MATEO 24: ¿CÓMO PUEDO ESTAR SEGURO DE QUE JESÚS REGRESARÁ?
INTRODUCCIÓN
El 10 de agosto de 2026, Colombia se estremeció. Más de 300 muertos, más de 400 desaparecidos, más de 31.000 viviendas destruidas. La tierra, que siempre habíamos sentido firme bajo nuestros pies, se movió. Y muchos preguntaron: "¿Será este el principio del fin?".
Los discípulos de Jesús, hace dos mil años, también preguntaron: "Maestro, ¿cuándo será esto? ¿Y qué señal habrá de tu venida?" (Mateo 24:3). Jesús les respondió con profecías que se cumplirían ante sus propios ojos. Pero la pregunta más profunda es: ¿Cómo sabemos que lo que Jesús dijo sobre su regreso es verdad? La respuesta corta seria: porque otras profecias que dio en este mismo capitulo ya se cumplieron, tambie. El terremoto fue un recordatorio de que el mundo es inestable, pero la Palabra de Dios es eterna.
¿Que dijo Jesús en este capitulo que nos lleva a estar seguros de la profecia de su regreso?
PRIMER PUNTO: JESÚS DIJO QUE EL TEMPLO SERÍA DESTRUIDO — Y FUE DESTRUIDO
Mateo 24:2
EXÉGESIS
Jesús estaba en el Monte de los Olivos. Sus discípulos le mostraban el Templo, una maravilla del mundo antiguo con piedras de más de 10 metros. Jesús dijo: "No quedará aquí piedra sobre piedra". La palabra griega katalyō significa "demoler completamente". No era una profecía vaga; era específica y verificable. Josefo confirma que el templo fue incendiado y sus piedras removidas una a una para extraer el oro derretido, esto sucedio en el año 70 D.C. . El Arco de Tito en Roma conmemora esta destrucción.
APLICACIÓN
Si Jesús cumplió esta profecía —la más increíble y verificable—, ¿por qué dudaríamos de las demás? Sus palabras tienen peso; quien predijo el futuro de una ciudad puede predecir el futuro del mundo.
PREGUNTA DE CONFRONTACIÓN
¿Crees que fue casualidad que el Templo fuera destruido exactamente como Jesús dijo?
VERSÍCULO DE APOYO
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mateo 24:35).
SEGUNDO PUNTO: JESÚS ADVIRTIÓ A SUS DISCÍPULOS QUE HUYERAN — Y ELLOS HUYERON
Mateo 24:16
EXÉGESIS
Jesús advirtió: "Cuando veáis la abominación desoladora... entonces los que estén en Judea, huyan a los montes" (Mateo 24:15-16). Lucas aclara que esto se refiere a Jerusalén rodeada de ejércitos (Lucas 21:20-21). La instrucción era urgente: sin volver por ropa ni posesiones. Eusebio registra que los cristianos, obedeciendo esta advertencia, huyeron a Pella, al otro lado del Jordán, y se salvaron de la destrucción .
APLICACIÓN
Basado en esta profecia el les hace una advertencia que les salva la vida. El que cumple sus advertencias, cumple sus promesas. Si Jesús cumplió esto, cumplirá su regreso.
VERSÍCULO DE APOYO
"El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho" (Lucas 16:10).
TERCER PUNTO: JESÚS DIJO QUE SUS SEGUIDORES SUFRIRÍAN — Y LA HISTORIA LO CONFIRMA
Mateo 24:9
EXÉGESIS
Jesús dijo: "Os entregarán a tribulación, y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las naciones por causa de mi nombre". La palabra thlipsis significa "presión", "angustia severa". Esto se cumplió desde el principio: Esteban fue apedreado (Hechos 7), Jacobo ejecutado (Hechos 12), y los apóstoles, excepto Juan, murieron como mártires . En el siglo XX, según estudios de David B. Barrett, decenas de millones de cristianos fueron martirizados —más que en los diecinueve siglos anteriores combinados.
