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Bosquejo - Sermón: Explicación Romanos 12:3 - Pensar con cordura de nosotros mismos

Una Visión Bíblica de la Autoestima y la Identidad en Cristo

INTRODUCCIÓN: LA PREGUNTA QUE TODOS NOS HACEMOS

En los sermones anteriores hemos recorrido un camino transformador. Comenzamos entendiendo que la vida cristiana es una respuesta a las misericordias de Dios: presentarnos como sacrificio vivo. Aprendimos que esa consagración se logra mediante la renovación de nuestra mente. Luego descubrimos que esa renovación nos lleva a pensar con cordura, ni con orgullo exagerado ni con falsa humildad.

Pero aún queda una pregunta: ¿qué debe pensar exactamente un cristiano acerca de sí mismo? La verdad bíblica sostiene una paradoja: somos a la vez totalmente indignos en nosotros mismos y completamente valiosos en Cristo.

Para entenderlo, necesitamos examinar tres verdades: quiénes éramos sin Cristo, quiénes somos en Cristo a la luz del Salmo 8, y cómo vivir a la luz de esa nueva identidad.


I. LO QUE ÉRAMOS SIN CRISTO: UNA VISIÓN REALISTA

Texto: "Porque todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." (Romanos 3:23)


Explicación:

Antes de Cristo éramos pecadores, muertos en delitos y pecados, enemigos de Dios. Esta no es una visión pesimista para deprimirnos, sino realista para salvarnos. No apreciamos la gracia hasta que entendemos nuestra necesidad.


Aplicación:

Reconocer nuestra condición nos mantiene humildes. Cuando el orgullo amenace, recuerda de dónde te sacó Dios.


Pregunta:

¿Has enfrentado la realidad de lo que eras sin Cristo, o vives como si merecieras su favor?


Textos:

Efesios 2:1-3; Isaías 64:6.


Frase:

"El que no conoce la profundidad de su caída, no puede apreciar la altura de su redención." — Spurgeon


II. LO QUE SOMOS EN CRISTO: NUESTRA NUEVA IDENTIDAD

Texto: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." (2 Corintios 5:17)


Explicación Bíblica:

Si el evangelio solo nos dijera lo que éramos sin Cristo, sería una mala noticia. Pero la buena noticia es que en Cristo somos completamente nuevas criaturas. Nuestra identidad ya no está determinada por nuestro pecado, sino por nuestra unión con Él.


Ejemplo: "Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra." (Salmo 8:5-6)

El Salmo 8 revela el diseño original de Dios: fuimos creados poco menores que los ángeles, coronados de gloria, y con señorío sobre la creación. El pecado dañó todo esto: la imagen se desfiguró, la corona cayó, el señorío se pervirtió.

Pero en Cristo comienza la restauración. La imagen de Dios se renueva día a día (2 Corintios 3:18). La corona se recupera: somos linaje escogido, real sacerdocio (1 Pedro 2:9). El señorío se restaura: ya no somos esclavos del pecado, tenemos autoridad sobre él (Romanos 6:12).


Aplicación:

En Cristo, no solo eres perdonado; eres restaurado a tu diseño original. Eres poco menor que los ángeles, coronado de gloria, llamado a señorear.


Pregunta:

¿Vives como alguien restaurado, o permites que el pecado siga desfigurando tu identidad?


Textos:

2 Corintios 3:18; 1 Pedro 2:9; Hebreos 2:6-9; Romanos 6:12-14.


Frase:

"En Cristo no solo somos perdonados; somos restaurados. El diseño original comienza a cumplirse de nuevo en nosotros." — Herman Bavinck


III. CÓMO VIVIR A LA LUZ DE ESTA IDENTIDAD: EL EQUILIBRIO

Texto: "Que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura." (Romanos 12:3)


Explicación:

La cordura bíblica sostiene dos verdades en tensión: nuestra indignidad y nuestro valor en Cristo. Nos protege del orgullo y de la falsa humildad.


Aplicación:

Afirmaciones de equilibrio:

- Soy pecador, pero también hijo amado.

- En mí no hay nada bueno, pero en Cristo soy nueva creación.

- No merezco nada, pero Dios me ha dado todo.

- Sin Cristo nada puedo, pero con Cristo todo lo puedo.

- Soy débil, pero su poder se perfecciona en mí.

- Aún no soy lo que debo ser, pero ya no soy lo que era.

- Fui destituido de gloria, pero soy transformado de gloria en gloria.

- Perdí mi corona, pero en Cristo soy coronado nuevamente.

