SALMO 22 – EL SALMO DE LA CRUZ
Introducción: ¿Qué es un Salmo Mesiánico?
¿Has sentido alguna vez que Dios te ha abandonado? ¿Has atravesado una noche tan oscura que te preguntaste si alguien te escuchaba desde el cielo? El Salmo 22 nace de esa oscuridad. Pero no es solo el grito de un hombre angustiado; es un salmo mesiánico, una profecía que trasciende la experiencia de David para señalar a Jesucristo. El comentarista Maclaren dijo: "Vemos brillando a través de la sombría personalidad del salmista la figura del Príncipe de los sufrientes". El Espíritu de Cristo que estaba en David (1 Pedro 1:11) lo guió para describir con asombrosa precisión eventos que no podía entender. El título del salmo, "Sobre la cierva de la aurora", sugiere que así como la cierva es perseguida, el Mesías sería acosado; pero también anuncia que la aurora de la resurrección seguiría a la noche del sufrimiento. Jesús mismo tomó este salmo en sus labios en la cruz (Mateo 27:46), señalando: "Lean este salmo; allí encontrarán la explicación de lo que está sucediendo". El apóstol Pablo, en Hebreos 2:11-12, aplica la sección de alabanza a Cristo resucitado. Este salmo, que comienza con el grito de abandono más oscuro de la Escritura, termina con una explosión de alabanza que abarca a todas las naciones. Hoy exploraremos las profecías mesiánicas del Salmo 22 en tres grupos: el sufrimiento profundo del Mesías, los detalles específicos de su muerte, y su victoria y alabanza universal.
Primer punto: El sufrimiento profundo del Mesías (versículo 1)
Versículo base: Salmo 22:1 – "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?"
Exégesis:
El Salmo 22 comienza con un clamor que ha resonado a través de los siglos: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Jesús lo pronunció en la cruz (Mateo 27:46; Marcos 15:34). No es un grito de desesperación, sino de fe en la más profunda oscuridad. Spurgeon comenta: "Nuestro Señor se aferra a su Dios con ambas manos y clama dos veces: '¡Dios mío, Dios mío!'". El salmista no dice "si tú existes" ni "si me amas"; se aferra a la certeza de su relación con Dios incluso cuando todo parece contradecirla. Este versículo describe el sufrimiento espiritual más profundo: la sensación de ser abandonado por Dios. Cristo, que había disfrutado de comunión eterna con el Padre, experimentó en la cruz lo que significa ser separado de Dios por el pecado. No fue un abandono real en el sentido de que el Padre dejara de amarlo, sino una experiencia real de la ausencia del consuelo divino mientras cargaba con el pecado del mundo. Al citar este salmo, Jesús estaba diciendo: "Lean el resto. Encuentren allí la respuesta". Y en efecto, el versículo 24 responde: "No menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó". El abandono fue temporal; la restauración fue eterna.
Texto de apoyo: Isaías 53:4-5 – "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades... Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Cuando sientas que Dios está lejos, no abandones la fe. Sigue clamando: "Dios mío". La oscuridad no significa que Dios te haya rechazado.
2. Recuerda: el grito de abandono de Cristo es la garantía de que tu grito nunca será eterno.
3. No temas expresar tu dolor a Dios. El salmo nos enseña honestidad emocional en la oración.
Cita célebre: "Fue abandonado por Dios por un momento para que tú no tuvieras que ser abandonado por Dios eternamente." – Charles Spurgeon
Segundo punto: Los detalles proféticos de su muerte (versículos 16-18)
Versículo base: Salmo 22:16-18 – "Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos; ellos me miran y me contemplan. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes."
Exégesis:
El versículo 16 es quizás la profecía más asombrosa del Antiguo Testamento: "Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies". David escribió esto aproximadamente mil años antes de que los romanos introdujeran la crucifixión. Sin embargo, describe con precisión el método de muerte del Mesías. El comentarista Delitzsch observa: "Es imposible que David, que vivió en una época en que la crucifixión era desconocida, pudiera haber descrito esto por su propia experiencia. Solo el Espíritu profético podía haberlo hecho". La Septuaginta traduce "horadaron" como "perforaron". Los versículos 17-18 añaden detalles que se cumplieron literalmente: "Puedo contar todos mis huesos; ellos me miran y me contemplan. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes". El comentarista de la Pulpit señala: "El acto descrito aquí no es aplicable ni a David ni a ninguna persona cuya historia esté registrada en la Biblia, solo a Jesús". Los soldados romanos, sin saberlo, cumplieron la Escritura al repartirse las vestiduras de Cristo y echar suertes sobre su túnica (Juan 19:23-24). La precisión es tan notable que incluso comentaristas judíos que rechazan a Jesús como Mesías han admitido la dificultad de aplicar esto a David. Rashi, el gran comentarista medieval, reconoció que sus antepasados veían este salmo como mesiánico.
