SALMO 21 – LA VICTORIA QUE VIENE DE DIOS
Introducción
El Salmo 21 es la acción de gracias después de la victoria, mientras que el Salmo 20 era la oración antes de la batalla. Spurgeon lo llama "el cántico triunfante de David". El rey ha regresado triunfante; el pueblo se reúne no para pedir, sino para agradecer. Tres verdades: Dios responde abundantemente, Dios derrota a los enemigos, la alabanza es la respuesta apropiada.
Primer punto: Dios responde a la oración abundantemente (versículos 2 y 4)
Exégesis:
El versículo 2 declara: "Le has dado el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios". La palabra hebrea aresheth ocurre solo aquí en toda la Escritura y significa un deseo profundo, anhelo del corazón. Spurgeon observa: "Lo que está en el pozo del corazón es seguro que saldrá en el cubo de los labios". Dios no solo escucha, sino que concede. El "Selah" indica una pausa para reflexionar. El versículo 3 añade que Dios le ha salido al encuentro con bendiciones de bien, anticipándose a sus necesidades. Spurgeon dice: "Es una cosa dulce el ser precedidos por las bendiciones de la bondad de Dios".
El versículo 4 es aún más asombroso: "Vida te pidió, y se la diste; largura de días eternamente y para siempre". El rey pidió vida en la batalla; Dios le dio vida eterna. Spurgeon comenta: "Ezequías pidió una vida, y Dios le dio quince años. El da generosamente, y a su propia medida". Los comentaristas judíos aplican este versículo al Mesías. Calvino escribe: "David, sin duda, comprende al Rey Eterno". Spurgeon añade: "Napoleón se coronó a sí mismo, pero Jehová coronó al Señor Jesús; el imperio del uno se derritió en una hora, pero el Otro tiene un dominio permanente".
Versículo base: Salmo 21:4 – "Vida te pidió, y se la diste; largura de días eternamente y para siempre."
Texto de apoyo: Salmo 37:4 – "Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Examina tu vida y reconoce las respuestas de Dios. Lleva un registro de oraciones respondidas; te ayudará a ver el patrón de fidelidad de Dios.
2. Alaba a Dios por las bendiciones que se te adelantaron, especialmente la salvación en Cristo. Spurgeon dice: "Si pedimos un beneficio y lo recibimos, antes de que se ponga el sol hemos de alabar a Dios".
3. Confía en que Dios sale a tu encuentro. No siempre tienes que perseguir las bendiciones; a veces Dios las trae a ti.
Cita célebre: "Dios nos da a menudo lo que pedimos, pero también nos da a menudo algo mejor: él mismo." – Basado en C.S. Lewis
Segundo punto: Dios derrota a los enemigos de su ungido (versículos 11 y 12)
Exégesis:
El versículo 11 declara: "Porque han extendido mal contra ti; han trazado maquinaciones, mas no podrán prevalecer". La imagen es de cazadores que tienden redes. Los enemigos han planeado, han conspirado, pero hay un límite que no pueden cruzar. Spurgeon observa: "El mal intencional tiene un virus que no se encuentra en los pecados de ignorancia". Enduring Word añade: "Muchos amenazan la desaparición de la obra de Dios, pero definitivamente no prevalecerán". El comentarista señala: "Dios toma nota de las intenciones. El que quiso, pero no pudo, es tan culpable como el que hizo".
El versículo 12 añade: "Por tanto, les harás volver la espalda, cuando dispares tus flechas en las cuerdas contra el rostro de ellos". Dios enfrenta al enemigo cara a cara. Spurgeon cita a Horne: "Los juicios de Dios son llamados sus saetas, al ser filosos, suaves, seguros y mortíferos". Spurgeon añade: "Esto nos recuerda cuán cerca está realmente el juicio de Dios contra aquellos que lo rechazan, y cómo es solo Su gran misericordia la que impide que se suelte la flecha". La frase "volver la espalda" es la postura del que huye. El mal no puede ganar; huye del rostro de Dios.
Versículo base: Salmo 21:11 – "Porque han extendido mal contra ti; han trazado maquinaciones, mas no podrán prevalecer."
Texto de apoyo: Salmo 2:1-4 – "¿Por qué se amotinan las gentes...? El que mora en los cielos se reirá."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. No temas a los planes del enemigo. Pueden ser astutos, pero no pueden prevalecer contra Dios. Spurgeon dice: "La falta de poder es lo que, como el fango, detiene el pie de los que odian al Señor Jesús".
2. Cuando sientas que el mal te rodea, recuerda que Dios tiene flechas en su arco. Es solo Su gran misericordia la que impide que se suelte la flecha del juicio.
3. No tomes la venganza en tus propias manos. Confía en que Dios juzgará justamente; tu parte es orar y esperar.
Cita célebre: "El que está sentado en los cielos se ríe; el Señor se burlará de ellos." – Salmo 2:4
Tercer punto: La respuesta apropiada es la alabanza (versículo 13)
Exégesis:
El versículo 13 declara: "Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; cantaremos y alabaremos tu poderío". El salmista no pide a Dios que tome prestada fuerza de ninguna parte. Su fuerza le pertenece; es intrínseca a su naturaleza. Enduring Word observa: "David exaltó al Señor que tenía esta gran fuerza dentro de sí mismo, y nunca necesitó depender de otro". Spurgeon cita a Clarke: "Engrandécete, oh Jehová – tus criaturas no te pueden exaltar". Matthew Henry dice: "Exáltate a ti mismo, oh Señor; tus criaturas no pueden exaltarte".
Luego viene la respuesta humana en plural: "cantaremos y alabaremos". No es un individuo solitario; es una comunidad que levanta la voz junta. Spurgeon añade: "El final del salmo está lleno de alabanza a Dios por las bendiciones de la victoria, la liberación y la respuesta a la oración. Esta actitud debe estar siempre entre el pueblo de Dios".
