Tema: Éxodo. Título: Queremos dioses. Texto: Éxodo 32: 1 – 15. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruiz.
I. UN PUEBLO IMPACIENTE (Ver 1).
II. UN AARÓN DÉBIL (Ver 2 - 6).
III. UN DIOS ENOJADO (Ver 7 – 10).
IV. UN MOISÉS INTERCESOR (Ver 11 – 14).
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Estudiaremos hoy este relato que, a pesar de
sus miles de años, resuena en la urgencia de nuestro presente, mostrándonos las
profundas heridas que la impaciencia inflige a la fe, la fragilidad del
liderazgo sin convicción, la justa e ineludible ira de la Santidad, y la
milagrosa intercesión que, aun en el abismo, nos rescata.
El pueblo que había visto el mar abrirse, que
había comido el pan llovido del cielo, y que había escuchado el mismo trueno de
Dios en el monte, se encontró de pronto con un enemigo más formidable que
cualquier faraón: el tiempo. Moisés, su líder y mediador visible, se demoraba.
La demora se convirtió en ausencia, y la ausencia se llenó del pánico y la
impaciencia. La fe es, por definición, la certeza de lo que no se ve, la
sustancia de lo que se espera. Pero la carne, siempre hambrienta de lo tangible
y lo inmediato, no puede soportar la disciplina del vacío. Así, los israelitas,
abrumados por el silencio de cuarenta días en la montaña, pensaron que algo
terrible le había ocurrido a su guía, a ese hombre que los había sacado de la
esclavitud.
El verso primero captura la escena con una
concisión terrible: "Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del
monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses
que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de
la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido." Es la súplica del
alma desorientada que no puede operar en la ausencia de la figura de autoridad.
La palabra que traducimos como "dioses" es Elohim, un término
que puede significar el Dios verdadero, pero que aquí, en el clamor de la
impaciencia, se retuerce para designar algo fabricado, algo visible, algo
manipulable. El pueblo no quería un Dios de pacto, invisible y exigente; quería
un ídolo que pudiese llevar delante de sí, un amuleto, una garantía física de
la presencia divina que pudiera ser vista, tocada y controlada.
Y aquí la lección se graba para nosotros, los
peregrinos de la modernidad: la impaciencia es la madre de la idolatría. En
nuestro tiempo, la impaciencia se manifiesta en la prisa por la respuesta
inmediata a la oración, en la necesidad de ver resultados tangibles de la fe en
el horizonte de una semana, o en la exigencia de un liderazgo siempre presente
y carismático. Cuando el Señor tarda en responder de la manera que nosotros
hemos dictado, cuando la nube de la guianza parece detenerse demasiado tiempo
sobre el desierto de nuestra vida, caemos en la tentación de "hacernos
dioses". Fabricamos dioses de éxito ministerial rápido, dioses de
prosperidad material instantánea, o dioses de emociones fuertes y constantes,
todo ello para llenar el vacío que solo la espera disciplinada en la fe debería
ocupar. La impaciencia nos lleva a cometer pecados que son, en esencia, actos
de auto-adoración: tomamos el oro de nuestra vida (nuestros recursos, talentos,
energía) y lo fundimos en una forma que se ajuste a nuestra conveniencia, a
nuestro ritmo, a nuestra falta de confianza en el Dios invisible.
El ruego impaciente del pueblo encuentra,
lamentablemente, una respuesta inmediata en el flanco del liderazgo. Llama la
atención la aterradora debilidad de Aarón, un hombre que apenas unas semanas
antes había sido testigo directo de las plagas y la división del Mar Rojo. Su
respuesta es una capitulación inmediata: "Y Aarón les dijo: Apartad los
zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos
y de vuestras hijas, y traédmelos."
Algunos han sugerido que esta petición de
Aarón, que requería un sacrificio personal y la recolección de joyas, buscaba
dilatar el asunto, esperando que la codicia del pueblo hiciera que desistieran.
Qué terrible cálculo si así fue, pues subestimó la urgencia de la incredulidad.
