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SERMÓN - BOSQUEJO: ROMANOS 12:18-21 – MIA ES LA VENGANZA, DICE EL SEÑOR

ROMANOS 12:18-21 – MIA ES LA VENGANZA, DICE EL SEÑOR

INTRODUCCIÓN

La semana pasada vimos que el cristiano perseguido no maldice, sino que bendice; no retalia, sino que procura lo honroso. Pablo nos llamó a bendecir a quienes nos persiguen, a no pagar mal por mal, y a procurar lo bueno delante de todos los hombres. Eran imperativos difíciles, pero posibles, porque el amor del creyente no depende del mérito del otro.

Pero Pablo no se detiene ahí. Ahora profundiza. Si la semana pasada hablamos de cómo responder al enemigo, hoy hablamos de cómo vencerlo. No con la misma moneda, sino con una moneda que él no tiene: la paz que renuncia a la venganza, y el bien que transforma el mal.

El apóstol nos da tres mandatos que desafían toda lógica humana: primero, buscar la paz activamente, aunque el otro no coopere; segundo, dejar la venganza en manos de Dios y devolver bien por mal; tercero, no permitir que el mal nos transforme, sino transformar el mal con el poder del bien. No es un camino fácil, pero es el camino de Cristo.


PRIMER PUNTO: LA ACTITUD DE PAZ (versículo 18)

Exégesis:

Pablo escribe: Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. La frase "en cuanto dependa de vosotros" traduce el griego to ex humón (τὸ ἐξ ὑμῶν), que literalmente significa "lo que procede de vosotros" o "por vuestra parte". No es "si tú puedes", sino "hasta donde esté en tu poder". El comentarista Alford explica: "Todo vuestro papel es estar en paz". No se nos exige lo imposible. Si el otro no quiere la paz, no podemos forzarlo. Pero nuestra responsabilidad llega hasta donde llega nuestra capacidad.

El verbo "estad en paz" es eireneuontes (εἰρηνεύοντες), participio presente: manteneos en estado de paz, haced de la paz vuestro modo continuo de vida. El comentario de la Pulpit añade: "La preposición meta (μετά) con el participio expresa la idea de compañerismo general". No se trata solo de paz con los amigos, sino de vivir en paz como norma de relación con todos, incluyendo a los difíciles.

El cristiano es hombre de paz. Por su parte siempre habría paz, pero el otro no siempre quiere la paz. El cristiano es responsable por su parte en el asunto. La verdad tiene sus enemigos y el contender eficazmente por el evangelio traerá oposición. De esto no habla Pablo aquí. Habla de la disposición de procurar la paz, sacrificando nuestros propios derechos y preferencias en lugar de causar alborotos en asuntos de poca importancia. El cristiano se esfuerza por evitar problemas, aunque no sacrifica la verdad para tener la paz con los hombres.

Versículo base: Romanos 12:18 – "Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres."

Texto de apoyo: Mateo 5:9 – "Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios."

Aplicación práctica (tres maneras):

1. Examina tu parte en los conflictos. No puedes controlar la reacción del otro, pero sí la tuya. Esta semana, en una situación tensa, pregúntate: "¿He hecho todo lo que dependía de mí para estar en paz?"

2. No justifiques tu falta de paz echando la culpa al otro. La paz es tu responsabilidad, aunque el otro sea irrazonable. Ora por gracia para no alimentar el conflicto.

3. Aprende a distinguir entre paz y cobardía. La paz no significa callar la verdad o tolerar el pecado. Significa no ser tú quien aviva la hoguera. Busca la paz sin traicionar tu conciencia.

Cita célebre: "La paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de Cristo." – Thomas Merton



SEGUNDO PUNTO: LA ENTREGA DE LA VENGANZA (versículos 19-20)

Exégesis:

Pablo escribe: No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (v. 19). La palabra "amados" es agapetoi (ἀγαπητοί), vocativo plural: Pablo se dirige a ellos con ternura para suavizar un mandato duro. El comentarista observa: "Él usa esta afectuosa apelación para calmar a quienes podrían sentirse enojados".

"No os venguéis" traduce me ekdikountes (μὴ ἐκδικοῦντες), participio presente negativo: no estéis en la práctica de vengaros. No es un acto puntual, sino un hábito que se prohíbe. La venganza es un deseo natural, pero Pablo la prohibe radicalmente. No se refiere a la justicia legítima a través de las leyes (el mismo Pablo apeló al César), sino a la venganza personal, la que nace del rencor.

La frase "dad lugar a la ira" traduce dote topon te orge (δότε τόπον τῇ ὀργῇ). El artículo te (τῇ) antes de orge (ὀργῇ) es clave: no es ira en general, sino la ira, la ira divina bien conocida. Significa: no os interpongáis en el camino de la justicia de Dios. Dejadle espacio para que actúe. La cita es de Deuteronomio 32:35, y el escritor de Hebreos la usa igual (Hebreos 10:30). La venganza pertenece a Dios, no porque él sea rencoroso, sino porque solo él conoce los corazones y solo él puede hacer justicia perfecta.

El cristiano deja la cuestión de la ira a Dios. No se venga; ama a sus enemigos. "Yo pagaré, dice el Señor." ¿Cuándo? ¿Solamente en el día final? ¡No! Aun ahora su ira es manifestada por medio de gobiernos civiles (13:4). La palabra orge (ira) en este versículo se encuentra también en 13:4. Según la Versión Moderna es así: "porque es ministro de Dios, vengador suyo, para ejecutar ira sobre aquel que obra mal." La ira pertenece a Dios; la ejecuta por medio de sus siervos, los gobiernos civiles de la tierra, y la ejecutará también en medida plena en el juicio final (2:8).

Luego Pablo añade: Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza (v. 20). "Dale de comer" traduce psomize (ψώμιζε), imperativo presente de psomizo (ψωμίζω), verbo derivado de psomos (ψωμός), que significa "bocado" o "pedacito de pan". Es la acción de dar de comer a un bebé con pequeños bocados. El expositor dice: "Con tu propia mano". Es ternura activa, no mera tolerancia.

La cita es de Proverbios 25:21-22. No basta con no vengarse. Hay que hacer el bien activamente. La gran pregunta es: ¿qué significa "ascuas de fuego sobre su cabeza"? Los comentaristas coinciden en que no es una venganza disfrazada. No es que hagamos el bien para que Dios castigue más duramente. El verbo "amontonarás" es soreuseis (σωρεύσεις), futuro de soreuo (σωρεύω), que significa "amontonar en montón", como se amontonan carbones en un horno. El sentido es que la bondad produce en el enemigo un dolor beneficioso: la vergüenza, el remordimiento, el despertar de la conciencia. Como explica un comentario: "Ascuas de fuego son una figura del dolor que penetra y se adhiere. El sentido es: dolorosa vergüenza y remordimiento le prepararás". Es como el metal que se funde con el calor: la bondad puede derretir el corazón más duro.

