GOZOSOS EN LA ESPERANZA, ABORRECED LO MALO, FERVIENTES EN ESPIRITU
Romanos 12:9-13
Introducción:
Pablo ha pasado once capítulos explicando la grandeza de la salvación. Y ahora, en el capítulo 12, nos dice: "Por las misericordias de Dios, presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo". Esa es la base. Pero inmediatamente después, Pablo se pone práctico. Y lo que hace en los versículos 9 al 21 es una serie de mandatos sobre tres círculos de relación. Primero, manda cosas sobre el creyente consigo mismo: cómo debe pensar y sentir en su interior. Luego, manda cosas sobre el creyente con sus hermanos en la fe: cómo debe tratarlos. Finalmente, manda cosas sobre el creyente con todo el mundo: cómo debe responder a quienes le hacen daño. Hoy vamos a concentrarnos en el primer círculo: la relación del creyente consigo mismo. Y dentro de ese círculo, Pablo nos da tres mandatos. Primero, que nos regocijemos en la esperanza. Segundo, que aborrezcamos lo malo y nos apeguemos a lo bueno. Tercero, que sirvamos al Señor con diligencia y fervor. Vamos a ver cada uno.
Primer punto: Regocijándose en la esperanza
Exégesis: El versículo 12 comienza con "regocijándonos en la esperanza". La palabra griega "jairontes" (χαίροντες) es un participio presente. No es un gozo que viene y va. Es una actitud continua. La base de ese gozo es la "esperanza" ("elpida", ἐλπίδι), que, como Pablo ya explicó en Romanos 5:2, es "la esperanza de la gloria de Dios". No es un deseo vago. Es la certeza absoluta de que un día seremos reunidos en la gloria divina. No podemos fabricar el gozo por un acto directo de la voluntad (Jowett). No sirve de nada decir "alégrate" si no cambiamos lo que nos entristece. Pero podemos elegir qué pensamos. Si elegimos pensar en las dificultades del presente, vendrá la tristeza. Si elegimos pensar en la certeza de la gloria futura, vendrá el gozo. Pablo podía ser un optimista en medio del sufrimiento porque miraba tres cosas: la redención de Cristo, la grandeza de sus recursos presentes, y la maravilla de la gloria venidera (Jowett). La esperanza es la raíz, y el gozo es la flor que brota de esa raíz. Nada tiende más a animar al pueblo de Dios a servirle con alegría, ni a hacerle más paciente bajo las aflicciones, que la esperanza de estar para siempre con el Señor (Comentario de Ginebra).
Aplicación práctica: ¿Qué estás mirando hoy? ¿Tus problemas o tu esperanza? El gozo cristiano no es negar el dolor, es mirar más allá del dolor. No es fingir que todo está bien, es saber que un día todo estará mejor de lo que podemos imaginar. La mente renovada se entrena para apartar la vista de las tormentas temporales y fijarla en la gloria eterna.
Pregunta de confrontación: ¿Qué ocupa más espacio en tus pensamientos: tus dificultades actuales o la certeza de la gloria futura?
Texto de apoyo: Romanos 8:18 – "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse".
Ilustración o frase célebre: "Un hombre que navega a América y sabe que llegará a Nueva York en una semana no se preocupa por las incomodidades del camarote o el mareo. Solo duran unos días" (Comentario de Ginebra). Así es el gozo cristiano: no elimina los problemas, pero los empequeñece a la luz de la gloria que viene.
Segundo punto: Aborreciendo lo malo y apegándose a lo bueno
Exégesis: El versículo 9 dice: "Aborreced lo malo, seguid lo bueno". La palabra griega para "aborrecer" es "apostugúntes" (ἀποστυγοῦντες), y es muy fuerte. Significa repugnancia activa, como la que sientes ante algo podrido o venenoso. No es simplemente "no me gusta". Es odio activo, aversión intensa. La misma palabra se usaba para describir el horror al infierno o al lago de fuego. Y al mismo tiempo, la palabra para "seguid" es "kolómenoi" (κολλώμενοι), que significa literalmente "encolarse", como el pegamento que une dos superficies. No es una adhesión débil. Es una unión firme. El que aborrece el mal no puede quedarse en el vacío. Tiene que llenar ese vacío con un amor intenso por el bien. Una cosa sin la otra produce legalismo o libertinaje. La mente renovada siente asco del pecado y pasión por la justicia. "La ausencia de odio al mal es la muerte del amor al bien" (Spurgeon).
