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BOSQUEJO - SERMÓN: SALMO DE PROTECCIÓN - SALMO 7

SALMO DE PROTECCIÓN - SALMO 7

Introducción: 

Hay horas en la vida donde las palabras se convierten en armas. No las espadas ni las lanzas, sino los susurros que se propagan en los corredores del poder, las insinuaciones que se disfrazan de información, las calumnias que, una vez lanzadas, vuelan más lejos y más rápido que cualquier proyectil humano. El Salmo 7 nos sitúa precisamente en una de esas horas. Su título es un archivo histórico cifrado: Sigaión de David, que cantó a Jehová acerca de las palabras de Cus, hijo de Benjamín. Sigaión —palabra de significado incierto, quizá una composición poética de ritmo apasionado, un clamor errante, una meditación con estribillo— sugiere que este no es un salmo para ser recitado en la serenidad del templo, sino arrancado del alma en el fragor de la batalla, en la agonía de la falsa acusación.

¿Quién es Cus, hijo de Benjamín? Los comentaristas antiguos y modernos ofrecen dos posibilidades. Pudo ser el mismo Saúl, designado aquí con un nombre enigmático que juega con el nombre de su padre, Kis, y con su carácter: Cus evoca la tierra de Etiopía, el hombre de piel oscura, y por extensión poética, el corazón ennegrecido por la malicia. O pudo ser un oficial prominente de la corte de Saúl, un calumniador profesional cuyo nombre la historia no ha conservado, pero cuya lengua destructora mereció un lugar en la Escritura eterna. Sea quien fuere, su veneno fue suficiente para obligar a David —el guerrero que había derribado a Goliat, el estratega que había burlado las lanzas de Saúl— a hacer lo único que no podía hacer por sí mismo: comparecer ante el Juez invisible.

Este salmo es, pues, la transcripción inspirada de un juicio celestial. David no toma la justicia en sus manos; la deposita en las manos del único Juez justo. No moviliza a sus partidarios; moviliza su fe. No publica una refutación propagandística; publica una oración. Y al hacerlo, nos enseña que la verdadera victoria sobre la calumnia no es silenciar al acusador, sino someterse voluntariamente al escrutinio de Aquel que examina los riñones y el corazón.

Frase de enlace: Este proceso judicial de la fe se despliega en tres movimientos inconfundibles: primero, la oración del perseguido que corre al refugio divino; segundo, el juramento del acusado que se somete al veredicto del Juez; tercero, la certeza profética del justo que contempla la autodestrucción del mal.


I. El Refugio del Perseguido: La Oración como Acto de Confiar. Salmo 7:1-2

Texto: Jehová Dios mío, en ti he confiado; sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame, no sea que desgarre mi alma cual león, y la despedace, sin que haya quien libre.


Explicación Exegética:

Elemento central: el verbo חָסָה (chasah). Los comentaristas coinciden en que este término no significa meramente confiar en un sentido general, sino buscar refugio, acogerse a protección, correr a ponerse a cubierto. La versión de los Setenta lo traduce como ἐλπιῶ, esperaré, pero la imagen original es mucho más concreta y corporal. David no está expresando un sentimiento de optimismo; está describiendo una acción: ha corrido hacia Dios como se corre hacia una ciudad de refugio, como el perseguido se arroja a los brazos del vengador de sangre. El perfecto hebreo (chasiti) indica que esta acción ya está realizada, que el refugio ya está habitado. No es una resolución para el futuro, sino una declaración sobre una decisión ya tomada en el pasado y sostenida en el presente.

Elemento relacionado: la metáfora del león. El cambio abrupto del plural (todos los que me persiguen) al singular (no sea que desgarre... y la despedace) revela que David tiene en mente un enemigo particularmente feroz —probablemente el mismo Cus, o quizá Saúl como instigador principal. El verbo ṭāraf (desgarrar) y pāraq (despedazar, quebrantar huesos) provienen del vocabulario de la depredación. El león no mata limpiamente; desgarra, tritura, craquela los huesos. La frase sin que haya quien libre subraya la soledad radical del perseguido: ningún aliado humano, ningún recurso terrenal, ninguna estrategia política puede intervenir. Solo Dios.


Aplicaciones Prácticas (Afirmaciones):

1. La confianza bíblica no es un sentimiento vago sino un acto deliberado de trasladarse al refugio divino, abandonando toda otra fortaleza.

2. Reconocer nuestra absoluta indefensión —sin que haya quien libre— no es derrotismo sino el presupuesto mismo de la salvación.

3. Dios no es uno entre muchos refugios; es el único lugar donde el perseguido puede estar verdaderamente seguro, porque Él mismo es la ciudad de asilo.

4. La oración por liberación no es pasividad cobarde sino militante confianza en el poder del Defensor divino.


Preguntas de Confrontación:

1. ¿Cuál es tu primer reflejo cuando la calumnia te persigue: correr hacia el teléfono para defenderte, o correr hacia el Trono para refugiarte?

2. ¿Has experimentado la soledad radical de sin que haya quien libre? ¿Qué reveló esa experiencia acerca de la suficiencia de Dios?

3. ¿En qué áreas de tu vida sigues confiando en tus propias estrategias de autoprotección en lugar de refugiarte plenamente en Él?

4. ¿Qué significa para ti, en tu vida concreta, que Dios sea tu ciudad de refugio en el siglo veintiuno?


Textos Bíblicos de Apoyo (Salmos):

Salmo 11:1: En Jehová he confiado; ¿cómo decís a mi alma: escapad al monte cual ave?

Salmo 18:2: Jehová es mi roca, mi fortaleza y mi libertador; mi Dios, mi fortaleza, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.

Salmo 31:1-2: En ti, oh Jehová, he confiado; no sea yo confundido para siempre... inclina a mí tu oído, líbrame pronto; sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para salvarme.

Salmo 57:1: Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí; porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.

Salmo 91:2: Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré.


