ROMANOS 13:11-14 – DESPERTAR PARA LA VICTORIA
Introducción
Pablo ha estado enseñando a los romanos cómo vivir en un mundo pagano. Pero ahora levanta la mirada: el tiempo se acaba. La noche de este mundo está terminando. El comentarista Maclaren dice: "El tiempo se está comprimiendo, como una esponja en una mano fuerte". Pablo no quiere que los cristianos vivan como sonámbulos, sino como soldados despiertos que saben que la victoria está cerca. El pasaje sigue el ritmo del despertar matutino: la llamada a despertar, el despojo de las ropas de la noche, y el vestirse con la armadura del día. Agustín de Hipona encontró en este texto la luz para su conversión. Hoy exploraremos tres puntos: el despertar, el despojo y el vestido.
Primer punto: El despertar – Conocer el tiempo (versículo 11)
Versículo base: Romanos 13:11 – "Y esto, conociendo el tiempo, que ya es hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca nuestra salvación que cuando creímos."
Exégesis:
Pablo escribe: "Y esto, conociendo el tiempo, que ya es hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca nuestra salvación que cuando creímos". El "tiempo" (kairos) es el momento crucial, la oportunidad decisiva. El "sueño" no es la muerte espiritual de los incrédulos, sino la somnolencia espiritual que afecta incluso a los creyentes: facultades entumecidas, conciencia embotada, celo apagado. La "salvación" no es la justificación pasada ni la santificación presente, sino la consumación futura: la gloria final. Cada día que pasa nos acerca más a ese momento. No es un llamado al miedo, sino a la urgencia.
Texto de apoyo: Efesios 5:14 – "Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Examina tu vida espiritual. ¿La oración y la lectura de la Biblia se han vuelto rutinarias?
2. Aprende a leer los tiempos. ¿Qué está haciendo Dios en tu generación?
3. Vive con esperanza. Cada día te acerca más a la salvación final.
Cita célebre: "El tiempo es la moneda de tu vida. Es la única moneda que tienes, y solo tú puedes decidir cómo gastarla." – Carl Sandburg
Segundo punto: El despojo – Dejar las obras de las tinieblas (versículos 12-13a)
Versículo base: Romanos 13:12 – "La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz."
Exégesis:
Pablo continúa: "La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz". La "noche" representa el tiempo de ignorancia, pecado y muerte espiritual. Pero "está avanzada"; tiene un final. "Desechemos" significa arrojar lejos, como quien se quita una ropa sucia. Las "obras de las tinieblas" son los pecados que no pueden soportar la luz: mentira, engaño, impureza, envidia, odio. Pablo especifica: "No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidias". Estos eran los pecados característicos de la Roma pagana. Luego la exhortación positiva: "vistámonos las armas de la luz", las virtudes que corresponden al carácter de Cristo. No es un paseo, es una batalla.
Texto de apoyo: 1 Tesalonicenses 5:8 – "Nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de salvación como yelmo."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Identifica y desecha las "obras de las tinieblas" en tu vida. Haz una lista honesta.
2. No te conformes con dejar de hacer lo malo; vístete de lo bueno. Practica la justicia y la misericordia.
3. Recuerda que estás en una batalla. Mantente alerta y usa las armas espirituales.
Cita célebre: "No se puede vencer al enemigo con las manos vacías. La fe es el escudo, la esperanza es el yelmo, el amor es la coraza." – John Bunyan
Tercer punto: El vestido – Revestirse de Cristo (versículos 13b-14)
Versículo base: Romanos 13:14 – "Sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne."
Exégesis:
Pablo concluye: "andemos como de día, honestamente... sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne". "Honestamente" significa "decorosamente", "de manera apropiada". La conducta del cristiano debe reflejar la luz que ha recibido. El clímax es "vestíos del Señor Jesucristo". No se trata de vestirse de virtudes, sino de una persona. Es identificación total con Cristo. Calvino dice: "No basta con imitar a Cristo; debemos ser revestidos de él, de modo que él solo sea visto en nosotros". La segunda parte: "no proveáis para los deseos de la carne". No prohibe el cuidado del cuerpo, sino hacer provisión para satisfacer las concupiscencias. Es crucificar la carne, no mimarla.
