¡Bienvenido! Accede a mas de 1000 bosquejos bíblicos escritos y diseñados para inspirar tus sermones y estudios. El autor es el Pastor Edwin Núñez con una experiencia de 27 años de ministerio, el Pastor Núñez es teologo y licenciado en filosofia y educación religiosa. ¡ESPERAMOS QUE TE SEAN ÚTILES, DIOS TE BENDIGA!

BUSCA EN ESTE BLOG

Bosquejo - sermón: LLORAR CON LOS QUE LLORAN - Romanos 12:13-16

LLORAR CON LOS QUE LLORAN

Romanos 12:13-16

Introducción:

Hemos estado viendo mandatos Biblicos en relacion a nosotros y nuestra vida cristiana y tambien otros sobre las relaciones entre hermanos en la fé. Por que la vida cristiana no se queda encerrada en el individuo, sale,  se expande. Hoy vamos a ver de nuevo cómo la vida cristiana se relaciona con la familia de Dios. Pablo nos da tres mandatos en esta dirección. Primero, sobre la misericordia. Segundo, la compañia. Tercero, la unanimidad. Estos no son consejos opcionales. Son la expresión natural de una mente que ha sido transformada por Dios.


Primer punto: La misericordia

Exégesis: El versículo 13 ordena: "Compartiendo para las necesidades de los santos; persiguiendo la hospitalidad". La palabra griega para "compartiendo" es "koinonountes" (κοινωνoῦντες), que significa tener algo en común, participar, asociarse. No es dar desde arriba. Es entrar en la necesidad del otro como si fuera propia. Los comentaristas señalan que "los santos" aquí son simplemente los cristianos, no un grupo especial de superespirituales. Y la palabra "necesidades" ("chreiais", χρείαις) se refiere a lo que falta, lo que se requiere para vivir. La iglesia primitiva entendió esto como una responsabilidad directa del individuo, no solo de la tesorería de la iglesia (Comentario de Ginebra). Pablo mismo pasó dos capítulos enteros en 2 Corintios hablando de esta colecta para los pobres de Jerusalén. No era opcional. Era la marca de la verdadera comunión. 

La segunda parte es "persiguiendo la hospitalidad". La palabra "persiguiendo" ("diokontes", διώκοντες) es la misma que se usa para perseguir a alguien con hostilidad. Aquí se invierte. No persigues a tu enemigo. Persigues la oportunidad de abrir tu casa. El comentarista Crisóstomo dice: "No dice simplemente 'practicando', sino 'persiguiendo', enseñándonos a no esperar a los que necesitan, sino a correr tras ellos y rastrearlos". La hospitalidad en el mundo antiguo no era un adorno social. Era una necesidad vital. Los cristianos eran perseguidos, despojados de sus bienes, exiliados. Recibir a un extraño podía ser recibir a un ángel sin saberlo (Hebreos 13:2).


Aplicación práctica: ¿Has reducido tu fe a lo que crees, o la has expandido a lo que compartes? Compartir no es dar lo que te sobra. Es entrar en la necesidad del otro como si fuera tuya. Y la hospitalidad no es invitar a los que ya conoces, para que te inviten de vuelta (Lucas 14:12). Es abrir la puerta al que no tiene a dónde ir. En una cultura que construye muros, el cristiano persigue activamente oportunidades de abrir puertas.


Pregunta de confrontación: ¿Tu casa está cerrada para los necesitados, o persigues activamente la hospitalidad como el cazador persigue a su presa?


Texto de apoyo: Mateo 25:35-36 – "Fui forastero y me recibisteis".


Ilustración o frase célebre: "El día es corto, la obra es mucha, los obreros son perezosos, la recompensa es grande, y el dueño de la casa apremia" (Rabino Tarphon, citado en el Comentario de Ginebra).