Aplicación práctica: Vivimos en una cultura que ha perdido la capacidad de indignarse moralmente. Llamamos "pecaditos" a lo que la Biblia llama "abominaciones". Nos reímos de lo que debería darnos horror. Justificamos lo injustificable. La mente renovada no sigue esa corriente. No odia a las personas, pero odia el mal. No se contenta con "no hacer lo malo". Lo repudia activamente. Y no se conforma con "hacer el bien de vez en cuando". Se pega a él.
Pregunta de confrontación: ¿Hay alguna área en tu vida donde has dejado de llamar "malo" a lo que Dios llama malo? ¿Dónde has negociado con el pecado?
Texto de apoyo: Salmo 97:10 – "Los que amáis a Jehová, aborreced el mal".
Ilustración o frase célebre: "El amor sin odio al mal es como una esponja que todo lo absorbe sin filtro. Pero el amor genuino es como un imán: atrae el bien y repele el mal con la misma fuerza" (Spurgeon).
Tercer punto: Sirviendo al Señor con diligencia y fervor
Exégesis: El versículo 11 dice: "No perezosos en la diligencia; fervientes en espíritu; sirviendo al Señor". La palabra griega para "diligencia" es "spudé" (σπουδῇ), que significa prontitud, intensidad, celo. No es solo el trabajo secular. Es la actitud con la que hacemos todo lo que hacemos para Dios. La palabra para "no perezosos" es "okneroí" (ὀκνηροί), que significa lentos, tardos, indolentes. La mente renovada no es perezosa. La palabra para "fervientes" es "zéontes" (ζέοντες), que significa literalmente "hirviendo". Es la imagen del agua que burbujea sobre el fuego. No es tibia. No es fría. Está hirviendo. La palabra para "sirviendo" es "douleúontes" (δουλεύοντες), que significa servir como esclavo. Y el objeto de ese servicio es "el Señor" ("to Kurio", τῷ Κυρίῳ). La mente renovada no hierve por cualquier cosa. No es un entusiasmo genérico. Es un fervor que tiene dirección: el servicio a Cristo como esclavos voluntarios. Y este fervor es el combustible para la diligencia. Sin él, el trabajo se vuelve pesado, mecánico, esclavizante. "La diligencia es el vagón del tren, el fervor es la locomotora. La locomotora sin vagones no sirve para nada, solo hace ruido. Pero los vagones sin locomotora no se mueven" (Spurgeon).
Aplicación práctica: ¿Tu servicio a Dios es gozoso o es una carga? ¿Sirves por obligación o por amor? ¿Hay fuego o solo cenizas? La pereza espiritual es un pecado silencioso. No escandaliza como la mentira o el robo, pero mata la vida cristiana más lentamente pero con la misma certeza.
Pregunta de confrontación: ¿En qué área de tu vida cristiana has sido perezoso? ¿En la oración? ¿En el servicio? ¿En el estudio de la Palabra? ¿Hierve tu espíritu o está tibio?
Texto de apoyo: Apocalipsis 3:16 – "Porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca".
Ilustración o frase célebre: "La diligencia es el vagón del tren, el fervor es la locomotora. La locomotora sin vagones no sirve para nada, solo hace ruido. Pero los vagones sin locomotora no se mueven. La mente renovada tiene locomotora y vagones: hierve y trabaja. Y todo, sirviendo al Señor" (Spurgeon).
Conclusión:
Hemos visto tres mandatos del creyente consigo mismo. Regocijándose en la esperanza. Aborreciendo el mal y apegándose al bien. Sirviendo al Señor con diligencia y fervor. Esto no es para que nos sintamos culpables por no ser perfectos. Es para que entendamos hacia dónde nos está llevando Dios. La renovación de la mente no termina en tener doctrinas correctas. Termina en tener afectos correctos y acciones correctas. Pregúntate hoy: ¿Te gozas en la esperanza o te desesperas por las circunstancias? ¿Aborreces el mal o has aprendido a convivir con él? ¿Sirves al Señor con diligencia y fervor o eres perezoso y tibio? No te conformes con una fe cómoda. Dios no te llamó a eso. Te llamó a gozarte en la esperanza, a aborrecer el mal, a hervir en espíritu y a servirle a Él. Eso es la mente renovada. Y eso, con la ayuda de Su Espíritu, puedes ser hoy.