Al hacer esto mostramos que somos como Dios; seguimos el ejemplo y la ley de Dios (Mateo 5:44-48) quien da a comer a sus enemigos. Hacer bien al que le ha hecho mal tiende a avergonzarle y causar que su conciencia le moleste mucho. Sus malos hechos le quemarán, en la conciencia, como fuego. La bondad, retornada por mal, es un castigo insoportable para el malhechor. Le da remordimiento de conciencia. Es posible ahora convertirle en amigo, si no en cristiano. De todos modos, el amar en esta forma al enemigo tiene el efecto deseado.

Versículo base: Romanos 12:19 – "No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dad lugar a la ira de Dios."

Texto de apoyo: Proverbios 25:21-22 – "Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; porque ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza, y Jehová te lo pagará."

Aplicación práctica (tres maneras):

1. Identifica a esa persona a quien consideras "enemigo". No necesariamente alguien que te odia, sino alguien con quien tienes una herida abierta. Esta semana, hazle un bien concreto que no espere de ti.

2. Cuando sientas ganas de vengarte, recuerda: "Mía es la venganza, dice el Señor". Suelta la ofensa. No es debilidad, es confiar en que Dios es mejor juez que tú.

3. No esperes resultados inmediatos. La bondad no siempre derrite al enemigo de inmediato. Pero la semilla está plantada. Dios ve y Él paga.

Cita célebre: "La venganza es del Señor. Nosotros tenemos el deber de perdonar." – Basado en Romanos 12:19



TERCER PUNTO: LA VICTORIA SOBRE EL MAL (versículo 21)

Exégesis:

Pablo resume todo con una frase lapidaria: No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien. "No seas vencido" traduce me niko (μὴ νικῶ), presente pasivo: no estés siendo vencido, no permitas que el mal te venza continuamente. "Vence" es nika (νίκα), presente activo: seguid venciendo, haced de la victoria tu práctica habitual. El verbo está en singular, como si Pablo mirara a cada lector a los ojos.

El comentarista observa: "El que se venga es vencido por el mal. El mal lo conquista a él". ¿Por qué? Porque cuando respondes con odio al odio, el odio te ha dominado. Te has convertido en lo que dices detestar. Has permitido que el mal te moldee a su imagen. Somos vencidos de lo malo cuando dejamos que lo malo nos conduzca a ocuparnos en lo mismo. Pero cuando vencemos el mal con el bien, nos salvamos a nosotros mismos de hacer mal y a veces se salva también el malhechor.

En cambio, "vencer el mal con el bien" es la victoria verdadera. No es una victoria violenta, sino una conquista silenciosa. El expositor cita a Séneca: "Vence a los malos la bondad persistente". Y añade: "Esta es una noble tensión de valor cristiano, prudencia y bondad, que nada en Epicteto, Plutarco o Marco Aurelio puede igualar". La diferencia es abismal: el mundo te dice "contraataca", Cristo te dice "ama". Y ese amor, cuando es auténtico, desarma al adversario. No siempre lo convierte en amigo, pero siempre te mantiene a ti en la luz. El comentario concluye: "El cristiano no debe ser vencido por el mal (es decir, arrastrado a la venganza y la retaliación), sino vencer el mal mediante el bien (poniendo al enemigo en vergüenza para que cese de actuar maliciosamente y se convierta en amigo)".

Pero aquí está la clave que Pablo no desarrolla explícitamente pero que subyace en todo el pasaje: ¿cómo venció Jesús el mal? No devolviendo genéricamente "bien por mal", sino muriendo por sus enemigos. Romanos 5:8-10 dice que "siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros... siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo". La cruz es el fundamento, no solo el ejemplo. Por eso Pablo puede mandar lo imposible: porque el Espíritu del que perdonó desde la cruz mora en nosotros. "En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Romanos 8:37). No es nuestra fuerza, es la suya.

Versículo base: Romanos 12:21 – "No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien."

Texto de apoyo: Romanos 5:8-10 – "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros... siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo."

Aplicación práctica (tres maneras):

1. Reconoce cuando estás siendo vencido por el mal. Si pasas días rumiando la ofensa, si deseas que al otro le vaya mal, si te alegras de su caída, el mal te ha vencido. Confiésalo y pide ayuda.

2. Practica la "competencia de la bondad" con sabiduría. No se trata de ser ingenuo, sino de ser creativo en hacer el bien. Anticipa las necesidades de quien te ha dañado, pero sin exponerte a daño continuo. Recuerda: "en cuanto dependa de vosotros" (v. 18). La bondad no es sinónimo de victimización.

3. Recuerda que la victoria final no es tuya, sino de Cristo. Él venció en la cruz devolviendo bien por mal. En él, y no en tu fuerza, puedes vencer también. Cuando fallas, vuelve al fundamento: "más que vencedores por medio de aquel que nos amó".

Cita célebre: "El odio no cesa con odio, sino con amor. Esta es la ley eterna." – Pero solo Cristo la vivió hasta el final, y solo en Él podemos vivirla nosotros.



CONCLUSIÓN

Pablo nos ha dado tres mandamientos que desafían toda lógica humana. Primero, buscar la paz activamente, aunque el otro no coopere. Segundo, renunciar a la venganza, confiar en la justicia de Dios, y devolver bien por mal. Tercero, no permitir que el mal nos transforme, sino transformar el mal con el poder del bien.

Esto no es humanamente posible. Solo el Espíritu de Cristo, que perdonó desde la cruz, puede producir en nosotros esta clase de amor. Pero la buena noticia es que ese Espíritu está disponible. No estamos solos en esta batalla.

Y cada vez que elegimos la paz sobre el conflicto, la misericordia sobre la venganza, el bien sobre el mal, estamos venciendo. No con violencia, sino con la misma arma que usó Dios: el amor que todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Ese amor nunca deja de ser. Y ese amor, al final, siempre vence.


