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✝️BOSQUEJO - ✝️SERMÓN - ✝️PREDICA: ✝️Que significa circuncisión.✝️

BOSQUEJO

✝️Tema: Génesis. ✝️Titulo: Que significa circuncisión. ✝️Texto: Génesis 17: 9 - 14. ✝️Autor: Pastor Edwin Guillermo Nuñez Ruiz 


Introducción:

A. Existieron varias actos que Dios uso como señales de los pactos que el hizo con el hombre. por ejemplo, la señal del Eden fueron los dos arboles (el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal); el de Noe fue el arco iris y la señal del pacto de Abraham fue la circuncisión.

B. Este texto te dice sobre ella que:

I. ERA UN CORTE (11a).


A. La palabra circuncidar quiere decir literalmente "llegar a ser cortado" y lo que había que cortar era el prepucio del pene. en otras palabras la carne que cubre la parte superior del miembro viril. 

B. Si lo miras en contexto este acto seguramente tiene relación con lo que Abraham había hecho en el cap 16 y es que a través del propio esfuerzo humano el trato de hacer cumplir la promesa. En otras palabras, cortar el prepucio significada apartarse de la dependencia de la carne (esfuerzo humano). La confianza de Abraham debía descansar en la fidelidad de Dios y no en si mismo.


II. ERA PARA TODOS (10a).


A. La circuncisión era un rito que debían seguir todos los hombres. Por el contrario el mismo excluía a las mujeres.

B. (12 - 13) Se debían circuncidar a todos los varones a los 8 días de nacidos sean estos libres o esclavos. La biblia nos dice por ejemplo que a Juan el bautista y a Jesús fueron circuncidados (Luc 1:59; 2:21).

III. ERA OBLIGATORIA (14).


A. Nadie podía pertenecer al pueblo de Dios sin haberse practicado la circuncisión. Quien se rehusara a practicarsela seria expulsado del pueblo.


IV. ERA UNA SEÑAL PERPETUA (13).


A. Como ya dije en la introducción la circuncisión era la señal del pacto de Abraham y la marca que mostraba que un hombre pertenecía a este pacto. Dice este texto que la señal debía ser perpetua, eterna, para siempre, entonces ta vez te preguntes, si acaso nosotros por ser herederos del pacto de Abraham debemos seguir circuncidandonos hoy en día.

B. Esta fue una discusión que se dio ya a los comienzos de la iglesia, voy a abordarla desde dos puntos de vista:

1. La palabra perpetuo aquí no quiere decir para siempre, la palabra hebrea olam puede referirse a: “el tiempo de vida de una persona (Exo 21:6; 1 Sam 1:22); un periodo de muchas generaciones (Josué 24:2; Prov 22:28); el tiempo del presente orden creado (Deut 33:15; Sal 73:12); tiempo más allá de esta esfera temporal, especialmente cuando es usado en relación a Dios (Gén 21:33; Sal 90:2; Dan 12:2; 12:7)" depende el contexto uno interpreta la palabra y es obvio que aquí no quiere decir perpetuo en el sentido de "para siempre", sino mas bien "para toda la vida" de aquel que era circuncidado.

2. La circuncisión no es algo requerido para ti como cristiano: esto esta confirmado por el concilio de Jerusalén (Hechos 15: 19 - 20) Y la enseñanza de Pablo (Rom 4: 9 - 12; 1 Cor 7: 19; Galatas 5: 1 - 6; 6: 15).  


IV.  ERA DEL CORAZÓN (Deut 10: 16). 


A. En este texto circuncidar el corazón quiere decir no ser rebelde, ser obediente a Dios equivale a no endurecer la cerviz.  Luego, el profeta Jeremías va a hacer énfasis en esto (Jer 4:4;9:26), no es solo ser circuncidado externamente sino que esta debe ir acompañada de una actitud de obediencia al Señor.