APLICACIÓN
No estamos esperando para comprobar si Jesús tenía razón. La persecución es una señal cumplida; y si la señal se ha cumplido, la promesa del regreso también se cumplirá.
PREGUNTA DE CONFRONTACIÓN
Si Jesús dijo que seríamos perseguidos y la historia lo confirma, ¿por qué dudarías de su regreso?
VERSÍCULO DE APOYO
"Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:10).
CONCLUSIÓN
Ya tenemos acontecimientos históricos que muestran que Jesús tenía razón:
1. El Templo fue destruido — piedra por piedra, en el 70 d.C.
2. Los cristianos huyeron — a Pella, y se salvaron, según Eusebio.
3. Los seguidores de Jesús han sido perseguidos — desde Esteban hasta los mártires del siglo XX.
Jesús cumplió estas profecías con precisión. Y si cumplió estas, cumplirá todas las demás. El terremoto no fue una señal profética específica; fue un recordatorio de que la vida es frágil y debemos estar preparados. Pablo lo declaró con certeza: "El Señor mismo descenderá del cielo... y así estaremos siempre con el Señor" (1 Tesalonicenses 4:16-17).
La pregunta no es si Cristo volverá. La pregunta es: ¿estarás listo cuando vuelva?
VERSÍCULO FINAL
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mateo 24:35).
VERSIÓN LARGA
Mateo 24: ¿Cómo puedo estar seguro de que Jesús regresará?
El 10 de agosto de 2026, Colombia se estremeció. Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió quince departamentos, dejando más de trescientos muertos, más de cuatrocientos desaparecidos, más de treinta y un mil viviendas destruidas, y una nación entera preguntándose qué vendría después. La tierra, que siempre habíamos sentido firme bajo nuestros pies, se movió. Y en medio del polvo, el llanto y la desolación, una pregunta antigua resurgió con una urgencia nueva: "¿Será este el principio del fin?" No es la primera vez que la humanidad se hace esa pregunta. Hace casi dos mil años, un grupo de hombres, cansados y confundidos, se sentó con su Maestro en la ladera de un monte, y le preguntó lo mismo. "Maestro, ¿cuándo será esto? ¿Y qué señal habrá de tu venida?" (Mateo 24:3). Querían saber cuándo, cómo, y si estarían listos.
Pero hay una pregunta más profunda que subyace a todas las demás, una que nos persigue en la quietud de la noche y en el estruendo de los desastres: ¿Cómo sabemos que lo que Jesús dijo sobre el futuro es verdad? ¿Cómo podemos tener certeza de que su promesa de regresar no es un cuento, una ilusión, una esperanza sin fundamento, sino la roca más firme sobre la que podemos construir nuestras vidas? La respuesta, que resuena a través de los siglos, no se encuentra en la emoción del momento, sino en la fidelidad de Dios a lo largo de la historia. El mismo Dios que cumplió sus promesas en el pasado, cumplirá sus promesas en el futuro. Jesús no solo habló del futuro; lo demostró. Las profecías que cumplió son el fundamento de nuestra confianza en las que aún ha de cumplir.
El discurso de Jesús en el Monte de los Olivos, registrado en Mateo 24, es una de las secciones más importantes y desafiantes de todo el Nuevo Testamento. Como señala un comentarista: "Esta profecía fue cumplida literalmente. Había un templo real, y realmente fue destruido. El cumplimiento literal de esta profecía establece el tono para el resto de las profecías en el capítulo. Debemos esperar un cumplimiento literal para estas también". El cumplimiento literal de la profecía del templo no es un detalle histórico menor; es la clave hermenéutica que nos permite confiar en el resto de las palabras de Jesús. Si él fue preciso en lo pequeño —la destrucción de un edificio, por imponente que fuera—, ¿cómo no iba a serlo en lo grande, en la promesa de su regreso y el establecimiento de su reino eterno?
Los discípulos, al escuchar a Jesús, no pudieron evitar la conexión entre la destrucción del templo y el fin de la era. Para ellos, el templo era el corazón de su identidad nacional y religiosa. Su destrucción equivalía al fin del mundo que conocían. Y Jesús, en su respuesta, no los contradijo del todo. Les mostró que la destrucción del templo sería un juicio, una manifestación de su poder, un "fin" para una era. Pero también les mostró que ese fin no era el final absoluto. Era un tipo, una sombra de algo mayor. Como escribe un comentarista: "El castigo en la destrucción de Jerusalén fue una figura del juicio del gran día". Esa conexión entre el juicio histórico y el juicio final nos da la pauta para entender toda la profecía: lo que Dios hizo en la historia es una garantía de lo que hará en la consumación. La destrucción del templo, la persecución de los cristianos, la huida a Pella, todo esto fue un preludio, un ensayo general de la obra final. Y si el ensayo fue fiel al guion, podemos confiar en que la obra final será aún más grandiosa. Como el mismo Jesús prometió: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Las palabras de Jesús son más eternas que el mármol del templo, más sólidas que los cimientos de Jerusalén, más firmes que cualquier certeza terrenal. Porque quien las pronunció no es solo un maestro, sino el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne, que tiene autoridad sobre la historia y sobre el futuro. El terremoto fue un recordatorio —no una profecía específica— de que el mundo es inestable, pero la Palabra de Dios es eterna. Como él mismo dijo: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mateo 24:35).
La primera prueba, la más sólida y verificable, la encontramos en la profecía que hizo Jesús sobre el Templo de Jerusalén. Sus discípulos, maravillados por la magnificencia del edificio, le señalaban sus enormes piedras. Herodes el Grande había construido un templo que era una maravilla del mundo antiguo, con bloques de piedra caliza de más de diez metros de largo, encajados con una precisión que aún asombra a los arqueólogos. Los judíos, con orgullo, decían: "Cuarenta y seis años se tardó en edificar este templo" (Juan 2:20). Para ellos, era eterno, el centro de su fe, de su identidad, de su esperanza. Y Jesús, en un momento que debió dejar a sus discípulos sin aliento, declaró: "¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada" (Mateo 24:2). La palabra griega que usó, katalyō, significa "desatar", "deshacer", "demoler completamente". No era una profecía vaga, ni una advertencia poética. Era una sentencia quirúrgica y específica. No dijo que sería dañado o saqueado. Dijo que sería deshecho por completo, y lo dijo mientras sus discípulos admiraban su magnificencia, como una ducha de agua fría sobre sus expectativas nacionalistas.
La profecía parecía imposible, y sin embargo, la historia la confirmó. Un comentarista bíblico lo describe con precisión: "En el año 66 d.C., los judíos se rebelaron contra Roma. En el 70 d.C., el general Tito sitió Jerusalén. El asedio duró cinco meses. Los romanos cortaron los suministros de alimentos y agua. El hambre fue tan extrema que, según Josefo, algunos comían sus propios cinturones de cuero. Cuando los romanos finalmente penetraron, el Templo fue incendiado y arrasado. Las piedras cayeron una a una. Los soldados romanos, buscando el oro que se había derretido entre las grietas, removieron cada piedra. No quedó una sobre otra". La precisión de esta profecía es asombrosa. Josefo, el historiador judío que fue testigo ocular de estos eventos, describe con horror cómo la sangre corrió por las gradas del altar, cómo los sacerdotes fueron asesinados mientras oficiaban, cómo los cadáveres se amontonaban en el templo. El Arco de Tito, que aún se levanta en Roma, conmemora ese saqueo y esa destrucción, un monumento silencioso a la veracidad de las palabras de Cristo.
