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SERMÓN: MEFI-BOSET, DE LA VERGUENZA A LA HONRA (BOSQUEJO Y VÍDEO)

Tema: 2 Samuel.  Título: Mefi-boset, de la vergüenza a la honra.   Texto: 2 Samuel 9.  Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruíz

Introducción:

A. En este texto tenemos una palabra que se repite tres veces, esta es la palabra MISERICORDIA ver. 1, 3, 7). Esta palabra proviene del hebreo JESED, no hay palabra en español que pueda captar lo que esto significa; las distintas traducciones solo muestran una arista del significado. Tal vez solo una frase puede acercarnos a lo que JESED significa, esta frase es: "AMOR CONSTANTE".

B. Hoy pues hablaremos de la misericordia usando esta historia en la vida del rey David, descubramos hoy varios aspectos de la misericordia, esta:

I. TOMA LA INICIATIVA (ver 1).

A. David un día pregunta si hay alguien de la casa de Saúl a quien él pueda mostrar su amor, su bondad, su misericordia basado en el amor y pacto que había hecho con Jonatán (1 Sam. 20: 14-17). No es alguien instigando a David para que muestre misericordia, no es alguien buscando a David; es David mismo tomando la iniciativa tanto para cumplir con su palabra como para ser bondadoso (bueno) con otros.

Además de ello, David hace esfuerzos para hallar a esta persona, él pregunta, él manda a llamar a Siba, este hombre le informa sobre Mefi-boset (ver. 2), él manda a traer. El joven vivía lejos en Lodebar, ubicada al oriente del río Jordán en Manases (ver. 4).

B. La misericordia no espera ser buscada; más bien ella está en la búsqueda, la misericordia da el primer paso y se esfuerza en amar.

C. Ejemplo: La bondad de Dios, Él vino a buscarnos (Juan 3:16).



II. SE DA A LOS DÉBILES

A. Miremos quién era Mefi-boset:

1. Era hijo de Jonatán (ver. 3). Merecía la muerte.

2. Era lisiado de los pies (ver. 3, 13). Al parecer su rasgo más característico (2 Samuel 4:4).

3. Vivía en Lodebar, que quiere decir "sin pasto" (ver 4). El nombre no sugiere nada bueno.

4. Se vio como un "perro muerto", esto quiere decir de la condición más baja posible.

Nada merecía Mefi-boset por su propia condición.

B. La bondad debe ser practicada con cada persona posible. Sin embargo, se debe dar con prioridad a aquellos que más la necesitan. Entre estos están nuestros enemigos, los débiles, los necesitados, los pobres. Toda persona que por alguna situación esté "por debajo" de nosotros.

C. Ejemplo: Así manifestó Dios su bondad hacia nosotros. Éramos (Efesios 2:3-4; Col. 1:21-22) enemigos suyos e hijos de ira.



III. ES DESPROPORCIONADA (ver. 7, 10-13).

A. Varias cosas le son dadas a Mefi-boset:

1. Todas las tierras de Saúl (ver 7).

2. El trato de un hijo (ver 11).

3. Una familia entera que le serviría (ver 9-10).

4. La protección del rey (ver 13), esto es lo que significa comer a su mesa.

5. Vivir junto al rey (ver 13), en Jerusalén.

Comparado con su condición y con lo que merecía, esto era sumamente desproporcionado, pero así es la bondad y la misericordia, da lo que no se merece (Mateo 5:38-48).

B. Ejemplo: Así mismo es la misericordia de Dios quien nos dio no algo en primera instancia sino a alguien (Rom. 8:32).



Conclusiones:

La historia de Mefi-boset nos enseña que la misericordia y la bondad de Dios son generosas y desproporcionadas, alcanzando incluso a los más débiles y necesitados. David toma la iniciativa para cumplir su promesa y mostrar amor, reflejando cómo Dios también busca y cuida de nosotros. Esta lección nos invita a practicar la bondad y la misericordia, especialmente hacia aquellos que más lo necesitan.

