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BOSQUEJO - SERMÓN: EXPLICACIÓN GENESIS 3:3 - LA ESCLAVITUD AL PECADO

Tema: Discipulado. Título: La esclavitud al pecado Texto: Genesis 3: 1 - 6. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruíz.

Introducción:

A. Piensa en un habito pecaminoso en tu vida. Ahora, piensa: ¿cómo te verías sin el? ¿cómo sería una vida sin ese mal habito? 

B. En lo que hemos venido aprendiendo los domingos anteriores ya tenemos muchas pistas acerca de cómo vencer estos hábitos, hemos hablado de: concentración e identidad.

D. Hoy hablaremos de cómo es el ciclo de un habito bueno o malo, vamos a aprender que un mal habito se compone de SEÑAL, RUTINA Y RECOMPENSA, usaremos la historia de Adán y Eva para ejemplificarlo:

I. SEÑAL (ver 6).

A. La señal es aquello que detona, que dispara, que activa una conducta, lo que despierta un deseo. Nosotros lo llamaríamos aquello que nos tienta, esto puede tomar varias formas. P. ej: una persona, un lugar, un estado de ánimo, una canción, una imagen, un recuerdo. 

B. Pregunta: ¿Que más dirían ustedes? (involucrar al público)

C. Les permitiré ayudarme en la predica de hoy, lea los primeros seis versículos de Genesis y respondan ¿en esta historia cual es la señal? Respuesta: el árbol. Note que la señal tiene la característica de ser "agradable a los ojos" y "codiciable"

C. Si opinan que la señal es el árbol es perfecto. Podemos decir que el árbol es la señal directa, pero en este caso tenemos también una señal indirecta y espiritual que es Satanás que actúa aquí como el potenciador de la señal o tentación. Así sucede en la vida real, Satanás suele potenciar aquellas cosas que nos tientan y con llevan a los hábitos pecaminosos.



II. RUTINA (ver 6).

A. La rutina es la respuesta a la señal o tentación, es el habito pecaminoso. En este texto la respuesta o rutina seria comer del fruto del árbol (claro, no es un habito, Eva solo lo hace una vez, pero nos sirve para ejemplificar el proceso que estamos describiendo).

B. Quiero que miremos este mismo proceso, pero no en una historia sino como teoría, el texto se encuentra en Santiago 1: 14 - 15. En este texto lo que llamamos señal es descrito como lo que atrae y seduce y lo que es la rutina se explica como pecado y nos dice que una vez desarrollado el habito lo que traerá es la muerte

C. Allí se nos da una fuerte razón para intentar nuestro cambio, la palabra MUERTE es muy diciente. Pensemos en ella: que imágenes le evoca: funeraria, olor a flores, pintura en madera, palidez, llorar, sangre, accidente, tragedia ¿qué más? (involucrar al público). Todo esto para decirnos algo: ¡NADA BUENO SALDRA AL FIN Y AL CABO DE NUESTROS HABITOS PECAMINOSOS, PUEDE ESPERAR LO QUE SEA!



III. RECOMPENSA (ver 5).

A. Esto es muy importante en este ciclo, la señal lo que despierta no es el anhelo por el habito en si mismo sino por la recompensa que nos produce el habito que puede ser muy variada, entonces la verdadera razón del habito es la recompensa.

B. ¿En esta historia cual es la recompensa? (involucre al publico) Respuesta: Satanás le dice a Eva: "serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios". Note como la recompensa por el pecado tiene la característica de ser  mentirosa.

C. Que tipo de recompensas nos ofrece el habito pecaminoso que practicamos: relajación, por ejemplo, cuando la persona fuma; evasión de la realidad, por ejemplo cuando se alcoholiza; compañía, por ejemplo cuando se entrega a alguien del sexo opuesto; aceptación, por ejemplo, cuando se une a un grupo para cometer fechorías; provisión, por ejemplo, cuando roba. Todas tiene la característica de ser una solución mentirosa y pasajera.



Conclusión:

A. ¿Que creen? ¿para vencer un mal habito hay que trabajar con la señal? ¿para vencer un mal habito hay que trabajar con la rutina? ¿para vencer un mal habito hay que trabajar con la recompensa? es posible vencer un habito pecaminoso? entonces vamos a vencer estos malos hábitos.

B. Quiere saber cómo hacerlo específicamente? ¿Quiere saber cómo ser más limpio que la nieve? quiere saber cómo ser más libre que el viento? quiere saber cómo vivir con abundancia? lo esperamos el próximo domingo!