VERSION LARGA

Hay una herida que no sangra pero que duele más que cualquier herida abierta. No está en la carne, no se ve en la piel, no deja cicatriz visible. Está en ese territorio invisible que los psicólogos llaman el amor propio y los teólogos llaman el orgullo, y que los simples mortales, aquellos que hemos aprendido a nombrar las cosas con las palabras de todos los días, llamamos simplemente el corazón. Es la ofensa que llega sin avisar, como un ladrón en la noche. Es el desprecio que nos reduce a nada, que nos convierte de repente en un objeto desechable, en alguien que no importa. Es la traición que viene de quien menos esperábamos, del amigo que juraba lealtad, del hermano que compartía la mesa, del compañero que caminaba a nuestro lado. Es la palabra dicha al pasar, casi sin pensar, pero que se clava como una espada en el centro mismo de nuestra dignidad y no se olvida nunca. Todos hemos estado allí. Todos hemos sentido esa quemadura interna que sube por el pecho y se instala en la garganta, esa mezcla de rabia y dolor, esa sensación de injusticia que clama al cielo. Todos hemos escuchado en la oscuridad de la madrugada, cuando no hay distracciones y los pensamientos dan vueltas como moscas sobre la herida, esa voz interior que susurra: "Algún día le va a pagar. Algún día va a saber lo que se siente. Algún día va a llorar como yo he llorado". Y ese susurro, que parece tan razonable, tan humano, tan natural, es exactamente lo que el apóstol Pablo, desde la profundidad de su experiencia con un Dios que perdonó al perseguidor y lo transformó en predicador, viene a desarmar en este pasaje que hoy nos convoca. Porque lo natural, lo humano, lo que todos sentimos, no es necesariamente lo que Cristo siente. Y Pablo, que aprendió a decir "ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí", nos propone una forma de habitar el mundo que desafía todas las leyes de la naturaleza caída. Nos propone la paz activa, la no venganza, la bondad que desarma, la victoria que no se parece a ninguna victoria.

El comentarista Henry Housman, en su análisis del texto, señala que estas palabras fueron escritas en un contexto de persecución y hostilidad, cuando los cristianos de Roma sufrían todo tipo de vejaciones por parte de sus vecinos paganos y también por parte de los judíos que los consideraban apóstatas. Pablo no escribe desde una torre de marfil, ni desde la comodidad de una biblioteca bien surtida. Escribe desde la trinchera. Escribe un hombre que ha sido apedreado hasta dejarlo por muerto en las afueras de Listra, que ha sido encarcelado en Filipos con los pies en el cepo, que ha sido azotado con varas en varias ocasiones, que ha naufragado, que ha pasado hambre y sed, que ha sido abandonado por amigos, que ha sido perseguido por sus propios compatriotas judíos a lo largo y ancho del imperio. Pablo sabe muy bien lo que significa tener enemigos. Sabe lo que duele una traición. Sabe que hay personas con las que es imposible estar en paz, por más que uno extienda la mano. Por eso escribe, con una precisión que sólo la experiencia dolorosa puede afinar, esa frase llena de realismo y de gracia que encontramos en el versículo dieciocho: "Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres". El comentarista Alford, que dedicó su vida a desentrañar los secretos del texto griego, señala que la frase "en cuanto dependa de vosotros" es, literalmente, "lo que procede de vosotros". Es decir, todo aquello que está en tu esfera de responsabilidad, todo lo que tú puedes controlar, todo lo que depende de tu voluntad y de tu actitud, todo lo que brota de tu corazón y de tus manos. No se te pide que logres la paz a cualquier precio. No se te dice que negocies la verdad o que traiciones tu conciencia con tal de evitar el conflicto. El mismo Pablo que escribe "estad en paz con todos" es el que escribió a los gálatas con fuego en las venas: "Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema". La paz no es un ídolo al que se sacrifica todo. No es un dios que exige la anulación de la conciencia o la traición de la verdad. Es un fruto del Espíritu, sí, pero no el único. También está la valentía, también está la fidelidad a la verdad, también está el coraje profético que a veces incomoda y divide. Lo que Pablo está diciendo es que, en lo que a ti respecta, en todo aquello que depende de tus decisiones, de tus palabras, de tus gestos, de tu disposición interior, tú seas un sembrador de paz.

El expositor de la Pulpit Commentary, con esa minuciosidad que caracteriza a los grandes comentaristas británicos del siglo diecinueve, aclara que la preposición que Pablo utiliza expresa la idea de compañerismo general. No se trata de estar en paz sólo con los que nos caen bien, con los que piensan como nosotros, con los que nos tratan bien. Se trata de estar en paz con todos, incluyendo a aquellos que nos han hecho daño, incluyendo a aquellos que nos desprecian, incluyendo a aquellos que, por razones que nunca entenderemos del todo, han decidido que nosotros somos su enemigo. El teólogo alemán Johann Albrecht Bengel, en su famoso comentario, observa que Pablo usa la palabra "todos" para que nadie se sienta excluido, ni siquiera el más ofensivo, ni siquiera el que nos ha causado el dolor más profundo. Porque la paz del cristiano no es selectiva. No es una paz que se concede a quienes la merecen, porque si así fuera, nadie la recibiría. Es una paz que fluye de una fuente interior, de esa paz de Cristo que, como dice el evangelio de Juan, no es como la paz que da el mundo. El mundo da una paz frágil, condicionada, interesada, que depende de que las circunstancias sean favorables y de que los demás se porten bien. Cristo da una paz que subsiste incluso cuando el otro nos declara la guerra, incluso cuando la calumnia vuela, incluso cuando la injusticia triunfa aparentemente. Es la paz que tuvo Esteban mientras lo apedreaban, la paz que tuvo Pablo mientras agonizaba en la mazmorra, la paz que han tenido millones de mártires a lo largo de la historia, que sonreían mientras el fuego los consumía porque sabían que su vida estaba escondida con Cristo en Dios.

El comentarista Robert Haldane, con su habitual claridad, dice: "No se nos exige lo imposible. Si el otro no quiere la paz, no podemos forzarlo. Pero nuestra responsabilidad llega hasta donde llega nuestra capacidad. No seremos juzgados por la respuesta del otro, sino por nuestra propia disposición. No seremos evaluados por si logramos la paz, sino por si la buscamos. No seremos medidos por el resultado, sino por el intento". Es una palabra de alivio para los que han hecho todo lo posible y aun así el conflicto persiste. No eres responsable de la terquedad ajena. Solo eres responsable de tu propia apertura a la reconciliación. Uno de los comentaristas más lúcidos de este pasaje, el predicador escocés John Eadie, escribe: "El cristiano debe ser como un árbol frutal que sigue dando fruto aunque le tiren piedras. No porque las piedras no duelan, sino porque su naturaleza es dar fruto, y nada puede cambiar su naturaleza". Es una imagen poderosa que merece ser detenidamente considerada. El que ha sido transformado por el evangelio no responde con violencia a la violencia, no porque sea un débil o un cobarde, sino porque su naturaleza ha sido cambiada. Ya no es piedra, ya no es leño seco, ya no es espino que pincha y araña. Es árbol de vida, y los árboles de vida no devuelven las piedras con más piedras. Devuelven fruto. Y el fruto, con el tiempo, puede hacer más que todas las venganzas del mundo. Porque la venganza mata, pero el fruto alimenta. La venganza destruye, pero el fruto da vida. La venganza cierra puertas para siempre, pero el fruto las abre. La venganza termina en cementerios, el fruto termina en fiestas. Por eso el cristiano no devuelve la pedrada. Sigue dando fruto. Y ese fruto, aunque a veces parezca que cae en tierra baldía, siempre, de una manera u otra, da gloria a Dios y siembra semillas de paz en un mundo que no conoce la paz.

