Tema: 1 Reyes. Titulo: El pacto de Salmón. Texto: 1 Reyes 9: 1 - 9. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruiz.
Introducción:
A. El texto que tenemos delante de nosotros nos muestra como Dios responde a la oración que Salomón hace en el capitulo anterior:
I. RESPUESTA (ver. 3).
A. Salomón en el texto 8:29 le pide a Dios que sus ojos estén fijos sobre el templo y que escuche su oración.
B. En el versículo tres en efecto Dios contesta esta petición de Salmón y le dice que el le ha escuchado, que ha santificado el templo y que los ojos de Dios y su corazón estaran en el.
C. Es claro que Dios contesta nuestras oraciones el problema es que muchas veces no nos agrada la manera como el las contesta.
II. RESPUESTA (ver. 4 - 5).
A. En el capitulo anterior en los versículos 25 y 26 Salmón había pedido que Dios cumpliera las promesas que había hecho a David según la cual siempre habría un descendiente de David en el trono de Israel siempre y cuando esta dinastía fuere fiel a él.
B. En los versículos cuatro y cinco del capitulo nueve Dios habla con Salomón respecto a esto mismo y le dice que en efecto el cumplira su promesa siempre y cuando el rey ande delante de el en INTEGRIDAD de corazón Y EQUIDAD, OBEDECIENDO Y GUARDANDO las cosas que se le han mandado.
C. Entonces es mas que claro que Dios esta dispuesto a cumplir las promesas que nos ha hecho siempre y cuando nosotros cumplamos con la parte que nos corresponde. Dios no nos malcriara, no nos dará cosas solo por capricho o sin esfuerzo alguno de nuestra parte. Ademas, Dios nos dara de su Espíritu para que podamos obedecer las cosas que el nos manda.
III. RESPUESTA (ver. 6 - 9).
A. En el capitulo ocho en los versículos 33 al 46 Salomón había pedido varias cosas a Dios:
1. Liberación de la derrota en la guerra.
2. Liberación de la escasez.
3. Liberación de la enfermedad.
En esta ocasión Salomón nos mostró que en ocasiones estas cosas viene por el pecado y que bastaría con arrepentirse para que Dios efectuara la liberación.
B. Cuando Dios habla con Salomón respecto a estas palabras Dios le dice al rey que no hay nada que hacer por su gente desde que en sus corazones exista la OBSTINACIÓN contra sus leyes, mientras exista la rebeldía a lo que su pueblo esta expuesto es a convertirse en un ejemplo de lo que Dios puede hacerle a aquellos que conociéndole se apartan de él.
B. En fin, mientras alla pecado, no hay nada para nosotros al menos de parte de Dios.
Conclusiones
A. por ultimo, según 1 Reyes 6:1 Salomón comenzó a edificar el templo en 966 a.c. aproximadamente; segun 6:38 el templo termino de edificarse en 959 a.c.; la oracion del capitulo ocho sucede 11 meses después, es decir, en 958 a.c.
Según el comienzo del capitulo nueve la respuesta de Dios a Salomón viene después de que el acabo de construir "la casa de Jehová, y la casa real, y todo lo que quiso hacer", según 1 reyes 7:1 terminar su palacio le tardo a Salomón trece años, o sea, aproximadamente año 946 a.c. y entonces sucede lo que acabamos de estudiar. Todo esto para mostrarle que entre el momento de la oración de Salomón dedicando el templo y la respuesta de Dios tenemos doce años.
Este no es un detalle menor cuando de respuestas de Dios a la oración hablamos, tengalo en cuenta!
VERSION LARGA
Existe en la fe una arquitectura de la paciencia, y es esa estructura la que se revela con solemnidad en la penumbra de 1 Reyes 9. La escena es la de un rey que ha concluido la labor de una generación. Dos décadas han desgranado la arena del tiempo desde que el hacha tocó el primer cedro del Líbano. Primero, la Casa de Jehová, el Templo que era el centro del mundo; luego, la casa del hombre, el palacio que era el centro del reino. Cuando el último obrero hubo depuesto su herramienta y el incienso del recuerdo se había asentado en los aposentos, cuando la obra fue "todo lo que Salomón quiso hacer", solo entonces el cielo se inclinó.
La Escritura, con su precisión que es arte y teología a la vez, nos informa: "Jehová apareció a Salomón la segunda vez, como le había aparecido en Gabaón." Detengámonos ante el abismo de este dato, amados lectores, pues aquí se esconde la lección más sublime y a menudo la más dolorosa del peregrinaje espiritual. Salomón había elevado su oración de dedicación, una súplica de magnitud cósmica y de intimidad tierna, allá en el año 958 a.C. La respuesta, la voz de Dios reafirmando Su pacto, no llega hasta el 946 a.C. Doce años. Doce estaciones de siembra y cosecha, doce ciclos de luna llena y doce recesos de duda silenciosa.
