Tema: La pasión de Cristo. Titulo: Sangre en el suelo.Texto: Mateo 26: 36 - 46. Autor: Pastor Edwin Guillermo Nuñez Ruiz.
I. BUSQUE APOYO (Ver 36- 37).
II. HAGA ORACIÓN (Ver 39).
III. CONFIÉ EN EL PLAN (Ver 39).
Nos detenemos en la solemne quietud del Huerto de Getsemaní, un lugar que, en la narrativa de la pasión, se erige no solo como el preludio del Calvario, sino como el verdadero inicio del sacrificio. Mateo 26:36-46 nos transporta a una escena de profunda y desgarradora humanidad de Jesús, un momento que la teología ha llamado, con justicia, la pasión del alma de Cristo, un tormento interior que antecedió al tormento de la cruz. La sangre en el suelo de Getsemaní, más que la que se derramaría bajo los azotes romanos, es el testimonio mudo de una agonía espiritual que ni el más cruel de los verdugos podría haber infligido. En el verso 37, el evangelista nos informa que Jesús, al entrar en el huerto, "comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera". Este es un sufrimiento activo; las palabras griegas usadas aquí denotan una sensación de profunda tristeza (lypēō) y, aún más intensa, una agitación del alma que bordea la desesperación (adēmoneō), una condición que lleva al límite la psique. Aunque Jesús sabía desde siempre Su destino, y de hecho, ese conocimiento era ya un calvario permanente, es en este huerto donde se confronta de lleno con la copa que ha de beber. La tensión, la angustia, el estrés y la tristeza alcanzan tal magnitud que el médico Lucas nos aporta un detalle médico escalofriante: en este punto, Jesús sudaría sangre, un fenómeno clínico conocido como Hematohidrosis. Este padecimiento, atestiguado en la medicina, ocurre bajo un estrés emocional o físico extremo, donde los capilares sanguíneos que alimentan las glándulas sudoríparas se rompen, mezclando la sangre con el sudor y brotando a través de la piel. Es la prueba definitiva de que la pasión de Cristo comenzó en el alma antes de tocar Su cuerpo. Ante tal inminencia de tragedia, Jesús nos ofrece un mapa de ruta, un ejemplo de cómo se enfrentan las tragedias, las crisis y las angustias más profundas de la vida, un camino que no busca la negación ni el aislamiento, sino la confrontación con fe.
El primer paso que Jesús da, un modelo que subvierte la lógica del aislamiento frente al sufrimiento, es Buscar Apoyo, como leemos en los versículos 36 y 37. Jesús fue con sus discípulos al Huerto de Getsemaní, pero al llegar a este lugar, conocido para Él y para Sus seguidores, realiza una selección crucial para vivir Su momento de máxima vulnerabilidad. De los doce, toma solo a tres de ellos: Pedro, Santiago y Juan. Esta elección no es casual; son el círculo más íntimo, aquellos que ya habían sido testigos de Su gloria en el Monte de la Transfiguración, y que ahora debían ser testigos de Su humillación. A ellos, a estas tres columnas de la iglesia naciente, les habló con una transparencia brutal de lo que estaba sintiendo: "Mi alma está muy triste, hasta la muerte". Él no minimiza Su dolor, no se esconde detrás de una fachada de invulnerabilidad divina; por el contrario, expresa Su necesidad humana de compañerismo y, acto seguido, les pide que oren. La vulnerabilidad de Jesús se convierte así en una instrucción teológica para nosotros. Cuando enfrentemos crisis de tal magnitud, tragedias que nos conmuevan hasta la médula, debemos buscar la compañía de alguien confiable, alguien cuyo espíritu pueda sostener el nuestro, y cuya oración pueda interceder por nuestra debilidad. El aislamiento es el primer refugio de la desesperación y la estrategia favorita del adversario para amplificar nuestra angustia. Jesús, en Su sabiduría, nos enseña que el camino de la fe no es solitario. Debemos apoyarnos en amigos probados, en aquellos que han demostrado su fidelidad y que pueden sostenernos en la hora de la prueba, rompiendo la tentación de la soledad que nos carcome. La comunión de los santos se prueba y se hace fuerte en el Getsemaní, no solo en la gloria del Tabor. La advertencia es implícita en Su pedido: el apoyo no es una simple compañía física, sino una compañía de oración, una presencia que se une a nuestra intercesión.
Sin embargo, el apoyo humano, aunque necesario, es siempre limitado. La necesidad de compañía es la antesala de la verdadera fuente de refugio, que es la Oración, como lo vemos en el versículo 39. Habiendo buscado a Sus amigos y encontrado en ellos, tristemente, la debilidad de la carne (pues los halló durmiendo), Jesús buscó Su refugio inexpugnable en el diálogo con Dios. Él se aparta, cae sobre Su rostro en señal de total rendición y humillación, y busca Su refugio en hablar con Dios. El lenguaje que utiliza es la clave de Su teología relacional: Jesús llama a Dios Padre. El uso del término "Padre" en el momento más oscuro, en el instante de máxima prueba y potencial claudicación, revela la profunda intimidad y confianza que sostenía Su ministerio. Él se apoya en amigos, en el sentido terrenal y práctico de la palabra, buscando consuelo en la cercanía; pero se refugia en Su Padre, reconociendo la fuente última e inagotable de toda fortaleza. Aquí se establece una distinción vital para nuestra vida de fe: aunque todos somos hijos de Dios en el sentido más amplio, por cuanto Él nos creó y nos sostiene con Su providencia, en el sentido estricto y espiritual de la palabra, solo son hijos de Dios aquellos que Le han recibido y creído en Su nombre, como lo afirma el apóstol Juan. Esta filiación, obtenida por la gracia y la fe, nos da el privilegio de clamar ¡Abba, Padre! en nuestra hora de necesidad, un privilegio que Jesús nos gana en ese mismo huerto y en la cruz subsiguiente. El refugio de la oración no es un monólogo de la desesperación; es un diálogo de la confianza que, en medio de la angustia, se aferra a la identidad paternal de Dios, la única que garantiza Su amor y Su provisión, incluso si esa provisión implica el trago amargo de la copa. La oración de Jesús no es una búsqueda de la evasión, sino una búsqueda de la voluntad de Aquel que es Padre, la fuente de todo bien.
