✝️Tema: Evangelismo. ✝️Título: No me avergüenzo del evangelio. ✝️Texto: Romanos 1: 14 – 16. ✝️Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruíz.
I EVANGELIZAR ES UNA DEUDA (Ver 14)
II EVANGELIZAR ES UNA URGENCIA (Ver 15)
III EVANGELIZAR ES UN PRIVILEGIO (Ver 16)
El aire que respiramos, esa sustancia incolora que
alimenta nuestra breve llama, está cargado hoy de una pesadez sutil, una niebla
espiritual que se ha deslizado silenciosamente hasta los recintos del alma
redimida, y es esa bruma de lo cotidiano, esa distracción constante, la que nos
obliga a detenernos y a medir la magnitud de la gran necesidad que se cierne
sobre la congregación de los elegidos, la necesidad de persuadir al creyente
para que se alce y cumpla con la misión que el mismo Alfarero, en un acto de
soberana confianza, le ha encomendado; porque la verdad, y es un lamento que
debe resonar en el eco de nuestra conciencia, es que la mayoría, abrumada por
el peso del mundo visible y sus urgencias inmediatas, obvia este compromiso
trascendental, encontrando con facilidad el celo para cumplir con cualquier
otro requerimiento de la gracia de Jesús—el servicio en la quietud, la ofrenda
del sustento, la asistencia en la enfermedad—pero retrocediendo ante este
mandato fundamental, paralizados por una extraña y dolorosa parálisis que, con
tristeza debemos nombrarla, no es otra cosa que la vergüenza que la revelación
les produce, el pudor ante el escándalo de un mensaje que no encaja en las
geometrías pulcras de la modernidad.
Es contra este demonio sutil del decoro y la autocensura
que el Apóstol Pablo levanta su voz desde la antigua carta a los Romanos, una
declaración que no es una simple afirmación de fe, sino una confesión de identidad
ineludible, y a través de este mensaje, forjado en el crisol de la persecución
y el desprecio, buscamos remover esa ceniza del espíritu, despertar al guerrero
dormido y motivarlo a cumplir con la tarea que, por designio divino, lo define
y lo justifica. El pasaje que nos convoca, esa porción de la Escritura que es a
la vez una acusación y una liberación, comienza con la firmeza de un hombre que
se sabe poseedor de una responsabilidad que trasciende la comodidad del aquí y
el ahora.
La primera verdad que emerge del torrente apostólico es
la más difícil de asimilar en una era obsesionada con la autonomía y la
cancelación de cualquier vínculo coercitivo, y es esta: evangelizar es una
deuda, una obligación que no puede ser saldada con excusas o dilaciones, tal
como lo consigna el versículo catorce. El apóstol Pablo, ese gigante de la fe
que había pasado de ser un perseguidor celoso a un predicador incansable, no
describe su ministerio como una opción o un pasatiempo elevado, sino que emplea
el lenguaje de la contabilidad moral, el lenguaje de la obligación ineludible,
declarando sin ambages que él se siente en deuda con todos los hombres,
una condición que no admite fronteras de casta, cultura o inteligencia.
Este sentimiento de estar enlazado, atado por un
compromiso previo, se extiende a toda la humanidad a través de la expresión
dual y abarcadora de "griegos y bárbaros," una dicotomía que en la
nomenclatura del mundo antiguo lo incluía todo: el griego representaba
al hombre culto, al filósofo que disecaba las ideas bajo el sol de la
Acrópolis, al constructor de imperios mentales, al poseedor de la sophia
que creía estar cerca de la verdad por la sola fuerza de su intelecto; el bárbaro,
en cambio, era el otro, el que balbuceaba, el que vivía fuera de la polis, el
inculto que habitaba en las fronteras de la civilización, cuya voz era solo
ruido ininteligible para el oído refinado. El evangelio, sin embargo, anula
esta distinción arrogante, declarando que la deuda de Pablo, y por extensión la
nuestra, es con la totalidad del linaje humano, tanto con el académico que teje
teorías complejas como con el sencillo labriego que nunca aprendió a leer,
porque la Palabra de Gracia no se somete a la inteligencia humana, sino que
irrumpe en el espíritu con la autoridad de lo revelado.
Tal sentimiento, esa sensación de estar perpetuamente
obligado, no era una neurosis personal del apóstol, sino la comprensión
profunda y devastadora de que la predicación era un mandato de Dios para él,
una carga sagrada que no podía rehusar. Él mismo lo había confesado antes con
un temblor que recorre las páginas de la Escritura: "¡Ay de mí si no
anunciare el evangelio!" (1 Corintios 9:16). Esta exclamación no es una
súplica, sino el reconocimiento de un pacto ineludible: la verdad le había sido
revelada no para ser poseída en secreto, sino para ser derramada.
