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✝️BOSQUEJO - ✝️SERMON - ✝️PREDICA: ✝️NO ME AVERGÜENZO ✝️ - Explicación Romanos 1:16.

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BOSQUEJO

✝️Tema: Evangelismo. ✝️Título: No me avergüenzo del evangelio. ✝️Texto: Romanos 1: 14 – 16. ✝️Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruíz.

Introducción:

A. LEMAS. Existe hoy en día una gran necesidad de persuadir a los creyentes para que ellos cumplan la misión que Dios les ha encomendado, pues la verdad es que la mayoría obvia este compromiso, para muchas personas es fácil cumplir cualquier otro requerimiento del Jesús pero no este, dada (y es muy triste decirlo) la vergüenza que este les produce. A través de este mensaje busco motivarlo a cumplir con su tarea.

(Dos minutos de lectura)

I   EVANGELIZAR ES UNA DEUDA (Ver 14)


A. El apóstol Pablo dice que él se siente en deuda, en obligación de predicar el evangelio a todo tipo de personas, es lo que nos indica con la expresión “griegos y barbaros”, es decir, cultos e incultos. Tal sentimiento se debía al hecho. Se sentía obligado por que entendía que este era un mandato de Dios para él  (1 Cor 9:16)

B. Una de las evidencias de salvación en una persona es que ella siente en su ser que evangelizar es  una deuda que tiene con todos los hombres, siente que predicar el evangelio no es una opción, sino más bien una obligación, tal sentimiento en él es intenso, constante, implacable, poderoso. Tal sentimiento se debe en el al hecho de saberse llamado por Dios para predicar.

C. Quien retiene la verdad del evangelio debería ser juzgado por cometer el peor crimen de la humanidad, es un genocida. Si usted tuviera la cura para el cáncer y no la divulgara ciertamente usted sería un asesino, un genocida; lo mismo ocurre con quien tiene la cura para el peor mal de la humanidad y deliberadamente la calla


II   EVANGELIZAR ES UNA URGENCIA (Ver 15)


A. El apóstol Pablo nos informa aquí sobre su disposición urgente para cumplir con la tarea de predicar el evangelio, es lo que quiere decir la palabra “pronto”, en griego.

B. Predicar el evangelio es una tarea urgente porque:

1.Cada minuto mueren 180 personas y la mayoría de ellas mueren sin Cristo.

2.Porque esto apresurara la venida de Cristo (Mateo 24:14).

3.Porque el evangelio es la única esperanza del hombre para una sociedad y una vida mejor.

Por esto todo creyente debería estar involucrado en la tarea de predicar el evangelio.



III   EVANGELIZAR ES UN PRIVILEGIO (Ver 16)


A. Así es, evangelizar es un privilegio no una vergüenza. Pablo tendría mucho de que avergonzarse:

1. La moralidad del evangelio contrastaba con la pericia de su época.

2. Su condición de judío. Su raza era considerada menor.

3. El contenido mismo de su predicación. El predicaba de un judío que era el salvador del mundo, que había muerto en la manera más vil y despreciable, la cruz; y que después había resucitado de entre los muertos. Recuerde que los filósofos griegos se burlaron de él (Hechos 17: 18 – 19, 32). El mismo mismo reconoció que el evangelio era una locura (1 Cor 1:18, 21, 23)

B. En lugar de avergonzarse Pablo se sentía orgullosos pues consideraba al evangelio poder de Dios, suficiente para traer la salvación a toda persona que después de escucharlo quisiera creer para ser salva.

C. Recuerde: no debemos avergonzarnos del evangelio, puede parecer que su mensaje no es contemporáneo por su moral radical, o por que parezca una locura intelectual. Debemos nutrir nuestra mente con el pensamiento que el evangelio es un gran☝✋ poder SUFICIENTE para traer vida eterna a todo aquel que desee creer.



Conclusiones:

Siguiendo el ejemplo de Pablo, debemos entender que el Evangelio es una deuda moral con todos ("griegos y bárbaros"), una tarea de urgencia dada la brevedad de la vida y un inmenso privilegio, pues es el único poder de Dios para salvar. No nos avergoncemos de predicar este "poder" vital.

