Tema: Timoteo. Título: Tiempos peligrosos. Texto: 2 Tim 3: 1 - 5. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruiz
I. EL CONCEPTO (Ver 1).
II. LA RAZÓN.
III. EL MANDATO (Ver 5, 14)
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Un tiempo peligroso, en la acepción paulina, no es simplemente un periodo de desastres naturales o de contiendas militares. Es algo más sutil y mucho más devastador. Es aquel lapso de la historia en el que la probabilidad de que al individuo le ocurra algo grave y moralmente irreparable se dispara a niveles de certeza. Es la época en que la frontera entre el bien y el mal se vuelve una bruma, y la fragilidad del espíritu queda expuesta al asalto de todas las seducciones. Vivimos en la alta probabilidad de la ruina: la posibilidad de la caída en la droga que anestesia el alma, el ultraje que despoja la dignidad, la ruptura del corazón por una promesa vana, la desintegración del hogar que es la primera y más sagrada de las instituciones. Estos tiempos no solo nos amenazan con el dolor físico o la quiebra financiera, sino con la mutilación del alma. El peligro es interno y constante, una atmósfera cargada que respiramos a cada instante. Es esencial comprender que estas palabras, dichas desde la prisión del Apóstol, son una premonición cumplida, el reloj profético que marca el tiempo entre el primer y el segundo advenimiento del Señor, el umbral donde la historia se inclina hacia su desenlace final.
La raíz profunda de esta toxicidad ambiental no yace en un virus invisible o en un cataclismo cósmico, sino en la metamorfosis del carácter humano, esclavizado y deformado por el avance implacable del pecado. Pablo nos regala una lista, no para que la memoricemos como un inventario de vicios, sino para que la reconozcamos como la radiografía de la civilización terminal, una genealogía de la apostasía. Una veintena de rasgos que definen al hombre de los postreros días, y de entre ellos, algunos resplandecen con una luz negra de terrible actualidad.
El primer y más fundamental de estos rasgos es el de los amadores de sí mismos, el egoísmo elevado a categoría de religión, el yo erigido en la única deidad digna de culto. Esta es la matriz de todo pecado, el cimiento podrido sobre el cual se construyen todas las demás perversiones. El amor propio desordenado no es la búsqueda de la plenitud, sino la justificación constante de la ambición. El individuo en estos tiempos solo piensa en su bienestar, en sus metas, en la satisfacción inmediata de sus deseos, y en el altar de este yo hipertrofiado, está dispuesto a sacrificar la lealtad, la verdad, y la integridad de quienes se interponen. Somos constantemente un obstáculo en el camino de alguien más, un objeto que puede ser pisoteado o manipulado para que otro alcance su fugaz deseo.
De este egoísmo narcisista se desprende, con dolorosa lógica, la aniquilación del afecto natural. La palabra que utiliza el texto en el griego, storge, no alude al amor romántico o al fraternal, sino a la urdimbre visceral que ata a los miembros de una misma familia. El apóstol nos dice que en el final de los tiempos, la gente ya no valorará el pacto familiar, no amará a su propia sangre con el afecto incondicional. El hogar, que debería ser el refugio, la primera escuela de la fe y el único puerto seguro en la tormenta, se convierte en la arena de la batalla, el lugar donde se gesta el divorcio, el abandono y el maltrato. Los jóvenes creyentes, en particular, son susceptibles a ser el objeto de este desamor, a ser heridos por el mal ejemplo que reciben bajo su propio techo, siendo testigos de la desintegración de lo más sagrado.
Y la ceguera del ego y la ruina del afecto se unen para dar paso a la aversión por la bondad, el aborrecimiento activo de lo bueno. No es solo que sean indiferentes a la justicia o a la verdad, sino que las odian. Odian la honestidad porque expone su fraude, odian el servicio porque exige sacrificio, y odian la lealtad porque desestabiliza su constante búsqueda de ventaja. Y, sobre todo, odian la fe en Cristo porque confronta la soberanía de su propio ego. El creyente se vuelve, entonces, un blanco de burla o de maltrato emocional y sentimental; nuestra simple adhesión a los valores inmutables se convierte en una afrenta para el espíritu del siglo.