Y esta búsqueda de la voluntad nos lleva al tercer y crucial paso de este mapa de ruta para enfrentar la tragedia: Confiar en el Plan, como lo registra el mismo versículo 39. La oración de Jesús es la más difícil y dolorosa que jamás se haya registrado: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú". Jesús le dice a Dios que haga Su voluntad, no la de Él. El deseo natural, humano y comprensible de Jesús era evitar el dolor físico y espiritual de la cruz, el terrible peso del pecado del mundo. Sin embargo, Su voluntad humana se rinde ante la voluntad divina. Jesús se entrega por completo a la voluntad de Dios, confía en el plan de Dios y sabe que, aunque doloroso en el más alto grado, ese plan es, en su esencia inabarcable, bueno y perfecto. La confianza de Jesús no anula Su dolor; canaliza Su dolor. Es en este punto que el huerto, cuyo nombre significa "prensa de aceite", se convierte en el lugar exacto donde la humanidad de Cristo es aplastada y prensada, liberando el aceite del sacrificio. El principio es universal y aplicable a nuestra aflicción: cuando sufra, debe entregar sus sufrimientos a Dios, entendiendo que Él tiene un plan en lo que está pasando y que ese plan, al final, resultará en algo muy bueno para usted, como lo confirma el apóstol Pablo al afirmar que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. La fe madura no es la que exige una explicación, sino la que confía en el Autor del plan.
El Plan que Dios tenía, y que Jesús aceptó en ese huerto de angustia, era de una magnitud cósmica: salvar a la humanidad. Salvarla no solo de la condenación eterna, sino de la consecuencia inmediata y devastadora de sus pecados, haciendo esto a través del sacrificio vicario de Jesús. La "copa" que Jesús suplicaba que pasara de Él no era meramente el dolor de los clavos o de la burla; era el vaso de la ira de Dios contra el pecado, una copa que, por primera y única vez, haría que el Padre se apartara del Hijo amado, cargado con la inmundicia de todos los tiempos. La rendición de Jesús no fue la de un mártir resignado, sino la de un Salvador que elige el amor por encima de la supervivencia.
La lección para la vida moderna, plagada de ansiedades y tragedias que a menudo escapan a nuestro control, es ineludible y se basa en la perfecta humanidad de Cristo. La negación del dolor o la minimización del sufrimiento no son caminos evangélicos. El camino es la confrontación honesta del dolor ("Mi alma está muy triste, hasta la muerte"), la búsqueda de apoyo en la comunión de los santos, pero, por encima de todo, el refugio innegociable en la oración al Padre. Es solo en ese diálogo íntimo donde la voluntad propia, limitada y a menudo egoísta, se rinde ante la voluntad divina, infinita y benévola.
La rendición en Getsemaní es el acto de fe más grande de la historia. Es el modelo de que la fe no es la eliminación de la angustia, sino la canalización de la angustia hacia la obediencia. Si el dolor que sentimos nos lleva a la soledad, al cuestionamiento sin fe o a la rebeldía, hemos fallado en emular el patrón de Cristo. Pero si, por el contrario, nos impulsa a buscar al amigo, a clamar al Padre y a declarar la confianza en Su propósito, entonces la tragedia, por profunda que sea, se convierte en el crisol de nuestra madurez espiritual.
En el huerto, la humanidad de Jesús es probada al límite y triunfa no por la fuerza, sino por la docilidad al plan. Los discípulos fallan en su prueba de vigilia porque la carne es débil, un recordatorio perpetuo de que el apoyo humano es siempre imperfecto y temporal. Pero Jesús no falla. Él se levanta del suelo ensangrentado de Su agonía espiritual con una paz soberana, listo para enfrentar la traición de Judas y el juicio del Sanedrín. La angustia no ha desaparecido, pero ha sido sometida a la voluntad de Dios.
Nuestra conclusión debe ser un llamado a la acción y a la confianza. Ante la angustia y el sufrimiento, como Jesús en Getsemaní, debemos buscar el apoyo de nuestros amigos más cercanos y confiables, aquellos que puedan orar con nosotros y por nosotros. Pero nuestro refugio, nuestro asilo inexpugnable, debe ser siempre la oración a Dios Padre, reconociendo Su filiación a través de Cristo. La clave de la victoria no está en la evasión, sino en la rendición y la confianza: entregar nuestros sufrimientos, nuestras peticiones y nuestro propio querer a Su plan, sabiendo con una certeza inquebrantable que Su voluntad resultará, en el balance final de la eternidad, en algo muy bueno para nosotros. Que la sangre sudada por Jesús en el huerto sea el recuerdo perpetuo de que la copa del sufrimiento ya ha sido vaciada por Él, y que nuestra rendición es el único camino hacia la victoria, la paz y el propósito eterno.
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