Frase Célebre:

La fe no es creer que Dios puede, sino que Dios quiere; y habiéndose refugiado en Él, reposar allí sin mover una mano para defenderse a sí mismo. — Charles Spurgeon



II. La Declaración de Integridad: El Juramento del Acusado Inocente. Salmo 7:3-5

Texto: Jehová Dios mío, si yo hice esto, si hay en mis manos iniquidad; si di mal pago al que estaba en paz conmigo, antes bien, he librado al que sin causa era mi enemigo, persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; pise en tierra mi vida, y mi honra ponga en el polvo. Selah.


Explicación Exegética:

Elemento central: la estructura de juramento condicional o auto-maldición. Los comentaristas son unánimes en reconocer aquí una de las formas más solemnes de vindicación propia en el Antiguo Testamento. David no se limita a negar la acusación; invoca sobre sí mismo consecuencias terribles si su negación es falsa. La partícula condicional 'im (si) introduce la prótasis, seguida de una apódosis de auto-imprecación que pide persecución, captura, muerte y entierro ignominioso. Esto no es la jactancia del fariseo que se cree perfecto; es la transparencia radical del hombre que sabe que Dios lo conoce plenamente y que, por tanto, puede someterse a Su escrutinio sin temor a ser hallado culpable de esta acusación específica.

Elemento relacionado: la referencia histórica al incidente de la cueva. La frase antes bien, he librado al que sin causa era mi enemigo ha sido objeto de debate. Algunos comentaristas, siguiendo a Hengstenberg y otros, proponen traducir el verbo jālaṣ como despojar en lugar de librar, entendiendo una referencia al corte del borde del manto de Saúl en la cueva de En-gadi (1 Samuel 24). Sin embargo, la mayoría de los expositores mantienen el sentido tradicional de librar, rescatar, y ven aquí una alusión a los dos momentos en que David perdonó la vida de Saúl. La interpretación más coherente con el contexto de vindicación es que David está diciendo: Lejos de pagar mal al que estaba en paz conmigo, he hecho lo contrario: he librado a mi propio enemigo cuando lo tenía en mis manos. La acusación de Cus —cualquiera que fuese— quedaba así refutada no solo con palabras, sino con hechos históricos.


Aplicaciones Prácticas (Afirmaciones):

1. La integridad cristiana no consiste en la ausencia total de pecado —David nunca afirmó eso— sino en la transparencia radical ante Dios y los hombres respecto a acusaciones específicas.

2. Podemos someternos al escrutinio divino sin temor cuando nuestra conciencia, iluminada por el Espíritu y examinada a la luz de la Escritura, no nos acusa en áreas concretas.

3. La falsa acusación no debe responderse con venganza ni con defensa propia ansiosa, sino con apelación tranquila al Juez que conoce la verdad completa.

4. La disposición a ser examinado por Dios —incluso a ser maldito si somos hallados culpables— es la marca distintiva del corazón sincero.


Preguntas de Confrontación:

1. ¿Puedes, como David, invitar a Dios a examinar áreas específicas de tu vida sin temor a ser hallado culpable?

2. ¿Respondes a las falsas acusaciones con defensa propia ansiosa, con silencio resentido, o con apelación tranquila al Juez omnisciente?

3. ¿Hay alguna acusación contra ti que sea verdadera? ¿Has confesado esa área y buscado restauración?

4. ¿Qué revela tu reacción ante la crítica —verdadera o falsa— acerca de la profundidad de tu confianza en la justicia divina?


Textos Bíblicos de Apoyo (Salmos):

Salmo 17:3: Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste; he resuelto que mi boca no transgreda.

Salmo 26:1-2: Júzgame, oh Jehová, porque yo en mi integridad he andado; he confiado asimismo en Jehová, no titubearé. Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; examina mis íntimos pensamientos y mi corazón.

Salmo 139:23-24: Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.

Salmo 18:20-24: Jehová me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos de Jehová...


Frase Célebre:

Una buena conciencia es un banquete continuo. Significa más que todas las riquezas del mundo. Es un reino sin problemas, una salud sin enfermedad, una alegría sin tristeza. — Thomas Brooks



III. El Destino del Malvado: La Autodestrucción del Mal. Salmo 7:14-16

Texto: He aquí, el impío concibió maldad, se prefió de iniquidad, y dio a luz engaño. Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; y en el hoyo que hizo caerá. Su maldad volverá sobre su cabeza, y su agravio descenderá sobre su coronilla.


Explicación Exegética:

Elemento central: la metáfora obstétrica del pecado. Los comentaristas destacan la precisión y la ironía de este lenguaje. David emplea tres verbos que describen el proceso del parto: concibió (ibbar, hacerse preñado), se prefió (ḥabal, estar de parto, sufrir dolores de alumbramiento), dio a luz (yālad, parir). El orden es deliberadamente anómalo: primero menciona los dolores de parto, luego la concepción, luego el nacimiento. Esta inversión subraya que el mal es un proceso orgánico, biológico, inevitable: una vez concebido en el corazón, crece secretamente en las entrañas, produce dolores de parto que exigen alumbramiento, y finalmente da a luz su fruto. Pero el fruto no es el poder o la venganza que el impío esperaba; es falsedad (šeqer), engaño, vanidad, autoengaño. El parto termina en decepción: lo que nace no es un hijo vivo sino un feto muerto, una burbuja que estalla, una promesa incumplida.


Elemento relacionado: la metáfora del cazador cazado. La imagen del pozo (bōr) y el hoyo (šaḥat) proviene del lenguaje de la caza mayor. El cazador cavaba trampas profundas, las camuflaba con ramas y tierra, y esperaba que la presa cayera en ellas. La ironía trágica y justa es que el cazador mismo se convierte en presa: en el hoyo que hizo caerá. Los comentaristas señalan que el verbo pā'al (hacer, obrar) en la frase el hoyo que hizo está en participio presente, indicando una acción en curso: cayó en el mismo hoyo que estaba haciendo. La justicia divina no siempre requiere un rayo del cielo; a menudo consiste simplemente en permitir que el mal siga su curso natural hasta su autodestrucción.