VERSIÓN LARGA

El aire que respiramos, esa sustancia incolora que alimenta nuestra breve llama, está cargado hoy de una pesadez sutil, una niebla espiritual que se ha deslizado silenciosamente hasta los recintos del alma redimida, y es esa bruma de lo cotidiano, esa distracción constante, la que nos obliga a detenernos y a medir la magnitud de la gran necesidad que se cierne sobre la congregación de los elegidos, la necesidad de persuadir al creyente para que se alce y cumpla con la misión que el mismo Alfarero, en un acto de soberana confianza, le ha encomendado; porque la verdad, y es un lamento que debe resonar en el eco de nuestra conciencia, es que la mayoría, abrumada por el peso del mundo visible y sus urgencias inmediatas, obvia este compromiso trascendental, encontrando con facilidad el celo para cumplir con cualquier otro requerimiento de la gracia de Jesús—el servicio en la quietud, la ofrenda del sustento, la asistencia en la enfermedad—pero retrocediendo ante este mandato fundamental, paralizados por una extraña y dolorosa parálisis que, con tristeza debemos nombrarla, no es otra cosa que la vergüenza que la revelación les produce, el pudor ante el escándalo de un mensaje que no encaja en las geometrías pulcras de la modernidad.

Es contra este demonio sutil del decoro y la autocensura que el Apóstol Pablo levanta su voz desde la antigua carta a los Romanos, una declaración que no es una simple afirmación de fe, sino una confesión de identidad ineludible, y a través de este mensaje, forjado en el crisol de la persecución y el desprecio, buscamos remover esa ceniza del espíritu, despertar al guerrero dormido y motivarlo a cumplir con la tarea que, por designio divino, lo define y lo justifica. El pasaje que nos convoca, esa porción de la Escritura que es a la vez una acusación y una liberación, comienza con la firmeza de un hombre que se sabe poseedor de una responsabilidad que trasciende la comodidad del aquí y el ahora.

La primera verdad que emerge del torrente apostólico es la más difícil de asimilar en una era obsesionada con la autonomía y la cancelación de cualquier vínculo coercitivo, y es esta: evangelizar es una deuda, una obligación que no puede ser saldada con excusas o dilaciones, tal como lo consigna el versículo catorce. El apóstol Pablo, ese gigante de la fe que había pasado de ser un perseguidor celoso a un predicador incansable, no describe su ministerio como una opción o un pasatiempo elevado, sino que emplea el lenguaje de la contabilidad moral, el lenguaje de la obligación ineludible, declarando sin ambages que él se siente en deuda con todos los hombres, una condición que no admite fronteras de casta, cultura o inteligencia.

Este sentimiento de estar enlazado, atado por un compromiso previo, se extiende a toda la humanidad a través de la expresión dual y abarcadora de "griegos y bárbaros," una dicotomía que en la nomenclatura del mundo antiguo lo incluía todo: el griego representaba al hombre culto, al filósofo que disecaba las ideas bajo el sol de la Acrópolis, al constructor de imperios mentales, al poseedor de la sophia que creía estar cerca de la verdad por la sola fuerza de su intelecto; el bárbaro, en cambio, era el otro, el que balbuceaba, el que vivía fuera de la polis, el inculto que habitaba en las fronteras de la civilización, cuya voz era solo ruido ininteligible para el oído refinado. El evangelio, sin embargo, anula esta distinción arrogante, declarando que la deuda de Pablo, y por extensión la nuestra, es con la totalidad del linaje humano, tanto con el académico que teje teorías complejas como con el sencillo labriego que nunca aprendió a leer, porque la Palabra de Gracia no se somete a la inteligencia humana, sino que irrumpe en el espíritu con la autoridad de lo revelado.

Tal sentimiento, esa sensación de estar perpetuamente obligado, no era una neurosis personal del apóstol, sino la comprensión profunda y devastadora de que la predicación era un mandato de Dios para él, una carga sagrada que no podía rehusar. Él mismo lo había confesado antes con un temblor que recorre las páginas de la Escritura: "¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!" (1 Corintios 9:16). Esta exclamación no es una súplica, sino el reconocimiento de un pacto ineludible: la verdad le había sido revelada no para ser poseída en secreto, sino para ser derramada.

Y es aquí donde la deuda se convierte en el signo inconfundible de la salvación. Una de las evidencias más claras y más luminosas de que la vida ha sido genuinamente tocada por el poder de la Cruz es el nacimiento de esta obligación impostergable en el centro del ser. El creyente que ha comprendido la dimensión de su propio rescate, que ha medido el abismo del que fue sacado, siente en la médula de su alma que evangelizar no es una opción, no es una actividad de fin de semana para los más extrovertidos, sino una obligación moral y existencial con todos los hombres. Este sentimiento, cuando es genuino, es intenso, porque está alimentado por la visión de la eternidad; es constante, porque no cesa mientras haya un aliento de vida; es implacable, porque no permite el sueño fácil de la indiferencia; y es poderoso, porque transforma la timidez en valor, la debilidad en voz. Este compromiso surge, precisamente, del profundo saberse llamado por Dios para esta proclamación.

