ROMANOS 13:1-3
SOMETERNOS, NO RESISTIR, PORTARNOS BIEN
INTRODUCCIÓN
Pablo acaba de enseñar que el cristiano no debe vengarse, sino dejar la justicia en manos de Dios. Ahora profundiza: ¿cómo se relaciona el creyente con las autoridades civiles? Escribe desde Roma, bajo Nerón, el emperador que poco después encendería las antorchas con cristianos vivientes. Y aun así, dice: someteos. No porque el gobierno sea perfecto, sino porque Dios está detrás del orden. Por eso da tres mandatos: someterse, no resistir, portarse bien. No son sugerencias. Son principios del Reino.
PRIMER PUNTO: SOMETERSE A LAS AUTORIDADES SUPERIORES
Exégesis: "Sométase toda persona a las autoridades superiores" (v. 1a). Hypotassestho significa colocarse voluntariamente debajo de quien está por encima. No es sumisión forzada, sino ordenada. Pasa psyche, "toda alma", no hay excepciones. La razón: "no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas" (v. 1b). La exousia (autoridad legítima) viene de Dios. La preposición griega es hupo theou, por Dios, no apo theou, de Dios. No significa que Dios apruebe cada gobernante, sino que la autoridad como institución es establecida por Él. El verbo es tetagmenai eisin, perfecto pasivo de tasso: "han sido puestas en orden, establecidas, designadas". Es una ordenanza que permanece en vigor.
Incluso los gobiernos injustos están bajo su soberanía permisiva. Pablo escribe siendo emperador Nerón, perseguidor cruel de los cristianos. No está diciendo que Nerón sea bueno, está diciendo que el gobierno como tal es de Dios. El cristiano es ciudadano obediente en cualquier país, sabiendo que está sometido a lo que ha sido establecido por Dios mismo. Sin gobiernos en la tierra, no habría seguridad de vida ni de propiedad. El salvajismo dominaría.
Spurgeon observa: "La obediencia a las autoridades civiles es una obligación de conciencia para el cristiano, independientemente de las cualidades personales de quienes ejercen esa autoridad, que solo procede de Dios".
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Reconoce que la autoridad sobre ti, aunque no te guste, ha sido permitida por Dios. Ora por tus autoridades, no solo las que te gustan, sino todas. La oración cambia más que la queja.
2. Cumple tus obligaciones civiles sin evasiones: impuestos, leyes, documentos. El cristiano debe ser el mejor ciudadano, no el peor.
3. Refrena tu lengua al hablar de las autoridades, aunque sean malas. Recuerda: "A quien temor, temor; a quien honor, honor".
Texto de apoyo: Tito 3:1 – "Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra."
Cita célebre: "La ley es la sombra sobre la tierra de la justicia de Dios." – Canon Liddon
SEGUNDO PUNTO: NO RESISTIR A LA AUTORIDAD
Exégesis: "De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos" (v. 2). Antitassomenos significa "alinearse en contra", ponerse en orden de batalla contra el orden divino. Anthesteken es "mantenerse firme en contra". Resistir al gobierno legítimo no es solo un acto político, sino espiritual. Krima es condenación, juicio. No necesariamente eterno, pero sí real: el castigo del gobierno y el juicio de Dios.
El que resiste al gobierno se expone a dos juicios: el del magistrado, que puede encarcelarlo o multarlo, y el de Dios, que ve en la rebeldía una ofensa contra Su orden establecido. Como dice el comentarista: "El que resiste al poder resiste la institución de Dios. Si alguna persona se niega a obedecer al gobierno al que está sujeto en cualquier punto dejado libre por el mandato expreso de Dios, se rebela no solo contra la autoridad legítima del gobierno, sino incidentalmente contra Dios mismo".
Los judíos, considerándose ciudadanos del reino de Dios, hallaban difícil estar sujetos a gobiernos paganos. Convertidos en cristianos, muchos seguían con la misma actitud de no estar obligados a obedecer. Pablo corrige esto: el cristiano es ciudadano obediente en cualquier país. Pero aclaremos: "resistir" no significa infringir alguna ley, sino oponerse al gobierno, desafiando su autoridad. Toda revolución, demostración ilegal o acción de anarquía se le prohíbe al cristiano.
Sin embargo, hay un límite. Si el gobierno demanda al cristiano hacer algo que como cristiano no puede hacer, el cristiano tiene que desobedecer en lugar de estar en sujeción. Hechos 4:19; 5:28-29; Daniel 6:7-10 lo demuestran. No se trata de obediencia ciega, sino de sumisión inteligente que reconoce a Dios como soberano supremo. Como dice Shedd: "Si el gobierno intenta forzar al cristiano a violar un mandato divino, debe resistir incluso hasta la muerte. La mayoría de los apóstoles sufrieron martirio por este principio".
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Antes de desobedecer, pregunta si realmente contradice la ley de Dios. No hagas de la resistencia un hábito. La postura natural es la sumisión.