VERSIÓN LARGA

El alma humana, en su noble y atormentada navegación por el tiempo, se encuentra a menudo ante un paisaje de contradicciones. Deseamos la libertad, esa vasta e inmensurable extensión donde el viento de la voluntad sopla sin cortapisas, y sin embargo, nos descubrimos día tras día encadenados a costumbres mezquinas, a repeticiones que nos ofenden y nos empequeñecen. Si nos detuviéramos, por un instante de silencio radical, a pensar en ese hábito que nos acorrala, esa sombra persistente que desdibuja el rostro de nuestra mejor intención, ¿cómo se vería entonces el lienzo de la vida sin su mancha? La imaginación se abre a un horizonte de paz, a una ligereza casi aérea; sería la vida despojada de su peso muerto, el espíritu erguido sobre sus propios cimientos. Una existencia así, libre de esa carga autoimpuesta, sería el verdadero cumplimiento de la vocación cristiana. Ya hemos vislumbrado en otros encuentros las claves de este rescate: la concentración del espíritu y la recuperación de la identidad filial. Pero toda vocación requiere un entendimiento profundo del enemigo, y el enemigo es la costumbre malograda, el circuito cerrado de la repetición.

La biblia nos invita, con la lucidez de un cartógrafo del espíritu, a desenmascarar el mecanismo que nos aprisiona. Nos pide contemplar el pecado, no como un relámpago aislado de transgresión, sino como un engranaje bien aceitado, un ciclo que se nutre a sí mismo. Este ciclo está compuesto, como los elementos de una maquinaria fatal, de tres piezas cruciales: la Señal, la Rutina, y la Recompensa. Y para desvelar la verdad de esta mecánica, ¿a dónde podríamos volver sino al origen de todas las caídas, al relato prístino y conciso de Génesis, allí donde la humanidad, en un jardín que era la misma perfección, eligió la necedad? Contemplaremos el drama de Adán y Eva, según se narra en los versículos del uno al seis del capítulo tres, no como una anécdota lejana, sino como el eterno drama que se reproduce cada mañana en el umbral de nuestro propio corazón.

La primera pieza de esta cadena de servidumbre es la Señal. La señal es el detonante, el disparo seco que activa una conducta; es el anzuelo que despierta un deseo latente que acaso creíamos dormido o muerto. Nosotros lo llamamos, con justicia, la tentación. Y la tentación no se presenta siempre con un ruido de gong o un anuncio solemne. El adversario, que es el gran maestro de la sutileza, sabe que la señal puede tomar la forma de una presencia casi invisible: puede ser una persona cuya mirada desordena nuestro centro, un lugar que evoca la nostalgia de viejos caminos, un estado de ánimo de melancolía o de euforia desmedida, el eco de una canción que desarma nuestras defensas, una imagen fugaz en la periferia de la vista, o la súbita resurrección de un recuerdo que creíamos sepultado. La señal es, en esencia, la fisura en el muro de nuestra vigilancia, el punto donde la carne, la debilidad, se encuentra con la oportunidad. Es el instante en que el mundo exterior, en su belleza o su miseria, nos ofrece una llave para escapar de la disciplina interior.

Si nos posamos con la mirada atenta sobre el Jardín, allí donde el tiempo aún no conocía la prisa, la pregunta resuena con una claridad ineludible: ¿cuál fue la señal que detonó el cataclismo? La respuesta parece obvia, concisa, casi bíblica en su economía: el árbol. Sí, el árbol. Pero, ¿qué hace al árbol un detonante? No era un árbol cualquiera; era el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Note usted la descripción que el texto, con su sabiduría atemporal, nos ofrece sobre su naturaleza como señal: la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría (Génesis 3:6). La señal, por tanto, lleva en sí la característica de la estética de la rebelión. Es una oferta engañosa de bondad. Es, ante todo, agradable a los ojos. El pecado, antes de ser una experiencia amarga, es una tentación visual, una fascinación estética. La señal es el objeto que, en su belleza prohibida, en su brillo iridiscente, nos seduce a romper la regla no por maldad intrínseca, sino por la pura y simple codicia de la experiencia, por el anhelo de la plenitud prometida en la prohibición. La señal es el abismo que se abre cuando el deseo, en lugar de mirar a la Fuente, se desvía y se fija en el objeto.

Pero si el árbol es la señal directa, el objeto físico del deseo, no podemos ignorar la señal indirecta, aquella sombra astuta que actúa como el potenciador espiritual de la tentación. Me refiero, por supuesto, a la figura de la serpiente, a Satanás mismo, que se desliza con la retórica de la duda. Él no inventa la señal; simplemente la intensifica, le añade una voz, una narrativa engañosa. Así sucede en la vida real, donde el adversario opera como un hábil propagandista, magnificando la promesa efímera de aquello que nos tienta. Él no crea el licor, pero intensifica la promesa de evasión en el vaso; no crea la imagen lasciva, pero le añade el eco de una falsa intimidad o un placer sin costo. Es el maestro en usar la Señal ya existente en el mundo para abrir la brecha en el alma. La lucha, entonces, se libra en la mirada: en la decisión de no fijar nuestros ojos por demasiado tiempo en aquello que es agradable a los ojos si ese agrado conduce a la codicia.