B. Esto es comparable con la persona que cree que por que asiste a la iglesia, canta y aun se bautiza ya es hija de Dios pero su testimonio de vida deja mucho que pensar.

C. El cristiano ya ha sido circuncidado en su corazón y esto sucedió cuando nació de nuevo (Col 2:11). cuando fue regenerado y el poder del pecado fue arrebatado de si.

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Conclusiones:

El pacto con Abraham se marcó con la circuncisión física, simbolizando el fin del esfuerzo humano. Aunque la señal fue para toda la vida del individuo, no es obligatoria para el cristiano (Hechos 15). La verdadera circuncisión es la del corazón (Col 2:11): una actitud de obediencia, no rebeldía, lograda al nacer de nuevo por la fidelidad de Dios.


¿Ya fue circuncidado tu corazón?
 
VERSION LARGA

Hay una memoria azul, una tinta indeleble que el Creador ha usado para firmar sus pactos con el hombre, y cada una de estas firmas ha sido, a su manera, una señal visible, un candelabro encendido en la noche del olvido. Si miramos atrás, a los muelles más antiguos de la historia, encontraremos que Dios nunca habló sin dejar una marca. En el Edén, la señal no fue otra que la sombra de dos árboles, el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal, guardianes silenciosos que definían la vida por la obediencia, por la abstinencia de la fruta prohibida. Era una señal sencilla, botánica, un claro límite de la voluntad humana. Luego, cuando la salmuera y la desesperación cubrieron la tierra, y solo la madera del arca mantuvo a flote la promesa, la señal del pacto con Noé se elevó al cielo no como un trozo de madera, sino como una promesa tejida en la atmósfera. Era el arco iris, una guirnalda de colores sobre la tormenta disipada, una bandera de tregua clavada en la nube que aseguraba a la humanidad, en cada gota de lluvia venidera, que el diluvio del juicio ya no la devoraría.

Y entonces, llegamos a la tercera orilla, a la arena caliente de Ur de los caldeos, donde un hombre llamado Abram, cuyo nombre aún no se había hinchado con la promesa de la multitud, recibe la señal más íntima, la más personal y la más brutal de todas: la circuncisión. . Esta no era una marca puesta en el cielo para que todos la vieran, sino un sello grabado en la carne que solo el hombre y su Dios, y quizás su esposa en la intimidad, podían contemplar. Una señal que se adentraba, no en la tierra, no en la atmósfera, sino en el propio flujo de la vida, en la fuente de la procreación. Era la firma que marcaba, con un corte afilado, el inicio de una nueva estirpe, de un pueblo apartado. La circuncisión, la marca indeleble de Abraham, se inscribe en Génesis 17:9-14, y su meditación es un viaje desde la herida física hasta la curación del alma, un salto desde el prepucio cortado hasta el corazón regenerado.

La primera verdad de esta señal es que era un corte, una sección, una separación de la carne. La palabra misma, circuncidar, porta en su esencia el filo de la navaja, queriendo decir literalmente "llegar a ser cortado". Y el corte era preciso, doloroso, simbólico: la remoción del prepucio del pene, la carne que cubre la parte superior del miembro viril. Para un pueblo que valoraba la totalidad y la integridad, este corte era una declaración radical de dependencia. Pero si miramos este acto en el vasto teatro de la historia de Abraham, comprendemos su contexto más agudo. Recordamos que en el capítulo anterior, el dieciséis, Abraham había caído en la trampa más antigua de la humanidad: la de creer en su propio brazo, la de tratar de empujar la promesa divina con el esfuerzo humano. La voz de Sara, cansada de esperar, había orillado a Abraham a acostarse con Agar, la esclava egipcia, dando a luz a Ismael, el hijo de la voluntad humana, el vástago de la prisa y la desconfianza. Ismael era la manifestación carnal de la incredulidad, el testimonio vivo de la debilidad de Abraham.