Texto de apoyo: Gálatas 3:27 – "Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos."
Aplicación práctica (tres maneras):
1. Haz de Cristo tu identidad. Vive de manera que los demás vean a Cristo en ti.
2. Cada día, "vístete" de Cristo: buscando su presencia, leyendo su Palabra, orando.
3. Reconoce la batalla contra la carne. Solo la gracia de Cristo puede darte la victoria.
Cita célebre: "El que se viste de Cristo no puede ser desnudado por el diablo." – Agustín de Hipona
Conclusión
Romanos 13:11-14 es un llamado urgente: despertar del sueño, despojarse de las tinieblas, vestirse de Cristo. El tiempo se acaba. La noche está avanzada. El día se acerca. No podemos seguir viviendo como si nada hubiera cambiado. Como Agustín, que encontró en este texto la paz que buscaba, también nosotros podemos responder: despertar, despojarnos, vestirnos. La salvación está más cerca que cuando creímos. Cristo es nuestra armadura, nuestra luz y nuestra vida.
Reflexión: ¿Qué "obras de las tinieblas" necesitas desechar hoy? ¿Cómo puedes "vestirte de Cristo" en tu vida diaria?
Actúa: Esta semana, comienza cada día con una oración: "Señor, vísteme de ti mismo. Ayúdame a desechar todo lo que no te agrada. Dame fuerzas para vivir como hijo de la luz."
Amén.
Romanos 13:11-14: La noche que se desvanece y el día que
irrumpe
Hay momentos en la vida de un hombre, de una mujer, de una
ciudad entera, en los que el aire se vuelve de repente más ligero y uno siente
que algo está a punto de cambiar. No puede explicarlo con palabras, no puede
señalarlo con el dedo, pero lo sabe. Esa misma sensación de estar al borde de
un amanecer, de que la oscuridad que ha pesado sobre los hombros durante tanto
tiempo está a punto de disiparse, es la que el apóstol Pablo intenta transmitir
a los cristianos de Roma cuando escribe estas palabras que han resonado a
través de los siglos como un clamor que no envejece. No está hablando de un
amanecer cualquiera, no está describiendo el simple paso de la noche al día que
todos los mortales experimentamos cada veinticuatro horas. Está hablando de
algo más profundo, más radical, más definitivo. Está hablando del amanecer de
la eternidad, del momento en que la noche de este mundo, con todas sus sombras
y sus engaños y sus pecados, se desvanece para siempre y da paso a la luz que
no conoce ocaso.
La ciudad de Roma, en aquellos días, era un hervidero de contradicciones. Era el centro del mundo conocido, la capital de un imperio que se extendía desde las brumas de Britania hasta las arenas de Egipto, desde las columnas de Hércules hasta los confines de Mesopotamia. Pero era también una ciudad que vivía de noche. Las calles, que durante el día bullían con el tráfico de mercaderes y esclavos y soldados, se transformaban al caer la tarde en un escenario de excesos y desenfreno. Las orgías, las borracheras, las bacanales que duraban hasta el amanecer, eran parte de la vida cotidiana de la élite romana. El historiador Tácito, que no era precisamente un moralista mojigato, describe una Roma donde la noche era el reino del vicio desenfrenado, donde los senadores se cubrían el rostro con máscaras para no ser reconocidos mientras participaban en los rituales de Baco, donde los jóvenes patricios recorrían las calles en procesiones ruidosas, cantando himnos obscenos a dioses que ya no creían pero a los que seguían adorando por costumbre. Los cristianos, recién salidos de ese mundo, recién arrancados de esas tinieblas, todavía sentían el tirón de las viejas costumbres, el eco de las voces que los llamaban a volver a la noche que habían abandonado.