El versículo diecinueve da un paso más allá, y es un paso que aterra al corazón natural, que se retuerce ante la sola idea de no devolver el golpe. Pablo escribe, con una solemnidad que se siente en cada palabra, con la autoridad de quien ha recibido esta enseñanza directamente del Señor: "No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor". Notemos, antes de cualquier otra cosa, la ternura con la que Pablo aborda este tema tan delicado. No escribe con la frialdad de un legislador romano, ni con la dureza de un juez que dicta sentencia inapelable. Escribe con el corazón en la mano: "amados míos". El comentarista Meyer observa que esta palabra es sorprendente en este contexto y debe tener una razón profunda. Y la razón, sugiere, es que Pablo es consciente de la extrema dificultad de vivir este mandamiento. Sabe que la carne se rebela, que la sangre hierve, que el instinto grita pidiendo justicia inmediata. Por eso no reprende con severidad, sino que suplica con ternura. No amenaza con castigos, sino que ama con paciencia. No exige desde arriba como un superior inflexible, sino que se pone al lado como un hermano mayor que sabe lo que cuesta perdonar porque él mismo ha tenido que aprender a perdonar. Después de todo, este es el Pablo que alguna vez persiguió a la iglesia, que aprobaba la muerte de Esteban, que respiraba amenazas contra los discípulos del Señor. Si alguien sabía lo que era ser perdonado, era él. Si alguien podía hablar de no vengarse con autoridad, era él, que había recibido misericordia cuando no la merecía, que había sido transformado por un amor que no esperaba ni buscaba.

La prohibición es tajante, no admite medias tintas ni excusas: "no os venguéis vosotros mismos". El verbo griego tiene el sentido de hacer justicia por mano propia, de tomar la ley en las propias manos, de cobrarse la ofensa con la misma moneda, de devolver el golpe con un golpe mayor. El expositor de Cambridge señala que este mandamiento no prohíbe recurrir a las autoridades legítimas cuando se ha sufrido un daño grave. Pablo mismo, más adelante en esta misma carta, en el capítulo trece, reconocerá que la autoridad civil es "ministro de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo". Y en el libro de los Hechos, Pablo apela al César cuando sus derechos como ciudadano romano son violados. Lo que prohíbe aquí es la venganza privada, esa que nace del rencor personal y busca la satisfacción del orgullo herido, esa que no mira al bien común sino al placer de ver sufrir al otro, esa que no busca justicia sino catarsis emocional, esa que no viene de Dios sino del abismo más oscuro del corazón humano caído. El comentarista judío Paul Billerbeck, en su enorme compilación de la literatura rabínica, señala que los maestros de Israel también prohibían la venganza personal, basándose en el libro de Levítico: "No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo". Pero el cristianismo va más allá, mucho más allá, hasta un territorio donde el judaísmo no se atrevió a entrar: no solo prohíbe la venganza, sino que manda amar activamente al enemigo, bendecir al que maldice, hacer el bien al que persigue.

Luego viene una frase que ha desconcertado a los intérpretes durante siglos, sobre la cual se han escrito bibliotecas enteras y se han derramado ríos de tinta: "dad lugar a la ira". ¿A qué ira se refiere Pablo? ¿A la ira del ofensor, para que se calme con el tiempo, como Jacob hizo con Esaú, alejándose hasta que el enojo de su hermano disminuyera? ¿A la propia ira del ofendido, para que se disipe con el paso de los días, dándole espacio para que se enfríe antes de actuar, para que la sangre no hierva y nuble el juicio? El comentario más sólido, el que reúne el consenso de los mejores exégetas desde Calvino hasta nuestros días, es que se refiere a la ira de Dios, esa ira santa y justa que se opone al mal y que al final de los tiempos, o incluso en el curso de la historia, se manifestará para establecer la justicia. "Dad lugar a la ira de Dios". Es decir: no te interpongas. No tomes tú la justicia por tu mano. No te pongas en medio de lo que Dios quiere hacer. Dale espacio. Deja que él actúe. Confía en que su justicia, que a veces tarda en llegar porque es misericordioso y paciente, nunca falla en su cumplimiento. El expositor de la *Pulpit* explica con claridad meridiana: "El sentido es: deja que la ira de Dios tenga libre curso para cumplirse como él considere conveniente. No te metas en su camino. No obstruyas su acción con tus manos ansiosas de venganza". Es una imagen poderosa, casi violenta en su hondura, que nos confronta con nuestra necesidad de control y con nuestra incapacidad para confiar. Es como si Pablo dijera: hay un incendio que está ardiendo, pero no eres tú quien debe apagarlo ni avivarlo. Ese incendio es la justicia divina. Déjala arder. Tú ocúpate de amar. Tú ocúpate de perdonar. Tú ocúpate de hacer el bien. La venganza es cosa de Dios, no tuya. No la robes. No la adelantes. No la estorbes. Confía en que él sabe lo que hace, aunque a ti te parezca que tarda demasiado.

Y para que no quede ninguna duda, para que ningún cristiano pueda excusarse diciendo "es que yo no puedo dejar esto en manos de Dios", Pablo cita la Escritura con la autoridad de quien sabe que la Palabra de Dios es firme y no pasa: "Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor". La cita es del libro de Deuteronomio, en el capítulo treinta y dos, un texto que resuena a lo largo de toda la Biblia como un recordatorio de que Dios es el único juez justo, el único que ve el corazón, el único que puede pesar las intenciones, el único que puede administrar justicia sin pasión, sin error, sin exceso, sin dejarse llevar por la ira que todo lo nubla. El comentarista judío Rashi, en su comentario al Deuteronomio, observa que esta frase es una de las bases de la fe de Israel: Dios no abandona a su pueblo, y al final, cuando todo parezca perdido, cuando los enemigos hayan triunfado y los justos estén en el suelo, él mismo tomará la causa de los suyos y hará justicia. El apóstol, al traer esta cita a su carta a los romanos, está diciendo algo radical: no necesitas vengarte porque la venganza ya está en manos más capaces que las tuyas. No necesitas hacer justicia porque la justicia ya tiene un juez supremo que no se equivoca. No necesitas preocuparte por el castigo del malvado porque Dios se encarga de eso mucho mejor de lo que tú podrías hacerlo. El comentarista Hodge, con su precisión habitual, añade: "La venganza pertenece a Dios, no porque él sea rencoroso o vengativo en el sentido humano de la palabra, como los dioses paganos que se enfurecían y castigaban por capricho, sino porque sólo él conoce los corazones, sólo él puede pesar las intenciones, sólo él puede administrar justicia sin pasión, sin error, sin exceso. Nosotros, que no sabemos leer el alma ajena, que estamos cegados por nuestras propias heridas, que juzgamos con información incompleta y con emociones distorsionadas, no estamos calificados para tomar venganza. Esa tarea le corresponde a quien ve todo, lo sabe todo, y puede hacer todo sin mancharse ni corromperse".