Otro comentario añade: "Esta profecía fue cumplida literalmente. Había un templo real, y realmente fue destruido. El cumplimiento literal de esta profecía establece el tono para el resto de las profecías en el capítulo. Debemos esperar un cumplimiento literal para estas también". Y otro comentarista reflexiona: "Esta es tu evidencia histórica más fuerte. Si Jesús cumplió esta profecía —la más increíble, la más específica, la más verificable—, ¿por qué dudaríamos de las demás? Jesús no era un adivino de feria. No era un charlatán. Sus palabras tenían peso, porque quien podía predecir el futuro de una ciudad, podía predecir el futuro del mundo". La fuerza de esta evidencia no radica en la emoción, sino en el hecho histórico comprobable. Los discípulos vieron el templo, y Jesús dijo que sería destruido. Cuarenta años después, el templo fue destruido. No hubo margen para el error. No hubo ambigüedad. La profecía se cumplió con una precisión que desafía cualquier explicación natural. Y esa precisión nos da la base para confiar en que la segunda venida de Cristo, aunque aún no ocurra, es tan cierta como la destrucción del templo.
La aplicación de esta verdad es ineludible. Si Jesús cumplió esta profecía —la más increíble, la más específica, la más verificable—, ¿por qué dudaríamos de las demás? Jesús no era un adivino de feria, ni un charlatán. Sus palabras tenían peso porque quien podía predecir el futuro de una ciudad con esa precisión, podía predecir el futuro del mundo. La fe cristiana no es un salto al vacío; es un paso firme sobre una roca que ha sido probada por la historia. Cada profecía cumplida es un ladrillo en el muro de nuestra certeza. La destrucción del templo no es solo un hecho arqueológico; es un testimonio vivo de que las palabras de Jesús son más duraderas que el mármol y el granito. Es una señal de que Dios cumple lo que promete, y que su plan para la historia no está sujeto a las vicisitudes de los imperios humanos. Es, como dice el proverbio, "La profecía cumplida es el sello de Dios; la profecía por cumplir es la promesa de Dios". La primera es la garantía de la segunda. Si Dios fue fiel en aquel entonces, será fiel en el futuro. La pregunta no es si Cristo volverá; es si estamos viviendo a la luz de esa certeza. El terremoto en Colombia es un recordatorio de que el mundo es inestable, pero la Palabra de Dios es eterna. Y esa Palabra nos asegura que el que prometió volver, volverá.
Si Jesús cumplió esta profecía con precisión quirúrgica, si sus palabras sobre el Templo se cumplieron al pie de la letra, ¿por qué dudarías de su promesa de regresar? ¿Acaso Dios es fiel en lo grande pero infiel en lo pequeño? ¿Acaso su Palabra tiene fecha de caducidad? La historia nos muestra que las palabras de Jesús son más duraderas que el mármol, más sólidas que los cimientos de Jerusalén. ¿Estás dispuesto a construir tu vida sobre esa certeza, o prefieres seguir edificando sobre la arena de tus propias incertidumbres?
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mateo 24:35). Este versículo es la clave hermenéutica de todo el discurso. Jesús no está dando una opinión; está declarando un hecho. La autoridad de su palabra trasciende la estabilidad del cosmos. Si el cielo y la tierra, que parecen tan firmes, pueden pasar, sus palabras permanecerán. La destrucción del templo es una prueba de que sus palabras son más duraderas que el edificio más imponente del mundo antiguo. Si sus palabras son más duraderas que el templo, también lo son más que cualquier imperio, cualquier sistema político, cualquier certeza terrenal. Podemos confiar en su promesa de regresar porque su palabra es eterna.
La segunda prueba, igualmente contundente, es la advertencia que Jesús dio a sus seguidores para que huyeran de la ciudad condenada. En el mismo discurso profético, les dijo: "Cuando veáis la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel, puesta en el lugar santo (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes" (Mateo 24:15-16). La instrucción era clara y urgente: "El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa" (Mateo 24:17-18). No debían perder tiempo empacando. Debían huir inmediatamente. Jesús sabía que la destrucción sería rápida y total. La profecía era específica: cuando vieran la señal, debían huir a los montes. Pero, ¿qué era esa "abominación desoladora"? El evangelista Lucas, escribiendo para un público gentil, lo aclara: "Pero cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado... entonces los que estén en Judea, huyan a los montes" (Lucas 21:20-21). Lucas interpreta la "abominación desoladora" como el sitio de Jerusalén por los ejércitos romanos. Es una clave importante: el mismo Jesús, a través del relato de Lucas, lo explica en términos de "ejércitos rodeando la ciudad".
