¡Bienvenido! Accede a mas de 1000 bosquejos bíblicos escritos y diseñados para inspirar tus sermones y estudios. El autor es el Pastor Edwin Núñez con una experiencia de 27 años de ministerio, el Pastor Núñez es teologo y licenciado en filosofia y educación religiosa. ¡ESPERAMOS QUE TE SEAN ÚTILES, DIOS TE BENDIGA!

BUSCA EN ESTE BLOG

BOSQUEJO - SERMÓN: EL BECERRO DE ORO - EXPLICACIÓN EXODO 32


BOSQUEJO

Tema: Éxodo. Título: Queremos dioses. Texto: Éxodo 32: 1 – 15. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruiz.


Introducción:

 A. Mientras Moisés recibía arriba las tablas de la ley y toda la revelación sobre el tabernáculo y el sacerdocio que ya hemos estudiado, este pasaje se encarga de mostrarnos lo que ocurría con el pueblo mientras estas cosas sucedían.

B. Estudiaremos hoy este relato que nos muestra:

(Dos minutos de lectura)

I. UN PUEBLO IMPACIENTE (Ver 1).


A. Ya que Moisés se demoraba, los israelitas pensaba que algo malo le había ocurrido, el pueblo se impaciento y presiono a Aarón para que les hiciera una imagen que representara a Dios (la palabra Elohim usada en este versículo puede traducirse dioses o dios).

B.  Aprendemos para nosotros hoy en día que la impaciencia puede llevarnos a cometer muchos pecados.



II.    UN AARÓN DÉBIL (Ver 2 - 6).


A.  Llama la atención que Aarón inmediatamente accedió a la petición, no opuso resistencia alguna, tal vez por miedo. Algunos comentaristas creen que la petición del mismo sobre los zarcillos de oro buscaba dilatar la cuestión, ya que, tal vez, pensó que la codicia haría que el pueblo desistiera de la petición.

Contrario  a esto ellos le trajeron su oro y llama la atención la prontitud con la que pusieron en práctica la petición de Aarón.

Aarón entonces les fabrico un toro (la mención a becerro tal vez sea despectiva), muy probablemente de madera recubierto de oro, se deduce esto puesto que luego Moisés lo quema. Es interesante notar también que los dos dioses egipcios más populares, Apis y Hator, eran imaginados como un toro y una vaquilla. Los cananeos a su alrededor adoraban a Baal, imaginado como un toro. El toro era el símbolo de la fuerza y la fertilidad.

Luego lo presento a los israelitas como si este toro fuera la imagen o representara a Yahvé. Le hace un altar y proclama una fiesta en honor a Yahvé representado en el toro.

Al día siguiente muy prontos, de madrugada hicieron sacrificios y una fiesta orgiástica en honor a Yahvé.

Y pensar que aun a pesar de lo que hace Dios ha nombrado a Aaron sumo sacerdote de Israel.

B.   Aprendemos que:

a.  Un líder débil se dejara influenciar negativamente por sus discípulos; un líder fuerte influenciara a sus discípulos.

b.  El llamado y ejercicio del liderazgo depende de la gracia de Dios. Dios nos llama aun a pesar de que sabe todo lo que haremos.



III.  UN DIOS ENOJADO (Ver 7 – 10).


A.  Ante esta actuación del pueblo Dios se enoja. Notemos como lo llama “tu pueblo” y notemos que lo que el Señor está dispuesto a hacer es a destruirlos por completo y ofrece a Moisés la oportunidad de hacer de  el otra nación.

Tenemos aquí la justa y santa indagación de Dios por el pecado, así es Yahvé. Indignación por que los israelitas se han olvidado muy pronto del pacto y por qué han querido hacerse un Dios a su manera.

B.  Aprendemos que:

1. Dios es santo y ante el pecado el reacciona con ira.

2. Muchas veces las personas no contentas con el Dios revelado en la Escritura desean fabricarse uno conforme a su gusto y esto hace enojar a Dios.


IV. UN MOISÉS INTERCESOR (Ver 11 – 14).


A.  Ante semejante noticia Moisés que conoce a Dios aboga en intercesión por el pueblo. Su petición no se basa en excusar a los israelitas sino en el carácter de Dios, la podemos resumir en:

1. No es mi pueblo es tu pueblo, tú lo sacaste de Egipto con poder (Ver 11).

2. Señor piensa en tu reputación (Ver 12).

3. Señor piensa en lo que haz prometido (Ver 13).

Ante la intercesión Dios se “arrepintió”.