El versículo veinte es la otra cara de la moneda, el movimiento positivo que completa al negativo, la acción que debe ocupar el espacio que antes llenaba el deseo de venganza. No basta con no vengarse. Eso sería simplemente una paz negativa, una ausencia de acción, un vacío que podría llenarse fácilmente de resentimiento contenido, de amargura secreta, de deseos de muerte disfrazados de buenos modales. Pablo va más allá, mucho más allá, hasta un lugar donde la razón humana se niega a seguirle, hasta un territorio donde la lógica del mundo se desploma y solo queda la lógica de la cruz. Escribe: "Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza". Es una cita directa del libro de Proverbios, en el capítulo veinticinco, y es uno de los textos más radicales de toda la Escritura, uno de esos que nos obligan a preguntarnos si realmente hemos entendido el evangelio o si solo lo hemos domesticado para que no nos incomode demasiado. El verbo que usa Pablo para "dar de comer" es una palabra rara y hermosa que tiene una connotación especial y muy tierna: no es simplemente alimentar a alguien de manera genérica, sino darle de comer con la propia mano, casi como quien alimenta a un niño pequeño, dándole pequeños bocados, con paciencia y con ternura, mirándolo a los ojos mientras lo hace. El comentarista Bengel, con su agudeza característica, dice: "Con tu propia mano". No es delegar la ayuda en otros. No es dar limosna a través de una institución benéfica, manteniendo la distancia y la comodidad y la seguridad de no tener que ver la cara del ofensor. No es enviar un cheque por correo para sentirse virtuoso sin involucrarse personalmente. Es involucrarse. Es acercarse al enemigo, mirarlo a los ojos, vencer el asco y el miedo y el orgullo, y ofrecerle lo que necesita con tus propias manos. Eso es mucho más difícil que simplemente no vengarse. Eso duele en lo más profundo. Eso cuesta lágrimas y oración. Eso va contra cada fibra de nuestro ser natural. Pero eso es el evangelio.

Y entonces viene la frase que ha hecho correr ríos de tinta, la que ha dividido a los intérpretes y ha provocado los más acalorados debates a lo largo de la historia de la iglesia: "ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza". ¿Qué significa esta imagen tan vívida, tan casi violenta, tan sorprendente en un contexto que habla de amor y de perdón? La interpretación más antigua, la que encontramos en algunos padres de la iglesia y en muchos comentaristas medievales, entendía las ascuas como un castigo divino adicional. Es decir: si haces el bien a tu enemigo, Dios lo castigará más duramente porque tu bondad agrava su culpa. Tu generosidad se convierte en un testimonio que lo condena. Cuanto más bien le hagas, más severo será el juicio sobre él. Pero esta interpretación es moralmente terrible, repugnante para cualquier conciencia formada por el evangelio. Convierte la bondad en un arma de destrucción disfrazada, en una venganza refinada y perversa que se disfraza de amor para que el golpe duela más. Sería una forma hipócrita de odio, una manera de asegurarse de que el enemigo reciba su merecido y además con creces. Y Pablo, el apóstol del amor que todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, el que escribió que el amor no busca lo suyo, no tiene malicia, no se goza en la injusticia, no puede estar enseñando eso. No tiene ningún sentido. Sería una contradicción en los términos más elementales.

Por eso la gran mayoría de los comentaristas modernos, desde Bengel hasta Meyer, desde Alford hasta Godet, desde el propio Lutero en sus escritos maduros hasta los exégetas contemporáneos, entienden las ascuas de fuego como el dolor beneficioso del remordimiento y la vergüenza. El malhechor, al recibir bien por mal, al ser tratado con bondad cuando merecía castigo, al ver que su enemigo le ofrece comida mientras él le ofreció espadas, siente que su conciencia se enciende como un horno. Es un fuego que no destruye, sino que purifica. Es el mismo fuego que sintió David cuando el profeta Natán, después de haber recibido de él hospitalidad y respeto, le dijo con dolor en la voz: "Tú eres aquel hombre". Es el fuego que derrite el corazón endurecido y lo vuelve a moldear, como el fuego del horno derrite el mineral para que el orfebre pueda extraer de él el metal precioso. El comentarista Delitzsch, ese gigante de la exégesis alemana del siglo diecinueve, ofrece una imagen que vale la pena recordar y meditar en el silencio del corazón: en la fundición de metales, el mineral bruto se coloca en el horno y se cubre con carbones encendidos para que se funda y se separe la escoria del metal puro. Así obra la bondad paciente, la bondad perseverante, la bondad que no se rinde, sobre el corazón del enemigo: no lo quema para consumirlo, sino para fundirlo. No lo destruye, sino que lo purifica. No lo hunde en la desesperación sin salida, sino que lo eleva a un nuevo nivel de humanidad, a una nueva posibilidad de vida. Por eso no es una venganza disfrazada. Es una victoria, sí, pero una victoria que redime al vencido, una victoria que no aplasta sino que levanta, una victoria que no termina en un cementerio sino en una fiesta de reconciliación, una victoria que no celebra la muerte del enemigo sino su transformación en amigo.