Aplicaciones Prácticas (Afirmaciones):

1. El pecado no es un acto aislado sino un proceso orgánico que, concebido en el corazón, gestado en secreto y alumbrado con dolor, inevitablemente produce muerte y autoengaño.

2. La justicia divina no siempre requiere intervención milagrosa; Dios ha diseñado un universo moral donde el mal lleva en sí mismo la semilla de su propia destrucción.

3. Podemos descansar en que ninguna conspiración contra el justo prosperará eternamente; la trampa eventualmente atrapa a su cazador.

4. La certidumbre del juicio futuro debe movernos a arrepentimiento humilde, no a jactancia farisaica ni a desprecio del impío.


Preguntas de Confrontación:

1. ¿Qué concepciones de iniquidad albergas en tu corazón que aún no han dado a luz su fruto mortal?

2. ¿Has visto evidencia en tu propia vida o en la historia del principio de que el que a hierro mata, a hierro muere?

3. ¿La certeza del juicio divino te produce temor saludable, presunción farisaica, o indiferencia letárgica?

4. ¿Estás cavando pozos para otros que podrían convertirse en tu propia tumba?


Textos Bíblicos de Apoyo (Salmos):

Salmo 9:15-16: Las naciones se hundieron en el hoyo que hicieron; en la red que escondieron fue tomado su pie. Jehová se ha hecho conocer en el juicio que ejecutó; en la obra de sus manos fue enlazado el malo. Higaión. Selah.

Salmo 10:2: Con arrogancia el malo persigue al pobre; será atrapado en los artificios que ha ideado.

Salmo 57:6: Red han armado a mis pasos; se ha abatido mi alma; hoyo han cavado delante de mí; en medio de él han caído ellos mismos. Selah.

Salmo 141:10: Caigan los malos en sus redes, mientras yo pasaré adelante.

Proverbios 26:27: El que cava foso caerá en él; y el que revuelve la piedra, sobre él le volverá.


Frase Célebre:

Dios no necesita enviar a los impíos al infierno; ellos mismos construyen su propio infierno con cada elección que hacen, y al final, Él simplemente honra su elección. — C.S. Lewis



Conclusión: El Arco Completo de la Fe

El Salmo 7, que comenzó con el clamor desesperado del perseguido que corre al refugio, culmina en una declaración de alabanza: Alabaré a Jehová conforme a su justicia, y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo (v. 17). El arco es completo, la trayectoria perfecta. La fe no termina en la liberación visible —aunque esa liberación ciertamente llegará en el tiempo de Dios— sino en la confianza inquebrantable en el carácter del Juez.

David nos ha enseñado, a través de su propia angustia y su propia vindicación, que la verdadera victoria sobre la calumnia no es la restauración pública de la reputación, aunque eso puede ocurrir. La verdadera victoria es aprender a correr a Dios primero, a someterse a Su escrutinio sin temor, y a descansar en la certeza de que Su justicia —tarde o temprano, en esta vida o en la venidera— enderezará todos los entuertos.


Llamado a la Acción:

1. Corre al refugio. No esperes a tener fuerzas suficientes para defenderte. No intentes fabricar tu propia vindicación. Dios es tu ciudad de asilo; cruza hoy mismo sus puertas en oración deliberada y consciente.

2. Examina tu corazón. Invita a Dios a escudriñarte. No temas Su escrutinio; teme más bien esconder áreas de tu vida de Su luz sanadora. Si hay acusaciones verdaderas contra ti, confiésalas y abandónalas. Si solo hay acusaciones falsas, descansa en el Juez que conoce la verdad.

3. Descansa en la justicia divina. No necesitas tomar venganza en tus propias manos. No necesitas apresurar el juicio ni maquinar la caída de tus enemigos. El Juez de toda la tierra hará lo justo. Su justicia puede tardar, pero no fallará; puede ser invisible, pero no será vencida.


Invitación Final a la Reflexión:

El Salmo 7 nos confronta con una verdad incómoda y gloriosa: el Dios que es nuestro refugio es también el Juez de toda la tierra. No podemos tener lo uno sin lo otro. Si corremos a Él solo como refugio pero nos negamos a someternos a Él como Juez, nuestra confianza es parcial y nuestra integridad sospechosa. Pero si reconocemos Su justicia sin refugiarnos en Su misericordia, nuestro temor se convierte en terror estéril.

David, el perseguido, el calumniado, el hombre que tenía todas las razones humanas para amargarse y vengarse, nos muestra el camino integral: corre a Dios, se examina ante Dios, descansa en Dios. Y al final, no canta su propia vindicación —aunque es vindicado— sino la justicia de Dios. Alabaré a Jehová conforme a su justicia. No conforme a mi justicia, no conforme a mi liberación, no conforme a mi victoria sobre mis enemigos. Conforme a Su justicia. Ese es el corazón del salmo. Esa es la meta de la fe.


VERSIÓN LARGA

El hombre que escribió este salmo conocía el peso de las palabras falsas. No las había leído en un informe, ni las había escuchado de lejos, como rumor vago que se disipa con la brisa de la tarde. Las había sentido en su propia carne, como saetas clavadas en el centro del pecho, como mordedura de león que no suelta la presa hasta quebrantarle los huesos. David, el pastor de Belén, el vencedor de Goliat, el rey ungido, el poeta de Israel, se encuentra ahora acorralado no por ejércitos filisteos sino por una lengua entrenada en el arte sutil de la calumnia. Alguien llamado Cus, hijo de Benjamín —quizá el mismo Saúl disfrazado bajo nombre enigmático, quizá un cortesano anónimo cuya única distinción en la historia será haber sido el instrumento de acusación contra un hombre según el corazón de Dios— ha levantado su voz. Y esa voz, como el aliento del dragón en las pesadillas antiguas, ha encendido incendios que David no puede apagar con ninguna fuerza humana.