La profecía no era solo una predicción; era un plan de escape, un mapa de salvación. Y la historia registra que sus seguidores la obedecieron. Un comentarista señala: "Según el testimonio de Eusebio, el padre de la historia de la iglesia, los cristianos de Jerusalén reconocieron la señal de la que Jesús había hablado y huyeron. Eusebio lo registra explícitamente en su Historia Eclesiástica (III.5): 'Los miembros de la Iglesia en Jerusalén, habiendo sido ordenados antes de la guerra de acuerdo con cierto oráculo dado por revelación a los hombres de reputación, se retiraron de la ciudad y habitaron en una ciudad de Perea llamada Pella'". Mientras los judíos nacionalistas se atrincheraron en la ciudad, confiando en sus muros y en la promesa de que Dios los protegería, los cristianos obedecieron la palabra de Jesús y se salvaron. Cuando Tito arrasó Jerusalén en el 70 d.C., la comunidad cristiana ya no estaba allí. La profecía de Jesús no solo se cumplió; salvó vidas. La huida a Pella es la identificación histórica de la respuesta de los cristianos a esa advertencia.
Otro comentario añade: "Cuando los ejércitos romanos rodearon Jerusalén en el año 66 d.C., los cristianos reconocieron la señal de la que Jesús había hablado. Y huyeron. La tradición histórica, registrada por Eusebio, dice que los cristianos de Jerusalén huyeron a la ciudad de Pella, al otro lado del Jordán, antes de que el asedio final comenzara". La profecía no era un acertijo críptico; era una instrucción clara para un momento de crisis. Y la obediencia a esa instrucción tuvo consecuencias tangibles: la preservación de la vida. Esto nos lleva a una verdad profunda: la profecía no es solo para saber el futuro; es para preparar el presente. Si Jesús cumplió esta profecía con tanta precisión que salvó vidas —y la historia lo confirma a través de Eusebio—, ¿por qué dudaríamos de que cumplirá lo que ha dicho sobre su regreso? La profecía no es solo una predicción; es una advertencia. Y el que cumple sus advertencias, cumple sus promesas.
Es como un padre que advierte a sus hijos: "Cuando vean el humo, salgan de la casa". Los hijos ven el humo y salen. La casa se quema, pero ellos están a salvo. El padre cumplió su advertencia. Y si cumplió la advertencia, cumplirá también su promesa de volver a casa. La huida a Pella es un eco histórico de la fidelidad de Dios, una garantía de que sus instrucciones no son inútiles, sino que están diseñadas para protegernos y guiarnos hacia la vida. El principio de la fidelidad en lo poco se aplica aquí: si Jesús fue fiel en advertir sobre la destrucción de Jerusalén, y su advertencia salvó vidas, podemos confiar en que su promesa de regresar y juzgar al mundo es igualmente fiable. La misma fidelidad que se manifestó en la historia se manifestará en la consumación. La profecía no es solo para saber el futuro; es para preparar el presente. Si Jesús cumplió esta profecía con tanta precisión que salvó vidas —y la historia lo confirma a través de Eusebio—, ¿por qué dudaríamos de que cumplirá lo que ha dicho sobre su regreso? La profecía no es solo una predicción; es una advertencia. Y el que cumple sus advertencias, cumple sus promesas.
Si Jesús cumplió su advertencia de huir de Jerusalén, y la historia lo confirma a través de Eusebio, ¿por qué no cumpliría su promesa de volver? ¿Acaso su palabra tiene dos medidas, una para el pasado y otra para el futuro? La huida a Pella demuestra que Jesús no solo predice el futuro, sino que provee un camino de escape para los que le obedecen. Si su advertencia fue tan precisa que permitió a los cristianos escapar de la destrucción, ¿no será su promesa de regresar igualmente precisa y confiable? ¿Estás viviendo como si su advertencia sobre el juicio futuro fuera tan cierta como su advertencia sobre la destrucción de Jerusalén?