El comentarista John Peter Lange, en su monumental obra, señala que los proverbios árabes tienen una expresión similar para describir ese dolor agudo de la conciencia que no deja dormir. Cuando uno ha recibido bien de parte de aquel a quien ha tratado mal, algo se quiebra dentro. Las justificaciones se derrumban como castillos de naipes. Los argumentos se quedan sin fuerza. El enemigo se ve obligado a enfrentar la verdad de su propia maldad, reflejada en el espejo de la bondad ajena, y ese espejo no miente. Y ese enfrentamiento, aunque doloroso, aunque queme como el fuego, es el primer paso hacia el arrepentimiento, el primer paso hacia el cambio, el primer paso hacia la paz verdadera. Thomas De Quincey, el ensayista inglés, reflexionando sobre este texto en sus ensayos sobre los poetas, dice que en su juventud le parecía "un refinamiento de malicia", una manera de vengarse de forma más sofisticada y cruel, una manera de hacer sufrir al enemigo sin ensuciarse las manos con violencia física. Pero luego, con la madurez y la reflexión, comprendió que "la agravación de su culpa no es presentada como el motivo del perdón, sino como el resultado de él; y que quizás no se contempla ninguna agravación de su culpa, sino el punzante despertar de su remordimiento hasta entonces dormido". Es decir, el objetivo no es hacerle sentir más culpable para que sufra más, sino hacerle sentir culpable para que pueda arrepentirse y cambiar, para que pueda despertar de su sueño moral y ver la realidad de lo que ha hecho. La diferencia entre estas dos interpretaciones es abismal, y decide si la bondad cristiana es un acto de amor desinteresado o una forma solapada de odio, si es fruto del Espíritu o fruto de la carne disfrazada.

El predicador escocés John Eadie, en su comentario a los romanos, cuenta una historia que ilustra perfectamente este punto, una historia que ha sido citada por muchos predicadores a lo largo de los años. Durante las guerras de religión que asolaron Escocia en el siglo diecisiete, cuando la sangre corría por las colinas y las persecuciones eran terribles, un hombre persiguió implacablemente a su vecino, un cristiano humilde y pacífico, hasta conseguir que le confiscaran su casa y sus tierras por medio de falsos testimonios. Años después, aquel perseguidor cayó en la más absoluta pobreza, víctima de las mismas fuerzas políticas que él había usado contra su vecino. El cristiano, que con mucho esfuerzo y trabajo había logrado recuperarse, supo por un amigo común de la necesidad de su antiguo enemigo. Y una noche, bajo el manto de la oscuridad, para que nadie lo viera, para que no hubiera testigos de su debilidad o de su grandeza, para que el acto fuera puro y no contaminado por la búsqueda de reconocimiento, dejó un cesto con alimentos y ropa en la puerta de su antiguo enemigo. El hombre, al descubrir a la mañana siguiente quién era su benefactor, rompió en llanto y dijo con el corazón quebrado, con la voz entrecortada por la emoción: "Me has vencido, pero tu victoria es mi salvación". Esa es la victoria del evangelio. Una victoria que no humilla para destruir, sino que vence para redimir. Una victoria que no derrota al enemigo para dejarlo en el suelo, sino que lo levanta y lo convierte en amigo. Una victoria que no se mide por el número de cadáveres en el campo de batalla, sino por el número de reconciliaciones en el corazón de los hombres.

Y entonces llegamos al versículo veintiuno, que es el resumen de todo, la clave que cierra el arco, la piedra angular sobre la que descansa todo este edificio de enseñanza. Pablo escribe, con una concisión que parece tallada en mármol y que ha resonado a través de los siglos: "No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien". El verbo está en singular, y eso es importante, muy importante, porque cambia toda la perspectiva. Pablo no está dando una instrucción general y difusa a la comunidad como un todo abstracto, como un ideal lejano e inalcanzable. Está mirando a cada cristiano a los ojos, personalmente, individualmente, como si estuviera sentado frente a cada uno de nosotros en este momento. "Tú, el que estás leyendo esta carta ahora mismo, el que has sido ofendido, el que tienes una cuenta pendiente con alguien, el que pasas las noches dando vueltas en la cama pensando en cómo podrías hacerle pagar, el que sientes que la injusticia te está consumiendo por dentro, tú, no te dejes vencer por el mal". El expositor de Cambridge señala que los verbos están en presente imperativo, indicando una acción continua, un hábito de vida, no un acto heroico de una sola vez que se pueda archivar y olvidar. No basta con no vengarse una vez, en un momento de lucidez o de cansancio. Hay que hacer de la no-venganza un estilo de vida. Hay que practicar el perdón como se practica un deporte o un instrumento musical: todos los días, con perseverancia, con paciencia, con disciplina, fallando a veces pero volviendo a intentar una y otra vez.

"No seas vencido por el mal". El comentarista explica con palabras que deberíamos grabar en nuestra memoria: "El que se venga es vencido por el mal. El mal lo conquista a él". ¿Por qué? Por una razón muy simple pero muy profunda: porque cuando respondes con odio al odio, el odio te ha dominado. Te has convertido en lo que dices detestar. Has permitido que el mal te moldee a su imagen, que te rebaje a su nivel, que te haga idéntico a aquello que combatías. La venganza no es una señal de fuerza, sino de debilidad. No es un acto de poder, sino una confesión de impotencia. Es la confesión humillante de que el mal te ha vencido, de que no pudiste resistir la tentación de responder con la misma moneda, de que caíste en la trampa que el enemigo te tendió, de que te dejaste arrastrar a su terreno y estás peleando con sus armas. Cada vez que devolvemos golpe por golpe, cada vez que pagamos con la misma moneda, cada vez que justificamos nuestra venganza diciendo "él empezó", estamos diciendo en realidad: "El mal es más fuerte que yo. Me ha arrastrado a su terreno y estoy peleando con sus armas. He perdido". Es una derrota, aunque el mundo la llame victoria, aunque los amigos nos aplaudan, aunque la conciencia intente justificarlo con mil argumentos. El filósofo pagano Séneca, que vivió en la misma época que Pablo y que también escribió extensamente sobre la ira y la venganza, llegó a una conclusión sorprendentemente similar a la del apóstol, como si la luz de la razón natural pudiera alcanzar hasta cierto punto la misma verdad: "Vence a los malos la bondad persistente". Es decir, la única fuerza que puede realmente derrotar al mal, la única fuerza que puede desarmar al violento, la única fuerza que puede transformar al enemigo, es la bondad que no se rinde, la paciencia que no se agota, el amor que no se cansa de amar, la misericordia que no busca su venganza.