- Ya no soy esclavo, soy hijo y heredero.


Pregunta:

¿Cuál de estas afirmaciones necesitas creer más en esta temporada?


Textos:

Romanos 12:6-8; Gálatas 6:3-5.


Frase:

"La verdadera humildad no es pensar mal de nosotros mismos, sino no pensar en nosotros mismos en absoluto." — Andrew Murray


CONCLUSIÓN: LLAMADO A LA ACCIÓN

Hemos visto tres verdades: lo que éramos sin Cristo, lo que somos en Cristo, y cómo vivir con cordura.


Llamado:

- Examina tu identidad.

- Acepta tu restauración.

- Afirma las verdades de equilibrio.

- Vive en libertad.


VERSION LARGA

La Paradoja de Nuestra Identidad: Una Meditación sobre Quiénes Somos en Cristo

Hay preguntas que nos persiguen desde lo más profundo del ser, preguntas que no podemos acallar con distracciones ni silenciar con ocupaciones. ¿Quién soy? ¿Qué valor tengo? ¿Importa mi vida en este vasto universo? Son preguntas que todos nos hacemos, aunque a veces las ahoguemos en el ruido de la vida cotidiana. Y en nuestra cultura obsesionada con la autoimagen, las respuestas que recibimos son tan variadas como contradictorias. Por un lado, el mundo nos grita que debemos amarnos a nosotros mismos, que debemos tener alta autoestima, que debemos creer en nuestro propio potencial, que somos maravillosos simplemente porque existimos. Por otro lado, muchos cristianos han reaccionado cayendo en un falso concepto de humildad que los lleva a menospreciarse, a negar sus dones, a vivir con un sentido de inferioridad que no es bíblico. Y así oscilamos entre el orgullo que nos infla y la falsa humildad que nos deprime, sin encontrar el punto de equilibrio que solo la Palabra de Dios puede darnos.

Hemos recorrido un camino largo en esta serie de sermones, un camino que comenzó con la comprensión de que la vida cristiana es una respuesta radical a las misericordias de Dios. Recordarán que en el primer sermón aprendimos a presentarnos como sacrificio vivo, ofreciendo todo nuestro ser en culto racional a Aquel que nos amó primero. Luego descubrimos que esa consagración no es posible sin la renovación de nuestra mente, sin ese proceso de transformación interior que nos permite pensar de manera diferente. Y en el sermón anterior, vimos que esa renovación nos lleva a una nueva manera de pensar acerca de nosotros mismos: ni con orgullo exagerado ni con falsa humildad, sino con cordura, según la medida de fe que Dios nos ha dado.

Pero aún quedaba una pregunta fundamental, la pregunta que ahora nos ocupa: ¿qué debe pensar exactamente un cristiano acerca de sí mismo? Porque no basta con decir que debemos pensar con cordura; necesitamos saber en qué consiste esa cordura, cuáles son las verdades concretas que debemos afirmar acerca de nosotros mismos. Y la respuesta, como veremos, no es simple ni unidimensional. Es una paradoja que solo la fe puede sostener, una tensión que define la identidad cristiana. Somos a la vez totalmente indignos en nosotros mismos y completamente valiosos en Cristo. No es una contradicción lógica que debamos resolver, sino un misterio que debemos abrazar.

Para entender esta paradoja, necesitamos examinar tres verdades fundamentales. La primera tiene que ver con quiénes éramos sin Cristo, una visión realista de nuestra condición que nos mantiene humildes y agradecidos. La segunda nos revela quiénes somos en Cristo a la luz del Salmo 8, mostrándonos cómo nuestro diseño original comienza a restaurarse en nosotros. Y la tercera nos enseña cómo vivir a la luz de esa nueva identidad, sosteniendo el equilibrio bíblico entre nuestra indignidad y nuestro valor.

Cuando consideramos quiénes éramos sin Cristo, la Escritura no se anda con rodeos. Pablo declara sin ambages: "Porque todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios". Esta es la realidad de nuestra condición fuera de Cristo. No éramos simplemente personas que cometían errores de vez en cuando, sino seres con una naturaleza inclinada al mal. Pablo describe esta condición con palabras que duelen: "muertos en delitos y pecados", "por naturaleza hijos de ira", "enemigos de Dios". No es un lenguaje para halagar nuestro orgullo, sino para revelar nuestra necesidad.