Segundo punto: Entrando en la alegría y en el dolor

Exégesis: El versículo 15 ordena: "Regocijarse con los que se regocijan, llorar con los que lloran". En el griego es "jairein meta jaironton, klaiein meta klaionton" (χαίρειν μετὰ χαιρόντων, κλαίειν μετὰ κλαιόντων). La forma es infinita, como un mandato directo. No es opcional. Es un imperativo. El comentarista Crisóstomo señala que esto requiere un alma muy noble. "No solo no envidiar al que prospera, sino también alegrarse con él; no solo no despreciar al que está triste, sino también llorar con él". Los comentaristas notan que es más fácil llorar con los que lloran que alegrarse con los que se alegran. Porque cuando el otro sufre, nos necesita. Cuando el otro se alegra, no nos necesita. Alegrarse con el que se alegra es más desinteresado, más difícil, y por eso más noble. La base de este mandato es la unidad del cuerpo. Como dice 1 Corintios 12:26, si un miembro sufre, todos sufren; si un miembro es honrado, todos se regocijan. La mente renovada no vive en una isla. Vive en un cuerpo. Y el cuerpo siente lo que cada miembro siente.


Aplicación práctica: ¿Eres de los que desaparecen cuando alguien está alegre, porque te duele su éxito? ¿O de los que desaparecen cuando alguien está triste, porque no sabes qué decir? La mente renovada se queda. Se queda en la fiesta y se queda en el velorio. No huye de la alegría del otro por envidia, ni de su dolor por incomodidad. Entra.


Pregunta de confrontación: ¿Cuándo fue la última vez que lloraste genuinamente por el dolor de otro, o te alegraste genuinamente por su éxito, sin que te tocara personalmente?


Texto de apoyo: 1 Corintios 12:26 – "Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él".


Ilustración o frase célebre: "El que se ríe solo se ríe una vez; el que se ríe con otro se ríe dos veces. El que llora solo llora una vez; el que llora con otro llora la mitad" (Proverbio popular paraphrased from comentario).


Tercer punto: Unanimidad

Exégesis: El versículo 16 comienza ordenando: "Pensando lo mismo los unos hacia los otros". La frase griega es "to auto eis allelous phroneuntes" (τὸ αὐτὸ εἰς ἀλλήλους φρονοῦντες). El verbo "froneo" (φρονέω) significa pensar, sentir, tener una actitud mental. No es solo tener la misma opinión intelectual. Es compartir la misma disposición interior, la misma manera de ver la vida, la misma orientación del corazón. Pablo no está pidiendo uniformidad de pensamiento en todo, porque eso sería imposible. Está pidiendo unidad en lo fundamental: la humildad, el servicio, el amor. El comentarista (Poole) explica que esta exhortación respeta no tanto la unidad en el juicio como en la afección. Es decir, "tengan la misma buena disposición hacia los demás que los demás tienen hacia ustedes". El comentarista (Calvino) añade que esto significa que cada uno debe considerar a los demás como a sí mismo y ponerse en su lugar. Cuando pensamos lo mismo los unos hacia los otros, no estamos compitiendo para ver quién es más importante, quién tiene la razón, quién merece más respeto. Estamos buscando activamente el bien del otro como si fuera el nuestro propio. La Syriac version lo traduce bellamente: "Lo que piensas de ti mismo, eso mismo piensa también de tus hermanos". (Comentario de Barnes). Y esta unanimidad en el afecto es la base de todo lo demás. Sin ella, compartir es solo limosna, y la empatía es solo cortesía social.


Aplicación práctica: ¿Estás siempre midiendo quién es más digno de respeto? ¿Comparando méritos? ¿Buscando tu lugar por encima de los demás? El cristiano no tiene tiempo para eso. Está demasiado ocupada pensando en el otro como piensa en sí mismo. No es que ignore sus propios dones o su propio valor. Es que no se compara. No compite. Simplemente, ama.


Pregunta de confrontación: ¿En tus relaciones con los hermanos, buscas tu propio interés o piensas en ellos como piensas en ti mismo?


Texto de apoyo: Filipenses 2:2-4 – "Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros".


Ilustración o frase célebre: "Dos navíos que navegan en la misma dirección no chocan. El problema no es la diferencia de tamaño o de velocidad. El problema es cuando cada capitán cree que su rumbo es el único y que el otro debe apartarse" (Paráfrasis de un comentarista).