En cambio, "vencer el mal con el bien" es la victoria verdadera, la única que merece ese nombre en el reino de Dios, la única que tendrá valor en el día del juicio. No es una victoria violenta, no es una conquista militar, no es un trofeo que se exhibe en un museo de la guerra para la admiración de los turistas. Es una victoria silenciosa, casi invisible, que a menudo pasa desapercibida para los medios de comunicación y para los historiadores, pero que en la balanza de la eternidad tiene un valor infinito, más que todas las batallas de todos los ejércitos de todos los tiempos. El expositor Matthew Henry, con su lenguaje florido pero certero, dice: "El cristiano debe ser como el sol, que no se contamina por las inmundicias que toca, sino que las purifica con su luz. El sol sale cada mañana sobre justos e injustos, sobre amigos y enemigos, sobre los que lo bendicen y los que lo maldicen. Y al salir, no se mancha con la maldad de nadie, sino que, con su luz, disipa las tinieblas y hace visible la belleza del mundo. Así debe ser el cristiano: una luz que alumbra, un sol que calienta, un testigo silencioso del amor de Dios que no se deja vencer por la oscuridad". El predicador Charles Simeon, el gran evangelical inglés de Cambridge, añadía en sus esbozos de sermones una frase que vale la pena recordar: "El que devuelve mal por mal es vencido por el mal; porque el mal lo ha hecho descender a su nivel. El que devuelve bien por mal es superior al mal; porque ha mantenido su posición más alta y ha demostrado que nada puede arrastrarlo hacia abajo, ni siquiera la peor de las ofensas".

Hay una palabra alemana que no tiene traducción exacta al español, una palabra que nombra una realidad fea que todos conocemos aunque no queramos admitirla. Esa palabra es Schadenfreude, y significa el placer que se siente ante la desgracia ajena, la alegría malsana que nos produce ver sufrir a quien nos ha hecho sufrir. El comentarista del Pulpit señala que la venganza a menudo se disfraza de ese placer malsano, se viste con ropas de justicia pero en el fondo es solo eso: alegría por el dolor del otro. Nos alegramos cuando al que nos ofendió le va mal. Celebramos interiormente cuando se estrella, cuando fracasa, cuando recibe lo que "se merece". Pero Pablo nos llama a algo mucho más alto, mucho más puro, mucho más parecido a Dios. Porque Dios, como dice el mismo Pablo en el capítulo dos de esta carta, es bondadoso, paciente, y su bondad es la que nos lleva al arrepentimiento. No nos destruye, aunque podría hacerlo legítimamente. No nos aplasta, aunque tiene el poder para hacerlo. No nos aniquila, aunque lo merecemos. Nos atrae con cuerdas de amor, nos seduce con su ternura, nos conquista con su perdón, nos gana con su paciencia. Y esa es la victoria que él quiere que nosotros también vivamos con nuestros enemigos. No la victoria del guerrero que aplasta, sino la victoria del amante que conquista dando su vida.

La historia de la iglesia, esos dos mil años de persecución y fidelidad, está llena de ejemplos de esta victoria insólita, de esta manera de vencer que el mundo no entiende. San Esteban, el primer mártir, mientras las piedras golpeaban su cuerpo y la sangre brotaba de sus heridas, se arrodilló en medio del dolor y oró en voz alta: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado". Esa oración, dicha en el momento de mayor violencia, fue escuchada. Uno de los que estaban allí, un joven fariseo llamado Saulo, guardaba las ropas de los verdugos. Y aquella oración, aquel perdón, aquella victoria silenciosa, fue una semilla que germinó años después cuando el mismo Saulo se encontró con el Resucitado en el camino de Damasco. San Pablo, que había sido perseguidor antes de ser apóstol, dedicó el resto de su vida a predicar el perdón que él mismo había recibido cuando no lo merecía. San Patricio, que fue esclavo en Irlanda, regresó como misionero para llevar el evangelio a sus antiguos captores, a los que le habían quitado la libertad. San Francisco de Asís, en medio de las cruzadas, cruzó las líneas enemigas para predicar la paz al sultán, arriesgando su vida para llevar el mensaje de amor. Y el obispo ruso Tikhon de Voronej, cuyo nombre aparece en uno de los comentarios que hemos consultado, fue insultado y golpeado por un príncipe enfurecido que no soportaba que le recordaran sus deberes para con los siervos. En lugar de vengarse, en lugar de quejarse a las autoridades zaristas, en lugar de alimentar el rencor en su corazón, regresó a la casa del príncipe, se arrodilló humildemente ante él y le pidió perdón por haberle hecho enojar. El príncipe, completamente desarmado por una humildad tan profunda, tan inesperada, tan divina, se convirtió de enemigo acérrimo en amigo leal y protector de los pobres de la región. Esa es la victoria del evangelio. No se gana con balas, sino con rodillas. No se impone con ejércitos, sino con perdón. No se exhibe en desfiles militares, sino en el silencio del servicio humilde y la oración callada.

Hay algo más, algo que los comentaristas señalan con insistencia y que no debemos pasar por alto al aplicar este texto a nuestra vida. Este mandamiento no se refiere solamente a las relaciones con los enemigos personales, aunque ese sea su contexto inmediato y más obvio. El principio es mucho más amplio, mucho más abarcador, y se aplica a todas las áreas de la vida cristiana. "No seas vencido por el mal" se aplica a todas las formas del mal que encontramos en nuestra vida diaria, tanto las que vienen de fuera como las que brotan de dentro. El mal que viene de fuera: las ofensas, las injusticias, las calumnias, los desprecios, las traiciones. Pero también el mal que anida dentro: la tentación que nos susurra al oído y nos promete placer, el desánimo que nos paraliza y nos roba la esperanza, el pecado que nos acecha y nos arrastra a hacer lo que no queremos. El mal de la tristeza que nos envuelve como una niebla espesa, el mal del miedo que nos atenaza y nos impide avanzar, el mal de la duda que nos corroe y nos hace cuestionar la bondad de Dios. En todas estas batallas, la estrategia de Dios es la misma, el método es idéntico: no combatir el mal con sus propias armas, no responder con la misma moneda, no dejarse llevar por la misma lógica, sino vencer el mal con el bien. La tentación no se vence simplemente diciendo "no" con los dientes apretados y la voluntad tensa, sino ocupando la mente y el corazón con lo bueno, con lo puro, con lo verdadero, con lo amable, con lo que es de buen nombre, con lo que edifica y da vida. La tristeza no se vence simplemente negándola o reprimiéndola con un esfuerzo de voluntad, sino practicando la gratitud, recordando los beneficios recibidos, alabando a Dios en medio de la tormenta, contando las bendiciones una por una. El odio no se vence con más odio, ni con indiferencia fría, sino con el amor que todo lo soporta, que todo lo cree, que todo lo espera, que todo lo soporta. El mal, en cualquiera de sus formas, es como un agujero negro que intenta succionarnos hacia su vacío. Pero el bien es la luz que llena todos los espacios y no deja lugar para la oscuridad, porque la luz siempre vence a las tinieblas, siempre, aunque a veces parezca que las tinieblas son más fuertes. Como dice el apóstol Juan en su evangelio, en ese prólogo magnífico que resume toda la fe: "La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella".

