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BOSQUEJO - SERMÓN: 2 Corintios 10:5 -DERRIBANDO ARGUMENTOS Y TODA ALTIVEZ

2 Corintios 10:5 -DERRIBANDO ARGUMENTOS Y TODA ALTIVEZ

INTRODUCCIÓN: 

Hemos recorrido un camino en esta serie. En el primer mensaje, aprendimos que la vida que funciona comienza con la consagración: presentarnos como sacrificio vivo a Dios. En el segundo mensaje, descubrimos que esa consagración se logra mediante la renovación de nuestra mente. Ahora llegamos a la parte práctica: ¿cómo se hace eso en la vida real?

Pablo nos da la clave en 2 Corintios 10:5. Usando imágenes militares, describe el campo de batalla donde se gana o se pierde la vida cristiana: la mente. No podemos vivir una vida que funcione si nuestra mente sigue funcionando con los mismos patrones de siempre. Necesitamos una desintoxicación espiritual, un proceso deliberado de limpiar nuestra mente de todo lo que se opone a Dios.

Los comentaristas han sugerido que hay una alusión en este texto a la exterminación de los piratas en la Cilicia natal de Pablo, ocurrida unos cincuenta o sesenta años antes de su nacimiento, que terminó destruyendo sus guaridas de ladrones y tomando miles de prisioneros. Pablo usa esa imagen: así como esos piratas tenían fortalezas inexpugnables desde donde saqueaban, nuestra mente tiene fortalezas donde el enemigo se atrinchera. Y así como el poder romano derribó aquellos bastiones, las armas espirituales pueden derribar las nuestras.

En este versículo, Pablo nos presenta tres pasos prácticos para renovar la mente: derribar argumentos, derribar altiveces, y cautivar pensamientos.


I. DERRIBANDO ARGUMENTOS: CÓMO DESMANTELAR LAS MENTIRAS

Texto: "derribando argumentos" (2 Corintios 10:5a)


Explicación Exegética:

La palabra que Pablo usa aquí es logismous. En el griego, esta palabra se refiere a razonamientos, especulaciones, deliberaciones, planes y cálculos. Son los productos de la mente humana que se levantan como fortalezas contra Cristo. El verbo "derribando" (kathairountes) continúa la metáfora militar de destrucción de fortalezas. No son las armas las que derriban, sino nosotros, los soldados de Cristo, en la guerra espiritual. Estos argumentos no son meras dudas pasajeras, sino sistemas de pensamiento arraigados, verdaderas ciudadelas donde el enemigo se atrinchera.

Pablo está hablando aquí de la oposición activa contra el evangelio, de las razones que los hombres elaboran para justificar su rechazo a Cristo. En Corinto, estos argumentos venían especialmente de los filósofos paganos y de aquellos que habían bebido de sus principios. Sus nociones, conclusiones extraídas de una razón no santificada ni sometida a la voluntad de Dios, chocaban con las doctrinas de la fe.


Aplicación Práctica (Cómo renovar la mente):

El primer paso para renovar la mente es identificar las mentiras que hemos aceptado como verdad. Todos tenemos frases que se repiten en nuestro diálogo interno: "nunca voy a cambiar", "Dios no se interesa por mí", "tengo que merecer su amor", "mi valor depende de lo que otros piensen". Estas son fortalezas que debemos derribar.


Pasos prácticos:

1. Identifica las mentiras: Esta semana, toma un cuaderno y escribe las frases negativas que se repiten en tu mente. Escríbelas tal cual vienen, sin censura.

2. Examínalas a la luz de la Palabra: Al lado de cada mentira, escribe lo que Dios dice realmente en la Escritura.

3. Declara la verdad en voz alta: Las mentiras pierden poder cuando las exponemos a la luz. Repite la verdad de Dios en voz alta cada vez que la mentira aparezca.


Pregunta de Confrontación:

¿Qué mentiras has aceptado como verdad sobre ti mismo, sobre Dios o sobre los demás? ¿Te has convertido en tu propio redentor?



II. DERRIBANDO ALTIVECES: CÓMO DESMONTAR EL ORGULLO

Texto: "y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios" (2 Corintios 10:5b)


Explicación Exegética:

La palabra "altivez" (hypsoma) pertenece al lenguaje militar. Describe una de esas fortalezas rocosas, "ciudades amontonadas a mano sobre peñascos escarpados", como dijo Virgilio. Pablo está pensando en torres elevadas, baluartes que se yerguen desafiando a los ejércitos del Rey legítimo. Pero estas torres no son de piedra; son construcciones mentales, orgullosas imaginaciones, filosofías humanas, ideologías, excusas sofisticadas que intentan hacer parecer la verdad de Dios como algo anticuado, irrelevante o ingenuo.