VERSIÓN EXTENDIDA

Mefi-boset, de la vergüenza a la honra - 2 Samuel  

Hay palabras que son más que un simple sonido; son la ventana a un abismo de significado, el eco de una verdad que el lenguaje humano apenas puede contener. En el segundo libro de Samuel, en un relato que se despliega como un poema de redención, encontramos una de esas palabras: jesed. Del hebreo, se repite en el texto como un hilo dorado, una hebra de amor que conecta lo prometido con lo cumplido. No podemos traducirla a un solo término en español. Piedad, misericordia, bondad… cada una de ellas apenas roza una arista de su vasta complejidad. Tal vez solo una frase, sencilla en su forma, pero infinita en su esencia, puede acercarnos a su verdadero peso: “amor constante”. Un amor que no titubea, que no se desvanece, que permanece firme contra toda marea de olvido o traición. Hoy, en la vida del rey David y en la de un hombre llamado Mefi-boset, contemplaremos la misericordia en su forma más pura y deslumbrante, descubriendo los aspectos de este amor que nos invitan a reflejar el corazón de Dios.

La misericordia, en su manifestación más sublime, no espera a ser buscada. Por el contrario, toma la iniciativa. David, el monarca que había consolidado su poder y su reino, podría haberse sumergido en la fría lógica de la venganza. Las dinastías caídas dejaban tras de sí un rastro de exterminio, una purga necesaria para asegurar el trono. El pacto con Jonatán, sellado en la intimidad de su amistad, podría haberse diluido en el torbellino de la guerra y el olvido. Pero el corazón de David no funcionaba bajo esas reglas mundanas. El texto nos dice que un día, en la cúspide de su poder, él preguntó: "¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien yo haga misericordia por amor a Jonatán?". No había una multitud clamando por justicia para los caídos. No había un emisario de la casa de Saúl arrodillado en su puerta. Era David, el rey, el que se levantaba de su trono para dar el primer paso. Su amor no era reactivo; era una fuerza proactiva que se ponía en marcha.

Y su iniciativa no fue una simple pregunta. Se transformó en una búsqueda incansable. Mandó a llamar a Siba, el sirviente que había sobrevivido al colapso, para desenterrar cualquier rastro de la antigua realeza. Al recibir la noticia de que un nieto de Saúl, hijo de Jonatán, vivía, no dudó. Ordenó que lo trajeran de su exilio. Este joven vivía en un lugar llamado Lodebar, una palabra que nos habla de desolación, pues su nombre significa "sin pasto". Era una tierra de sequía, de miseria, el rincón olvidado del reino donde la vida apenas podía florecer. David, con su amor constante, se movió del centro del poder, de la vibrante Jerusalén, a los confines de la desolación para hallar a quien no podía ni siquiera pedir ayuda. Es el mismo eco de la misericordia divina, que no esperó que nos arrastráramos a su presencia, sino que se hizo carne y vino a buscarnos en el desierto de nuestro propio Lodebar, como nos lo recuerda el profeta Jeremías: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia". La misericordia no es un refugio al que se llega; es la mano que te busca en la tormenta.

La misericordia, en su divina y majestuosa desproporción, se da a los débiles. Para comprender la magnitud del acto de David, debemos primero entender quién era Mefi-boset. No era un príncipe en la plenitud de su gloria. Era, primero, un hijo de Jonatán, de la dinastía caída, cuya existencia misma era una afrenta para el nuevo rey. Merecía la muerte, o al menos el ostracismo. Además, era cojo de ambos pies, una condición que se había convertido en su rasgo más característico, en la cicatriz visible de una vida truncada. El trauma de su caída, cuando huyó de la masacre de su familia, lo había marcado para siempre, dejándolo incapaz de caminar con la misma fuerza que un hombre libre. Y vivía, como ya dijimos, en Lodebar, el lugar "sin pasto", un símbolo de su condición sin esperanza, sin provisiones, sin un futuro. Su propia autopercepción era de vergüenza y nada más, pues cuando se postró ante David, no pudo decir más que: "¿Quién es tu siervo para que mires a un perro muerto como yo?". Era un alma enlodada, un hombre que se veía a sí mismo como lo más bajo de lo bajo, indigno incluso de la indignación del rey.

