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SERMÓN - BOSQUEJO: DIOS Y EL MATRIMONIO, REFLEXIONES

Tema: Parejas. Título: Dios y el matrimonio, reflexiones. Texto: Cantares 1: 1 – 2: 6. Autor: Pastor Edwin Guillermo Nuñez Ruiz


Introducción:

A. El libro del cantar de los cantares es un libro escrito según algunas personas para describir la relación entre la iglesia y Dios, otros hablan de la descripción en el de las relaciones de Dios y el pueblo de Israel y otros ven en el un libro escrito para celebrar el amor romántico, me ubico en este último. El libro nos cuenta sobre el amor entre el rey Salomón y la Sunamita Estudiándolo encontré en el varias cosas interesantes sobre el amor conyugal que hoy veremos. En el bosquejo veremos algunas acciones de una buena esposa y otras de un buen esposo

I. ACCIONES DE LA ESPOSA.


A. En el texto se nos enumeran varias acciones de la esposa que nos muestra como mantener viva la llama del amor por el cónyuge:

1. Mantener vivo el deseo sexual por el marido: (Ver 2, 4) 

a. ¡Ay, amado mío, cómo deseo que me beses! Prefiero tus caricias, más que el vino; (TLA).

b. ¡Hazme del todo tuya! ¡Date prisa!¡Llévame, oh rey, a tu alcoba !Regocijémonos y deleitémonos juntos, celebraremos tus caricias más que el vino. ¡Sobran las razones para amarte! (BAD).

Al leer estos versículos en estas versiones nos damos cuenta el intenso deseo sexual que siente la esposa por el esposo. Expresiones como: “deseo que me beses”, “tus caricias”,  “¡Hazme del todo tuya!”, “!Regocijémonos y deleitémonos..”, “¡Llévame…. a tu alcoba” deben ser expresiones constantes de una esposa a su esposo

2. Pensar bien de él (Ver 3, 13, 14, 16).

a. La expresión: “Tu nombre es como ungüento derramado” en otras versiones se traduce así: “tú mismo eres bálsamo fragante” (BAD),  “Y eso eres tú: ¡perfume agradable!” (TLA).

Así debe pensar la esposa de su esposo y hacérselo saber. Ilustración los dos cuartos.

3. Desee estar con él (Ver 7). 

El verso nos muestra claramente la añoranza de la esposa por estar allí donde está el esposo. La esposa debería en cuanto pueda estar allí mismo donde está su esposo.


II. ACCIONES DEL ESPOSO


A. Aunque lo que acabo de decir es importante en realidad aquí era donde quería llegar, la mujer de esta historia como se nos muestra ha tenido un pasado difícil y lo sabemos por lo que dice el versículo 5 y 6, examinemos:

1. Los hijos de mi madre: nos indica la muy probable orfandad paterna de la joven.

2. Se airaron contra mí: Nos indica la violencia a la que fue sometida por parte de estos hombres.

3. Me pusieron a guardar las viñas: Fue obligada a trabajar y el arduo trabajo la había llevado a quemar su piel hasta volverla negra (como las tiendas de Cedar, hechas de piel de cabra negra), de tanto trabajar jamás había podido estar atenta a su cuidado físico, esto es lo que nos muestra la frase: “Y mi viña, que era mía, no guardé”.

En las palabras: “¡Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable!” (se compara con otras mujeres) y “¡No reparéis en que soy morena,  Porque el sol me miró!” se nota el complejo, la tristeza, la frustración existente en el corazón de esta mujer

B. Tenemos pues una mujer con un duro pasado y golpeada en el presente por el ¿Cuál es la actitud del esposo? La descubrimos en sus palabras, él le dice:

a. Hermosa (Ver 8): Eres la más hermosa de las mujeres.

b. En el versículo 9 la alusión a las yeguas parece grotesco hoy en día mas no era así para ellos, los caballos eran muy estimados y de gran valor entonces y de allí la comparación, lo que le dice es algo así como: “eres lo más hermoso e imponente que existe”.  

c. También en el versículo 9 le dice: “amada mía”.

d. Después comienza a admirar ciertas partes específicas de su cuerpo: 

• Sus mejillas (una de las cosas que más se quema con el solo son las mejillas) (Ver 10)
• Su cuello (Ver 10)
• Sus ojos (15)

Un esposo ha sido puesto por Dios para ayudar a sanar las heridas emocionales de su esposa a través del buen trato. POR OTRO LADO, AUNQUE ESTO ES ASI LA ESPOSA DEBE DEPENDER PARA ELLO NO DE SU ESPOSO SINO DE DIOS, ella no puede pretender poner la total carga sobre el de algo que solo Dios puede hacer.