El apóstol Pablo, que escribió estas palabras bajo la inspiración del Espíritu Santo, no era un hombre de letras que teorizaba desde la comodidad de un escritorio, rodeado de libros y de tranquilidad, sin saber lo que es el dolor real. Era un hombre que había sido golpeado hasta quedar inconsciente, encarcelado en calabozos infectos que apestaban a orina y excremento, abandonado por amigos que juraban lealtad eterna y luego lo dejaron solo en la hora más oscura, perseguido sin descanso por sus propios compatriotas a lo largo y ancho del imperio romano. Un hombre que llevaba en su cuerpo las marcas de Jesús, cicatrices que contaban historias de dolor y de fidelidad, de azotes y de naufragios, de hambre y de sed, de frío y de desnudez. Un hombre que, según la tradición más antigua y mejor atestiguada por los escritores de los primeros siglos, murió decapitado en Roma, en las afueras de la ciudad, en un lugar llamado Acque Salvie, perdonando a sus verdugos y confiando en que el Señor lo recibiría en su reino. Él predicaba lo que había vivido. No era un moralista barato que exigía a otros lo que él no podía cumplir. No era un fariseo hipócrita que ataba cargas pesadas y no las tocaba ni con un dedo. Era un testigo fiel, un mártir (que significa testigo), que mostraba el camino que él mismo había recorrido, con sus caídas y sus levantadas, con sus lágrimas y sus canciones, con sus miedos y su fe inquebrantable.

Y ese camino no es fácil. Sería deshonesto presentarlo como si lo fuera, como si fuera un sendero de flores sin espinas. Es el camino angosto, el camino que pocos encuentran, el camino que atraviesa el valle de sombra de muerte. Duele no vengarse cuando cada fibra de nuestro ser clama por venganza. Duele dar de comer al enemigo cuando lo que queremos es verlo hambriento y humillado en el polvo. Duele hacer el bien al que nos ha hecho mal cuando lo que soñamos en las noches de insomnio es que reciba el doble de lo que nos hizo, que sufra como nosotros hemos sufrido, que llore como nosotros hemos llorado. Duele perdonar, duele olvidar, duele soltar la ofensa, duele entregar el rencor a Dios y confiar en que él hará justicia a su tiempo y a su manera, que no siempre es nuestro tiempo ni nuestra manera. Duele todo eso, y quien diga que no duele, o miente o nunca ha sido herido de verdad, o ha logrido una anestesia espiritual que no es del evangelio. Pero es el único camino que conduce a la vida verdadera, a esa vida que no termina cuando la muerte llega, porque ya ha sido sembrada en resurrección, porque ya ha sido sellada con el Espíritu Santo de la promesa, porque ya ha sido escondida con Cristo en Dios. Es el camino que Jesús recorrió primero, el que nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas, aunque nuestras pisadas sean vacilantes y a veces se desvíen. Él, cuando lo injuriaban, no respondía con injurias. Cuando padecía, no amenazaba. Cuando lo clavaban en la cruz, atravesado por clavos de hierro, levantado en el madero para que todos lo vieran, abría sus labios no para maldecir a sus verdugos ni para pedir venganza, sino para orar: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Y esa oración, dicha en el momento de mayor dolor físico y espiritual que un ser humano puede soportar, dicha con la sangre cayendo y la muerte acercándose, abrió las puertas del cielo para que el peor de los pecadores, el más vil de los criminales, el más endurecido de los corazones pudiera entrar. Esa es la victoria que nos ha sido dada. Esa es la victoria que debemos vivir. Y esa es la victoria que, por la gracia de Dios, viviremos.

¿Qué significa todo esto para nosotros hoy, en este momento, en esta habitación, en esta vida? Significa que cada día, en las pequeñas ofensas de la vida cotidiana, en los conflictos familiares que se repiten como un disco rayado que no podemos detener, en las injusticias laborales que nos queman por dentro y nos roban la paz, en los desaires que recibimos de quienes deberían amarnos y protegernos y no lo hacen, tenemos una oportunidad. Una oportunidad preciosa, irrepetible, sagrada. Una oportunidad de no dejar que el mal nos venza. Una oportunidad de vencer el mal con el bien. Una oportunidad de ser, en medio de un mundo que se devora a sí mismo con sus guerras y sus rencores y sus venganzas interminables que pasan de generación en generación, un pequeño pero real testigo de ese amor que no conoce venganza, que no guarda rencor, que no se cansa de perdonar, que siempre está dispuesto a empezar de nuevo. No tenemos que cambiar el mundo entero. No tenemos que solucionar todos los conflictos de la humanidad. No tenemos que establecer la paz en Oriente Medio o detener las guerras civiles en África. Solo tenemos que vivir esta palabra en nuestra propia vida, en nuestra propia familia, en nuestro propio vecindario, en nuestro propio lugar de trabajo. Y si cada cristiano hiciera eso, si cada seguidor de Jesús tomara en serio estas palabras, el mundo sería un lugar radicalmente diferente. No es fácil. Nadie ha dicho que lo sea. No es popular. No es cómodo. No es lo que la carne quiere. Pero no estamos solos. El mismo Dios que nos mandó amar a nuestros enemigos es el que nos da la fuerza para hacerlo. El mismo Cristo que perdonó desde la cruz es el que vive en nosotros y nos capacita para perdonar. El mismo Espíritu que produjo en Esteban una oración por sus verdugos es el que puede producir en nosotros una ternura que desarme al más violento, una paciencia que aguante al más insoportable, una bondad que derrita al más endurecido. No se trata de heroísmo humano. No se trata de echarlo a la suerte con nuestra voluntad de hierro. Se trata de rendirse a un amor que es más fuerte que la muerte. Un amor que, como Pablo mismo describe en la primera carta a los corintios, en ese himno que deberíamos leer cada día, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Ese amor nunca deja de ser. Nunca se rinde. Nunca se cansa. Nunca se va de vacaciones. Nunca dice "hasta aquí". Ese amor es la victoria que vence al mundo. Y al final, cuando todas las batallas hayan terminado, cuando el polvo se haya asentado sobre los campos de batalla de nuestra vida, cuando la última lágrima haya sido enjugada por la mano amorosa del mismo Dios, ese amor será lo único que quede. Y entonces entenderemos, quizás con sorpresa y con alegría, quizás con lágrimas de asombro, que la única victoria que vale la pena es la que se gana perdiendo. La única fuerza que perdura es la que se manifiesta en debilidad. La única venganza que el cristiano puede tomar es la de perdonar. Porque perdonando, vence. Porque venciendo, redime. Porque redimiendo, se parece un poco más a ese Dios que, mientras éramos sus enemigos, nos amó, nos perdonó, nos dio su vida, nos entregó a su Hijo, y nos prometió su reino. Amén.

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