Texto de apoyo: Juan 19:23-24 – "Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos... y echaron suertes sobre ella."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Fortalece tu fe en la Palabra de Dios. Si Dios pudo predecir con tanta precisión los detalles de la muerte de Cristo, puedes confiar en todas sus promesas.
2. Contempla el amor de Cristo. Él soportó la humillación y el dolor extremo para que tú pudieras ser vestido con su justicia (2 Corintios 5:21).
3. Vive con gratitud. Cada detalle de la crucifixión fue necesario para tu salvación; no tomes a la ligera el costo que pagó tu Redentor.
Cita célebre: "La cruz de Cristo es el punto donde el amor de Dios y la justicia de Dios se besan." – John Stott
Tercer punto: La victoria y alabanza universal (versículo 22)
Versículo base: Salmo 22:22 – "Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré."
Exégesis:
El Salmo 22 da un giro radical a partir del versículo 22. Después de la oscuridad, viene la luz; después de la agonía, la victoria; después de la soledad, la comunidad. El versículo 22 declara: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré". Este versículo es citado por el autor de Hebreos (2:11-12) y aplicado a Cristo resucitado. Después de su resurrección, Jesús no se avergonzó de llamar "hermanos" a sus discípulos (Juan 20:17). La primera palabra del Señor resucitado fue: "Ve y di a mis hermanos". No se trata solo de un anuncio privado, sino de una declaración pública en medio de la congregación. La victoria de Cristo no es un secreto; debe ser proclamada. El versículo 27 añade: "Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra; y delante de ti se postrarán todas las familias de las naciones". La victoria de Cristo no es solo para Israel, sino para todas las naciones. Esta profecía se está cumpliendo hoy mientras el evangelio se predica en todos los idiomas y culturas. Spurgeon dice: "Cristo ve el fruto de su obra; y el pensamiento del gozo de su pueblo le dio consuelo en su expiración".
Texto de apoyo: Hebreos 2:11-12 – "Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré tu nombre a mis hermanos."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Acepta tu identidad en Cristo. Él te llama "hermano" o "hermana". No eres un extraño, eres parte de su familia.
2. No te avergüences de proclamar su nombre. Así como Jesús declaró el nombre del Padre, nosotros debemos declarar el nombre de Jesús.
3. Comparte el evangelio esta semana con alguien de otra cultura, recordando que Cristo murió para reunir a todas las naciones.
Cita célebre: "Cristo no se avergüenza de llamarnos hermanos. ¿Y nosotros nos avergonzamos de llamarlo Señor?" – Anónimo
Conclusión
El Salmo 22 es un monumento a la fidelidad de Dios. Comienza con la oscuridad más profunda, el grito de abandono que ningún otro ser humano podría expresar. Pero termina con la luz más brillante, la alabanza que llena toda la tierra. Las profecías mesiánicas de este salmo nos muestran que Dios no improvisa; cada detalle de la muerte de Cristo fue planeado desde la eternidad. La precisión de las profecías —el grito de abandono, la perforación de manos y pies, el reparto de vestiduras, la resurrección y la alabanza universal— nos asegura que la Biblia es la Palabra de Dios y que Jesús es el Mesías prometido. Pero el Salmo 22 no es solo un documento histórico; es una invitación personal. El mismo Cristo que clamó en la cruz nos llama a ser parte de su familia. El mismo que fue abandonado nos ofrece su presencia eterna. El mismo que sufrió nos ofrece su victoria.
Reflexión: Quizás hoy Dios te está hablando en una de estas tres áreas: ¿Has reconocido que Jesús sufrió el abandono de Dios para que tú nunca tengas que experimentarlo? ¿Has aceptado su invitación a ser parte de su familia? ¿Estás declarando su nombre a otros?
Actúa: Esta semana, lee el Salmo 22 completo. Medita en cada detalle de la crucifixión y la victoria de Cristo. Comparte con alguien lo que has aprendido. Y únete a la alabanza universal que se eleva desde todos los confines de la tierra: "¡El Señor ha hecho esto! ¡Es maravilloso ante nuestros ojos!" (Salmo 118:23).
VERSION LARGA
Salmo 22: Del abandono a la alabanza
Hay palabras que atraviesan los siglos como flechas lanzadas desde un arco que no vemos, y cuando llegan a su destino, nos traspasan el corazón con una verdad que no esperábamos. El Salmo 22 es una de esas palabras. No es un poema bonito, no es una reflexión piadosa sobre la bondad de Dios, no es un consuelo para los que están tristes. Es un grito. Es el grito de alguien que está en el fondo del pozo, que ha tocado fondo, que ha llegado al límite de lo que un ser humano puede soportar, y que desde allí, desde esa oscuridad que parece no tener fin, se atreve a llamar a Dios "Dios mío". Esa es la grandeza de este salmo: que no comienza con una alabanza, sino con un clamor; no comienza con la luz, sino con la oscuridad; no comienza con la certeza, sino con la pregunta. Y sin embargo, cuando termina, todo se ha transformado. La oscuridad se ha vuelto luz. El clamor se ha vuelto alabanza. La pregunta ha encontrado su respuesta. Y todo porque hay alguien que ha atravesado el abismo por nosotros.
