Tema: Adoración. Título: Tiatira – la iglesia que fornica. Texto: Apocalipsis 2: 18 – 29. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruiz.
I. DESCRIPCION (Ver 18).
II. ELOGIO (Ver 19).
III. REPRENSION (Ver 20 – 21).
IV. ADVERTENCIA (Ver 22 – 23).
V. PROMESA (Ver 24 – 29).
Esta comunidad, a pesar de sus miles de años de distancia histórica, nos confronta con la pregunta más incómoda de todas: ¿Cómo es posible que una iglesia tan activa y fervorosa, con un músculo de servicio innegable, pueda caer en un abismo de inmoralidad y falsa adoración? ¿Qué significa para nosotros, inmersos en un mundo de presiones económicas y compromisos sociales, este severo llamado al discernimiento y a la santidad? Nuestra meditación se adentrará en el torbellino de esta comunidad para desentrañar el significado de su caída.
El mensaje comienza con una descripción que es, a la vez, una declaración de identidad y una promesa de juicio, una pincelada de lo sublime que establece la inquebrantable autoridad del remitente. El Señor Jesús se presenta con una autoridad ineludible y definitiva. Él se enfatiza como El Hijo de Dios, un título que trasciende cualquier mero liderazgo profético o mesiánico, anclando Su autoridad en la Divinidad misma, recordándonos que quien habla no es un consejero entre otros, sino la Fuente de la Verdad. Luego, Su mirada. Sus ojos como llama de fuego no son una mera hipérbole, sino la descripción de un conocimiento penetrante, una visión omnisciente que atraviesa las vestiduras de la piedad externa para alcanzar la médula de las intenciones. Esta llama es la que disuelve toda sombra de hipocresía. Si los hombres de Tiatira creían que podían participar de los banquetes idólatras bajo la oscuridad de la noche, el Hijo de Dios les recuerda que no existe noche para Sus ojos. Es el escrutinio que conoce el compromiso económico que forzó la mano, la justificación intelectual que apaciguó la conciencia, y el deseo secreto que se regocijó en la oportunidad del pecado. El Hijo de Dios no mira el comportamiento; mira el móvil, la raíz del alma. Y finalmente, Sus pies como bronce bruñido. El bronce es un metal asociado con el juicio y la resistencia al fuego; pulido hasta un brillo incandescente, simboliza la pureza que ha pasado por la fragua. Estos pies, firmes y brillantes, representan el Juicio divino que es inminente e implacable, la determinación de pisar y triturar toda resistencia y toda iniquidad. El juicio es tan inevitable como el amanecer, y tan sólido como el metal fundido. Así, antes de que se pronuncie la primera crítica, la audiencia es confrontada con la aterradora majestad del Juez, un ser que lo ve todo, lo sabe todo y tiene el poder de actuar.
Y sin embargo, la misma boca que pronuncia este juicio terrible es la que abre el elogio más efusivo y sorprendente de todas las iglesias. Esta es la gran tragedia de Tiatira. El Señor exalta a esta comunidad por sus virtudes cardinales, con elogios que no son vagos; son específicos y abrumadores. Se les elogia por su amor, no el eros o el philia, sino el ágape, el amor sacrificial, el que se traduce en acción de caridad palpable dentro y fuera de la comunidad. Se les elogia por su fe, esa confianza radical en lo invisible. Se les elogia por su servicio, su diakonia, la actividad práctica que sostiene la vida de la congregación y alivia el sufrimiento. Y se les elogia por su paciencia, su hypomonē, esa capacidad estoica de permanecer bajo la carga. Pero el elogio que corona a esta iglesia, aquel que contrasta dolorosamente con el estancamiento de Éfeso, es su crecimiento, su impulso dinámico: el Señor les dice, con una ternura que redobla la inminencia del juicio, "Y tus obras postreras son más que las primeras". Tiatira no estaba en declive; estaba ganando impulso. Era una iglesia viva, vibrante, con una fuerza de voluntad y una energía que debían ser la envidia de las demás asambleas.
Aquí reside el nudo gordiano, la ironía que nos desgarra el alma: una iglesia que es un prodigio de servicio, amor y crecimiento es al mismo tiempo una fosa de inmundicia. ¿Cómo es posible que las manos que alimentan al hambriento sean las mismas que tocan el ídolo? ¿Cómo es que el corazón que ama a Cristo permite que se anide en su interior la serpiente del libertinaje? La tragedia de Tiatira es la demostración dolorosa de que la actividad frenética no es un sustituto de la santidad, y que el crecimiento numérico puede coexistir con la gangrena moral. Uno puede tener las manos llenas de buenas obras y el corazón lleno de abominación, pues la obra más importante de la fe no es la que se ve en la calle, sino la que se libra en el claustro secreto de la conciencia.