VERSION LARGA
GOZOSOS EN LA ESPERANZA, ABORRECED LO MALO, FERVIENTES EN ESPÍRITU
Hay un momento en la vida de todo creyente en que se da cuenta de algo que no le habían contado en la escuela dominical. La vida cristiana no es solo creer. Es también sentir. Y sentir bien. No es solo tener doctrinas correctas. Es tener afectos correctos. No es solo pensar como Dios piensa. Es amar como Dios ama. Y eso, descubrimos con horror, es mucho más difícil que aprender teología. Porque la teología se puede estudiar. Los dogmas se pueden memorizar. Las doctrinas se pueden defender. Pero amar... amar es otra cosa. Amar duele. Amar expone. Amar te saca de tu zona de confort y te lanza al territorio de los demás, donde no controlas nada, donde no decides nada, donde solo puedes recibir y dar sin garantías. Y eso es precisamente lo que Pablo nos pide en Romanos 12.
Pablo ha pasado once capítulos explicando la grandeza de la salvación. Nos ha hablado de la justicia de Dios, de la gracia, de la fe, de la esperanza. Ha desplegado ante nuestros ojos el mapa completo de la redención, desde la caída en Adán hasta la glorificación en Cristo. Ha explicado el misterio de la elección, el drama del rechazo de Israel, la profundidad de las riquezas de Dios. Ha puesto delante de nosotros las verdades más altas que la mente humana pueda contemplar. Pero ahora, en el capítulo 12, baja del cielo a la tierra. No porque lo celestial sea menos importante, sino porque lo celestial debe hacerse carne, debe encarnarse en la vida cotidiana. La teología sin ética es una nube sin lluvia. La doctrina sin práctica es un árbol sin fruto. El conocimiento sin amor es un ruido molesto, una campana que no llama a nadie, un címbalo que apenas distrae.
Por eso Pablo nos dice: "Por las misericordias de Dios, presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo". Esa es la base. Ese es el fundamento. Todo lo demás se construye sobre esa entrega total. Sin ese sacrificio vivo, los mandatos que siguen serían solo moralismo, solo un código de conducta que podemos cumplir con nuestras propias fuerzas o, más probablemente, fracasar en el intento. Pero con ese sacrificio vivo, con esa conciencia de que Dios nos ha amado primero, con esa certeza de que sus misericordias son nuevas cada mañana, entonces los mandatos se convierten en respuestas naturales, en frutos que brotan de la raíz de la gratitud.
Inmediatamente después, Pablo se pone práctico. No se queda en principios generales. Baja a lo concreto. Y lo que hace en los versículos 9 al 21 es una serie de mandatos sobre tres círculos de relación. No es una lista al azar, como si Pablo estuviera soltando ideas sueltas que se le ocurrieron mientras escribía. Hay un orden. Hay una progresión. El primer círculo es el más íntimo, el más cercano, el que a veces pasamos por alto porque estamos demasiado ocupados mirando hacia afuera. Es la relación del creyente consigo mismo. Antes de poder relacionarnos bien con otros, debemos tener nuestro propio corazón en orden. No es egoísmo. Es sabiduría. No podemos dar lo que no tenemos. No podemos amar al prójimo si no hemos aprendido a recibir el amor de Dios y a responderle con todo nuestro ser.
Luego, el segundo círculo se expande hacia la familia de fe. Pablo nos llama a amarnos fraternalmente, a honrarnos unos a otros, a compartir con los santos necesitados, a practicar la hospitalidad. La fe no es un asunto privado. No se puede ser cristiano en solitario. Necesitamos hermanos que nos corrijan, que nos animen, que nos sostengan, que nos perdonen, que nos soporten. Y ellos nos necesitan a nosotros. La iglesia no es un club de personas que ya llegaron. Es un hospital de heridos que se ayudan mutuamente a caminar.
Finalmente, el tercer círculo se expande hacia todo el mundo, incluso hacia los enemigos. Allí Pablo nos instruye a bendecir a los que nos persiguen, a no vengarnos, a vencer el mal con el bien. Ese es el círculo más difícil, el que más duele, el que más nos cuesta. Pero es también el que más se parece a Cristo, que murió por nosotros cuando todavía éramos enemigos.
Hoy vamos a concentrarnos en el primer círculo: la relación del creyente consigo mismo. No porque sea el más importante, sino porque es el fundamento. Si fallamos aquí, fallaremos en todo lo demás. Si no tenemos nuestro propio corazón en orden, nuestras relaciones con los hermanos serán superficiales y nuestras respuestas a los enemigos serán hipócritas. Por eso Pablo comienza por dentro. Por eso nos habla de actitudes personales antes de hablarnos de acciones públicas.
