesible a los que buscan? ¿Estás dispuesto a trabajar en equipo para llevar a otros a Jesús? Los griegos dijeron: "Quisiéramos ver a Jesús". Y la Iglesia tiene la respuesta. Pero esa respuesta debe ser dada en comunidad, en equipo, con accesibilidad y con amor. Como dice el comentario: "La presencia del Espíritu de Cristo en el corazón de su pueblo, llevando a un celo ardiente, tierna compasión, amor ardiente por aquellos por quienes Cristo murió, atraería cada vez más a los paganos, enderezaría el camino para los errantes, disiparía dudas, despertaría a los indiferentes, hasta que los hombres en todas partes vinieran a la Iglesia, diciendo: Nosotros también quisiéramos ver a Jesús". Y el versículo final es Juan 12:22: "Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús". Amén.