Versículo base: Salmo 21:13 – "Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; cantaremos y alabaremos tu poderío."
Texto de apoyo: Apocalipsis 5:12 – "El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza..."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Comienza cada día reconociendo la fuerza de Dios. Declara en voz alta: "Señor, tú eres fuerte; yo soy débil; en ti soy más que vencedor".
2. Canta, aunque no tengas buena voz. La alabanza es un acto de guerra espiritual. San Agustín dijo: "El que canta ora dos veces".
3. Involucra a otros en tu alabanza. El salmista dice "cantaremos", no "cantaré". La alabanza comunitaria tiene un poder especial.
Cita célebre: "Cantad a Dios, salmos a su nombre; exaltad al que cabalga sobre los cielos. Jehová es su nombre; alegraos delante de él." – Salmo 68:4
Conclusión
El Salmo 21 nos enseña que la victoria viene de Dios, no de nosotros. Tres lecciones: primera, acción de gracias por la oración respondida. Dios se nos adelanta y nos da más de lo que pedimos. Segunda, confianza en que Dios derrotará a nuestros enemigos. Los planes del mal no pueden prevalecer. Tercera, alabanza al Dios poderoso. No podemos exaltarnos a nosotros mismos, pero podemos exaltarle a él. Cualquiera que sea tu batalla hoy, la promesa es para ti. Dios escucha. Dios responde. Dios derrota. Dios merece toda la alabanza.
VERSIÓN LARGA
Salmo 21: La victoria que viene de Dios
Hay un momento en la vida de todo hombre, de toda mujer, de toda comunidad que ha aprendido a poner la rodilla en tierra y a levantar los ojos al cielo, que es más dulce que cualquier otro. No es el momento de la angustia, cuando el corazón se aprieta como una cuerda a punto de romperse, cuando la garganta se seca y las manos tiemblan sobre la empuñadura de la espada, cuando el sudor frío recorre la frente y el aliento se corta en el pecho. Ese momento tiene su propia gravedad, su propia solemnidad, su propio lugar en la economía misteriosa de Dios. Es el momento del Salmo 20, cuando el pueblo se reúne en el santuario y el humo del holocausto sube hacia el cielo y las voces se juntan en una sola oración: "Jehová te oiga en el día de angustia". Ese momento es sagrado, es necesario, es el preludio de todo lo que viene después. Pero hay otro momento, uno que llega más tarde, cuando el peligro ha pasado y las heridas han comenzado a cicatrizar y el enemigo que parecía invencible yace derrotado en el polvo, no porque nuestra mano haya sido fuerte, sino porque la mano de Dios se extendió desde el cielo y nos tocó con su poder. Ese momento es el de la acción de gracias. Es el momento en que el pueblo de Dios, que había clamado desde lo profundo del abismo, ahora levanta sus voces no para pedir, sino para agradecer. No para suplicar, sino para alabar. No para extender las manos vacías y necesitadas, sino para alzar los brazos en señal de triunfo y para abrir los labios en un cántico nuevo. Ese momento es el del Salmo 21. Como dos caras de una misma moneda, como dos movimientos de una misma sinfonía, como la marea que baja y la marea que sube, estos dos salmos nos muestran el ciclo completo de la vida de fe: primero clamamos, luego celebramos; primero pedimos, luego agradecemos; primero nos arrodillamos en la angustia, luego nos levantamos en la alabanza; primero extendemos las manos vacías, luego las alzamos llenas de gratitud. No hay un solo movimiento sin el otro. No hay oración sin respuesta, aunque a veces la respuesta tarde en llegar. No hay angustia sin alivio, aunque a veces el alivio venga después de muchas noches de insomnio. No hay batalla sin victoria, aunque a veces la victoria no se parezca a lo que imaginábamos.
El gran predicador Charles Spurgeon, ese hombre que parecía tener un oído especial para escuchar la música escondida en las palabras de la Escritura, llamó a este salmo "el cántico triunfante de David". No es un cántico de guerra, cantado antes de que las espadas se crucen y la sangre comience a correr. Es un cántico de victoria, cantado después de que el enemigo ha sido derrotado y el campo de batalla se ha quedado en silencio, después de que el polvo se ha asentado y los heridos han sido atendidos y los muertos han sido llorados. Es la canción que sale del corazón de un hombre que ha visto la mano de Dios obrar de manera poderosa, que ha experimentado la liberación cuando todo parecía perdido, que ha comprobado que la oración no es un susurro perdido en el vacío, no es un eco que se desvanece sin encontrar a nadie que lo escuche, sino un diálogo real con el Dios vivo que responde, que actúa, que salva, que se mueve en la historia no como un espectador distante sino como el protagonista principal de todo lo que sucede. Y este cántico, aunque fue compuesto por David para celebrar alguna victoria específica que los registros históricos ya no nos permiten identificar con certeza, trasciende su contexto original y se convierte en una profecía del triunfo final de aquel que es el Hijo de David, el Ungido por excelencia, el Rey que no conoce derrota. Los antiguos comentaristas judíos lo vieron así. El Targum, esa antigua paráfrasis aramea de la Escritura que conserva tradiciones interpretativas de siglos, traduce abiertamente "rey mesías". Y el gran Rashi, el comentarista medieval cuya autoridad es inmensa en la tradición judía, admite con honestidad que sus antepasados interpretaban este salmo del Mesías, aunque por razones polémicas con los cristianos prefirió aplicarlo a David. Pero la fuerza del texto es irresistible, como un río que no puede ser contenido. ¿Qué rey humano, después de todo, puede decir que ha recibido "largura de días para siempre y para siempre"? Solo aquel que murió y resucitó, aquel que vive para siempre, aquel que tiene las llaves de la muerte y del Hades, aquel que dijo: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá".