Quien retiene la verdad del evangelio, quien conscientemente sella sus labios ante la agonía espiritual del prójimo, debe ser confrontado con la severidad de su silencio, porque comete el peor crimen que la humanidad puede infligir: es, en términos espirituales, un genocida. Pensemos por un instante en la lógica implacable de la ética humana: si a usted le fuese entregada la cura definitiva para el cáncer, el conocimiento certero que podría detener el dolor y el avance de la muerte en millones de vidas, y usted deliberadamente decidiera no divulgarla, por pereza, por vergüenza, o por egoísmo intelectual, la sociedad le juzgaría con razón como un asesino, un perpetrador de un crimen contra la humanidad. Pues bien, lo mismo, pero magnificado hasta el infinito, ocurre con aquel que posee la cura para el peor mal de la humanidad—la condenación eterna—y, deliberadamente, la calla. El silencio del creyente en el ámbito del Evangelismo no es neutral; es una sentencia de muerte que se pronuncia por omisión. La deuda del Evangelio no es monetaria, sino de vida; y el no pagarla significa la complicidad en la perdición de las almas que nos rodean.

La sensación de la deuda impaga nos conduce directamente al segundo imperativo que arde en el corazón del apóstol: evangelizar es una urgencia, y esta urgencia no es una mera prisa humana, sino la comprensión cabal de la brevedad del tiempo concedido. Pablo nos informa de su disposición urgente para cumplir con la tarea, utilizando una palabra griega que se traduce como "pronto," no solo en el sentido de la velocidad, sino de la disposición inmediata, la voluntad lista y sin reserva. No se trata de correr sin dirección, sino de tener el motor del espíritu encendido, listo para la marcha en cualquier instante, porque el tiempo se escapa entre los dedos con la celeridad de la arena fina, y la oportunidad de la redención no espera a la conveniencia del predicador.

Predicar el evangelio es una tarea que se nos impone con la tiranía del reloj porque el drama de la mortalidad se desarrolla a una velocidad aterradora. Las estadísticas frías y despiadadas nos obligan a abrir los ojos a la realidad de la siega: cada minuto, mientras la luz se desplaza sobre el planeta, mueren ciento ochenta personas, y la gran mayoría de ellas, con una frialdad que congela el alma, mueren sin Cristo. El tiempo no es un recurso infinito; es el don más escaso y más vital. Nuestro tiempo de vida es solo un breve paréntesis entre dos eternidades, y si la deuda es con todos los hombres, la urgencia es con cada uno de esos ciento ochenta almas que, en el instante preciso de nuestra duda o nuestra pereza, transitan el umbral sin la esperanza. La urgencia es el reflejo de la misericordia divina que se niega a que alguien perezca por falta de conocimiento.

Y esta urgencia no solo se mide en las unidades de la mortalidad individual, sino en la escala de la consumación profética. Evangelizar es urgente porque, de una manera misteriosa y poderosa, esto apresurará la venida de Cristo, el evento que toda la creación anhela. El mismo Maestro nos lo reveló en el Monte de los Olivos: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mateo 24:14). Nuestro esfuerzo, el clamor que llevamos a las naciones, no es un esfuerzo inútil, sino el catalizador del retorno de nuestro Señor. Cada alma alcanzada, cada nación tocada por el testimonio, es un ladrillo más que se coloca en la construcción del Reino, acercando el día en que la promesa se cumpla y el Rey regrese en gloria. La urgencia es, por lo tanto, la participación activa en el cumplimiento del propósito final de Dios para la historia.

Finalmente, el evangelio es urgente porque es la única esperanza que le queda al hombre, tanto para su destino eterno como para la construcción de una sociedad y una vida que merezcan la pena. En medio del caos, la desesperanza y la fractura social que observamos, la Palabra es el único cimiento firme, el único bálsamo para el dolor, la única fuerza capaz de reconstruir el carácter desde la verdad. La moralidad sin el poder del Evangelio es una ética sin motor; la justicia social sin el Evangelio es una reparación superficial. Por esto, todo creyente, comprendiendo la deuda que tiene y la escasez del tiempo, debería estar intensamente involucrado en la tarea de predicar el evangelio, porque no hay otro mensaje que prometa la vida y la sanidad del espíritu.