Estas altiveces se "levantan" (epairomenon) contra el conocimiento de Dios. No es que simplemente existan; están activamente en guerra, exaltándose contra la revelación divina. El conocimiento de Dios del que habla Pablo es el evangelio, la revelación de Dios en Cristo. Es el medio por el cual las almas son guiadas al conocimiento de Dios, un conocimiento mejor que el que puede alcanzarse por la luz de la naturaleza o la ley de Moisés.


Aplicación Práctica (Cómo renovar la mente):

El orgullo intelectual es una de las barreras más grandes para renovar la mente. Creemos que lo sabemos todo, que nuestra perspectiva es la correcta, que no necesitamos que nadie nos enseñe. La altivez se manifiesta en frases como: "yo ya sé eso", "eso no aplica a mi caso", "mi situación es diferente". El conocimiento verdadero hace humildes a los hombres. Donde hay exaltación de sí mismo, falta el conocimiento de Dios.


Pasos prácticos:

1. Cultiva la humildad mental: Reconoce que tu entendimiento es limitado.

2. Sé enseñable: La próxima vez que escuches una verdad incómoda, en lugar de defenderte, pregúntate: "¿Qué puedo aprender de esto?"

3. Examina tus filosofías: Todos tenemos filosofías de vida que hemos adoptado del mundo sin cuestionarlas.


Pregunta de Confrontación:

¿En qué áreas de tu vida te has vuelto orgulloso intelectualmente? ¿Has estado exigiendo un asiento reservado en el reino?



III. CAUTIVANDO PENSAMIENTOS: CÓMO RENDIR LA MENTE A CRISTO

Texto: "y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo" (2 Corintios 10:5c)


Explicación Exegética:

La palabra "llevando cautivo" (aichmalotizontes) es otro término militar. Describe la acción de tomar prisioneros de guerra después de la destrucción de las fortalezas. El enemigo, expulsado de sus bastiones, no tiene más remedio que rendirse y ser llevado cautivo a otra tierra. Las largas filas de prisioneros en los monumentos asirios y egipcios muestran cuán familiar era esta experiencia.

"Todo pensamiento" (pan noema) es una expresión inclusiva. No se refiere solo a los razonamientos hostiles del versículo anterior, sino a toda creación del pensamiento, todo producto de la facultad humana de pensar. Todo esto es llevado cautivo, y así subordinado a Cristo, después de que los baluartes son destruidos.

La frase "a la obediencia de Cristo" (eis ten hypakoen tou Christou) concibe la condición de la obediencia a Cristo como una esfera local, un territorio, una nueva patria hacia la cual los cautivos son conducidos. No es una esclavitud degradante, sino una liberación: llevar cautivo de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, de la perdición a la salvación.


Aplicación Práctica (Cómo renovar la mente):

Este es el paso más práctico de todos. No basta con derribar mentiras y orgullos; la mente no puede quedar vacía. Hay que llenarla activamente con la verdad y rendir cada pensamiento a Cristo. La guerra santa llega a la meta de completa victoria. Cada pensamiento que antes era hostil a Cristo es ahora llevado cautivo y se vuelve obediente a Él.


Pasos prácticos (El "semáforo mental"):

1. Verde - Pensamientos que edifican: Identifica los pensamientos que vienen de Dios y cultívalos.

2. Amarillo - Pensamientos sospechosos: Cuando un pensamiento negativo, ansioso o impuro aparezca, no lo dejes avanzar sin inspección.

3. Rojo - Pensamientos destructivos: Captúralos inmediatamente. No los entretengas. Ora en voz alta.


Ilustración (del material):

La campaña contra los piratas de Cilicia resultó en la reducción de ciento veinte fortalezas y la captura de más de diez mil prisioneros. Así como aquellos piratas fueron desalojados de sus guaridas y llevados cautivos, nosotros debemos desalojar los pensamientos que asaltan nuestra alma y llevarlos cautivos a Cristo. Sus cautivos no llevan cadenas; su yugo es fácil, no porque no presione, sino porque está forrado de amor. Muchas tareas duras se vuelven fáciles; las cosas torcidas se enderezan; los lugares ásperos se vuelven sorprendentemente llanos para los cautivos de Cristo, a quienes Él conduce a la libertad de la obediencia a Él.


Pregunta de Confrontación:

¿Qué pensamientos necesitas capturar hoy? ¿La ansiedad? ¿El rencor? ¿La impureza? ¿La duda? ¿Los has rendido a Cristo, o sigues entreteniéndolos como piratas en sus fortalezas?



CONCLUSIÓN: LA VIDA QUE SÍ FUNCIONA

Pablo nos ha mostrado el camino de la victoria espiritual. Comienza con el derribo de argumentos, esas fortalezas mentales donde nos atrincherábamos en nuestra autosuficiencia. Continúa con la demolición de toda altivez, esas torres de orgullo que levantamos contra el conocimiento de Dios. Y culmina con el cautiverio de todo pensamiento a la obediencia de Cristo.

Esta no es una guerra de destrucción, sino de liberación. No perdemos nuestra mente; la ganamos por primera vez. No somos esclavizados; somos hechos verdaderamente libres. Los cautivos de Cristo son los únicos que realmente gobiernan su propio ser.

Pablo ve en el doble resultado de la pequeña lucha que se libraba en Corinto una parábola de los resultados más amplios de la guerra en el mundo. "Unos creyeron y otros no creyeron"; ese ha sido el breve resumen de la experiencia de todos los mensajeros de Dios en todas partes.


Llamado a la Acción:

Esta semana, practica el "semáforo mental". Cada vez que un pensamiento llegue a tu mente, pregúntate: ¿verde, amarillo o rojo? Y actúa en consecuencia. Conviértete en un cazador de pensamientos, como aquellos que capturaron las fortalezas de los piratas.


VERSIÓN LARGA

El Arsenal Invisible: Una Meditación sobre la Guerra de la Mente

2 Corintios 10:5 - La Conquista Interior que Transforma Todo


Hay batallas que se libran sin el estruendo de los cañones, sin el choque de las espadas, sin el polvo de los campos de guerra. Son batallas silenciosas, pero no por ello menos feroces. Son combates que se desarrollan en el único campo de batalla del que ningún ser humano puede escapar: la mente. Allí, en ese espacio íntimo donde nacen los pensamientos, se fraguan las decisiones y se alimentan los deseos, se libra la guerra más importante de nuestra existencia. Y es allí donde el apóstol Pablo, ese guerrero experimentado que conocía tanto las cadenas como la libertad, nos invita a pelear.

La Segunda Carta a los Corintios es, entre todos los escritos de Pablo, el más personal, el más desgarrado, el que más nos muestra el corazón del apóstol en llamas. No es una carta escrita en la tranquilidad de un estudio, sino en el fragor de la batalla, con noticias que le habían llegado desde Corinto y que encendieron su espíritu. Había en aquella iglesia un grupo, probablemente judaizantes, que negaban su autoridad y decían cosas amargas sobre su carácter. Contrastaban la fuerza de sus cartas con la debilidad de su presencia corporal. Insinuaban que su "ladrido era peor que su mordida". Su lenguaje, traducido al castellano llano, sería algo así: "Ah, es muy valiente a distancia, pero que venga y nos enfrente, y veremos la diferencia. Fanfarronea en sus cartas, pero cuando esté aquí será manso".

Estos calumniadores pensaban de Pablo como si él guerreara según la carne, como si estuviera motivado por intereses egoístas y mundanos. Y esa acusación enciende al apóstol. En respuesta, derrama interrogaciones indignadas, ironía punzante, vehemente vindicación personal, apasionadas reconvenciones, destellos de ira y súbitos chorros de ternura. ¡Qué posición para él tener que decir: "No soy un intrigante mezquino; no trabajo para mí mismo"! Sin embargo, es la suerte común de los hombres ser malinterpretados por aquellos que no pueden creer en el heroico olvido de sí mismo.

Él responde a la pulla de que "anda según la carne" diciendo: "Sí, vivo en la carne, mi vida exterior es como la de otros hombres, pero no voy a la guerra según la carne. No obtengo las reglas de mi batalla de mi yo pecador, ni tampoco tomo mis armas de la carne. No podrían hacer lo que hacen si ese fuera su origen: son de Dios, y por lo tanto poderosas". Y entonces, la metáfora se enciende como fuego. En el versículo 5, expande la figura de la guerra y nos presenta la destrucción de fortalezas, la captura de sus guarniciones, y el llevarlos cautivos a otra tierra.

Los comentaristas han sugerido que hay aquí una alusión a la exterminación de los piratas en la Cilicia natal de Pablo, ocurrida unos cincuenta o sesenta años antes de su nacimiento, que terminó destruyendo sus guaridas de ladrones y tomando miles de prisioneros. Aquellas fortalezas inexpugnables en las montañas de Cilicia, desde donde los piratas asolaban las costas, fueron finalmente reducidas por el poder de Roma. Las ruinas desmanteladas de ciento veinte fortalezas pueden haber impresionado la imaginación juvenil de Saulo con la energía destructiva del imperio; pero el apóstol, años después, recuerda estas impresiones tempranas para darles una aplicación espiritual. Así como aquellos piratas tenían sus guaridas inexpugnables, nuestra mente tiene fortalezas donde el enemigo se atrinchera. Así como el poder romano derribó aquellos bastiones, las armas espirituales pueden derribar las nuestras.

El texto que nos ocupa es uno de los más ricos y profundos de toda la Escritura. En él, Pablo despliega tres movimientos de la guerra espiritual que son esenciales para entender cómo vivir la vida cristiana: el derribo de argumentos, la demolición de toda altivez, y el cautiverio de todo pensamiento a la obediencia de Cristo. No son tres pasos opcionales, ni tres sugerencias para los más espirituales. Son la estructura misma de la batalla por nuestra alma.

Comencemos con el primer movimiento: "derribando argumentos". La palabra que Pablo usa aquí es logismous, un término griego que se refiere a razonamientos, especulaciones, deliberaciones, planes y cálculos. Son los productos de la mente humana que se levantan como fortalezas contra Cristo. No son pensamientos pasajeros, ideas que vienen y van como nubes de verano. Son sistemas de pensamiento arraigados, verdaderas ciudadelas donde el enemigo se atrinchera, construidas con ladrillos de experiencias, reforzadas con cemento de repetición, y defendidas por centinelas de orgullo.

El verbo "derribando", kathairountes en griego, es un término militar que implica destrucción completa. No es simplemente ignorar estos argumentos, ni relegarlos a un segundo plano, ni aprender a convivir con ellos. Es derribarlos, demolerlos, reducirlos a escombros. La imagen es la de un ejército que asalta una fortaleza enemiga y la destruye desde sus cimientos. Así debemos tratar los argumentos que se levantan contra el conocimiento de Dios.

¿Cuáles son estos argumentos? Son muchos y variados, y cada época tiene los suyos. Está el argumento de la autosuficiencia, esa fortaleza donde nos encerramos en nosotros mismos creyendo que no necesitamos a Dios. Un humorista, nos cuenta un gran pensador, puso en el lomo de un volumen de tratados heterodoxos este título: "Cada hombre su propio redentor". Esa frase encierra una pretensión de autosuficiencia que, más o menos inconscientemente, excluye a muchos hombres de la salvación de Cristo. Es una fortaleza que debe ser derribada.

Está el argumento de la indiferencia, esa fortaleza donde nos refugiamos en la apatía espiritual. Las masas no se oponen tanto al evangelio como les es indiferente. "¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Qué vestiremos?" se convierten en preguntas mucho más importantes que "¿Qué debo hacer para ser salvo?" Esta fortaleza de la indiferencia debe ser asaltada por el evangelio.

Está el argumento de la suficiencia intelectual, esa fortaleza donde nos encerramos en nuestro propio conocimiento. Entrenados desde la infancia en ciertas doctrinas o filosofías, nos aferramos a ellas y desafiamos al evangelio a que nos alcance. Creemos que ya sabemos suficiente, que no necesitamos más luz, que nuestra comprensión es completa. Pero el Espíritu Santo derriba esta imaginación cuando nos hace sentir que somos ciegos por naturaleza.

Está el argumento de la desesperación, esa fortaleza donde nos atrincherarnos en la creencia de que nunca podremos conocer a Dios, que la salvación no es para nosotros, que estamos demasiado lejos, demasiado perdidos, demasiado manchados. En esta desesperación, el rebelde se atrinchera como en un verdadero Malakoff, aquella fortaleza rusa que se creía inexpugnable, y se vuelve desesperado en su resistencia al evangelio. Sin embargo, incluso este baluarte es derribado por la poderosa gracia.

Pablo concibe a sus compañeros predicadores y a sí mismo yendo a una guerra misericordiosa. Piensa en fortalezas rocosas, con muros elevados, que se yerguen altivas desafiando a los asaltantes. Está pensando primero en la oposición que enfrentaba en Corinto, pero la aplicación de la metáfora va mucho más allá. Nos enseña que una causa principal que mantiene a los hombres alejados de Cristo es una estimación demasiado alta de sí mismos, una autosuficiencia que nos ciega a nuestra necesidad real.

Algunos de nosotros estamos encerrados en la fortaleza de la autosuficiencia: no queremos reconocer humildemente nuestra dependencia de Dios, y hemos convertido la autoconfianza en la ley de nuestras vidas. Hay muchas voces hoy, algunas dulces y poderosas, que predican ese evangelio. Encuentra respuesta eager en muchos corazones, y hay algo en todos nosotros a lo que apela. La enseñanza que nos dice que confiemos en nosotros mismos está tan de acuerdo con la sabiduría más alta y la vida más noble que lo bueno y lo malo en cada uno de nosotros contribuyen a reforzarla. La autodependencia es una gran virtud, y madre de mucha energía y nobleza, pero también es un gran error y un gran pecado. Ser tan autosuficiente como para no necesitar lo externo es bueno; ser tan autosuficiente como para no necesitar o ver a Dios es ruina y muerte.

El primer paso para renovar la mente es identificar las mentiras que hemos aceptado como verdad. Todos tenemos frases que se repiten en nuestro diálogo interno: "nunca voy a cambiar", "Dios no se interesa por mí", "tengo que merecer su amor", "mi valor depende de lo que otros piensen". Estas son fortalezas que debemos derribar. No podemos esperar vivir una vida transformada si nuestra mente sigue siendo el mismo campo de batalla donde el enemigo tiene la ventaja.

Pero Pablo no se detiene en los argumentos. Añade un segundo movimiento: "y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios". La palabra "altivez", hypsoma en griego, pertenece al lenguaje militar. Describe una de esas fortalezas rocosas, "ciudades amontonadas a mano sobre peñascos escarpados", como dijo Virgilio. Pablo está pensando en torres elevadas, baluartes que se yerguen desafiando a los ejércitos del Rey legítimo. Pero estas torres no son de piedra; son construcciones mentales, orgullosas imaginaciones, filosofías humanas, ideologías, excusas sofisticadas que intentan hacer parecer la verdad de Dios como algo anticuado, irrelevante o ingenuo.

Estas altiveces se "levantan", epairomenon, activamente contra el conocimiento de Dios. No es que simplemente existan; están en guerra, exaltándose contra la revelación divina. El conocimiento de Dios del que habla Pablo es el evangelio, la revelación de Dios en Cristo. Es el medio por el cual las almas son guiadas al conocimiento de Dios, un conocimiento mejor que el que puede alcanzarse por la luz de la naturaleza o la ley de Moisés. Es el conocimiento de Dios en Cristo, el Mediador, en quien la luz del conocimiento de la gloria de Dios es dada. Con este conocimiento está conectada la vida eterna; es el comienzo de ella, y terminará en ella.

El conocimiento verdadero hace humildes a los hombres. Donde hay exaltación de sí mismo, falta el conocimiento de Dios. Pablo está señalando las altas torres de la justicia propia judaica, las especulaciones filosóficas y las sofisterías retóricas, el "conocimiento" tan apreciado por muchos, que ponía en peligro a una sección de la iglesia de Corinto. Hoy también hay fortalezas: la cultura y su orgullo, la educación y su arrogancia, la ciencia y su suficiencia.

Hay quienes están atrincherados en la fortaleza de la cultura. La actitud mental de las personas cultas tiende a ser decididamente adversa a la recepción del evangelio, no porque el evangelio sea adverso a la cultura, sino porque a los cultos no les gusta ser puestos al mismo nivel que los publicanos y las rameras. Les gustaría que hubiera asientos reservados para personas superiores y una entrada privada para ellos. Si los sabios y prudentes fueran más de ambas cosas, se parecerían más a los niños a quienes estas cosas son reveladas. No es el conocimiento, sino la altivez que viene del conocimiento, lo que nos separa de Dios.

Hay la fortaleza de la ignorancia, esa mezcla de desconocimiento de nosotros mismos y de Dios que nos mantiene cautivos. La mayoría de los hombres que se mantienen alejados de Cristo es porque no se conocen a sí mismos ni conocen a Dios. La característica más prevalente de la vida superficial de la mayoría de los hombres es su absoluta inconsciencia del hecho del pecado; no lo conocen ni como universal ni como personal. Nunca han descendido lo suficientemente profundo en las profundidades de sus propios corazones para haber salido asustados por las cosas feas que yacen durmiendo allí, ni han reflexionado sobre su propia conducta con suficiente gravedad para discernir sus aberraciones de la ley de lo correcto. Están intoxicados sin saberlo, como quienes han bebido una copa que adormece los sentidos.

El efecto de cualquier contacto real con Cristo y su evangelio es revelar al hombre a sí mismo, hacer añicos sus estimaciones ilusorias de lo que es, y derribar sobre sus orejas la elevada fortaleza en la que se ha encerrado. Parece extraño que lo que se llama a sí mismo evangelio comience por forzar a un hombre a clamar con sollozos y lágrimas: "¡Oh, miserable de mí que soy!" Pero nadie alcanzará las alturas a las que Cristo puede elevarlo si no comienza su curso ascendente descendiendo a las profundidades en las que el evangelio de Cristo comienza su obra sumergiéndolo.

Y entonces llegamos al tercer movimiento, el más sorprendente de todos: "y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo". La palabra "llevando cautivo", aichmalotizontes, es otro término militar. Describe la acción de tomar prisioneros de guerra después de la destrucción de las fortalezas. El enemigo, expulsado de sus bastiones, no tiene más remedio que rendirse y ser llevado cautivo a otra tierra. Las largas filas de prisioneros en los monumentos asirios y egipcios muestran cuán familiar era esta experiencia. La campaña contra los piratas de Cilicia resultó en la reducción de ciento veinte fortalezas y la captura de más de diez mil prisioneros.

"Todo pensamiento", pan noema, es una expresión inclusiva. No se refiere solo a los razonamientos hostiles del versículo anterior, sino a toda creación del pensamiento, todo producto de la facultad humana de pensar. Los logismoi antes nombrados pertenecen a esto, pero Pablo va ahora a toda la categoría general de aquello que, como producto del nous (mente), toma el campo contra el cristianismo. Todo esto es llevado cautivo, y así subordinado a Cristo, después de que los baluartes son destruidos.

La frase "a la obediencia de Cristo", eis ten hypakoen tou Christou, concibe la condición de la obediencia a Cristo como una esfera local, un territorio, una nueva patria hacia la cual los cautivos son conducidos. No es una esclavitud degradante, sino una liberación: llevar cautivo de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, de la perdición a la salvación. El pensamiento que antes era hostil a Cristo ahora se vuelve obediente y sujeto a Él.

Los prisioneros no son conducidos a una mazmorra, sino a la obediencia de Cristo. Esto es lo que significa la conversión a Cristo, alcanzada por el trabajo apostólico. Pablo lleva la metáfora un paso más allá: el final de toda la lucha entre la carne y las armas de Dios es hacer de los hombres cautivos voluntarios de Jesucristo. Somos cristianos en la medida en que rendimos nuestra voluntad a Cristo. Esa rendición descansa en, y es nuestra única respuesta adecuada a, su rendición por nosotros.

La obediencia de Cristo es perfecta libertad. Sus cautivos no llevan cadenas y no saben nada de servicio forzado. Su yugo es fácil, no porque no presione fuerte sobre el cuello, sino porque está forrado de amor. Su carga es ligera no por su propio peso, sino porque es puesta sobre nosotros por amor y es llevada por amor afín. Muchas tareas duras se vuelven fáciles cuando las hacemos por amor; las cosas torcidas se enderezan cuando las miramos a través del lente del amor; los lugares ásperos se vuelven sorprendentemente llanos para los cautivos de Cristo, a quienes Él conduce a la libertad de la obediencia a Él.

Ahora bien, cuando el Señor cautiva los pensamientos de nuestra mente, los conduce a otra región por completo. La descendencia de la mente, Él la guía al reino espiritual, donde se deleitan en el Señor y se postran ante Él. El que, siendo consciente de su pecado, cree en Jesucristo, somete todos los pensamientos de su juicio y entendimiento a la obediencia de Cristo, y esta es una gran victoria. Su oración es: "Señor, enséñame, porque de lo contrario nunca aprenderé". El mismo poder lleva cautiva la voluntad. Sigue siendo voluntad, pero la voluntad de Dios es suprema sobre ella.

Las esperanzas humanas también son hechizadas por la gracia. Estas cosas aladas solían revolotear no más alto que la atmósfera contaminada de este pobre mundo, pero ahora encuentran alas más fuertes y se elevan a lo alto hacia cosas no vistas aún, eternas en los cielos. Los temores del hombre también, ahora ennoblecidos por la gracia, cubren sus rostros con sus alas ante el trono de Dios, mientras el hombre teme ofender contra el amor del Padre.

Sus gozos y tristezas ahora se encuentran donde nunca antes fueron; se regocija en el Señor, y se entristece piadosamente. Su memoria también retiene ahora las cosas preciosas de la verdad divina, que una vez rechazó por las bagatelas del tiempo, y sus poderes de meditación y consideración permanecen dentro del círculo de la verdad y la santidad, encontrando allí verdes pastos.

Hecho esto, verás el mismo encantamiento echado sobre los deseos y aspiraciones del hombre cristiano. Ha desechado sus viejas ambiciones y aspira a cosas más nobles. La misma bendita servidumbre ata los planes y designios del hombre. Sigue planeando, pero no es para su propio engrandecimiento; su designio más grandioso es traer joyas a la corona de Cristo. El amor y el odio del hombre renovado están ambos cautivos por el poder de la gracia. Ama a Jesús verdadera e intensamente; odia el pecado con toda su alma.

Es una hermosa vista ver las bandas sagradas de Cristo usadas por nuestros gustos, que son tan volátiles y difíciles de constreñir. La fantasía también, esa nube impalpable, pintada como por el sol poniente, ese fuego fatuo del espíritu, incluso esto es impresionado para el servicio real, y obligado a vestir la librea de Cristo, para que los hombres incluso sueñen con la vida eterna.

Esta es la guerra que Pablo nos llama a pelear. No es una guerra de destrucción, sino de liberación. No perdemos nuestra mente; la ganamos por primera vez. No somos esclavizados; somos hechos verdaderamente libres. Los cautivos de Cristo son los únicos que realmente gobiernan su propio ser.

Pablo ve en el doble resultado de la pequeña lucha que se libraba en Corinto una parábola de los resultados más amplios de la guerra en el mundo. "Unos creyeron y otros no creyeron"; ese ha sido el breve resumen de la experiencia de todos los mensajeros de Dios en todas partes, y es su experiencia hoy.

Cuando habla de estar "prontos para castigar toda desobediencia", alude al ejercicio de su autoridad apostólica contra los antagonistas obstinados. Es hermoso notar la larga-sufrida paciencia con la que retendrá su mano hasta que todo lo que pueda ser ganado haya sido ganado. Pero no debemos olvidar que la conducta de Pablo es una sombra tenue de la de su Señor, y que las armas listas para castigar toda desobediencia eran las armas de Dios.

Si un hombre se endurece contra los esfuerzos del amor divino, construye alrededor de sí mismo una fortaleza de justicia propia y cierra sus puertas contra la entrada misericordiosa de las convicciones de pecado y el conocimiento de un Salvador, y si por lo tanto vive, año tras año, en desobediencia, las armas que él cree haber resistido le harán sentir su filo un día. No podemos ponernos contra la salvación de Jesús sin traer sobre nosotros consecuencias completamente malas y dañinas. Consciencias torpes, corazones hambrientos, voluntades tempestuosas, deseos tiránicos, esperanzas vanas y no vanos temores vienen a ser, por grados lentos, los tormentos del hombre que baja el rastrillo y levanta el puente contra la entrada de Jesús. Hay infiernos suficientes en la tierra si los corazones de los hombres fueran desplegados.

Pero el amor que se ve obligado a herir advierte que está listo para castigar, mucho antes de dejar caer el golpe, y lo hace para que nunca necesite caer. Mientras sea posible que los desobedientes se vuelvan obedientes a Cristo, Él retiene la venganza que está lista para caer y un día caerá "sobre toda desobediencia". No hasta que todos los otros medios hayan sido pacientemente probados permitirá Él que ese terrible final se desplome. Cuelga sobre las cabezas de muchos de nosotros que no sabemos que caminamos bajo la sombra de una roca que en cualquier momento puede ser puesta en movimiento y enterrarnos bajo su peso. Está "preparada", pero todavía está en reposo.

Seamos sabios a tiempo y rindámonos a las armas misericordiosas con las que Jesús quiere abrirse paso en nuestros corazones. O si la metáfora de nuestro texto lo presenta con aspecto demasiado guerrero, escuchemos su propia súplica suave: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él".

Esta es la invitación que resuena a través de los siglos. Cristo no viene como un conquistador implacable a destruirnos, sino como un amante paciente a ganarnos. No quiere esclavos, sino amantes. No busca siervos que teman, sino hijos que amen. Por eso su guerra es una guerra de amor, sus armas son armas de gracia, y su victoria es nuestra liberación.

La campaña contra los piratas de Cilicia resultó en la reducción de ciento veinte fortalezas y la captura de más de diez mil prisioneros. Así como aquellos piratas fueron desalojados de sus guaridas y llevados cautivos, nosotros debemos desalojar los pensamientos que asaltan nuestra alma y llevarlos cautivos a Cristo. Sus cautivos no llevan cadenas; su yugo es fácil, no porque no presione, sino porque está forrado de amor.

Cuando rendimos un pensamiento ansioso a Cristo, encontramos paz. Cuando rendimos un pensamiento impuro, encontramos pureza. Cuando rendimos un pensamiento de odio, encontramos amor. Cada pensamiento que pasa de ser una fortaleza enemiga a ser un cautivo de Cristo es un territorio recuperado para el reino, una victoria en la guerra más importante.

Pablo, el más osado de los pensadores, pone todos sus pensamientos a los pies de Jesús. Esta es su concepción de la libertad intelectual: libertad en Cristo. No es una libertad que rechaza la razón, sino que la eleva a su máxima expresión. No es una libertad que desdeña el conocimiento, sino que lo purifica y lo orienta hacia su verdadero fin. No es una libertad que niega el pensamiento, sino que lo cautiva para que pueda ser verdaderamente libre.

Un escéptico le dijo una vez a un predicador: "Pero, ¿cómo es que el cristianismo realmente quiere el control de tus propios pensamientos? ¿Quién podría realmente conformarse a un sistema así?" La respuesta fue que los pensamientos de un hombre eran su propia vida, y que una religión que va a hacer algo por un hombre debe trabajar sobre sus pensamientos y esforzarse por elevarlos, dándole tanto una ley como un ideal de pensamiento. Esta es una de las glorias del cristianismo.

En el paganismo tienes observancias religiosas divorciadas de la moral, un culto que se adapta a las pasiones más bajas de un hombre. E incluso en la cristiandad, entre las comuniones que han perdido más o menos el contacto con la Biblia y Cristo, el problema es cómo satisfacer los instintos religiosos de los hombres sin molestarlos para que se muevan de su nivel actual de pensamiento y práctica. El propósito de la religión del Nuevo Testamento es la sujeción de todo pensamiento a la obediencia de Cristo.

Estudia el desarrollo del carácter en un hombre que, desde el paganismo práctico, ha sido puesto bajo el poder del evangelio, como Bunyan. Primero, hubo el acto externo de someterse a Cristo. Luego sigue una reforma de la conducta externa. Pero la mayor conquista viene después. Durante mucho tiempo, el problema era que los pensamientos, cuyos surcos habían sido cortados en los viejos días de disolución, podían desbocarse y regocijarse como demonios en las cámaras de su cerebro. Y se necesitaron muchos períodos de lucha y mucha obra poderosa del Espíritu Divino antes de que ese gran reino de la vida estuviera completamente en las manos del Maestro.

"Todo pensamiento" es una frase que cubre casi toda la vida interior del hombre. Los análisis filosóficos de la mente del hombre generalmente la dividen en pensamiento, sentimiento, volición; pero, de hecho, todos estos están mezclados y actúan juntos. Amas a una persona; pero el sentimiento está lleno de pensamiento. Por otro lado, el pensamiento está lleno de sentimiento. El sentimiento de alegría o esperanza produce pensamientos de un tipo, el sentimiento de melancolía los de un opuesto. Y cuando llegas a la volición o voluntad, encuentras pensamiento y sentimiento combinados en cada uno de sus actos. Y Cristo no apuntará a nada menos que a que toda la vida interior le sea sujeta.

Lo que aquí se quiere decir es simplemente que todos nuestros pensamientos sean según el patrón de la propia mente de Dios. El triunfo final del evangelio es que amaremos descubrir cuáles son Sus pensamientos, para interpretarlos, para disfrutarlos, para obedecerlos. Solo cuando el pensamiento del mundo se somete completamente a esta sujeción puede esperar obtener lo mejor o elevarse a lo más alto.

¿Qué es un verdadero músico? Ciertamente alguien que en ese departamento es obediente al pensamiento de Dios. Es simplemente un intérprete de las leyes de la armonía de Dios. Es cierto que algunos de los grandes músicos no han sido conocidos como hombres religiosos; pero en la medida en que fueron grandes en la música, lo fue por la estricta obediencia a la mente de Dios en ese único departamento de ella.

¿Qué hay de los intereses de la verdad, de la investigación científica? ¿Se encerrará el mundo en ideas estrechas? ¿Por qué, no vemos que todo lo que puede descubrirse mediante la investigación, en los cielos arriba o en la tierra abajo, ya es verdad en la mente de Dios? Cada nuevo avance aquí es simplemente llegar a otro de los pensamientos de Dios. ¿La obediencia detiene la investigación? Al contrario, es un llamado a la investigación. Porque necesitamos saber más para poder obedecer más perfectamente.

Nunca podremos obtener lo mejor de la vida hasta que hayamos llevado todos nuestros pensamientos a la obediencia al Cristo de Dios. Imagina un hombre regulado por este principio. Todos sus pensamientos están, por así decirlo, coloreados por la conciencia de la presencia de Dios. Cada pensamiento flota en esto como en una atmósfera.

Solo así un hombre llega a entender qué es la fe y qué puede hacer por él. El secreto del asunto es darse cuenta de que no tienes que esforzarte para ponerte en un estado de mayor exaltación de espíritu para encontrarlo, sino sentir que Él está justo aquí donde tú estás, obrando en y a través de tu vida cada momento. Cuando levantas algo y luego lo dejas caer, hay gravitación, dices. Sí; es Dios obrando. Cuando miras un árbol que empieza a brotar, el encanto está en ver a Dios, tu Gran Compañero, obrando en él. Nadie más podría hacer esto. Él está aquí tanto como en cualquier lugar del universo, aquí en toda Su sabiduría, poder y amor.

He hablado de nuestros pensamientos como flotando en una atmósfera, y como coloreados por ella. Así como en un paisaje las rocas, los bosques, el agua, que ayer parecían negros, sombríos, casi repulsivos, hoy, por su brillo soleado, te atraen y fascinan, y eso simplemente por un cambio en las condiciones atmosféricas; así con las personas y tus pensamientos sobre ellas. Cuando la mente es ganada para la obediencia de Cristo, la atmósfera en la que flotan nuestros pensamientos es la atmósfera de Su amor. ¡Ah, qué diferente se nos presentan nuestros semejantes cuando se ven a través de esa luz!

Esta es la victoria que Cristo quiere dar a cada uno de nosotros. No es una victoria lejana, reservada para unos pocos santos excepcionales. Es una victoria disponible para todo aquel que esté dispuesto a pelear la batalla. Las armas están listas, el Capitán está al frente. Derriba los argumentos que te mantienen cautivo. Demuele las torres de orgullo que has levantado. Rinde cada pensamiento a la obediencia de Cristo.

No esperes a que la roca caiga; entra voluntariamente en la libertad de sus cautivos. Porque cuando entregas tus pensamientos a Cristo, no los pierdes; los encuentras por primera vez. Cuando sometes tu mente a su señorío, no te conviertes en un robot; te conviertes en quien realmente fuiste creado para ser. Cuando permites que tus pensamientos sean cautivados por su amor, descubres que la verdadera libertad no es la ausencia de ataduras, sino la presencia de las ataduras correctas.

Señor Jesucristo, Capitán de nuestra salvación, danos valor para pelear la buena batalla. Ayúdanos a identificar las fortalezas de argumentos en las que nos atrincheramos, a derribar las torres de altivez que levantamos contra tu conocimiento, y a rendir cada pensamiento en obediencia a ti. Haznos cautivos voluntarios de tu amor, para que en tu servicio hallemos perfecta libertad. Amén.

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