El título del salmo nos da una pista sobre su significado. Está dedicado "al director del coro, sobre la cierva de la aurora" . Es una frase extraña, casi poética. La cierva es un animal perseguido, acosado por los perros, que corre para salvar su vida. Pero es también un animal hermoso, delicado, que representa la inocencia y la vulnerabilidad. "Aurora" sugiere el amanecer, el momento en que la noche da paso al día, en que la oscuridad se retira y la luz comienza a brillar. Así es este salmo: comienza con la persecución y el dolor, pero termina con la luz de la mañana que rompe sobre el horizonte . Es el camino del sufrimiento a la gloria, del abandono a la alabanza. Y ese camino, que David recorrió en el espíritu y que Jesús recorrió en la carne, es también el camino que todos los que creen están llamados a recorrer, aunque sea en pequeña medida. Porque no hay resurrección sin muerte, no hay gloria sin sufrimiento, no hay mañana sin noche.
El comentarista James Montgomery Boice, en su exposición de este salmo, dice: "Es una descripción de una ejecución, particularmente una crucifixión. La crucifixión no se practicaba en la época de David ni durante muchos siglos después. Así que esta no es una descripción de un sufrimiento soportado por alguna persona antigua, sino una imagen profética del sufrimiento que Jesús soportaría cuando murió para pagar la pena de nuestros pecados. En otras palabras, es profético y enteramente mesiánico" . Esa es la clave para entender este salmo: no es solo el lamento de un hombre angustiado, sino la profecía de un Salvador que cargaría con el peso del pecado del mundo. El apóstol Pedro lo expresó con claridad cuando dijo que el Espíritu de Cristo que estaba en los profetas "anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían después" (1 Pedro 1:11). El Salmo 22 nos muestra ambos: los sufrimientos y las glorias. La primera parte, del versículo 1 al 21, es el retrato del sufrimiento. La segunda, del versículo 22 al 31, es el retrato de la gloria. Y la transición entre una y otra es la resurrección .
¿Qué significa que este salmo es mesiánico? Significa que, aunque David fue el instrumento humano que lo escribió, el Espíritu Santo lo guió para decir mucho más de lo que él mismo podía comprender. David habló de sus propias experiencias de dolor y persecución, pero esas experiencias eran solo la sombra de algo mucho más grande que vendría. Así como un profeta puede hablar de un rey terrenal y al mismo tiempo del Rey celestial, David habló de sus propias aflicciones y al mismo tiempo de las aflicciones del Mesías. El autor de la carta a los Hebreos cita el versículo 22 como palabras de Jesús (Hebreos 2:11-12). Y Jesús mismo, desde la cruz, citó el primer versículo del salmo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46). Con esa cita, Jesús estaba diciendo: "Lean este salmo. Allí encontrarán la explicación de lo que está sucediendo". No era un grito de desesperación, sino una señal, una clave para entender el misterio de la cruz. El salmo comienza con el grito de abandono más profundo que se haya pronunciado jamás, y termina con la alabanza más amplia que se pueda imaginar. Y entre el grito y la alabanza está la cruz, y detrás de la cruz está la resurrección.
En este ensayo, vamos a recorrer el Salmo 22 siguiendo su propia estructura. Primero, el sufrimiento profundo del Mesías, que se concentra en el versículo 1 y que nos muestra el costo de nuestra redención. Segundo, los detalles proféticos de su muerte, que se despliegan en los versículos 16 al 18 y que nos muestran la precisión de la Palabra de Dios. Y tercero, la victoria y la alabanza universal que brotan del versículo 22 en adelante, que nos muestran el fruto de su sacrificio. Cada una de estas secciones nos invita a contemplar, a maravillarnos, a adorar. Porque el Salmo 22 no es solo un texto para estudiar, sino un espejo para mirar el rostro de Cristo, y al mirarlo, descubrir que su sufrimiento fue nuestro rescate, su abandono nuestra seguridad, su muerte nuestra vida, y su gloria nuestra esperanza.
El Salmo 22 comienza con un clamor que no se parece a ningún otro en toda la Escritura. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Es una pregunta que no busca información, sino comprensión. No es la pregunta de alguien que duda de la existencia de Dios, sino de alguien que se aferra a Dios incluso cuando todo parece indicar que Dios lo ha abandonado. El salmista repite "Dios mío" dos veces, como si estuviera abrazándose a esa verdad contra toda evidencia. Es un grito de fe en medio de la oscuridad, una confesión de que, aunque no entienda lo que está pasando, todavía cree que Dios es su Dios. El comentarista Spurgeon observa: "Nuestro Señor se aferra a su Dios con ambas manos y clama dos veces: '¡Dios mío, Dios mío!' El espíritu de adopción era fuerte en el Hijo del Hombre que sufría, y no dudaba de su interés en su Dios" .