Conclusión:

Hemos visto tres mandatos de la mente renovada en su relación con los hermanos. Compartiendo las necesidades y persiguiendo la hospitalidad. Entrando en la alegría y en el dolor. Pensando lo mismo los unos hacia los otros. Esto no es un añadido opcional a la fe. Es la fe misma manifestándose. La mente renovada no puede quedarse encerrada en sí misma. Sale. Se abre. Comparte. Llora. Se alegra. Y piensa en los demás como piensa en sí misma. No construye muros. Construye puentes. Pregúntate hoy: ¿Tus manos están abiertas para compartir con el necesitado? ¿Tu casa está abierta para el extranjero? ¿Tu corazón está abierto para llorar y alegrarte con otros? ¿Tu mente está dispuesta a pensar en los demás como piensas en ti mismo? No te conformes con una fe individualista, encerrada en tus cuatro paredes. Dios te llamó a una familia. Y en esa familia, se comparte, se llora, se ríe, se sirve, y se piensa en el otro como en uno mismo. Eso es la mente renovada. Y eso, con la ayuda de Su Espíritu, puedes ser hoy.


VERSION LARGA

LLORAR CON LOS QUE LLORAN

Hay un momento en la vida de todo creyente en que la fe deja de ser un asunto privado y se convierte en algo que duele. No porque Dios sea menos fiel, sino porque los hermanos son reales. Y los hermanos, como nosotros, son imperfectos. A veces nos alegran. A veces nos cansan. A veces nos hacen llorar. Y en ese momento, la mente renovada se enfrenta a su prueba más cotidiana: ¿cómo me relaciono con los que comparten mi fe? Pablo ha pasado once capítulos explicando la grandeza de la salvación. Nos ha hablado de la justicia de Dios, de la gracia, de la fe, de la esperanza. Ha desplegado ante nuestros ojos el mapa completo de la redención. Pero ahora, en el capítulo 12, baja del cielo a la tierra. Nos dice: "Por las misericordias de Dios, presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo". Y entonces, con los pies ya en el suelo, comienza a darnos instrucciones prácticas. No teóricas. No abstractas. Son mandatos para la vida real, para la iglesia real, para la familia real. Y en estos mandatos, hay un orden que no es casual.

Hemos estado viendo mandatos bíblicos en relación a nosotros y nuestra vida cristiana. También hemos visto otros sobre las relaciones entre hermanos en la fe. Porque la vida cristiana no se queda encerrada en el individuo. Sale. Se expande. Como un río que nace en la montaña y baja regando todo a su paso, la fe que viene de Dios no puede quedarse estancada en el corazón de un solo hombre. Si así fuera, sería un egoísmo disfrazado de santidad. No. La fe que viene de Dios siempre busca a otros. Y el primer círculo que toca, después de nosotros mismos, es el de los hermanos en la fe. La familia de Dios. La iglesia. Hoy vamos a ver de nuevo cómo la vida cristiana se relaciona con la familia de Dios.

Pablo nos da tres mandatos en esta dirección. Son mandatos que parecen simples, pero que en la práctica son terriblemente difíciles. El primero es sobre la misericordia: que compartamos con los santos necesitados y que persigamos la hospitalidad. No es opcional. Es la marca de la verdadera comunión. El segundo es sobre la compañía: que entremos en la alegría y en el dolor de nuestros hermanos. No es un consejo de cortesía social. Es un mandato del Dios que lloró con los que lloraban y se alegró con los que se alegraban en las bodas de Caná. El tercero es sobre la unanimidad: que pensemos lo mismo los unos hacia los otros. No se trata de tener la misma opinión sobre todo, sino de tener el mismo amor, la misma disposición humilde, la misma mirada que no se compara ni compite, sino que simplemente ama.

Estos no son consejos opcionales para los súper espirituales. Son la expresión natural de una mente que ha sido transformada por Dios. Y si hoy estamos aquí, sentados en nuestras sillas, con nuestras Biblias abiertas, no es para recibir información nueva. Es para que el Espíritu Santo tome lo que ya sabemos y lo grabe en lo más profundo de nuestra carne. Porque de nada sirve saber que debemos compartir, si nuestras manos siguen cerradas. De nada sirve saber que debemos llorar con los que lloran, si nuestro corazón sigue siendo una isla. De nada sirve saber que debemos pensar lo mismo los unos hacia los otros, si nuestra mente sigue compitiendo por el primer lugar. El propósito de este mensaje es mostrarte que la vida cristiana se expande naturalmente hacia los hermanos en tres direcciones: la misericordia que comparte, la compañía que llora y se alegra, y la unanimidad que piensa en el otro como en sí mismo.