"El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho" (Lucas 16:10). Este principio es la clave para entender la fiabilidad de las promesas de Dios. Si Jesús fue fiel en una profecía local y temporal, como la destrucción de Jerusalén, también será fiel en la profecía universal y eterna de su regreso. La fidelidad de Dios no es selectiva; es absoluta. Lo que ha prometido, lo cumplirá. La huida a Pella es una prueba de que sus advertencias son precisas y sus instrucciones confiables. Podemos confiar en que su promesa de regresar es igualmente confiable. La historia de la huida a Pella no es solo un dato arqueológico; es un testimonio vivo de que las palabras de Jesús son más duraderas que el mármol y el granito. Es una señal de que Dios cumple lo que promete, y que su plan para la historia no está sujeto a las vicisitudes de los imperios humanos.
La tercera prueba, quizás la que más nos toca personalmente, es la profecía de la persecución. Jesús dijo: "Os entregarán a tribulación, y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las naciones por causa de mi nombre" (Mateo 24:9). La palabra griega para "tribulación" es thlipsis, que significa "presión", "angustia", "aflicción severa". No era una molestia menor; era una presión que aplasta. Y añadió: "os matarán". No era una posibilidad remota; era una certeza para algunos. Y no solo serían perseguidos por las autoridades judías o romanas, sino que serían aborrecidos de todas las naciones. La palabra griega para "aborrecidos" es miseō, que significa "odiar", "detestar". La causa del odio sería "mi nombre". No por su nacionalidad, no por su estatus social, sino por su identidad como seguidores de Cristo. La profecía era específica y universal. Comenzó a cumplirse en la iglesia primitiva y ha continuado a lo largo de la historia.
El cumplimiento inicial de esta profecía es documentado con claridad en el libro de los Hechos. Como señala un comentarista: "El libro de Hechos registra la persecución desde el principio: Pedro y Juan son arrestados (Hechos 4), Esteban es apedreado (Hechos 7), Jacobo es ejecutado (Hechos 12), Pablo es encarcelado y finalmente decapitado". La persecución no fue un accidente histórico; fue el cumplimiento sistemático de la advertencia de Jesús. La tradición histórica, transmitida por los primeros padres de la iglesia, registra que los once apóstoles, excepto Juan, murieron como mártires. Pedro fue crucificado boca abajo en Roma, considerándose indigno de morir de la misma manera que su Señor. Andrés fue crucificado en una cruz en forma de X. Tomás fue traspasado con una lanza en la India. Santiago fue decapitado por orden de Herodes Agripa I. La persecución no fue un accidente; fue una profecía cumplida.
El patrón de persecución no se detuvo en el primer siglo. En el siglo II, Justino Mártir, uno de los apologistas cristianos más importantes, escribió: "No hay ni un solo cristiano que no haya sufrido persecución". Sus propias palabras se convirtieron en profecía para su propia vida, pues fue decapitado en Roma alrededor del año 165 d.C. por negarse a sacrificar a los dioses paganos. La persecución continuó bajo emperadores como Decio, Valeriano y Diocleciano, quienes buscaron exterminar sistemáticamente la fe cristiana. Durante la gran persecución de Diocleciano (303-311 d.C.), miles de cristianos fueron ejecutados, torturados o enviados a las minas. Las iglesias fueron destruidas, las Escrituras quemadas, y los cristianos fueron forzados a elegir entre la apostasía y la muerte. La profecía de Jesús se cumplía ante los ojos del mundo.
No estamos esperando para comprobar si Jesús tenía razón. Ya tenemos acontecimientos históricos que nos muestran que sus palabras fueron verdaderas. La persecución no es una anomalía; es una señal. Y si la señal se ha cumplido —desde Esteban hasta los mártires del siglo XX—, entonces la promesa del regreso también se cumplirá. Es como un entrenador que dice a sus atletas: "Vendrán días difíciles, pero si superan esto, ganarán el premio". Los días difíciles llegan. Y si el entrenador cumplió su advertencia, cumplirá también su promesa de la recompensa. La persecución es la señal de que el entrenador no mintió; y la recompensa es la señal de que tampoco mentirá. La sangre de los mártires, como dijo Tertuliano, es la semilla de la iglesia. Cada vida entregada por Cristo es un testimonio de que su palabra es verdadera, y un anticipo de la victoria final que traerá su regreso. La persecución no es la derrota de la iglesia; es su certificado de autenticidad. Es la marca de que pertenecemos a aquel que fue perseguido antes que nosotros, y que prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo. Si el mundo nos odia, es porque primero odió a Cristo. Y si el mundo odió a Cristo, eso es una confirmación de que él fue quien dijo ser. La persecución es, paradójicamente, una prueba de la veracidad de la promesa. Porque el que prometió que seríamos perseguidos, y lo cumplió, también prometió que volvería para juzgar a los que persiguen a los suyos. Y esa promesa, como todas las demás, se cumplirá.
Si Jesús dijo que seríamos perseguidos y la historia lo confirma, desde Esteban hasta los mártires del siglo XX, ¿por qué dudarías de que volverá para juzgar a los que persiguen a los suyos? La persecución no es una anomalía histórica; es la señal que Jesús mismo predijo. ¿Estás viviendo como si la persecución fuera una posibilidad lejana, o como si su regreso fuera una certeza inminente? La historia de la iglesia es un testimonio continuo de la fidelidad de Dios en medio de la persecución. Cada mártir es un testimonio de que las palabras de Jesús son verdaderas, y un anticipo de la victoria final que traerá su regreso.
"Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:10). Este versículo, pronunciado al comienzo del ministerio de Jesús, encuentra su cumplimiento en la historia de la iglesia. Los perseguidos no son víctimas; son bienaventurados. Su sufrimiento no es una derrota; es una señal de que pertenecen al reino. Y si pertenecen al reino, el Rey volverá para reclamarlos. La persecución es la prueba de que el reino ha comenzado, y la promesa de su regreso es la certeza de que el reino será consumado.
No estamos esperando para comprobar si Jesús tenía razón. Ya tenemos acontecimientos históricos que nos muestran que sus palabras fueron verdaderas: Jesús dijo que el Templo sería destruido — y fue destruido, piedra por piedra, en el año 70 d.C. Jesús advirtió a sus discípulos que huyeran — y la historia, a través de Eusebio, confirma que los cristianos huyeron a Pella y se salvaron. Lucas mismo aclara que la "abominación desoladora" era el sitio de Jerusalén por los ejércitos romanos. Jesús dijo que sus seguidores serían perseguidos — y la historia confirma que desde el primer siglo hasta hoy, millones de cristianos han sido martirizados por su fe. Jesús cumplió estas profecías con precisión. Y si cumplió estas, cumplirá todas las demás.
La certeza del regreso de Cristo no se basa en deseos piadosos ni en interpretaciones subjetivas de las Escrituras. Se basa en el mismo fundamento que sostiene toda la fe cristiana: la fidelidad de Dios demostrada en la historia. Como bien señala un comentarista: "El cumplimiento literal de esta profecía establece el tono para el resto de las profecías en el capítulo. Debemos esperar un cumplimiento literal para estas también". Este principio hermenéutico es crucial. Si Dios fue literal en el cumplimiento de sus profecías sobre la destrucción del templo, la huida de los cristianos y la persecución de sus seguidores, también será literal en el cumplimiento de su promesa de regresar. La Palabra de Dios no es un libro de acertijos que requieran una interpretación alegórica para ser comprendidos; es un testimonio fiel de la acción de Dios en la historia, y su cumplimiento literal es la garantía de su cumplimiento futuro.
El terremoto en Colombia no fue una señal profética específica; fue un recordatorio de que la vida es frágil, este mundo no es permanente, y debemos estar preparados. Cada temblor, cada desastre natural, cada tragedia humana es un eco de la advertencia de Jesús: "Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor" (Mateo 24:42). No sabemos cuándo se moverá la tierra de nuevo. No sabemos cuándo la muerte llamará a nuestra puerta. No sabemos cuándo el Hijo del Hombre aparecerá en las nubes del cielo. Pero sabemos que el que prometió volver, volverá. Y su palabra es más firme que el suelo bajo nuestros pies.
El apóstol Pablo lo declaró con certeza: "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor" (1 Tesalonicenses 4:16-17). Esta carta fue escrita a una comunidad que enfrentaba persecución y la muerte de sus seres queridos. Pablo no les ofrece una solución política o filosófica; les ofrece una certeza escatológica. La promesa del regreso de Cristo es el fundamento de su esperanza. No es un deseo; es una certeza. Los tesalonicenses, como nosotros, vivían en un mundo incierto, pero su esperanza no estaba en la estabilidad del mundo, sino en la fidelidad del Dios que había prometido volver.
La pregunta no es si Cristo volverá. La pregunta es: ¿estarás listo cuando vuelva? ¿Estás viviendo como si su regreso fuera un cuento lejano, o como si pudiera ocurrir hoy? El terremoto fue un recordatorio. No sabemos cuándo se moverá la tierra de nuevo. Pero sabemos que el que prometió volver, volverá. Y su palabra es más firme que el suelo bajo nuestros pies. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mateo 24:35). Esta es la certeza que nos sostiene. No es una certeza basada en nuestra propia fuerza o en nuestra propia capacidad de prever el futuro. Es una certeza basada en la fidelidad de Dios, demostrada a través de la historia. Si Dios cumplió sus profecías sobre el Templo, sobre la huida a Pella y sobre la persecución, cumplirá también la profecía de su regreso. Podemos estar seguros de que Jesús regresará porque ya hemos visto que sus profecías se cumplen. La historia es el escenario donde Dios demuestra su fidelidad. Y el final de la historia está escrito: Cristo viene, y su reino no tendrá fin.
La certeza del regreso de Cristo no es un tema para debates académicos o especulaciones ociosas. Es un llamado a la acción, a la vigilancia y a la fidelidad. Como dijo Jesús en la parábola del siervo fiel: "Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así" (Mateo 24:46). La espera no es pasiva; es activa. No es una espera de brazos cruzados, sino de manos ocupadas en la obra del Señor. No es una espera de indiferencia, sino de vigilancia constante. El que espera el regreso de Cristo no es un soñador, sino un trabajador. No es un especulador, sino un testigo. No es un espectador, sino un participante en la misión de Dios.
El terremoto en Colombia fue un recordatorio de que el tiempo es corto y la oportunidad es ahora. No sabemos cuándo será el próximo temblor, ni cuándo llegará el último día. Pero sabemos que hoy es el día de salvación. Hoy es el día de arrepentimiento. Hoy es el día de la fe. La certeza del regreso de Cristo no es una excusa para la pasividad, sino un incentivo para la urgencia. Si el Señor viene pronto, ¿qué estamos haciendo para estar listos? ¿Qué estamos haciendo para que otros estén listos? La historia de la iglesia es un testimonio continuo de la fidelidad de Dios, y también un llamado a nuestra fidelidad. Cada mártir, cada cristiano que ha huido de la persecución, cada profecía cumplida, es un ladrillo en el muro de nuestra certeza. Y ese muro nos llama a vivir con la misma fidelidad que aquellos que nos precedieron.
Podemos estar seguros de que Jesús regresará porque ya hemos visto que sus profecías se cumplen. La historia es el escenario donde Dios demuestra su fidelidad. Y el final de la historia está escrito: Cristo viene, y su reino no tendrá fin. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mateo 24:35). Amén.
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