Tema: 2 Samuel. Titulo: David y Absalón predica. Texto: 2 Samuel 17. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruíz.
I. EL CUMPLIMIENTO DE LA PALABRA (16: 20 - 23).
II. LA RESPUESTA A LA ORACIÓN (17:14a).
III. EL CONSEJO DE DIOS (16:20; 17: 4 - 5)
Hay una geografía de la tristeza que se extiende más allá de los mapas, y es el territorio del exilio, la playa sin arena donde el alma del rey David se posó para mirar el oleaje de su propia desgracia. El relato de 2 Samuel 17 no es una crónica de guerra, sino un poema épico sobre la traición, una meditación sobre el precio del error y la manera en que el cielo, aun en el más sombrío de los inviernos, mantiene la brújula orientada hacia la promesa. Es la historia de un padre fugitivo, un rey destronado por la vanidad de su propio hijo, Absalón, un príncipe cuya belleza era la más cruel de las máscaras.
El drama se abre con Absalón entrando en la ciudad sagrada, Jerusalén, no como un humilde peregrino, sino como el dueño impetuoso de una marea recién crecida. Mientras el verdadero ungido, el poeta y guerrero, huía con la polvareda de su dolor a cuestas, su hijo usurpaba el trono con el estruendo de los clarines. En medio de esta convulsión, de este asalto al orden que parecía deshacer el tejido de la Alianza, el lector cristiano encuentra un consuelo áspero, una verdad clavada como una estrella sobre el abismo: el Señor está obrando. En el centro del caos, en la coreografía de la traición y la huida, Dios no ha retirado Su mano. Es aquí, en el relato de 2 Samuel 17, donde la sombra de la profecía se encuentra con el murmullo de la oración, y donde la sabiduría humana se doblega ante el designio inescrutable del Padre.
La primera certeza que nos rescata de la desesperación es el cumplimiento inexorable de la Palabra, una verdad tan vasta y firme como la línea del horizonte marino. El verso dieciséis del capítulo diecisiete no se puede leer sin la memoria del capítulo anterior, donde Absalón, aconsejado por el brillante pero amargado Ahitofel, realiza el acto más formal de su realeza y su rebelión: tener relaciones sexuales con las concubinas que David había dejado atrás para cuidar el palacio. Ahitofel, con una mente tan aguda como una roca de sílex, le aconsejó este acto no por simple lujuria, sino como una afirmación pública, formal y sin retorno de su asunción al trono. Al tomar el harén de su padre, Absalón cortaba todos los puentes de la reconciliación, declarando ante el sol que la relación con David estaba irrevocablemente rota, que él era el nuevo dueño de la casa y, por extensión, de la nación. Era un ritual de posesión forzada, una declaración de soberanía. .
Pero este hecho, que podría parecer a los ojos del historiador una estrategia política brutal, era, a los ojos del Eterno, el eco perfecto de una profecía pronunciada años atrás. Era la respuesta dolorosa, la tinta derramada por la promesa rota. Recordemos la voz del profeta Natán, que había visitado al rey David después de su propio y terrible pecado con Betsabé y la muerte de Urías (2 Samuel 12:9-12). Natán no solo le anunció el castigo de la espada que jamás se apartaría de su casa, sino que le dio un oráculo que se cumplía ahora con una precisión aterradora: “He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol.” El acto de Absalón, que busc
Este no es el único hilo de la fidelidad divina que se puede rastrear en este tapiz de dolor. Al mirar el capítulo diecisiete y el versículo once, Absalón es aconsejado a reunir a todo Israel para la batalla: “Porque todo Israel está contigo; tú irás delante en persona”. Y en la descripción de esa inmensa convocatoria, aparece una metáfora que nos remonta a la arena de un pacto más antiguo: “...en multitud como la arena que está a la orilla del mar.” Esta referencia es un eco inmediato, poderoso y conmovedor, de lo que Dios le había dicho a Abram, al padre de la fe, cuando le prometió que su descendencia sería incontable (Génesis 13:16; 22:17). .
Aquí está la paradoja que desgarra y consuela al mismo tiempo: la promesa de Dios se cumplía en la multiplicación de los traidores. El inmenso número de descendientes de Abraham que ahora se levantaban contra el ungido de Jehová, contra David, era la prueba viva de la fidelidad del Creador. Dios cumplió la promesa del número, incluso cuando ese número se utilizaba para la rebelión. La multitud prometida a Abraham no era solo una bendición; era también la carga de la historia, la garantía de que el linaje de fe acarrearía, por su misma extensión, la semilla de la desobediencia y la tragedia. Pero el hecho de que esa multitud existiera, y que la metáfora de la arena fuera utilizada, reafirma una verdad que debe ser el ancla de todo creyente: La Palabra de Dios es fiel, y por ello se cumplirá, sea para la bendición o sea para el castigo. En medio de la confusión, la profecía se alza como una columna de fuego, recordándonos que el destino de los hombres no está escrito en las estrellas, sino en la boca de Dios.
Si la primera certeza nos habla del inquebrantable poder de la Palabra, la segunda nos revela el poder humilde, el poder susurrado que mueve los ejércitos en la sombra: la respuesta a la oración. Este es el punto de inflexión del drama, el momento en que el Rey-Poeta interviene en la historia, no con su espada, sino con la rodilla doblada.
Absalón, ya instalado en Jerusalén, tiene ante sí dos caminos, personificados en dos consejeros. El primero, Ahitofel, era la mente maestra detrás de la rebelión, un estratega de una brillantez tan temida que su consejo era tenido por un oráculo, “como si se consultara la palabra de Dios” (2 Samuel 16:23). Ahitofel le aconseja un ataque rápido, quirúrgico. Su plan era tomar un ejército pequeño, unos doce mil hombres, y atacar a David sin descanso mientras estaba cansado y huyendo en la llanura. El objetivo era matar solo al rey, para que el pueblo se sumara sin resistencia al nuevo ungido, minimizando las muertes y asegurando la fidelidad al nuevo régimen. Era un plan impecable, ejecutado con la precisión de un bisturí. De haber sido llevado a cabo, Absalón hubiera capturado a David esa misma noche y la rebelión habría triunfado en cuestión de horas.
Pero Absalón, con la fatal arrogancia que caracteriza a los tiranos jóvenes, no se contenta con la sabiduría de un solo hombre. Busca un segundo consejo, y lo pide a Husai, el arquita, un hombre que había jurado lealtad a David, pero que ahora se había infiltrado en el campamento rebelde como un espía. Husai, un hombre de doble rostro, se presenta ante Absalón y le da un consejo totalmente contrario. Su argumento apela a la vanidad de Absalón, a su deseo de un triunfo grandioso y personal. Le dice: David y sus hombres son guerreros fieros, experimentados, ocultos como osos despojados de sus cachorros. Un ataque pequeño solo resultará en bajas para Absalón, desmoralizando al pueblo. . El ataque, argumenta Husai, debía ser masivo, planeado con tiempo, reuniendo a todo Israel (la arena del mar), y lo más importante: debe ser Absalón mismo quien lidere el ataque y se lleve el crédito de la victoria.
El texto sagrado nos narra el momento con una frialdad que esconde el milagro: “Entonces dijo Absalón y todos los de Israel: Mejor es el consejo de Husai el arquita que el consejo de Ahitofel. Porque Jehová había ordenado que el sabio consejo de Ahitofel se frustrara, para que Jehová hiciese venir el mal sobre Absalón.” (2 Samuel 17:14a).
Lo que ocurrió no fue una simple coincidencia, ni un error de juicio. Para comprender el por qué de esta frustración, debemos remitirnos a una oración que David había elevado al cielo con el polvo del camino en su túnica, en el momento más oscuro de su huida (2 Samuel 15:31). Cuando le informaron que Ahitofel, su consejero de confianza, se había unido a la traición de Absalón, el corazón de David, ese órgano siempre sensible al soplo del Espíritu, se partió, y de él brotó una simple, pero potente, súplica: “Oh Jehová, te ruego que vuelvas en locura el consejo de Ahitofel.”
Y el cielo, que no olvida el lamento de Sus siervos, respondió.
El hecho de que el brillante, sabio, y tácticamente superior consejo de Ahitofel fuera desechado por la necedad vanidosa de Absalón es la demostración tangible de la respuesta a la oración de David. Un susurro de fe, un gemido de un rey fugitivo, tuvo el poder de desviar el curso de la historia, de frustrar la estrategia más aguda de un genio militar, y de darle a David el tiempo necesario para cruzar el Jordán y reagruparse.
Esta es una lección que se escribe con tinta de oro sobre el mar de la vida: nunca menosprecie el poder de la oración. La oración no es un mero consuelo psicológico, ni un ritual sin sustancia. Es la llave que abre el almacén de los designios divinos, el arnés que permite que el hombre se conecte al motor de la soberanía de Dios. Cuando la sabiduría humana se presenta en su forma más imponente y amenazante, una simple oración de fe tiene el poder de volverla locura, de enredar los hilos de la conspiración, y de cambiar el curso de las mareas. Los planes de los hombres más astutos son solo castillos de arena ante la voz de un hijo de Dios que clama en el desierto. La oración es la verdadera maniobra militar, la única estrategia que nunca falla.