En primer lugar, la vida cristiana se manifiesta en misericordia. No una misericordia de palabra, sino una misericordia que comparte. El versículo 13 lo dice con una claridad que duele: "Compartiendo para las necesidades de los santos; persiguiendo la hospitalidad". La palabra griega para "compartiendo" es "koinonountes". No es una palabra pequeña. No es una palabra que se pueda despachar en cinco segundos. Significa tener algo en común, participar, asociarse. No es dar desde arriba, como quien echa una moneda a un mendigo sin mirarle a la cara, como quien cumple con un deber molesto para sentirse bien consigo mismo y pasar a otra cosa. Es entrar en la necesidad del otro como si fuera propia. Es sentir en el propio estómago el hambre del hermano. Es no poder dormir porque sabes que alguien en tu iglesia no tiene qué comer. Es abrir la cartera y que duela, no por lo que pierdes, sino porque te duele que el otro esté pasando por eso.

Los comentaristas señalan que "los santos" aquí no son un grupo especial de superespirituales, canonizados por la iglesia después de la muerte con altares y veladoras. Son los cristianos comunes y corrientes. Los que se sientan a tu lado cada domingo. Los que tienen deudas, enfermedades, hijos rebeldes, matrimonios rotos, depresiones escondidas, miedos que no se atreven a confesar. Esos son los santos. No son los perfectos. Son los que han sido puestos aparte por Dios, no por su mérito, sino por su gracia. Y la palabra "necesidades" se refiere a lo que falta, a lo que se requiere para vivir. No son los lujos. No son los caprichos. No son las vacaciones en la playa o el teléfono de última generación. Son el pan, la leche, el techo, la medicina, el abrigo. Lo que no se puede aplazar. Lo que duele cuando falta.

La iglesia primitiva entendió esto como una responsabilidad directa del individuo, no solo de la tesorería de la iglesia. El Comentario de Ginebra, que es uno de los más cuidadosos en estas cosas, señala que este versículo es uno de los muchos en la Biblia que se dirigen al individuo en cuanto a la benevolencia. Muchos quieren pasar esta responsabilidad a la iglesia local, a los diáconos, a la junta, al pastor. Pero Pablo no está escribiendo a una junta directiva. Está escribiendo a personas. A cristianos comunes. A ti. A mí. No puedes delegar la misericordia. La misericordia es personal o no es misericordia. Pablo mismo pasó dos capítulos enteros en Segunda de Corintios hablando de esta colecta para los pobres de Jerusalén. No era opcional. No era un tema menor que se podía tocar si sobraba tiempo. Era la marca de la verdadera comunión. Era la prueba de que el evangelio no era solo palabras, sino poder hecho carne en las manos abiertas de los creyentes.

La segunda parte del versículo es todavía más exigente, si cabe. "Persiguiendo la hospitalidad". La palabra "persiguiendo" es "diokontes". Los comentaristas notan algo que te va a remover el piso. Es la misma palabra que se usa para describir a Saulo de Tarso cuando perseguía a la iglesia. Era un cazador de cristianos. Olfateaba dónde estaban. Se movía con determinación. No descansaba hasta atrapar a su presa. Ahora Pablo usa la misma palabra, pero con un giro radical. No persigues a tu enemigo. No persigues a los que huyen de ti. Persigues la oportunidad de abrir tu casa. Con la misma intensidad con que el perseguidor buscaba víctimas, el cristiano debe buscar a quién recibir. No esperar a que llamen a tu puerta. Salir a buscarlos. Rastrearlos. Correr tras ellos.

