✝️Tema: La crucifixión. ✝️Titulo: De la crucifición de Jesús. ✝️Autor: Pastor Edwin Guillermo Nuñez Ruiz.
A. En los eventos de la cruz vemos una constante que no ha cambiado mucho a pesar del paso del tiempo: las distintas actitudes que contemplamos al leer el relato de los evangelios.
Hoy en día, vivimos en un mundo donde la imagen de Jesús es constantemente reinterpretada, ridiculizada o simplemente ignorada. Así como aquel viernes santo hubo reacciones diversas, hoy, en nuestro día a día, la cruz sigue siendo el gran divisor de aguas para la humanidad.
La pregunta no es solo qué hicieron ellos hace dos mil años, sino qué hacemos nosotros hoy con este mismo Jesús.
B. Hoy estudiaremos algunas de ellas con el propósito de descubrirnos en cada uno de los actores de aquel viernes.
Porque, en el fondo, todos nosotros, de una u otra manera, nos parecemos a alguno de los personajes que estuvieron presentes aquel día. La invitación no es a juzgarlos a ellos, sino a permitir que el espejo de la Palabra nos revele nuestro propio corazón.
I. INCREDULIDAD.
A. Dentro de esta actitud tenemos a varios de los actores del relato:
1. Los que pasaban: (Mateo 27:39-40).
Eran peregrinos que subían a Jerusalén para la Pascua. Simplemente "pasaban de largo", indiferentes al drama que se desarrollaba a un lado del camino. Representan a aquellos para quienes Jesús es solo un espectáculo más en medio de su rutina.
2. Los sacerdotes principales, los ancianos, los fariseos y escribas: (Mateo 27:41-43).
Eran la élite religiosa, los que tenían las Escrituras, los que enseñaban acerca del Mesías, pero su conocimiento no los llevó a la fe, sino al rechazo. Eran los "expertos en religión" que no reconocieron a Dios cuando lo tenían delante.
3. Los gobernantes: (Lucas 23:35).
Representantes del poder político y civil de Roma, que veían en Jesús una amenaza a su autoridad o, peor aún, un caso insignificante que no merecía su atención.
4. Los soldados: (Lucas 23:36-37).
Eran hombres de poder militar, acostumbrados a la violencia, que convirtieron el sufrimiento de un inocente en un juego cruel. Representan a quienes se burlan de la fe por pura diversión o por inercia cultural.
5. Los ladrones: (Lucas 23:39).
Uno de ellos, al principio, se sumó a la burla. Eran hombres al final de su vida, en su peor momento, y aun así, uno de ellos eligió la burla en lugar del arrepentimiento.
Estos fueron las personas que ante la imagen de aquel hombre aparentemente débil, despojado y desechado escogieron la burla y la incredulidad.
Allí se cumplía la profecía de Isaías 53:3: "Fue despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos".
B. No te impresiones hoy de estos hombres porque actualmente estas mismas actitudes de burla e incredulidad se repiten sin cesar. ¿Quiénes son ellos hoy día?
1. Aquellos que ante el ofrecimiento de perdón que se da en la cruz deciden su pecado. Muchas personas no se hacen cristianas simplemente porque no desean dejar su vida de pecado.
Son los que hoy dicen: "Me gusta mi vida como está, no quiero que nadie me la cambie". Ponen sus placeres temporales por encima de la vida eterna.
Pregunta reflexiva: ¿Hay algún pecado que estés aferrando con más fuerza que la gracia que Dios te ofrece?
2. Aquellos que ante el ofrecimiento de perdón se llenan de argumentos, excusas y rechazan dicha oferta.
Son los intelectuales que dicen: "Eso no tiene lógica", o los ocupados que responden: "Ya tendré tiempo después", o los heridos que alegan: "Si Dios existe, ¿por qué permite el sufrimiento?".
Pregunta reflexiva: ¿Te escondes detrás de preguntas sin resolver para no enfrentar la pregunta más importante: qué harás con Jesús?
Aplicación práctica para la semana: ¿Con cuál de estos grupos te identificas más? Esta semana, cuando te enfrentes a la cruz, pregúntate: ¿Estoy pasando de largo, burlándome o simplemente poniendo excusas para no rendirme?
II. ABANDONO Y FIDELIDAD.
Mientras unos se burlaban abiertamente, otros, que habían estado cerca de Jesús, tomaron un camino más silencioso pero igualmente doloroso: el camino del abandono. Pero no todos. También hubo quienes, a pesar del miedo, se quedaron.
A. Los "amigos" de Jesús lo abandonaron en este momento de dolor. La Biblia nos dice que desde el evento del Getsemaní todos sus discípulos, huyendo, lo abandonaron (Marcos 14:50-52).
El abandono fue progresivo: primero durmieron cuando Él les pidió velar, luego lo dejaron solo en el huerto, y finalmente, cuando lo arrestaron, huyeron despavoridos. La presión, el miedo y la decepción pudieron más que sus juramentos de lealtad.
De tal modo que el único de los discípulos que está frente a la cruz aquel día es alguien de quien el evangelio no nos da el nombre y que probablemente es Juan (Juan 19:25), pero también están las mujeres (Juan 19:26, Marcos 15:40-41).
B. Aquí tenemos dos caras de la moneda:
1. Los infieles: Que a pesar de haber conocido a Jesús, de haber visto sus milagros, haber escuchado sus enseñanzas, haber jurado no abandonarlo, lo hicieron.
El costo emocional del abandono es devastador: para Jesús, significó la soledad en su hora más oscura; para ellos, significó cargar con la culpa de haber fallado al Maestro.
Estos representan a todo aquel que un día conoció a Jesús y lo abandonó, los que renuncian a sus promesas de servicio, de lealtad y fidelidad.
Pregunta reflexiva: ¿Has prometido seguir a Jesús y luego, cuando la presión llegó, te alejaste silenciosamente? ¿Te escondes hoy para que nadie te pregunte por Él?
2. Los fieles: quienes se rehusaron a abandonar a Jesús y quienes con esa actitud decían: "Nunca olvidaré lo que hiciste por mí, nunca olvidaré quién eres".
¿Qué caracterizó a estos fieles? Eran en su mayoría mujeres y Juan, el discípulo amado. No se dejaron vencer por el miedo. No buscaron su seguridad personal por encima de su amor por Él.
Pregunta reflexiva: ¿Estás dispuesto a quedarte al pie de la cruz, aunque todos los demás se vayan, aunque duela, aunque no entiendas lo que está pasando?
Aplicación práctica para la semana: Evalúa tus promesas a Dios. ¿Hay algún voto o compromiso que has abandonado por el camino? La fidelidad no es ausencia de miedo, sino decisión de quedarse a pesar del miedo. Esta semana, da un paso para honrar un compromiso que habías dejado.
III. CERTEZA.
Sin embargo, la historia no termina con burlas ni con abandonos. La cruz tiene un poder transformador que puede cambiar incluso a los que estuvieron del lado opuesto. La evidencia más grande de que algo extraordinario sucedía allí es que los corazones más duros comenzaron a quebrarse.
A. Dentro de los actores de la crucifixión hay unos personajes bien interesantes:
1. Los soldados: (Marcos 15:16-20). Ellos fueron bien crueles con Jesús. Sin embargo, el tiempo pasó y en solo unas horas ellos habían cambiado de opinión, de la incredulidad a la certeza (Mateo 27:54).
Cronológicamente, después de haberlo azotado, coronado de espinas y crucificado, al momento del terremoto y las tinieblas, el centurión y los que con él estaban declararon: "Verdaderamente este era Hijo de Dios".
2. El ladrón: (Marcos 15:32). Notemos que primero lo insulta (junto con los demás) y luego lo defiende (Lucas 23:39-43).
En cuestión de horas, pasó de ser un burlador más a ser el primer habitante del paraíso aquel día. Un giro radical que solo la gracia puede explicar.
B. Estos representan a aquellos que aun cuando en un tiempo rechazaron a Jesús, se burlaron de Él, eran sus enemigos, deciden un día creer en Él como el Hijo de Dios, el Salvador de sus vidas.
La buena noticia es que la gracia de Dios es tan grande que alcanza incluso a los que estuvieron contra Él. El apóstol Pablo lo confesaría más tarde: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero" (1 Timoteo 1:15-16). Si Dios salvó al centurión, al ladrón y a Pablo, también puede salvarte a ti, sin importar tu pasado.
Aplicación práctica para la semana: No dejes que tu pasado te impida acercarte a la cruz. Si estuviste en la burla, puedes estar en la certeza. Si estuviste en el abandono, puedes volver. La cruz transforma a los que se atreven a acercarse con fe.
CONCLUSIONES
Después de recorrer estas tres actitudes, la pregunta es inevitable y personal. No podemos quedarnos como meros espectadores de un drama que ocurrió hace dos mil años. La cruz nos confronta hoy, aquí y ahora.
¿Qué actitud tienes tú ante Jesús crucificado?
1. ¿La del que pasa de largo? Eres indiferente. La cruz no significa nada para ti. Vas por tu camino, ocupado en tus asuntos, y Jesús es solo una imagen más en el paisaje de tu vida.
2. ¿La del que abandona? Alguna vez creíste, prometiste, pero el miedo, la presión o la decepción te hicieron alejarte. Hoy estás lejos de aquel que un día llamaste Señor, pero Él sigue esperándote con los brazos abiertos.
3. ¿La del que cree y confiesa? Como el centurión, como el ladrón, reconoces que este es el Hijo de Dios y depositas tu vida en Él, no por lo que ves, sino por lo que tu fe te revela.
VERSION LARGA
Hay un lugar en las afueras de Jerusalén que la gente llamaba el Lugar de la Calavera. No era un nombre bonito. Era un montículo rocoso, desnudo, sin árboles que dieran sombra, sin nada que aliviara la mirada. Allí, en medio del cielo que parecía haberse cerrado como un puño, se levantaron tres cruces. Dos de ellas cargaban hombres que morían por sus propios delitos. La del medio cargaba a Uno que moría por los delitos de todos. Y allí, en ese lugar que olía a muerte, sucedió algo que no ha dejado de suceder desde entonces. En la cruz de Cristo, las máscaras se caen. Las poses se desmoronan. Lo que hay en el corazón de los hombres se hace visible como una radiografía que no miente. Y lo que se vio aquel viernes no ha dejado de verse en cada generación.
Uno se acerca a aquel lugar y ve primero a los que pasan de largo. Son peregrinos que subían a Jerusalén para la Pascua. Vienen de lejos, han caminado días enteros, tienen prisa. Quizá tienen hambre, quizá tienen sueño. Ven a tres hombres crucificados y eso no es novedad en el Imperio Romano. La cruz era un espectáculo común, tan común que ya no sorprendía. Pero este hombre en particular les llama la atención porque sobre su cabeza hay un letrero. Algunos saben leer. El letrero dice: "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos". Y entonces les da risa. ¿Rey? ¿Ese despojo sangrante, clavado en un madero, con la corona de espinas hundida en la frente? ¿Ese hombre que ni siquiera puede bajar de la cruz? Y sacuden la cabeza. Y pasan de largo. No tienen tiempo para reyes muertos. Tienen vidas que vivir, negocios que atender, familias que alimentar. Siguen su camino. Y Jesús, colgado, los ve alejarse.
Los que pasan de largo. No los odian. No los insultan. Simplemente pasan. Y en ese gesto de indiferencia, en ese "no tengo tiempo para esto", hay una crueldad más fría que el escupitajo. Porque la indiferencia dice: "Tú no importas". Y esa es la primera actitud que la cruz revela. Hay quienes miran a Jesús crucificado y no ven nada. Nada que valga la pena detener el camino. Nada que merezca cambiar la ruta. Siguen caminando. Y pasan de largo.
Después están los religiosos. Los sacerdotes principales, los ancianos, los fariseos, los escribas. Estos no pasan de largo. Estos se quedan. Pero no para ayudar, sino para argumentar. Se quedan porque tienen algo que demostrar. Se quedan porque en la cruz de Jesús ven la confirmación de todo lo que siempre creyeron. "A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse". Esa es su teología, su dogma, su sermón del viernes santo. "Si es el Rey de Israel, que descienda ahora de la cruz, y creeremos en él". Ponen condiciones a su fe. Como si la fe fuera un contrato que Dios debe firmar primero. "Si haces esto, entonces creeré". "Si me muestras aquello, entonces te seguiré". Son hombres de libros, hombres de citas, hombres que conocen las Escrituras de memoria y pueden recitar el Salmo veintidós mientras escupen sobre el Salmo veintidós hecho carne. No se dan cuenta de que están delante del Cordero del que hablaba Isaías, del que profetizaban todos los profetas. Pero sus ojos están tan llenos de su propia sabiduría que ya no les cabe la revelación.
Y luego están los gobernantes. Lucas los menciona casi de pasada: "los gobernantes también se burlaban de él". Estos no son religiosos. Son políticos. Hombres de poder. Hombres que saben cómo se maneja el mundo. Para ellos, Jesús es un problema que ya resolvieron. Lo entregaron a Pilato, presionaron, amenazaron, lograron su propósito. Ahora están allí, cómodos en su autoridad, viendo cómo el sistema que ellos controlan aplasta a un hombre. No hay milagro que pueda impresionarlos. No hay resurrección que puedan creer. Porque para ellos, el poder es la única realidad. Y este hombre crucificado es la prueba definitiva de que el poder del César es más grande que cualquier sueño de reino celestial. Se ríen con la risa de los que ya ganaron.
Los soldados también están allí. Ellos no tienen nada contra Jesús personalmente. Para ellos es uno más. Otro condenado. Otro trabajo. Y mientras él muere, ellos se entretienen. Reparten sus vestidos. Se los juegan a los dados. Y cuando la rutina del trabajo se vuelve aburrida, improvisan un juego nuevo: le ofrecen vinagre, le gritan: "Si eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo". Son hombres de violencia cotidiana, acostumbrados a la muerte, endurecidos por la crueldad. No hay maldad en ellos, solo el vacío de quienes han visto tanto dolor que ya no les duele. Se burlan porque la burla es el mecanismo de defensa de los que ya no pueden llorar.
Y finalmente están los ladrones. Uno a cada lado. Dos hombres que colgaban allí por sus propios delitos. Y al principio, ambos se suman a la burla. Porque cuando uno está muriendo, a veces lo único que le queda es reírse de los demás que también mueren. Pero hay algo en el hombre del medio que uno de ellos empieza a notar. Algo diferente. Algo que no encaja en la lógica de la muerte. Y en medio de su propio dolor, en medio de su propia condena, algo cambia. Pero eso vendrá después.
Lo que vemos en esta galería de personajes no es un museo de antigüedades. No son figuras de un pasado remoto que podemos contemplar con curiosidad histórica. Son espejos. Cada uno de ellos es un pedazo de nuestro propio corazón. Porque la incredulidad no murió en el Calvario. Sigue viva. Sigue caminando a nuestro lado.
Hay quienes hoy pasan de largo. No son malas personas. Son personas ocupadas. Tienen su vida organizada, sus prioridades claras, su agenda apretada. Y Jesús, simplemente, no entra en su itinerario. No es que lo rechacen con odio. Es que no tienen tiempo para él. Van camino a sus propias metas, sus propios sueños, sus propias Pasiones. Y la cruz, esa historia antigua de un hombre que murió hace dos mil años, no les dice nada. No les mueve. No les detiene. Pasan de largo. Y Jesús, desde su cruz, los ve alejarse.
Hay quienes hoy ponen condiciones. Son los religiosos modernos. Saben de doctrinas, manejan versículos, discuten de teología con precisión quirúrgica. Pero en el fondo, están esperando que Dios demuestre algo. "Si haces esto en mi vida, creeré". "Si me das aquello, te seguiré". Quieren un milagro bajo demanda. Quieren que Dios se adapte a sus esquemas. Y mientras esperan las pruebas que exigen, pasan la vida argumentando por qué no creen. La cruz sigue allí, delante de ellos, ofreciendo lo único que puede salvarles, pero ellos están demasiado ocupados en su propio discurso para recibirla.
Hay quienes hoy se refugian en el poder. Son los gobernantes de nuestro tiempo. Los que manejan el mundo con sus decisiones, los que controlan instituciones, los que creen que la fuerza y la estrategia son las únicas cosas que cuentan. Para ellos, Jesús es un tema menor. Un consuelo para débiles. Un cuento para los que no pueden valerse por sí mismos. Se ríen con esa risa de los que tienen el control. Y no saben que están crucificando al único que podría salvar su poder de la bancarrota eterna.
Hay quienes hoy se burlan porque es más fácil que sentir. Son los soldados. Los que han visto tanto dolor que se han vuelto insensibles. Los que usan el humor para no llorar, el cinismo para no enfrentar su propia fragilidad. Se ríen de la fe porque la fe les exige algo que no están dispuestos a dar. Se burlan de la cruz porque la cruz les recuerda que hay una verdad que no pueden dominar con su ironía. Y mientras ríen, la sangre sigue corriendo.
Hay quienes hoy eligen su pecado. Así de sencillo. No es que tengan grandes argumentos filosóficos contra Dios. No es que hayan leído a los ateos y se hayan convencido. Es más honesto que eso: simplemente no quieren dejar su vida de pecado. El pecado les da placer, les da identidad, les da un sentido de libertad que no están dispuestos a negociar. Y la cruz les parece un precio demasiado alto por algo que no pidieron. Prefieren su esclavitud con gusto que la libertad con renuncia. Y allí están, mirando a Jesús, eligiendo su pequeña porción de veneno antes que el banquete de la gracia.
Hay quienes hoy se llenan de argumentos para no creer. Son los intelectuales de la incredulidad. Tienen una respuesta para todo. Han leído, han estudiado, han reflexionado. Y cada vez que la cruz se acerca, levantan un muro de preguntas sin respuesta, de dudas que parecen imposibles de resolver, de objeciones que justifican su distancia. Pero si uno escucha con atención, detrás de todas esas preguntas hay una más profunda que no se atreven a formular: "¿Y si es verdad? ¿Y si realmente soy amado así? ¿Y si tengo que rendirme?" Y entonces prefieren la seguridad de la duda antes que el vértigo de la fe.
Pero la cruz no solo revela la incredulidad. También revela el abandono.
Porque allí, junto a los que se burlaban, estaban los que habían prometido no dejarle. Pedro había dicho: "Aunque todos te abandonen, yo nunca te abandonaré". Y esa misma noche, cuando una criada le preguntó si era de los suyos, juró que no le conocía. Santiago y Juan, los hijos del trueno, los que habían pedido sentarse a su derecha e izquierda en el reino, desaparecieron cuando el reino se volvió de madera y clavos. En Getsemaní, cuando llegaron los que venían a prenderle, todos huyeron. Marcos cuenta un detalle conmovedor: un joven que le seguía iba con una sábana y cuando intentaron detenerle, dejó la sábana y huyó desnudo. Da igual quién fuera. Es el símbolo de lo que pasó esa noche. Todos huyeron. Todos dejaron al Maestro solo.
Y allí, al pie de la cruz, el único discípulo que aparece es uno cuyo nombre el evangelio ni siquiera menciona. La tradición dice que es Juan. Pero el texto dice "el discípulo a quien Jesús amaba". No importa su nombre. Lo que importa es que, a pesar del miedo, a pesar del peligro, allí estaba. Y con él, las mujeres. María, la madre de Jesús. María Magdalena. María la madre de Santiago. Salomé. Otras más. Las que no huyeron. Las que no pudieron abandonar. Las que se quedaron porque el amor era más fuerte que el miedo.
Dos caras de la misma moneda. Los que abandonan. Los que permanecen. Y esto sigue pasando hoy.
Hay quienes un día conocieron a Jesús. Caminaron con él. Vieron milagros. Escucharon enseñanzas. Juraron lealtad eterna. Pero un día, la presión fue demasiado. O el dolor fue demasiado. O la decepción fue demasiado. Y se fueron. No con un portazo, quizás, sino con un alejamiento silencioso. Dejaron de ir a la iglesia. Dejaron de orar. Dejaron de creer que aquello valía la pena. Hoy viven como si nunca hubieran conocido al Maestro. No lo niegan con palabras. Lo niegan con su ausencia.
Y hay quienes permanecen. No porque sean más fuertes. No porque no tengan miedo. Sino porque algo en ellos no puede soltar. Algo les dice: "Nunca olvidaré lo que hiciste por mí. Nunca olvidaré quién eres". Se quedan al pie de la cruz aunque el cielo esté oscuro. Se quedan aunque todos los demás se hayan ido. Se quedan porque el amor es más obstinado que el miedo.
Pero la cruz tiene una última revelación. La más inesperada. La más hermosa.
Porque allí, entre los que se burlaban y los que abandonaban, hay quienes cambian. Hay quienes pasan de un lado al otro. Y ese cambio no viene de ellos mismos. Viene de la cruz. De algo que ocurre en la cruz mientras la muerte va haciendo su trabajo.
Están los soldados. Esos hombres duros, acostumbrados a la violencia, que habían convertido la muerte de Jesús en un juego. Pero algo pasó cuando la tierra tembló, cuando el cielo se oscureció a mediodía, cuando las rocas se partieron. Algo que no estaba en sus manuales de guerra. Y el centurión, ese hombre que había clavado los clavos, que había repartido las vestiduras, que había ofrecido el vinagre, levanta la cara y dice: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". No dice "era justo", no dice "era inocente". Dice lo que nunca pensó decir: "Hijo de Dios". En unas horas, pasó de la burla a la certeza. De la crueldad a la confesión.
Y está el ladrón. El que había empezado insultando. El que se había sumado al coro de burlas. Pero algo le ocurrió mientras agonizaba. Vio a ese hombre en la cruz del medio y supo que no era un reo común. Supo que no merecía estar allí con ellos. Y en medio de su propia muerte, se atrevió a pedir: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino". No pidió bajar de la cruz. No pidió un milagro. Pidió ser recordado. Y Jesús, en el momento más bajo de su vida, en medio del abandono y el dolor, le prometió: "De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso". En cuestión de horas, pasó de ser un enemigo a ser el primer invitado al banquete del Reino.
Estos representan a aquellos que, aunque en un tiempo rechazaron a Jesús, aunque se burlaron de él, aunque fueron sus enemigos, un día, por la gracia que brota de la cruz, decidieron creer. Son los que descubren que la misericordia de Dios es más grande que su pasado. Los que entienden que no hay burla que la gracia no pueda perdonar, no hay distancia que el amor no pueda cruzar. El centurión y el ladrón son la prueba de que mientras haya un latido, hay esperanza. Mientras haya un aliento, la puerta del paraíso puede abrirse.
Y ahora, después de recorrer esta galería de espejos, después de haber visto a los que pasan de largo, a los que se burlan, a los que abandonan, a los que permanecen, a los que cambian, queda una pregunta que no puede eludirse. Una pregunta que no es académica, no es teórica, no es para discutir en un grupo de estudio. Es una pregunta que se hace en la soledad del corazón, en la intimidad de la conciencia, donde no hay testigos ni espectadores.
¿Qué actitud tienes tú ante Jesús crucificado?
¿Eres de los que pasan de largo? ¿De los que tienen la vida tan llena de cosas que no hay lugar para la cruz? ¿De los que ven a Jesús como una imagen más en el paisaje religioso, algo que no merece detener tu camino? Pasan los días, pasan los años, y sigues con tu agenda, con tus planes, con tu ritmo. Y Jesús sigue allí, en su cruz, esperando que un día le mires de verdad.
¿Eres de los que ponen condiciones? ¿De los que dicen: "Si Dios hace esto en mi vida, entonces creeré"? ¿De los que exigen pruebas, señales, milagros bajo su propio control? Tu fe está pendiente de que Dios cumpla tus términos. Y mientras tanto, la cruz sigue ofreciendo el único milagro que realmente importa: el perdón gratuito, la vida eterna, el amor incondicional.
¿Eres de los que eligen su pecado antes que su salvación? ¿De los que saben que la cruz les ofrece libertad, pero prefieren las cadenas conocidas antes que el riesgo de la liberación? ¿Hay un placer, un hábito, una relación, una adicción que te tiene más atado que la promesa de Cristo? ¿Te aferras a lo que te destruye porque te da miedo soltarlo?
¿Eres de los que se llenan de argumentos? ¿De los que tienen una respuesta intelectual para todo y se sienten seguros en su escepticismo? ¿Tus preguntas son honestas búsquedas de verdad o son murallas para no tener que rendirte?
¿Eres de los que un día conocieron a Jesús y lo abandonaron? ¿Hubo un tiempo en que caminabas con él, le servías, le prometías fidelidad, y ahora estás lejos? ¿El dolor, la decepción, la presión te hicieron huir? ¿Te escondes hoy para que nadie te pregunte por aquel a quien juraste seguir?
¿O eres de los que permanecen? No porque seas fuerte, no porque no tengas miedo, sino porque has visto demasiado como para irte. Porque has probado demasiado como para negarlo. Porque en tu corazón hay una gratitud que no se apaga, una memoria de lo que él hizo por ti que te sostiene en los días oscuros. Permaneces porque el amor te ata más que el miedo te empuja.
¿O acaso eres como el centurión o como el ladrón? ¿Alguien que ha pasado de la burla a la certeza, de la indiferencia a la confesión? ¿Alguien que un día estuvo lejos, que quizás se burló, que quizás ignoró, que quizás se consideró enemigo, pero que un día, por la gracia, vio claro y dijo: "Este es Hijo de Dios"?
La cruz sigue en pie. Sigue siendo el lugar donde las máscaras caen, donde las poses se desmoronan, donde el corazón se revela. Y sigue siendo el lugar donde la gracia se derrama. Porque allí, en ese madero, el que no tenía pecado se hizo pecado por nosotros. El que era vida se entregó a la muerte. El que era el Juez se puso en el lugar del reo. Y desde allí nos llama. No condena, sino invita. No exige, sino ofrece. No pregunta qué hemos hecho, sino si queremos recibir lo que él ya hizo.
¿Qué actitud tienes tú ante Jesús crucificado?
La respuesta no es para el púlpito. No es para la reunión familiar. No es para la publicación en redes. Es para el silencio de tu cuarto, para la intimidad de tu alma, para el momento en que tú y la cruz se encuentran a solas.
Porque ese momento llega. Siempre llega. Y cuando llegue, no habrá espectadores. Solo tú. Solo él. Solo la cruz. Y la pregunta eterna: ¿qué haces con Jesús? ¿Pasar de largo? ¿Burlarte? ¿Abandonar? ¿O quedarte? ¿O, como el centurión, confesar? ¿O, como el ladrón, pedir ser recordado?
La cruz no se va. Sigue allí, entre el cielo y la tierra, como un puente que nadie construyó, como una puerta que nadie puede cerrar. Y desde allí, Jesús te mira. No con ojos de juez, sino con los ojos de quien pagó por ti. No con ceño de condena, sino con el rostro de quien dijo: "Padre, perdónalos".
Hoy, mientras el eco de aquel viernes sigue resonando en la historia, la cruz te habla. No te pide que seas perfecto. No te pide que tengas todas las respuestas. No te pide que seas fuerte. Solo te pide que la mires. Que dejes de pasar de largo. Que dejes de poner condiciones. Que dejes de aferrarte a lo que te destruye. Que dejes de esconderte tras preguntas que en el fondo ya tienen respuesta. Y que, en el silencio de tu corazón, le digas una palabra. Una sola. La misma que dijo el ladrón: "Acuérdate de mí".
Y él, que nunca olvida, te responderá con la misma promesa: "Hoy estarás conmigo". No en un paraíso lejano. Aquí. Ahora. En este mismo momento en que la cruz deja de ser un espectáculo antiguo y se convierte en el lugar de tu encuentro con la misericordia. En el instante en que la incredulidad se quiebra, el abandono se restaura, y la certeza nace como una flor en tierra árida.
Porque la cruz no fue solo un evento en la historia. Es la puerta abierta a la eternidad. Y del otro lado, espera Jesús. Con las manos extendidas todavía. Con las heridas que muestran que el precio ya fue pagado. Con la mirada que dice: "No pasaste de largo. Te quedaste. Y ahora, todo lo que soy es tuyo".
Quédate, entonces. Quédate al pie de la cruz. No te vayas. No esta vez. Porque el que murió allí no está muerto. Vive. Y su promesa sigue en pie. Para el centurión, para el ladrón, para todos los que se atreven a dejar la indiferencia y aceptar el amor.
Para ti también.
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