¿Qué es la fe, sino la persistencia de una convicción a través de un intervalo de doce años? El corazón humano, en su fragilidad, exige el eco inmediato, el fiat instantáneo que valide su ruego. Pero Dios nos entrena en una gramática distinta, la del kairós divino operando en el chronos humano. Durante esos doce años, el Templo funcionaba, las ofrendas subían, la vida del reino seguía su curso bajo el sol. Y sin embargo, la confirmación personal, la palabra que sella la promesa, permanecía suspendida. Este silencio no fue un vacío, sino un crisol. Fue el tiempo en que la fe de Salomón se separó de la euforia de la inauguración. ¿Se mantendría el rey íntegro mientras construía su propio trono, o la magnificencia personal eclipsaría la majestad de la Casa de Dios? El intervalo es la prueba de la autenticidad, el tiempo en que Dios no solo escucha nuestra oración, sino que observa nuestro andar mientras esperamos la respuesta. Y cuando finalmente el Señor aparece, lo hace no con reproche por la tardanza, sino con una declaración que anula el tiempo.
El ruego de Salomón en el capítulo ocho era un clamor por la inmovilidad de Dios. Que Sus ojos, el símbolo de Su vigilancia, y Su oído, el símbolo de Su respuesta, no se apartaran de ese lugar. Y la respuesta, grabada para siempre en el alma de Israel, es una maravilla de cercanía pactual: "Yo he oído tu oración y tu ruego que has hecho delante de mí. Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi corazón todos los días."
¡Qué don inmenso se nos revela! El Dios que habita en la eternidad, cuya morada trasciende la bóveda estrellada, elige un lugar en el tiempo para fijar Su afecto. Santificar, en este contexto, es impregnar con Su propia esencia lo que era meramente material, separarlo para el uso divino. Es la gracia obrando sobre la obra humana. Y la promesa de que "mis ojos y mi corazón" estarán allí no es una mera hipérbole oriental; es la promesa de una atención indivisa. Los ojos representan la providencia activa, el cuidado que no duerme. El corazón representa el amor, la ternura pactual, la lealtad emocional de Dios hacia Su pueblo.
Aquí radica el primer manantial de inspiración para el creyente: Dios siempre responde. Él no es un ídolo mudo. El desafío no es Su escucha, sino nuestra expectativa del cómo y cuándo. A menudo, la respuesta que deseamos es una solución temporal y visible, el fin inmediato de una crisis. La respuesta que Dios ofrece es siempre una promesa de presencia, una garantía de que Su afecto y Su vigilancia no cesarán, incluso si la tormenta se prolonga. La respuesta que llega doce años después es más poderosa que la respuesta instantánea, porque lleva el peso de la fidelidad probada en el tiempo. Nos enseña que la mayor respuesta a cualquier ruego es la certeza de que Su corazón y Sus ojos permanecen fijos en nosotros, en la Casa de nuestra vida, a pesar de las doce estaciones de espera.
Pero la voz de Dios no se queda en la melodía del consuelo; avanza hacia el territorio ineludible de la responsabilidad moral. Salomón había invocado el pacto davídico, la promesa incondicional de una dinastía eterna. Ahora, Dios inserta la cláusula de la condición, la bisagra moral sin la cual el pacto se vuelve un capricho. "Si tú anduvieres delante de mí como anduvo David tu padre, en integridad de corazón y en equidad, haciendo todas las cosas que yo te he mandado, y guardando mis estatutos y mis decretos, yo afirmaré el trono de tu reino sobre Israel para siempre..."
Aquí se nos ofrecen dos joyas éticas que deben ser el ornamento del alma cristiana: integridad de corazón y equidad. La integridad, tammâ en hebreo, es la completitud. No tolera la fisura, el doblez, el alma partida entre el servicio a Dios y la adoración oculta a un ídolo personal. Es la unidad radical del ser donde la vida pública es un espejo sin distorsiones del pensamiento privado. Significa que no hay áreas de nuestra vida que estén exentas del Señorío de Cristo. Significa que la oración de la mañana se sostiene en el negocio de la tarde, que la ternura en el hogar es la misma justicia en la plaza pública. Es una demanda de autenticidad total, una vida que no necesita dos máscaras.
La equidad, yōsher, es la manifestación de esa integridad en el mundo de la interacción humana. Es la justicia que nivela el campo de juego, la rectitud que no tuerce el derecho del pobre por el favor del rico. Es la conciencia social que el cristianismo auténtico debe exhibir. La fidelidad a Dios, nos dice el texto, no puede ser una experiencia meramente mística o eclesiástica; debe descender a la calle, a la corte, al mercado. La promesa dinástica, la gran esperanza de Israel, dependía de que el rey ejerciera el gobierno con un corazón entero y con leyes justas.
La inspiración para el creyente moderno es profunda. Dios no nos pide cosas por capricho. Él no es un tirano demandante. Él nos da Su Espíritu precisamente para que podamos cumplir con Su mandato. La obediencia no es el precio que pagamos para que Dios nos ame; es la respuesta vital que damos al amor que ya nos ha sido dado. Si fallamos en la integridad y la equidad, no es porque Dios sea incapaz de cumplir Su promesa, sino porque nosotros hemos roto el marco de la relación en el cual esa promesa puede manifestarse. Él está dispuesto a afianzar nuestro "trono" –nuestro llamado, nuestra vocación, nuestra influencia–, pero exige que esa plataforma de poder sea utilizada con un corazón indiviso y con manos que practican la justicia en todos los caminos.