La idolatría final de estos tiempos se condensa en ser amadores de los deleites más que de Dios. El deleite se transforma en un ídolo que exige sacrificios diarios, un dios menor que ofrece placeres fugaces a cambio de la eternidad. La droga, el alcohol, el sexo sin compromiso, la pornografía, el juego; estos son los altares donde se quema la conciencia. El peligro aquí es doble y devastador: podemos ser contagiados, arrastrados por la seducción del placer ilícito, o podemos ser objeto de quienes, para satisfacer ese deseo irrefrenable, nos utilizan y nos arrojan.
Y para ocultar esta podredumbre interior, aparece el manto de la hipocresía, la última y más artera de las tácticas del enemigo. Muchos de los que siembran el peligro se presentarán con una fachada de religiosidad, con la apariencia de piedad, con palabras ungidas y gestos de santidad. Pero sus acciones, el fruto de su carácter, revelarán el abismo entre la máscara y el rostro. El creyente debe ser dotado de la más fina y dolorosa discriminación espiritual, pues podríamos ser engañados por el pastor falso, el amigo traidor, el cónyuge infiel, y en el peor de los casos, por la seducción de su doblez, podríamos convertirnos en uno de ellos. Esta es la paradoja del tiempo: la alta probabilidad de convertirse en aquello que se teme.
Frente a este panorama, que nos sitúa en la probabilidad de la ruina o de la asimilación, la Palabra no nos abandona en la desesperanza, sino que nos entrega un MANDATO, una estrategia de resistencia que minimiza el riesgo del peligro y garantiza la permanencia.
La primera y más radical medida de protección es la orden terminante: Aléjate de ellos. No se trata de un llamado a la reclusión monástica, sino de una exigencia de discernimiento. El peligro reside, según el texto, en la apariencia de piedad que tienen. Por lo tanto, el creyente debe trazar una línea, un límite infranqueable entre la comunión de los santos y la familiaridad con los que viven la doble vida. Sencillamente, no deben ser nuestros amigos íntimos, no deben ser los confidentes de nuestra alma. La influencia sutil de una amistad basada en la mundanidad es una corriente de cieno que, a fuerza de insistencia, termina por arrastrar el ancla más firme. La santidad exige separación de la iniquidad, aunque esta iniquidad vista ropas religiosas.
El segundo imperativo es la urgencia de Convencerse. El apóstol le dice a Timoteo que persista, que permanezca firme en lo que ha aprendido. Esto va más allá de la mera memoria de la catequesis. El Espíritu Santo obra la convicción en el corazón, pero nuestra responsabilidad es la de saber no solo qué creemos, sino por qué lo creemos. El creyente debe armarse con una teología robusta, un conocimiento firme de la Escritura que lo haga inmune a las modas filosóficas y a las herejías emocionales de la época. Solo aquel que está convencido, que ha pasado las verdades de Dios por el tamiz de su propia experiencia y razón iluminada, puede resistir el embate de la duda. Esta es la madurez del alma: saber con certeza inamovible que Dios y sus cosas son verdad, dignas de ser obedecidas y de ser vividas hasta el final.
Y de esta convicción nace el tercer y último mandato: Persiste en lo que has aprendido. La vida cristiana no es una carrera de cien metros, sino una maratón de resistencia. Es la vocación de la longa obediencia en la misma dirección. Persistir significa no desviarse, significa que si la caída llega, y el error nos toca la frente, el acto reflejo no es el abandono, sino el levantamiento inmediato. Es la renuncia total a la seducción de tirar la toalla, de ceder al pensamiento de que el camino es demasiado difícil, o de que Dios ha olvidado Su promesa. Es mirar siempre al frente, con los ojos fijos en el Autor y Consumador de la Fe.
Los tiempos peligrosos están aquí; son el aire que respiramos y el espejo que nos devuelve un reflejo a menudo distorsionado. El egoísmo, la disolución familiar, la adoración del placer y la hipocresía religiosa son las corrientes destructivas de la sociedad que nos amenazan. Pero la fe nos dota de un salvoconducto: la valentía para alejarnos de las malas influencias, la humildad para buscar la convicción profunda en la Palabra, y la determinación inquebrantable de persistir. En este contexto adverso, solo podremos vivir una vida que honre a Dios y proteja la santidad de nuestra alma si nuestra fe se convierte en ancla, y nuestra perseverancia en el único y verdadero testimonio de victoria. La promesa de permanencia no es para los que se esconden, sino para los que, aun en medio de la tormenta, se mantienen firmes en la luz de la verdad que, dos mil años atrás, fue profetizada para estos exactos momentos.
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