El comentarista Crisóstomo, que predicó en Antioquía y Constantinopla con una elocuencia que todavía nos alcanza, dice: "No dice simplemente 'practicando', sino 'persiguiendo', enseñándonos a no esperar a los que necesitan, sino a correr tras ellos y rastrearlos". No es pasivo. Es activo. No es un cartel de "se reciben forasteros" colgado en la puerta. Es un buscador que se pone en movimiento. La hospitalidad en el mundo antiguo no era un adorno social para demostrar cuán educado o generoso eras. Era una necesidad vital. No había hoteles como los conocemos hoy. No había aplicaciones en el celular para reservar habitación. Los viajeros, especialmente los cristianos que huían de la persecución, dependían de la caridad de otros creyentes para sobrevivir. Los cristianos eran perseguidos, despojados de sus bienes, exiliados de sus ciudades. Recibir a un extraño podía ser recibir a un ángel sin saberlo, como dice Hebreos 13:2. Podía ser recibir a Cristo mismo, como dice Mateo 25. Pero también podía ser peligroso. Recibir a un perseguido podía poner en riesgo tu propia casa. La hospitalidad cristiana no es cómoda. Es costosa. Y por eso es tan hermosa.

¿Has reducido tu fe a lo que crees, o la has expandido a lo que compartes? Esa es la pregunta que este mandato te deja clavada en el pecho. Porque es fácil tener doctrinas correctas. Es fácil discutir sobre teología. Es fácil levantar la mano en la alabanza y sentir que estás en lo más alto. Pero compartir... compartir es otra cosa. Compartir no es dar lo que te sobra, lo que ya no te sirve, lo que estás a punto de tirar. Es entrar en la necesidad del otro como si fuera tuya. Es poner tu mano en la herida del hermano y que te duela. La diferencia entre caridad cristiana y filantropía mundana es esta: la filantropía da desde la abundancia; la misericordia cristiana da desde la necesidad, desde la propia pobreza, desde la conciencia de que todo lo que tengo es prestado y mi hermano tiene un derecho anterior sobre mis bienes porque es imagen de Dios. Y la hospitalidad no es invitar a los que ya conoces, para que te inviten de vuelta. Jesús mismo lo dijo en Lucas 14. No invites a tus amigos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos, porque ellos te invitarán a ti y quedarás pagado. Invita a los pobros, a los mancos, a los cojos, a los ciegos. Esos no te pueden devolver el favor. Es abrir la puerta al que no tiene a dónde ir. En una cultura que construye muros cada vez más altos, que cierra fronteras, que levanta barreras, que tiene miedo del extranjero, el cristiano persigue activamente oportunidades de abrir puertas. Porque la hospitalidad es el evangelio hecho arquitectura. Es decirle al otro: "Aquí cabe tu dolor. Aquí cabe tu diferencia. Aquí cabe tu historia rota. Entra".

Tu casa, ¿está cerrada para los necesitados? ¿O persigues activamente la hospitalidad como el cazador persigue a su presa? No te pido que abras tu casa a cualquier desconocido sin precaución. La Biblia también nos llama a ser prudentes. Pero te pregunto: ¿has orado pidiendo oportunidades de recibir al que no tiene dónde quedarse? ¿Has preguntado en tu iglesia si hay algún hermano que necesite alojamiento temporal? ¿O has dado por sentado que ese no es tu problema? "El día es corto, la obra es mucha, los obreros son perezosos, la recompensa es grande, y el dueño de la casa apremia". Así lo dijo un rabino antiguo llamado Tarphon, y Pablo estaría completamente de acuerdo. El día de la oportunidad es corto. La necesidad es mucha. Los que están dispuestos a compartir son pocos. Pero la recompensa es grande. Y el dueño de la casa, Dios mismo, apremia. No porque esté de mal humor, sino porque hay hambrientos que no pueden esperar. Mateo 25:35-36 resuena con una claridad que aterra: "Fui forastero y me recibisteis". El juicio final, según Jesús, no se basará en cuánta doctrina sabías, sino en cómo trataste al que tenía hambre, al que estaba desnudo, al que estaba preso, al que era extranjero. La misericordia no es un adorno. Es el escándalo del evangelio.