2. Si desobedeces por conciencia, hazlo con respeto y dispuesto a pagar consecuencias. Como los apóstoles: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres".
3. No participes en actos de desobediencia civil que busquen el caos. El cristiano puede trabajar por el cambio, pero no por la destrucción del orden. La revolución es obra de los inconversos; el cristiano obra por la transformación desde dentro.
Texto de apoyo: Hechos 5:29 – "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres".
Cita célebre: "No se puede servir a Dios y al César en lo que es contrario a Dios" – San Agustín.
TERCER PUNTO: PORTARSE BIEN
Exégesis: "Porque los magistrados no están para infundir temor a los que hacen el bien, sino a los que hacen el mal" (v. 3a). El gobierno es un terror para los malhechores, no para los inocentes. Su función divina es proteger al bueno y castigar al malo. Ningún gobierno ha sido establecido con el propósito expresado de hacer mal al bueno y bien al malo. Aun durante la persecución de Nerón, los cristianos eran perseguidos como malhechores, como desobedientes a las leyes de adorar al emperador. Pablo declara la regla para los gobiernos, no las excepciones que pueda haber.
"¿Quieres, pues, no temer a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella" (v. 3b). La vida recta desarma al gobierno. Incluso los gobernantes injustos reconocen el bien cuando lo ven. "Porque es servidor de Dios para tu bien... no en vano lleva la espada" (v. 4). El gobernante es diakonos de Dios, su instrumento para mantener el orden y frenar el mal. La espada es símbolo del poder punitivo legítimo. Como dice el comentarista: "El gobierno tiene el derecho de Dios de tomar la vida humana para preservar el orden".
Pablo presenta la función correcta del gobierno según la voluntad de Dios. El magistrado es ministro de Dios, vengador para castigar al que hace mal. La ira pertenece a Dios, pero la ejecuta por medio de sus siervos, los gobiernos civiles de la tierra. Esto conecta directamente con Romanos 12:19: "Dad lugar a la ira de Dios". El cristiano no se venga porque confía en que Dios usa al gobierno para ejecutar justicia.
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Vive de modo que el gobierno no tenga razón para temerte. El cristiano debe ser un ciudadano ejemplar, no una carga para la sociedad.
2. Reconoce que el gobierno tiene derecho a usar la fuerza legítimamente. No condenes toda autoridad policial o judicial por los abusos de algunos.
3. Si eres castigado, examina si es por hacer el bien o el mal. Si es por justicia, acepta la corrección. Si es por fe, acepta el martirio con gozo.
Texto de apoyo: 1 Pedro 2:14 – "Para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen el bien".
Cita célebre: "La espada no es en vano; es el baluarte de la paz contra la violencia" – Tomás de Aquino.
CONCLUSIÓN
Tres mandatos: someteros, no resistir, portaros bien. No son para sobrevivir al mundo, sino para testificar del Reino. El cristiano sabe que su verdadero Rey está en el cielo; por eso puede someterse a los reyes de la tierra sin miedo. No por conveniencia, sino por conciencia. No por temor, sino por convicción. Porque el Dios que ordenó los gobiernos es el mismo que gobierna los corazones. Y porque el cristiano ya dejó la venganza en manos de Dios en el capítulo 12, ahora puede confiar en que Dios usa al magistrado para ejecutar esa justicia en el capítulo 13.
VERSIÓN LARGA
SOMETERNOS, NO RESISTIR, PORTARNOS BIEN
Una meditación sobre Romanos 13:1-3
Hay momentos en la historia en que las palabras parecen imposibles. Momentos en que la crueldad del poder es tan evidente, tan brutal, tan descarnada, que cualquier llamado a la sumisión suena a cobardía, a complicidad, a traición. Pablo escribió estas palabras desde el corazón del imperio romano, en el año 57 o 58 de nuestra era, cuando Nerón todavía no había encendido las antorchas humanas en sus jardines, pero su locura ya comenzaba a asomarse como el borde de un cuchillo que se desenvaina lentamente. Nerón, el emperador que asesinaría a su propia madre, que incendiaría Roma y culparía a los cristianos, que convertiría la crucifixión en espectáculo y la persecución en deporte nacional. Pablo sabía lo que se avecinaba. Lo había visto en las visiones, lo había escuchado en los susurros de los profetas, lo había presagiado en el espíritu que lo impulsaba a escribir con urgencia a las iglesias que fundaba. Y sin embargo, con la pluma temblorosa pero firme, con la autoridad de quien ha sido apedreado y azotado y encarcelado, escribió estas palabras que han desconcertado a generaciones enteras, que han sido usadas por tiranos para oprimir y por mártires para consolar: "Sométase toda persona a las autoridades superiores". No dijo "resistan". No dijo "huyan". No dijo "revolución". Dijo "someteos".
