Bosquejo: Salmo 20 — La Victoria que Comienza en el Santuario
Introduccion
El Salmo 20 es una liturgia de guerra. El rey esta en el santuario, ofreciendo sacrificios antes de la batalla. El pueblo lo rodea, orando en coro. No es una oracion individual. Es la voz de una comunidad que sabe que la vida de su rey es la vida de todos.
Pero hay algo mas profundo aqui. Este salmo no solo narra una escena. Revela un principio que atraviesa toda la Escritura: la victoria no comienza en el campo de batalla. Comienza en el santuario. No con la espada, sino con el altar. No con el grito de guerra, sino con el humo del sacrificio.
La pregunta que atraviesa todo el salmo es esta: como puede un pueblo enfrentar una batalla que no puede ganar con sus propias fuerzas?
La victoria no comienza en el campo de batalla. Comienza en el santuario, donde el pueblo ora, donde Dios responde, donde la fe canta antes de pelear.
Primer punto: Jehova oye — La intercesion del pueblo (vv. 1-5)
Texto: Jehova te oiga en el dia de angustia; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Envie tu ayuda desde el santuario, y te sostenga desde Sion. Acuerdese de todas tus ofrendas, y acepte tu holocausto. Te de conforme a tu corazon, y cumpla todo tu consejo. Nosotros nos alegraremos en tu salvacion, y alzaremos pendon en el nombre de nuestro Dios. Cumpla Jehova todas tus peticiones.
Cinco versiculos, cinco peticiones, una sola voz. El pueblo ora en coro, no como individuos aislados. El comentarista de BibleHub senala que el salmo tiene trazas de alternancia entre coro y solo. El pueblo habla en nosotros, luego una voz individual responde, luego el coro vuelve. Es un drama liturgico.
Jehova te oiga en el dia de angustia. No en el dia de comodidad. En el dia de angustia, cuando los enemigos cierran el cerco, cuando las fuerzas se agotan, cuando la noche se hace larga. El nombre del Dios de Jacob te defienda. No el Dios de Abraham, el de la promesa. No el Dios de Isaac, el del altar. El Dios de Jacob, el del escape, del engano, de la lucha nocturna, del despertar cojo pero bendecido. El Dios que defiende al que no puede defenderse.
Envie tu ayuda desde el santuario. Desde Sion, donde habita entre su pueblo. No desde una distancia remota, sino desde el lugar donde el humo sube y el corazon se postra. Acuerdese de todas tus ofrendas. No las olvida. Las registra. Las pesa. Y acepte tu holocausto. La palabra hebrea literalmente dice lo engrase, lo haga grato, lo reciba como olor suave.
Te de conforme a tu corazon. No lo que mereces, sino lo que deseas. Y cumpla todo tu consejo. Tus planes, tus estrategias, tus noches sin dormir pensando en como ganar. Nosotros nos alegraremos en tu salvacion. La salvacion no es tuya solo, rey. Es nuestra. Tu victoria es nuestra fiesta. Alzaremos pendon en el nombre de nuestro Dios. La bandera no lleva tu nombre, oh rey. Lleva el suyo.
Aplicacion: La iglesia no puede pelear las batallas de sus lideres, pero puede orar por ellos. No puede ganar la guerra, pero puede estar en el santuario mientras otros estan en el campo. La intercesion no es segunda clase de cristianismo. Es el lugar donde la victoria nace. Cuando oras por tu pastor, por tu esposo, por tu hijo, por tu amigo que esta en el fuego, no estas haciendo algo menor. Estas haciendo lo que el pueblo de Israel hizo por David. Y sin eso, no hay victoria.
Texto de apoyo: Efesios 6:18 — Orando en todo tiempo con toda oracion y suplica en el Espiritu, y velando en ello con toda perseverancia.
Segundo punto: Ahora conozco — La certeza que nace del altar (v. 6)
Texto: Ahora conozco que Jehova salva a su ungido; lo oira desde sus santos cielos con las proezas salvadoras de su diestra.
El versiculo seis comienza con un ahora enfatico. Keil y Delitzsch senalan que es la palabra habitual para indicar el punto de inflexion. Algo ha sucedido en el santuario. El comentarista de BibleHub sugiere que probablemente el salmo se recitaba mientras se ofrecian los sacrificios, y que el ahora marca el momento en que el fuego consumio el holocausto, o en que una palabra profetica rompio el silencio.