Y es aquí donde la deuda se convierte en el signo
inconfundible de la salvación. Una de las evidencias más claras y más luminosas
de que la vida ha sido genuinamente tocada por el poder de la Cruz es el
nacimiento de esta obligación impostergable en el centro del ser. El creyente
que ha comprendido la dimensión de su propio rescate, que ha medido el abismo
del que fue sacado, siente en la médula de su alma que evangelizar no es una
opción, no es una actividad de fin de semana para los más extrovertidos, sino
una obligación moral y existencial con todos los hombres. Este sentimiento,
cuando es genuino, es intenso, porque está alimentado por la visión de la
eternidad; es constante, porque no cesa mientras haya un aliento de vida; es implacable,
porque no permite el sueño fácil de la indiferencia; y es poderoso, porque
transforma la timidez en valor, la debilidad en voz. Este compromiso surge,
precisamente, del profundo saberse llamado por Dios para esta proclamación.
Quien retiene la verdad del evangelio, quien
conscientemente sella sus labios ante la agonía espiritual del prójimo, debe
ser confrontado con la severidad de su silencio, porque comete el peor crimen
que la humanidad puede infligir: es, en términos espirituales, un genocida.
Pensemos por un instante en la lógica implacable de la ética humana: si a usted
le fuese entregada la cura definitiva para el cáncer, el conocimiento certero
que podría detener el dolor y el avance de la muerte en millones de vidas, y usted
deliberadamente decidiera no divulgarla, por pereza, por vergüenza, o por
egoísmo intelectual, la sociedad le juzgaría con razón como un asesino, un
perpetrador de un crimen contra la humanidad. Pues bien, lo mismo, pero
magnificado hasta el infinito, ocurre con aquel que posee la cura para el peor
mal de la humanidad—la condenación eterna—y, deliberadamente, la calla. El
silencio del creyente en el ámbito del Evangelismo no es neutral; es una
sentencia de muerte que se pronuncia por omisión. La deuda del Evangelio no es
monetaria, sino de vida; y el no pagarla significa la complicidad en la
perdición de las almas que nos rodean.
La sensación de la deuda impaga nos conduce directamente
al segundo imperativo que arde en el corazón del apóstol: evangelizar es una
urgencia, y esta urgencia no es una mera prisa humana, sino la comprensión
cabal de la brevedad del tiempo concedido. Pablo nos informa de su disposición
urgente para cumplir con la tarea, utilizando una palabra griega que se traduce
como "pronto," no solo en el sentido de la velocidad, sino de la
disposición inmediata, la voluntad lista y sin reserva. No se trata de correr sin
dirección, sino de tener el motor del espíritu encendido, listo para la marcha
en cualquier instante, porque el tiempo se escapa entre los dedos con la
celeridad de la arena fina, y la oportunidad de la redención no espera a la
conveniencia del predicador.
Predicar el evangelio es una tarea que se nos impone con
la tiranía del reloj porque el drama de la mortalidad se desarrolla a una
velocidad aterradora. Las estadísticas frías y despiadadas nos obligan a abrir
los ojos a la realidad de la siega: cada minuto, mientras la luz se desplaza
sobre el planeta, mueren ciento ochenta personas, y la gran mayoría de ellas,
con una frialdad que congela el alma, mueren sin Cristo. El tiempo no es un
recurso infinito; es el don más escaso y más vital. Nuestro tiempo de vida es
solo un breve paréntesis entre dos eternidades, y si la deuda es con todos los
hombres, la urgencia es con cada uno de esos ciento ochenta almas que, en el
instante preciso de nuestra duda o nuestra pereza, transitan el umbral sin la
esperanza. La urgencia es el reflejo de la misericordia divina que se niega a
que alguien perezca por falta de conocimiento.
Y esta urgencia no solo se mide en las unidades de la
mortalidad individual, sino en la escala de la consumación profética.
Evangelizar es urgente porque, de una manera misteriosa y poderosa, esto apresurará
la venida de Cristo, el evento que toda la creación anhela. El mismo Maestro
nos lo reveló en el Monte de los Olivos: "Y será predicado este evangelio
del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces
vendrá el fin" (Mateo 24:14). Nuestro esfuerzo, el clamor que llevamos a
las naciones, no es un esfuerzo inútil, sino el catalizador del retorno de
nuestro Señor. Cada alma alcanzada, cada nación tocada por el testimonio, es un
ladrillo más que se coloca en la construcción del Reino, acercando el día en
que la promesa se cumpla y el Rey regrese en gloria. La urgencia es, por lo
tanto, la participación activa en el cumplimiento del propósito final de Dios
para la historia.
Finalmente, el evangelio es urgente porque es la única
esperanza que le queda al hombre, tanto para su destino eterno como para la
construcción de una sociedad y una vida que merezcan la pena. En medio del
caos, la desesperanza y la fractura social que observamos, la Palabra es el
único cimiento firme, el único bálsamo para el dolor, la única fuerza capaz de
reconstruir el carácter desde la verdad. La moralidad sin el poder del
Evangelio es una ética sin motor; la justicia social sin el Evangelio es una
reparación superficial. Por esto, todo creyente, comprendiendo la deuda que
tiene y la escasez del tiempo, debería estar intensamente involucrado en la
tarea de predicar el evangelio, porque no hay otro mensaje que prometa la vida
y la sanidad del espíritu.