El corte, entonces, se revela como un símbolo perfecto y punzante. Cortar el prepucio significaba, en lo profundo, apartarse de la dependencia de la carne, del esfuerzo humano, de la arrogancia de la autosuficiencia. Era la declaración de que el hombre no podía engendrar la promesa por sí mismo, que el poder no residía en la virilidad del brazo, sino en la esterilidad de la fe. Era un recordatorio sangriento de que la confianza de Abraham, y la de su descendencia, debía descansar no en su propia fuerza, en sus planes astutos, o en la tenacidad de su voluntad, sino únicamente en la fidelidad inquebrantable de Dios. El cuchillo que cortaba la carne viril cortaba, de paso, la vanidad del espíritu que se cree capaz de crear milagros sin la mano del Creador. Era un cirujano divino que operaba en la fuente de la vida, declarando: lo que nazca aquí, si es para mi pacto, no será de ti, sino a pesar de ti. Es un eco del grito del salmista: mi ayuda viene de Jehová. Es la negación de la autosuficiencia, el reconocimiento de que la esterilidad del desierto es la única tierra donde la promesa de Dios puede florecer verdaderamente.

Esta marca, sin embargo, no era un secreto reservado a la élite. La segunda verdad del pacto de la circuncisión es que era para todos, una ley abarcadora que no discriminaba entre el noble y el siervo. El versículo diez declara que la circuncisión era un rito que debían seguir todos los varones de la casa de Abraham, una regla sin excepción. Si bien excluía a la mujer del ritual físico, pues la señal se daba en la fuente de la semilla, establecía la pertenencia de toda la estirpe a través del varón. En la tienda de Abraham, la navaja no hacía distinción. Los versículos doce y trece insisten en que se debían circuncidar a todos los varones a los ocho días de nacidos, sin importar su condición social: sean estos nacidos en casa o comprados con dinero, es decir, esclavos. La ley del pacto se abría paso por encima de las divisiones de clase, de la riqueza o la pobreza, declarando una igualdad fundamental bajo la promesa. No había un esclavo que pudiera presumir de no ser parte de la Alianza, ni un hijo libre que pudiera sentirse superior en su gracia. La misma marca de sangre, el mismo rito de ocho días, cubría a todos. . La circuncisión era el primer gran ecualizador social en la historia del pueblo de Dios, un recordatorio de que la gracia no se compra ni se hereda por abolengo, sino que se recibe por la adhesión a un pacto. Recordamos, como si fuera una brisa fresca de la historia, que figuras cardinales en el Nuevo Testamento, como Juan el Bautista y el propio Jesús, fueron circuncidados al octavo día, un acto que no era una simple tradición, sino la humilde y necesaria sujeción a la ley de aquel pacto ancestral (Lucas 1:59; 2:21). El hijo de Dios, al nacer hombre, se sometió al corte que simbolizaba el fin de la carne, como el prólogo de su propia ofrenda.

Y esta señal no era un asunto opcional, un adorno cultural que se podía asumir o desechar a voluntad. La tercera verdad del pacto es que era obligatoria, una regla de vida o muerte para la pertenencia. El versículo catorce es tajante, un golpe de martillo en el corazón del papiro: Nadie podía pertenecer al pueblo de Dios sin haberse practicado la circuncisión. Quien se rehusara a practicársela sería inmediatamente expulsado del pueblo. El pacto no era un menú a la carta, sino la marea que envolvía al pueblo. O se estaba dentro, marcado, o se estaba fuera, a la deriva. La circuncisión era la puerta de entrada, el pasaporte a la identidad de Israel. Era la obediencia ritual que daba acceso al privilegio de la promesa. Rechazar el corte era rechazar la fuente misma de la bendición, negarse a declarar que la vida y la descendencia dependían de Dios y no del brazo humano. Era, en el fondo, una declaración de guerra contra la soberanía divina, y la pena no era la disciplina, sino la expulsión, la privación de la identidad. Era un recordatorio de que con Dios, la tibieza, el no comprometerse del todo, es una forma de rechazo que el cielo no puede tolerar.