No es que Pablo fuera ingenuo. Nadie que ha sido azotado tres veces con varas romanas, apedreado una vez hasta dejarlo por muerto en las puertas de Listra, encarcelado en múltiples ocasiones, perseguido por judíos y gentiles por igual, puede ser acusado de ingenuidad política. Pablo sabía que el gobierno podía ser cruel. Sabía que la autoridad podía ser injusta. Sabía que la espada podía caer sobre el inocente. Pero también sabía algo que los revolucionarios de todas las épocas han olvidado en su frenesí de destrucción: que el mal no se vence con el mal, que el orden no se construye sobre el caos, que la autoridad, incluso la autoridad corrupta, es preferible a la anarquía. Sin gobierno, no hay seguridad. Sin ley, no hay justicia. Sin autoridad, no hay civilización. El salvajismo no es libertad. El salvajismo es la ley del más fuerte, la tiranía del puño, el reino de la bestia. Y Pablo, que había visto el mundo sin gobierno en sus viajes por las regiones más salvajes del imperio, que había conocido la barbarie de las tribus que no conocían ley ni autoridad, sabía que cualquier gobierno, incluso el de Nerón, era mejor que la ausencia de gobierno. Un tirano es una maldición, pero la anarquía es el abismo.
Los comentaristas antiguos y modernos han reflexionado largamente sobre este pasaje, porque encierra en su brevedad una teología política de inmensa profundidad. Un comentarista señala que Pablo, al escribir a los romanos, "habla extensamente de la obediencia a los magistrados: y esto era también, en efecto, una apologética pública de la religión cristiana". No era un tratado político. Era una declaración teológica. El cristiano no es un enemigo del orden. El cristiano es el mejor amigo del orden, porque sabe que el orden viene de Dios. Otro comentarista, Bishop Harvey Goodwin, observa que la enseñanza de Pablo sobre la sumisión a la autoridad no era una innovación, sino una aplicación de principios profundos: "El gran rasgo de la enseñanza del Nuevo Testamento es que todos los deberes, cualesquiera que sean, son puestos sobre un fundamento más elevado que antes. Lo que Cristo ha hecho por nosotros es la medida de lo que debemos hacer y el argumento por el cual debemos hacerlo". La sumisión al gobierno no es un deber cívico aislado. Es una expresión de la gratitud que el cristiano siente hacia el Dios que ha establecido el orden en un mundo caído.
F. D. Maurice, el teólogo del siglo XIX, encontró en estas palabras una protesta contra la tiranía más poderosa que cualquier llamada a la rebelión: "El mismo fundamento sobre el cual San Pablo basa su exhortación a los cristianos romanos es el fundamento que demuestra que toda opresión como la que los emperadores romanos cometían es una cosa falsa y odiosa, una contradicción tan grosera y monstruosa que solo puede durar por un corto tiempo. 'No hay autoridad sino de parte de Dios.' Si los poderes que son están ordenados por los hombres, pueden ser usados según el placer de los hombres. Es meramente un conflicto entre esta forma de voluntad propia y aquella; entre una tiranía que existe y una tiranía que lucha por existir. Si los poderes que son están ordenados por Dios, deben estar diseñados para cumplir el buen placer de Dios; toda voluntad propia debe estar en conflicto con una voluntad perfecta que obra continuamente para el bien". La sumisión no es rendición al mal. Es confianza en que Dios, que ha permitido el mal, también lo usará para sus propósitos. La rebelión es desconfianza en la soberanía de Dios. La sumisión es fe en que Dios está en control, incluso cuando los gobernantes son malvados.
El cristiano, entonces, no es un revolucionario que busca derribar estructuras para imponer su propio reino con la fuerza de la espada. El cristiano es un ciudadano del cielo que vive en la tierra, un embajador de un Reino que no es de este mundo, pero que respeta las autoridades de este mundo porque sabe que, detrás de cada gobernante, hay un Dios soberano que los levanta y los derriba según su voluntad. La historia no es el caos de pasiones humanas. La historia es el escenario del gobierno divino. Y los gobiernos humanos, aunque no lo sepan, son instrumentos en las manos del Dios de la historia. Por eso Pablo puede decir: "Someteos". No porque el gobierno sea bueno. Sino porque Dios es soberano. Y porque la sumisión al gobierno, en la esfera de lo que es legítimo, es sumisión a Dios.
Y así, en tres mandatos breves pero profundos, Pablo resume la relación del cristiano con el poder político. El primer mandato es someterse. No es una sumisión ciega, sino una sumisión inteligente, que reconoce que la autoridad viene de Dios y que el orden es preferible al caos. El segundo mandato es no resistir. No es una pasividad cobarde, sino una resistencia activa al mal que no usa los métodos del mal. El tercer mandato es portarse bien. No es una vida de apariencias, sino una vida de integridad que desarma al enemigo y da gloria a Dios. Tres mandatos que, juntos, forman la base de la ciudadanía cristiana. No son sugerencias para los que tienen miedo. Son principios para los que tienen fe. Porque el cristiano no se somete por miedo. Se somete por conciencia. No resiste por cobardía. Resiste por convicción. Se porta bien por amor. Y en todo esto, testifica de un Reino que no es de este mundo, pero que ya está presente en medio de este mundo, como levadura en la masa, como sal en la tierra, como luz en las tinieblas.