Una vez que la señal ha sido percibida, magnificada y aceptada por la mirada, el ciclo avanza hacia su núcleo, que es la Rutina. La rutina es la respuesta automática, el acto que sucede al disparo, el hábito pecaminoso en sí mismo. En el relato fundacional, la respuesta o rutina de Eva es tomar del fruto y comer. Claro está, para Eva no fue un hábito en el sentido de repetición diaria, sino el acto inaugural. Pero ese acto único nos sirve como la perfecta metáfora del proceso que estamos describiendo, el momento en que la tentación se cristaliza en la acción. La Rutina es el cuerpo del pecado, la ejecución de la voluntad que se ha rendido al deseo. Es la mano que se extiende, el pie que se dirige al lugar prohibido, la palabra que se pronuncia con amargura, el click que abre la puerta a la imagen oscura. Es el momento en que el deseo se hace carne y el espíritu se somete.

Para comprender la fatalidad de esta rutina, no necesitamos más que la claridad implacable de la epístola de Santiago. En ese texto, la teoría de la rutina pecaminosa se despliega con la lógica de un proceso químico en el laboratorio del alma. El texto dice: "Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, engendra muerte" (Santiago 1:14-15). Lo que llamamos Señal en nuestra meditación es aquí descrito como aquello que atrae y seduce. La Rutina, el acto del pecado, se explica como el parto de la concupiscencia. El proceso es orgánico, doloroso en su inevitabilidad: el deseo nos saca de nuestro centro (atraído), nos engaña con una falsa promesa (seducido), y la concepción de la idea conduce al nacimiento del pecado. Esta es la rutina: el acto repetido que se vuelve más fácil, más automático, más inconsciente a cada ejecución. El pecado, al ser consumado y repetido, al desarrollarse como un hábito, revela su terrible fruto.

Y este fruto es la Muerte. Santiago nos da una razón de una fuerza asombrosa para intentar nuestro cambio: la Rutina, una vez establecida, lo que traerá es la Muerte. Pensemos en esa palabra. Pensemos en la palidez fría, en el olor a madera barnizada de un ataúd, en las lágrimas estériles, en el silencio final que cae sobre la voz. La muerte no es solo el cese de la vida física, sino la esterilidad, la ausencia de fruto, la tragedia absoluta. Nuestros hábitos pecaminosos nos prometen vida, plenitud, una falsa vitalidad, pero su resultado final, su cosecha ineludible, es la desolación. La Rutina es el mecanismo por el cual el alma se aísla, se vacía y se marchita, cayendo en una tierra árida donde nada puede crecer. Es el camino hacia la nada, un agujero negro donde se desvanece todo lo que es noble y eterno en nosotros. ¡Nada bueno, al fin y al cabo, saldrá de nuestros hábitos pecaminosos! Podemos esperar cualquier cosa —dolor, vergüenza, soledad, desintegración familiar, ruina— porque la muerte, en su sentido más amplio, es la única recompensa final y verdadera que la Rutina puede ofrecer. La rutina del pecado es la repetición de una autodestrucción lenta y disfrazada de placer.

Pero si la Señal es el anzuelo y la Rutina es el acto de morderlo, la verdadera fuerza gravitacional que sostiene el ciclo es la tercera pieza, la Recompensa. Esto es crucial para entender la esclavitud. La señal, lo que verdaderamente despierta, no es el anhelo por el hábito en sí mismo, sino por la recompensa que el hábito promete producir. La Rutina es solo el puente, la razón real del hábito es el destino que promete, la supuesta satisfacción que se encuentra al otro lado. Es la promesa de un vacío lleno, de una herida curada.

¿Cuál fue la recompensa, el gran señuelo, que Satanás puso ante Eva para justificar el acto de la Rutina? La respuesta es tan antigua como la tentación misma: la promesa de la deidad. Satanás le dice a Eva, con la voz suave de la seducción intelectual: "serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal" (Génesis 3:5). Note usted, la recompensa prometida por el pecado tiene la característica esencial de ser mentirosa y usurpadora. El hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, pero el pecado ofrece una parodia de la divinidad. Promete abrir los ojos, pero en realidad los ciega a la belleza de la obediencia; promete sabiduría, pero solo ofrece una conciencia aguda de la propia desnudez y vulnerabilidad.