Ahora llegamos a una de las cuestiones más delicadas, una que ha ocupado a los teólogos a lo largo de los siglos, y que es la cuarta verdad del pacto: era una señal perpetua. El texto de Génesis 17:13, dice que la señal debía ser perpetua, eterna, para siempre, y el eco de esta palabra nos obliga a preguntarnos: si la circuncisión era la señal del pacto de Abraham y la marca que mostraba la pertenencia a la estirpe, ¿acaso nosotros, los herederos del pacto de Abraham por la fe, debemos seguir circuncidándonos hoy en día? La confusión se ancla en esa palabra hebrea, olam.

La palabra olam no es, como podríamos traducirla con pereza, el infinito matemático de "para siempre jamás", sino una palabra que se flexiona, que respira con el contexto del mar y la tierra que la rodean. El olam puede referirse a un tiempo de vida, al ciclo de una persona que respira (Éxodo 21:6; 1 Samuel 1:22). Puede describir un periodo de muchas generaciones, un largo trecho de historia (Josué 24:2). Puede hablar del tiempo que dura el presente orden creado, el ciclo del sol y la luna (Deuteronomio 33:15). Y sí, por supuesto, cuando se aplica a Dios, el olam es el tiempo más allá de esta esfera temporal, la eternidad en su sentido más puro (Génesis 21:33; Salmo 90:2). . Pero es la obviedad del contexto la que nos da la brújula: una marca física en un cuerpo perecedero no puede ser "para siempre jamás" en el sentido eterno, sino más bien "para toda la vida" de aquel que era circuncidado. El pacto de la circuncisión era el que regía a la descendencia de Abraham mientras la ley y los ritos de la carne tuvieran vigencia, pero no era una señal que traspasaría la línea de la gracia.

Esta fue una discusión acalorada, una marea que amenazó con hundir la barca de la iglesia naciente. El Concilio de Jerusalén, en el capítulo quince de Hechos, se enfrentó a esta pregunta con la sabiduría de la brisa fresca. La decisión fue clara: la circuncisión no es algo requerido para ti como cristiano. Santiago, el hermano del Señor, declara el veredicto: “Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los que de los gentiles se convierten a Dios, sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de lo estrangulado y de sangre” (Hechos 15:19-20). El énfasis se trasladó de la marca física a la ética de la vida, de la ley del cuerpo a la ley del corazón. Y Pablo, el apóstol de las naciones, se alza como el más grande arpón contra la tiranía de la carne. En Romanos 4:9-12, en Gálatas 5:1-6 y 6:15, y en 1 Corintios 7:19, su voz es la tempestad que disuelve la duda. La circuncisión, dice, no es nada, y la incircuncisión no es nada. Lo que importa, lo que tiene peso en la balanza de la eternidad, es la nueva creación, la fe que obra por el amor, la obediencia a los mandamientos de Dios. El sol de la gracia había secado la necesidad de la sombra del rito. La navaja se había guardado.

Pero el viaje de la circuncisión no termina en el prepucio de Abraham, ni se extingue en las conclusiones de un concilio. El poeta del alma, en el libro de Deuteronomio, ya había mirado más allá del rito sangriento para apuntar a la verdadera geografía del pacto. Y esta es la quinta, la más importante verdad que nos trae a la orilla de la fe: la circuncisión debe ser del corazón. Moisés, en Deuteronomio 10:16, habla a un pueblo que se había acostumbrado al rito sin el espíritu: “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz”. Aquí, circuncidar el corazón quiere decir despojarse de la rebeldía, arrancar la obstinación. Ser obediente a Dios es el opuesto de endurecer la cerviz. Es un llamado a la rendición total de la voluntad, a que el corte se haga no en la carne, sino en la arcilla de la terquedad que nos impide escuchar la voz de Dios. .