Y es en ese contexto, en medio de esa tensión entre el pasado que no termina de soltar su presa y el futuro que todavía no termina de llegar, donde Pablo lanza su grito de alerta. "Y esto", escribe, "conociendo el tiempo, que ya es hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca nuestra salvación que cuando creímos". El comentarista Maclaren, ese gigante de la predicación victoriana, captura la esencia de esta metáfora con una imagen que merece ser recordada: "El tiempo se está comprimiendo, como una esponja en una mano fuerte. Día a día el espacio se reduce, y las paredes se juntan hasta que nos aplastan entre ellas". No es una imagen de terror, sino de urgencia. No es una amenaza, sino una invitación a vivir con intensidad, a aprovechar cada momento como si fuera el último, porque en cierto sentido, lo es. Cada día que pasa es un día menos para vivir para Cristo, un día menos para amar a nuestros hermanos, un día menos para luchar contra el pecado. Y al mismo tiempo, cada día que pasa nos acerca más al momento en que toda lucha cesará, todo pecado será perdonado, toda lágrima será enjugada.
El término griego que Pablo usa para "tiempo" no es el habitual chronos, que designa la mera sucesión de momentos, el tic-tac del reloj que mide el paso de las horas. Es *kairos*, una palabra que en el vocabulario de los primeros cristianos había adquirido un significado mucho más profundo. *Kairos* es el momento crucial, el punto de inflexión, la oportunidad que no se repite, el instante en que todo puede cambiar. Es la palabra que usaban los pescadores para describir el momento exacto en que la red debe ser lanzada, cuando los peces están en el lugar adecuado y el viento sopla en la dirección correcta. Es la palabra que usaban los generales para describir el momento de dar la orden de ataque, cuando el enemigo está desprevenido y la victoria es posible. Pablo está diciendo: "Ustedes saben en qué momento de la historia están viviendo. Saben que el tiempo de la gracia es breve y que la oportunidad de vivir para Dios no durará para siempre". El comentarista Alford, con esa precisión que caracteriza a los grandes eruditos, señala que "el conocimiento del tiempo es la base de toda acción cristiana. Si no sabemos dónde estamos en el reloj de Dios, no podemos saber lo que debemos hacer".
Pero Pablo no se detiene en el tiempo. Pasa a una imagen que cualquier habitante de Roma, acostumbrado a las largas noches de insomnio y a las mañanas de resaca, podía entender perfectamente: el sueño. "Ya es hora de levantarnos del sueño", dice. No está hablando del sueño de la muerte, del que los incrédulos duermen sin esperanza. Está hablando de la somnolencia espiritual que puede afectar incluso a los creyentes más fervientes, esa modorra que se apodera del alma cuando la novedad de la fe se convierte en rutina, cuando la gracia se da por sentada, cuando el amor se enfría y la oración se vuelve mecánica. El comentarista de la Pulpit, con su habitual agudeza, lo describe como "un estado en el que las facultades espirituales están entumecidas, la conciencia embotada y el celo apagado". Es el estado de quien ha conocido la luz pero se ha acostumbrado a la penumbra, de quien ha oído el evangelio pero lo ha dejado enfriar en su corazón como una taza de café que se olvida sobre la mesa. Es el estado del cristiano que sigue yendo a la iglesia, que sigue cantando los himnos, que sigue escuchando los sermones, pero que ha perdido la urgencia, la pasión, el fuego que una vez lo consumió.
Y entonces, para sacudir a sus lectores de esa somnolencia, Pablo añade la frase que ha sido un faro de esperanza para generaciones de creyentes: "porque ahora está más cerca nuestra salvación que cuando creímos". No habla de la salvación como un hecho pasado, la justificación que recibimos el día que pusimos nuestra fe en Cristo. No habla de la salvación como un proceso presente, la santificación que nos va transformando día a día a imagen de Cristo. Habla de la salvación como una consumación futura, la gloria final, la resurrección, la plena redención de nuestros cuerpos, el momento en que veremos a Cristo cara a cara y seremos semejantes a él. Cada día que pasa, cada hora que transcurre, cada latido de nuestro corazón nos acerca más a ese momento. El comentarista Matthew Henry, el gran puritano que supo combinar la erudición con la devoción, dice: "El cristiano debe considerar que cada día es un paso más cerca del cielo, y que debe vivir como quien está a punto de llegar a su destino". No es un llamado al miedo, a esa ansiedad que paraliza y roba la paz. Es un llamado a la urgencia, a esa energía que se despierta cuando sabemos que la meta está cerca y que cada paso cuenta.