El rey, o el sacerdote en su nombre, habla ahora en primera persona. Ya no es el nosotros del pueblo. Es el yo del que ha recibido la respuesta. Ahora conozco. No antes. No siempre. Ahora. Despues de la oracion, despues del sacrificio, despues del silencio. La certeza no nace de la circunstancia visible. Nace de la respuesta de Dios en el lugar secreto.
El verbo conozco es yada, el mismo que usa Dios cuando dice yo conoci a Abraham. Es certeza de experiencia, no de especulacion. Jehova salva a su ungido. El termino ungido, mashiah, es el mismo que despues se usara para el Mesias. Aqui es el rey, pero la sombra apunta al Rey. Lo oira desde sus santos cielos. Antes pidieron ayuda desde el santuario terrenal. Ahora la respuesta viene del cielo. El santuario es la puerta; el cielo es el trono.
Con las proezas salvadoras de su diestra. La palabra proezas es plural. No una, sino muchas. No un acto, sino una historia. La diestra de Dios es la que aplasto a Egipto, la que sostuvo a Moises, la que abrio el Mar Rojo, la que dio la ley, la que guio por el desierto. Cada proeza pasada es garantia de la proeza futura.
Aplicacion: La certeza cristiana no es auto-sugestion. No es repetir afirmaciones positivas hasta creerlas. Es la respuesta de Dios a la oracion y al sacrificio. Es el momento en que el creyente, despues de postrarse, despues de ofrecer, despues de esperar, oye una voz que no es la suya. Ahora conozco. No porque vea la victoria. Sino porque he visto al Dios que da la victoria. No te levantes del altar sin esta certeza. No salgas a la batalla con la fe de otros. Sal con tu propio ahora conozco.
Texto de apoyo: Isaias 43:18-19 — No os acordeis de las cosas pasadas, ni traigais a memoria las cosas antiguas. He aqui que yo hago cosa nueva.
Tercer punto: Nosotros nos levantamos — La victoria que se canta antes de pelear (vv. 7-9)
Texto: Estos en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehova nuestro Dios haremos memoria. Ellos se doblaron y cayeron; mas nosotros nos levantamos y estamos en pie. Salva, Jehova; que el Rey nos responda el dia que clamemos.
El coro vuelve. Pero ahora no ora. Canta. No suplica. Proclama. La batalla aun no ha pasado, pero la victoria ya es segura.
Estos en carros, y aquellos en caballos. Delitzsch observa que la ley de Deuteronomio 17:16 prohibia al rey multiplicar caballos. Los enemigos tenian carros con cuchillas, caballos de guerra, tecnologia militar aterradora. El texto hebreo ni siquiera incluye el verbo confian. Dice literalmente estos en carros y aquellos en caballos. La confianza es tan asumida que no necesita nombrarse. Es la logica del mundo, tan obvia que no requiere explicacion.
Mas nosotros del nombre de Jehova nuestro Dios haremos memoria. El verbo nazkir significa invocar, alabar, jactarse. No es recordar como quien recuerda un dato olvidado. Es recordar como quien invoca a un presente ausente, como quien grita el nombre de un amigo en la oscuridad. El nombre de Dios no es etiqueta. Son sus atributos, su caracter, su historia de fidelidad. Es lo que David dijo a Goliat: Yo vengo a ti en el nombre de Jehova.
Ellos se doblaron y cayeron. Los verbos estan en tiempo pasado, pero la batalla aun no ha ocurrido. Keil y Delitzsch explican que son preteritos de confianza. Lutero los llamo un cantico de triunfo antes de la victoria. No es presuncion. Es fe que se adelanta a los hechos porque conoce al autor de los hechos. La imagen es grafica. Rodillas que ceden. Cuerpos que se desploman. Como Sísara cayendo a los pies de Jael.
Mas nosotros nos levantamos y estamos en pie. El verbo supone que antes estabamos caidos. No es que nunca caimos. Es que nos levantamos. La diferencia no esta en no tropezar. Esta en volver a ponerse en pie. La victoria no es para los que nunca caen. Es para los que, cayendo, encuentran en Dios la fuerza para levantarse.