La estructura del salmo nos muestra tres verdades fundamentales, tres pilares sobre los que se sostiene la vida de fe, tres lecciones que todo creyente debe grabar en su corazón no con tinta, sino con fuego, porque la memoria es frágil y el corazón es olvidadizo. La primera es que Dios responde a la oración de manera abundante, no solo dando lo que pedimos sino adelantándose a nuestras peticiones y colmándonos de bendiciones que nunca nos atrevimos a imaginar, bendiciones que nos llegan como un torrente desbordado antes de que abramos la boca para pedir. La segunda es que Dios derrota a los enemigos que se levantan contra su ungido, no porque su pueblo sea poderoso o merecedor de sus favores, sino porque él es fiel y su justicia no puede ser burlada para siempre, porque el mal tiene los días contados y la victoria final no es una posibilidad sino una certeza. La tercera es que la única respuesta apropiada ante una victoria tan deslumbrante no es el orgullo que se hincha y se admira a sí mismo, no es la autosuficiencia que cree habérselas arreglado sola, sino la alabanza humilde y gozosa del Dios cuya fuerza se perfecciona en nuestra debilidad, del Dios que toma lo que es nada y hace de ello un instrumento de su gloria. El rey se regocija en el poder de Jehová, no en su propio poder. El pueblo canta las hazañas de Dios, no las suyas propias. Y esa lección, que parece tan sencilla en la teoría, es quizás la más difícil de aprender en la práctica. Porque tendemos a olvidar. Porque inclinamos a atribuirnos el mérito. Porque fácilmente nos convencemos de que nuestra estrategia fue brillante, que nuestra valentía fue admirable, que nuestra perseverancia fue digna de elogio, que nuestra fe fue la clave de todo. Y así, sin darnos cuenta, sin mala intención, desplazamos la gloria de Dios y la colocamos sobre nuestros propios hombros, que son demasiado débiles para soportar su peso, y terminamos tambaleándonos bajo una carga que no nos corresponde. No hay victoria que no venga de Dios. No hay triunfo que no sea su regalo. No hay enemigo derrotado que no haya caído por su mano. Y por eso, toda la gloria debe ser para él, desde el principio hasta el fin, desde la primera petición hasta la última alabanza.
El salmo comienza con una explosión de gozo que atraviesa los siglos como un rayo de luz y llega hasta nosotros con la misma fuerza viva que tenía cuando los levitas la cantaban en el templo de Jerusalén, cuando las arpas vibraban y los címbalos resonaban y las voces se elevaban en armonía hacia el cielo abierto. "Se alegrará el rey en tu poder, oh Jehová; y en tu salvación ¿cómo se gozará mucho?" No es una alegría cualquiera, no es la felicidad superficial que se desvanece como el rocío de la mañana cuando el sol calienta, no es el entusiasmo momentáneo que se enciende con las circunstancias favorables y se apaga cuando cambia el viento. El texto hebreo usa una expresión enfática que los traductores apenas pueden capturar con palabras humanas: "cómo se gozará mucho". El salmista no encuentra una palabra que baste, así que usa dos. No encuentra una comparación que sea adecuada, así que deja la frase abierta, como si dijera: "esto es tan grande que no puedo describirlo, tan inmenso que no cabe en mis labios, tan abrumador que solo el silencio y el asombro pueden acercarse a su grandeza". Spurgeon, en su comentario, dice que "nuestro gozo debería tener algún tipo de inexpresabilidad". No puede ser contenido en fórmulas. No puede ser reducido a una lista de razones ordenadas y numeradas. No puede ser explicado, solo vivido. Es un gozo que nace del encuentro con el Dios vivo, y ese encuentro siempre desborda nuestras categorías, siempre rompe nuestros esquemas, siempre nos sorprende con una riqueza que no esperábamos.
Y nótese bien: el rey no se regocija en su propia fuerza. No dice "me alegraré en mi espada" o "me gozaré en mi estrategia militar" o "cantaré porque fui más valiente que mis enemigos". Se regocija en el poder de Jehová. La fuente de su alegría no es lo que él ha hecho, sino lo que Dios ha hecho por él. El comentarista de la Pulpit, esa colección monumental de exégesis del siglo diecinueve, observa que "el futuro se usa para dar la idea de continuidad: el rey se regocija y continuará regocijándose". No es un momento fugaz, no es una emoción pasajera, no es un sentimiento que se desvanece cuando la adrenalina baja y la realidad cotidiana vuelve a imponerse. Es un estado permanente del corazón, una disposición constante del alma, una orientación fundamental de la vida. El que ha probado la salvación de Dios no puede dejar de regocijarse, como el que ha probado el agua viva no puede dejar de tener sed de más. Y si a veces el gozo parece disminuir, si a veces la alegría se esconde como el sol detrás de las nubes, no es porque la fuente se haya agotado, no es porque Dios haya dejado de ser bueno, sino porque nosotros nos hemos alejado de la fuente, porque hemos permitido que el ruido del mundo acallara la melodía, porque hemos dejado que las preocupaciones y los miedos y las decepciones cubrieran como maleza la semilla del gozo. El gozo del Señor no depende de las circunstancias; depende de la presencia de Cristo en nosotros, y esa presencia es constante aunque nuestra percepción de ella fluctúe como las olas del mar.
El versículo dos es uno de los más bellos de todo el salterio, uno de esos versos que merecen ser memorizados, repetidos, cantados, atesorados en lo más profundo del corazón. "Le has dado el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios." El salmista usa aquí una palabra hebrea que ocurre solamente una sola vez en toda la Escritura, una palabra única, una palabra que parece haber sido acuñada para esta ocasión porque ninguna otra palabra existente podía expresar lo que el salmista quería decir. Esa palabra es *aresheth*, y proviene de una raíz que significa "estar en necesidad" o "desear ardientemente". No es un deseo superficial, no es un capricho que pasa como una ráfaga de viento que sopla y se va, no es una fantasía que se disipa cuando la realidad se impone con su peso frío. Es el anhelo profundo del corazón, lo que el rey ha buscado con toda su alma, lo que ha ocupado sus noches de insomnio y sus días de lucha, lo que ha sido la estrella polar que guía sus pasos a través de la oscuridad. No cualquier deseo, sino el deseo. No cualquier petición, sino la petición que nace de lo más íntimo del ser. Y Dios no solo ha escuchado, no solo ha considerado, no solo ha evaluado y encontrado digno. Dios ha concedido. El comentarista observa con precisión que "la negación es enfática: 'la petición de sus labios no la has retenido de ninguna manera'". No hay duda, no hay ambigüedad, no hay "tal vez" ni "quizás" ni "depende" ni "más tarde". Dios ha respondido. Y ha respondido de manera afirmativa, con un sí rotundo que resuena en los cielos y se escucha en la tierra. No porque el rey lo mereciera, no porque sus méritos fueran tantos que Dios no pudo negarse, sino porque el rey confiaba en él y su corazón estaba alineado con la voluntad divina, porque el deseo de su corazón no era un capricho egoísta sino un anhelo que Dios mismo había puesto allí.
Spurgeon, con esa agudeza que lo convirtió en el príncipe de los predicadores, dice: "Lo que está en el pozo del corazón es seguro que saldrá en el cubo de los labios, y esas son las únicas oraciones verdaderas donde el deseo del corazón es primero y la petición de los labios sigue después". No se trata de palabras huecas que se repiten porque sí, no se trata de formularios que se llenan porque es domingo y hay que cumplir, no se trata de oraciones leídas de un libro mientras la mente está en otro lugar. Se trata de que el corazón hable, y que la lengua sea simplemente el instrumento que da voz a lo que ya está ardiendo en lo más profundo del ser, como el volcán que no puede contener la lava que sube desde las entrañas de la tierra. Jesús mismo enseñó que no se es oído por las muchas palabras, por la repetición mecánica, por la elocuencia retórica, sino por la fe que hay en el corazón, por la confianza que se atreve a llamar a Dios "Padre", por la certeza de que el que nos pidió que oráramos también nos prometió que respondería. Y aquí vemos al rey que ha orado con sinceridad, y a Dios que ha respondido con fidelidad.
El pequeño "Selah" que aparece al final del versículo dos es como una nota al pie de página divina, un recordatorio de que la prisa no es amiga de la gratitud. Los eruditos no están completamente seguros de qué significa esta palabra que aparece setenta y una veces en el salterio. Algunos creen que es una instrucción musical, quizás para que los instrumentos callaran o para que las voces se elevaran. Otros piensan que indica un momento de reflexión, una pausa para meditar, un espacio de silencio en medio del canto. Pero todos coinciden en algo: el Selah nos invita a detenernos. No podemos correr de un versículo al siguiente como quien pasa las páginas de un periódico en el metro. Hay que hacer una pausa. Hay que respirar. Hay que dejar que las palabras penetren, que se asienten, que hagan su trabajo en el suelo profundo del corazón. Spurgeon comenta con sabiduría pastoral que "si tuviéramos unos pocos reposos más, unos pocos Selahs más en nuestra adoración pública, podría ser provechoso". Vivimos en un mundo que no conoce el silencio, que llena cada momento con ruido, que nos empuja siempre hacia adelante sin darnos tiempo para procesar lo que ha sucedido, para digerir las bendiciones que hemos recibido, para saborear la bondad de Dios. Pero el Selah nos recuerda que la gratitud necesita tiempo. No se puede dar gracias al vuelo, mientras se corre hacia la siguiente tarea con la lista de pendientes en la mano. La alabanza requiere pausa. La reflexión requiere silencio. La adoración requiere espacio para que la semilla germine. Y tal vez por eso nuestra alabanza es tan débil, tan superficial, tan olvidable: porque no nos tomamos el tiempo para recordar, para saborear, para digerir las bendiciones que Dios nos ha dado.
El versículo tres añade una dimensión aún más maravillosa a esta respuesta de Dios, una dimensión que nos deja sin aliento si realmente la captamos. "Porque le has salido al encuentro con las bendiciones de la bondad; corona de oro fino has puesto sobre su cabeza." La frase "salido al encuentro" es la misma que se usa en el Salmo 59 para describir a Dios como el guerrero que sale al encuentro de su pueblo, y en el Salmo 68 para describir al Dios que sale al encuentro de su pueblo en el desierto. Significa anticiparse, ir delante, llegar primero. El rey no tuvo que buscar las bendiciones; las bendiciones lo encontraron a él mientras caminaba por el camino de la obediencia y la fe. Antes de que supiera que las necesitaba, Dios ya las había preparado. Antes de que abriera la boca para pedir, Dios ya estaba derramando. Antes de que llegara a la esquina, la bendición ya estaba allí esperándolo. Calvino, en su comentario, dice que esto "fija nuestra atención y ensancha nuestra alma y nos hace queridos a Dios". Es la gracia preveniente, la bondad que nos alcanza antes de que siquiera sepamos que la necesitamos, el amor que nos busca cuando nosotros ni siquiera sabemos su nombre. Y luego la corona de oro fino. No una corona cualquiera, no un adorno barato que se oxida con el tiempo y pierde su brillo, no una diadema de imitación que parece oro pero no lo es. Oro fino, purificado en el fuego, libre de toda impureza, que brilla con un resplandor que no se desvanece ni con los siglos. Y es Dios quien la pone sobre la cabeza del rey. No es el rey quien se corona a sí mismo, como hicieron tantos emperadores que tomaron el poder por la fuerza. No es el pueblo quien lo aclama y lo eleva al trono por aclamación. Es Dios quien lo exalta, y esa exaltación tiene un peso que ninguna aclamación humana puede igualar.
