LOS OJOS Y LA RENOVACIÓN DE LA MENTE - MATEO 6: 22 - 23, EXPLICACIÓN
Introducción:
Hemos visto que la música programa la mente y que la conversación también. Hoy abordamos el tercer programador: los ojos. Jesús dijo: “La lámpara del cuerpo es el ojo.” En la era de las redes sociales, donde pasamos horas mirando pantallas, esta palabra es más urgente que nunca. Así como un médico nos da una lista de chequeo para revisar nuestra salud, hoy quiero darte una lista de chequeo visual basada en esta enseñanza de Jesús: tres criterios para evaluar qué permites que entre por tus ojos.
Con el propósito de renovar nuestra mente a través de lo que permitimos que vean nuestros ojos, vamos a aplicar tres criterios basados en Mateo 6:22-23: primero, entender que el ojo es la puerta de entrada que afecta toda la vida; segundo, enfocar nuestra mirada en lo que nos llena de luz; tercero, apartarnos de lo que oscurece el alma y normaliza el pecado.
LISTA DE CHEQUEO: TRES CRITERIOS PARA UNA MIRADA SANA
I. ENTIENDE QUE EL OJO ES LA PUERTA DE ENTRADA: TODO LO QUE VES AFECTA TODO LO QUE ERES
A. Base bíblica. Mateo 6:22a — “La lámpara del cuerpo es el ojo.”
B. Explicación del texto. Jesús está diciendo algo muy sencillo: así como una lámpara ilumina una casa entera, así tus ojos iluminan tu vida entera. Si enciendes una lámpara en una habitación oscura, toda la habitación se llena de luz. Si apagas la lámpara, toda la habitación queda a oscuras. Tus ojos funcionan igual. No es que los ojos sean la luz; son el interruptor. Lo que entra por ellos determina si tu vida está iluminada o en tinieblas. Por eso Jesús no dice “el ojo ve”, sino “el ojo es la lámpara”. Porque lo que ves no se queda en los ojos; ilumina u oscurece todo lo demás.
C. Criterio de chequeo. Entiende que todo lo que entra por tus ojos termina afectando toda tu vida. No hay nada que veas que se quede solo en los ojos.
D. Aplicación práctica. Cuando abres Instagram y ves una imagen que te contamina, no es solo un momento. Esa imagen se queda en tu mente. Cuando pasas horas viendo contenido que no glorifica a Dios, no es solo tiempo perdido; es tu vida entera la que se está oscureciendo. Tus ojos son como el interruptor de la luz de tu casa. No puedes pretender que tu vida esté llena de luz si pasas el día mirando cosas que te apagan. Así de sencillo: lo que entra por tus ojos termina siendo lo que eres.
E. Textos bíblicos de apoyo. Proverbios 4:25 — Salmo 101:3.
F. Pregunta de chequeo. ¿Estás dejando que el interruptor de tu vida esté apagado la mayor parte del día? ¿Qué clase de luz están dejando entrar tus ojos?
II. ENFOCA TU MIRADA EN LO QUE TE LLENA DE LUZ: VER LO QUE EDIFICA Y ELEVA
A. Base bíblica. Mateo 6:22b — “Si tu ojo es simple, todo tu cuerpo será luminoso.”
B. Explicación del texto. La palabra griega es haplous, que significa sencillo, sin dobleces, enfocado en una sola dirección. No es el ojo que no ve nada del mundo; es el ojo que elige mirar lo que lo llena de luz. Los comentaristas explican que es tener un solo propósito, una sola pasión dominante: agradar a Dios. Cuando la mirada se enfoca en lo que viene de Él, todo el ser se ilumina. El ojo simple no se divide entre el cielo y la tierra; elige lo que edifica, lo que eleva, lo que acerca a Dios.
C. Criterio de chequeo. Ver con un solo enfoque: elegir lo que edifica y eleva, lo que llena de luz la vida.
D. Aplicación práctica. No todo lo que aparece en tu feed merece tu mirada. Tú eliges. Puedes elegir contenido que te edifique: enseñanzas bíblicas, testimonios que animan tu fe, música que te acerca a Dios, imágenes que te recuerdan su creación. Puedes elegir cuentas que eleven tu mirada hacia arriba. El ojo simple no es el que no ve nada; es el que sabe qué ver. En medio del scroll infinito, tienes el poder de decidir qué entra. Elige lo que te llena de luz.
E. Textos bíblicos de apoyo. Colosenses 3:1-2 — Filipenses 4:8 —
F. Pregunta de chequeo. ¿Qué tipo de contenido consumes con más frecuencia? ¿Te está llenando de luz o te está dejando vacío? ¿Qué cuentas sigues que te ayudan a enfocar tu mirada en Dios?
III. APARTA TU MIRADA DE LO QUE OSCURECE: NO NORMALICES LO QUE TE CONTAMINA
A. Base bíblica. Mateo 6:23 — “Si tu ojo es malo, todo tu cuerpo será tenebroso… si la luz que hay en ti es tinieblas, ¿cuán grandes serán las tinieblas?”
B. Explicación del texto. La palabra griega es ponēros, que significa malo, enfermo, viciado, que no cumple su función natural. Los comentaristas señalan que es el ojo que se ha acostumbrado a mirar lo que no debe, el que está dirigido solo hacia la tierra, corrompido por la codicia o la envidia. Lo peor no es estar en oscuridad, sino creer que hay luz cuando en realidad ya no la hay. Cuando la luz que debería guiarnos está corrompida por lo que hemos normalizado, las tinieblas resultantes son más densas que las de quien nunca tuvo luz.
C. Criterio de chequeo. Apartar la mirada de lo que oscurece el alma y no normalizar lo que contamina.
D. Aplicación práctica. Esto ocurre cuando nos acostumbramos a ver lo que no debemos. Primero causa conflicto; luego deja de causarlo; luego parece normal; luego se vuelve algo que buscamos. En redes sociales, esto es el “scroll sin filtro”. Ves violencia, sexualización, materialismo, burlas de lo sagrado, y con la repetición, deja de afectarte. Te has acostumbrado. Y cuando te acostumbras, tu ojo se ha vuelto malo. La peor oscuridad no es la de quien nunca supo de Dios; es la de quien tuvo luz y la perdió porque se acostumbró a lo que lo alejaba de Él.
E. Pregunta de chequeo. ¿Hay contenido que ves hoy sin problema que hace un año no habrías tolerado? ¿Qué te has acostumbrado a ver? ¿Qué has normalizado en tu feed que sabes que no glorifica a Dios?
Conclusión
Tres criterios basados en Mateo 6:22-23: entiende que todo lo que ves afecta toda tu vida; enfoca tu mirada en lo que te llena de luz; aparta tu mirada de lo que oscurece el alma. Esta semana haz tu propio chequeo visual: revisa a quién sigues, qué consumes, y aplica estos tres filtros. Elige lo que edifica. Aparta lo que contamina. Pídele a Dios que te dé un ojo simple, enfocado solo en Él. Señor, renueva nuestra mirada. Que nuestros ojos sean lámparas que iluminen nuestra vida, no ventanas que la oscurezcan. Amén.
VERSION LARGA
El dedo desliza hacia arriba y otra imagen aparece. Luego otra. Luego otra. Es un gesto tan pequeño que apenas lo notas, tan automático que ya no recuerdas cuándo comenzó. La pantalla brilla en la penumbra de la noche, lanzando su luz azul contra tu rostro como una luna artificial que no te deja dormir. Imágenes que pasan: una playa que no pisarás nunca, un cuerpo que te hace sentir menos, una risa que no compartes, una noticia que te atraviesa y se queda, un meme que se olvida en segundos, una casa que nunca tendrás, una vida que no es tu vida pero que de alguna manera se te ha metido dentro. El dedo no se detiene. Algo dentro de ti tampoco. Es como si hubieras abierto una ventana y hubieras olvidado cómo cerrarla, y el viento de afuera lo ha ido llenando todo de polvo y ruido. Y mientras tanto, dentro de ti, algo se va apagando sin que te des cuenta. No es ruido. Es peor: es un apagón silencioso. La fatiga no es solo de los ojos, que duelen después de horas de luz azul. Es del alma, que ha recibido tantas imágenes sin filtro que ya no sabe distinguir entre lo que la alimenta y lo que la vacía.
La semana pasada hablamos de la música, de cómo lo que entra por los oídos nos programa para creer o para dudar, para esperar o para rendirnos. La semana anterior hablamos de la conversación, de cómo las palabras que escuchamos y las que decimos moldean la forma en que entendemos nuestra propia historia. Pero hoy llegamos a los ojos. Porque los ojos son la ventana que nunca cerramos. Son la avenida por donde entra casi todo. Y Jesús, que sabía cómo funciona el alma humana mejor que cualquier psicólogo, mejor que cualquier algoritmo, nos dejó una enseñanza que en esta época de pantallas resuena como un eco desde el fondo de los siglos: “La lámpara del cuerpo es el ojo; si tu ojo es simple, todo tu cuerpo será luminoso; pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo será tenebroso. Así que, si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡cuán grandes serán las tinieblas!”.
Imagina por un momento que tus ojos son dos lámparas en una casa. No son la electricidad, no son la luz misma, pero son lo que permite que la luz entre. Si enciendes las lámparas, la casa se llena de claridad. Puedes caminar sin tropezar, puedes encontrar lo que buscas, puedes ver los rostros de los que amas. Pero si las apagas, la casa queda en tinieblas. Todo lo demás puede estar en orden —los muebles en su lugar, las ventanas limpias, las paredes recién pintadas—, pero si no hay luz, no hay vida. Así de sencillo. Así de radical. Jesús no está hablando de optometría. Está hablando de tu alma. Y lo que dice es que lo que entra por tus ojos no se queda en la retina, no se queda en la superficie de tu ser. Penetra. Atraviesa. Ilumina u oscurece cada rincón de tu existencia. Lo que ves no se queda en los ojos. Baja al corazón. Se instala en la memoria. Vuelve a aparecer en medio de la noche. Moldea tus deseos antes de que sepas que los tienes. Configura tu sensibilidad sin que te des cuenta. Por eso la primera pregunta que deberías hacerte mientras el dedo desliza y las imágenes pasan no es “¿esto me entretiene?” ni siquiera “¿esto está mal?”. La primera pregunta debería ser: “¿Qué está entrando por esta ventana que soy yo?”. Porque no hay nada que veas que no deje una huella. No existe la mirada neutral. Cada imagen que permites que entre es como una gota de agua en un vaso. Una gota no parece importante. Cien gotas tampoco. Pero cuando el vaso se llena, te das cuenta de que lo que estás bebiendo ya no es agua pura. Es una mezcla de todo lo que has dejado entrar. Y tú has estado bebiendo sin mirar la etiqueta. Has estado abriendo el grifo sin preguntar de dónde viene el agua.
Los psicólogos llaman a esto “consumo pasivo”. Los algoritmos lo llaman “engagement”. Tú lo llamas “distracción”. Pero la Escritura lo llama de otra manera: lo llama vigilia. Porque Jesús no nos dejó vivir en modo automático. Nos llamó a velar. A estar atentos. A no dejar que el enemigo siembre cizaña mientras dormimos. Y hoy el enemigo no viene con espada, sino con un feed infinito. No viene con ejércitos, sino con un algoritmo que aprende de ti lo que más te retiene y te lo vuelve a mostrar, una y otra vez, hasta que lo que antes te causaba conflicto se vuelve normal, y lo que antes era ajeno se vuelve tuyo. Por eso la primera verdad que necesitas grabar en tu corazón es que el ojo no es un órgano pasivo. Es una puerta. Y tú eres el portero. Tú decides qué entra y qué se queda fuera.
Pero hay algo más. Los comentaristas antiguos, aquellos que pasaron años examinando cada palabra de Jesús, notaron que la imagen de la lámpara no es casual. El ojo no es la luz, dicen, sino el instrumento que recibe y transmite la luz. Así como el ojo físico permite que el cuerpo se oriente y camine sin tropezar, la mirada del alma permite que la luz de Dios entre y guíe toda nuestra vida. Lo que vemos no se queda en la retina; penetra en la mente, se instala en el corazón y termina gobernando nuestras acciones. Por eso, el primer criterio de nuestra lista de chequeo es tan simple y tan difícil: ver con conciencia de que todo lo que entra por los ojos afecta toda la vida. En la práctica, esto significa preguntarnos: ¿Qué estoy permitiendo que entre? ¿Qué imágenes se están grabando en mi mente mientras hago scroll en Instagram, TikTok o YouTube? ¿Qué estoy normalizando en mi feed? ¿Cuántas horas he pasado hoy mirando lo que no me edifica? ¿Y qué está pasando en mi interior mientras tanto? Porque algo está pasando, aunque no lo sientas. Algo se está apagando, aunque no lo veas.
Hay una palabra antigua que los comentaristas usan para describir lo que Jesús quiere decir con “simple”. Es la palabra griega “haplous”, y su significado es más hermoso de lo que imaginamos. No significa “simple” en el sentido de ingenuo o poco sofisticado. Significa, literalmente, una tela extendida, sin pliegues, sin dobleces, sin arrugas. Es lo opuesto a una tela doblada sobre sí misma, escondiendo sus pliegues, oscureciendo su forma real. Tener el ojo simple es tener una mirada que se despliega entera, sin rincones donde esconder lo que no quieres que vean, sin pliegues donde guardar el contenido que sabes que no deberías estar mirando. Es tener un corazón que late en una sola dirección, sin la angustia de la doblez. Un comentarista lo dijo con una sencillez que me ha perseguido durante años: “Lo que el ojo es al cuerpo, la intención es al alma”. Tu intención, tu propósito, tu dirección interior —eso es lo que Jesús llama el ojo del alma. Y si esa intención es simple, es decir, si está puesta en una sola cosa, entonces toda tu vida será luminosa. No parte de tu vida, no algunos aspectos de tu existencia, sino toda.
Imagina por un momento la paz de una vida sin doblez. Una vida donde no hay que esconder el teléfono cuando alguien entra. Una vida donde el historial de búsqueda no te avergüenza. Una vida donde puedes entregar tu pantalla sin temor porque no hay nada en ella que quieras ocultar. Esa es la vida del ojo simple. No es que nunca hayas visto nada malo —eso es imposible en este mundo— sino que has aprendido a apartar la mirada. Has aprendido a decir “esto no lo miro”. Has aprendido que no puedes servir a dos señores, y has elegido a uno solo. Y esa elección, repetida cada día, cada vez que el dedo quiere deslizar y tú decides no hacerlo, va desplegando tu vida como una tela sin pliegues, va iluminando tu interior como una casa donde todas las ventanas están abiertas a la luz.
Los comentaristas del siglo XIX notaron que esta palabra “haplous” es la antítesis de la doblez que Jesús condena cuando habla de servir a Dios y a las riquezas. No es casualidad que la enseñanza sobre el ojo esté justo entre la advertencia sobre los tesoros y la advertencia sobre los dos señores. Jesús está diciendo: no puedes tener dos tesoros, no puedes servir a dos señores, no puedes tener dos miradas. O tu ojo está puesto en el cielo o está puesto en la tierra. O tu tesoro está arriba o está abajo. No hay término medio. Y esa es la belleza y la dureza de su palabra: no hay término medio. No hay un “un poco de luz, un poco de tinieblas”. No hay un “a veces miro lo que edifica, a veces miro lo que destruye”. Porque la doblez no es neutral. La doblez es, en sí misma, una forma de oscuridad.
Pero hay algo más profundo en la enseñanza de Jesús, algo que duele solo de pensarlo. Porque después de hablarnos del ojo simple, Jesús introduce una palabra que debería detenernos en seco: la palabra “malo”. Pero no es la palabra que esperaríamos. No es kakos, que significa malo en un sentido genérico. Es ponēros, que significa malo en el sentido de activamente perverso, viciado, que no cumple su función natural. Un comentarista lo explica con una imagen que se queda: “Como un ojo que no cumple su función natural, así es esa mirada del alma que está dirigida solo hacia la tierra”. El ojo malo no es el que a veces mira lo que no debe. El ojo malo es el que ha perdido la capacidad de mirar hacia arriba. Es el ojo que se ha acostumbrado tanto a lo de abajo que ya no puede ver lo de arriba. Es la mirada que se ha vuelto miope para el cielo y hipermétrope para la tierra. Y entonces ocurre lo peor: “Si la luz que hay en ti es tinieblas, ¿cuán grandes serán las tinieblas?”.
Porque lo peor no es estar en oscuridad. Lo peor es creer que estás en luz cuando en realidad ya estás en tinieblas. Es la persona que se ha acostumbrado tanto a lo que ve que ya no le duele. Es la persona que justifica su consumo visual con frases como “no pasa nada”, “es solo una serie”, “todos lo hacen”, “Dios entiende”. Es la persona que ha ido bajando el umbral de su sensibilidad espiritual hasta el punto de que lo que antes le causaba conflicto ahora le parece normal, e incluso le parece luz. Así funciona la normalización del pecado en nuestro feed. Ves una imagen que te incomoda. Al principio te duele, te provoca algo dentro de ti que te dice “esto no es para mí”. Pero si sigues viendo, si no apartas la mirada, con el tiempo la imagen deja de causarte conflicto. Después de varias veces, te parece normal. Después de muchas veces, se vuelve parte de tu paisaje mental. Y cuando eso ocurre, la luz que había en ti se ha vuelto tinieblas. Pero tú no lo sabes. Crees que estás bien, que todo está en orden, que tu fe sigue intacta. Y esa es la peor oscuridad: la que se cree luz.
Por eso el ojo malo que describe Jesús no es solo el ojo que ve lo prohibido. Es el ojo que se ha vuelto incapaz de distinguir entre lo que edifica y lo que destruye. Es el ojo que ha perdido su función natural, que ya no cumple el propósito para el que fue creado: guiar tu vida hacia la luz. En las redes sociales, el ojo malo se manifiesta en ese scroll sin filtro, en esa incapacidad de decir “esto no lo miro”, en esa adicción silenciosa a imágenes que te van vaciando de a poco. Es la cuenta que sigues sabiendo que no te acerca a Dios. Es el tiempo que pasas viendo lo que sabes que no deberías ver. Es la excusa que te dices a ti mismo para no apartar la mirada. Y lo más terrible es que, con el tiempo, dejas de excusarte. Simplemente ves. Y ya no te duele. Y ya no te cuestionas. Y la luz que había en ti se ha ido apagando tan lentamente que ni siquiera lo notaste.
Pero hay esperanza. Porque la enseñanza de Jesús no es una condena, es una invitación. Es una invitación a recuperar la simplicidad de la mirada, a volver a ese estado donde tu ojo está sano porque tu corazón está entero. Es una invitación a hacer lo que los primeros discípulos hicieron cuando reconocieron a Jesús en el camino a Emaús: abrir los ojos, ver lo que antes no veían, y dejar que esa visión transforme su vida. La renovación de la mente comienza con los ojos. Y la renovación de los ojos comienza cuando te detienes. Cuando dejas de hacer scroll. Cuando miras tu pantalla con honestidad y te preguntas: ¿qué estoy viendo? ¿qué está entrando? ¿qué huella está dejando? ¿mi mirada está dividida? ¿he llamado luz a lo que en realidad es tinieblas?
Hay una práctica antigua que los monjes hacían: cada noche, antes de dormir, repasaban sus pensamientos del día. Hoy podríamos hacer algo similar con nuestra mirada. Antes de apagar la pantalla, antes de cerrar los ojos, repasa lo que tus ojos han visto en las últimas horas. ¿Qué imágenes se quedaron? ¿Qué contenidos consumiste? ¿Hubo algo que te incomodó? ¿Hubo algo que justificaste? ¿Hubo algo que te apagó por dentro? No es para que te castigues. Es para que tomes conciencia. Porque la conciencia es el primer paso hacia la libertad.
Y aquí viene la parte práctica, la que duele porque es concreta. La libertad de la mirada no es nunca haber visto algo malo. Eso es imposible en un mundo saturado de imágenes. La libertad de la mirada es tener la capacidad de elegir lo que miras. Es tener la autoridad para decir “esto no lo veo” cuando aparece en tu feed. Es tener la fuerza para dejar de seguir cuentas que sabes que te alejan de Dios, aunque sean amigos, aunque sean familiares, aunque todo el mundo las siga. Es tener la determinación de poner límites de tiempo en tus redes, de crear espacios sin pantalla, de recuperar el silencio visual que tu alma necesita para volver a enfocar. Es hacer una auditoría visual de tu vida: revisar a quién sigues, qué consumes, cuánto tiempo pasas mirando, qué contenido has normalizado. Y luego, con la misma determinación con la que decides levantarte cada mañana, decides también qué entra por tus ojos.
Tal vez sea hora de silenciar esa cuenta que siempre te hace compararte. Tal vez sea hora de dejar de seguir a ese influencer que sabes que no te edifica. Tal vez sea hora de poner un límite de tiempo en tu teléfono, de crear un espacio sin pantalla en la primera hora de la mañana y en la última de la noche. Tal vez sea hora de dejar de llamar “entretenimiento” a lo que en realidad es una distracción que te vacía. Tal vez sea hora de pedirle a Dios que te devuelva la capacidad de sentir incomodidad ante lo que no glorifica su nombre. Porque cuando vuelves a sentir incomodidad, es señal de que la luz está volviendo. Cuando algo que antes te parecía normal te vuelve a causar conflicto, es señal de que tu ojo se está sanando.
Porque tu alma, como tus ojos, necesita descansar de tanta luz artificial. Necesita momentos donde no haya nada que mirar, donde puedas cerrar los párpados y abrir la mirada interior. Necesita volver a aprender a ver lo que de verdad importa: los rostros que amas, la luz del sol en la mañana, las páginas de un libro, las manos de un amigo, el pan partido en la mesa, la presencia de Dios en lo cotidiano. Esa es la luz que ilumina de verdad. Esa es la luz que no se apaga cuando apagas la pantalla.
Hoy te invito a hacer algo que quizás no has hecho en mucho tiempo: tomar tu teléfono con calma, sin prisa, sin el dedo que desliza automáticamente. Abre tus redes sociales como quien abre una ventana en una casa que quiere estar limpia. Y revisa. ¿A quién sigues? ¿Qué cuentas aparecen primero en tu feed? ¿Qué contenido consumes con más frecuencia? ¿Qué tiempo pasas cada día mirando? No te juzgues, solo observa. Deja que los datos te hablen. Porque a veces lo que vemos no es lo que elegimos ver; es lo que el algoritmo decidió por nosotros. Pero tú puedes elegir. Puedes dejar de seguir. Puedes silenciar. Puedes bloquear. Puedes poner límites. Puedes decir “hasta aquí”. Tu mente vale más que un algoritmo. Tu alma vale más que un like. Tu relación con Dios vale más que cualquier tendencia.