B.  Una explicación de este verbo:

1.  Es una expresión antropomórfica.

2. La expresión cambió de parecer viene del verbo naham, algunas versiones emplean el verbo “arrepentirse” para traducir el vocablo (ver RVR-60 y BC).

3.  El verbo naham  (“cambió de parecer” o “arrepentimiento”) no es el mismo que se usa para el cambio o el arrepentimiento del hombre, el cual es shub. Naham,  no lleva una connotación de culpabilidad ni de un cambio de propósito..

4.  La raíz del verbo significa “respirar hondamente” o “a fondo”. Es una palabra de un sentir profundo. Al estar preocupado o asustado, se respira más rápido y a fondo; al estar aliviado, se exhala con un respiro de alivio, porque ha pasado la crisis.

5.  Moisés apelaba all deseo de Dios de ser misericordioso. La culpabilidad de Israel sería castigada; habría la necesidad del arrepentimiento (shub) del pueblo. Sin embargo, Dios, naham “Cambió de parecer”, “respiró”, se “ alivió” de la necesidad de destruir al pueblo e hizo lo que hace mejor: ofreció la gracia.

(Tomado comentario  mundo hispano)

C. Tenemos  en este texto una ilustración muy diciente del  poder de la oración y de la oración intercesora. Esta puede hacer que Dios cambie de parecer.


Conclusiones:

El relato de Éxodo 32 nos revela la naturaleza humana: la impaciencia puede llevar a la idolatría y a decisiones erradas. Aarón, como líder, cedió ante la presión, reflejando su debilidad. Sin embargo, la intercesión de Moisés destaca la importancia de la oración en la restauración y el perdón, mostrando que Dios es misericordioso.

AUDIO

CLICK AQUI PARA DESCARGAR EL AUDIO DEL SERMÓN

ESCUCHE AQUÍ EL AUDIO DEL SERMÓN 

VERSIÓN LARGA
El becerro de oro
Éxodo 32: 1 – 15  

Existe en la narrativa de la fe un contrapunto perpetuo, una tensión entre la cumbre y el valle. Mientras la cumbre es el escenario de la revelación, el Sinaí envuelto en fuego, el valle es el teatro de la naturaleza humana, la arena movediza de la inconstancia. En Éxodo 32, el texto que hoy nos convoca, asistimos a la disección de esta dualidad. Arriba, en la espesa nube, Moisés recibía de la mano de la Eternidad las dos tablas de la Ley, la arquitectura moral del universo, y la minuciosa revelación sobre el Tabernáculo y el sacerdocio, el mapa para una vida en la presencia de Dios. Abajo, al pie de la montaña, ocurría la tragedia del olvido, la crónica sombría de un pueblo que, incapaz de sostener la espera, gritaba: "¡Queremos dioses!"

Estudiaremos hoy este relato que, a pesar de sus miles de años, resuena en la urgencia de nuestro presente, mostrándonos las profundas heridas que la impaciencia inflige a la fe, la fragilidad del liderazgo sin convicción, la justa e ineludible ira de la Santidad, y la milagrosa intercesión que, aun en el abismo, nos rescata.

El pueblo que había visto el mar abrirse, que había comido el pan llovido del cielo, y que había escuchado el mismo trueno de Dios en el monte, se encontró de pronto con un enemigo más formidable que cualquier faraón: el tiempo. Moisés, su líder y mediador visible, se demoraba. La demora se convirtió en ausencia, y la ausencia se llenó del pánico y la impaciencia. La fe es, por definición, la certeza de lo que no se ve, la sustancia de lo que se espera. Pero la carne, siempre hambrienta de lo tangible y lo inmediato, no puede soportar la disciplina del vacío. Así, los israelitas, abrumados por el silencio de cuarenta días en la montaña, pensaron que algo terrible le había ocurrido a su guía, a ese hombre que los había sacado de la esclavitud.

El verso primero captura la escena con una concisión terrible: "Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido." Es la súplica del alma desorientada que no puede operar en la ausencia de la figura de autoridad. La palabra que traducimos como "dioses" es Elohim, un término que puede significar el Dios verdadero, pero que aquí, en el clamor de la impaciencia, se retuerce para designar algo fabricado, algo visible, algo manipulable. El pueblo no quería un Dios de pacto, invisible y exigente; quería un ídolo que pudiese llevar delante de sí, un amuleto, una garantía física de la presencia divina que pudiera ser vista, tocada y controlada.