El evangelio no nos malcría. Nos da la gracia para desear la obediencia, y el poder para vivirla. El pacto es la voluntad de Dios de darnos Su promesa, unida a nuestra voluntad de andar en Su camino. Sin este andar, el Templo se convierte en una reliquia vacía, y la promesa, en un eco triste.
Aquí, la voz de Dios cambia de tono, pasando de la promesa tierna a la advertencia trascendental. Salomón había rogado por la liberación de su pueblo de las calamidades (guerra, hambre, plaga), reconociendo que estas eran a menudo la consecuencia natural del pecado, y que el arrepentimiento podía ser el mecanismo de restauración.
Pero el Señor, y esto es clave, no se detiene en el pecado ocasional que conduce a la necesidad de arrepentimiento. Él confronta el estado más peligroso del alma: la obstinación. "Mas si vosotros os apartareis de mí, vosotros y vuestros hijos, y no guardareis mis mandamientos y mis estatutos que yo he puesto delante de vosotros, y fuereis y sirviereis a dioses ajenos, y los adorareis; yo cortaré a Israel de sobre la faz de la tierra que les he entregado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la echaré de delante de mí, e Israel será por proverbio y refrán a todos los pueblos."
La obstinación es más que un simple acto de desobediencia; es una postura del corazón, una resistencia activa a la voluntad conocida de Dios. Es la soberbia del alma que, conociendo la Verdad, se rebela, eligiendo el camino del desvío y la adoración de "dioses ajenos". Es la obstinación la que transforma al pueblo de Dios en "proverbio y refrán", en una lección pública de la justicia divina.
El mensaje es brutal en su franqueza: Si la obstinación se instala, no hay oración de liberación que valga. La rebeldía persistente levanta una barrera que ni siquiera la santidad del Templo puede franquear. El pecado que es abrazado como identidad y estilo de vida anula el favor pactual. No se trata de un Dios que castiga con crueldad, sino de un Dios que honra la libertad de elección que nos ha dado. Si elegimos obstinadamente la vida sin Él, Él no interfiere para anular esa elección; por el contrario, nos entrega a sus consecuencias.
La advertencia sobre la destrucción del Templo es la cúspide de esta seriedad. Ese edificio, santificado para que en él estuvieran Sus ojos y Su corazón, se convertiría en un espectáculo de ruina. La gente diría: "¿Por qué ha hecho Jehová esto a esta tierra y a esta casa?" Y la respuesta sería una condenación: "Por cuanto dejaron a Jehová su Dios, que había sacado a sus padres de tierra de Egipto, y echaron mano a dioses ajenos, y los adoraron y sirvieron; por eso ha traído sobre ellos todo este mal."
La inspiración que extraemos de este juicio es una llamada urgente al arrepentimiento radical. La obstinación nos condena, pero el arrepentimiento nos redime. Dios nos está diciendo que en tanto haya pecado abrazado —el ídolo secreto, el hábito no rendido, la injusticia tolerada—, no hay promesa que pueda desplegarse plenamente. La única puerta de regreso es la humildad de un corazón quebrantado que renuncia a su dureza y vuelve a la integridad. Esta es la verdad que nos sacude: la gracia es infinita, pero no es irresponsable. Exige una respuesta de entrega total, una rendición de la voluntad que abandona el orgullo y elije el camino de la vida.
Cerramos el círculo volviendo a ese intervalo crucial de doce años. El templo se había dedicado en 958 a.C., el palacio se terminó en 946 a.C., y solo entonces llegó la palabra de confirmación.
Doce años. Este no es un detalle menor cuando hablamos de la soberanía de Dios. Nos revela que Él ve el proyecto completo de nuestra vida, no solo el arrebato de la fe inicial. Él esperó a que Salomón terminara todo lo que quiso hacer para poder insertar Su palabra en la obra finalizada. Esperó a que el hombre se agotara en su propia ambición para recordarle que Su pacto está por encima de cualquier logro humano.
La espera, en la economía de Dios, es la escuela de los profetas, la fragua de los reyes, y la disciplina del corazón que confía. Piense en la madurez que se labra cuando la oración de dedicación no recibe un eco inmediato; cuando el Templo está terminado, pero el cielo está en silencio. En esos doce años, Salomón aprendió que la permanencia de la presencia de Dios no depende de la belleza de la Casa, sino de la fidelidad del corazón que mora en la Casa.
Que esta meditación sobre el pacto de Salomón nos inspire a abrazar la espera divina no como un castigo, sino como una oportunidad de crecimiento. Que la promesa de que los ojos y el corazón de Dios están fijos en nosotros nos dé la paz para los largos silencios. Y que la demanda de integridad y equidad nos mueva a un arrepentimiento constante y a una vida que honre Su nombre no solo en la oración, sino en cada acto público y secreto de nuestra existencia. El tiempo de la espera es el tiempo de la obediencia más profunda.
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