El primer mandato de Pablo es radical en su simplicidad y profundo en su teología. "Sométase toda persona a las autoridades superiores". La palabra griega para "sométase" es hypotassestho, un verbo compuesto de hypo (debajo) y tasso (poner en orden, disponer, ordenar). Significa colocarse voluntariamente en la posición que corresponde, reconocer el lugar que otro ocupa, ordenarse debajo de quien está por encima. No es una sumisión forzada, arrancada por la espada del miedo. Es una sumisión voluntaria, nacida del reconocimiento de que el orden es bueno y que Dios es el autor del orden. La palabra tasso tiene connotaciones militares: es el verbo que se usaba para describir la formación de las tropas en batalla. Cada soldado ocupa su lugar. Cada uno sabe a quién debe obedecer. El ejército que se desordena es un ejército derrotado. La sociedad que pierde el orden es una sociedad que se desmorona. El cristiano, entonces, no es un soldado que rompe filas. Es un soldado que ocupa su lugar con humildad y disciplina.
El verbo hypotassestho está en voz media, lo que indica una acción que el sujeto realiza sobre sí mismo. No es "sed sometidos" por otros. Es "someteos" voluntariamente. La sumisión cristiana no es una imposición externa. Es una decisión interna. El cristiano elige someterse. No porque el gobierno lo obligue, sino porque su conciencia, iluminada por el Espíritu, le dice que eso es lo correcto. No es una sumisión pasiva, de la que no se puede escapar. Es una sumisión activa, que se elige libremente. El cristiano no es un esclavo del gobierno. Es un siervo voluntario de Dios, que se somete al gobierno por amor a Dios.
La frase "toda persona" es pasa psyche, literalmente "toda alma". Los comentaristas señalan que esta expresión hebraica denomina a los hombres por su parte más noble, su alma, para indicar que la sumisión no es solo externa. El alma misma, la conciencia, la identidad más profunda del ser humano, está involucrada en la sumisión a la autoridad. San Juan Crisóstomo, el gran predicador de Antioquía, comentó sobre este versículo con una autoridad que resonaría a través de los siglos: "Incluso si eres apóstol, incluso si eres evangelista, incluso si eres profeta, debes someterte". No hay excepciones. No hay clase exenta. La autoridad política no es un mal menor que el cristiano tolera a regañadientes. Es una institución divina que el cristiano honra con su obediencia. Otro comentarista añade: "El apóstol no dice que no hay príncipe sino de Dios, sino que no hay poder sino de Dios, queriendo decir poder legítimo, y hablando de leyes verdaderas y justas". El poder legítimo, la *exousia*, es de Dios. El poder usurpado, el poder ejercido fuera de la ley, no es de Dios. Pero mientras el poder se ejerza dentro de los límites de la ley, el cristiano debe someterse.
La razón es teológica y profunda: "Porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas". Pablo no dice "no hay autoridad buena sino de Dios" ni "no hay autoridad justa sino de Dios". Dice "no hay autoridad sino de parte de Dios". Incluso la autoridad injusta, la autoridad opresora, la autoridad que persigue a los justos, tiene su origen en Dios. No porque Dios apruebe sus acciones, sino porque Dios ha permitido que exista y la usa para sus propios fines. La preposición griega es hupo theou, "por Dios", no apo theou, "de Dios". La diferencia es sutil pero importante. Apo indicaría origen directo, aprobación. Hupo indica instrumento, medio, permitido por. El gobierno no es la voluntad directa de Dios, sino el instrumento que Dios usa para mantener el orden en un mundo caído. Es como el martillo que el carpintero usa para construir. El martillo no es el carpintero, pero es su instrumento. Así el gobernante, incluso el que no cree en Dios, es un instrumento en las manos del Dios de la historia. Un comentarista explica: "El gobierno de todo estado, ya sea monárquico, aristocrático, democrático o mixto, es tan realmente de designio divino como lo fue el gobierno de los judíos, aunque ninguno sino la forma judía fue de legislación divina. Porque Dios, habiendo destinado a la humanidad a vivir en sociedad, ha, por la estructura de su naturaleza y por la razón de las cosas, autorizado el gobierno a ser ejercido en todo país".
Los comentaristas señalan que Pablo usa la palabra exousia en lugar de dynamis. Exousia es autoridad legítima, potestad, derecho a gobernar. Dynamis es fuerza bruta, poder físico, capacidad de imponerse. Pablo no está diciendo que el que tiene la fuerza tiene la razón. Está diciendo que el que tiene la autoridad, la autoridad legítima, la exousia, la tiene porque Dios se la ha dado. El verbo para "establecidas" es tetagmenai eisin, una forma perfecta pasiva de tasso. El perfecto indica una acción pasada que tiene resultados permanentes. Han sido establecidas, y esa ordenación permanece en vigor. No es un evento temporal. Es una realidad permanente. Dios ha ordenado que haya gobiernos, y los gobiernos que existen, por imperfectos que sean, son parte de ese orden divino. Un comentarista lo expresa así: "La ordenación del magistrado es de Dios; es de su ordenación y nombramiento, y de su ordenamiento, disposición y fijación en sus propios límites y fronteras. Las varias formas de gobierno son de la voluntad y el placer humanos; pero el gobierno mismo es una orden de Dios".
Spurgeon, el gran predicador londinense, capturó la esencia de este principio con su habitual agudeza: "La obediencia a las autoridades civiles es una obligación de conciencia para el cristiano, independientemente de las cualidades personales de quienes ejercen esa autoridad, que solo procede de Dios". No importa si el gobernante es bueno o malo. No importa si votaste por él o no. No importa si te cae bien o te cae mal. La autoridad que ejerce es, en última instancia, una autoridad delegada por Dios. Y el cristiano, que reconoce la soberanía de Dios sobre todas las cosas, debe honrar esa autoridad. No por temor al castigo, sino por temor a Dios. No por conveniencia política, sino por convicción espiritual.
Los judíos, a quienes Pablo conocía bien, tenían una larga historia de resistencia a los imperios. Primero fue Egipto, luego Asiria, luego Babilonia, luego Persia, luego Grecia, luego Roma. Siempre habían sido un pueblo difícil de gobernar. Su fe en un solo Dios los hacía incapaces de doblar la rodilla ante los dioses de las naciones. Y esa misma fe, mal entendida, los llevaba a veces a la rebelión abierta. Había grupos de zelotes que creían que la resistencia armada era un acto de piedad. Había profetas falsos que prometían liberación militar. Había un fermento constante de insurrección que estallaba en ocasiones como la de Judas el Galileo. Pablo sabía que algunos cristianos, especialmente los de origen judío, podían arrastrar esa misma mentalidad a su nueva fe. Y en Roma, la capital del imperio, la tentación de resistir al gobierno pagano era especialmente fuerte. Un comentarista observa: "El amor orgulloso a la libertad de los judíos, redoblado para los cristianos, entre quienes incluso los gentiles cristianos podían ser fácilmente extraviados por las ideas mesiánicas (teocracia, reino de Cristo, libertad y herencia de los creyentes, etc.) a pensamientos pervertidos de libertad y deseos de emancipación, hizo necesaria la inculcación de la obediencia civil". Por eso Pablo insiste: "Someteos". No porque el gobierno sea bueno. Sino porque la sumisión al gobierno es parte de la sumisión a Dios.
El cristiano, entonces, es el mejor ciudadano, no el peor. No evade impuestos. No rompe leyes. No se rebela contra la autoridad. Obedece. Cumple. Respeta. No porque el gobierno lo merezca, sino porque Dios lo merece. Porque el cristiano sabe que su verdadero Rey está en el cielo, puede someterse a los reyes de la tierra sin miedo. No por conveniencia, sino por conciencia. No por temor, sino por convicción. Y en esa sumisión, testifica de un orden más alto, de un Reino que no es de este mundo, pero que ya está presente en medio de este mundo.
El segundo mandato es la consecuencia lógica del primero. "De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos". La partícula hoste indica una conclusión inevitable. Si la autoridad es de Dios, entonces oponerse a ella es oponerse a Dios. La palabra griega para "se opone" es antitassomenos, que significa "alinearse en contra", "ponerse en orden de batalla contra". Es un término militar, el opuesto exacto de hypotasso. El que se opone no está simplemente en desacuerdo. Está en guerra. Está desafiando. Está tomando posición contra el orden divino. No es una oposición teórica, intelectual. Es una oposición práctica, activa, que se traduce en acciones de resistencia. Y Pablo dice que esa resistencia no es solo contra el gobierno. Es contra Dios mismo. El verbo "resiste" en la segunda parte es anthesteken, que significa "mantenerse firme en contra", "oponer resistencia obstinada". No es un acto pasajero. Es una postura de vida. El que resiste al gobierno ha tomado una decisión fundamental: se ha puesto en contra del orden de Dios. Un comentarista explica: "Si alguna persona se niega a obedecer al gobierno al que está sujeto en cualquier punto dejado libre por el mandato expreso de Dios, se rebela no solo contra la autoridad legítima del gobierno, sino incidentalmente contra Dios mismo, quien estableció el gobierno".
La palabra "condenación" es krima, que significa juicio, sentencia condenatoria. No es necesariamente la condenación eterna, aunque puede serlo si la resistencia es obstinada y el corazón no se arrepiente. Es, en primer lugar, el juicio que viene de Dios a través del gobierno. El magistrado es el instrumento de ese juicio. Pero también es el juicio de Dios mismo, que no deja impune la rebelión contra su orden establecido. Un comentarista señala: "El que resiste al gobierno se expone a dos juicios: el del magistrado, que puede encarcelarlo o multarlo, y el de Dios, que ve en la rebeldía una ofensa contra Su orden establecido". No es una amenaza vacía. Es una realidad espiritual. La resistencia al gobierno no es solo un delito civil. Es un pecado contra Dios. Otro comentarista añade: "El krima es un juicio divino, aunque el magistrado es el ejecutor de él. Pero decir que es solo el juicio de Dios no es decir que sea la condenación eterna. Hay muchas maneras en que la condenación de Dios se expresa y ejecuta".