Mefi-boset no merecía nada. Por su linaje, merecía la condena. Por su condición, merecía el olvido. Pero la misericordia no se basa en el mérito; se basa en el amor. Ella no busca la virtud para obrar, sino que se derrama sobre aquellos que más la necesitan. La historia de Mefi-boset es un espejo para nuestra propia condición. Éramos enemigos de Dios, hijos de ira, separados de su presencia por nuestra propia incapacidad de andar, lisiados por la herida del pecado. No merecíamos la gracia, ni un suspiro de su piedad. Pero el corazón de Dios, en su infinita jesed, no mira nuestra condición, sino nuestra necesidad. Su amor nos busca en el Lodebar de nuestra desesperanza y nos abraza en nuestra fragilidad, porque su propósito es el amor mismo.

Y finalmente, la misericordia es desproporcionada. Cuando Mefi-boset se postró ante David, lo hizo esperando su sentencia de muerte. Lo que recibió, en cambio, fue una bendición que superó toda lógica y toda expectativa. Varias cosas le fueron dadas, no como un favor pequeño, sino como un torrente de gracia. Primero, David le devolvió “todas las tierras de Saúl”, una herencia vasta y poderosa que lo sacó de la miseria para devolverle una fortuna real. Segundo, no solo le dio la vida, sino que le dio el trato de un hijo. Su estatus pasó de enemigo a familia, de un "perro muerto" a un comensal en la mesa del rey. No solo eso, sino que David le asignó una familia entera, los sirvientes de Siba, para que le sirvieran. Por último, y quizás lo más importante, le dio la protección y el honor más grandes que un hombre podía recibir: comería siempre a la mesa del rey, como uno de sus propios hijos. Este gesto no era meramente alimentarlo, sino introducirlo en el círculo más íntimo del poder, asegurándole la vida y la honra por el resto de sus días.

Este acto era sumamente desproporcionado. Mefi-boset no lo merecía. Su condición de cojo lo hacía dependiente, y su linaje lo hacía un riesgo. Sin embargo, así es la misericordia de Dios. Nosotros, que estábamos en el Lodebar de nuestros pecados, esperando el juicio, fuimos llamados a la mesa del Rey. No solo se nos dio el perdón, sino la herencia, la adopción como hijos, y la presencia perpetua de su protección. Dios no nos dio algo pequeño; nos dio a alguien, a su propio Hijo, para que nosotros, los cojos de alma y corazón, pudiéramos vivir para siempre en su presencia. Su misericordia es una abundancia que no se puede medir, un desborde que va más allá de lo que podríamos haber soñado o pedido.

La historia de Mefi-boset no es solo un relato del pasado; es una lección atemporal que nos invita a ver el reflejo de nuestro propio viaje en sus pies lisiados. Nos enseña que la misericordia de Dios, en su incansable amor, nos busca en el lugar más oscuro de nuestra desesperación. Nos revela que su bondad no se mide por nuestra condición, sino por nuestra necesidad, alcanzándonos cuando nos vemos como "perros muertos". Y, sobre todo, nos demuestra que su gracia es tan generosa y desproporcionada que nos eleva del polvo para sentarnos a la mesa del Rey, transformando nuestra vergüenza en la más alta de las honras. Este relato nos llama a ser portadores de esa misma misericordia, a tomar la iniciativa para buscar a quienes están heridos, a amar a aquellos que no lo merecen y a dar una bondad que no se limita a lo justo, sino que se desborda en amor constante. Porque en cada acto de misericordia, por pequeño que sea, se hace visible el inmenso corazón de Dios.

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