Salva, Jehova. Que el Rey nos responda el dia que clamemos. El versiculo nueve recapitula todo. Salva, Jehova, responde al versiculo uno, Jehova te oiga. Que el Rey nos responda, responde al versiculo cinco, que cumpla todas tus peticiones. Pero hay un cambio sutil. El rey terrenal se desvanece y aparece el Rey celestial. La sombra da paso a la realidad. El Pulpit Commentary dice que el titulo de Rey se transfiere de la sombra terrenal al verdadero Monarca en los cielos.
Aplicacion: La fe cristiana canta antes de ver. No porque sea ingenua, sino porque conoce al Dios que ya ha respondido. Cuando estas en el suelo, cuando el diagnostico no mejora, cuando la deuda no se paga, cuando el matrimonio no se restaura, la fe no dice todo esta bien. Dice todo estara bien. No porque la circunstancia haya cambiado, sino porque el Dios que oye desde el cielo ya ha respondido. Y si El ha respondido, la victoria es segura, aunque la batalla aun no haya pasado.
Texto de apoyo: 2 Corintios 4:8-9 — Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, mas no destruidos.
Conclusion
Tres movimientos, una sola victoria.
El pueblo ora en el santuario. No porque la batalla sea facil, sino porque es imposible sin Dios. El rey recibe certeza en el altar. No porque vea la victoria, sino porque ha visto a Dios. El coro canta antes de pelear. No porque la guerra haya terminado, sino porque conoce al que ya ha ganado.
La pregunta del salmo sigue resonando: como puede un pueblo enfrentar una batalla que no puede ganar con sus propias fuerzas?
La respuesta es esta: no la gana. La gana Dios. Y la recibe el que ora, el que escucha, el que canta antes de ver.
No salgas a tu batalla sin pasar por el santuario. No busques la victoria sin la intercesion. No pretendas la certeza sin el altar. No esperes levantarte sin haber caido primero.
Jehova te oiga en tu dia de angustia. El nombre del Dios de Jacob te defienda. Y cuando todo haya pasado, cuando el humo se haya disipado y el campo de batalla quede en silencio, que puedas decir, con el rey y con el pueblo: ahora conozco que Jehova salva. Nosotros nos levantamos y estamos en pie.
VERSION LARGA
Salmo 20: La certeza que nace del altar antes de la batalla
El Salmo 20 no fue escrito en la quietud de una biblioteca ni en el reposo de un jardín. Nació en el fragor de la angustia, en el umbral de la guerra, cuando el rey ungido de Israel se disponía a cruzar la línea que separa la vida de la muerte y el pueblo, ese pueblo que amaba a su rey porque sabía que su suerte estaba atada a la suerte de él, se reunió en el santuario para hacer lo único que podía hacer cuando los carros y los caballos del enemigo parecían invencibles: orar. El comentarista Perowne, con la agudeza que lo caracteriza, señala que "este es evidentemente un salmo litúrgico, destinado a ser cantado en favor de un rey que estaba a punto de ir a la guerra contra sus enemigos". No es un salmo para un individuo solitario que ora en su rincón. Es un salmo para una asamblea, para una comunidad que se reúne en el templo mientras el humo del holocausto sube hacia el cielo y el sacerdote, con las manos extendidas, intercede por aquel que lleva la espada. El rey está allí, de pie junto al altar. Trae sus ofrendas. Trae su corazón. Trae sus miedos. Y el pueblo, ese coro innumerable de voces que se levantan como una ola, pronuncia las palabras que han sido preservadas para nosotros a lo largo de tres mil años.