Spurgeon hace una observación que vale la pena citar extensamente y recordar siempre: "Napoleón se coronó a sí mismo, pero Jehová coronó al Señor Jesús; el imperio del uno se derritió en una hora, pero el Otro tiene un dominio permanente". La diferencia entre la gloria que viene de los hombres y la que viene de Dios es abismal, es infinita, es la diferencia entre la espuma que las olas arrojan a la playa y la roca que resiste el embate de las olas durante mil años. La gloria humana es como el humo que se disipa con el viento, como la flor del campo que hoy es y mañana es echada al horno. La gloria que Dios da es como la roca, como la montaña, como el cielo mismo: permanece para siempre, no se desgasta, no se corrompe, no se debilita. El rey de Israel no necesitaba tomar la corona por su cuenta; podía esperar a que Dios se la pusiera. Y esa espera, esa paciencia, esa confianza en que Dios exalta al humilde y humilla al soberbio, esa certeza de que el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido, es lo que caracteriza al verdadero creyente, al que ha aprendido a no tomar la justicia por su mano, al que sabe que su tiempo está en las manos de Dios. No buscamos nuestra propia gloria. No nos coronamos a nosotros mismos. No exigimos que el mundo nos reconozca ni que la historia nos recuerde. Esperamos a que Dios actúe, y sabemos que su tiempo es perfecto, y que cuando él actúa, lo hace de manera que nadie puede cuestionar.
El versículo cuatro es quizás el más asombroso de todo el salmo, la cima de la montaña, el punto más alto del vuelo. "Vida te pidió, y se la diste; largura de días eternamente y para siempre." El rey había estado en la batalla. Había visto la muerte de cerca, tan cerca que pudo sentir su aliento frío en la nuca. Había escuchado el silbido de las flechas cerca de su oído y el golpe de las espadas a su lado. Había pisado terreno regado con sangre y había visto caer a sus compañeros uno tras otro. En el fragor del combate, cuando el corazón late con fuerza y los sentidos se agudizan y cada segundo parece una eternidad, lo único que podía pedir era sobrevivir. "Señor, no me dejes morir aquí. Señor, protégeme de esta espada que se acerca. Señor, dame un día más, una hora más, un respiro más." Eso era lo que estaba en su corazón, eso era lo que sus labios pronunciaban en medio del ruido de la guerra. Pero Dios no solo le dio la vida que pidió, lo que ya era un milagro suficiente para llenar un salmo entero de gratitud. Dios le dio algo que nunca se atrevió a imaginar, algo que ni siquiera se le había ocurrido pedir: "longitud de días para siempre y para siempre". No solo un día más, sino una eternidad. No solo escapar de la muerte esta vez, sino recibir la vida que no termina nunca. No solo sobrevivir a esta batalla, sino vencer a la muerte misma.
Los comentaristas judíos, desde la antigüedad más remota hasta la Edad Media, aplicaron este versículo al Mesías. El Targum, que es la paráfrasis aramea de la Escritura compuesta en los primeros siglos de la era cristiana, traduce sin titubeos: "Rey Mesías". Los rabinos de la Mishná y del Talmud, que rara vez se ponían de acuerdo en algo, coincidían en que este salmo hablaba del Ungido que había de venir. El gran Rashi, ese comentarista medieval cuya autoridad es incuestionable en el judaísmo ortodoxo, admite con honestidad que "nuestros antiguos doctores interpretaron este salmo del Rey Mesías". Aunque luego, por razones polémicas, añade que "para encontrarnos con los cismáticos" (es decir, los cristianos) "es mejor entenderlo de David mismo". Pero la confesión está hecha, la evidencia está sobre la mesa. Los propios intérpretes judíos, antes de que la controversia con el cristianismo los llevara a cambiar de opinión, veían en este rey algo más que un rey humano. Veían al Ungido, al Hijo de David, al que había de venir y cuyo reino no tendría fin.
Calvino, con su agudeza teológica característica, escribe en su comentario: "El curso de la vida de David fue demasiado corto para ser comparado con esta longitud de días que se dice que consiste en muchas edades... David, por lo tanto, sin duda comprende al Rey Eterno". No podía ser de otra manera. David murió, como mueren todos los hombres. Su cuerpo está enterrado en algún lugar de Jerusalén, y sus huesos se han convertido en polvo. No puede decirse de él que recibió "largura de días eternamente y para siempre", a menos que hablemos de su descendencia, de la permanencia de su dinastía a través de los siglos, de la promesa que Dios le hizo de que su trono sería establecido para siempre. Pero incluso eso es una sombra, un tipo, un anticipo de la realidad que vendría en Jesucristo, el Hijo de David, el Rey que no conoce sucesor porque nunca muere, el que vive para siempre, el que tiene las llaves de la muerte y del Hades. Spurgeon añade: "Ezequías pidió una vida, y Dios le dio quince años. El da generosamente, y a su propia medida". Pero con Cristo, la medida es la eternidad. No quince años más, no treinta años más, no cien años más. No una vida prolongada hasta los límites de la vejez humana. Sino la vida que nunca termina, la vida que comienza en la resurrección y se extiende sin límites en la presencia de Dios, la vida que no conoce ocaso ni declive ni fin.
Este versículo nos recuerda, con una fuerza que debería sacudirnos, que nuestra esperanza no se limita a lo que podemos ver con nuestros ojos mortales. Cuando oramos por vida, Dios nos ofrece más. Cuando pedimos salud, Dios nos ofrece salvación. Cuando clamamos por un milagro temporal, por una solución a un problema inmediato, por un alivio a un dolor presente, Dios nos ofrece algo que trasciende todas nuestras urgencias y todas nuestras emergencias. Nos ofrece la vida eterna. No porque desprecie nuestras necesidades terrenales, no porque sea indiferente a nuestro sufrimiento, no porque las cosas de este mundo no le importen. Sino porque sabe que hay algo más grande que la salud, algo más profundo que la prosperidad, algo más duradero que la vida en este cuerpo mortal que de todas maneras terminará en el cementerio. Hay una vida que no termina. Hay una alegría que no se apaga. Hay una esperanza que no defrauda. Y esa vida, esa alegría, esa esperanza, tiene un nombre: Jesucristo, el Rey que pidió vida y la recibió, no para sí mismo solamente, sino para darla a todos los que en él confían. "Porque yo vivo", dijo, "vosotros también viviréis". No es una promesa para el futuro lejano solamente. Es una realidad que comienza ahora, en el presente, en medio de nuestras luchas y nuestras lágrimas y nuestras batallas. El que tiene al Hijo, tiene la vida. No la tendrá mañana. La tiene hoy. Y esa vida es eterna.
El versículo once nos lleva a un terreno diferente, más oscuro, más sombrío, pero igualmente necesario para una teología completa. "Porque han extendido mal contra ti; han trazado maquinaciones, mas no podrán prevalecer." El salmista usa la imagen de un cazador que tiende una red, que extiende sus artes para atrapar a su presa, que planea con paciencia y astucia para que su víctima no pueda escapar. Los enemigos del rey no solo lo atacan abiertamente, con espada y lanza en campo abierto. También conspiran en secreto, en las sombras, en las habitaciones cerradas donde se traman las traiciones. Tienden trampas donde uno menos las espera. Tejen planes elaborados que requieren tiempo y paciencia. "Han extendido mal" significa literalmente "han tendido mal", como quien tiende una red para atrapar un animal, como quien tiende un lazo en el camino del viajero desprevenido. Es una imagen de astucia, de premeditación, de malicia calculada, de inteligencia puesta al servicio del mal. No son pecados de ignorancia, no son ofensas cometidas por error o por debilidad momentánea, no son deslices que puedan excusarse con un "no sabía lo que hacía". Son pecados de soberbia, de rebelión consciente, de obstinación deliberada contra Dios y contra su ungido. Han estudiado el mal, han perfeccionado el mal, han dedicado lo mejor de su inteligencia a planificar el mal. El comentarista observa con precisión: "El mal intencional tiene un virus que no se encuentra en los pecados de ignorancia". Y este virus es mortal. Mortal no solo para la víctima, sino para el perpetrador mismo, que se envenena con su propio veneno, que se ata con sus propias cuerdas, que cae en su propia trampa.
Pero luego viene la promesa, la palabra de esperanza que corta la oscuridad como un rayo: "mas no podrán prevalecer". Hay un límite que no pueden cruzar. Hay una barrera que no pueden atravesar. Hay una línea que no pueden traspasar. Dios ha puesto un alto a su malicia, ha detenido su avance, ha puesto un freno a su ambición. Enduring Word, ese comentario contemporáneo que tantos pastores consultan, dice con claridad: "Muchos amenazan la desaparición de la obra de Dios, pero definitivamente no prevalecerán". Pueden hablar, pueden amenazar, pueden planear, pueden conspirar, pueden reunirse en cónclaves secretos y firmar pactos de muerte. Pero cuando llega el momento de actuar, sus manos están atadas. Cuando llega el momento de ejecutar sus planes, algo se interpone. No porque sean débiles, no porque les falte inteligencia o recursos, sino porque Dios es más fuerte. Porque el que está sentado en los cielos se ríe. Porque el Señor se burla de ellos. Porque su poder es como la espuma del mar que choca contra la roca: se estrella, se disipa, desaparece sin dejar rastro. Spurgeon dice: "La falta de poder es lo que, como el fango, detiene el pie de los que odian al Señor Jesús". Quieren hacer daño, pero no pueden. Quieren destruir, pero no logran. Quieren borrar el nombre de Dios de la faz de la tierra, y al final terminan borrados ellos mismos, como si nunca hubieran existido.
El versículo doce completa la imagen con una escena de juicio que es a la vez terrible y gloriosa, que nos hiela la sangre y nos llena de esperanza al mismo tiempo. "Por tanto, les harás volver la espalda, cuando dispares tus flechas en las cuerdas contra el rostro de ellos." No es una emboscada desde las sombras. No es un ataque por la espalda cuando el enemigo no mira. No es una victoria obtenida mediante artimañas o engaños. Dios enfrenta al enemigo cara a cara, sin esconderse, sin huir, sin necesitar trucos sucios para ganar. "Contra el rostro de ellos" significa que los mira directamente, que los enfrenta sin temor, que no necesita la ventaja de la sorpresa. Su poder es tan abrumador, su presencia tan imponente, que puede mirar al enemigo a los ojos y desafiarlo abiertamente. Y cuando tensa su arco y apunta sus flechas, cuando prepara su juicio y lo dirige contra sus adversarios, el enemigo no tiene más remedio que huir. No puede soportar la luz de su presencia. No puede resistir el calor de su ira. No puede mantenerse firme cuando él se levanta.
"Volver la espalda" es la postura del que huye, del que sabe que ha perdido, del que abandona el campo de batalla porque ya no hay esperanza, porque la derrota es segura, porque la única opción que le queda es salvar la vida a la carrera. Es la imagen del enemigo que avanzaba con arrogancia y se retira con vergüenza. El que venía con paso firme ahora corre desordenadamente. El que blandía la espada con confianza ahora la arroja para ser más ligero. El que se reía de Dios ahora tiembla ante él. Spurgeon cita al obispo Horne, ese comentarista inglés del siglo dieciocho: "Los juicios de Dios son llamados sus saetas, al ser filosos, suaves, seguros y mortíferos". No hay defensa contra ellas. No hay escudo que las detenga, porque perforan el escudo. No hay armadura que las resista, porque atraviesan el acero. No hay velocidad que las esquive, porque son más rápidas que el rayo. Cuando Dios dispara, su blanco es alcanzado. No falla. No se desvía. No pierde fuerza en el camino. Va directo al corazón, y cuando llega, no hay cura, no hay remedio, no hay segunda oportunidad.
Spurgeon añade una observación pastoral que es importante recordar, que equilibra la dureza del texto con la ternura del evangelio: "Esto nos recuerda cuán cerca está realmente el juicio de Dios contra aquellos que lo rechazan, y cómo es solo Su gran misericordia la que impide que se suelte la flecha". No debemos regocijarnos en el juicio, sino en la misericordia que lo retiene. No debemos celebrar la condenación del pecador, sino la paciencia que le da tiempo para arrepentirse. Cada día que el enemigo sigue vivo es un día de gracia. Cada momento que el pecador no es destruido es una oportunidad para el arrepentimiento. Cada respiro que toma es un regalo de Dios, que no quiere la muerte del que muere sino que se convierta y viva. Pero esa oportunidad no es eterna. Ese tiempo de gracia no es infinito. Llega un día en que la flecha se suelta, en que el juicio cae, en que ya no hay vuelta atrás, en que el arco se tensa por última vez y la cuerda suelta el dardo que no falla. Por eso la urgencia del evangelio. Por eso la necesidad de predicar la salvación mientras todavía hay tiempo, mientras la flecha aún no ha sido disparada, mientras la misericordia aún extiende su mano. Porque el día de la ira vendrá, y nadie sabe cuándo. No el día del Señor, que será para nosotros de gozo y de triunfo, sino el día del juicio para los que rechazaron al Rey.
El versículo trece es el clímax de todo el salmo, la conclusión que todo lo resume, la nota final que resuena en el corazón después de que la música ha cesado. "Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; cantaremos y alabaremos tu poderío." El salmista no pide a Dios que tome prestada fuerza de ninguna parte. No necesita auxilio de ángeles ni de ejércitos ni de nada creado. Su fuerza le pertenece a él; es intrínseca a su naturaleza, esencial a su ser, inseparable de su identidad. No la adquiere, no la recibe, no la toma prestada. Él es la fuerza. Como dice el Salmo 62:11, "Una vez habló Dios; dos veces he oído esto: que de Dios es el poder". No de los hombres, no de los gobernantes, no de los ejércitos, no de la tecnología, no de la inteligencia, no de la riqueza. De Dios es el poder. Todo el poder. Siempre el poder. Y ese poder no se agota, no se debilita, no se cansa, no envejece, no muere. Es eterno, infinito, inagotable. Enduring Word comenta: "David exaltó al Señor que tenía esta gran fuerza dentro de sí mismo, y nunca necesitó depender de otro". No depende de nosotros, aunque nosotros dependemos de él. No necesita nuestra ayuda, aunque nos permite ser instrumentos en sus manos. Es autosuficiente, autónomo, completo en sí mismo. Y esa es una razón más para alabarle: no es como los dioses de los paganos, que necesitan que los humanos los carguen para no caerse, que necesitan que los alimenten para no morirse de hambre, que necesitan que los cuiden para no desmoronarse. Nuestro Dios es el Dios vivo, el Dios fuerte, el Dios cuya fuerza no viene de ninguna fuente exterior porque él es la fuente de toda fuerza.
"Engrandécete" es una oración, no un deseo pasivo. No es un "ojalá te engrandecieras". Es un clamor activo, una petición ferviente, una súplica que brota del corazón de quien ha visto la gloria de Dios y quiere ver más, y más, y más. Spurgeon cita al gran comentarista Adam Clarke: "Engrandécete, oh Jehová – tus criaturas no te pueden exaltar". No podemos añadir nada a su gloria esencial. No podemos hacerlo más grande de lo que ya es. No podemos aumentar su majestad ni incrementar su honra. Él es perfecto, y no hay añadidura que perfeccione lo perfecto. Pero podemos reconocer su grandeza. Podemos declarar su poder. Podemos darle la honra que merece. Podemos ser como el espejo que refleja la luz del sol: no añadimos nada a la luz, pero la hacemos visible donde antes había oscuridad. Y cuando lo hacemos, no es Dios quien se engrandece, sino nosotros quienes somos elevados a la verdad, quienes somos sacados de nuestra pequeñez, quienes somos invitados a participar de su grandeza. Matthew Henry, ese comentarista puritano cuya devoción es tan profunda como su erudición, dice: "Exáltate a ti mismo, oh Señor; tus criaturas no pueden exaltarte". Es una oración humilde, que reconoce nuestra pequeñez y su inmensidad, nuestra incapacidad y su suficiencia, nuestra pobreza y su riqueza.
Y luego viene la respuesta humana, y no es en singular. El salmista no dice "yo cantaré", aunque seguramente también lo hará. Dice "cantaremos". En plural. Con otros. En comunidad. No es un individuo solitario que alaba a Dios en su rincón, con las cortinas cerradas y la voz baja. No es un creyente aislado que se contenta con su devoción privada y no necesita de nadie más. Es una comunidad, un pueblo, una asamblea de redimidos que levantan la voz juntos, que entonan el mismo cántico, que unen sus voces como un solo coro. No es una nota sola, sino una sinfonía. No es un instrumento, sino una orquesta. "Cantaremos" se refiere a la melodía, a la alegría que se expresa en música, a la forma más antigua y más universal de alabanza. "Alabaremos" se refiere al contenido, a la verdad que se canta, a las palabras que dan sentido a la melodía. No basta con música bonita; hace falta verdad. No basta con emoción; hace falta teología. No basta con sentir; hace falta confesar. No basta con levantar las manos; hace falta que los labios pronuncien el nombre de Jesús.
Spurgeon dice: "El final del salmo está lleno de alabanza a Dios por las bendiciones de la victoria, la liberación y la respuesta a la oración. Esta actitud debe estar siempre entre el pueblo de Dios". No puede ser ocasional. No puede reservarse para los domingos por la mañana o para las ocasiones especiales. No puede guardarse en una jaula y sacarse solo cuando las circunstancias sean favorables. Debe ser una constante, un hábito, un estilo de vida, una segunda naturaleza. Porque la fidelidad de Dios no es ocasional, sino constante. Su misericordia no es intermitente, sino eterna. Su poder no se manifiesta un día sí y otro no, sino que está siempre obrando, siempre sosteniendo, siempre salvando, aunque a veces no lo veamos, aunque a veces parezca que está escondido, aunque a veces nos preguntemos si realmente nos escucha.
San Agustín, el obispo de Hipona, el gigante de la teología occidental, dijo en uno de sus sermones, cuando meditaba sobre este mismo salmo: "El que canta ora dos veces". La alabanza no es un sustituto de la oración, sino su culminación. No es algo que hacemos cuando estamos aburridos de pedir. No es el postre después de la comida, algo opcional que podemos omitir si estamos llenos. La alabanza es la oración en su forma más pura, la oración que ya no necesita pedir porque ha recibido, la oración que ya no suplica porque ha sido respondida, la oración que ya no se lamenta porque ha sido consolada. Primero pedimos, luego agradecemos. Primero clamamos, luego cantamos. Primero extendemos las manos vacías y necesitadas, luego las alzamos llenas de gratitud y de gozo. Y en ese canto, en esa alabanza, en esa celebración de la fuerza de Dios, encontramos no solo una expresión de nuestra fe, sino también una fuente de fortaleza para la siguiente batalla. Porque cuando cantamos, recordamos. Y cuando recordamos, confiamos. Y cuando confiamos, vencemos. No porque seamos fuertes, sino porque él es fiel. No porque tengamos recursos, sino porque él los tiene todos. No porque merezcamos la victoria, sino porque él nos la regala.
El Salmo 21 nos enseña que la victoria viene de Dios, no de nosotros. El rey se regocija en el poder de Jehová, no en su propio poder. El pueblo alaba la fuerza divina, no la habilidad humana. Y esa lección, que parece tan sencilla cuando se lee en un comentario o se escucha en un sermón, es quizás la más difícil de aprender en la práctica. Nos inclinamos a olvidar. Tendemos a atribuirnos el mérito. Fácilmente nos convencemos de que nuestra estrategia fue brillante, que nuestra valentía fue admirable, que nuestra perseverancia fue digna de elogio, que nuestra fe fue la clave de todo. Y así, sin darnos cuenta, sin mala intención, desplazamos la gloria de Dios y la colocamos sobre nuestros propios hombros, que son demasiado débiles para soportar su peso, y terminamos tambaleándonos bajo una carga que no nos corresponde, terminamos frustrados y agotados, tratando de ser lo que no somos y de hacer lo que no podemos. No hay victoria que no venga de Dios. No hay triunfo que no sea su regalo. No hay enemigo derrotado que no haya caído por su mano. Y por eso, toda la gloria debe ser para él, desde el principio hasta el fin, desde la primera petición hasta la última alabanza, desde el momento en que nos arrodillamos en la angustia hasta el momento en que nos levantamos en la victoria.
Cualquiera que sea tu batalla hoy, cualquiera que sea el enemigo que enfrentas, cualquiera que sea la angustia que te ha llevado a clamar en la noche, a golpear la mesa con el puño cerrado, a derramar lágrimas que nadie ve, la promesa de este salmo es para ti. No para el superhéroe espiritual, no para el que nunca duda, no para el que siempre tiene la respuesta. Es para el que lucha, para el que cae, para el que se levanta a duras penas, para el que a veces siente que la fe se le escapa entre los dedos como agua. Dios escucha la oración de su ungido. Dios se adelanta con bendiciones. Dios da vida, y no una vida cualquiera, sino vida eterna. Dios derrota a los enemigos, por más poderosos que parezcan, por más que tiemblen sus voces y brillen sus espadas. Dios tiene flechas en su arco, apuntadas contra el rostro de los que se rebelan contra él, y cuando se sueltan, no fallan. Y al final, cuando todo esté dicho y hecho, cuando el polvo se haya asentado sobre los campos de batalla de tu vida, cuando la última lágrima haya sido enjugada por la mano amorosa del mismo Dios que te creó y te redimió, la única respuesta apropiada será la alabanza. No porque todo haya salido como querías, no porque no hayas sufrido pérdidas en el camino, no porque no haya habido momentos de oscuridad y duda. Sino porque Dios es fiel. Porque su amor no falla. Porque su poder no se agota. Porque su promesa no vuelve vacía. No porque la batalla haya sido fácil, sino porque la victoria es segura. No porque hayamos sido fuertes, sino porque él nos sostuvo. No porque mereciéramos el triunfo, sino porque su gracia nos alcanzó. El que comenzó la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. El que nos llamó a la batalla nos dará la victoria. Y al final, cuando el polvo se asiente y las trompetas callen y el último enemigo sea puesto bajo sus pies, estaremos de pie. No porque nos hayamos mantenido firmes por nuestra propia fuerza. Sino porque él nos sostuvo con su diestra poderosa. Y entonces, con el rey de Israel y con todos los redimidos de todas las edades, con los que nos precedieron en la fe y los que vendrán después de nosotros, cantaremos: "Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; cantaremos y alabaremos tu poderío". Amén.
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