El pueblo, contrario a cualquier dilación, se apresuró. La prontitud con que
trajeron el oro para la apostasía es un reproche que nos atraviesa: ¡Qué rápido
somos para proveer para nuestros ídolos, y qué lentos para financiar la obra
del Dios verdadero!
Aarón, sin oponer resistencia visible (tal vez
por miedo, tal vez por una debilidad crónica de carácter), fabrica el ídolo. La
mención del "becerro" es probablemente despectiva. Lo que Aarón forjó
fue un toro, muy posiblemente una estructura de madera recubierta con oro
fundido, un símbolo de la fuerza y la fertilidad tomado de los panteones
egipcio (Apis, Hator) y cananeo (Baal). Este toro no era un ídolo pagano puro;
era, en la mente de Aarón, la imagen o representación de Yahvé. La blasfemia
era precisamente esa sincretización: reducir al Dios que es Espíritu a la forma
de una bestia, mezclar la adoración pura con el paganismo de sus vecinos.
Aarón le construye un altar y, al día
siguiente, proclama una fiesta "para Jehová". Pero lo que sigue no es
un rito pactual, sino una celebración orgiástica y licenciosa. El pueblo hace
sacrificios, se sienta a comer y beber, y se levanta "a regocijarse",
una expresión que a menudo alude a un desenfreno que rompe toda barrera moral.
Lo increíble de la escena es que el líder, el futuro Sumo Sacerdote de Israel,
no solo consiente, sino que facilita y dirige la apostasía. El solo hecho de
que Dios haya nombrado a Aarón Sumo Sacerdote, a pesar de que sabía de antemano
su profunda debilidad, nos habla de la inmensa, incomprensible gracia de Dios
que llama a hombres débiles y los capacita para el ministerio.
De esta debilidad, dos verdades se alzan como
pilares. Primero, la ley inmutable del liderazgo: un líder débil se dejará
influenciar negativamente por sus discípulos; un líder fuerte influirá en ellos
hacia la santidad. Cuando el liderazgo pierde su visión profética y su espina
dorsal moral, se convierte en un simple espejo de las pasiones y los caprichos
de la masa. Segundo, la humildad ineludible del llamado: el llamado y el
ejercicio del liderazgo dependen enteramente de la gracia de Dios. El Señor nos
llama aun a pesar de que conoce toda la galería de nuestras fallas, debilidades
y potenciales traiciones. La conciencia de nuestra debilidad, sin embargo, no
debe llevarnos a la capitulación, sino a una dependencia total de Aquel que nos
sostiene.
Pero la apostasía no es un asunto menor en el
cosmos moral. Ante esta actuación del pueblo y la fragilidad del líder, la
reacción que emerge desde la cumbre del Sinaí es la de un Dios enojado. La
Santidad no puede tolerar la rebelión.
El Señor se dirige a Moisés en los versículos 7
al 10 con una furia justa y santa. Lo primero que notamos es el distanciamiento
pactual que el pecado ha provocado: Dios llama a Israel "tu pueblo",
no "Mi pueblo". El pecado ha roto, o al menos ha suspendido, la
intimidad de la relación. El Señor le informa a Moisés que el pueblo "se
ha corrompido" y "pronto se ha apartado del camino que yo les
mandé". La indignación de Dios es doble: es por el olvido inmediato del pacto
y por la arrogancia de fabricarse un Dios a su gusto, una imagen que rebaja Su
majestad.
Lo que el Señor está dispuesto a hacer es
absoluto: "Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los
consuma; y de ti yo haré una nación grande." Aquí tenemos la justa e santa
indagación de Dios por el pecado. Así es Yahvé: un fuego consumidor ante la
infidelidad. La ira de Dios no es un arrebato incontrolado, sino la reacción
perfecta y necesaria de Su santidad ante la ofensa moral. Él es santo, y ante
el pecado Él reacciona con ira. El deseo de las personas de fabricarse un dios
conforme a su gusto, un ídolo que no exija arrepentimiento, que celebre el
desenfreno y que sea visiblemente controlado, provoca la indignación divina. Es
la idolatría más sutil de nuestro tiempo: el deseo de un cristianismo sin cruz,
sin ley, sin un Dios que sea más grande, más santo y más soberano que nuestros
propios deseos.