En segundo lugar, la vida cristiana se manifiesta en compañía. No una compañía superficial, de saludos de cortesía y apretones de manos mecánicos. Una compañía que entra en la alegría y en el dolor. El versículo 15 ordena: "Regocijarse con los que se regocijan, llorar con los que lloran". En el griego es "jairein meta jaironton, klaiein meta klaionton". Los comentaristas notan algo que no puedes pasar por alto. La forma es infinita. No es un consejo. No es una sugerencia. Es un mandato directo. No es opcional. Es un imperativo, tan obligatorio como "no matarás" o "honra a tu padre y a tu madre". No puedes decir que eres cristiano y vivir ajeno a la alegría y al dolor de tus hermanos. La fe que no llora es una fe muerta. La fe que no se alegra con el otro es una fe podrida.

El comentarista Crisóstomo, que predicaba a multitudes en una época donde ser cristiano podía costar la vida, señala que esto requiere un alma muy noble. "No solo no envidiar al que prospera, sino también alegrarse con él; no solo no despreciar al que está triste, sino también llorar con él". No es fácil. No es natural. Lo natural es envidiar al que tiene éxito. Lo natural es alegrarse cuando al que nos cae mal le va mal. Lo natural es sentir un alivio secreto cuando el otro fracasa, porque entonces no eres el único. Lo natural es sentir que su dolor te incomoda, que no sabes qué decir, que prefieres alejarte y dejar que otros se encarguen. Lo natural es quedarte en la superficie, enviar un mensaje genérico de "estoy contigo en oración", y seguir con tu vida como si nada hubiera pasado. Pero la vida cristiana no es natural. Es sobrenatural. Y lo sobrenatural comienza cuando el Espíritu de Dios te da la capacidad de hacer lo que tu carne no puede.

Los comentaristas notan algo más, y esto es importante. Es más fácil llorar con los que lloran que alegrarse con los que se alegran. Porque cuando el otro sufre, te necesita. Hay un lugar para ti. Puedes ayudar. Puedes consolar. Puedes servir. Tu presencia es valorada. Pero cuando el otro se alegra, no te necesita. Su alegría es suficiente. No requiere tu participación. Y ahí es donde la envidia se cuela. Ahí es donde el egoísmo muestra sus garras. Alegrarse con el que se alegra es más desinteresado, más difícil, y por eso más noble. Requiere que hayas matado el orgullo que te dice que tu éxito debería ser mayor que el suyo. Requiere que hayas enterrado la comparación que te roba la paz. Requiere que hayas aprendido a ser tan feliz por el hermano que gana como si hubieras ganado tú.

La base de este mandato es la unidad del cuerpo. Como dice 1 Corintios 12:26, si un miembro sufre, todos los miembros se duelen con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él. No es una metáfora bonita. Es una realidad espiritual. Estamos conectados. No somos islas. Somos un archipiélago que comparte la misma tierra profunda bajo el mar. No se puede decir "a mí no me duele lo que le pasa a mi hermano" sin negar la fe. Porque la fe nos ha injertado en un mismo cuerpo. Y el cuerpo siente lo que cada miembro siente. Si te duele el dedo meñique, todo tu cuerpo se resiente. No puedes decirle al dedo "allá tú con tu dolor". Así es la iglesia. Así es la familia de Dios.

¿Eres de los que desaparecen cuando alguien está alegre, porque te duele su éxito? ¿O de los que desaparecen cuando alguien está triste, porque no sabes qué decir? La vida cristiana se queda. Se queda en la fiesta y se queda en el velorio. No huye de la alegría del otro por envidia, ni de su dolor por incomodidad. Entra. Se sienta. Acompaña. No necesita tener las palabras perfectas. No necesita resolver el problema. Solo necesita estar. La peor soledad no es la que no tiene compañía. Es la que tiene compañía ausente, gente que está ahí pero no está, que pasa de largo, que cruza al otro lado de la calle como el sacerdote y el levita de la parábola. La mente renovada es como el samaritano: se baja del caballo, se acerca, toca la herida, gasta su aceite, pierde su tiempo. No calcula si le conviene. No pregunta "¿y este qué me va a dar a cambio?". Simplemente, ama.

