Tema: Ester. Título: Las consecuencias del orgullo de Amán.
Texto: Ester 7. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruíz.
Introducción:
A. En este estudio hemos considerado varias veces el orgullo de Amán, hemos descrito las actitudes y actuaciones que este manifestaba en él, en el capítulo anterior vimos el inicio de su caída y de las consecuencias de su orgullo, en este capítulo terminaremos este tema.
B. Vamos a resaltar cuatro palabras en la historia que nos muestran claramente cuales son las consecuencias del orgullo:
I. TURBO (ver 6).
A. Otras versiones dicen: "sobrecogido de terror", "paralizado de miedo", "pálido de miedo", "lleno de terror" y "aterrado". Estas frases indican un miedo sumo, esto dado a que Amán sabía lo que le pasaría después de que la reina hablo, el podía esperar lo peor.
B. Considere los siguientes versículos que muestran como el orgullo terminara en castigo: Proverbios 11:21; 16:5
II. SUPLICARLE (ver 7).
A. Dicen otras versiones "rogar por su vida"; "implorar por su vida". Imagina uno al este personaje, en otros momentos prepotente y pedante de rodillas, totalmente desfigurado, humillado pidiéndole a la reina Ester que lo salvara. Es un cuadro triste que nos muestra cual es el fin de la arrogancia.
B. Considere los siguientes versículos que nos muestran como el orgullo traerá humillación. Proverbios 11:2; 29:23.
III. CAIDO (ver 8).
A. El hombre estaba tan ido en su misma humillación que no se daba cuenta de lo que hacía, así fue que cuando el rey entro de nuevo al lugar donde estaban Ester y Amán lo hallo recostado en el sofá en el cual estaba la reina, muy cerca de ella. Jerjes entonces acuso a Amán de querer violar a la reina, en el acto fue apresado.
La palabra que usa la Biblia para descubrir lo sucedido es caído, el verbo ejemplifica muy bien lo que le pasa al antagonista en este mismo momento.
B. Estos Proverbios nos hablan de lo que aquí sucede: 14:19; 18:12; 16:18.
IV. COLGARON (ver 10).
A. Lo más curioso del asunto es que Amán es ejecutado en la misma horca que él pensaba usar con Mardoqueo, la historia no puede terminar peor para él.
B. Muy parecido esto a lo que reza Proverbios 11: 3, 5 - 6.
Conclusión:
La historia de Amán en Ester 7 es una advertencia bíblica sobre la caída inevitable del orgullo. El hombre prepotente termina turbado, suplicando por su vida y siendo ejecutado. Los Proverbios confirman: la arrogancia lleva a la humillación, mientras que la humildad precede a la honra. El destino final del orgullo es el castigo, la humillación y la perdición.
VERSIÓN LARGA
Ha llegado la hora final del banquete, no el festín de la
victoria, sino la cena que es la antesala de la guillotina; el clímax de una
tragedia que se ha gestado, no en las intrigas del palacio, sino en la cámara
oscura del corazón de un solo hombre. A lo largo de este relato sacro, hemos
seguido los pasos de Amán, un hombre cuyo ego creció hasta eclipsar la luz de
la razón, cuya vanidad se convirtió en una armadura tan pesada que lo arrastró
a su propia fosa. Hemos atestiguado cómo su orgullo, ese veneno espiritual que
corrompe la visión y distorsiona el juicio, le dictó cada acto, desde el
decreto genocida hasta la construcción de la horca más alta de Susa. Él, el
favorito del rey, el alter ego del imperio, caminaba sobre una alfombra
invisible de aire, ignorando que bajo sus pies ya se había tendido una trampa
que él mismo había diseñado. La caída de Amán, condensada en el sobrecogedor
Capítulo 7 del libro de Ester, no es una mera nota histórica sobre la justicia
real; es la advertencia más solemne de las Escrituras sobre la certeza
inexorable de la consecuencia del orgullo desmedido.
La escena es perfecta en su simetría fatal. Amán ha sido
honrado, ha bebido el vino, y su alma, inflada por la doble invitación de la
Reina, se siente inmune e invulnerable. Cree que está allí por su mérito, por
su poder, por su innegable superioridad. Pero en el cenit de su arrogancia, la
Reina Ester, el cordero que se revela como león, pronuncia una súplica cargada
con el peso de su pueblo y la autoridad de su corona. Ella no pide por bienes
materiales o favores mundanos; pide su vida y la vida de su estirpe, declarando
al mismo tiempo la existencia de un enemigo dentro de los muros, un adversario
cuyo odio no se saciaría sino con el exterminio de una nación entera. Y
entonces, con una pausa dramática que debió paralizar el pulso del palacio, el
Rey Asuero, en su confusión e ira, pregunta por el nombre de ese enemigo. Y
Ester, con la precisión de un puñal, señala a la figura corpulenta que se
sienta a su lado, declarando en voz alta y firme: «El adversario y enemigo es
este malvado Amán.»
En ese instante preciso, la realidad, que el orgullo de
Amán había mantenido a raya con ilusiones de grandeza, irrumpe como un rayo. El
texto sagrado capta este quiebre anímico con la fuerza de un titular de
tragedia: Amán quedó turbado. Otras voces, otras versiones del texto, buscan
desesperadamente encontrar la palabra que describa la magnitud de este
derrumbe: "sobrecogido de terror", "paralizado de miedo", "pálido
de terror", "lleno de espanto". Es un miedo sumo, el pánico de
un hombre que, habiendo apostado su existencia entera a la invencibilidad de su
posición, ve cómo su mundo se disuelve en una gota de vino y una frase
condenatoria. Él, el que había dictado la muerte, ahora enfrenta la suya. Sabía
lo que la Reina Ester, al hablar ante el Rey, había desatado: no solo había
expuesto un plan, sino que había activado una ley de justicia inevitable.
Cuando el ego se infla hasta tocar el trono, la caída es tan violenta como la
altura alcanzada. El terror de Amán es la prueba de que, aunque el hombre
orgulloso se declare dueño de su destino, existe una mano mayor que finalmente
lo castigará. El Proverbista ya lo había cantado: «Tarde o temprano, el malo no
quedará sin castigo» (Proverbios 11:21), y que «Abominación es a Jehová todo
altivo de corazón; ciertamente no quedará impune» (Proverbios 16:5). El castigo
es la sombra que el orgullo proyecta sobre el futuro; es la ley de la cosecha
espiritual.
Ante la ira incandescente del Rey Asuero, que se levanta
y abandona el banquete para caminar por el huerto, Amán no tiene a dónde huir.
La segunda consecuencia del orgullo se manifiesta en un acto de humillación
desesperada: SUPLICARLE a la Reina por su vida. Imaginen el contraste: el
potentado que exigía la genuflexión de todos los que pasaban por la puerta, el
hombre que no podía tolerar que un solo judío, Mardoqueo, permaneciera en pie,
se encuentra ahora de rodillas, con el rostro desfigurado por el terror, "rogando
por su vida", "implorando" a aquella mujer que él, en su
soberbia, había subestimado y creído eliminar. Es la imagen más triste de la
arrogancia reducida a la impotencia.
El orgullo es un peso que, tarde o temprano, doblega las
rodillas de quien lo porta. La corona de la altivez se cambia por el fango de
la humillación. El orgullo siempre ofrece la ilusión de elevar al hombre, pero
su única promesa cumplida es la de un descenso catastrófico. Amán, en su
súplica, está viviendo el cumplimiento literal de la palabra sabia: «Cuando
viene la soberbia, viene también la deshonra; mas con los humildes está la
sabiduría» (Proverbios 11:2), y aún más terrible: «Antes del quebrantamiento es
la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu» (Proverbios 16:18). La
humillación no es un accidente en el camino del soberbio; es el destino
inevitable de su camino.
El Rey regresa del huerto, su rostro aún sombreado por la
ira reflexiva, y encuentra a Amán postrado, en un gesto que, para el ojo
sospechoso y resentido de Asuero, se convierte en la prueba final de su maldad.
La tercera consecuencia se sella: Amán es hallado CAÍDO. No solo caído en
desgracia, sino físicamente recostado sobre el sofá donde estaba la Reina, en
un acto de súplica tan desmedido y torpe que el Rey lo interpreta de la manera
más perversa y conveniente: ¿Acaso este hombre, que apenas hace un momento
buscaba la muerte de mi Reina, querrá ahora violarla en mi propia casa? La
acusación es el colmo de la ironía: el que había usado su poder para la
opresión, ahora es acusado de un crimen de poder aún más vil.
La palabra caído aquí se convierte en el verbo que resume
toda su existencia. Amán ha caído de su posición, de su honor, de su cordura y
de su control. Su propia humillación lo ha hecho perder la perspectiva y el
decoro, y en esa ceguera del pánico, ha provocado la condena final. Es la
enseñanza eterna de que la soberbia conduce a la ruina sin necesidad de ayuda
externa. «El orgullo del hombre le trae humillación» (Proverbios 29:23). El
hombre altivo, en su ceguera, prepara la ruina de su propia casa, y su caída es
tan notoria y tan pública que los justos, aunque con dolor, deben reconocer la
mano de Dios en el desenlace. Amán, el que creyó elevarse por encima de todos,
es apresado en un acto de total desamparo y desgracia.
Y así llegamos al final, a la terrible, poética y justa
retribución. La cuarta palabra que sella la historia es COLGARON. Uno de los
eunucos, testigo de la escena, sella la ironía con su memoria: «He aquí en casa
de Amán la horca de cincuenta codos de altura que hizo Amán para Mardoqueo, el
cual había hablado bien por el rey». ¡Qué destino más perfectamente simétrico!
Amán no solo es ejecutado, sino que es ajusticiado en el instrumento que él
mismo había diseñado para su enemigo. La horca que Amán había levantado con
tanta diligencia, con tanta anticipación gozosa, se convierte en su propio
patíbulo, una demostración física de que la maldad es un boomerang que siempre
regresa al punto de partida, que los cimientos que se construyen sobre el odio
terminan por sepultar al constructor.
La historia de Amán es la más poderosa ilustración de la
justicia divina operando con precisión geométrica. La justicia de Dios no es un
mero acto de venganza, sino una respuesta lógica a la ley moral del universo:
si siembras orgullo, cosecharás humillación y perdición. «El que anda en
integridad será salvo; mas el de caminos perversos caerá luego» (Proverbios
11:3). El corazón del hombre orgulloso, al final, se revela como su propia cárcel,
su propia horca, su propio verdugo.
Para nosotros, los lectores que miramos este relato a
través del prisma de la Gracia, Amán es más que un villano bíblico; es la
encarnación de la naturaleza caída que aún mora en cada uno. Su terror, su
súplica y su caída son el recordatorio de que la única alternativa al castigo
del orgullo es la rendición radical. El único antídoto contra el veneno de la
altivez no es un esfuerzo humano de humildad, sino el humillarse ante el único
que sí lo fue hasta la cruz. El ejemplo de Amán nos impele a la introspección
más profunda: ¿Dónde hemos construido nuestras propias horcas de resentimiento,
de vanidad herida, de superioridad moral, esperando colgar allí a Mardoqueo, a
ese hermano que no se ha inclinado ante nosotros?
El camino de la vida cristiana es el camino estrecho y
humilde de la cruz, un camino que se opone frontalmente a la vía ancha y
orgullosa que pavimentó Amán. La caída del prepotente en Ester 7 no es una
historia de hace dos mil quinientos años; es una advertencia viva y palpitante
de que la arrogancia conduce a la turbación, a la súplica de la desesperación,
a la caída total y, finalmente, a la perdición que el propio corazón soberbio
se ha labrado. La humildad, por el contrario, es la única senda que precede a
la honra verdadera, a esa honra que no nos da un rey terrenal, sino Aquel que,
siendo Rey de reyes, se hizo siervo por amor a nosotros. Reflexionemos, pues,
sobre qué clase de horca estamos levantando en el patio de nuestra propia alma,
y roguemos, con el espíritu rendido, por la gracia de la humildad antes de que
sea demasiado tarde.
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