Y así llegamos a la reprensión, la puñalada de la verdad que rompe la fachada de la actividad virtuosa. El Señor tiene "unas pocas cosas contra ti", y esa "poca cosa" es un cáncer que devora toda su bondad. El problema es la tolerancia del pecado doctrinal y moral, personificado en una figura femenina seductora y peligrosa: Jezabel. La Escritura no le concede el título de "profetisa" que ella se ha autoproclamado; el Señor la llama "esa mujer Jezabel", despojándola de todo título de honor y exponiendo su espíritu. Ella es un eco del mal ancestral, una instigadora de la idolatría que se refugia en una supuesta revelación. Aquí, el Señor nos recuerda un principio ineludible: la única forma de conocer la profecía no es por la elocuencia, sino por la santidad y la fidelidad a la Palabra. Un mensaje que no fomenta la santidad, sino el libertinaje, es un mensaje maldito.
El mensaje de la Jezabel de Tiatira no era la herejía pura, sino la teología de la conveniencia, la justificación para el compromiso entre Cristo y el mundo. Su seducción se centraba en la fornicación y en la participación de la idolatría, dos males que en Tiatira estaban indisolublemente ligados a la economía. Tiatira era una ciudad industrial, un hervidero de comercio y producción, famosa por su tinte púrpura y sus gremios de artesanos: textileros, metaleros, herreros. Pertenecer a un gremio, una collegia, era esencial para la vida comercial. No pertenecer a uno condenaba al individuo a la exclusión social y a la pobreza más abyecta. El problema residía en que cada gremio tenía su deidad patrona y sus rituales obligatorios, los cuales incluían banquetes, sacrificios idolátricos y, con frecuencia, degeneraban en prácticas inmorales.
El predicamento de Jezabel era la voz del acomodamiento: "Podemos participar de los gremios; podemos asistir a los convites y a las orgías propias de cada grupo, pues no podemos caer en la pobreza. ¡Tenemos familias que mantener! Dios es un Dios de amor y entenderá si somos flexibles." Ella ofrecía un ungüento para la conciencia, un permiso divino para el pecado con fines de lucro. Era la gran mentira de la Tiatira moderna: que se puede ser fervoroso en el culto del domingo y cómplice en el comercio impío de lunes a sábado; que se puede honrar a Cristo y al mismo tiempo inclinarse ante el dios de la prosperidad o la aceptación social. De esta manera, muchos estaban siendo desviados de la ortodoxia hacia la falsedad, eligiendo la seguridad material sobre la pureza espiritual.
El Señor nos revela un detalle sobre Su longanimidad: "Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación." La paciencia divina no es eterna. Dios le ofreció un margen, una ventana de gracia, pero ella se obstinó en su seducción, abrazando su título de profetisa de la comodidad.
Esto nos introduce a la advertencia, una sección que trae un escalofrío. La paciencia de Dios tiene un límite, y una vez que ese límite se cruza con la obstinación, se libera el juicio. El juicio será irónico y perfecto en su retribución. A Jezabel, quien hizo de la cama su altar de inmundicia y su lugar de seducción, el Señor la arrojará "en cama", su lecho de pecado se convertirá en un lecho de enfermedad y sufrimiento. Es el castigo del mal en el mismo lugar donde fue cometido.
Y a aquellos que la siguen, aquellos que no se arrepienten y que se han deleitado en el libertinaje de la falsedad, se les advierte que vendrá una gran tribulación. El Señor declara: "heriré de muerte a sus hijos". Este es el juicio más severo sobre aquellos que, al seguir la falsedad, se vuelven hijos espirituales de la corruptora. El juicio es sobre aquellos que desvían y sobre aquellos que se dejan desviar, si ambos persisten en su camino.
Note el profundo desagrado, el disgusto del Señor, sobre aquellos que hacen errar el camino de los demás con su predicamento mentiroso. Hay una responsabilidad especial en el liderazgo y en la influencia, un juicio más estricto para aquellos que desvían a los demás de la santidad y la sana doctrina, que prometen libertad donde solo hay esclavitud, y que predican un Cristo que es cómplice de la idolatría y la fornicación. La santidad de Dios exige que el error sea extirpado con cirugía dolorosa para que la vida de la Iglesia sea preservada. El juicio de Tiatira es la prueba ineludible de que el Señor Jesús no tolera la doble vida: no podemos ser fervorosos en el culto y cómplices en el comercio impío. No podemos tener las obras de un santo y el corazón de un idólatra.