¿Cuándo fue la última vez que lloraste genuinamente por el dolor de otro, sin que te tocara personalmente? No por tu propio dolor disfrazado de empatía. No porque su situación te recordara la tuya. Sino porque el dolor del otro te dolió a ti. Porque tu corazón se rompió con el suyo. ¿Y cuándo fue la última vez que te alegraste genuinamente por su éxito, sin sentir esa punzada de envidia que te dice "por qué él sí y yo no"? "El que se ríe solo se ríe una vez; el que se ríe con otro se ríe dos veces. El que llora solo llora una vez; el que llora con otro llora la mitad". Ese proverbio, que no está en la Biblia pero que captura su espíritu, es la mejor síntesis de este mandato. La alegría compartida se multiplica. El dolor compartido se divide. Eso es la iglesia. Eso es la familia.

En tercer lugar, la vida cristiana se manifiesta en unanimidad. No una unanimidad forzada, de pensamiento único, donde todos piensan igual porque tienen miedo de decir lo que realmente creen. No. La unanimidad que Pablo pide es más profunda. Es del corazón. El versículo 16 comienza ordenando: "Pensando lo mismo los unos hacia los otros". La frase griega es "to auto eis allelous phroneuntes". El verbo "froneo" es grande. Significa pensar, sentir, tener una actitud mental, orientar la vida. No es solo tener la misma opinión intelectual sobre doctrinas secundarias. Pablo no está diciendo que todos tengamos que estar de acuerdo en todo. Eso sería imposible. Y si fuera posible, sería aterrador. La uniformidad no es unidad. La uniformidad es el cementerio de la creatividad. La unidad es otra cosa. Es compartir la misma disposición interior, la misma manera de ver la vida, la misma orientación del corazón. Es tener la misma dirección, aunque el paso sea diferente.

Pablo no está pidiendo que todos creamos lo mismo acerca de todo. Está pidiendo que todos amemos con la misma intensidad. Que todos busquemos el bien del otro con la misma determinación. Que todos honremos a los demás como queremos ser honrados. El comentarista Poole explica que esta exhortación respeta no tanto la unidad en el juicio como en la afección. Es decir, "tengan la misma buena disposición hacia los demás que los demás tienen hacia ustedes". No esperes que te traten bien para tratar bien. Toma la iniciativa. Sé el primero en tender la mano. El comentarista Calvino añade que esto significa que cada uno debe considerar a los demás como a sí mismo y ponerse en su lugar. Antes de hablar, antes de juzgar, antes de ofenderte, pregúntate: "¿cómo me sentiría yo si estuviera en su lugar?" Es la regla de oro aplicada a la vida cotidiana de la iglesia.

Cuando pensamos lo mismo los unos hacia los otros, no estamos compitiendo para ver quién es más importante, quién tiene la razón, quién merece más respeto, quién tiene el cargo más alto, quién predica mejor, quién canta más bonito. Estamos buscando activamente el bien del otro como si fuera el nuestro propio. No es que ignoremos nuestros propios dones o nuestro propio valor. Eso sería falsa humildad, que es orgullo disfrazado. No. Sabemos lo que valemos. Pero no nos comparamos. No competimos. No necesitamos ser el centro de atención. Simplemente, amamos. Y el amor no tiene tiempo para medir quién es más digno. El amor no tiene memoria para guardar rencores. El amor no tiene espacio para la envidia.

La versión Syriac, una de las traducciones más antiguas del Nuevo Testamento al siríaco, traduce esta frase de una manera que te va a acompañar toda la semana: "Lo que piensas de ti mismo, eso mismo piensa también de tus hermanos". No es fácil. Porque pensamos bien de nosotros mismos. Nos justificamos. Nos damos el beneficio de la duda. Suponemos que nuestras intenciones son buenas, aunque nuestros actos sean torpes. Pero con el otro somos más severos. Le suponemos malas intenciones. Le damos el peso de la culpa antes de escuchar su versión. La unanimidad cristiana comienza cuando aprendemos a aplicarnos a nosotros mismos el mismo rasero que aplicamos a los demás, y a aplicar a los demás la misma gracia que nos aplicamos a nosotros mismos. Es difícil. Es más difícil que cualquier otra cosa. Pero es posible. Por el Espíritu. Por la cruz. Porque si Dios nos perdonó a nosotros, que le ofendimos tanto, ¿cómo no vamos a perdonarnos unos a otros por ofensas tan pequeñas?