Y sin embargo, al llegar al clímax de esta triple confesión, el apóstol introduce un elemento que convierte la obligación en éxtasis, el deber en honor, la urgencia en gozo: evangelizar es un privilegio, y esta verdad resplandece con mayor fuerza porque se alza precisamente sobre el fango de la posible vergüenza que debería sentir. Pablo, ese hombre extraordinario, tenía mucho de qué avergonzarse, o al menos, mucho por lo que el mundo lo señalaría con desprecio.

En primer lugar, la moralidad radical del evangelio contrastaba de manera brutal con la pericia y el libertinaje de su época. Para los romanos, la moralidad era una cuestión de convención social y ley; el mensaje de la Cruz exigía una transformación interna, una pureza radical, una renuncia a la idolatría y al desenfreno que era vista no solo como restrictiva, sino como antisocial.

En segundo lugar, su propia condición de judío era una fuente de desprecio en el vasto y arrogante imperio romano. Su raza, a pesar de su rica historia espiritual, era considerada por los conquistadores como menor, como una fuente de supersticiones molestas que se negaban a someterse al culto del César.

Pero el mayor escándalo, la verdadera fuente de vergüenza intelectual, residía en el contenido mismo de su predicación. Él no anunciaba a un dios abstracto, ni a un héroe militar. Él predicaba de un judío—un ser humano de una raza menor—que era, ni más ni menos, el salvador del mundo, un Mesías cuyo trono no era el oro, sino la cruz, la manera más vil, despreciable y públicamente humillante de morir reservada a los esclavos y a los criminales más abyectos. Y para colmo, este crucificado había, según Pablo, resucitado de entre los muertos.

Recordemos la escena en el Areópago de Atenas: los filósofos griegos, maestros de la retórica y la lógica, se burlaron de él cuando mencionó la resurrección (Hechos 17:18-19, 32). El mensaje de la resurrección era una quimera, una fábula para mentes sencillas, una locura que su intelecto superior no podía digerir. El mismo Pablo reconoció esta paradoja, esta humillación intelectual: para los judíos, el mensaje de un Mesías crucificado era un escándalo, una piedra de tropiezo; para los griegos, era una locura (1 Corintios 1:18, 21, 23). La vergüenza que nos tienta hoy es la misma vergüenza que tentó a Pablo: la de presentar un mensaje que, a la luz de la sabiduría humana, parece primitivo, ilógico y ridículo.

Pero en lugar de hundirse en esta vergüenza, Pablo se sentía orgulloso. Su "no me avergüenzo" no es una simple negación, sino una declaración de orgullo santo, una afirmación de la inmensidad de lo que llevaba en sus manos. Él consideraba al evangelio no un argumento filosófico, sino poder de Dios—un poder suficiente, total, absoluto—para traer la salvación a toda persona que, después de escucharlo, quisiera creer para ser salva. La vergüenza se desvanece cuando se comprende que el evangelio no es un sistema de ideas, sino una fuerza transformadora.

Recordemos, pues, en la quietud de la meditación y en el fragor de la batalla: no debemos avergonzarnos del evangelio. Puede que a los ojos del mundo su mensaje parezca no ser contemporáneo por su moral radical, que exige la pureza en un mundo que celebra el desenfreno. Puede que parezca una locura intelectual para aquellos que adoran la razón y la ciencia como dioses únicos. Pero nuestro deber, nuestra alta vocación, es nutrir nuestra mente con el pensamiento que el evangelio no es una mera teoría, sino un gran poder—un poder vasto y suficiente para traer vida eterna a todo aquel que, por un acto de fe, decida creer.

Siguiendo el ejemplo imperecedero de Pablo, debemos grabar en el centro de nuestra existencia estas tres verdades ineludibles. El Evangelio es, para nosotros, una deuda moral con la totalidad de la humanidad, con los "griegos y bárbaros," una obligación de vida que no podemos callar so pena de convertirnos en cómplices del silencio. Es una tarea de urgencia febril, dictada por la brevedad de la vida y el inminente cumplimiento de la promesa final. Y es, por encima de todo, un inmenso privilegio, porque lo que nos ha sido confiado no es una filosofía desgastada, sino el poder único de Dios para arrancar al hombre de la muerte y llevarlo a la vida. No nos avergoncemos, pues, de predicar este poder vital. Que el temor al mundo ceda ante la gloria de Aquel que nos llamó a ser pregoneros de Su invencible y eterna verdad.




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