Y sin embargo, al llegar al clímax de esta triple
confesión, el apóstol introduce un elemento que convierte la obligación en
éxtasis, el deber en honor, la urgencia en gozo: evangelizar es un privilegio,
y esta verdad resplandece con mayor fuerza porque se alza precisamente sobre el
fango de la posible vergüenza que debería sentir. Pablo, ese hombre
extraordinario, tenía mucho de qué avergonzarse, o al menos, mucho por lo que
el mundo lo señalaría con desprecio.
En primer lugar, la moralidad radical del evangelio
contrastaba de manera brutal con la pericia y el libertinaje de su época. Para
los romanos, la moralidad era una cuestión de convención social y ley; el
mensaje de la Cruz exigía una transformación interna, una pureza radical, una
renuncia a la idolatría y al desenfreno que era vista no solo como restrictiva,
sino como antisocial.
En segundo lugar, su propia condición de judío era una
fuente de desprecio en el vasto y arrogante imperio romano. Su raza, a pesar de
su rica historia espiritual, era considerada por los conquistadores como menor,
como una fuente de supersticiones molestas que se negaban a someterse al culto
del César.
Pero el mayor escándalo, la verdadera fuente de vergüenza
intelectual, residía en el contenido mismo de su predicación. Él no anunciaba a
un dios abstracto, ni a un héroe militar. Él predicaba de un judío—un ser
humano de una raza menor—que era, ni más ni menos, el salvador del mundo, un
Mesías cuyo trono no era el oro, sino la cruz, la manera más vil, despreciable
y públicamente humillante de morir reservada a los esclavos y a los criminales
más abyectos. Y para colmo, este crucificado había, según Pablo, resucitado de
entre los muertos.
Recordemos la escena en el Areópago de Atenas: los
filósofos griegos, maestros de la retórica y la lógica, se burlaron de él
cuando mencionó la resurrección (Hechos 17:18-19, 32). El mensaje de la
resurrección era una quimera, una fábula para mentes sencillas, una locura que
su intelecto superior no podía digerir. El mismo Pablo reconoció esta paradoja,
esta humillación intelectual: para los judíos, el mensaje de un Mesías
crucificado era un escándalo, una piedra de tropiezo; para los griegos, era una
locura (1 Corintios 1:18, 21, 23). La vergüenza que nos tienta hoy es la misma
vergüenza que tentó a Pablo: la de presentar un mensaje que, a la luz de la
sabiduría humana, parece primitivo, ilógico y ridículo.
Pero en lugar de hundirse en esta vergüenza, Pablo se sentía
orgulloso. Su "no me avergüenzo" no es una simple negación, sino una declaración
de orgullo santo, una afirmación de la inmensidad de lo que llevaba en sus
manos. Él consideraba al evangelio no un argumento filosófico, sino poder de
Dios—un poder suficiente, total, absoluto—para traer la salvación a toda
persona que, después de escucharlo, quisiera creer para ser salva. La vergüenza
se desvanece cuando se comprende que el evangelio no es un sistema de ideas,
sino una fuerza transformadora.
Recordemos, pues, en la quietud de la meditación y en el
fragor de la batalla: no debemos avergonzarnos del evangelio. Puede que a los
ojos del mundo su mensaje parezca no ser contemporáneo por su moral radical,
que exige la pureza en un mundo que celebra el desenfreno. Puede que parezca
una locura intelectual para aquellos que adoran la razón y la ciencia como
dioses únicos. Pero nuestro deber, nuestra alta vocación, es nutrir nuestra
mente con el pensamiento que el evangelio no es una mera teoría, sino un gran
poder—un poder vasto y suficiente para traer vida eterna a todo aquel que, por
un acto de fe, decida creer.
Siguiendo el ejemplo imperecedero de Pablo, debemos
grabar en el centro de nuestra existencia estas tres verdades ineludibles. El
Evangelio es, para nosotros, una deuda moral con la totalidad de la humanidad,
con los "griegos y bárbaros," una obligación de vida que no podemos
callar so pena de convertirnos en cómplices del silencio. Es una tarea de urgencia
febril, dictada por la brevedad de la vida y el inminente cumplimiento de la
promesa final. Y es, por encima de todo, un inmenso privilegio, porque lo que
nos ha sido confiado no es una filosofía desgastada, sino el poder único de
Dios para arrancar al hombre de la muerte y llevarlo a la vida. No nos
avergoncemos, pues, de predicar este poder vital. Que el temor al mundo ceda
ante la gloria de Aquel que nos llamó a ser pregoneros de Su invencible y
eterna verdad.
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