Un comentarista señala con agudeza: "La humildad bíblica no comienza con pensarnos menos, sino con conocernos mejor". Conocernos mejor significa reconocer que en nosotros mismos no hay nada de qué jactarnos. Nuestra justicia es como trapo de inmundicia. Nuestros mejores esfuerzos están teñidos de egoísmo. Nuestros corazones son engañosos y perversos. No podemos mirar dentro de nosotros sin encontrar una mezcla de motivos, una contaminación de pecado, una inclinación al mal que nos acompaña incluso en nuestros mejores momentos.

Pero esta verdad no es el final de la historia. No es una visión pesimista para deprimirnos, sino una visión realista para salvarnos. El médico no puede curar al paciente que niega estar enfermo. No podemos apreciar la gracia hasta que entendemos la magnitud de nuestra necesidad. Reconocer nuestra condición sin Cristo no es para que vivamos en constante condenación, sino para que valoremos la gracia. Cuando el orgullo espiritual amenace con inflarnos, debemos recordar de dónde nos sacó Dios. Cuando la autosuficiencia nos tiente a confiar en nuestras propias fuerzas, debemos recordar que todo lo que tenemos lo recibimos.

Y sin embargo, esta no es la única verdad que debemos saber acerca de nosotros mismos. Porque si el evangelio solo nos dijera lo que éramos sin Cristo, sería una mala noticia, no una buena noticia. La buena noticia es que en Cristo somos completamente nuevas criaturas, y esa nueva creación implica la restauración de nuestro diseño original. Para entender esto, necesitamos volver al Salmo 8, ese hermoso poema donde David contempla los cielos estrellados y se maravilla de que el Creador del universo se haya dignado a fijarse en el hombre.

El Salmo 8 nos presenta el diseño original de Dios para la humanidad. David, bajo la inspiración del Espíritu, declara tres verdades asombrosas sobre nuestra naturaleza creada. Primero, fuimos creados "poco menores que los ángeles". La palabra hebrea es Elohim, que puede traducirse como "Dios" o "seres celestiales". El hombre fue creado apenas un escalón por debajo de los seres celestiales, dotado de una naturaleza espiritual, racional e inmortal, hecho a imagen y semejanza de Dios. Esta es nuestra dignidad esencial, el fundamento de todo nuestro valor.

Segundo, fuimos "coronados de gloria y de honra". Dios mismo colocó una corona sobre nuestra cabeza. No merecíamos ese honor; lo recibimos como un don. La gloria, kavod en hebreo, es el peso, la sustancia, la manifestación visible de la presencia divina. La honra, hadar, es la belleza, la majestad, el esplendor. El hombre fue creado para reflejar la gloria de su Creador, para ser un espejo viviente de la bondad divina, un poema escrito con la tinta de la gracia.

Tercero, recibimos señorío sobre la creación. Dios puso todas las cosas debajo de nuestros pies: los animales domésticos, las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar. Fuimos designados como sus virreyes en la tierra, mayordomos responsables de su creación, administradores de sus bienes.

Pero cuando el pecado entró en el mundo, todo esto se dañó profundamente. La imagen de Dios en nosotros se desfiguró, como un espejo roto que ya no refleja fielmente la imagen que debería reflejar. La corona cayó al polvo, y con ella nuestra dignidad real. El señorío se pervirtió en explotación y violencia, en dominio tiránico sobre la creación y sobre otros seres humanos. Pablo declara que estamos "destituidos de la gloria de Dios". La palabra "destituidos" significa carecer de, estar privados de. Perdimos la gloria que Dios nos había dado. No es que hayamos dejado de ser humanos, pero nuestra humanidad quedó gravemente herida, desfigurada, caída.

Y aquí es donde el evangelio irrumpe con su luz transformadora. Porque cuando nos convertimos a Cristo Jesús, comienza un proceso de restauración. El Nuevo Testamento nos muestra cómo lo que el Salmo 8 describe comienza a ser recuperado en nosotros. No instantáneamente, no plenamente, pero realmente. Lo que Adán perdió, el segundo Adán lo recupera, y en Él nosotros comenzamos a experimentar esa restauración.

La naturaleza, ese ser creado "poco menor que los ángeles", comienza a restaurarse. En Cristo, la imagen de Dios en nosotros es renovada. Pablo dice: "Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor". No es instantáneo, pero es real. Día tras día, nuestra naturaleza es conformada a la de Cristo. Ya no somos simplemente seres caídos; somos seres en proceso de restauración, llevando nuevamente la imagen de nuestro Creador. Como un escultor que trabaja pacientemente el mármol, el Espíritu Santo va tallando en nosotros los rasgos de Cristo, eliminando lo que no pertenece, puliendo lo que está áspero, restaurando la belleza original.

La corona, esa gloria y honra que habíamos perdido, comienza a recuperarse. Pedro declara que somos "linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios". Ya no somos mendigos espirituales; somos reyes y sacerdotes. No porque lo merezcamos, sino por la gracia de Dios. La corona que Adán perdió, Cristo la recuperó, y en Él nosotros comenzamos a recuperarla. Aunque aún no vemos la gloria plena, ya tenemos las arras de ella. Somos tratados como reyes porque el Rey nos ha hecho sus hijos. Somos vestidos con vestiduras reales, aunque todavía no hayamos sido coronados en la plenitud del reino.

El señorío, ese dominio sobre la creación que se había pervertido, comienza a restaurarse. Aunque aún no vemos todas las cosas sujetas al hombre, como dice el autor de Hebreos, en Cristo comenzamos a ejercer un nuevo tipo de dominio. Ya no somos esclavos del pecado; tenemos autoridad sobre él. Pablo nos dice: "No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal". Eso implica que tenemos el poder, en Cristo, de ejercer dominio sobre el pecado. Aprendemos a administrar la creación con mayordomía, no con explotación. Aprendemos a relacionarnos con los demás con amor, no con dominio. Y esperamos el día en que, con Cristo, reinaremos sobre la nueva creación, cuando toda la creación sea liberada de la esclavitud de corrupción.

Un comentarista lo expresa con una claridad hermosa: "En Cristo, el diseño original de Dios para la humanidad comienza a realizarse de nuevo. No plenamente, pero realmente. Somos restaurados a nuestra verdadera identidad". Esto significa que cuando te conviertes a Cristo, no solo eres perdonado; eres restaurado a tu diseño original. Comienzas a ser quien realmente fuiste creado para ser. Tu identidad ya no está determinada por tu pecado, sino por el propósito original de Dios. Eres poco menor que los ángeles, coronado de gloria y honra, y llamado a señorear bajo el señorío de Cristo.

Esto tiene implicaciones prácticas profundas. Significa que puedes vivir con dignidad, no por orgullo, sino porque Dios te ha dado esa dignidad. No tienes que andar por la vida arrastrándote, sintiéndote inferior, menospreciándote. Dios te ha puesto una corona. Significa que puedes vivir con autoridad sobre el pecado, no por tus propias fuerzas, sino porque Cristo te ha dado esa autoridad. Ya no tienes que ser esclavo de tus pasiones, de tus adicciones, de tus miedos. En Cristo, puedes ejercer dominio sobre ellos. Significa que puedes vivir con propósito, no vagando sin rumbo, sino cumpliendo el diseño para el cual fuiste creado. Tu vida tiene un sentido, una dirección, una meta.

Pero aquí debemos tener cuidado. Porque esta verdad sobre nuestra restauración en Cristo no debe llevarnos al orgullo espiritual. No debemos pensar demasiado alto de nosotros mismos, atribuyéndonos méritos que no tenemos, olvidando que todo esto es gracia. Tampoco debemos caer en la falsa humildad, pensando demasiado bajo de nosotros mismos, negando los dones que Dios nos ha dado, viviendo como si no fuéramos nada cuando Dios dice que somos sus hijos restaurados.

Por eso Pablo nos llama a pensar con cordura. La palabra que usa en Romanos 12:3 es sōphronein, que significa tener una mente sana, estar en su sano juicio, pensar con claridad, ser sensato, moderado, disciplinado. Es la capacidad de sostener dos verdades en tensión: nuestra total indignidad en nosotros mismos y nuestro inmenso valor en Cristo. Es el equilibrio que nos protege tanto del orgullo como de la falsa humildad.

Un expositor lo expresa con una frase que ha resonado a través de los siglos: "La verdadera humildad no es pensar menos de ti mismo; es pensar en ti mismo menos". Es decir, no se trata de obsesionarnos con nuestra indignidad, ni de obsesionarnos con nuestra restauración, sino de ocuparnos menos de nosotros mismos y más de Dios y del prójimo. La persona verdaderamente humilde no es la que constantemente se menosprecia, sino la que, sabiendo quién es en Cristo, puede olvidarse de sí misma para servir a los demás.

Para ayudarnos a vivir en este equilibrio, necesitamos afirmar verdades que mantengan la tensión bíblica. Aquí hay algunas afirmaciones que todo cristiano debe recordar acerca de sí mismo, verdades que nos mantienen humildes y esperanzados al mismo tiempo:

Soy un pecador, pero también un hijo amado de Dios. Esta afirmación reconoce mi condición sin negar mi identidad. No soy solo un pecador; soy un pecador perdonado, adoptado, amado.

En mí no hay nada bueno, pero en Cristo soy una nueva creación. Lo que soy en mí mismo no es lo que soy en Cristo. Mi identidad no está determinada por mi carne, sino por mi unión con Él.

No merezco nada, pero Dios me ha dado todo en su gracia. Esta paradoja es el corazón del evangelio: no merecemos nada, y sin embargo lo hemos recibido todo.

Mi corazón es engañoso, pero el Espíritu Santo mora en mí. La presencia del Espíritu en mi vida es la garantía de que no estoy abandonado a mi propio engaño.

Sin Cristo nada puedo hacer, pero con Cristo todo lo puedo en Él que me fortalece. Mi debilidad no es el final, porque su poder se perfecciona en ella.

Soy débil, pero su poder se perfecciona en mi debilidad. No tengo que pretender ser fuerte; puedo ser honesto acerca de mi debilidad, porque sé que en ella Cristo muestra su poder.

Aún no soy lo que debo ser, pero ya no soy lo que era. Estoy en proceso, en camino, siendo transformado de gloria en gloria.

Mi pasado fue perdonado, mi presente está en sus manos, mi futuro está asegurado. Nada de lo que soy o he sido escapa al alcance de su gracia.

No soy perfecto, pero soy perdonado. La perfección no es la base de mi relación con Dios; el perdón sí.

Fui destituido de la gloria de Dios, pero estoy siendo transformado de gloria en gloria. La pérdida no es permanente; la restauración está en marcha.

Perdí mi corona, pero en Cristo estoy siendo coronado nuevamente. Lo que se perdió en Adán se recupera en Cristo.

Ya no soy esclavo del pecado, soy hijo y heredero. Mi identidad ha cambiado radicalmente; mi estatus ha sido transformado.

Estas afirmaciones no son simples frases para repetir mecánicamente. Son verdades para meditar, para creer, para vivir. Son el mapa que nos guía entre los peligros del orgullo y la falsa humildad. Son la brújula que nos orienta en la niebla de la confusión acerca de nosotros mismos.

Ahora, la pregunta que cada uno debe responder es personal e ineludible: ¿cuál de estas afirmaciones necesitas creer más en esta temporada de tu vida? ¿Dónde has perdido el equilibrio? ¿Estás inclinado hacia el orgullo, pensando demasiado alto de ti mismo, atribuyéndote méritos que no tienes? ¿O estás inclinado hacia la falsa humildad, pensando demasiado bajo, negando lo que Dios está haciendo en ti? La respuesta no es la misma para todos, ni siquiera es la misma para cada uno en diferentes momentos de la vida. Por eso necesitamos examinarnos constantemente, pidiendo al Espíritu que nos muestre dónde necesitamos corrección.

Hemos visto tres verdades fundamentales que todo cristiano debe pensar acerca de sí mismo. Primero, sin Cristo, éramos pecadores perdidos, sin esperanza y sin Dios. Esta verdad nos mantiene humildes y agradecidos, nos impide enorgullecernos, nos recuerda de dónde venimos. Segundo, en Cristo, comenzamos a ser restaurados a nuestro diseño original: hechos poco menores que los ángeles, coronados de gloria y honra, llamados a señorear bajo el señorío de Cristo. Esta verdad nos da identidad, propósito y esperanza, nos permite vivir con dignidad y autoridad. Tercero, a la luz de ambas, vivimos con cordura, sosteniendo en equilibrio nuestra indignidad y nuestro valor, afirmando las verdades que nos mantienen en el camino correcto.

Esta es la visión bíblica de la autoestima cristiana. No es la autoestima inflada del mundo, que nos dice que somos maravillosos en nosotros mismos, que debemos creer en nuestro propio potencial, que el valor está en nuestro interior. Tampoco es el auto-desprecio de una falsa espiritualidad, que nos dice que no valemos nada, que debemos aniquilarnos, que nuestra única identidad es la de pecadores. Es la autoestima de la gracia: valiosos porque Dios nos hizo valiosos, dignos porque Él nos hizo dignos, amados porque Él nos amó primero, y restaurados porque Él está obrando en nosotros.

Cuando Pablo escribió a los romanos, les dijo: "Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno". No es un llamado a la mediocridad, a una vida sin aspiración. Es un llamado a la realidad, a vivir dentro de los límites de lo que Dios nos ha dado, pero a vivir plenamente dentro de esos límites. Es un llamado a conocernos a nosotros mismos como Dios nos conoce, a vernos como Él nos ve.

Y la maravilla de todo esto es que el mismo Dios que nos conoce perfectamente nos ama incondicionalmente. No nos ama a pesar de lo que somos, sino que nos ama y luego nos transforma en lo que debemos ser. No espera a que seamos perfectos para aceptarnos; nos acepta en Cristo y luego nos va perfeccionando. No nos dice "cambia y entonces te amaré"; nos dice "te amo, ahora deja que te cambie".

Por eso podemos examinar nuestra identidad sin miedo. Podemos preguntarnos: ¿dónde estoy buscando mi valor? ¿En mis logros, en la opinión de los demás, en mi desempeño, en mis posesiones? ¿O en lo que Dios dice de mí? La respuesta a esta pregunta determinará la estabilidad de nuestra vida emocional y espiritual. Porque todo lo demás puede fallar: los logros pueden desvanecerse, la opinión de los demás puede cambiar, el desempeño puede fluctuar, las posesiones pueden perderse. Pero lo que Dios dice de nosotros permanece para siempre.

Por eso podemos aceptar nuestra restauración con gratitud. No tenemos que pretender ser lo que no somos, ni negar lo que estamos llegando a ser. Podemos agradecer a Dios porque en Cristo estamos siendo transformados de gloria en gloria. Podemos celebrar el progreso sin olvidar que aún no hemos llegado. Podemos regocijarnos en lo que Dios está haciendo sin caer en la presunción de que ya lo hemos logrado todo.

Por eso podemos afirmar las verdades de equilibrio, eligiendo las que más necesitamos en cada temporada. Hoy quizás necesites recordar que eres hijo, no esclavo. Mañana quizás necesites recordar que sin Cristo nada puedes hacer. La semana que viene quizás necesites recordar que con Cristo todo lo puedes. El equilibrio no es estático; es dinámico. Se ajusta a nuestras necesidades cambiantes.

Y por eso podemos vivir en libertad. Porque nuestra identidad está segura en Cristo, ya no necesitamos probar nada. Podemos vivir para Dios y para los demás sin la carga de tener que demostrar nuestro valor constantemente. Podemos servir sin buscar reconocimiento, dar sin esperar recompensa, amar sin condiciones. La libertad de los hijos de Dios es precisamente esa: la libertad de ser quienes somos sin la ansiedad de tener que demostrarlo.

Al terminar esta meditación, quiero invitarte a hacer una pausa. No para que memorices puntos de un sermón, sino para que te encuentres con la verdad de quién eres en Cristo. Cierra los ojos por un momento, si puedes, y deja que estas verdades penetren en lo más profundo de tu ser. Tú, que tal vez has vivido con un sentido de inferioridad, creyendo que no vales nada, escucha: eres poco menor que los ángeles, coronado de gloria y honra. Tú, que tal vez has vivido con orgullo, confiando en tus propias fuerzas, escucha: sin mí nada podéis hacer. Tú, que tal vez has vivido atrapado en el pecado, creyendo que nunca podrás cambiar, escucha: el pecado no se enseñoreará de ti, porque no estás bajo la ley, sino bajo la gracia. Tú, que tal vez has vivido sin propósito, vagando sin dirección, escucha: fuiste creado para señorear, para administrar, para reflejar la gloria de Dios.

Esta es la verdad acerca de ti. No la verdad que el mundo te dice, no la verdad que tus sentimientos te susurran, no la verdad que tus fracasos te gritan. Es la verdad de Dios, la única que permanece, la única que puede sostenerte, la única que puede liberarte.

Y ahora, con esa verdad resonando en tu corazón, puedes levantarte y vivir. No para probar algo, sino porque ya lo tienes todo en Cristo. No para ganar su favor, sino porque ya lo has recibido. No para ser alguien, sino porque ya eres su hijo. Ve y vive en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Ve y vive con la dignidad de quien ha sido coronado de gloria. Ve y vive con la autoridad de quien ha sido liberado del pecado. Ve y vive con el propósito de quien ha sido restaurado a su diseño original. Y mientras vives, recuerda siempre: no eres lo que hiciste, ni lo que te hicieron, ni lo que otros piensan de ti. Eres lo que Dios dice que eres. Y lo que Dios dice es esto: eres mi hijo amado, en quien tengo complacencia. Amén.


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