Traslademos esta promesa mentirosa a nuestros propios hábitos. ¿Qué tipo de recompensas nos ofrece el vicio que nos persigue? Son diversas, pero todas comparten el mismo defecto de origen: la falsedad y la temporalidad. Para el fumador, la recompensa es la relajación nerviosa, el pequeño momento de pausa en el torbellino de la vida. Para el que se alcoholiza, la promesa es la evasión total de una realidad que le parece demasiado pesada de cargar. Para el que se entrega a la lujuria, la recompensa es la compañía efímera o la falsa intimidad que enmascara la soledad. Para el que roba o hace fechorías, la promesa es la provisión fácil o la aceptación instantánea en un grupo. Todas estas recompensas son soluciones veloces, pero esencialmente mentirosas y pasajeras.

El pecado ofrece una aspirina para una enfermedad mortal. La relajación que da el cigarrillo es fugaz y conduce a una ansiedad mayor por el próximo; la evasión del alcohol termina en la cruda certeza de una realidad aún más dura al despertar; la provisión obtenida por el robo deja un sabor amargo de miedo y vergüenza. El Evangelio, en cambio, ofrece la paz que sobrepasa todo entendimiento, una realidad superior que no necesita ser evadida, y una provisión eterna que no se agota. El premio final del pecado es el desengaño, el descubrimiento de que hemos vendido nuestra libertad por una ilusión que se disuelve al tacto. La Recompensa es la moneda falsa con la que el esclavo paga su propia cadena.

Hemos desnudado el engranaje: la Señal nos tienta a la mirada; la Rutina nos encadena a la acción; la Recompensa nos ata a la mentira. Pero, ¿cómo romper este ciclo? ¿Dónde debe enfocar sus fuerzas el creyente que desea la libertad que Cristo ha ganado para él? ¿Hay que trabajar con la Señal, huyendo de ella? ¿Hay que trabajar con la Rutina, forzando la voluntad en la negación? ¿O es en la Recompensa, en la promesa mentirosa, donde se libra la verdadera batalla? La verdad es que la victoria no es una estrategia simple, sino una revolución integral de la persona.

Ciertamente, debemos trabajar con la Señal. La disciplina de la fe nos exige una huida activa. Si la Señal es un lugar, un chōran makran personal, debemos elegir la geografía de la santidad. Si la Señal es una imagen, debemos imponer una barrera de hierro a nuestra mirada. "Aparta mis ojos, para que no vean la vanidad," imploraba el salmista. La victoria comienza con la disciplina del ojo y el desvío del pie.

Pero la huida no es suficiente, porque la Señal también reside en nuestro interior, en el recuerdo y el estado de ánimo. Por eso, debemos trabajar con la Rutina. No basta con evitar el acto pecaminoso; debemos reemplazarlo con una rutina de virtud. El vacío no se mantiene; se llena. Es la ley de la naturaleza y del espíritu. Al evitar la rutina del vicio, debemos abrazar la rutina de la piedad, la oración, el servicio o el estudio de la Palabra. La vida sin el mal hábito no puede ser un vacío; debe ser una vida llena de un buen hábito, de un hábito de la gracia que se ha cultivado con la misma disciplina con que el pecado cultivó su cadena.

Y, sin embargo, la batalla más profunda y decisiva se libra en el campo de la Recompensa. La única forma de vencer un mal hábito es descubrir que la recompensa de Cristo es superior, más verdadera y más duradera que la mentira temporal que ofrece el pecado. Si el cigarrillo promete relajación, Cristo ofrece la Paz que sobrepasa todo entendimiento. Si el vicio promete evasión, Cristo ofrece la Verdad que nos confronta y nos sana. Si la lujuria promete intimidad, Cristo ofrece la relación eterna e incondicional que sacia la soledad del alma. Cuando el corazón del creyente se convence profundamente de que la herencia en Cristo es más rica, más real y más satisfactoria que cualquier algarroba que pueda encontrar en el muladar del mundo, el ciclo se rompe. La verdadera libertad se encuentra en la sustitución de la promesa mentirosa por la promesa de Dios.

Así, la esclavitud al pecado es una elección de la mirada, una rendición a la rutina, y una aceptación de la mentira. Pero la liberación está disponible, porque la gracia ha deshecho la obra del adversario. ¿Cree usted que es posible vencer ese hábito pecaminoso? ¿Cree usted en el poder de la sangre de Cristo para limpiar y liberar? La respuesta de la fe es un "Sí" rotundo que rompe el silencio. Entonces, vamos a vencer estos malos hábitos. Si quiere saber cómo hacerlo, cómo aplicar los antídotos específicos para cada una de esas recompensas falsas que lo atan, cómo ser más limpio que la nieve en el juicio, cómo ser más libre que el viento en el espíritu, y cómo vivir con abundancia en medio de la carencia del mundo, debe saber que la Fuente de esa sabiduría se revela cada domingo. Le esperamos con el corazón dispuesto a compartir la estrategia final del Reino.

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