Los judíos, considerándose ciudadanos del reino de Dios, hallaban difícil estar sujetos a gobiernos paganos. Convertidos en cristianos, muchos seguían con la misma actitud de no estar obligados a obedecer a gobiernos que no reconocían a Cristo. Pablo corrige esto con firmeza: el cristiano es ciudadano obediente en cualquier país, sabiendo que está sometido a lo que ha sido establecido por Dios mismo. Desobedecer al gobierno civil es desobedecer a Dios. Toda revolución, demostración ilegal o acción de anarquía, se le prohíbe al cristiano. No es que el cristiano no pueda trabajar por el cambio. Puede y debe hacerlo, pero por medios legales, pacíficos, respetuosos. La violencia revolucionaria no es el camino del Reino. El camino del Reino es la cruz, no la espada. Un comentarista resume: "En estas cosas se ocupan los inconversos y Dios las controla según su deseo y voluntad de quitar y poner, pero el cristiano se somete al gobierno establecido, sea al que regía antes de la revolución, o al que ahora rige como consecuencia de la revolución o guerra".
Pero aquí hay un límite que Pablo no menciona explícitamente, pero que está implícito en toda la Escritura. Si el gobierno demanda al cristiano hacer algo que como cristiano no puede hacer, el cristiano tiene que desobedecer en lugar de estar en sujeción. Hechos 4:19: "Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios". Hechos 5:29: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres". Daniel 6:7-10 nos muestra a Daniel desobedeciendo el decreto del rey para seguir orando a Dios. La regla es clara: se obedece al gobierno en todo lo que no contradice la voluntad de Dios. Donde el gobierno exige lo que Dios prohíbe, o prohíbe lo que Dios exige, el cristiano debe desobedecer. Pero esa desobediencia no es rebelión. Es fidelidad. No es violencia. Es testimonio. No es para derrocar al gobierno, sino para honrar a Dios. Y el cristiano que desobedece por conciencia debe estar dispuesto a pagar las consecuencias. No puede reclamar libertad de conciencia y al mismo tiempo exigir impunidad. El martirio no es un derecho. Es un privilegio. Un comentarista explica: "El cristiano se someterá al nuevo poder tan pronto como la resistencia del antiguo haya cesado. En el estado actual de las cosas reconocerá la manifestación de la voluntad de Dios, y no tomará parte en ningún complot reaccionario. Pero, ¿debería el cristiano apoyar al poder del estado incluso en sus medidas injustas? No; no hay nada que muestre que la sumisión requerida por San Pablo incluya la cooperación activa; puede incluso mostrarse en forma de resistencia pasiva; y no excluye en absoluto la protesta verbal e incluso la resistencia en la acción, siempre que a esta última se una la aceptación tranquila del castigo infligido".
Shedd, el teólogo americano, capturó esta tensión con claridad: "Si el gobierno intenta forzar al cristiano a violar un mandato divino, debe resistir incluso hasta la muerte. La mayoría de los apóstoles sufrieron martirio por este principio". No es una resistencia activa, violenta, que busca derrocar al gobierno. Es una resistencia pasiva, que acepta el sufrimiento antes que la desobediencia a Dios. Es la resistencia de los mártires, no la de los revolucionarios. Los apóstoles no tomaron las armas contra Roma. Se dejaron matar. Y en su muerte, vencieron. La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia. La violencia de los revolucionarios solo engendra más violencia. El cristiano, entonces, no es un anarquista. No es un revolucionario. No es un agitador que busca derribar estructuras para imponer su propio reino. El cristiano es un ciudadano del cielo que vive en la tierra, un embajador de un Reino que no es de este mundo, pero que respeta las autoridades de este mundo porque sabe que, detrás de cada gobernante, hay un Dios soberano que los levanta y los derriba según su voluntad. No se resiste. Se somete. No se rebela. Obedece. No se venga. Confía. Porque sabe que la justicia última no está en las manos de los hombres, sino en las manos de Dios.