Y aquí la lección se graba para nosotros, los peregrinos de la modernidad: la impaciencia es la madre de la idolatría. En nuestro tiempo, la impaciencia se manifiesta en la prisa por la respuesta inmediata a la oración, en la necesidad de ver resultados tangibles de la fe en el horizonte de una semana, o en la exigencia de un liderazgo siempre presente y carismático. Cuando el Señor tarda en responder de la manera que nosotros hemos dictado, cuando la nube de la guianza parece detenerse demasiado tiempo sobre el desierto de nuestra vida, caemos en la tentación de "hacernos dioses". Fabricamos dioses de éxito ministerial rápido, dioses de prosperidad material instantánea, o dioses de emociones fuertes y constantes, todo ello para llenar el vacío que solo la espera disciplinada en la fe debería ocupar. La impaciencia nos lleva a cometer pecados que son, en esencia, actos de auto-adoración: tomamos el oro de nuestra vida (nuestros recursos, talentos, energía) y lo fundimos en una forma que se ajuste a nuestra conveniencia, a nuestro ritmo, a nuestra falta de confianza en el Dios invisible.

El ruego impaciente del pueblo encuentra, lamentablemente, una respuesta inmediata en el flanco del liderazgo. Llama la atención la aterradora debilidad de Aarón, un hombre que apenas unas semanas antes había sido testigo directo de las plagas y la división del Mar Rojo. Su respuesta es una capitulación inmediata: "Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos."

Algunos han sugerido que esta petición de Aarón, que requería un sacrificio personal y la recolección de joyas, buscaba dilatar el asunto, esperando que la codicia del pueblo hiciera que desistieran. Qué terrible cálculo si así fue, pues subestimó la urgencia de la incredulidad. El pueblo, contrario a cualquier dilación, se apresuró. La prontitud con que trajeron el oro para la apostasía es un reproche que nos atraviesa: ¡Qué rápido somos para proveer para nuestros ídolos, y qué lentos para financiar la obra del Dios verdadero!

Aarón, sin oponer resistencia visible (tal vez por miedo, tal vez por una debilidad crónica de carácter), fabrica el ídolo. La mención del "becerro" es probablemente despectiva. Lo que Aarón forjó fue un toro, muy posiblemente una estructura de madera recubierta con oro fundido, un símbolo de la fuerza y la fertilidad tomado de los panteones egipcio (Apis, Hator) y cananeo (Baal). Este toro no era un ídolo pagano puro; era, en la mente de Aarón, la imagen o representación de Yahvé. La blasfemia era precisamente esa sincretización: reducir al Dios que es Espíritu a la forma de una bestia, mezclar la adoración pura con el paganismo de sus vecinos.

Aarón le construye un altar y, al día siguiente, proclama una fiesta "para Jehová". Pero lo que sigue no es un rito pactual, sino una celebración orgiástica y licenciosa. El pueblo hace sacrificios, se sienta a comer y beber, y se levanta "a regocijarse", una expresión que a menudo alude a un desenfreno que rompe toda barrera moral. Lo increíble de la escena es que el líder, el futuro Sumo Sacerdote de Israel, no solo consiente, sino que facilita y dirige la apostasía. El solo hecho de que Dios haya nombrado a Aarón Sumo Sacerdote, a pesar de que sabía de antemano su profunda debilidad, nos habla de la inmensa, incomprensible gracia de Dios que llama a hombres débiles y los capacita para el ministerio.

De esta debilidad, dos verdades se alzan como pilares. Primero, la ley inmutable del liderazgo: un líder débil se dejará influenciar negativamente por sus discípulos; un líder fuerte influirá en ellos hacia la santidad. Cuando el liderazgo pierde su visión profética y su espina dorsal moral, se convierte en un simple espejo de las pasiones y los caprichos de la masa. Segundo, la humildad ineludible del llamado: el llamado y el ejercicio del liderazgo dependen enteramente de la gracia de Dios. El Señor nos llama aun a pesar de que conoce toda la galería de nuestras fallas, debilidades y potenciales traiciones. La conciencia de nuestra debilidad, sin embargo, no debe llevarnos a la capitulación, sino a una dependencia total de Aquel que nos sostiene.

Pero la apostasía no es un asunto menor en el cosmos moral. Ante esta actuación del pueblo y la fragilidad del líder, la reacción que emerge desde la cumbre del Sinaí es la de un Dios enojado. La Santidad no puede tolerar la rebelión.

El Señor se dirige a Moisés en los versículos 7 al 10 con una furia justa y santa. Lo primero que notamos es el distanciamiento pactual que el pecado ha provocado: Dios llama a Israel "tu pueblo", no "Mi pueblo". El pecado ha roto, o al menos ha suspendido, la intimidad de la relación. El Señor le informa a Moisés que el pueblo "se ha corrompido" y "pronto se ha apartado del camino que yo les mandé". La indignación de Dios es doble: es por el olvido inmediato del pacto y por la arrogancia de fabricarse un Dios a su gusto, una imagen que rebaja Su majestad.