C. Fíjese que la esposa muestra evidentes mejorías (2:1) soy como una flor dice ella, el esposo aprovecha para de nuevo dar afirmación a su esposa, le dice algo como: si eres una flor hermosa pero la mejor de todas.

D. Por último, ¿Cuál es el resultado? El esposo tiene para si una mujer enamorada que disfruta de él, de su amor y de su sexualidad (Ver 2: 3 - 4) 

Es decir, si queremos una esposa como la del comienzo cumplamos con el papel que Dios nos dio para con nuestra esposa, aunque valdría la pena anotar que aunque un esposo no logre este estándar igual la esposa esta para cumplir con el papel que Dios le asigno en su hogar.


Conclusiones:

El amor conyugal, inspirado en Cantares, requiere acciones mutuas. La esposa debe expresar su deseo y aprecio. El esposo tiene el rol crucial de sanar las inseguridades de su cónyuge a través de la admiración y el buen trato, restaurando así su valía. Si ambos cumplen sus roles dados por Dios, el resultado es una pareja que disfruta plenamente de su amor y sexualidad.

VERSIÓN LARGA

Hay libros que no son simples páginas, sino puertos donde el alma atraca después de una travesía. El Cantar de los Cantares es uno de ellos. Es el poema cumbre de la pasión, ese pergamino ardiente que la piedad ha intentado domesticar, pero cuya esencia siempre se rebela. Algunos lo han leído como una parábola mística de la relación entre Dios y la Iglesia, un mapa cifrado de la Alianza y el Pueblo de Israel. Y sin duda, estos ecos de lo eterno habitan en sus versos, pues todo amor humano es un espejo fragmentado de la Divinidad, un eco del primer aliento de la Creación. Pero hoy, nos acercaremos a la orilla más tierna de su oleaje: la celebración del amor romántico, el diálogo entre el rey Salomón y la muchacha de Sunem, la Sunamita. En este intercambio, en este vaivén de deseo y afirmación, descubrimos que el amor conyugal no es solo un pacto de convivencia, no es solo un contrato social escrito en la fragilidad de la arena, sino un fuego redentor, un proceso alquímico donde el alma herida es nombrada, sanada y restaurada hasta su forma original. Es la épica de la ternura, la lírica de la reconstrucción interior.

El Cantar, al abrirse, no ofrece un manual de reglas, sino una partitura de dos voces que se buscan con desesperación y gozo, y en su primer movimiento, se alza el canto de la esposa, una voz que no es un susurro tímido, sino la demanda justa de un corazón que ha encontrado su legítimo descanso. Ella no pide promesas lejanas, sino la inmediatez del afecto; la primera acción de la buena esposa, aquella que mantiene viva la llama con su propio aliento, es la de mantener vivo el deseo por el marido. Es una urgencia carnal que es, al mismo tiempo, una necesidad espiritual de comunión, la rendición ante el misterio del otro. Ella no oculta su apetito por la unión, la bendición bíblica de la carne que se hace una: “¡Ay, amado mío, cómo deseo que me beses! Prefiero tus caricias, más que el vino,” reclama la mujer, en una confesión que equipara el acto amoroso con la sustancia sacramental y la embriaguez santa. En otras versiones, la demanda se vuelve un arrebato de posesión mutua, una entrega total que es también una toma: “¡Hazme del todo tuya! ¡Date prisa! ¡Llévame, oh rey, a tu alcoba!” Esta audacia, esta valentía de la pasión, es la que el Creador celebra. La sexualidad en el lecho conyugal es la cumbre de la intimidad, el espacio donde el alma se desnuda para ser vista, y el cuerpo se ofrece para ser amado sin reservas. Expresiones como “tus caricias,” “¡Hazme del todo tuya!”, “¡Regocijémonos y deleitémonos juntos!” no son gestos esporádicos en un calendario de obligaciones; deberían ser el vocabulario constante del matrimonio, la atmósfera que lo envuelve y lo sostiene.

Pero su voz, y esto es crucial, va más allá del cuerpo y asciende a la esfera de la identidad. La segunda acción es la de pensar bien de él, la de nombrarlo con la dignidad que su amor le otorga, como si solo a través de su boca el hombre pudiera alcanzar su forma más noble. Ella dice: “Tu nombre es como ungüento derramado.” El nombre, en la cultura antigua, era el resumen del destino y la sustancia de la persona; y el ungüento, ese bálsamo precioso, es el perfume que no puede contenerse, que llena el aire y embriaga a todos los que lo respiran. El esposo no es solo un proveedor, un compañero de camino, o un dueño de casa; él es para ella “bálsamo fragante,” “perfume agradable.” El amor verdadero dota al ser amado de una dignidad que a menudo la rutina o el fracaso intentan arrebatarle. . La esposa es llamada a ser la guardiana de la imagen de su marido, a verlo no por sus fallas o sus descuidos, que son la arcilla de la humanidad, sino por la fragancia de su propósito y el aroma de su buen corazón. Es una elección deliberada del alma: mirar la luz en lugar de la sombra, y decírselo en voz alta. Esto es lo que mantiene la llama encendida: la afirmación verbal que eleva al cónyuge a la categoría de inestimable, una bendición perpetua.

Y junto al deseo y el aprecio manifiesto, la esposa exhibe la añoranza de la presencia. Ella pregunta al Rey-Pastor: “Dime, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, dónde sesteas al mediodía.” El verso es una expresión de la necesidad de estar con él, la incapacidad del alma enamorada de aceptar la distancia o la indiferencia. La mujer no quiere el regalo del esposo, sino al esposo mismo, su compañía, su sombra protectora. La esposa no puede darse el lujo de la tibieza ni de la distancia emocional. Su anhelo debe ser simple y constante: estar allí donde está el esposo, buscar el centro de su presencia, porque su corazón ha encontrado reposo solo a la sombra de su amor. El matrimonio, en su esencia más pura, es la elección diaria de la proximidad, el continuo retorno al mismo puerto.

Ahora bien, para comprender la profundidad del amor de este hombre, debemos entender la historia de esta mujer, pues el Cantar no comienza con una dama de la corte, sino con un alma que carga el peso de un pasado difícil y que llega al lecho conyugal con el dolor tatuado en la piel. Y es en esta herida donde el amor del esposo se revela como un amor que restaura, una gracia inmerecida. La mujer de esta historia no es una princesa de cuento; es una superviviente que revela sus cicatrices poéticas, versos que son a la vez denuncia y justificación. Ella dice: “Los hijos de mi madre se airaron contra mí.” Esta mención de "los hijos de mi madre" nos sugiere la muy probable orfandad paterna y el sometimiento a la autoridad violenta de sus medios hermanos o familiares. Ella fue víctima de la ira doméstica, de la dureza de hombres que debieron ser su escudo y que, en cambio, se convirtieron en su látigo. Su corazón viene de un linaje de dolor, de una casa sin paz.

La violencia de su origen se tradujo en una vida de labor y desgaste: “Me pusieron a guardar las viñas.” Fue obligada al trabajo arduo y extenuante en el campo, una labor que la consumió y la llevó a la pérdida de su cuidado personal. El sol, ese testigo tropical implacable, quemó su piel hasta volverla oscura, como las “tiendas de Cedar,” hechas de piel de cabra negra, una metáfora de su agotamiento, de su desgaste físico y emocional. . Y la frase más lacerante es la que revela la tragedia de la auto-negligencia: “Y mi viña, que era mía, no guardé.” Este es el grito del alma que ha perdido la capacidad de cuidarse a sí misma, la mujer que, obligada a vigilar los frutos de otros, jamás pudo atender su propia vida, su propio cuerpo, su propia intimidad. Es el drama de la víctima que se olvida de su propio valor.

El resultado de este pasado es una profunda herida emocional que se manifiesta en el complejo de inferioridad, en la tristeza y la frustración que la lleva a compararse y a justificarse ante las mujeres de la corte. Ella dice con dolor: “¡Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable!” Y se explica, casi pidiendo permiso para existir: “¡No reparéis en que soy morena, porque el sol me miró!” Ella asume que el color de su piel, el signo de su trabajo, la hace menos digna, que necesita ser perdonada por sus marcas. Su autoestima está hecha añicos, expuesta al juicio de las "hijas de Jerusalén," las mujeres de la corte que no conocen su historia ni el peso de su sol.

Ante este pasado turbulento y esta inseguridad profunda, el esposo tiene una encrucijada crucial, pues el amor del hombre en el matrimonio es, por designio divino, el agente de restauración que Dios ha puesto para sanar el alma de su esposa. ¿Cuál es la actitud del Rey-Esposo? Él no responde con terapia ni con piedad, sino con un grito curativo que desarma las defensas y las inseguridades. Su respuesta no es de lástima, sino de asombro y afirmación incondicional. Él mira sus cicatrices y las declara belleza.

Su primera palabra es un bautismo que cancela la vergüenza, una reescritura de su identidad: “¡Hermosa!” Él la llama “la más hermosa de las mujeres.” Y en esta doble afirmación, la mujer comprende que no es hermosa a pesar de su morenez, sino que su bronceado, su historia de lucha y trabajo, se integra y se sublima en una belleza que supera toda medida. El Rey, dueño de todo palacio y todo harén, le otorga la singularidad: es su amada, única en su especie. Luego, para valorarla de una manera que su cultura pudiera entender, la compara con “las yeguas de los carros de Faraón.” Esta alusión, hoy ajena, era para ellos la cumbre del valor y la imposición. Los caballos, en ese contexto, no eran animales de carga, sino símbolos de poder, elegancia, y precio inestimable. Lo que le dice es: “Eres lo más hermoso, lo más imponente y lo más valioso que existe. Eres una joya viva, una fuerza de la naturaleza digna de un Rey.” .

Y lo más significativo de la curación ocurre cuando él dirige su mirada hacia las partes específicas de su cuerpo, aquellas que la historia había marcado. Él admira sus mejillas, esas que más se queman con el sol, y las declara “adornos” y “joyas.” Él no ignora el bronceado del trabajo, sino que lo incorpora a su belleza. Mira su cuello, símbolo de dignidad y porte. Y mira sus ojos, a los que llama “paloma,” símbolo de inocencia y pureza, una declaración que cancela la violencia y la impureza que su pasado pudo haberle impuesto.

El esposo ha sido puesto por Dios para ser la voz de la Gracia en la vida de su esposa. Su buen trato, su paciencia y su admiración constante, manifestada en un lenguaje lírico y concreto, son el bálsamo que ayuda a sanar las heridas emocionales dejadas por los "hijos de su madre" y por el sol inclemente de la vida. Él no la rescata; la restaura, reescribe su historia, dándole un nuevo nombre: Bella. Aquí, sin embargo, se levanta la verdad que nos ancla a la fe: aunque el esposo es un agente de restauración, la esposa debe depender para ello no de su esposo sino de Dios. Ella no puede pretender poner la carga total de su sanidad emocional sobre el hombre, ni el esposo puede aceptar ese peso, pues solo Dios puede hacer la obra de redención completa en el alma. El esposo es el reflejo, no el manantial de la vida.

El efecto de este amor restaurador es palpable, visible en la propia conciencia de la esposa, en su nuevo lenguaje. Ella ya no se ve solo como la "morena que el sol miró," sino que su identidad florece bajo la mirada de su amado. El capítulo dos comienza con su afirmación: “Yo soy la rosa de Sarón, y el lirio de los valles.” Ella ha asumido la belleza que él le ha proclamado, y ahora se ve a sí misma como una flor. . El esposo, inteligente y sensible, aprovecha este instante de autoafirmación para darle una nueva dosis de certeza: “Como el lirio entre los espinos, así es mi amada entre las doncellas.” Él le dice: Sí, eres una flor hermosa, pero la mejor de todas, y tu belleza es más radiante porque está rodeada del contraste del mundo.

El resultado de este ciclo de deseo, herida y restauración es la paz y el gozo mutuo, la razón final de su unión. El esposo tiene para sí una mujer enamorada, segura y disponible, que disfruta de él, de su amor y de su sexualidad. Ella se recuesta a su sombra, en un acto de total confianza y refugio: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar.” . Él es su refugio y su manantial, y el fruto es el deleite de la intimidad y la certeza. Él la lleva a la cámara del vino, al banquete de la alegría, y sobre ella flamea, no una obligación, sino una declaración: “Su bandera sobre mí fue amor.”

El amor conyugal, inspirado en este poema de pasión y redención, no es un puerto de llegada; es un proceso continuo de restauración mutua. El Cantar de los Cantares nos enseña que el esposo debe ser la voz que renombra la cicatriz como belleza, que mira la historia y la cancela con la gracia de la afirmación. Y la esposa, por su parte, es el alma que, al ser restaurada y dignificada, desborda deseo, aprecio y la voluntad de estar presente. Cuando ambos asumen este rol dado por Dios —el de ella, la entrega apasionada; el de él, la restauración incondicional—, el resultado es una pareja que no solo sobrevive a los embates de la vida, sino que florece, disfrutando plenamente de su amor, su placer y su sacramento sexual. Este es el verdadero milagro de la unión: un amor que rescata la historia, y en el refugio de una cama, levanta un nuevo sol.



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