Ante semejante noticia, y en el momento más
dramático de la narrativa, entra en escena la figura colosal de Moisés, el
intercesor. Este hombre, que solo unos días antes había sido el que subía solo
a la gloria inalcanzable, se convierte ahora en el abogado de los apóstatas. Su
intercesión no se basa en excusar el pecado de los israelitas; Moisés conoce la
depravación del pueblo. Su petición se basa íntegramente en el carácter
inmutable de Dios.
Su ruego es una obra maestra de la teología y
la súplica, la podemos resumir en tres pilares que sostienen el cielo y la
tierra.
Primero, la apelación a la soberanía: "No
es mi pueblo, es tu pueblo, tú lo sacaste de Egipto con grande poder y con mano
fuerte" (Ver 11). Moisés le recuerda a Dios Su propia acción de salvación.
Si Israel se pierde, Dios pierde la gloria de Su obra redentora.
Segundo, la apelación a la reputación:
"Señor, piensa en tu reputación" (Ver 12). Moisés argumenta que las
naciones egipcias dirían que Dios sacó a Su pueblo para matarlo en el desierto.
Esto no es una manipulación humana; es una apelación al deseo de Dios de ser
conocido como un Dios de poder y fidelidad. El honor del nombre de Dios es el
argumento más fuerte de la oración intercesora.
Tercero, la apelación a la promesa:
"Señor, piensa en lo que has prometido" (Ver 13). Moisés le recuerda
a Dios Su juramento a Abraham, Isaac e Israel. Es la apelación final al pacto
incondicional. El plan de Dios no puede ser frustrado por el fracaso humano.
Ante esta intercesión, y solo después de ella,
el texto nos dice que Dios se "arrepintió del mal que dijo que había de
hacer a su pueblo".
La explicación de este verbo es crucial para
nuestra fe. La palabra hebrea es naham, diferente del verbo shub,
que describe el arrepentimiento humano y su connotación de cambio de propósito
motivado por la culpa. Naham no lleva una connotación de culpabilidad o
cambio de propósito divino. La raíz del verbo significa "respirar
hondamente" o "a fondo". Se usa para describir un sentir
profundo, un cambio de actitud. El teólogo nos enseña que, al estar preocupado
o asustado, se respira rápido; al estar aliviado, se exhala con un respiro de
alivio, porque la crisis ha pasado.
Moisés apelaba al deseo profundo de Dios de ser
misericordioso, a Su esencia que prefiere la gracia al juicio. Dios, naham,
"cambió de parecer", "respiró", se "alivió" de la
necesidad de aplicar la destrucción total. El juicio era justo; pero la
intercesión desató lo que Dios hace mejor: ofreció la gracia.
Tenemos, en este texto, la ilustración más
elocuente del poder trascendente de la oración intercesora. Esta oración, que
no se basa en el mérito del hombre sino en el carácter de Dios, tiene el poder
de hacer que la Santidad se incline hacia la Misericordia. La oración, en manos
de un intercesor que conoce el corazón de Dios, puede suspender la espada del
juicio, no porque anule la justicia, sino porque activa la corriente de la
gracia pactual.
El relato de Éxodo 32, entonces, nos revela la
naturaleza cíclica de la condición humana: la impaciencia conduce a la
idolatría y a la toma de decisiones erradas. Aarón, como líder, cedió ante la
presión de la masa, reflejando su debilidad. Sin embargo, la intercesión de
Moisés destaca la importancia de la oración en la restauración y el perdón,
mostrando que, por encima de toda nuestra fragilidad y nuestra apostasía, Dios
es eternamente misericordioso. Que el recuerdo de estos versículos nos impida
forjar dioses con el oro de nuestras vidas y nos empuje, con humilde valentía,
a la cumbre de la intercesión.
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