La pregunta "¿por qué?" es la pregunta humana por excelencia. La hacemos cuando el dolor es demasiado grande para soportarlo, cuando la injusticia parece haber ganado, cuando la oscuridad se cierra sobre nosotros y no vemos ninguna salida. La hacemos en la noche de insomnio, en la sala de espera del hospital, en el momento en que recibimos la noticia que no esperábamos. La hacemos porque somos humanos, porque el dolor nos confronta con nuestros límites, porque necesitamos encontrar un sentido en medio del caos. Y Jesús, el Hijo de Dios, hizo esa misma pregunta desde la cruz. No la hizo como un pecador que se arrepiente, porque no tenía pecado. No la hizo como un rebelde que se queja, porque estaba en perfecta obediencia al Padre. La hizo como el Justo que se ha cargado con la injusticia de todos, como el Santo que se ha hecho pecado por nosotros. El comentarista Ellicott explica: "El hecho de que Jesús pronunciara desde su cruz las amargas palabras de dolor que abren este poema le ha dado y debe darle siempre un interés y una importancia especial" .
Pero ¿qué significa que Jesús fue "desamparado" por Dios? No podemos entenderlo plenamente, pero podemos acercarnos a su significado. No significa que el Padre dejó de amar al Hijo, porque el amor de la Trinidad es eterno e inmutable. No significa que el Hijo dejó de ser Dios, porque su naturaleza divina es inseparable de la del Padre. Significa que, en cuanto hombre, Jesús experimentó en su alma lo que significa estar separado de la fuente de toda vida y consuelo. Cargó con el peso del pecado del mundo, y el pecado separa de Dios (Isaías 59:2). En el momento en que "Dios hizo pecado a aquel que no conoció pecado" (2 Corintios 5:21), Jesús experimentó la oscuridad total, el silencio de Dios, la ausencia de toda luz. El comentarista Boice lo explica así: "Ser abandonado significa tener la luz del rostro de Dios y el sentido de su presencia eclipsados, que es lo que le sucedió a Jesús mientras llevaba la ira de Dios contra el pecado por nosotros" . No fue un abandono real en el sentido de que el Padre dejara de ser el Padre, sino una experiencia real de la ausencia del consuelo divino mientras el Hijo cargaba con el pecado del mundo.
El versículo 2 continúa: "Dios mío, clamo de día, pero no respondes; y de noche, y no hay silencio para mí". Es una imagen de oración incesante, de súplica que no cesa, de clamor que parece no encontrar respuesta. Jesús oró durante toda su vida, y oró en la cruz. Pero en ese momento, la oración parecía chocar contra un muro de silencio. El comentarista Ellicott traduce: "Dios mío, clamo de día, y tú respondes; de noche, y no encuentro reposo" . Esa es la experiencia del desierto espiritual, cuando la oración parece no llegar a ninguna parte, cuando el cielo parece de bronce y la tierra de hierro. Y sin embargo, Jesús no dejó de orar. Siguió clamando, siguió buscando, siguió aferrándose a la fe. Eso es lo que hace que su grito sea tan poderoso: no es un grito de rendición, sino de perseverancia. No es el final de la fe, sino su prueba más profunda.
El versículo 3 da un giro inesperado: "Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel". A pesar de todo, el salmista no acusa a Dios. No dice "tú eres injusto" o "tú eres cruel". Reconoce la santidad de Dios, su perfección moral, su derecho a hacer lo que hace. La santidad de Dios es la razón por la que el pecado debe ser castigado, y la razón por la que Jesús, cargando con el pecado, tuvo que experimentar el abandono. El comentarista Ellicott señala que la frase "habitas entre las alabanzas de Israel" es una expresión más espiritual que "habitas entre los querubines" . Las alabanzas del pueblo de Dios son el trono de Dios, el lugar donde su presencia se manifiesta. Y Jesús, en el momento de su mayor sufrimiento, reconoce que Dios sigue siendo digno de alabanza, incluso cuando no puede sentir su presencia. Esa es la fe que trasciende las emociones, la fe que se aferra a la verdad de Dios aunque las circunstancias parezcan contradecirla.
Los versículos 4 y 5 añaden otro elemento: "En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; en ti confiaron, y no fueron avergonzados". El salmista recuerda la historia de la salvación, cómo Dios respondió a la fe de los patriarcas, cómo los libró de sus enemigos, cómo nunca los defraudó. Eso debería ser un consuelo, pero en este contexto es casi una acusación. "Tú libraste a nuestros padres, ¿por qué no me libras a mí?" Es la pregunta que surge cuando la experiencia personal contradice la tradición recibida. Jesús, que conocía las Escrituras mejor que nadie, sabía que Dios había librado a los justos en el pasado. Pero sabía también que él estaba llamado a un camino diferente: no a ser librado de la muerte, sino a atravesarla y vencerla. El comentarista Ellicott sugiere que el salmista podría estar identificándose con el Israel sufriente, que se pregunta por qué Dios no lo libra como libró a sus antepasados . Pero en la persona de Jesús, esta pregunta encuentra su respuesta definitiva: Dios no libra a su Hijo de la muerte para que todos los que creen en él sean librados de la muerte eterna.
El versículo 6 es uno de los más conmovedores de todo el salmo: "Pero yo soy un gusano, y no un hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo". La imagen es increíblemente humillante. Un gusano es lo más bajo de la creación, lo más despreciable, lo más vulnerable. Es pisado sin que nadie lo note, aplastado sin que nadie se detenga a pensar en él. Jesús, el Rey de reyes, el Señor de señores, se compara a sí mismo con un gusano. El comentarista Ellicott explica que esta es "una indicación de extrema degradación e impotencia" . No es solo que los hombres lo desprecien, sino que él mismo se siente como un gusano, como si hubiera perdido toda su humanidad. El profeta Isaías había profetizado que el siervo de Jehová sería "desfigurado, sin parecer humano" (Isaías 52:14). Y Jesús, en su humillación, se hizo a sí mismo "de nada reputado" (Filipenses 2:7). No fue solo una humillación externa, sino una experiencia interior de absoluta nulidad.
Los versículos 7 y 8 describen la burla de los que lo rodean: "Todos los que me ven me escarnecen; estiran los labios, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; que él lo libre; que lo rescate, ya que en él se complacía". El comentarista Ellicott observa que el verbo "escarnecer" es el mismo que usa Lucas en su descripción de la crucifixión (Lucas 23:35) . Los enemigos de Jesús repitieron estas palabras en la cruz, burlándose de su fe: "A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse. Si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él" (Mateo 27:42). Es la burla más cruel que se pueda imaginar: usar la fe de alguien para herirlo, convertir su confianza en Dios en un motivo de escarnio. "Se encomendó a Jehová, que lo libre". Es decir: "Dios no lo ha librado, así que su fe es falsa". Pero la fe de Jesús no era falsa, y Dios lo libró, aunque no de la manera que sus enemigos esperaban. Dios no lo libró de la cruz, sino a través de la cruz. Y esa es la victoria que ningún burlador puede comprender.
Los versículos 9 y 10 ofrecen un rayo de luz en medio de la oscuridad: "Pero tú me sacaste del vientre; me hiciste confiar desde que estaba en los pechos de mi madre. Sobre ti fui arrojado desde la matriz; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios". El salmista recuerda que Dios ha estado con él desde el principio, desde el momento de su nacimiento, desde la infancia más tierna. Esa experiencia de cuidado temprano es la base de su confianza presente. Jesús, que fue concebido por el Espíritu Santo, que fue protegido en su infancia de la furia de Herodes, que creció en la gracia de Dios, podía decir con toda verdad: "Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios". El comentarista Ellicott traduce: "Tú me hiciste reposar sobre el pecho de mi madre" . Es una imagen de confianza y seguridad, de la confianza que un bebé tiene en el pecho de su madre. Jesús llevó esa confianza hasta la cruz, y aunque en el momento del sufrimiento parecía que Dios lo había abandonado, su confianza en el cuidado divino no se quebró. No fue una fe ingenua, sino una fe probada en el fuego del sufrimiento.
El versículo 11 es la conclusión de esta sección y la transición a la siguiente: "No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; porque no hay quien ayude". Es una oración simple y directa, la oración de alguien que sabe que solo Dios puede ayudarlo. Jesús oró así en el huerto de Getsemaní, oró así en la cruz, oró así en los momentos más oscuros de su vida. Y Dios lo escuchó, no quitando el sufrimiento, sino dándole la fuerza para atravesarlo. El comentarista Ellicott señala que este es el grito de alguien que ha llegado al límite de sus fuerzas y que solo la presencia de Dios puede sostenerlo . Esa es la lección para nosotros: en nuestros momentos de mayor angustia, cuando no hay quien ayude, Dios está cerca, aunque no lo sintamos. Y su presencia es suficiente.
La segunda sección del salmo, del versículo 12 al 21, describe con una precisión asombrosa los sufrimientos físicos del salmista, que encuentran su cumplimiento más pleno en la crucifixión de Jesús. El versículo 12 dice: "Muchos toros me han rodeado; fuertes toros de Basán me han cercado". Basán era una región al este del Jordán, famosa por sus pastos y su ganado robusto. Los toros de Basán eran símbolo de fuerza bruta, de poderío indomable. Los enemigos de Jesús, los sacerdotes, los fariseos, los líderes religiosos y políticos, eran como esos toros, llenos de orgullo y violencia, dispuestos a aplastar a cualquiera que se interpusiera en su camino. El comentarista Ellicott señala que la comparación está en la "insolencia del orgullo mimado" . No es solo fuerza física, sino una actitud de desprecio y arrogancia. Jesús fue rodeado por esa turba enfurecida, por esa multitud que clamaba por su muerte, por esos líderes que veían en él una amenaza para su poder.
El versículo 13 continúa: "Abrieron contra mí su boca como león rapaz y rugiente". La imagen cambia de toros a leones, de fuerza bruta a ferocidad depredadora. El león es el rey de las bestias, el que devora a su presa con crueldad. Los enemigos de Jesús no solo lo odiaban, sino que se deleitaban en su sufrimiento. No solo querían matarlo, sino humillarlo, desgarrarlo, destruir su dignidad. El comentarista Ellicott traduce "rapaz" como "desgarrando" . Es una imagen de violencia extrema, de una turba que se ensaña con su víctima. Jesús fue golpeado, escupido, azotado, coronado de espinas, crucificado. Y mientras tanto, sus enemigos abrían la boca para burlarse de él, para increparlo, para hacerle sentir su desprecio. Eso es lo que el pecado hace: desgarra, destruye, devora. Y Jesús lo soportó todo para desarmar el poder del pecado.
El versículo 14 describe el efecto de ese sufrimiento en el cuerpo del salmista: "He sido derramado como agua, y todos mis huesos se han descoyuntado; mi corazón es como cera, que se derrite dentro de mis entrañas". Es una imagen de disolución total, de desintegración física y emocional. El agua derramada no se puede recoger; los huesos descoyuntados no pueden sostener el cuerpo; el corazón derretido no puede bombear vida. Jesús, en la cruz, experimentó todo eso. Su cuerpo fue estirado y desgarrado, sus huesos salieron de su lugar, su corazón se rompió. El comentarista Ellicott sugiere que la frase "todos mis huesos se han descoyuntado" podría referirse a la emaciación, a la pérdida de tejido que hace que los huesos sean visibles . Esa es la realidad de la crucifixión: un cuerpo que se deshace lentamente, que se consume en el dolor, que se derrite como cera al fuego.
El versículo 15 añade: "Mi fuerza se ha secado como un tiesto, y mi lengua se ha pegado a mi paladar; y me has puesto en el polvo de la muerte". La deshidratación es uno de los sufrimientos más terribles de la crucifixión. El cuerpo pierde líquidos, la boca se seca, la lengua se pega al paladar. Jesús dijo: "Tengo sed" (Juan 19:28), cumpliendo así esta profecía. El comentarista Ellicott sugiere una corrección: "mi paladar" en lugar de "mi fuerza" . Pero el sentido es el mismo: la vida se escapa, el cuerpo se consume, y la muerte se acerca. "Polvo de la muerte" es una expresión que designa la sepultura, el estado de los muertos. Jesús fue puesto en el polvo de la muerte, pero no se quedó allí. La muerte no pudo retenerlo.
El versículo 16 es quizás el más asombroso de todo el salmo: "Porque perros me han rodeado; me ha cercado una cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies". Los perros, en el Antiguo Testamento, eran animales impuros, despreciables, que devoraban carroña. Los enemigos de Jesús, especialmente los soldados romanos, eran como perros, despiadados y crueles. Pero la parte más impactante del versículo es "horadaron mis manos y mis pies". David escribió estas palabras unos mil años antes de que los romanos introdujeran la crucifixión como método de ejecución. No podía haberlas conocido por experiencia personal. Solo el Espíritu Santo pudo haberle revelado este detalle tan específico. El comentarista Ellicott dedica varias líneas a discutir la lectura de este versículo, porque el texto hebreo es problemático. Algunos manuscritos leen "como un león" en lugar de "horadaron". Pero la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento hecha siglos antes de Cristo, traduce "horadaron" . Y esa lectura es confirmada por el Nuevo Testamento, que cita este versículo como cumplido en la crucifixión (Juan 19:24). La precisión de la profecía es asombrosa: las manos y los pies de Jesús fueron perforados por los clavos de la cruz.
El versículo 17: "Puedo contar todos mis huesos; ellos me miran y me contemplan". La crucifixión deja el cuerpo expuesto, desnudo, vulnerable. Los huesos sobresalen, la piel se estira, el cuerpo se convierte en un espectáculo público. Jesús fue mirado y contemplado por una multitud que se deleitaba en su sufrimiento. El comentarista Ellicott señala que esta es una imagen de emaciación extrema . Pero también es una imagen de exposición total: nada queda oculto, todo está a la vista. Jesús fue despojado de su dignidad, de su intimidad, de todo lo que lo protegía. Y lo hizo para que nosotros pudiéramos ser cubiertos con su justicia.
El versículo 18: "Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes". Este es otro detalle que se cumplió literalmente en la crucifixión. Los soldados romanos se repartieron las vestiduras de Jesús y echaron suertes sobre su túnica sin costura (Juan 19:23-24). El comentarista señala que la especificidad de la profecía, con dos acciones secuenciales (dividir las vestiduras y echar suertes sobre una sola prenda), va más allá de lo que podría esperarse de un lamento genérico . Es una predicción que apunta a un método de ejecución (la crucifixión romana) y a una práctica militar (el botín de los soldados) que no existían en la época de David. Su cumplimiento es una prueba de la inspiración divina de la Escritura y de la identidad mesiánica de Jesús.
El versículo 18 tiene profundas implicaciones teológicas. En primer lugar, confirma la identidad mesiánica de Jesús. Jesús mismo, al citar el versículo 1 desde la cruz, estaba señalando todo el salmo como una profecía de su sufrimiento y su victoria. El versículo 18 completa esa imagen, mostrando que incluso los detalles más insignificantes de su muerte estaban bajo el control soberano de Dios . En segundo lugar, subraya la doctrina de la expiación sustitutiva. Al combinar el Salmo 22 con Isaías 53, vemos que el Mesías inocente muere llevando el pecado de otros, y que Dios supervisa cada detalle de su muerte, incluso los dados de los soldados . En tercer lugar, demuestra la soberanía divina sobre la historia. La suerte, que parece un juego del azar, está en las manos de Dios (Proverbios 16:33). Incluso el acto aparentemente más aleatorio está bajo su control providencial . Para el cristiano, la profecía de la división de las vestiduras autentica la Escritura como Palabra inspirada de Dios (2 Timoteo 3:16), que se preserva a través de los siglos .
A partir del versículo 22, el salmo da un giro radical. La oscuridad se disipa, el clamor se convierte en alabanza, la desesperación en esperanza. Es el amanecer después de la noche, la resurrección después de la muerte. El versículo 22 declara: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré". Este versículo es citado por el autor de Hebreos (Hebreos 2:11-12) y aplicado a Jesús resucitado. Después de su resurrección, Jesús no se avergonzó de llamar "hermanos" a sus discípulos (Juan 20:17). La primera palabra del Señor resucitado fue: "Ve y di a mis hermanos". La muerte no destruyó su relación con ellos, sino que la transformó en una relación de familia eterna. El comentarista señala que la palabra hebrea para "congregación" se convierte en la palabra griega *ekklēsia*, que designa a la iglesia . Jesús, el Resucitado, está en medio de su iglesia, alabando al Padre y guiando la alabanza de su pueblo. No es un espectador distante, sino el líder de la adoración. "En medio de la congregación te alabaré" significa que Jesús mismo toma parte en nuestra alabanza, que ofrece nuestras oraciones y canciones al Padre. Spurgeon lo expresó con belleza: "Cristo no se avergüenza de llamarnos hermanos. ¿Y nosotros nos avergonzamos de llamarlo Señor?".
El versículo 23 es una invitación a unirse a esa alabanza: "Los que teméis a Jehová, alabadle; glorificadle, descendencia toda de Jacob; temedle, vosotros, descendencia toda de Israel". Es un llamado a todo el pueblo de Dios, a todos los que reconocen su soberanía y su gracia, a unirse al cántico de victoria. La alabanza no es un acto individual, sino comunitario. No es un sentimiento privado, sino una declaración pública. Jesús, el Resucitado, invita a todos los que temen a Dios a glorificarlo, a reconocer su poder y su amor. La resurrección no es un secreto que debe guardarse, sino una noticia que debe proclamarse. Y el primer lugar donde debe proclamarse es en la congregación de los creyentes.
El versículo 24 da la razón de esa alabanza: "Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó". El Padre no despreció el sufrimiento del Hijo. No le dio la espalda. Lo escuchó. La resurrección es la prueba de que el Padre aceptó el sacrificio del Hijo, de que el grito de abandono no fue la última palabra, de que la muerte fue vencida. El comentarista de la *Pulpit* señala que esta es "la razón por la cual Jesús puede llamar a los suyos hermanos: porque el Padre no se avergonzó de él en su aflicción" . La alabanza cristiana no es un acto de optimismo ingenuo, sino una respuesta a la fidelidad de Dios. Alabamos porque Dios ha demostrado su amor en la cruz y su poder en la resurrección.
El versículo 25: "De ti será mi alabanza en la gran congregación; mis votos pagaré delante de los que le temen". Jesús promete cumplir los votos que hizo en su angustia. En el Antiguo Testamento, los votos eran promesas de acción de gracias que se cumplían en el templo, con ofrendas y sacrificios. Jesús, en su sufrimiento, había prometido alabar a Dios si lo libraba. Y ahora, en la resurrección, cumple esa promesa. Su alabanza no es privada, sino pública, "en la gran congregación", delante de todos los que temen a Dios. El comentarista señala que Jesús "no se contenta con una alabanza en privado, sino que la proclama en la asamblea" .
El versículo 26: "Comerán los humildes, y serán saciados; alabarán a Jehová los que le buscan; vivirá vuestro corazón para siempre". El salmista describe un banquete, una fiesta de acción de gracias en la que los humildes, los pobres, los necesitados, son invitados a comer y a saciarse. Jesús, en su resurrección, ofrece un banquete espiritual a todos los que acuden a él: el pan de vida, el agua viva, la plenitud del Espíritu. Los que buscan a Dios lo encuentran, y al encontrarlo, alaban. Y su corazón vive para siempre, porque el que come del pan de vida no muere. El comentarista señala que la palabra "humildes" se refiere a los que son pobres en espíritu, los que reconocen su necesidad de Dios . Esa es la condición para participar del banquete: no el orgullo, sino la humildad; no la autosuficiencia, sino la dependencia.
Los versículos 27 y 28 amplían el horizonte: "Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra; y delante de ti se postrarán todas las familias de las naciones. Porque de Jehová es el reino, y él dominará sobre las naciones". La alabanza no se limita a Israel, sino que se extiende a todas las naciones, a todos los confines de la tierra. La victoria de Cristo es universal. Su reino no tiene fronteras. Todas las familias de las naciones se postrarán ante él, porque él es el Rey de reyes y Señor de señores. El comentarista señala que esta es una de las profecías más claras de la expansión del evangelio a los gentiles . Jesús murió no solo por los judíos, sino por todo el mundo. Su resurrección es la garantía de que todas las naciones serán bendecidas en él.
El versículo 29: "Todos los poderosos de la tierra comerán y adorarán; delante de él se postrarán todos los que descienden al polvo, y ninguno podrá mantener su propia vida". La invitación al banquete se extiende a todos, ricos y pobres, poderosos y humildes, vivos y muertos. Los que descienden al polvo son los mortales, los que están destinados a morir. Todos, sin excepción, se postrarán ante el Señor. El comentarista señala que "ninguno puede mantener su propia vida" es un reconocimiento de la dependencia total del hombre respecto de Dios . No importa cuán poderoso o rico sea, al final, todos estamos en las manos de Dios. Y ante él, todos debemos postrarnos.
Los versículos 30 y 31 cierran el salmo con una nota de esperanza para el futuro: "La posteridad le servirá; será contada como una generación de Jehová. Vendrán, y anunciarán su justicia a un pueblo que nacerá, que él ha hecho esto". La alabanza no termina con esta generación, sino que continúa de generación en generación. Los hijos y los nietos, los que aún no han nacido, también escucharán la historia de la salvación y se unirán al coro de alabanza. El versículo final, "que él ha hecho esto", es la conclusión de todo el salmo. El comentarista señala que es la misma palabra que Jesús pronunció en la cruz: "Consumado es" (Juan 19:30) . Todo lo que el salmo ha descrito, el sufrimiento y la victoria, el abandono y la alabanza, ha sido obra de Dios. No es un accidente de la historia, sino el cumplimiento del plan eterno de redención. Y por eso, de generación en generación, el pueblo de Dios alabará su nombre.
El Salmo 22 es un viaje desde la oscuridad más profunda hasta la luz más brillante, desde el grito de abandono hasta la alabanza universal. Nos muestra que el sufrimiento de Cristo no fue un fracaso, sino el camino hacia la victoria. Nos muestra que la cruz no es el final, sino el principio. Nos muestra que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, que su fidelidad es más grande que nuestra infidelidad, que su reino se extiende a todas las naciones y a todas las generaciones. Cuando leemos este salmo, no estamos leyendo solo un poema antiguo; estamos contemplando el corazón del evangelio. Estamos viendo a Jesús en la cruz, cargando con nuestro pecado, soportando nuestro abandono, para que nosotros pudiéramos ser perdonados, adoptados, resucitados. Y estamos viendo a Jesús resucitado, en medio de su iglesia, guiando nuestra alabanza, anunciando el nombre del Padre a sus hermanos, extendiendo su reino hasta los confines de la tierra.
El Salmo 22 nos invita a hacer dos cosas: a reconocer la profundidad de nuestro pecado y la grandeza del amor de Dios. Nuestro pecado llevó a Jesús a la cruz, a experimentar el abandono que nosotros merecíamos. Pero el amor de Dios lo levantó de la muerte, y nos ofrece a nosotros la misma vida que él recibió. La pregunta que este salmo nos deja es: ¿vamos a seguir aferrados a nuestros propios recursos, a nuestras propias fuerzas, a nuestros propios ídolos? ¿O vamos a confiar en el que fue abandonado para que nosotros nunca lo fuéramos, en el que murió para que nosotros viviéramos, en el que resucitó para que nosotros también resucitáramos? La respuesta de la fe es la que el salmo mismo nos da: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré". Que esa sea también nuestra respuesta. Que nuestras vidas sean un eco de la alabanza que Jesús mismo ofrece al Padre. Que de generación en generación, hasta que él vuelva, proclamemos su justicia a un pueblo que nacerá, y digamos: "Él ha hecho esto". Amén.
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