Y es precisamente esa urgencia la que lleva a Pablo a desplegar una de las metáforas más vívidas de toda la carta, una imagen que combina el amanecer con el vestido, el despertar con la armadura, el abandono de la noche con la preparación para la batalla. "La noche está avanzada", escribe, "y se acerca el día". La imagen es inconfundible. Cualquiera que haya esperado el amanecer, que haya visto cómo la oscuridad se va retirando lentamente y cómo los primeros rayos de luz comienzan a teñir el horizonte, puede entender lo que Pablo quiere decir. La noche no es eterna. Tiene un final. Y ese final es el día. El comentarista Delitzsch, ese gigante de la exégesis alemana, lo expresa con una belleza que trasciende el frío análisis académico: "La noche de este mundo está llegando a su fin, y la mañana de la eternidad está a punto de romper". No es un sueño, no es una esperanza vana, no es una ilusión consoladora. Es una certeza tan firme como la que tiene el campesino que sabe que después de la larga noche de invierno vendrá la primavera, y después de la primavera vendrá la cosecha, y después de la cosecha vendrá el banquete de la abundancia.
Pero la metáfora del amanecer no es suficiente. Pablo necesita algo más concreto, más práctico, algo que sus lectores puedan tocar, puedan hacer, puedan poner en práctica en sus vidas cotidianas. Y entonces recurre a la imagen del vestido, a esa acción tan cotidiana que hacemos cada mañana al levantarnos de la cama y despojarnos de las ropas de la noche para ponernos las del día. "Desechemos, pues, las obras de las tinieblas", dice, "y vistámonos las armas de la luz". La palabra que usa para "desechemos", *apothometha*, es fuerte, casi violenta. No significa "dejar a un lado" con suavidad, sino "arrojar lejos de nosotros" con decisión, como quien se quita una ropa sucia y la tira al suelo con asco, como quien se desprende de una cadena que lo ha tenido atado durante años. Las "obras de las tinieblas" son todos aquellos pecados que no pueden soportar la luz, esas acciones que los hombres cometen en la oscuridad pensando que nadie las ve, que nadie las sabe, que nadie las juzgará. Pero el cristiano ya no vive en la oscuridad. Ha sido trasladado al reino de la luz. Por eso debe despojarse de todo lo que pertenece a la noche, como un viajero que al llegar a su destino abandona el pesado abrigo que le protegía del frío y el viento.
Y entonces, en un giro que añade una nueva capa de significado a la imagen, Pablo no dice "vistámonos de ropas de luz" sino "vistámonos las armas de la luz". La vida cristiana no es un paseo por el campo en una tarde de primavera. Es una batalla, una guerra, un combate cuerpo a cuerpo contra un enemigo que no descansa, que no se rinde, que no da tregua. El comentarista Calvino, con esa profundidad teológica que lo ha convertido en el príncipe de los reformadores, explica: "Pablo llama armas de luz a todo aquello que nos defiende de las tinieblas y nos hace caminar como hijos del día". No son armas de carne y hueso, no son espadas de acero ni escudos de bronce. Son armas espirituales: la fe, que es escudo; la esperanza, que es yelmo; el amor, que es coraza; la Palabra de Dios, que es espada. El apóstol desarrollará esta imagen con todo detalle en su carta a los Efesios, donde describe al soldado cristiano con cada pieza de su armadura puesta y reluciente, preparado para resistir los ataques del maligno. Pero aquí, en Romanos, lo que importa es la urgencia: la noche está avanzada, el día se acerca, y no hay tiempo que perder en vana preparación.