¿Estás siempre midiendo quién es más digno de respeto? ¿Comparando méritos? ¿Buscando tu lugar por encima de los demás? El cristiano no tiene tiempo para eso. Está demasiado ocupado pensando en el otro como piensa en sí mismo. No es que ignore sus propios dones o su propio valor. Es que no se compara. No compite. Simplemente, ama. Y el amor no se compara. El amor no compite. El amor celebra. El amor se alegra con el que se alegra. El amor llora con el que llora. El amor abre la puerta al que no tiene dónde ir. El amor comparte lo que tiene sin calcular si le sobra o no. El amor no pregunta si el otro lo merece. El amor no guarda registro de lo que da. El amor no lleva una lista de lo que recibió.

Filipenses 2:2-4 es el eco perfecto de este mandato. Pablo dice: "Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros". No es un llamado a la mediocridad. Es un llamado a la madurez. No es que no puedas tener metas o aspiraciones. Es que tu meta principal no puede ser tu propio engrandecimiento. Tu meta principal es la gloria de Dios y el bien de los hermanos. Cuando eso está claro, el resto se acomoda.

"Dos navíos que navegan en la misma dirección no chocan. El problema no es la diferencia de tamaño o de velocidad. El problema es cuando cada capitán cree que su rumbo es el único y que el otro debe apartarse". Así es la iglesia. No todos tenemos el mismo tamaño. No todos tenemos la misma velocidad. Pero todos navegamos hacia el mismo puerto. Todos seguimos al mismo Capitán. Y si mantenemos los ojos en Él, no chocaremos. Si nos fijamos en Jesús, el autor y consumador de la fe, aprenderemos a pensar lo mismo los unos hacia los otros. Porque Él pensó en nosotros. Y nos amó. Y se entregó por nosotros. Ese es el ejemplo. Ese es el poder.

Hemos visto tres mandatos de la mente renovada en su relación con los hermanos. Compartiendo las necesidades y persiguiendo la hospitalidad. Entrando en la alegría y en el dolor. Pensando lo mismo los unos hacia los otros. Esto no es un añadido opcional a la fe. Es la fe misma manifestándose en el mundo. La fe que no comparte no es fe. La fe que no llora es una fe muerta. La fe que se compara y compite es una fe carnal. La mente renovada no puede quedarse encerrada en sí misma. Sale. Se abre. Comparte. Llora. Se alegra. Y piensa en los demás como piensa en sí misma. No construye muros. Construye puentes. No acumula. Distribuye. No se aisla. Se asocia. No se cree superior. Se hace servidor.

Pregúntate hoy, mientras sales por esa puerta y vuelves a tu casa, a tu trabajo, a tu rutina: ¿Tus manos están abiertas para compartir con el necesitado? ¿O están cerradas, apretando lo que tienes, con miedo de que te falte? ¿Tu casa está abierta para el extranjero, para el hermano que necesita techo, para aquel que no tiene a dónde ir? ¿O tus puertas están cerradas con llave y tu corazón también? ¿Tu corazón está abierto para llorar y alegrarte con otros? ¿O tu corazón es una fortaleza inexpugnable, donde nadie entra y de donde nadie sale, para no sufrir, para no comprometerte, para no involucrarte? ¿Tu mente está dispuesta a pensar en los demás como piensas en ti mismo? ¿O tu mente es un campo de batalla donde compites, te comparas, te mides, te angustias por no ser el primero, el mejor, el más reconocido?

No te conformes con una fe individualista, encerrada en tus cuatro paredes, en tu relación privada con Dios que no afecta a nadie más. Dios no te llamó a eso. Te llamó a una familia. Y en esa familia, se comparte, se llora, se ríe, se sirve, y se piensa en el otro como en uno mismo. Eso es la mente renovada. Eso es la vida cristiana. Y eso, con la ayuda de Su Espíritu, puede ser hoy tu realidad. No mañana. No la semana que viene. Hoy. Ahora. En esta decisión que vas a tomar al salir. En esta mano que vas a tender. En esta puerta que vas a abrir. En esta lágrima que vas a derramar con el que sufre. En esta alegría que vas a celebrar con el que prospera. En este pensamiento humilde que va a poner al otro por encima de ti. Eso es la iglesia. Eso es el evangelio. Eso es Cristo viviendo en ti. Amén.

No hay comentarios: