Tema: Sanidad interior. Título: Sanador del alma. Texto: Isaías 61: 1 ss. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruiz.
I. LOS QUEBRANTADOS (Ver 1).
II. LOS ENLUTADOS (Ver 2).
III. LOS ABATIDOS (Ver 1).
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La prueba irrefutable de esta verdad se encuentra en la escena fundacional de Su ministerio, allí en la sinagoga de Nazaret (
El primer tipo de alma que el ungimiento de Isaías viene a encontrar es la de LOS QUEBRANTADOS (
El texto dice que Jesús fue enviado no solo a mirar o a compadecerse de lejos, sino a VENDAR a estas personas. Este verbo, vendar, implica una intimidad artesanal, un trabajo lento y paciente. No es una sanación mágica de un solo toque que borra la cicatriz; es el proceso de recoger cada fragmento, de alinear los bordes rotos y de aplicar el bálsamo curativo con la tela de la ternura. Es una cirugía del alma que se realiza en el silencio, donde el Médico, el Divino Vendedor, se sienta con el quebrantado y cose la herida con hilos de gracia y comprensión.
La profundidad de la sanidad de Cristo reside en que Él no solo conoce la teoría del dolor; conoce el dolor desde adentro. Él es el Sumo Quebrantado. Su identificación con nuestra aflicción no es meramente divina, es experiencial. Recordamos la agonía en el huerto de Getsemaní, donde la sombra de la cruz se cernía sobre Su espíritu. El Evangelio de Mateo registra un lamento que resuena con la fragilidad más pura: "Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte..." (
El segundo tipo de alma a la que se dirige la unción de Isaías es la de LOS ENLUTADOS (
La promesa mesiánica para el enlutado es que Jesús vino a CONSOLAR. El consuelo, en su etimología profunda, significa "estar con" en la soledad, "ponerse al lado" para compartir la carga. No es una palabra vacía de ánimo, sino una presencia robusta en el valle de la sombra. El profeta declara que Él les daría “corona en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espíritu angustiado”. Es una alquimia divina donde la pérdida es transformada en una ofrenda, y el dolor se convierte en el vehículo de una nueva unción.
Y una vez más, la credibilidad de Su ministerio de consuelo radica en Su absoluta identificación con nuestro dolor. ¿Cómo podría el Dios Inmortal consolar nuestra mortalidad? El Evangelio de Juan nos da la respuesta en el pasaje de Lázaro, donde el Señor llega ante la tumba y contempla la desolación de Marta y María, el dolor palpable de Sus amigos y la injusticia de la muerte sobre la vida. En ese instante, ante la incredulidad, ante la desesperación y la profunda aflicción humana, la frase más breve de las Escrituras se convierte en el más potente argumento de la divinidad empática: "Jesús lloró" (
Finalmente, la unción del Sanador del Alma se dirige a LOS ABATIDOS (
A este alma exhausta, el profeta dice que el Mesías vino a dar BUENAS NOTICIAS. La buena noticia para el abatido no es una promesa de que la tribulación cesará inmediatamente (aunque a veces lo haga), sino la noticia de la libertad interior. Es la proclamación de que el peso ya no tiene que ser suyo. Es la invitación radical a la transferencia de la carga: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (
La buena noticia es que el límite humano no es el límite divino. Cuando hemos llegado al final de nuestras fuerzas, encontramos el inicio de Su poder. Jesús no promete una vida sin problemas, sino una vida con un espíritu nuevo, un nuevo ánimo, una nueva infusión de confianza anclada en Su soberanía y Su amor. La sanidad para el abatido no es solo un alivio, sino una reafirmación de la identidad: ya no son los definidos por la carga, sino por el Dador de la fuerza. El abatimiento es reemplazado por la fe confiada de que, si acudimos a Él, seremos sanados, renovados y habilitados para vivir con la certeza de que somos sostenidos por el Todopoderoso.
El Sanador del Alma, entonces, se revela como el único capaz de tejer la sanidad en la fragilidad de nuestra existencia. El corazón destrozado, el espíritu enlutado y la voluntad abatida son los escenarios donde Su unción se manifiesta con mayor potencia. Pero esta sanidad no es una operación mágica y distante; es un encuentro.
La verdad culminante de todo este ministerio redentor se encuentra resumida en la epístola a los Hebreos: "Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado." (
Este conocimiento íntimo de Su sufrimiento nos da el permiso, la osadía y la libertad para hacer lo que sigue: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro." (
Si hoy te encuentras entre los quebrantados que necesitan ser vendados, entre los enlutados que buscan consuelo, o entre los abatidos que claman por una buena noticia, el llamado es claro: Acércate. El Sanador del Alma te conoce por el color de tu dolor y te espera no con reproche, sino con la unción que transforma el sufrimiento en una historia de resurrección. Deja el orgullo, la resignación y la incredulidad a la puerta, y entra con la confianza de que Aquel que lloró y se angustió como tú, tiene el poder y la voluntad para sanarte. Que la historia de tu alma deje de ser un campo de batalla para convertirse en un jardín de la gracia restaurada.
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