El versículo uno es un susurro que se convierte en grito: "Jehová te oiga en el día de angustia". El comentarista Henry Housman observa que este salmo era "la plegaria de batalla o letanía que se cantaba solemnemente en el santuario en vísperas de una gran expedición". Y añade: "Los atrios estaban llenos de patriotas entusiastas, cada uno ansioso por fortalecer con su propia voz el coro de súplica por el éxito de Israel. El rey, con sus vestiduras reales, estaba de pie junto al altar en el santuario. Acababa de presentar sus dones y ofrecer su sacrificio; y ahora el coro y toda la congregación irrumpen en este himno poderoso en su favor, asegurándole que en este día de angustia, ocasionado por la revuelta de sus súbditos o la invasión de extranjeros, el Señor lo oirá, lo defenderá, enviará su ayuda desde el santuario y lo sostendrá desde Sion". El día de angustia no es un día cualquiera. Es el día en que las fuerzas se equilibran peligrosamente. Es el día en que el corazón late más rápido y la mano tiembla sobre la empuñadura de la espada. Es el día en que el hombre descubre que toda su preparación, toda su estrategia, toda su valentía, no son suficientes. Es el día en que solo queda un recurso: clamar al Dios que oye.
El pueblo no solo pide que Jehová oiga. Pide que "el nombre del Dios de Jacob lo defienda". ¿Por qué Jacob? La elección no es accidental. Jacob fue un hombre débil, un suplantador, un fugitivo que huyó de su hermano con el corazón encogido y la conciencia pesada. Jacob durmió en el suelo con una piedra por almohada y soñó con una escalera que conectaba el cielo con la tierra. Jacob luchó toda la noche con un ángel y quedó cojo, pero bendecido. Jacob no era Abraham, el padre de la fe que subió al monte Moriah con el cuchillo en la mano. No era Moisés, el libertador que partió el mar con una vara. Jacob era un hombre común, un hombre con defectos, un hombre que tropezaba, un hombre que necesitaba la misericordia de Dios a cada paso. Y por eso el pueblo invoca al "Dios de Jacob". Porque si Dios pudo con Jacob, puede con nosotros. El comentarista Baldwin Brown desarrolló esta idea con una elocuencia que merece ser citada extensamente: "El nombre 'Dios de Jacob' tiene un sonido lleno de consuelo, porque Jacob está más dentro de nuestra esfera que Abraham o Moisés. Lo que Dios fue para él, puede serlo para nosotros. Jacob fue un hombre de muchas y graves flaquezas. Y el Dios que vino a Adán con una promesa que implicaba un perdón vino también a Jacob, y viene a todos nosotros. Dios emprendió la guía de la peregrinación de ese hombre porque era un hombre pecador, un hombre lleno de flaquezas y traiciones, pero con una naturaleza más noble debajo y detrás de todo, una naturaleza que él se propuso educar mediante el sufrimiento, hasta que Jacob el suplantador se convirtió en Israel el príncipe". No necesitamos ser santos perfectos para acercarnos al trono de la gracia. Necesitamos ser como Jacob: necesitados, aferrándonos a la promesa, dispuestos a luchar toda la noche si es necesario, aunque al amanecer quedemos cojeando.
El versículo dos continúa: "Envíe tu ayuda desde el santuario, y desde Sion te sostenga". El santuario es el lugar donde Dios ha puesto su nombre, el lugar donde el humo del incienso sube como la oración del pueblo, el lugar donde el sacerdote ofrece el sacrificio que apunta hacia el único sacrificio que realmente salva. El comentario de la Pulpit señala: "El santuario es sin duda el lugar santo que David había establecido en el monte Sion, y en el que había colocado el arca del pacto. La ayuda de Dios siempre se consideraba proveniente especialmente del lugar donde él había puesto su nombre". Pero el pueblo sabe que el santuario terrenal es solo una sombra. Por eso más adelante, en el versículo seis, la mirada se elevará más allá de Sion, más allá del templo, hacia los cielos mismos. El sostén que viene de Sion es real, pero es un anticipo del sostén que viene del trono de Dios. No despreciemos los medios de gracia. El santuario importa. La comunidad importa. El sacrificio importa. Pero todo eso apunta hacia algo más grande.
El versículo tres introduce una palabra que ha desconcertado a los intérpretes durante siglos: "Selah". No sabemos con certeza qué significa, pero todos los comentaristas coinciden en que indica una pausa, un momento de silencio, un instante en que la música cesa y la asamblea contiene el aliento. Hengstenberg sugiere que el Selah marca el momento en que se ofrecían sacrificios especiales para implorar el favor y la protección de Dios en la guerra venidera. El fuego consume el holocausto. La grasa gotea entre las piedras del altar. El humo sube en espiral hacia el cielo. Y el pueblo, en ese silencio sagrado, espera. El verbo "aceptar" es hermoso en su literalidad. El comentarista Perowne explica: "La palabra traducida 'aceptar' es literalmente 'engrasar', es decir, considerar graso, sustancioso, agradable. El sacrificio del rey debe ser grato a Dios". No cualquier ofrenda es aceptable. Caín trajo frutos y fue rechazado. Abel trajo sangre y fue aceptado. No es el valor material de la ofrenda lo que cuenta, sino el corazón del oferente y el carácter de la ofrenda. El holocausto, el sacrificio que se consumía por completo en el altar, era el reconocimiento de que todo pertenece a Dios, de que nada podemos retener, de que la vida misma es una llama que se consume en su presencia.
El versículo cuatro es el clímax de la intercesión del pueblo: "Conceda según tu corazón y cumpla todo tu consejo". No es una oración que pueda hacer cualquiera. No es un deseo mágico que se concede automáticamente a quien tiene suficiente fe. Solo el que tiene el corazón conforme al corazón de Dios puede pedir esto. David era ese hombre. No porque fuera perfecto, no porque no hubiera caído en pecados graves, sino porque en lo profundo de su ser, cuando todo estaba dicho y hecho, su corazón latía al ritmo del corazón divino. El comentarista Trapp dijo con agudeza: "A veces Dios no solo concede la oración de un hombre, sino que cumple su consejo; es decir, por el mismo medio que su juicio había escogido". Dios no solo da la victoria, sino que honra los planes, bendice la estrategia, valida el camino que el rey ha elegido con oración y sabiduría. No es que Dios firme en blanco cualquier cosa que se nos ocurra. Es que cuando estamos tan cerca de él que sus pensamientos son nuestros pensamientos y sus caminos nuestros caminos, entonces podemos pedir con confianza, y él concede.
El versículo cinco es casi un grito de guerra antes del combate. "Nosotros nos regocijaremos en tu salvación y alzaremos bandera en el nombre de nuestro Dios". Aún no han peleado, aún no han ganado, pero ya alzan la bandera. No es falsa confianza, no es ilusión ingenua. Es la fe que ve el final desde el principio. El comentarista Henry observa: "Alzar bandera significa plantar el estandarte en la fortaleza enemiga como señal de victoria anticipada". Es como si el pueblo dijera: "Señor, ya estamos celebrando. Ya estamos cantando. Ya estamos ondeando la bandera en las murallas que aún no hemos escalado. Porque confiamos en que tú lo harás". No hay arrogancia en esta actitud. Hay dependencia. No dicen "nosotros ganaremos". Dicen "nos regocijaremos en tu salvación". La victoria es suya. La gloria es suya. La bandera que ondea lleva su nombre. El pueblo solo es el espectador agradecido, el beneficiario humilde, el testigo gozoso.
Y entonces sucede algo. En medio del ritual, en medio de las oraciones, en medio del humo que sube hacia el cielo, alguien recibe una certeza. El versículo seis marca un punto de inflexión: "Ahora conozco que Jehová salva a su ungido". Hay un "ahora" que corta la tensión como un rayo. Keil y Delitzsch, esos gigantes de la exégesis alemana cuyo comentario sigue siendo insuperable, señalan: "עתּה es la palabra habitual para indicar el punto de inflexión, la entrada instantánea del resultado de algún proceso de prolongada duración, ya sea oculto o manifiesto". Algo ha sucedido en el santuario. Quizás el fuego descendió del cielo como en los días de Elías en el monte Carmelo. Quizás el sacerdote, al examinar las vísceras del sacrificio, encontró una señal favorable. Quizás el rey, en la intimidad de su corazón, recibió una convicción que no podía explicar pero que era más real que el altar de piedra. No importa cuál fue el mecanismo. Lo que importa es que ahora, en ese instante sagrado, la duda se disuelve y la certeza nace.
El verbo "conozco" no es un conocimiento intelectual, no es la acumulación de datos, no es el resultado de un análisis racional. Es un conocimiento de fe, un conocimiento que viene de lo alto, un conocimiento que se recibe como un regalo. Y el verbo "salva" está en tiempo perfecto. No es "salvará" en el futuro, sino "ha salvado" ya. El comentarista lo llama "el perfecto de la fe", ese tiempo verbal que permite al creyente hablar del futuro como si ya fuera pasado porque la promesa de Dios es tan firme como el hecho consumado. Lutero, con su genio incomparable, lo expresó así: "La fe sola, que se encomienda a Dios, puede cantar el cántico de triunfo antes de la victoria y alzar el grito de alegría antes de haber obtenido ayuda; porque a la fe todo le es permitido. Confía en Dios, y así tiene realmente lo que cree, porque la fe no engaña; como cree, así le es hecho".
El que habla en el versículo seis se refiere al rey como "su ungido". El término hebreo es *mesía*. No es un título que se pueda tomar a la ligera. El ungido de Jehová tiene un derecho especial a ser escuchado. Como observa el Expositor's Bible Commentary: "El título que expresa la consagración del rey a Yahvé es la garantía de su derecho a esperar la ayuda de Yahvé". David no pelea por su propia gloria. Pelea como representante del pueblo de Dios, como instrumento de los propósitos divinos, como aquel sobre quien ha descendido el aceite de la unción. Y Dios no abandona a su ungido. Lo sostiene, lo protege, lo salva.
Hay una progresión hermosa en el versículo seis. Antes, el pueblo había pedido ayuda "desde el santuario" (versículo 2), desde Sion, desde la morada terrenal de Dios. Ahora la respuesta viene "desde su santo cielo". El comentario de la Pulpit explica esta progresión: "La oración pedía ayuda desde Sion; la anticipación de la respuesta mira más alto, al santuario más santo donde Yahvé realmente habita. El santuario terrenal era un tipo; el cielo es la realidad. Dios no está limitado al templo". No podemos encerrar a Dios en un edificio. No podemos confinarlo a un ritual. Su trono está en los cielos, su dominio abarca el universo, y desde allí, desde esa altura inalcanzable, inclina su oído para escuchar el clamor de un rey que se juega la vida en una batalla.
Y lo hace "con las proezas salvadoras de su diestra". La palabra hebrea *gaburot* se refiere a actos poderosos, hazañas de fuerza, intervenciones que dejan sin aliento. No es una ayuda tímida, no es un empujón discreto. Es la mano fuerte, la mano que sostuvo los cielos, la mano que escribió los diez mandamientos en la piedra, la mano que partió el Mar Rojo y sepultó al ejército de Faraón. La Cambridge Bible traduce: "con las obras poderosas de la salvación de su diestra". La diestra es la mano del poder, la mano que ejecuta la justicia, la mano que castiga al enemigo y libera al oprimido. Cuando Dios extiende su diestra, los imperios se derrumban y los ejércitos huyen. Ese es el poder que está del lado del ungido. No necesita carros ni caballos. Tiene la diestra de Dios.
El versículo siete es uno de los más citados de todo el Salterio, y con razón. "Estos confían en carros y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria". El comentarista Delitzsch observa un detalle que la mayoría de las traducciones pierden. El verbo "confían" no está en el original hebreo. El texto dice simplemente: "Estos en carros, aquellos en caballos". Punto. Es como si el salmista dijera: "Ellos tienen eso. Nosotros tenemos otra cosa. Que cada cual ponga su confianza donde quiera". No necesita decir que confían en carros y caballos. Es obvio. Es evidente. Es la forma natural del mundo. Los carros eran el tanque de guerra del mundo antiguo, armados con cuchillas en las ruedas que segaban la infantería como la hoz siega el trigo. Los caballos eran la caballería, la fuerza de choque, la ventaja decisiva en el campo de batalla. Los enemigos de Israel, especialmente los sirios con quienes David libró guerras tan sangrientas, tenían estos recursos en abundancia. Israel, por mandato divino, no debía multiplicar caballos ni confiar en carros. Estaba en desventaja según todos los cálculos humanos. Pero el salmista no se lamenta. No se compara. No envidia. Simplemente contrasta.
El predicador Maclaren, con su elocuencia característica, dijo: "Carros y caballos son muy terribles, especialmente para los soldados bisoños no acostumbrados a su ataque arrollador, pero el Nombre es más poderoso". ¿Y qué es el nombre? No es una fórmula mágica, ni una palabra secreta que abre puertas. El comentario de la Pulpit explica: "Por el nombre de Dios se entiende generalmente en la Sagrada Escritura las diversas propiedades y atributos de Dios". El nombre es todo lo que Dios ha revelado de sí mismo: su poder, su fidelidad, su amor inquebrantable, su historia de salvaciones, sus promesas cumplidas generación tras generación. El nombre es la persona de Dios hecha accesible para la invocación. Cuando David se enfrentó a Goliat, no llevaba armadura ni espada. Llevaba cinco piedras lisas y un nombre. "Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina", dijo el joven pastor al gigante filisteo, "mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos". Y Goliat cayó. No por la precisión de la honda, sino porque el nombre es más poderoso que todas las armas del mundo.
El verbo "tendremos memoria" (*nazkir*) significa más que un simple recuerdo pasivo. Implica invocar, alabar, jactarse, hacer mención pública y gozosa. La Revised Version traduce: "Nosotros haremos mención del nombre". No es que los israelitas olviden a Dios la mayor parte del tiempo y de repente, en la batalla, se acuerden de él. Es que hacen del nombre su estandarte, su grito de guerra, su confesión pública. No se avergüenzan de él. No lo esconden. Lo proclaman. Luther, con su pasión característica, escribió: "Los soldados en nuestros días suelen, cuando entran en batalla, recordar las valientes hazañas de sus padres, o victorias anteriores, y cosas por el estilo, para calentar y animar sus corazones. Pero que nuestros príncipes recuerden el nombre de Dios, en el cual residen toda salvación y victoria".
El versículo ocho es la visión profética de la batalla, narrada en pasado antes de que ocurra. "Ellos se doblaron y cayeron; mas nosotros nos levantamos y estamos en pie". Keil y Delitzsch explican: "Los pretéritos son pretéritos de confianza. Es, como dice Lutero, 'un cántico de triunfo antes de la victoria, un grito de alegría antes de la ayuda'". La fe ve el final desde el principio. Sabe cómo termina la historia porque sabe quién la escribe. La imagen es física y brutal: "se doblaron" significa que las rodillas se quiebran, que los cuerpos se desploman, que las espadas caen de manos sin fuerza. El comentarista señala que la misma palabra se usa en Jueces 5:27 para describir a Sísara, el comandante cananeo, cayendo muerto a los pies de Jael: "Se encorvó, cayó, quedó tendido". El enemigo más poderoso, el que aterrorizó a Israel durante veinte años, termina en el suelo, con una estaca atravesando la sien. Esa es la suerte de todos los que confían en carros y caballos.
En contraste, "nosotros nos levantamos y estamos en pie". Nótese la dirección del movimiento. Ellos van hacia abajo. Nosotros hacia arriba. Ellos comenzaron arriba, orgullosos, confiados en su tecnología militar, seguros de su superioridad. Nosotros comenzamos abajo, arrodillados en el santuario, dependientes, suplicantes, con el humo del holocausto en la cara y la ceniza en la frente. Y al final, los de arriba caen y los de abajo se levantan. No es casualidad. Es la ley del Reino. Jesús lo dijo en términos inolvidables: "Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". María lo cantó en el Magníficat: "Derribó a los poderosos de sus tronos, y exaltó a los humildes". Dios no puede resistirse a los que se arrodillan. No puede abandonar a los que dependen de él.
El verbo "levantarse" supone que antes estábamos caídos. No es que los israelitas nunca cayeran. Cayeron muchas veces. Cayeron en el desierto, cayeron en la época de los jueces, cayeron bajo el asedio de los filisteos, cayeron en el exilio. Pero la diferencia entre el que confía en carros y el que confía en el nombre no es que el primero nunca tropiece. La diferencia es que cuando el que confía en carros cae, se queda en el suelo. No tiene a nadie que lo levante. En cambio, el que confía en el nombre, aunque caiga siete veces, se levanta. Dios lo levanta. Dios lo pone de nuevo en pie. Dios lo estabiliza y lo mantiene firme. Por eso Proverbios 24:16 dice: "Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal".
El versículo nueve cierra el salmo con una oración breve pero densa: "Salva, Jehová; que el Rey nos responda el día que clamemos". La versión tradicional, que sigue el texto hebreo masorético, mantiene esta división. El comentario de la Pulpit la prefiere: "El título de Rey se transfiere de la sombra terrenal al verdadero Monarca en los cielos". El pueblo ha estado orando por el rey terrenal, por David, por el ungido que se juega la vida en la batalla. Pero al final, en el instante supremo, la mirada se eleva más allá de David, hacia el Rey que nunca falla, el que siempre responde, el que no puede ser derrotado. No es que David sea irrelevante. Es que David es solo un tipo, una sombra, un anticipo del verdadero Rey que vendría. Y nosotros, que vivimos después de la venida de ese Rey, podemos ver con claridad lo que el salmista apenas vislumbraba. El verdadero Ungido, el Mesías de Dios, el Hijo de David que se sentó en el trono para siempre, entró en su día de angustia en el huerto de Getsemaní y en la cruz del Gólgota. Allí, en ese momento oscuro, clamó y fue oído. No fue librado de la muerte, sino que atravesó la muerte y salió del otro lado, resucitado, victorioso, sentado a la diestra de Dios. Y ahora, porque él vive, nosotros también vivimos. Porque él venció, nosotros también vencemos. Porque él es el Rey que responde, nosotros clamamos con confianza.
Hay una tradición antigua, recogida por algunos comentaristas, de que el versículo nueve debería traducirse de otra manera: "Señor, salva al rey; respóndenos cuando clamemos". La Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, adopta esta lectura, y algunos comentaristas modernos la prefieren. La diferencia no es teológicamente significativa. En ambos casos, el rey terrenal necesita salvación, y Dios es la fuente de esa salvación. En ambos casos, el pueblo clama y espera una respuesta. En ambos casos, la certeza que nació en el altar se convierte en oración confiada. El rey no pelea solo. El pueblo no ora en vano. Dios no se queda en silencio.
¿Qué significa este salmo para nosotros hoy, que no nos preparamos para batallas con carros y caballos, pero que enfrentamos enemigos igualmente terribles? Significa que tenemos un día de angustia, y que en ese día podemos clamar. Significa que tenemos un santuario, no de piedra, sino del cielo mismo, donde Cristo entró con su propia sangre. Significa que tenemos un sacrificio, no el humo de animales, sino el cuerpo y la sangre del Hijo de Dios, ofrecido una vez y para siempre. Significa que podemos esperar en silencio, confiando en que el fuego de Dios ha consumido la ofrenda y que la respuesta ya está en camino. Significa que podemos recibir la certeza que nace no de la evidencia visible, sino de la palabra del Dios que no miente. Significa que podemos renunciar a confiar en nuestros propios carros y caballos, en los recursos humanos que siempre fallan, y podemos hacer memoria del nombre, invocar ese nombre, gloriarnos en ese nombre. Significa que podemos cantar la victoria antes de verla, alzar la bandera antes de conquistar, levantarnos cuando todos esperaban vernos caídos. Y significa que podemos clamar al final: "Salva, Jehová", sabiendo que el Rey nos responde, no porque seamos dignos, sino porque él es fiel.
El camino del Salmo 20 no es para soldados solitarios. Es para una comunidad que sabe que la oración colectiva tiene una potencia que la oración individual no puede alcanzar. Es para un pueblo que entiende que los líderes necesitan el sostén de los intercesores. Es para una iglesia que no se cansa de subir al templo mientras sus guerreros están en el campo de batalla. No sabemos cuál fue el resultado de aquella guerra específica por la que David oraba. No sabemos si volvió con el escudo ensangrentado o con la corona en la cabeza. Pero sabemos esto: el Dios que respondió desde el cielo sigue respondiendo. El fuego que consumió el holocausto sigue ardiendo. El nombre que era más fuerte que los carros y los caballos sigue siendo más fuerte que la tecnología, más fuerte que la política, más fuerte que los ejércitos, más fuerte que la muerte misma. Y al final, cuando todo esté dicho y hecho, cuando las batallas de esta vida terminen y el polvo se asiente, estaremos en pie. No porque seamos fuertes. Sino porque alguien oró por nosotros. Porque el fuego descendió. Porque confiamos en el nombre. Porque el Rey nos respondió. Salva, Jehová. Que el Rey nos responda el día que clamemos. Amén.
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