El tercer mandato es el complemento perfecto de los dos anteriores. "Porque los magistrados no están para infundir temor a los que hacen el bien, sino a los que hacen el mal". Pablo describe aquí el propósito original del gobierno, su función ideal. La palabra griega para "temor" es phobos, que significa miedo, terror, pavor. El gobierno, cuando funciona correctamente, es el terror de los malhechores, no de los inocentes. Es un escudo para los buenos y una espada para los malos. Ningún gobierno ha sido establecido con el propósito expresado de hacer mal al bueno y bien al malo. Eso sería la corrupción del gobierno, no su esencia. Un comentarista explica: "Ningún gobierno ha sido establecido con el propósito expresado de hacer mal al bueno y bien al malo. Aun durante la persecución del emperador Nerón, eran perseguidos los cristianos como malhechores (desobedientes a las leyes romanas de adorar al emperador, etcétera). Cuando el gobierno deja de funcionar como ordenado de Dios, deja de ser servidor de Dios y viene a ser instrumento de crueldad. En este versículo Pablo declara la regla para gobiernos, y no las excepciones que pueda haber". La regla es que el gobierno protege al bueno y castiga al malo. La excepción es cuando el gobierno se corrompe y persigue al justo. Pero la excepción no anula la regla.
"¿Quieres, pues, no temer a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella". La pregunta es retórica. La respuesta es obvia. Si quieres vivir sin miedo a la ley, cumple la ley. Si no quieres tener problemas con el gobierno, sé un buen ciudadano. La alabanza del gobierno no es el objetivo del cristiano, pero es una consecuencia natural de una vida recta. El mundo, incluso el mundo pagano, sabe reconocer el bien cuando lo ve. Y el cristiano que vive bien recibe, incluso de los incrédulos, un testimonio de su integridad. Un comentarista observa: "Hay un temor que precede a las malas acciones y disuade de cometerlas: este temor debe permanecer siempre. Hay otro temor que sigue a las malas acciones: los que hacen el bien están libres de este temor". El cristiano no teme al gobierno porque no hace nada que merezca castigo. Su conciencia está tranquila. Su vida es recta. No tiene nada que ocultar.
"Porque es servidor de Dios para tu bien... no en vano lleva la espada". La palabra griega para "servidor" es diakonos, la misma que se usa para los diáconos de la iglesia. El gobernante, incluso el pagano, es un diácono de Dios. Tiene una función sagrada, aunque no lo sepa. Es el ministro de Dios para el bien de la sociedad. La espada es el símbolo del poder coercitivo del gobierno. No es un adorno vacío. Es el derecho a usar la fuerza, incluso la fuerza letal, para castigar el mal. Pablo reconoce la legitimidad de la pena capital en el marco del gobierno. No es una declaración a favor de la violencia. Es una declaración de que el gobierno tiene la responsabilidad de proteger a los inocentes, y que esa responsabilidad incluye el uso de la fuerza cuando es necesario. Un comentarista explica: "El magistrado civil es ministro de Dios, vengador para castigar al que hace mal. La ira pertenece a Dios, pero la ejecuta por medio de sus siervos, los gobiernos civiles de la tierra". La espada no es un símbolo de opresión. Es un símbolo de justicia. Es el recurso último contra el mal cuando el mal se ha vuelto violento.
Tomás de Aquino, el gran teólogo medieval, resumió esta verdad con su habitual precisión: "La espada no es en vano; es el baluarte de la paz contra la violencia". No es un instrumento de opresión, sino de protección. No es el capricho del tirano, sino el recurso de la justicia. Cuando el gobierno usa la espada para castigar al malhechor, está cumpliendo su función divina. El cristiano, entonces, no debe condenar toda autoridad policial o judicial por los abusos de algunos. Debe reconocer que la función del gobierno es santa, aunque los funcionarios sean pecadores. Otro comentarista añade: "El gobierno tiene el derecho de Dios de tomar la vida humana para preservar el orden. Cuando el gobierno demanda al cristiano hacer algo que como cristiano no puede hacer, el cristiano tiene que desobedecer en lugar de estar en sujeción". Hay un límite, pero dentro de ese límite, la sumisión es absoluta.
Pablo conecta este principio con Romanos 12:19: "Dad lugar a la ira de Dios". En el capítulo 12, el cristiano aprende a no vengarse, a dejar la venganza en manos de Dios. En el capítulo 13, el cristiano aprende cómo Dios ejecuta esa venganza: a través del gobierno. El gobierno es el instrumento de la ira de Dios contra el mal. El cristiano no se venga porque confía en que Dios usará al gobierno para ejecutar justicia. No es que el gobierno sea perfecto. Pero es el medio ordinario por el cual Dios mantiene el orden en un mundo caído. El cristiano que entiende esto no necesita tomar la ley en sus propias manos. Puede confiar en que Dios, a través de las autoridades, hará justicia. Un comentarista observa: "El cristiano ya dejó la venganza en manos de Dios en el capítulo 12, ahora puede confiar en que Dios usa al magistrado para ejecutar esa justicia en el capítulo 13".
El cristiano, entonces, es un ciudadano ejemplar. No porque el gobierno lo merezca. Sino porque Dios lo merece. Vive de tal manera que el gobierno no tenga razón para temerle. Obedece las leyes. Paga sus impuestos. Respeta a las autoridades. No da motivos para sospecha. No deja cabos sueltos. No se mueve en áreas grises. Su vida es tan transparente que incluso un fiscal hostil no podría encontrar nada que acusar. Y si es castigado, examina si es por hacer el bien o el mal. Si es por hacer el bien, acepta el martirio con gozo. Si es por hacer el mal, acepta la corrección con humildad. Porque sabe que su verdadero Rey está en el cielo, puede someterse a los reyes de la tierra sin miedo. No por conveniencia, sino por conciencia. No por temor, sino por convicción.