Pero, afortunadamente, el mensaje no se cierra con la ejecución del juicio. El Señor siempre aparta un remanente, una minoría de resistencia que se mantuvo firme en la hora oscura.
Esta última sección, la promesa, se alza como un faro para los fieles en la noche. Primero, el Señor reconoce a aquellos en Tiatira que no habían caído, aquellos que "no han conocido las profundidades de Satanás" (una frase despectiva que alude a la supuesta "mayor revelación" o conocimiento esotérico que la falsa profetisa ofrecía para justificar su pecado). A estos fieles, el Señor no les exige un peso adicional, sino una instrucción simple y heroica: "Pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga". No se necesita una nueva estrategia, solo una tenaz adhesión a la verdad y la santidad ya conocidas. Es una encomienda de resistencia, una invitación a la perseverancia silenciosa y firme.
Luego, viene la catarata de las promesas gloriosas al vencedor. ¿Quién es el vencedor en este caso? Aquel que, en el corazón de la ciudad industrial y corrupta, siguió creciendo en amor y servicio, pero no se dejó engañar por la falsa doctrina de la conveniencia económica; aquel que dijo no al banquete y a la fornicación por causa de la santidad. A ellos se les promete reinar y juzgar con Cristo: "Le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro." Es la promesa de participar en el milenio, de compartir la autoridad real del Rey. El siervo que resistió la presión del gremio y la tiranía del dinero será exaltado para gobernar sobre las naciones. La obediencia en lo pequeño, en el rechazo al sincretismo económico, se convierte en majestad en lo grande.
Y finalmente, la promesa suprema, la recompensa que trasciende toda autoridad terrenal: se le dará a Cristo Mismo, la Estrella Resplandeciente de la Mañana. La Estrella de la Mañana es, en las Escrituras, una referencia directa al propio Jesucristo. Esta no es una promesa de una cosa, sino la promesa de la Persona. Después de haber resistido la seducción de los dioses hechos a mano, después de haber rechazado las promesas vacías de Jezabel, el vencedor es recompensado con la posesión más íntima y profunda: una comunión tan cercana con el Hijo de Dios que Él Mismo se convierte en la recompensa final. El vencedor se convierte en el amante, y el Amado se entrega como el galardón, una visión inefable de la comunión que es la cúspide de toda la adoración.
Tiatira se alza ante nosotros como una advertencia solemne y una invitación conmovedora. Nos advierte que el crecimiento espiritual y la actividad ministerial pueden ser socavados por la influencia de enseñanzas falsas que camuflan el pecado con la justificación de la necesidad. La iglesia se dejó seducir por la comodidad, por el miedo a la pobreza, priorizando la aceptación social y la prosperidad económica sobre el mandato inquebrantable de la santidad. La advertencia del juicio divino resalta que, en la balanza del cosmos, la santidad pesa más que el dinero. Este mensaje nos llama a evaluar nuestras propias creencias y prácticas, no solo nuestras doctrinas explícitas, sino nuestras doctrinas funcionales: aquellas que realmente dictan cómo vivimos nuestros días de trabajo, cómo gastamos nuestro dinero y qué compromisos estamos dispuestos a hacer con el mundo para asegurar nuestro sustento. La voz de Jezabel sigue resonando en nuestro tiempo, susurrando: "Acomódate. Sé flexible. No seas tan radical. Dios entenderá si participas un poco del espíritu del siglo para que tus negocios prosperen." El reto de Tiatira es el reto del discernimiento y la firmeza, la elección entre la prosperidad temporal y la Estrella de la Mañana. El que escucha esta voz sabe que no hay ganancia terrenal que valga la pérdida del alma. El que persevera, el que se mantiene limpio en el mercado sucio y en la mesa de los idólatras, recibirá no solo autoridad, sino la presencia inefable del Rey. La adoración verdadera es, en última instancia, la decisión heroica de preferir a Cristo por encima de todo el oro de Tiatira.
Que nuestra vida sea, por el amor y la paciencia que nos sostienen, un testimonio de que hemos elegido al Señor, el inmaculado Sol de la Mañana, como nuestra única y suficiente recompensa.
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