Luego, el profeta Jeremías, con el lamento en la garganta, va a hacer hincapié en esto con más intensidad (Jeremías 4:4; 9:26). La denuncia es clara: no es suficiente ser circuncidado externamente, el ritual debe ir acompañado de una actitud de obediencia radical al Señor. La circuncisión exterior, sin la interior, es una mentira, una fachada. Es comparable a la persona que navega hacia la iglesia, que canta con voz sonora y se bautiza en las aguas de la purificación, que lleva la etiqueta de "cristiano" sobre su pecho, pero cuyo testimonio de vida, cuyas acciones diarias, cuyos tratos con el prójimo dejan mucho que desear, sembrando dudas en el corazón de los incrédulos. La vanidad de la religión sin vida es el peor de los males, la hipocresía que corrompe el agua del pozo. La circuncisión de la carne, si el corazón permanece incircunciso, es solo una cicatriz inútil.

Pero la belleza de la gracia nos rescata de la desesperación de la autocrítica. La buena noticia, el faro que guía a los marineros de la fe, es que el cristiano ya ha sido circuncidado en su corazón, y no por la mano de un hombre o por la navaja de un ritual, sino por la mano del Espíritu Santo. Este milagro sucedió cuando el alma nació de nuevo, en el momento de la regeneración. Pablo, en Colosenses 2:11, nos regala la imagen más gloriosa de esta cirugía divina: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo”.

La circuncisión de Cristo es el corte definitivo, la renuncia perfecta a la carne. Es el clavo que atravesó la carne de Jesús en el madero, el que cortó el dominio del pecado de una vez y para siempre. Cuando nacemos de nuevo, el Espíritu Santo realiza el corte interior, la circuncisión no hecha a mano, y el poder del pecado fue arrebatado de nosotros. El dominio del pecado, esa tiranía de la carne que obligaba a Abraham a tomar a Agar, fue despojado, como se despoja a un enemigo vencido de sus armas. El viejo "yo" carnal fue echado fuera. Esto no significa que la lucha termine, que el barco deje de sentir el oleaje; significa que el capitán ha cambiado, que la bandera que ondea sobre el mástil ya no es la del esfuerzo humano, sino la de la gracia. La obediencia ya no es una obligación impuesta por la ley, sino la respuesta natural de un corazón que ha sido liberado de su propia rebeldía.

El pacto con Abraham, el más antiguo después del diluvio, se marcó con la circuncisión física, simbolizando el fin del esfuerzo humano, la muerte del "yo puedo". La marca era para toda la vida del individuo, un recordatorio constante de que la dependencia total en Dios era el único camino. Pero en la nueva creación, para el cristiano, la marca de la carne es innecesaria y obsoleta. La verdadera circuncisión, la única que tiene valor eterno, es la del corazón. Es una actitud de obediencia constante, de sumisión total, de no rebeldía, lograda no por nuestra tenacidad, sino por la fidelidad de Dios mismo, quien nos regeneró y nos dio un corazón nuevo, un corazón de carne donde antes solo había piedra.

La pregunta que nos queda, resonando en el silencio de nuestra propia alma, es la más crucial, la que atraviesa el tiempo y la historia, y se clava en el centro de nuestra identidad. ¿Ya fue circuncidado tu corazón? No con la navaja que cortó a Abraham, sino con el Espíritu que despojó el poder del pecado. ¿Ha sido tu terquedad, tu obstinación, tu deseo de control, cortado de raíz? ¿O sigue el prepucio de tu corazón intacto, cubriendo la vida de Dios con la capa de tu orgullo y tu autosuficiencia? El pacto de la gracia no pide tu esfuerzo; solo exige tu rendición, tu humilde y gozosa aceptación del corte definitivo que Cristo hizo por ti. Y en ese corte, en esa herida santa, reside la única y verdadera libertad

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