La tragedia de Absalón, que culmina en su fracaso y su muerte, se resume en la tercera verdad que esta historia nos grita desde la antigüedad: la sustitución del consejo de Dios por la sabiduría humana.
En los dos capítulos que enmarcan la rebelión (2 Samuel 16 y 17), Absalón pide consejo en dos ocasiones cruciales. La primera vez, en el dieciséis, pide la asesoría de Ahitofel. La segunda, en el diecisiete, se apoya de nuevo en Ahitofel y en Husai. A cualquiera de nosotros, en la ceguera de nuestra lógica terrenal, nos parecería un acto de madurez política y de prudencia. ¿Qué tiene de malo buscar buenos consejeros, rodearse de mentes brillantes? Es, de hecho, lo deseable en la gestión de cualquier asunto de importancia.
Sin embargo, aquí reside la falla fatal, el punto ciego que condujo a Absalón a la ruina, y es que el joven príncipe jamás consultó a Dios. Él tenía a su disposición a los sumos sacerdotes, Sadoc y Abiatar, hombres que habían permanecido en la ciudad y que podían haber llevado el Urim y Tumim para interrogar a Jehová. Y más aún, tenía consigo el Arca del Pacto, el símbolo máximo de la presencia de Dios, la caja de madera de acacia cubierta de oro que representaba el trono de la Shekinah, la gloria que habitaba entre los querubines. Él tenía el Arca, tenía los sacerdotes, tenía la presencia simbólica de Dios en su ciudad, y ni por un segundo se le ocurrió consultar a la Fuente de toda sabiduría, tal como su padre David siempre lo había hecho antes de cada batalla.
Absalón se contentó con dos malos consejeros, aunque uno fuera sabio y el otro un traidor. Ahitofel lo llevó al pecado y a la profanación (al aconsejarle tomar las concubinas), y Husai, el espía, no estaba interesado en decirle lo correcto, sino en engañarlo para proteger a David. Absalón, el hombre que no quiso escuchar a Dios, se rodeó de una mente que lo hundía en el pecado y una boca que le mentía para llevarlo a la derrota. No es de extrañar que al fin y al cabo todo terminaría en un fracaso. Su decisión de seguir a Husai en lugar de a Ahitofel fue la rúbrica de su arrogancia, la prueba de que prefería el halago y el gran espectáculo (ser el general de un ejército masivo) antes que el consejo difícil y directo que le hubiera dado la victoria.
La enseñanza es ineludible y se clava en el corazón de nuestra fe: podemos tener junto a nosotros los mejores consejeros, las mentes más brillantes, los analistas más astutos, los psicólogos más perspicaces. Aun así, estos de ninguna manera pueden sustituir el consejo de Dios dado a través de su Palabra. La sabiduría humana es buena para construir puentes y calcular cosechas, pero es estéril para construir el Reino y dirigir el alma. El consejo humano se basa en la lógica de lo que se ve; el consejo de Dios se basa en la eternidad, en lo que no se ve. El error de Absalón no fue táctico, sino espiritual. Prefirió el sonido de las voces humanas al silencio y la autoridad de la voz divina.
El relato de David y Absalón, que se lee como un melodrama histórico y un thriller político, es en realidad un espejo de la relación de Dios con Su pueblo. La historia demuestra la fidelidad de Dios con una precisión implacable: Él cumple Sus profecías (la humillación de las concubinas de David a la luz del sol), y Él responde la oración del justo (la locura que frustró el sabio, pero malvado, consejo de Ahitofel).
David, el pecador perdonado, se salvó por una oración sencilla y una fe profunda, confiando en que Dios intervendría en la mente de sus enemigos. Absalón, el hijo vanidoso, con el ejército reunido, con los sacerdotes disponibles y el Arca a la mano, fracasó por su orgullo y su autosuficiencia, negándose a postrarse ante el único que podía darle una victoria legítima.
La lección para nosotros, marineros en esta vida turbulenta, es que nunca se debe menospreciar ni sustituir el poder de la Palabra y la oración por el consejo humano. La Palabra es nuestra brújula inmutable; la oración es el motor que nos permite navegar. Que nuestra fe se ancle no en la brillantez de los Ahitofeles de este mundo, sino en la certeza de que el Padre escucha y que Su voluntad, aunque a menudo misteriosa, es siempre el destino más seguro. Es en el susurro de nuestra voz, y en la tinta indeleble del Libro, donde reside el verdadero poder.
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