Tres mandatos, una misma lógica. Someterse, no resistir, portarse bien. No son tres reglas para sobrevivir en un mundo hostil. Son tres principios para vivir como hijos de Dios en medio de un mundo que no lo reconoce. Someterse a las autoridades, no porque sean justas, sino porque Dios las ha permitido. No resistir, no porque el mal sea tolerable, sino porque la resistencia al gobierno es resistencia a Dios. Portarse bien, no para recibir alabanza, sino para que el mundo vea las buenas obras y glorifique a Dios.
Pablo no está siendo ingenuo. Sabe que los gobernantes pueden ser injustos. Sabe que la autoridad puede ser abusada. Sabe que el cristiano puede ser llamado a desobedecer cuando la ley humana contradice la ley divina. Pero la excepción no anula la regla. La regla es la sumisión. La excepción es la resistencia. Y cuando la resistencia viene, no es con espada, sino con la cruz. No es con violencia, sino con mansedumbre. No es para derrocar al gobierno, sino para testificar del Reino. Los apóstoles no se levantaron contra Roma. Se dejaron matar. Y en su muerte, vencieron. El imperio romano cayó. La Iglesia permaneció. La espada de Roma se oxidó. La cruz de Cristo resplandece. Un comentarista resume: "La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia. La obediencia de los cristianos fue el testimonio más poderoso que el mundo había visto. Los paganos, que esperaban ver a una secta de revolucionarios, vieron a un pueblo que oraba por sus perseguidores, que bendecía a los que los maldecían, que se sometía a las autoridades incluso cuando las autoridades los mataban. Y ese testimonio, más que cualquier revolución, transformó el mundo".
El cristiano, entonces, no es un revolucionario. Es un testigo. No busca derrocar gobiernos. Busca transformar corazones. No usa la violencia del mundo. Usa las armas del Espíritu. No confía en el poder político. Confía en el poder del evangelio. Por eso puede someterse a los gobiernos sin miedo. Porque sabe que su verdadero Rey está en el cielo. Porque sabe que su Reino no es de este mundo. Porque sabe que su esperanza no está en los gobiernos humanos, sino en el gobierno de Dios.
No te conformes con una fe que solo se expresa en la iglesia. Tu fe debe expresarse también en la plaza pública. Tu ciudadanía celestial no te exime de tu ciudadanía terrenal. Al contrario, la hace más profunda. El que sabe que su verdadero Rey está en el cielo puede someterse a los reyes de la tierra sin miedo. El que sabe que su reino no es de este mundo puede vivir en este mundo sin ser del mundo. El que sabe que su esperanza no está en los gobiernos humanos puede ser el mejor ciudadano de todos, porque no espera del gobierno lo que solo Dios puede dar.
Someteros, no resistir, portaros bien. No por miedo. Por conciencia. No por conveniencia. Por convicción. Porque el Dios que ordenó los gobiernos es el mismo que gobierna los corazones. Y su Reino no es de este mundo, pero su autoridad lo abarca todo. El que se somete al gobierno se somete a Dios. El que resiste al gobierno resiste a Dios. El que se porta bien da gloria a Dios. El que se porta mal deshonra a Dios. La elección es simple. La obediencia es clara. El testimonio es poderoso.
En los años que siguieron a la carta de Pablo, Nerón desató su furia contra los cristianos. Los quemó vivos en sus jardines. Los cubrió con pieles de animales y los hizo destrozar por perros. Los crucificó en las colinas de Roma. Pero los cristianos no se rebelaron. No tomaron las armas. No incendiaron el palacio imperial. Se sometieron. Obedecieron. Murieron. Y en su muerte, vencieron. La sangre de los mártires fue la semilla de la Iglesia. La obediencia de los cristianos fue el testimonio más poderoso que el mundo había visto. Los paganos, que esperaban ver a una secta de revolucionarios, vieron a un pueblo que oraba por sus perseguidores, que bendecía a los que los maldecían, que se sometía a las autoridades incluso cuando las autoridades los mataban. Y ese testimonio, más que cualquier revolución, transformó el mundo.
Tú también puedes ser ese testimonio. No con la espada, sino con la cruz. No con la violencia, sino con la mansedumbre. No con la rebelión, sino con la sumisión. Sométete a las autoridades, no porque sean buenas, sino porque Dios está detrás de ellas. No resistas, no porque el mal sea tolerable, sino porque la resistencia al gobierno es resistencia a Dios. Pórtate bien, no para recibir alabanza, sino para dar gloria a Dios. Y el mundo, al ver tus buenas obras, glorificará a tu Padre que está en los cielos. Amén.
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