La renovación de la mente no es un evento que ocurre de una vez. Es un camino que se recorre día a día, mirada a mirada, imagen a imagen. Cada vez que eliges ver lo que edifica, estás abriendo una ventana a la luz. Cada vez que apartas la mirada de lo que te aleja de Dios, estás cerrando una puerta a la oscuridad. Y con el tiempo, sin que te des cuenta, tu ojo se va haciendo simple. Tu mirada se va enfocando. Tu vida se va llenando de luz. No una luz artificial que te quema la retina, sino una luz suave, profunda, que viene de lo alto y te muestra quién eres y a quién perteneces.
Por eso los salmistas cantaban: “No pondré delante de mis ojos cosa injusta”. No era una ley impuesta desde afuera. Era un pacto que nacía de un corazón que quería estar entero. Era la conciencia de que lo que ves determina lo que eres. Y esa conciencia es la que necesitamos recuperar hoy, en medio de un mundo que nos grita que miremos todo, que no apartemos la vista, que nos quedemos atrapados en el flujo infinito de imágenes que no nos dejan pensar, ni sentir, ni vivir.
Pero tú puedes detenerte. Puedes cerrar los ojos. Puedes respirar. Puedes decir: Señor, renueva mi mirada. Dame un ojo simple, enfocado en ti. Que lo que vea me acerque a lo que es verdadero, honesto, justo, puro, amable, de buen nombre. Que lo que entre por mis ojos no apague la luz que pusiste en mi corazón. Que mi vida entera sea luminosa, no porque yo sea perfecto, sino porque mi mirada está puesta en ti.
Y mientras haces esa oración, quizás sientas que algo se afloja en tu pecho. La culpa que llevabas por lo que has visto. La vergüenza por lo que no has podido apartar. El cansancio de la doblez. Déjala ir. Porque la luz no te condena; te libera. La luz te muestra quién eres para que puedas volver a ser quien fuiste llamado a ser. Y quien fuiste llamado a ser es alguien cuya mirada refleja la gloria de Dios. Alguien que no necesita esconder su pantalla porque no hay nada en ella que quiera esconder. Alguien que puede mirar a los ojos a su familia, a sus amigos, a su Creador, sin miedo, sin vergüenza, sin doblez.
Esa persona puedes ser tú. No es un sueño inalcanzable. Es el fruto de una decisión que empieza hoy, en este momento, con la pantalla que tienes delante. Puedes cerrar esta ventana de imágenes que te abruman y abrir la ventana de la luz que te renueva. Puedes dejar que el dedo deje de deslizar y que tu corazón empiece a latir con un solo ritmo. Puedes volver a tener un ojo simple, una mirada limpia, una vida luminosa.
Porque Jesús no dijo que fuera fácil. Dijo que era posible. Dijo que si tu ojo es simple, todo tu cuerpo será luminoso. No parte de tu cuerpo, no algunos aspectos de tu vida. Todo. La promesa es total. Y la promesa es para ti.
Así que esta semana, cuando abras tus redes, cuando la pantalla se encienda, recuerda: lo que ves no se queda en la pantalla. Se queda en ti. Y tú vales más que cualquier imagen. Tú vales más que cualquier like. Tú vales más que cualquier algoritmo. Eres hijo de la luz, llamado a vivir en luz. Y la luz, cuando entra por los ojos, no se queda en los ojos. Ilumina todo. Te ilumina a ti. Ilumina tu camino. Ilumina a los que te rodean.
Que el Señor te dé un ojo simple. Que tu mirada sea limpia. Que tu vida sea luminosa. Amén.