Lo que el Señor está dispuesto a hacer es absoluto: "Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande." Aquí tenemos la justa e santa indagación de Dios por el pecado. Así es Yahvé: un fuego consumidor ante la infidelidad. La ira de Dios no es un arrebato incontrolado, sino la reacción perfecta y necesaria de Su santidad ante la ofensa moral. Él es santo, y ante el pecado Él reacciona con ira. El deseo de las personas de fabricarse un dios conforme a su gusto, un ídolo que no exija arrepentimiento, que celebre el desenfreno y que sea visiblemente controlado, provoca la indignación divina. Es la idolatría más sutil de nuestro tiempo: el deseo de un cristianismo sin cruz, sin ley, sin un Dios que sea más grande, más santo y más soberano que nuestros propios deseos.

Ante semejante noticia, y en el momento más dramático de la narrativa, entra en escena la figura colosal de Moisés, el intercesor. Este hombre, que solo unos días antes había sido el que subía solo a la gloria inalcanzable, se convierte ahora en el abogado de los apóstatas. Su intercesión no se basa en excusar el pecado de los israelitas; Moisés conoce la depravación del pueblo. Su petición se basa íntegramente en el carácter inmutable de Dios.

Su ruego es una obra maestra de la teología y la súplica, la podemos resumir en tres pilares que sostienen el cielo y la tierra.

Primero, la apelación a la soberanía: "No es mi pueblo, es tu pueblo, tú lo sacaste de Egipto con grande poder y con mano fuerte" (Ver 11). Moisés le recuerda a Dios Su propia acción de salvación. Si Israel se pierde, Dios pierde la gloria de Su obra redentora.

Segundo, la apelación a la reputación: "Señor, piensa en tu reputación" (Ver 12). Moisés argumenta que las naciones egipcias dirían que Dios sacó a Su pueblo para matarlo en el desierto. Esto no es una manipulación humana; es una apelación al deseo de Dios de ser conocido como un Dios de poder y fidelidad. El honor del nombre de Dios es el argumento más fuerte de la oración intercesora.

Tercero, la apelación a la promesa: "Señor, piensa en lo que has prometido" (Ver 13). Moisés le recuerda a Dios Su juramento a Abraham, Isaac e Israel. Es la apelación final al pacto incondicional. El plan de Dios no puede ser frustrado por el fracaso humano.

Ante esta intercesión, y solo después de ella, el texto nos dice que Dios se "arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo".

La explicación de este verbo es crucial para nuestra fe. La palabra hebrea es naham, diferente del verbo shub, que describe el arrepentimiento humano y su connotación de cambio de propósito motivado por la culpa. Naham no lleva una connotación de culpabilidad o cambio de propósito divino. La raíz del verbo significa "respirar hondamente" o "a fondo". Se usa para describir un sentir profundo, un cambio de actitud. El teólogo nos enseña que, al estar preocupado o asustado, se respira rápido; al estar aliviado, se exhala con un respiro de alivio, porque la crisis ha pasado.

Moisés apelaba al deseo profundo de Dios de ser misericordioso, a Su esencia que prefiere la gracia al juicio. Dios, naham, "cambió de parecer", "respiró", se "alivió" de la necesidad de aplicar la destrucción total. El juicio era justo; pero la intercesión desató lo que Dios hace mejor: ofreció la gracia.

Tenemos, en este texto, la ilustración más elocuente del poder trascendente de la oración intercesora. Esta oración, que no se basa en el mérito del hombre sino en el carácter de Dios, tiene el poder de hacer que la Santidad se incline hacia la Misericordia. La oración, en manos de un intercesor que conoce el corazón de Dios, puede suspender la espada del juicio, no porque anule la justicia, sino porque activa la corriente de la gracia pactual.

El relato de Éxodo 32, entonces, nos revela la naturaleza cíclica de la condición humana: la impaciencia conduce a la idolatría y a la toma de decisiones erradas. Aarón, como líder, cedió ante la presión de la masa, reflejando su debilidad. Sin embargo, la intercesión de Moisés destaca la importancia de la oración en la restauración y el perdón, mostrando que, por encima de toda nuestra fragilidad y nuestra apostasía, Dios es eternamente misericordioso. Que el recuerdo de estos versículos nos impida forjar dioses con el oro de nuestras vidas y nos empuje, con humilde valentía, a la cumbre de la intercesión.

 

No hay comentarios: