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BOSQUEJO - SERMÓN: BOSQUEJO: EFESIOS 4:29-32 — No contristeis al Espiritu Santo

EFESIOS 4:29-32

No contristeis al Espiritu Santo

INTRODUCCIÓN

En los versículos anteriores (4:25-28), Pablo ha trazado con pinceladas firmes el retrato de la transformación que debe caracterizar al creyente que se ha despojado del viejo hombre y se ha revestido del nuevo. Hemos visto tres mandamientos concretos que desafían la lógica del mundo: dejar la mentira para hablar verdad, porque somos miembros los unos de los otros; dejar la ira antes de que se ponga el sol, para no dar lugar al diablo; y dejar de robar para trabajar con las manos, no solo para sustentarnos, sino para tener de qué dar al necesitado. Estos no son meros consejos de mejoramiento moral; son evidencias de una regeneración genuina, frutos de una vida que ha sido tocada por la gracia de Dios.

Pero Pablo no se detiene. Como un médico que, después de tratar las heridas más visibles, examina ahora el pulso del corazón, el Apóstol pasa de los actos externos a la raíz interna de la conducta. Si el cristiano ha dejado de mentir, ¿cómo debe usar su lengua? Si ha dejado la ira destructiva, ¿qué debe ocupar su lugar en sus emociones? Si ha dejado de robar, ¿qué actitud debe gobernar sus relaciones con los demás? En los versículos 29-32, Pablo responde estas preguntas con una profundidad que nos lleva al centro de la vida cristiana: la lengua que edifica, el corazón que perdona, y el espíritu que no contrista al Espíritu Santo.

En este bosquejo vamos a enfatizar tres realidades transformadoras que emergen de este pasaje. Primero, la lengua del creyente —ese instrumento tan pequeño pero tan poderoso— debe ser un canal de gracia, no de corrupción. Segundo, la amargura y sus hijos —esa raíz envenenada— deben ser arrancadas del corazón para que florezca el perdón mutuo. Y tercero, el Espíritu Santo de Dios —esa persona divina que mora en nosotros— no debe ser contristado, pues Él es el sello de nuestra seguridad hasta el día de la redención.


I. LA LENGUA QUE EDIFICA: ABANDONAR LAS PALABRAS CORROMPIDAS (v. 29)

"Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes."

A. EXÉGESIS

Pablo comienza con una prohibición rotunda: "Ninguna palabra corrompida". La palabra griega σαπρός (sapros) significa literalmente podrido, putrefacto, descompuesto —el mismo término que Jesús usó para los frutos malos del árbol malo (Mateo 7:17-18). Es el lenguaje que corrompe, que infecta, que contamina como la carne en descomposición. El mundo pagano estaba saturado de este tipo de comunicación: obscenidad como entretenimiento, chisme como deporte social, calumnia como arma política, blasfemia como ejercicio retórico. Pablo no deja vacío; exige una alternativa positiva: palabras "buenas para la necesaria edificación" —adaptadas a la ocasión, constructivas, que edifiquen la fe del oyente. El propósito supremo es "dar gracia" (χάρις, charis): impartir ese don inmerecido de Dios que transforma, sana, levanta y consuela. La lengua del creyente es instrumento de Dios; por ella Él se manifiesta a otros.

B. VERSÍCULO DE APOYO

"La muerte y la vida están en el poder de la lengua, y el que la ama comerá de su fruto." — Proverbios 18:21

C. APLICACIÓN PRÁCTICA

- Examina tus conversaciones diarias: ¿edifican o destruyen?

- Antes de hablar, pregúntate: ¿esto da gracia al que escucha?

- Evita el chisme, la calumnia, las bromas soeces, las críticas destructivas.

- Cultiva el hábito de hablar palabras de aliento, consuelo, corrección amorosa y verdad edificante.

- Recuerda: de la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12:34). Si la lengua corrompe, el corazón necesita sanidad.

D. PREGUNTA

¿Estoy usando mi lengua como canal de la gracia de Dios, o como vertedero de la corrupción del viejo hombre?

E. FRASE CÉLEBRE

"La posesión de una lengua humana es una inmensa responsabilidad. Un bien o un mal infinito yace en su poder."



II. LA AMARGURA Y EL PERDÓN: ARRANCAR LA RAÍZ ENVENENADA (vv. 31-32)

"Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, junto con toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó en Cristo."

A. EXÉGESIS

Pablo usa un imperativo aoristo que exige decisión definitiva: "Quítense de vosotros" —ἀρθήτω (arthētō), levantad y llevad lejos, haced una limpieza total. La lista es una escalera descendente: amargura (πικρία, pikria), el resentimiento en rescoldo que envenena el alma; enojo (θυμός, thumos), la pasión violenta que pierde el control; ira (ὀργή, orgē), la cólera sostenida que medita venganza; gritería (κραυγή, kraugē), el estallido público de ira; maledicencia (βλασφημία, blasphēmia), la destrucción de la reputación; y malicia (κακία, kakia), la mala voluntad deliberada. Todo esto debe ser reemplazado por tres virtudes del nuevo hombre: benignidad (χρηστός, chrēstos), el interés desprendido por el bien ajeno; misericordia (εὔσπλαγχνος, eusplanchnos), la compasión visceral que siente el dolor del otro; y perdón (χαριζόμενοι, charizomenoi), la acción continua de liberar al ofensor. El estándar es inalcanzable por nosotros solos: "como Dios también os perdonó en Cristo" —no como nos perdonará, sino como ya perdonó, hecho consumado en la cruz.

B. VERSÍCULO DE APOYO

"Perdonad, si alguno tiene queja contra otro; como también Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros."* — Colosenses 3:13

C. APLICACIÓN PRÁCTICA

- Haz un inventario de tu corazón: ¿hay amargura hacia alguien que te hirió?

- No esperes a sentir ganas de perdonar; el perdón es una decisión de obediencia, no una emoción.

- Perdona como Dios perdona: completamente, sin condiciones, sin recordar la ofensa.

- Si el perdón te cuesta, medita en la cruz: la deuda que Dios te perdonó era infinitamente mayor que cualquier ofensa contra ti.

- Busca la reconcinación activa; no te quedes en la neutralidad del "ya lo superé".

D. PREGUNTA

¿Perdono a otros como Dios me perdonó a mí —completamente, gratuitamente, olvidando la ofensa— o todavía alimento rencores que envenenan mi corazón?

E. FRASE CÉLEBRE

"Cuando Dios perdona, el mal queda borrado y olvidado, como si nunca lo hubiéramos hecho." — C.H. Spurgeon



III. NO CONTRISTAR AL ESPÍRITU SANTO: EL SELLO DE NUESTRA SEGURIDAD (v. 30).

"Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención."

A. EXÉGESIS

Pablo no dice "no desobedezcáis" sino "no contristéis" —λυπέω (lupeō), causar dolor profundo, afligir, entristecer. Es el mismo verbo que describe la agonía de Jesús en Getsemaní. La forma enfática —τὸ Πνεῦμα τὸ Ἅγιον τοῦ Θεοῦ (to Pneuma to Hagion tou Theou)— subraya la plena personalidad divina del Espíritu: Él piensa, siente, ama, se duele. ¿Cómo se le contrista? Con palabras corrompidas, amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia, malicia —todo lo que Pablo ha prohibido en los versículos anteriores. Pero Pablo también recuerda quiénes somos: "con el cual fuisteis sellados para el día de la redención". El sello (σφραγίζω, sphragizō) es marca de propiedad divina, garantía de salvación, anticipo de la herencia, impresión del carácter de Dios en nosotros. Somos propiedad de Cristo, comprados por sangre, marcados por el Espíritu, reservados para el día de la redención completa. Contristar al Espíritu es dañar ese sello, debilitar nuestra seguridad, apagar su luz en nosotros.

B. VERSÍCULO DE APOYO

"Y no apaguéis al Espíritu." — 1 Tesalonicenses 5:19

C. APLICACIÓN PRÁCTICA

- Examina tu vida: ¿hay áreas donde conscientemente desobedeces a Dios?

- Cuando sientas la convicción del Espíritu, responde de inmediato; no la ignores ni la postergues.

- Mantén una vida de oración y lectura de la Escritura; el Espíritu habla por medio de ella.

- Huye de la tentación; no pongas a prueba la paciencia del Espíritu.

- Recuerda: el Espíritu Santo es una persona, no una fuerza impersonal. Trátalo con el respeto y el amor que merece.

D. PREGUNTA

¿Estoy viviendo de manera que traiga gozo al corazón del Espíritu Santo, o de manera que le cause dolor y tristeza?

E. FRASE CÉLEBRE

"Sois las joyas preciosas de Cristo. Vuestro gran Propietario ha puesto su sello sobre vosotros. Es un sello firme y real; su propio nombre y su propia semejanza están en él." — C.H. Spurgeon



CONCLUSIÓN

Efesios 4:29-32 nos lleva al corazón de la ética cristiana. No se trata de una lista de reglas externas sino de una transformación interna que se manifiesta en nuestra lengua y en nuestro corazón. La lengua que antes servía para mentir, para engañar, para herir, ahora debe ser un instrumento de edificación que da gracia a los oyentes. El corazón que antes albergaba amargura, enojo, ira y malicia, ahora debe ser un templo donde moran la benignidad, la misericordia y el perdón.

Y en el centro de todo está el Espíritu Santo de Dios, que mora en nosotros, que nos selló para el día de la redención, que se duele cuando pecamos, que se regocija cuando obedecemos. No lo contristemos. No lo apaguemos. No lo resistamos. Dejémonos llevar por Él, y entonces nuestras palabras serán como miel que sana, y nuestros corazones como manantiales de gracia en un mundo sediento de perdón.

Que este pasaje sea para nosotros un espejo donde examinemos nuestra conducta, un bálsamo donde encontremos sanidad, y un estímulo donde descubramos el estándar glorioso al que Dios nos ha llamado: no como meros moralistas, sino como hijos amados que imitan a su Padre celestial, perdonando como Él perdonó, amando como Él amó, dando gracia como Él dio gracia en Cristo Jesús nuestro Señor.


VERSIÓN LARGA

Hay momentos en la vida del creyente en los que la Palabra de Dios deja de ser un eco lejano desde los púlpitos y se convierte en un fuego que arde en el pecho, una luz que ilumina los rincones más oscuros de nuestra existencia cotidiana. Efesios 4:29-32 es precisamente uno de esos pasajes que no nos permite quedarnos en la comodidad de las generalidades espirituales, sino que nos arrastra con una urgencia casi violenta hacia la encarnación concreta de lo que significa ser un nuevo hombre en Cristo. Pablo no está aquí teorizando sobre la santidad como una belleza etérea e inalcanzable; está pintando con pinceladas gruesas y de colores vivos el retrato de una vida que ha sido verdaderamente transformada, una vida donde la teología se vuelve carne y hueso, donde la gracia se traduce en gestos, palabras y decisiones que marcan la diferencia entre quienes han sido rescatados de las tinieblas y quienes aún yacen en ellas.

Cuando Pablo escribe a los efesios, lo hace con la plena conciencia de que estos creyentes, recién arrancados del paganismo, cargaban sobre sus espaldas el peso de una educación moral que había normalizado lo que para el evangelio era abominable. Los gentiles, como él mismo lo describe en los versículos previos, vivían en la vanidad de sus pensamientos, con la razón oscurecida, ajenos a la vida de Dios, entregados a la lascivia con una avidez que los deshumanizaba. Y ahora, de repente, se les anuncia que han sido alcanzados por una verdad que está en Jesús, que han sido enseñados a despojarse del hombre viejo y a revestirse del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas. Pero Pablo, con la sabiduría pastoral de quien sabe que la conversión no es un evento mágico sino un camino de obediencia diaria, entiende que estas verdades necesitan anclarse en lo concreto. No basta con decir "sé santo"; hay que mostrar cómo se ve esa santidad cuando el sol se levanta sobre una casa cristiana, cuando dos hermanos se encuentran en la calle, cuando el creyente abre su boca para hablar.

La palabra conectiva que abre esta sección no es casual. Pablo ya ha tratado la mentira, la ira y el robo. Ahora pasa de los actos a las palabras, de las palabras al corazón, del corazón al Espíritu. Es una progresión lógica y devastadora. Si hemos dejado de mentir, entonces nuestra lengua debe ser un instrumento de gracia. Si hemos dejado la ira destructiva, entonces nuestras emociones deben ser gobernadas por el perdón. Y si todo esto es real, entonces el Espíritu Santo que mora en nosotros no será contristado, sino regocijado. Esta es la cadena de oro que Pablo forja: lengua santa, corazón perdonador, Espíritu no contristado. Tres eslabones de una misma cadena, tres notas de una misma sinfonía, tres manifestaciones de una misma vida que ha sido tocada por la gracia de Dios.

La lengua ocupa el primer lugar en esta lista, y no es por casualidad. Pablo la menciona primero posiblemente porque es el miembro más pequeño pero más poderoso del cuerpo, como diría más tarde Santiago en su epístola. En el mundo pagano al que pertenecían los efesios, la conversación corrompida no era vista como una transgresión grave sino como una habilidad social, una forma de arte, una herramienta de supervivencia. Los gentiles convertidos habían sido educados en un sistema moral donde la obscenidad era moneda corriente, donde el chisme era entretenimiento, donde la calumnia era arma política, donde las blasfemas eran ejercicio retórico. Y Pablo, con una contundencia que no admite medias tintas, les dice: ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca. No es que la conversación impura sea una pequeña imperfección que puede coexistir con la fe; es una ropa del viejo hombre que debe ser arrancada de nuestra boca con la misma determinación con que nos despojamos de una vestimenta sucia.

La palabra que Pablo usa aquí es σαπρός, *sapros*, y su significado es más profundo de lo que nuestras traducciones pueden capturar. Es el mismo término que Jesús empleó cuando habló de los frutos malos del árbol malo. Significa podrido, putrefacto, descompuesto, como la carne en descomposición, como la fruta pasada, como las aguas negras que ofenden al olfato. Cuando Pablo dice que ninguna palabra *sapros* debe salir de nuestra boca, está diciendo que nuestra lengua no puede ser un vertedero de corrupción, un canal de infección, una fuente de contaminación para quienes nos escuchan. Como dice uno de los comentaristas con una crudeza que nos sobrecoge: la conversación corrompida es como retener un cadáver ofensivo sobre la tierra, para contaminar el aire y difundir la peste y la muerte, cuando debería ser enterrado fuera de la vista. Y otro añade con penetración psicológica: las palabras no solo son actos que avanzan, mancillando la gloria de Dios y hiriendo las almas; son actos que afectan a nosotros mismos, volviendo sobre el hablante. Es maravilloso cómo nos persuadimos a nosotros mismos por nuestras propias palabras; nos agitamos, nos hablamos a nosotros mismos en ira y vanidad.

Pero la belleza del mandamiento de Pablo no está en la prohibición sola, sino en la alternativa que ofrece. No deja el vacío; lo llena con una visión positiva que eleva la lengua humana a su dignidad más alta. Sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. La palabra griega οἰκοδομή, *oikodomé*, edificación, es la misma que usa Pablo cuando describe a la iglesia como un edificio santo construido sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, con Cristo Jesús como la piedra angular. Nuestras palabras, dice Pablo, deben ser ladrillos en esa construcción, no mazos demoledores. Deben edificar la fe, fortalecer la esperanza, avivar el amor. Deben ser adaptadas a la ocasión, a la necesidad del momento, al estado del oyente. Como dice el comentarista: la conversación cristiana debe ser apropiada para la ocasión y debe satisfacer las necesidades de aquellos con quienes habla.

Y el propósito supremo de esta edificación es dar gracia. La palabra griega es χάρις, *charis*, ese don inmerecido de Dios que transforma, que sana, que levanta al caído, que consuela al afligido, que corrige al descarriado con ternura. No es que nuestras palabras sean graciosas en el sentido moderno de divertidas; es que deben impartir gracia, ser canales por donde fluya el amor inmerecido de Dios hacia quienes nos escuchan. Como dice uno de los comentaristas con una precisión que ilumina: la posesión de una lengua humana es una inmensa responsabilidad. Un bien o un mal infinito yace en su poder. El apóstol no simplemente prohíbe las palabras injuriosas; pone un embargo en todo lo que no es positivamente útil. No es que requiera que todo discurso cristiano sea grave y serio. Es la mera charla, ya sea frívola o pomposa, hablada desde el púlpito o desde el sillón cómodo, la incontinencia de la lengua, el flujo de palabras insensatas, sin gracia, sin provecho, lo que desea arrestar.

Y aquí debemos detenernos para sentir la profundidad de lo que Pablo está diciendo. No se trata de ser honestos solo cuando nos conviene, o cuando hay testigos, o cuando las consecuencias de mentir serían graves. Se trata de una santidad que permea cada fibra de nuestra existencia, que se manifiesta en cómo hablamos en la mesa familiar, en cómo conversamos en el trabajo, en cómo respondemos cuando alguien nos pregunta algo incómodo, en cómo manejamos los errores que cometemos. El cristiano cuya vida se ha transformado por la verdad que está en Jesús no puede tolerar en su boca el sabor amargo del lenguaje corrompido, porque ha probado la dulzura de aquel que es la Verdad misma. Su lengua se ha convertido en un instrumento de edificación, no de destrucción; de unidad, no de división; de gracia, no de condena.

La lengua del creyente es un instrumento de Dios. Es por la boca del creyente que Dios se manifiesta a otros, que proclama su verdad y su amor. El mal uso de este órgano implica el rechazo del control del Espíritu para dejarse llevar por otro espíritu muy distinto. Por eso Pablo conecta inmediatamente este mandamiento con la siguiente advertencia sobre no contristar al Espíritu Santo. Y como dice el comentarista español con una claridad que duele: el comportamiento indecoroso y las obscenidades en la boca de un creyente entristecen al Espíritu Santo de Dios y en efecto contradicen el hecho de que uno ha sido sellado para el día de la redención. El creyente que vive así causa tristeza al Espíritu de Dios quien es santo y anula la presencia de él en su vida.

Pero Pablo no se detiene en la lengua. Sabe que el corazón humano es un volcán de pasiones que, si no son disciplinadas, pueden devastar todo a su paso. Y así, con una audacia que solo un apóstol posee, nos dice: quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, junto con toda malicia. Estas palabras han sido malentendidas durante siglos. No son una licencia para la ira reprimida, mucho menos una justificación del resentimiento. Son una evacuación completa, una limpieza total, un arrancar de raíz de todo lo que corrompe las relaciones humanas. El verbo griego es ἀρθήτω, *arthētō*, que significa literalmente levantad y llevad lejos, haced una limpieza total. Es el mismo verbo que se usa cuando se quita un cuerpo para enterrarlo, cuando se retira la basura de la casa, cuando se expulsa al intruso. No es una limpieza parcial; es una evacuación completa de todo lo que corrompe el corazón.

La lista que Pablo presenta es una escalera descendente que comienza en la amargura y termina en la malicia, y cada peldaño nos muestra una manifestación más profunda del viejo hombre. La amargura, πικρία, *pikria*, es el resentimiento en rescoldo, la mala disposición para el perdón, los sentimientos de dureza que se enquistan en el alma como raíces venenosas. Es la raíz de la que brota todo lo demás. Como dice uno de los comentaristas con una penetración psicológica que sobrecoge: es asombroso que alguno que profese el nombre cristiano pueda deleitarse en el espíritu de amargura. Aquellos que son censuradores, que son despiadados con las faltas de otros, que han fijado un cierto estándar por el cual miden a todas las personas en todas las circunstancias, y descalifican a todo el que no llega a este estándar, estos tienen la amargura contra la cual el apóstol habla. En el último siglo había un medicamento compuesto, hecho de una variedad de drogas drásticas ácidas y espíritus ardientes, que se llamaba Hiera Picra, la santa amargura. Este medicamento se administraba en una multitud de casos, donde hizo un inmenso mal, y quizás en casi ningún caso hizo bien. Siempre me ha parecido que proporciona un epíteto apropiado para la disposición mencionada anteriormente, la santa amargura, porque los religiosamente censuradores actúan bajo la pretensión de una santidad superior.

Del amargura brota el enojo, θυμός, *thumos*, el estallido súbito, la pasión violenta, el arranque de genio que pierde el control. Es la embriaguez del alma, como la llama San Basilio. Y del enojo brota la ira, ὀργή, *orgē*, la cólera habitual y destructiva, el sentimiento hostil sostenido, la animosidad que planea y medita. Es el enojo que se ha instalado para quedarse, que ha pasado de la pasión aguda a la disposición crónica. Y de la ira brota la gritería, κραυγή, *kraugē*, los clamores llenos de ira, los voceríos, los gritos de cólera, los chillidos para vencer sin convencer. Es el enojo que ha perdido toda vergüenza y se exhibe en público, que hace de cada disputa un espectáculo, que transforma cada desacuerdo en un escándalo.

Y de la gritería brota la maledicencia, βλασφημία, *blasphēmia*, la difamación del carácter, la calumnia, los insultos, la destrucción de la reputación. Es el asesinato del carácter, como lo llama uno de los comentaristas. Es llevar la guerra de la lengua al campamento del enemigo y descargar el disgusto en abuso e insulto. Y finalmente, en el fondo de todo, yace la malicia, κακία, *kakia*, la mala voluntad intencional, la perversidad moral, el deseo deliberado de dañar. Es la raíz profunda de la que brotan todas las demás manifestaciones, el pozo negro de donde mana toda la corrupción del corazón humano.

Estas no son cualidades del cristiano. Son prendas del viejo hombre, vestimentas que distraen y desfiguran al carácter del creyente. Como dice el comentarista español con una claridad que duele: la persona de genio amargado sufre muchas consecuencias negativas, y no solamente espirituales, sino también mentales y aun físicas. No conviene dejar que otros nos provoquen tanto. Es necesario practicar el dominio propio y siempre controlar las emociones. Nuestra reacción a las provocaciones no debe ser como la reacción de los mundanos. No se puede negar que otros nos pueden afligir. Pero la aflicción más grande y dañina es la que nos hacemos a nosotros mismos.

Pero Pablo, en su genio pastoral, no se contenta con prohibir; siempre ofrece un sustituto positivo, una vía de escape que es al mismo tiempo un camino hacia la plenitud. No dejes el corazón vacío después de la limpieza, parece decir. Llénelo con algo mejor, algo más grande, algo que solo la gracia de Dios puede producir. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó en Cristo.

La benignidad, χρηστός, *chrēstos*, es el interés desprendido por el bien de otros, el deseo de ser útil incluso a gran costo personal. Es la misma palabra que Jesús usa cuando dice que su yugo es fácil, suave, agradable, no áspero ni opresivo. Es la disposición que hace la vida más llevadera para quienes nos rodean, que busca la comodidad del otro antes que la propia, que antepone el bien ajeno al propio interés. Como dice uno de los comentaristas: la benignidad es encender la vela de nuestro prójimo con la nuestra, por lo cual no perdemos nada e impartimos algo. Es civilidad, trato favorable, una práctica constante y habitual de oficios amistosos y acciones benevolentes.

La misericordia, εὔσπλαγχνος, *eusplanchnos*, es la ternura de corazón, la compasión visceral, la capacidad de sentir el dolor del otro como si fuera propio. La palabra viene de σπλάγχνα, *splanchna*, las entrañas, las vísceras, el lugar que los hebreos consideraban sede de las emociones más profundas. Es tener las entrañas fácilmente conmovidas para conmiserarse del estado de los miserables y afligidos. Es la disposición que ve el sufrimiento ajeno y no puede permanecer indiferente, que siente la angustia del otro como propia, que se identifica con el dolor del hermano caído.

Y el perdón, χαριζόμενοι, *charizomenoi*, es la buena disposición para perdonar las ofensas, para pasar por alto agravios personales, para no abrigar deseo alguno de venganza. Es el participio presente, indicando una acción continua: perdonándoos unos a otros, un proceso permanente, no un acto único. Es perdonar como Dios perdonó, no como nos perdonará, no como quizás perdone si nos arrepentimos lo suficiente, sino como ya perdonó, en la cruz, de una vez por todas, completamente, gratuitamente, olvidando la ofensa como si nunca hubiera existido.

Y aquí está la clave que transforma este mandamiento de una mera ética moral en una revolución del evangelio. El motivo, la medida, el estándar, la gloria de todo esto: como Dios también os perdonó en Cristo. No es como Dios os perdonará, futuro, condicional, pendiente de vuestro arrepentimiento. Es como Dios os perdonó, aoristo, hecho consumado, realidad experimentada. El perdón divino no es una promesa pendiente; es un don ya recibido. Dios no vino a nosotros con amargura por nuestra culpa, sino con perdón en Cristo. Él remitió nuestra deuda y tuvo piedad de nosotros. Ahora, dice Pablo, haced vosotros lo mismo.

Como dice Spurgeon con su genio incomparable: ¿Cómo perdona Dios? Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades. Dicen algunos, yo sí puedo perdonar, pero no puedo olvidar. ¿Perdonan los tales como Dios perdona? Cuando Dios perdona, el mal queda borrado y olvidado, como si nunca lo hubiéramos hecho. Y otro comentarista añade con una profundidad que nos hace temblar: el perdón de Dios es completo, irreversible, todo pecado perdonado, no porque lo merezcamos, sino por su gran misericordia. Perdonado cada día de nuestras vidas, y cuando una vez perdonado, nunca más para condenarnos. Según la imaginería de la parábola de nuestro Señor, nuestros pecados hacia Dios son pesados como talentos, sí, pesados y numerosos como diez mil talentos; mientras que las ofensas de nuestros semejantes hacia nosotros son triviales como denarios, sí, tan triviales y pocas como cien denarios. Si el amo perdona al siervo tan inferior a él una suma inmensa, ¿no será el siervo perdonado estimulado por el ejemplo generoso para absolver a su propio consiervo y igual de su deuda mezquina?

Y en medio de toda esta transformación del corazón, Pablo inserta una advertencia que nos detiene en seco, que nos hace sentir el peso de nuestra responsabilidad, que nos recuerda quiénes somos y quién mora en nosotros. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Esta es una de las declaraciones más conmovedoras de todo el Nuevo Testamento. Pablo no dice no desobedezcáis o no pecquéis, aunque implica todo eso. Dice no contristéis. La palabra griega λυπέω, *lupeō*, significa causar dolor, afligir, entristecer. Es la misma palabra que usa el Evangelio cuando dice que Jesús se entristeció hasta la muerte en Getsemaní. Es un verbo que denota un dolor profundo, una angustia del alma, una aflicción que penetra hasta lo más hondo del ser.

Y la persona que puede ser así afligida no es un ángel distante ni una fuerza impersonal. Es el Espíritu Santo de Dios. La forma enfática del griego, τὸ Πνεῦμα τὸ Ἅγιον τοῦ Θεοῦ, *to Pneuma to Hagion tou Theou*, subraya la plena personalidad divina del Espíritu. Él piensa, siente, ama, se duele. Como dice uno de los comentaristas con una ternura que nos desarma: que el Espíritu pueda ser contristado es una prueba muy clara de su personalidad. Nuestro texto, además, nos revela la conexión cercana entre el Espíritu Santo y el creyente. Él debe tener un interés muy tierno y afectuoso en nosotros, ya que se entristece por nuestras faltas y nuestros pecados.

¿Cómo se contrista al Espíritu? El contexto lo muestra claramente. Con palabras corrompidas que salen de nuestra boca, con amargura que envenena nuestro corazón, con enojo que estalla en ira, con gritería que ofende el oído, con maledicencia que destruye la reputación, con malicia que medita el daño. Todo esto, como dice el comentarista español, son icios que promueven la discordia en la iglesia. Ni la deshonestidad, ni la pereza y el robo, ni la inmoralidad convienen en la vida cristiana que ha sido marcada con la identidad de su nuevo dueño, el Espíritu Santo de Dios.

Pero Pablo no solo advierte. También recuerda quiénes somos: con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. El sello del Espíritu, mencionado ya en Efesios 1:13-14, es la garantía de nuestra salvación, la marca de propiedad divina, el anticipo de la herencia futura. Somos propiedad de Dios, comprados por sangre, marcados por el Espíritu, reservados para el día en que Cristo venga a completar nuestra redención.

Como dice Spurgeon con su elocuencia característica: Sois las joyas preciosas de Cristo. Vuestro gran Propietario, que ha gastado tanto en vosotros, se ha ido por un tiempo; ha ido a un país lejano, pero ha de volver, y cuando vuelva su anhelo es encontraros ilesos y hermosos, y todavía suyos. Por eso ha puesto su sello sobre vosotros. Es un sello firme, y real; su propio nombre y su propia semejanza están en él. Ningún ladrón, ninguna lesión, ninguna pérdida, ningún accidente, puede acercarse a tocaros.

El sello del Espíritu tiene múltiples significados que nos deben hacer caer de rodillas en gratitud y asombro. Primero, es un sello de confirmación y autenticidad. Ninguna fe es genuina que no lleve el sello del Espíritu. Ningún amor, ninguna esperanza puede salvarnos, excepto que sea sellada con el Espíritu de Dios, porque todo lo que no tiene su sello es espurio. La fe que no está sellada puede ser un veneno, puede ser presunción; pero la fe que está sellada por el Espíritu es fe verdadera, real, genuina.

Segundo, es un sello de apropiación. Cuando los hombres ponen su marca sobre un artículo, es para mostrar que es suyo. El agricultor marca sus herramientas para que no sean robadas. El pastor marca sus ovejas para que sean reconocidas como pertenecientes a su rebaño. El rey mismo pone su flecha ancha sobre todo lo que es de su propiedad. Así el Espíritu Santo pone la flecha ancha de Dios sobre los corazones de todo su pueblo.

Tercero, es un sello de preservación. Los hombres sellan lo que desean que sea preservado, y cuando un documento está sellado se vuelve válido de ahora en adelante. Es por esto que somos preservados por el Espíritu hasta aquel día. Al contristar al Espíritu rompemos este sello, debilitamos nuestra seguridad, apagamos su luz en nosotros. Como dice uno de los comentaristas con una solemnidad que nos hace temblar: cada vez que contristamos al Espíritu, debilitamos los sellos de nuestra propia seguridad. Todo contristar del Espíritu es una deformación de una impresión y un aflojamiento de uno de los sellos.

Y hay una escalada peligrosa que debemos temer con todo nuestro ser. Contristar al Espíritu es el primer paso; resistir al Espíritu es el segundo; apagar al Espíritu es el tercero; blasfemar contra el Espíritu es el cuarto. Ninguno de estos se alcanza sin pasar por el anterior. El que contrista al Espíritu con un pensamiento u omisión puede pronto resistir al Espíritu con un acto más abierto de oposición directa, y el que así resiste al Espíritu voluntariamente puede pronto desear expulsar al Espíritu por completo de su corazón.

Como dice otro de los comentaristas con una solemnidad que nos hace temblar: hay cuatro profundos pasos descendentes en el camino hacia la muerte. Contristar al Espíritu es el primero; resistir al Espíritu es el segundo; apagar al Espíritu es el tercero; blasfemar contra el Espíritu es el cuarto. Ninguno de estos se alcanza jamás sin pasar por lo que le precede; pero el que contrista al Espíritu con un pensamiento u omisión puede pronto resistir al Espíritu con algún acto más abierto de oposición directa, y el que así resiste al Espíritu voluntariamente puede pronto desear poner al Espíritu fuera por completo de su corazón.

Pero el Espíritu Santo nunca abandona finalmente a su pueblo. Él nos deja para castigo, pero no para condenación. Como dice Spurgeon con una esperanza que nos sostiene: es una misericordia saber que el Espíritu de Dios nunca deja a su pueblo finalmente. Nos deja para castigo, pero no para condenación. Y cuando volvemos a Él, cuando nos arrepentimos, cuando confesamos nuestros pecados, Él regresa con amor renovado, con gracia restaurada, con consuelo multiplicado.

Y así llegamos al final de este pasaje que nos ha llevado desde la lengua hasta el corazón, desde el corazón hasta el Espíritu, desde la prohibición hasta la promesa, desde la advertencia hasta la esperanza. Pablo nos ha mostrado que la vida cristiana no es una serie de reglas externas sino una transformación interna que se manifiesta en nuestra lengua y en nuestro corazón. La lengua que antes servía para mentir, para engañar, para herir, ahora debe ser un instrumento de edificación que da gracia a los oyentes. El corazón que antes albergaba amargura, enojo, ira y malicia, ahora debe ser un templo donde moran la benignidad, la misericordia y el perdón.

Y en el centro de todo está el Espíritu Santo de Dios, que mora en nosotros, que nos selló para el día de la redención, que se duele cuando pecamos, que se regocija cuando obedecemos. No lo contristemos. No lo apaguemos. No lo resistamos. Dejémonos llevar por Él, y entonces nuestras palabras serán como miel que sana, y nuestros corazones como manantiales de gracia en un mundo sediento de perdón.

Que este pasaje sea para nosotros un espejo donde examinemos nuestra conducta, un bálsamo donde encontremos sanidad, y un estímulo donde descubramos el estándar glorioso al que Dios nos ha llamado. No como meros moralistas, sino como hijos amados que imitan a su Padre celestial, perdonando como Él perdonó, amando como Él amó, dando gracia como Él dio gracia en Cristo Jesús nuestro Señor.

Y cuando el sol se ponga sobre nuestras vidas, cuando lleguemos al final de nuestro camino, que podamos decir con Pablo: he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. No porque hayamos sido perfectos, sino porque hemos confiado en Aquel que es perfecto. No porque hayamos merecido el perdón, sino porque hemos recibido el perdón que no merecíamos. No porque nuestras palabras hayan sido siempre puras, sino porque hemos sido lavados por la Palabra. No porque nuestros corazones hayan estado libres de amargura, sino porque hemos sido perdonados y hemos perdonado. No porque nunca hayamos contristado al Espíritu, sino porque Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

Esta es la vida que Dios ha preparado para nosotros. Esta es la vida que Cristo murió para darnos. Esta es la vida que el Espíritu Santo está obrando en nosotros. Y esta es la vida que, por gracia, podemos vivir hoy, mañana y para siempre, para la gloria de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Que así sea, ahora y por los siglos de los siglos.

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