Y entonces Pablo, que no deja piedra sin remover, especifica qué tipo de obras de las tinieblas deben ser desechadas. "No en glotonerías y borracheras", escribe, "no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidias". No es una lista exhaustiva, sino una selección de los pecados más característicos de la vida romana, aquellos que cualquier habitante de la capital del imperio podía reconocer como parte de su paisaje cotidiano. La palabra que Pablo usa para "glotonerías", *komos*, tiene una historia fascinante. Originalmente designaba las procesiones nocturnas en honor a Baco, el dios del vino, que eran una mezcla de celebración religiosa y borrachera desenfrenada. Los participantes, coronados de hojas de parra y con antorchas en las manos, recorrían las calles cantando himnos obscenos y cometiendo toda clase de excesos. Con el tiempo, la palabra pasó a designar cualquier tipo de fiesta nocturna que degeneraba en desorden y lujuria. El segundo par, "lujurias y lascivias", abarca todos los pecados sexuales, desde el adulterio hasta las prácticas más depravadas que la imaginación humana puede concebir. El tercer par, "contiendas y envidias", son los pecados del orgullo y la ambición desmedida, esa competencia feroz por el poder y el prestigio que devoraba a la élite romana y que a menudo acompañaba a los dos primeros. Pablo está diciendo: "Ustedes ya no son parte de ese mundo. No pueden seguir viviendo como si nada hubiera cambiado. Han sido llamados a algo más alto, a algo más puro, a algo más digno". El comentarista Hodge, con esa claridad que lo caracteriza, observa: "Estos pecados son llamados obras de las tinieblas porque son contrarios a la luz de la verdad y porque los hombres que los cometen tratan de ocultarlos". Pero el cristiano no tiene nada que ocultar. Vive en la luz, y su vida es transparente, como el agua de un manantial que nunca ha sido enturbiada.
Es en este punto, cuando hemos desechado las ropas de la noche y estamos listos para vestir las armas de la luz, cuando Pablo pronuncia las palabras que han resonado a través de los siglos como un eco de la voz de Dios mismo: "sino vestíos del Señor Jesucristo". La imagen del vestido, que ha estado presente a lo largo de todo el pasaje, encuentra aquí su cumplimiento más profundo, su realización más plena. No se trata solo de vestirse de virtudes, de adornarse con buenas obras como quien se pone un collar de perlas. Se trata de vestirse de una persona, de una persona viva, de una persona que es el Hijo de Dios hecho hombre, que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. El comentarista Hodge, con una precisión que merece ser recordada, dice: "La frase 'vestirse de Cristo' significa tener tal comunión con él que su Espíritu, su vida y su ejemplo se manifiesten en nosotros". Es una imagen de identificación total, de una unión tan íntima y tan profunda que ya no se puede distinguir dónde termina Cristo y dónde comienza el creyente. Así como la ropa cubre el cuerpo y lo protege del frío y de la mirada de los demás, Cristo cubre nuestra vida y la protege del pecado y de la muerte. Así como la ropa expresa la personalidad de quien la lleva, Cristo debe expresarse a través de nosotros, de modo que cuando los demás nos vean, no vean nuestras virtudes o nuestros defectos, sino a Cristo mismo.
El comentarista Calvino, con esa agudeza que lo ha convertido en uno de los grandes intérpretes de la Escritura, dice: "No basta con imitar a Cristo; debemos ser revestidos de él, de modo que él solo sea visto en nosotros". No es una imitación superficial, una copia burda de sus gestos y sus palabras. Es una transformación radical, un cambio de identidad, una muerte a nosotros mismos para que Cristo viva en nosotros. Como escribió el apóstol en otra de sus cartas: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí". Esa es la esencia del vestido de Cristo: no una capa que se pone y se quita según las circunstancias, sino una piel nueva, una identidad nueva, una vida nueva que nos envuelve y nos transforma por completo. El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, que entendió lo que significa vestirse de Cristo hasta el punto de dar la vida por él, escribió: "Cuando Cristo llama a un hombre, le invita a venir y morir". Morir a sí mismo, morir a sus propios deseos, morir a sus propias ambiciones, para vivir solo para Cristo. Esa es la prenda que Pablo nos ofrece: no una ropa cómoda que nos hace sentir bien, sino una armadura que nos protege en la batalla, una identidad que nos define para siempre.
Pero Pablo, que nunca se contenta con una sola frase cuando puede añadir otra, añade una advertencia que es tan importante como la exhortación misma: "y no proveáis para los deseos de la carne". La palabra que usa para "proveer", pronoia, significa "hacer provisión", "planear con anticipación", "tener cuidado de". No está prohibiendo el cuidado legítimo del cuerpo; el apóstol mismo había escrito que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y debe ser cuidado con respeto y responsabilidad. Lo que prohíbe es hacer provisión para la carne con el propósito de satisfacer sus concupiscencias. No se trata de descuidar el cuerpo, sino de no alimentar las pasiones pecaminosas. El comentarista de la *Pulpit* explica con claridad: "No se trata de descuidar el cuerpo, sino de no alimentar las pasiones pecaminosas". Es una distinción crucial, que ha sido mal entendida por algunos que han caído en el ascetismo extremo, como si el cuerpo fuera malo en sí mismo y hubiera que mortificarlo hasta la destrucción. Pablo no enseña eso. El cuerpo es bueno, es creación de Dios, es instrumento de su gloria. Lo que es malo es la concupiscencia, ese deseo desordenado que convierte lo bueno en malo, que transforma el apetito natural en glotonería, el deseo legítimo en lujuria, la ambición sana en envidia.
El comentarista Matthew Henry, con ese sentido práctico que lo ha hecho tan querido por generaciones de lectores, dice: "El cuerpo debe ser alimentado y vestido, pero no debe ser mimado. Si le damos todo lo que pide, terminará convirtiéndose en nuestro tirano". No hay que planear cómo satisfacer los deseos de la carne, sino cómo mortificarlos. No hay que hacer provisión para el pecado, sino para la santidad. El camino de la santidad no es el camino de la auto-indulgencia, sino el de la auto-negación. No es satisfacer los deseos de la carne, sino crucificarlos con Cristo, como Pablo mismo escribió en su carta a los Gálatas: "Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos". Esa es la batalla diaria del cristiano: no darle a la carne lo que pide, sino lo que necesita para sobrevivir, y nada más. Es vivir con sobriedad, con moderación, con dominio propio, sabiendo que el cuerpo es un instrumento, no un ídolo, un siervo, no un señor.
Y entonces, cuando hemos escuchado todas estas palabras, cuando hemos sentido el peso de la exhortación y la urgencia de la llamada, nos encontramos frente a la gran pregunta: ¿cómo hacerlo? ¿Cómo despertar del sueño cuando la modorra es tan profunda? ¿Cómo desechar las ropas de la noche cuando están tan pegadas a la piel? ¿Cómo vestirse de Cristo cuando uno apenas sabe quién es él? La respuesta, que Pablo deja caer casi como un susurro al final de su exhortación, es la misma que ha resonado a través de la historia de la iglesia como un eco que nunca se apaga: "vestíos del Señor Jesucristo". No es un esfuerzo humano, es una gracia divina. No es una obra que hacemos nosotros, es una obra que Dios hace en nosotros. Pero requiere nuestra respuesta: despertar, despojarnos, vestirnos. Como el mendigo que extiende la mano para recibir la limosna, como el sediento que abre los labios para beber el agua, como el enfermo que se deja curar por el médico. No es pasividad, es confianza. No es inacción, es rendición. No es pereza, es fe.
La historia de Agustín de Hipona, que he mencionado antes, es un ejemplo perfecto de cómo funciona esto en la vida real. Agustín era un joven inteligente, culto, ambicioso. Había recorrido el mundo en busca de la verdad, había probado todas las filosofías, había frecuentado todas las escuelas. Pero su corazón estaba inquieto, y no encontraba paz. Su vida moral era un desastre; sus pasiones lo dominaban, y no podía liberarse de ellas. Una tarde, en un jardín de Milán, mientras luchaba con sus demonios interiores, escuchó una voz infantil que cantaba: "Toma y lee, toma y lee". Abrió la Biblia al azar, y sus ojos cayeron sobre estas palabras: "No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidias; sino vestíos del Señor Jesucristo". En ese momento, como él mismo relata en sus Confesiones, "una luz de certeza se difundió en mi corazón, y todas las tinieblas de la duda se disiparon". No fue un esfuerzo de su voluntad. No fue una decisión que tomó por sí mismo. Fue un encuentro con la Palabra viva de Dios, una Palabra que lo encontró a él en su pecado y en su confusión, y lo transformó. Agustín no se vistió de Cristo; Cristo lo vistió a él, lo cubrió con su gracia, lo envolvió con su amor. Y a partir de ese momento, su vida fue diferente. No perfecta, no libre de luchas, pero diferente. Había despertado del sueño, se había despojado de las ropas de la noche, y se había vestido de Cristo.
Eso es lo que Pablo nos ofrece en este pasaje: no una lista de reglas que debemos cumplir, sino una persona a la que debemos aferrarnos. No un código de conducta que debemos seguir, sino un Salvador a quien debemos amar. No un programa de auto-mejora que debemos ejecutar, sino una gracia que debemos recibir. Vestirse de Cristo no es un acto que se hace una vez y ya está; es un proceso continuo, un revestirse cada día, una renovación constante en el Espíritu. Como la ropa que se desgasta con el uso y hay que cambiar, como la armadura que se abolla en la batalla y hay que reparar, nuestra identificación con Cristo necesita ser renovada día a día. No porque Cristo cambie, sino porque nosotros cambiamos, porque nos olvidamos, porque nos distraemos, porque nos desviamos. Cada mañana, al despertar, debemos volver a vestirnos de Cristo: buscando su presencia, leyendo su Palabra, orando y obedeciendo. Cada noche, al acostarnos, debemos examinarnos y ver si hemos mantenido la vestidura limpia, si hemos permitido que el polvo del mundo la manche, si hemos dejado que la noche vuelva a envolvernos.
El tiempo se acaba. La noche está avanzada. El día se acerca. Ya no podemos vivir como si nada hubiera cambiado. Ya no podemos dormir mientras el enemigo acecha. Ya no podemos arrastrar las ropas de la noche mientras la luz del día nos envuelve. Es hora de despertar, de levantarse, de vestirse y de salir a la batalla. Y la buena noticia, la gran noticia, la noticia que ha hecho cantar a los mártires en las hogueras y a los confesores en las mazmorras, es que no estamos solos. Cristo, nuestro Señor, es nuestra armadura, nuestra luz y nuestra vida. Cuando estamos revestidos de él, estamos despiertos, estamos vestidos de luz, estamos armados para la guerra y estamos protegidos de las concupiscencias de la carne. Como escribió el apóstol Juan, "todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". No la fe en nosotros mismos, no la fe en nuestras fuerzas, no la fe en nuestras buenas intenciones, sino la fe en el Hijo de Dios, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros. Esa es la armadura que nos protege, la luz que nos guía, la vida que nos sostiene. Y esa es la esperanza que nos impulsa a seguir adelante, aun en medio de la noche, sabiendo que el día está cerca, que la salvación está más cerca que cuando creímos, que el que comenzó la buena obra en nosotros la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.
Cada amanecer es un recordatorio de esa esperanza. Cada rayo de luz que se filtra por la ventana es un eco de la luz que está por venir. Cada día que despertamos es una oportunidad para vivir como hijos del día, para despojarnos de las obras de las tinieblas, para vestirnos de Cristo y para caminar en su luz. No sabemos cuándo llegará el día final, pero sabemos que cada día que pasa nos acerca más a él. Y mientras esperamos, mientras luchamos, mientras vivimos, podemos hacerlo con la certeza de que no estamos solos, de que Cristo está con nosotros, de que su gracia nos basta, de que su poder se perfecciona en nuestra debilidad. La noche está avanzada, pero el día está cerca. La salvación está más cerca que cuando creímos. Y el que nos ha llamado a la luz, nos sostendrá hasta el amanecer eterno, donde ya no habrá noche, donde ya no habrá sombras, donde ya no habrá pecado, donde ya no habrá muerte, donde ya no habrá dolor, donde ya no habrá lágrimas, donde solo habrá luz, y amor, y vida, y Cristo, y el Padre, y el Espíritu, y la comunión perfecta que nunca termina, que nunca se desvanece, que nunca se apaga, porque es la luz que no conoce ocaso, el día que no conoce noche, la vida que no conoce muerte. Amén.
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