Y dentro de ese círculo de la relación consigo mismo, Pablo nos da tres mandatos que son como los pilares de la vida interior del cristiano. Son tres, no más. No son muchos. Pero son profundos. El primero está en el versículo 12: "regocijándonos en la esperanza". No es un consejo para los optimistas por naturaleza. Es un mandato para todos los que hemos sido alcanzados por la gracia. El segundo está en el versículo 9: "aborreced lo malo, seguid lo bueno". No es una invitación a la indiferencia moral. Es un llamado a la intensidad, a la pasión, a la repugnancia activa por el pecado y al apego firme a la justicia. El tercero está en el versículo 11: "no perezosos en la diligencia; fervientes en espíritu; sirviendo al Señor". No es una felicitación para los trabajadores incansables. Es una advertencia contra la pereza espiritual y un llamado a hervir con el fuego del Espíritu.
Vamos a ver cada uno. No como teólogos que analizan un texto antiguo, sino como peregrinos que buscan el camino. No como jueces que se sientan a evaluar a los demás, sino como pecadores que necesitan escuchar la voz de su Salvador. Porque este texto no es para juzgar al mundo. Es para mirarnos al espejo y preguntarnos: ¿mi corazón está donde debe estar? ¿Mis afectos están alineados con los afectos de Dios? ¿Mi vida interior refleja la realidad de mi salvación? Pablo no nos está dando ideales imposibles para frustrarnos. Nos está describiendo la vida normal del cristiano. No la vida del súper santo, sino la vida del creyente común que ha sido transformado por el evangelio. El problema no es que el estándar sea muy alto. El problema es que nosotros hemos bajado el estándar. Hemos confundido tibieza con humildad. Hemos llamado "grado" a lo que la Biblia llama "podredumbre". Hemos normalizado lo que Dios aborrece.
En primer lugar, el cristiano se regocija en la esperanza. El versículo 12 comienza con estas dos palabras que parecen tan simples y sin embargo son tan difíciles de vivir: "regocijándonos en la esperanza". La palabra griega es "jairontes". Es un participio presente, lo que significa que no es un estado ocasional, sino una actitud continua. No es un gozo que viene cuando las cosas van bien y se va cuando las cosas se ponen difíciles. Es un gozo que permanece. Es una alegría que no depende de las circunstancias. El comentarista Jowett, que dedicó gran parte de su ministerio a explicar el secreto de la alegría cristiana, señala algo crucial: no podemos fabricar el gozo por un acto directo de la voluntad. No sirve de nada decir "alégrate" si no cambiamos lo que nos entristece. No podemos ordenarle a nuestro corazón que sienta algo que no siente. Pero podemos elegir qué pensamos. Podemos dirigir nuestra atención. Podemos decidir en qué fijamos nuestra mirada. Si elegimos pensar en las dificultades del presente, en los problemas que nos agobian, en las injusticias que sufrimos, en las enfermedades que nos acechan, en las deudas que nos aplastan, vendrá la tristeza. Y no será una tristeza cualquiera. Será una tristeza profunda, de esas que no te dejan dormir, de esas que te roban las ganas de vivir. Pero si elegimos pensar en la certeza de la gloria futura, si fijamos nuestra mirada en la promesa de que un día estaremos con Cristo, si recordamos que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera, entonces vendrá el gozo. Un gozo que no niega el dolor, pero lo trasciende. Un gozo que no finge que todo está bien, pero sabe que todo estará mejor.
La base de ese gozo es la "esperanza". La palabra griega es "elpida". Y Pablo ya nos había explicado en Romanos 5:2 que esta esperanza es "la esperanza de la gloria de Dios". No es un deseo vago, del tipo "ojalá las cosas mejoren". No es un optimismo barato que ignora la realidad. Es la certeza absoluta, fundada en las promesas de Dios y sellada con la sangre de Cristo, de que un día seremos reunidos en la gloria divina. Un día veremos a Dios cara a cara. Un día no habrá más muerte, ni llanto, ni dolor. Un día nuestras lágrimas serán enjugadas. Un día nuestros cuerpos mortales serán vestidos de inmortalidad. Un día estaremos con el Señor para siempre. Esa esperanza no es una posibilidad. Es una certeza. Y esa certeza produce gozo. No un gozo histérico, de esos que se apagan rápido. Un gozo profundo, tranquilo, asentado, que no se altera porque las circunstancias cambien.
Pablo podía ser un optimista en medio del sufrimiento porque miraba tres cosas. El comentarista Jowett las enumera con claridad. Primero, miraba la redención de Cristo. Sabía que no estaba perdido, que había sido comprado por sangre, que su futuro estaba asegurado no por sus méritos sino por los méritos de otro. Segundo, miraba la grandeza de sus recursos presentes. Sabía que no estaba solo, que el Espíritu Santo moraba en él, que la gracia de Dios era suficiente para cada necesidad, que en Cristo tenía todo lo que necesitaba para vivir y para morir. Tercero, miraba la maravilla de la gloria venidera. Sabía que lo mejor estaba por venir, que el sufrimiento presente era leve y pasajero, que la gloria futura era eterna y sin comparación. Por eso podía escribir desde una cárcel romana, encadenado a un soldado, esperando la muerte, y decir: "Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo, regocijaos". No era un masoquista. No era un iluso. Era un hombre que había aprendido a vivir con la mirada puesta en la esperanza.
La esperanza es la raíz, dicen los comentaristas, y el gozo es la flor que brota de esa raíz. No se puede tener el gozo sin tener la esperanza. Así como no puede haber flor sin raíz, no puede haber alegría cristiana sin la certeza de la gloria venidera. Por eso las personas que no tienen esperanza no pueden tener verdadero gozo. Pueden tener placeres momentáneos, distracciones pasajeras, momentos de diversión. Pero no tienen gozo. El gozo es profundo, estable, permanente. El gozo es fruto del Espíritu. Y el Espíritu nos da el gozo precisamente porque nos da la esperanza. El comentario de Ginebra, que es uno de los más antiguos y respetados de la tradición reformada, dice algo que merece ser recordado: "Nada tiende más a animar al pueblo de Dios a servirle con alegría, ni a hacerle más paciente bajo las aflicciones, que la esperanza de estar para siempre con el Señor". Esa esperanza es el motor de la vida cristiana. Sin ella, el servicio se vuelve pesado. Sin ella, la paciencia se agota. Sin ella, el sufrimiento nos aplasta. Pero con ella, todo cambia. Con ella, podemos cantar en la noche. Con ella, podemos sonreír en medio de la tormenta. Con ella, podemos decir como Job: "Aunque él me matare, en él esperaré".
¿Qué estás mirando hoy? ¿Tus problemas o tu esperanza? El gozo cristiano no es negar el dolor, es mirar más allá del dolor. No es fingir que todo está bien, es saber que un día todo estará mejor de lo que podemos imaginar. La mente renovada se entrena para apartar la vista de las tormentas temporales y fijarla en la gloria eterna. No es que ignore las tormentas. No es que las minimice. Las tormentas son reales. El dolor es real. El sufrimiento es real. Pero la gloria es más real. Y la gloria es eterna. Por eso podemos tener gozo en medio del sufrimiento. No porque el sufrimiento no duela, sino porque la gloria que viene es incomparablemente mayor.
"Un hombre que navega a América y sabe que llegará a Nueva York en una semana no se preocupa por las incomodidades del camarote o el mareo. Solo duran unos días". Así explica el comentario de Ginebra el secreto del gozo cristiano. El viaje puede ser incómodo. El camarote puede ser pequeño. La comida puede ser mala. El mar puede estar picado. El mareo puede ser insoportable. Pero el hombre sabe que en una semana estará en tierra firme. Sabe que la incomodidad es temporal. Por eso no se desespera. Por eso no pierde la paz. Por eso no renuncia al viaje. Así es el cristiano en este mundo. El viaje es duro. Las incomodidades son muchas. El dolor es real. Pero sabemos que la gloria nos espera. Sabemos que esto pasará. Sabemos que un día, quizás muy pronto, estaremos en casa. Por eso podemos tener gozo. No porque seamos masoquistas, sino porque tenemos esperanza. No porque el dolor no duela, sino porque la alegría que viene es eterna.
En segundo lugar, el cristiano aborrece lo malo y se apega a lo bueno. El versículo 9 dice: "Aborreced lo malo, seguid lo bueno". La palabra griega para "aborrecer" es "apostugúntes". Los comentaristas señalan que esta palabra es extremadamente fuerte. No es simplemente "no me gusta". Es repugnancia activa, aversión intensa, un alejarse con horror de algo que es repulsivo. Es la misma palabra que se usaba para describir la reacción de una persona normal ante un cadáver putrefacto o ante un montón de excremento. No es una opinión neutral. Es un rechazo visceral. Es el asco que sientes cuando ves algo podrido. Es el horror que te produce el veneno de una serpiente. Así debemos sentirnos ante el mal. No como algo que podemos tolerar de vez en cuando. No como algo con lo que podemos coquetear sin consecuencias. El mal debe producirnos repugnancia. El pecado debe darnos asco. La mentira debe horrorizarnos. La injusticia debe indignarnos. La violencia debe repugnarnos.
El comentarista Spurgeon, que predicó este versículo con una elocuencia que todavía nos conmueve, dijo algo que merece ser grabado en la puerta de cada iglesia: "La ausencia de odio al mal es la muerte del amor al bien". No se puede amar la luz sin odiar la oscuridad. No se puede amar la verdad sin odiar la mentira. No se puede amar la justicia sin odiar la injusticia. No se puede amar la pureza sin odiar la impureza. El que no siente repulsión por el pecado no puede sentir verdadera pasión por la santidad. El que se ha vuelto indiferente al mal ha perdido también su amor por el bien. Por eso Pablo no solo nos dice que evitemos el mal. Nos dice que lo aborrezcamos. No es suficiente apartarse. Hay que repudiarlo. No es suficiente no hacerlo. Hay que odiarlo.
Y al mismo tiempo, la palabra para "seguid" es "kolómenoi". Significa literalmente "encolarse", como el pegamento que une dos superficies de manera que no se pueden separar. No es una adhesión débil, de esas que se rompen con un leve tirón. Es una unión firme, permanente, indisoluble. Es la misma palabra que se usa en Génesis para describir la unión entre el hombre y la mujer en el matrimonio: "Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne". El que se une al bien se pega a él como el esposo se pega a su esposa. No puede soltarlo. No quiere soltarlo. Es parte de él. Es su identidad. El amor al bien no es una preferencia ocasional. Es una pasión constante. Es una búsqueda incansable. Es un deseo que no se apaga.
El que aborrece el mal no puede quedarse en el vacío. Tiene que llenar ese vacío con un amor intenso por el bien. Una cosa sin la otra produce legalismo o libertinaje. El que solo aborrece el mal pero no ama el bien se convierte en un fariseo amargado, que critica todo pero no construye nada. El que solo ama el bien pero no aborrece el mal se convierte en un sincretista naíf, que quiere mezclar la luz con las tinieblas y termina siendo tragado por ellas. La mente renovada siente asco del pecado y pasión por la justicia. No es tibia. No es neutral. Es intensa. Es apasionada. Es radical.
Vivimos en una cultura que ha perdido la capacidad de indignarse moralmente. Llamamos "pecaditos" a lo que la Biblia llama "abominaciones". Nos reímos de lo que debería darnos horror. Justificamos lo injustificable. Le ponemos etiquetas psicológicas a lo que Dios llama rebelión. Confundimos la tolerancia con el amor y la firmeza con la intolerancia. Hemos creado dioses a nuestra medida, que no se enojan con el pecado, que no juzgan, que no piden cuentas. Y luego nos sorprendemos de que la sociedad se pudra. Pero la podredumbre no comenzó en la calle. Comenzó en la iglesia. Comenzó cuando los cristianos dejaron de aborrecer el mal y empezaron a convivir con él. Comenzó cuando la iglesia se volvió tan tolerante con el pecado que ya no hay diferencia entre el mundo y los que dicen ser de Cristo. El cristiano no sigue esa corriente. No odia a las personas, pero odia el mal. No se contenta con "no hacer lo malo". Lo repudia activamente. Y no se conforma con "hacer el bien de vez en cuando". Se pega a él. Se adhiere a él como el clavo a la madera, como el pegamento al papel, como el esposo a la esposa.
Spurgeon lo expresó con una imagen que no se olvida: "El amor sin odio al mal es como una esponja que todo lo absorbe sin filtro. Pero el amor genuino es como un imán: atrae el bien y repele el mal con la misma fuerza". La esponja no distingue. Todo le sirve. El agua sucia y el agua limpia, todo lo absorbe. No tiene criterio. No tiene filtro. No hay diferencia entre lo bueno y lo malo. El imán, en cambio, tiene una polaridad. Atrae el metal y repele lo que no es metal. No es indiferente. Distingue. Y esa distinción es la que le da su poder. Así es el amor cristiano. No es una esponja que todo lo absorbe sin filtro. Es un imán que atrae el bien y repele el mal con la misma fuerza. Y esa fuerza no es nuestra. Es la fuerza del Espíritu Santo, que nos da un corazón nuevo, que nos enseña a odiar lo que Dios odia y a amar lo que Dios ama.
En tercer lugar, el cristiano sirve al Señor con diligencia y fervor. El versículo 11 dice: "No perezosos en la diligencia; fervientes en espíritu; sirviendo al Señor". Aquí hay tres mandatos en uno, tres facetas de una misma realidad. La palabra griega para "diligencia" es "spudé". Significa prontitud, intensidad, celo, dedicación. No es la actitud del que hace las cosas a medias, del que trabaja sin ganas, del que cumple el mínimo indispensable. Es la actitud del que se entrega por completo, del que pone todo su empeño, del que no escatima esfuerzos. Y Pablo dice que no seamos "perezosos" en esa diligencia. La palabra para "perezosos" es "okneroí". Significa lentos, tardos, indolentes, los que siempre llegan tarde, los que nunca terminan lo que empiezan, los que ponen excusas para no hacer lo que deben hacer. La mente renovada no es perezosa. No pone excusas. No aplaza. No dice "mañana lo hago". Hace. Ahora. Con todo lo que tiene.
La palabra para "fervientes" es "zéontes". Significa literalmente "hirviendo". Es la imagen del agua que está en la cima de su temperatura, burbujeando, agitándose, despidiendo vapor. No es tibia. No es fría. Está hirviendo. Y Pablo dice que ese hervor debe estar en nuestro espíritu. No en nuestra carne, que se enciende y se apaga con cualquier viento. No en nuestras emociones, que cambian como el clima. En nuestro espíritu, en la parte más profunda de nuestro ser, donde el Espíritu Santo mora y obra. El que hierve en espíritu no es un fanático emocional. Es alguien que ha sido tocado por el fuego de Dios y no puede quedarse quieto. Su vida no es una rutina aburrida. Su fe no es un trámite tedioso. Su servicio no es una obligación pesada. Hierve. Burbujea. Se mueve.
Y todo ese hervor, toda esa diligencia, tiene una dirección: "sirviendo al Señor". La palabra para "sirviendo" es "douleúontes". Significa servir como esclavo. No como un empleado que trabaja ocho horas y luego se olvida. Como un esclavo, que pertenece a su amo, que vive para su amo, que no tiene vida fuera de su amo. El cristiano no es dueño de su tiempo, ni de su talento, ni de su dinero, ni de su futuro. Todo le pertenece al Señor. Y servirlo no es una opción. Es su identidad. La palabra "Señor" es "Kurios". Algunos manuscritos tardíos cambiaron esta palabra por "kairos" (tiempo), pero los manuscritos más antiguos y confiables tienen "Kurios". No servimos al tiempo. No nos adaptamos a las circunstancias. No somos camaleones que cambian de color según el ambiente. Servimos al Señor. Y Él es el mismo ayer, hoy y por siempre. Por eso nuestro servicio no depende de las circunstancias. Es constante. Es firme. Es fiel.
La diligencia por sí sola puede ser puro activismo. Podemos trabajar mucho por Dios sin que nuestro corazón esté en ello. Podemos predicar, enseñar, servir, dar, sin que haya fuego en nuestro espíritu. Eso es fariseísmo. Es pura apariencia. Es como un tren lleno de vagones pero sin locomotora. Los vagones están ahí. El tren parece imponente. Pero no se mueve. No avanza. No llega a ninguna parte. La diligencia sin fervor es un vagón sin locomotora. Hace ruido, ocupa espacio, pero no sirve para nada. Por otro lado, el fervor sin diligencia es una locomotora sin vagones. Hace mucho ruido, echa mucho vapor, emociona a los espectadores, pero no transporta nada. No sirve. No cumple su función. La mente renovada tiene locomotora y vagones. Hierve y trabaja. Se emociona y sirve. Siente la pasión y la canaliza en acción.
Spurgeon, el gran predicador londinense, usó esta imagen para explicar el versículo: "La diligencia es el vagón del tren, el fervor es la locomotora. La locomotora sin vagones no sirve para nada, solo hace ruido. Pero los vagones sin locomotora no se mueven. La mente renovada tiene locomotora y vagones: hierve y trabaja. Y todo, sirviendo al Señor". No podemos separar lo que Dios ha unido. No podemos tener fervor sin diligencia, porque ese fervor es estéril. No podemos tener diligencia sin fervor, porque esa diligencia es mecánica. Necesitamos las dos. Necesitamos hervir en espíritu y no ser perezosos en la diligencia. Necesitamos que nuestro corazón arda y nuestras manos trabajen. Necesitamos que la emoción nos mueva y el movimiento nos emocione. Y todo, absolutamente todo, debe ser para servir al Señor. No para nuestra gloria. No para nuestro prestigio. No para nuestra satisfacción personal. Para Él. Por Él. A Él.
La pereza espiritual es un pecado silencioso. No escandaliza como la mentira o el robo. No levanta las cejas como la borrachera o el adulterio. Es silenciosa. Es discreta. Se viste de "descanso en el Señor" o de "esperar en Dios" o de "no estresarse". Pero la pereza espiritual mata la vida cristiana más lentamente pero con la misma certeza que el cáncer mata el cuerpo. No duele al principio. No se nota. Pero poco a poco va consumiendo la fe, enfriando el amor, paralizando el servicio. Hasta que un día te das cuenta de que ya no eres el mismo. Ya no oras con fervor. Ya no sirves con gozo. Ya no compartes el evangelio con valentía. Solo vas a la iglesia por costumbre. Lees la Biblia por obligación. Das por inercia. Y dices que estás bien. Pero no estás bien. Estás tibio. Y el Señor ha dicho que a los tibios los vomitará de su boca.
¿En qué área de tu vida cristiana has sido perezoso? ¿En la oración? ¿En el servicio? ¿En el estudio de la Palabra? ¿En la evangelización? ¿En el amor fraternal? ¿En la búsqueda de la santidad? La pereza espiritual puede estar disfrazada de muchas cosas. Puede ser "estoy muy ocupado con el trabajo". Puede ser "estoy muy cansado". Puede ser "ya vendrán tiempos mejores". Puede ser "no es mi don". Puede ser "otros lo harán mejor". Pero todas esas son excusas. Son mentiras que la carne susurra para mantenerte paralizado. La verdad es que si Dios te ha llamado, te capacita. Si Dios te ha dado un don, espera que lo uses. Si Dios te ha puesto en esta iglesia, en esta familia, en este trabajo, en este vecindario, es porque tiene un propósito. Y ese propósito requiere tu diligencia. Requiere tu fervor. Requiere que dejes la pereza y te pongas en movimiento. No en tus propias fuerzas. En las fuerzas de Él. Pero en movimiento.
Hemos visto tres mandatos del creyente consigo mismo. Regocijándose en la esperanza. Aborreciendo lo malo y apegándose al bien. Sirviendo al Señor con diligencia y fervor. Esto no es para que nos sintamos culpables por no ser perfectos. La perfección no es el objetivo. La dirección sí. No se trata de nunca fallar. Se trata de seguir caminando. No se trata de no tener dudas. Se trata de elegir mirar la esperanza a pesar de las dudas. No se trata de no sentir tentación. Se trata de aborrecer el mal aunque nos atraiga. No se trata de nunca cansarnos. Se trata de seguir sirviendo aunque estemos cansados, porque el Señor renueva nuestras fuerzas. El objetivo no es la perfección. Es la fidelidad. Es la constancia. Es la dirección del corazón.
El cristianismo no termina en tener doctrinas correctas. Termina en tener afectos correctos y acciones correctas. No es suficiente creer lo correcto. Hay que sentir lo correcto. Hay que hacer lo correcto. Y eso solo es posible por la gracia de Dios, que obra en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. No es esfuerzo humano. Es gracia divina. Pero es gracia que nos mueve a esforzarnos. No es quietismo. Es dinamismo. No es pasividad. Es actividad. Es la gracia de Dios que nos levanta de nuestra pereza y nos pone en movimiento.
Pregúntate hoy: ¿Te gozas en la esperanza o te desesperas por las circunstancias? No me respondas con la respuesta correcta. Responde con honestidad. ¿Tu gozo depende de lo que pasa a tu alrededor o de lo que está seguro en Cristo? ¿Te alegras porque las cosas van bien, o te alegras porque tu nombre está escrito en el cielo? ¿Aborreces el mal o has aprendido a convivir con él? ¿Te duele el pecado? ¿Te da asco la mentira? ¿Te repugna la injusticia? ¿O te has vuelto tan tolerante que ya no hay diferencia entre la luz y las tinieblas? ¿Sirves al Señor con diligencia y fervor o eres perezoso y tibio? ¿Tu servicio es gozoso o es una carga? ¿Sirves por amor o por obligación? ¿Hierve tu espíritu o está tibio, a punto de ser vomitado?
No te conformes con una fe cómoda. No te conformes con un cristianismo de salón, de frases bonitas y postales sentimentales. No te conformes con una religión que no cuesta nada, que no exige nada, que no cambia nada. Dios no te llamó a eso. Te llamó a gozarte en la esperanza, aunque el presente sea difícil. Te llamó a aborrecer el mal, aunque el mundo lo celebre. Te llamó a hervir en espíritu, aunque los tibios te llamen fanático. Te llamó a servirle con diligencia, aunque los perezosos te llamen exagerado.
Eso es la vida cristiana normal. No la de los súper santos. La de los cristianos comunes que han sido transformados por el evangelio. Y eso, con la ayuda de Su Espíritu, puedes ser hoy. No mañana. No la semana que viene. Hoy. Ahora. En esta decisión que vas a tomar al salir. En esta mirada que vas a fijar en la esperanza. En este rechazo del mal que vas a hacer, aunque te cueste. En este servicio ferviente que vas a comenzar, aunque nadie te lo reconozca. Porque el que siembra con gozo, cosechará con gozo. El que aborrece el mal, verá la salvación de Dios. El que sirve con diligencia y fervor, oirá un día: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor". Amén.
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