El título del salmo es ya una confesión. Sigaión, dice la inscripción hebrea. Los eruditos discuten su significado: unos dicen que es una composición errante, un poema que va de un lado a otro como el vagabundo que busca refugio; otros creen que es una meditación apasionada, una oración arrancada del alma con violencia rítmica. Sea cual fuere la filología exacta, el corazón del término es claro: esto no es un himno sereno para ser cantado en la liturgia del sábado en el templo en calma. Esto es el grito de un hombre que huye, que corre, que clama desde la desesperación. Y sin embargo, nota bien: no huye hacia la cueva de Adulam, aunque conoce cada palmo de sus sombras; no corre hacia el desierto de Zif, aunque sus quebradas le han dado refugio en otras persecuciones; no envía mensajeros a sus aliados, no convoca a sus guerreros, no publica comunicados desmintiendo las calumnias. Corre hacia Dios. Y al hacerlo, convierte su persecución en peregrinación, su calumnia en oración, su león rugiente en ocasión para declarar quién es el verdadero León de Judá.

Jehová Dios mío, en ti he confiado. El verbo hebreo es chasah, y quienes estudian estas cosas con amor y paciencia nos dicen que su significado original no es el confiar abstracto de la filosofía, sino el acto concreto y corporal de correr a ponerse a cubierto, de buscar refugio, de entrar precipitadamente en la ciudad de asilo cuando el vengador de sangre pisa ya los talones del perseguido. David no está diciendo: creo que Dios existe, o creo que Dios es bueno, o incluso creo que Dios me salvará. Está diciendo: he corrido hacia ti, he cruzado tus puertas, he dejado fuera todas mis defensas humanas, y ahora habito dentro de tus muros. La fe no es para él una opinión piadosa que se sostiene en la mente mientras las manos siguen aferradas a sus propias estrategias. La fe es un movimiento de todo el ser, una migración del alma, un abandono de todas las ciudades falsas para habitar en la única Ciudad que puede resistir el asedio del infierno.

El perfecto hebreo es revelador: chasiti, he confiado, está en tiempo pasado, pero no es un pasado remoto y archivado. Es un pasado que funda un presente, una decisión ya tomada que sostiene cada nueva decisión. David no está aprendiendo a confiar ahora, en el momento de la crisis; está recordando que ya confió antes, que ya hizo su elección fundamental, que ya fijó el rumbo de su vida hacia el puerto divino. La crisis no crea la fe; la revela. Como el viento no crea la raíz del árbol sino que demuestra su profundidad, así la persecución de Cus no inventa la confianza de David sino que la exhibe ante el universo como testimonio. El salmo entero, desde su primera palabra, es una declaración: mi confianza no es improvisación de emergencia, es morada permanente. No corro a Dios porque ahora estoy en problemas; estoy en problemas porque siempre he corrido a Dios, y por eso mismo los problemas no tienen poder definitivo sobre mí.

Sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame. Nota la pluralidad de los perseguidores. No es uno solo, aunque uno sea el instigador principal. La calumnia nunca viaja sola; siempre trae consigo una corte de creyentes voluntarios, de repetidores entusiastas, de multiplicadores de veneno. Cus habla, pero muchos repiten. Cus siembra, pero muchos cosechan y vuelven a sembrar. El daño de la lengua no se limita al hablante original; se propaga como peste, contamina pozos enteros, infecta comunidades enteras. Los rumores vuelan más rápido que las águilas y muerden más profundo que los lobos. David no pide liberación solo de Cus, sino de todos ellos. Sabe que no basta con cortar la cabeza de la serpiente si los fragmentos del cuerpo aún se retuercen venenosos. Necesita salvación completa, liberación total, rescate que alcance cada rincón de su vida amenazada por la mentira.

Y entonces, bruscamente, el plural se convierte en singular. No sea que desgarre mi alma cual león, y la despedace, sin que haya quien libre. De la multitud de perseguidores emerge una figura dominante, una presencia más feroz que las demás, un enemigo que concentra en sí mismo toda la crueldad de la manada. David lo ve con claridad: no es el ejército filisteo lo que teme, ni la espada de Saúl, ni las emboscadas de sus espías. Es la boca del león, sus fauces abiertas, sus dientes hundiéndose en la carne indefensa. Los verbos que emplea son brutalmente específicos: ṭāraf, desgarrar, y pāraq, despedazar, quebrantar huesos. El león no se contenta con matar a su presa; la destroza, la reduce a fragmentos, la convierte en cosa irreconocible. Así es la calumnia consumada: no solo mata la reputación, sino que la despedaza tanto que ya nadie recuerda cómo era la víctima antes de ser atacada. El estigma se adhiere como gangrena, y aun después de muerto el calumniado, el calumniador ha logrado que su nombre apeste por generaciones.

Sin que haya quien libre. Esta es la soledad más radical, el desamparo absoluto. No hay testigos que declaren la verdad, no hay jueces imparciales que escuchen la defensa, no hay poderosos que interpongan su autoridad para proteger al inocente. David se ve a sí mismo en la llanura abierta, solo, indefenso, frente al león que ya ha elegido su presa. No hay guardaespaldas, no hay murallas, no hay ejército. No hay nadie. La palabra hebrea resuena como un eco en un valle vacío: ein, no hay, no existe, ausencia absoluta. Esta es la experiencia del perseguido cuando todos los recursos humanos se agotan, cuando los amigos callan por miedo, cuando los aliados se convierten en espectadores, cuando el sistema de justicia falla o se corrompe. Es el momento de la verdad desnuda, donde el hombre se queda solo con su inocencia y su Dios. Y es suficiente. Porque cuando no hay quien libre entre los hombres, entonces Dios mismo se levanta como el Libertador. Cuando los jueces terrenales están sordos o comprados, el Juez celestial abre sus oídos a la causa del justo. Cuando todos los refugios humanos se derrumban, el Refugio eterno permanece inconmovible.

Pero David no se contenta con clamar. Sabe que la oración del perseguido debe ir acompañada de la transparencia del acusado. No puede pedir vindicación si su conciencia no está limpia respecto a la acusación específica. Por eso, en el segundo movimiento de este drama judicial, pronuncia las palabras más peligrosas y más gloriosas que puede pronunciar un hombre: Jehová Dios mío, si yo hice esto, si hay en mis manos iniquidad; si di mal pago al que estaba en paz conmigo, antes bien, he librado al que sin causa era mi enemigo, persiga el enemigo mi alma, y alcáncela; pise en tierra mi vida, y mi honra ponga en el polvo. Selah.

Este es un juramento condicional, una auto-maldición, uno de los actos más solemnes del Antiguo Testamento. David no se limita a negar la acusación; invoca sobre su propia cabeza las consecuencias más terribles si su negación es falsa. Pide ser perseguido hasta ser alcanzado, ser pisoteado hasta quedar hundido en el polvo, ser deshonrado hasta que su nombre sea olvidado como las sombras que huyen al mediodía. Esto no es la jactancia farisaica del que se cree perfecto y mira con desprecio a los demás. David nunca afirmó estar sin pecado; sus salmos de confesión testifican lo contrario, sus lágrimas nocturnas lo confiesan, su adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías lo perseguirían hasta el lecho de muerte. Lo que afirma es su inocencia respecto a la acusación específica que Cus ha levantado contra él. Hay una diferencia abismal entre decir soy perfecto y decir no soy traidor. David dice lo segundo, y para respaldarlo, se expone voluntariamente al escrutinio del único Juez que no puede ser engañado.

Los comentaristas han debatido durante siglos el significado exacto de la frase antes bien, he librado al que sin causa era mi enemigo. Algunos proponen traducir el verbo jālaṣ como despojar en lugar de librar, entendiendo una referencia al corte del borde del manto de Saúl en la cueva de En-gadi. La imagen sería entonces: no solo no he pagado mal al que estaba en paz conmigo, sino que incluso cuando mi enemigo estuvo completamente a mi merced, solo lo despojé del borde de su manto como prueba de que pude matarlo y no lo hice. Esa tarde en la cueva, mientras los hombres de David susurraban conspiraciones y Saúl orinaba en la oscuridad inconsciente, David tuvo la oportunidad de terminar la persecución de una vez por todas. Podía haber hundido su espada en el corazón del rey y declararse libertador de Israel. En lugar de eso, cortó un pedazo de tela. Y luego, cuando su corazón latía con la adrenalina del momento, cuando la tentación rugía dentro de él como león, sintió remordimiento solo por haber mutilado el manto. Tal era su reverencia por el ungido de Jehová. Otros comentaristas prefieren mantener el sentido tradicional de librar o rescatar, y ven aquí una alusión a los dos momentos en que David perdonó la vida de Saúl: en la cueva del desierto y en el campamento dormido. En ambas interpretaciones, el núcleo es el mismo: David apela a su conducta histórica, a hechos verificables, a evidencia concreta de que su carácter no es el de un traidor sanguinario sino el de un hombre que, teniendo el poder de destruir a su enemigo, eligió preservarlo.

Esta apelación a los hechos es crucial. La fe de David no es un salto ciego en la oscuridad; es confianza en el Dios que conoce la verdad, pero esa confianza se fundamenta en una vida vivida con integridad. David puede invocar a Dios como testigo porque su conducta ha sido tal que Dios puede testificar a su favor. No está diciendo: Oh Dios, no importa lo que haya hecho, tú siempre estás de mi lado. Está diciendo: Oh Dios, tú sabes que no hice esto, y porque tú lo sabes, puedo apelar a ti con confianza. La relación entre la fe y la integridad no es antitética sino simbiótica. La fe sin integridad es presunción; la integridad sin fe es desesperación. David las une en un abrazo perfecto, y de esa unión nace la oración que puede desafiar al león y esperar en el Juez.

Selah. La palabra musical irrumpe aquí, marcando una pausa solemne. Los músicos del templo, cuando interpretaban este salmo, debían detenerse, dejar que el silencio llenara el espacio, permitir que la gravedad del juramento penetrara en los corazones de los adoradores. Selah es el dedo índice levantado en medio de la sinfonía, el instante de silencio antes de que la orquesta complete su frase. David ha invocado la maldición sobre su propia cabeza; ahora espera. La oración verdadera siempre incluye esta espera, este silencio, esta suspensión del juicio. No exigimos respuesta inmediata; confiamos en que el Juez responderá en su tiempo perfecto. La impaciencia es la enfermedad de la fe débil; la espera confiada es la marca de la fe madura.

Y entonces, después de la pausa, después de haber presentado su causa ante el tribunal celestial, David contempla el destino de su acusador con ojos proféticos. No son ojos de venganza rencorosa, aunque la emoción humana ciertamente está presente; son ojos de fe que ven la arquitectura moral del universo diseñada por el Juez justo. Lo que ve David no es un rayo cayendo del cielo para fulminar al impío, ni un ángel exterminador descendiendo con espada flameante, ni un terremoto tragando vivos a los rebeldes. Ve algo más terrible y más glorioso: ve al malvado destruyéndose a sí mismo con sus propias manos, cavando su propia tumba con sus propias herramientas, tejiendo su propia mortaja con los hilos de sus conspiraciones.

He aquí, el impío concibió maldad, se prefió de iniquidad, y dio a luz engaño. El lenguaje es deliberadamente, casi grotescamente, fisiológico. David toma el proceso más íntimo y sagrado de la vida humana —la concepción, la gestación, el parto— y lo aplica al desarrollo del pecado. El impío no tropieza accidentalmente en el mal; lo concibe deliberadamente, lo acoge en las entrañas de su ser, lo alimenta con su propia sustancia, lo deja crecer hasta que los dolores de parto se vuelven insoportables y debe dar a luz. Hay aquí una ironía trágica: el impío siente por su maldad lo que una madre siente por el hijo que crece dentro de ella. Lo protege, lo nutre, lo espera con ansia, sufre por él. Pero el parto, que debería traer vida, trae muerte. La criatura que nace de este vientre envenenado no es un hijo sino un engaño, una falsedad, una burbuja que estalla apenas toca el aire. Todo el esfuerzo, toda la planificación, toda la energía invertida en la maldad produce exactamente nada. La iniquidad es estéril; pare viento, pare humo, pare la decepción de sus propias expectativas.

Los comentaristas señalan la inversión deliberada de los verbos hebreos. Primero se mencionan los dolores de parto, luego la concepción, luego el alumbramiento. El orden cronológico natural sería concepción, gestación, parto. David lo invierte para enfatizar que la iniquidad, aunque parezca poderosa, aunque cause dolores reales a sus víctimas, está desde el principio condenada al fracaso. El impío sufre las angustias del parto antes de haber concebido; sus esfuerzos son contracciones en vacío, espasmos que no producen vida. Es la imagen del hombre que gasta sus fuerzas en vano, que edifica sobre arena, que corre hacia un abismo creyendo que corre hacia un palacio. Esta es la primera gran verdad sobre el destino del malvado: su maldad no alcanza el objetivo que persigue. Quiere destruir al justo, y termina destruyéndose a sí mismo. Quiere establecerse en el poder, y termina cavando su propia tumba. Quiere ser recordado como conquistador, y la historia lo recuerda como necio.

Porque la segunda imagen que David emplea es precisamente la del cavador de pozos. Pozo ha cavado, y lo ha ahondado; y en el hoyo que hizo caerá. La escena es cotidiana en el mundo antiguo: el cazador excava una fosa profunda en el camino de la bestia, la cubre con ramas y hojarasca, espera pacientemente a que su presa caiga en la trampa. Es un trabajo duro, sudoroso, que requiere paciencia y precisión. El cavador se ensucia las manos, ampollas sus palmas, gasta sus días en la fosa. Pero en la visión profética de David, el cazador mismo camina distraído hacia su propio pozo, pisa el suelo inestable que él mismo preparó, y se hunde en la oscuridad que había diseñado para otro. El participio presente del verbo pā'al —el hoyo que estaba haciendo— sugiere que la caída ocurre en medio del trabajo, cuando el pozo aún no está terminado, cuando el cavador aún empuña su pala. La muerte lo sorprende en el acto mismo de la creación de su propia muerte.

La justicia divina no es un rayo vengador que desciende después del crimen; es la estructura misma del universo que hace que el crimen lleve incorporada su propia penalidad. El que siembra vientos, cosecha tempestades; el que cava pozos, cae en ellos; el que afila espadas contra otros, termina degollado con su propio filo; el que prende fuego a la casa del vecino, perece abrasado por sus propias llamas. Esta no es una ley mecánica e impersonal, como la gravedad o la inercia; es la sabiduría del Juez que ha tejido la justicia en la trama misma de la creación. Dios no necesita intervenir constantemente para enderezar los entuertos; ha diseñado un universo donde el mal, dejado a su propio curso, inevitablemente se estrangula con sus propias manos.

Su maldad volverá sobre su cabeza, y su agravio descenderá sobre su coronilla. La imagen es ahora de un proyectil lanzado al cielo que regresa por gravedad para herir al lanzador. La maldad no es una flecha que viaja en línea recta hacia su blanco; es un bumerán, es una piedra arrojada hacia arriba que inevitablemente cae sobre el rostro de quien la arrojó. El impío puede creerse el cazador, el arquitecto, el lanzador; la realidad es que es la presa, el edificio derrumbado, el blanco de su propio proyectil. La justicia de Dios no consiste principalmente en que Él haga algo al malvado; consiste en que Él ha diseñado un universo moral donde el malvado, al actuar según su naturaleza, ejecuta su propia sentencia.

Los ejemplos históricos son numerosos y sobrecogedores. Saúl persiguió a David durante años, y murió por su propia espada en el monte Gilboa, desangrándose sobre el filo que había desenvainado contra el ungido. Absalón conspiró contra su padre, y quedó colgado de su propia cabellera en el bosque de Efraín, suspendido entre el cielo y la tierra como un fruto podrido, atravesado por las lanzas de Joab. Amán construyó una horca para Mardoqueo, una estructura imponente de cincuenta codos de altura, diseñada para la máxima humillación pública, y fue colgado en ella con sus hijos, su cuerpo meciéndose en el viento como advertencia para todos los que conspiran contra el pueblo de Dios. El Imperio Romano crucificó al Señor de la gloria, y siglos después las águilas romanas yacían rotas entre los escombros de sus propias columnas, sus legiones derrotadas, sus césares depuestos, su orgullo reducido a polvo.

No es que Dios sea vengativo; es que Dios es verdadero. Y porque es verdadero, la mentira no puede sostenerse eternamente. Porque es justo, la injusticia lleva en sí el germen de su propia destrucción. Porque es santo, la maldad, confrontada con Su santidad, se consume a sí misma como la cera ante el fuego. Los imperios se levantan sobre la sangre de los inocentes y caen bajo el peso de su propia culpa. Los tiranos construyen sus palacios sobre osarios y terminan sepultados bajo sus escombros. Los calumniadores tejen sus redes de mentiras y se enredan en sus propios hilos. La historia humana es el largo testimonio de esta verdad: el mal es estéril, la injusticia es insostenible, la mentira es frágil.

David contempla esta verdad con los ojos de la fe, no con la verificación empírica inmediata. En el momento en que escribe este salmo, Cus aún respira, aún calumnia, aún siembra veneno en los oídos de Saúl. La horca de Amán aún no ha sido construida; la espada de Saúl aún no ha sido empuñada contra su propio pecho; la cabellera de Absalón aún corona su cabeza rebelde. David no ve la caída de sus enemigos con sus ojos físicos; la ve con los ojos proféticos, los ojos que contemplan las realidades invisibles como si ya fueran visibles. Esta es la esencia de la fe: la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. David espera contra toda esperanza, confía contra toda evidencia, descansa contra toda ansiedad. No porque sea optimista por naturaleza; su historia demuestra que conocía bien la depresión y el desaliento, que pasó noches enteras llorando sobre su cama, que sus huesos envejecieron por su gemir de todo el día. Descansa porque conoce al Juez. Y conocer al Juez es más importante que conocer la sentencia.

Porque al conocer al Juez, descubre que el juicio no es el final del camino sino el fundamento mismo de su confianza. El Dios que juzga al impío con justicia es el mismo Dios que recibe al perseguido con misericordia. El mismo trono desde el cual se pronuncia la sentencia contra la maldad es el trono al cual David ha corrido en busca de refugio. No hay contradicción entre la justicia y la misericordia; son dos caras del mismo amor divino. Dios ama demasiado al justo como para permitir que el malvado prevalezca eternamente; Dios ama demasiado al impío como para permitir que continúe en su auto-destrucción sin advertencia. El juicio es la forma que toma la misericordia cuando la misericordia ha sido rechazada; el refugio es la forma que toma la justicia cuando la justicia es invocada por el inocente.

Este es el punto que los lectores superficiales del Antiguo Testamento a menudo pasan por alto. Ven los salmos imprecatorios, las peticiones de juicio sobre los enemigos, y concluyen que el Dios de David es un Dios tribal y vengativo, inferior al Padre revelado por Jesús. No comprenden que David no está pidiendo venganza personal; está pidiendo que el universo moral se sostenga, que la verdad prevalezca sobre la mentira, que la justicia triunfe sobre la opresión. Y esta petición no es incompatible con el Evangelio; es el Evangelio mismo visto desde el lado del sufrimiento. ¿Acaso no oramos nosotros: Venga tu reino? ¿Y qué es el reino de Dios sino el momento final donde toda injusticia será corregida, toda lágrima enjugada, toda calumnia desenmascarada, toda víctima vindicada? David ora desde el valle de lágrimas lo que nosotros oramos desde la esperanza escatológica. Es la misma oración, dicha en diferentes tiempos verbales.

Cuando los mártires bajo el altar claman: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre? no están contradiciendo el mandato de Cristo de amar a los enemigos. Están expresando el anhelo más profundo del corazón redimido: que la justicia sea hecha, que la verdad sea revelada, que el nombre de Dios sea vindicado ante las naciones. David es el hermano mayor de esos mártires, el precursor de su clamor, el profeta de su esperanza. No ha visto la cruz, pero intuye que el Juez justo no puede ser indiferente al sufrimiento de sus hijos. No ha presenciado la resurrección, pero confía que la muerte no tiene la última palabra. No ha leído el Apocalipsis, pero vislumbra un día cuando toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jehová es el Altísimo sobre toda la tierra.

Y sin embargo, David no se queda en la imprecación. No termina su salmo con la imagen del impío cayendo en su propio pozo, aunque esa imagen es cierta y consoladora. No concluye con la horca de Amán, aunque su construcción es una promesa de justicia. No cierra con la espada de Saúl, aunque su filo es profecía de vindicación. Termina con alabanza. Alabaré a Jehová conforme a su justicia, y cantaré al nombre de Jehová el Altísimo. El arco del salmo es completo, la trayectoria perfecta. Comenzó en el clamor del perseguido que corre hacia el refugio; continuó en el juramento del acusado que se somete al escrutinio divino; se elevó en la visión profética del impío atrapado en sus propias trampas; y culmina en el cántico del redimido que alaba no su propia liberación, sino la justicia de Dios.

Nota bien: David no dice alabaré a Jehová porque me ha librado, aunque ciertamente esa alabanza también es legítima y aparecerá en otros salmos. No dice alabaré a Jehová porque mis enemigos han caído, aunque esa alabanza también es comprensible. Dice alabaré a Jehová conforme a su justicia. El objeto de su alabanza no es el beneficio recibido, sino el carácter revelado. No canta su salvación; canta a su Salvador. No se regocija en su vindicación; se regocija en el Vindicador. Este es el nivel más alto de la espiritualidad bíblica, la adoración desinteresada que ama a Dios por quién es Él, no solo por lo que Él da. Es el mismo espíritu que siglos después llevará a Job a declarar en medio de su ruina, cubierto de llagas, despojado de hijos y riquezas, sentado sobre cenizas y rascándose con tiestos: Aunque él me matare, en él esperaré. Es la misma devoción que inspirará a Habacuc a cantar cuando la higuera no florece, cuando no hay fruto en las vides, cuando el rebaño es cortado del redil: Con todo, yo me alegraré en Jehová, me gozaré en el Dios de mi salvación. Es la misma fe que sostendrá a Pablo en la cárcel romana, encadenado a un soldado pretoriano, esperando una ejecución que sabe inminente: Me gozo en el Señor siempre.

Cantaré al nombre de Jehová el Altísimo. El nombre, en el pensamiento hebreo, no es una etiqueta arbitraria sino la revelación del carácter. El nombre de Jehová es su fama, su reputación, su identidad manifestada en la historia. Es el nombre que Moisés escuchó en la zarza ardiente: Yo soy el que soy. Es el nombre que los profetas proclamaron cuando vieron su gloria llenando el templo. Es el nombre que los salmistas exaltaron cuando recordaron sus maravillas en Egipto, su fidelidad en el desierto, su poder en la conquista de Canaán. David promete cantar ese nombre, proclamarlo, hacerlo conocido entre las naciones. Y lo llama el Altísimo —Elyon— el título que habla de su soberanía universal, de su gobierno sobre todos los poderes terrestres y celestiales, de su majestad incomparable.

El perseguido, el calumniado, el hombre acorralado por leones humanos, el fugitivo que duerme en cuevas y desiertos, levanta su voz no para quejarse de su sufrimiento sino para exaltar el nombre del Altísimo. Esta es la paradoja central de la fe: el mismo Dios que parece ausente en la hora de la persecución es el Dios que merece alabanza en medio de ella. El silencio divino no niega la soberanía divina; la presupone y la ejercita en formas que trascienden nuestra comprensión inmediata. Dios calla, pero no está mudo. Dios espera, pero no está inactivo. Dios parece esconderse, pero está obrando en las profundidades, tejiendo la historia con hilos que solo Él puede ver.

¿Qué significa todo esto para nosotros, los lectores del siglo veintiuno, que nunca hemos sido perseguidos por un rey llamado Saúl ni calumniados por un cortesano llamado Cus? Significa que el Salmo 7 no es una reliquia arqueológica de una cultura desaparecida, ni una curiosidad literaria de interés meramente histórico, ni un fragmento de poesía antigua que admiramos desde la distancia. Es un espejo donde contemplamos nuestra propia alma. Porque todos, en algún momento, hemos sido perseguidos. Quizá no por espadas ni por lanzas, sino por lenguas afiladas que cortan más profundo que cualquier acero. Hemos sido malinterpretados, acusados falsamente, excluidos de círculos que alguna vez nos recibieron con aplausos. Hemos visto cómo nuestras palabras eran torcidas, nuestras intenciones tergiversadas, nuestros motivos puestos en duda. Hemos experimentado esa soledad radical donde no hay quien libre, donde los amigos guardan silencio por temor, donde los jueces son sordos a nuestra defensa, donde los testigos huyen o mienten. Y en esas horas, el Salmo 7 nos encuentra y nos dice: corre al refugio. No a la autocompasión, que es un pantano donde el alma se hunde más profundamente. No a la amargura, que es un veneno que bebes esperando que muera tu enemigo. No a la venganza, que es un círculo vicioso que nunca termina. No al activismo frenético, que agota las fuerzas sin resolver el conflicto. Corre a Dios. Él es tu ciudad de asilo. Sus puertas están abiertas para ti, hoy, ahora, en este mismo instante.

Pero correr a Dios no es suficiente si nuestra conciencia está manchada con la misma iniquidad de la que somos acusados. El Salmo 7 nos confronta con la necesidad del examen sincero, de la introspección honesta, de la confesión radical. No podemos apelar al Juez justo si estamos conspirando injusticia en nuestros propios corazones. No podemos clamar contra la calumnia si nosotros mismos somos calumniadores en otras áreas de nuestra vida. No podemos pedir vindicación si estamos negando vindicación a nuestros propios hermanos. No podemos pedir perdón si no perdonamos. David pudo hacer su juramento porque había vivido de tal manera que Dios podía testificar a su favor. Su conciencia, examinada a la luz del rostro divino, no lo acusaba respecto a la acusación específica. Nosotros, antes de invocar la maldición condicional sobre nosotros mismos, debemos permitir que el Espíritu Santo escudriñe nuestros corazones, exponga nuestras motivaciones ocultas, revele nuestras zonas de hipocresía. Solo entonces, purificados por la confesión y el arrepentimiento, podemos presentarnos ante el tribunal celestial con transparencia radical.

Y cuando hayamos corrido al refugio, cuando hayamos sido examinados y hallados íntegros respecto a las acusaciones específicas, entonces podemos descansar. No el descanso de la indolencia, que cruza los brazos y abandona toda responsabilidad. No el descanso de la pasividad, que confunde la confianza en Dios con la pereza humana. No el descanso de la evasión, que huye del conflicto en lugar de enfrentarlo con sabiduría. Es el descanso de la fe, que trabaja mientras espera, que ora mientras actúa, que confía mientras vigila. Es el descanso de quien ve la realidad más profunda detrás de las apariencias superficiales.

La realidad más profunda es esta: el universo tiene un Juez. No es caos, no es azar, no es la ley del más fuerte. Es creación ordenada por sabiduría infinita, gobernada por justicia perfecta, sostenida por amor inmutable. El mal no tendrá la última palabra; la mentira no prevalecerá eternamente; la opresión no construirá su reino sin oposición. El Juez de toda la tierra, que examina los riñones y el corazón, que no se deja sobornar por apariencias ni impresionar por poderes, que ve cada pozo que se cava y cada trampa que se tiende, hará justicia a sus escogidos que claman a él día y noche. Aunque tarde, no tardará. Aunque parezca dormido, no duerme ni reposa. Aunque guarde silencio, su silencio es sabiduría, no abandono.

Esta certeza no nos hace pasivos; nos hace libres. Libres para amar a nuestros enemigos porque sabemos que no necesitamos vengarnos de ellos. Libres para servir a nuestros perseguidores porque sabemos que nuestra vindicación no depende de su derrota sino del carácter de Dios. Libres para perdonar como hemos sido perdonados, para soltar el rencor como Cristo soltó su espíritu en las manos del Padre, para bendecir a quienes nos maldicen y orar por quienes nos ultrajan. La confianza en la justicia divina no es el opuesto del amor al prójimo; es su fundamento más sólido. Solo quien descansa en que Dios enderezará todos los entuertos puede permitirse el lujo radical de no tomar la justicia en sus propias manos.

David, el rey guerrero, el hombre de sangre y batallas, el que había matado leones y osos con sus propias manos, el que había derribado a Goliat con una honda y una piedra, intuyó esta verdad en los albores de la revelación. No tenía los evangelios, no había leído el sermón del monte, no había contemplado la cruz. Y sin embargo, desde su cueva en Adulam, desde su destierro en el desierto, desde su lecho de lágrimas, alcanzó a vislumbrar que el camino de la fe no era el camino de la venganza. Nosotros, que vivimos del lado de la resurrección, que hemos sido testigos de la cruz y beneficiarios de la gracia, que hemos escuchado las bienaventuranzas y recibido el mandamiento nuevo, vemos esta verdad con claridad meridiana.

En Cristo, el Juez fue juzgado en nuestro lugar. En Cristo, la maldad que merecíamos cayó sobre su cabeza inocente. En Cristo, el pozo que cavamos para otros se convirtió en su tumba, y esa tumba vacía es nuestra garantía de que la justicia y la misericordia se han besado, de que el refugio y el tribunal son el mismo lugar, de que el Dios que nos juzga es el Dios que nos salva. Cristo es nuestro Cus, nuestro acusador silenciado; Cristo es nuestro David, nuestro perseguido que intercede; Cristo es nuestro Juez, nuestro Vindicador que ha tomado nuestro lugar en el banquillo. En él, la acusación ha sido respondida de una vez por todas. En él, la calumnia ha sido desenmascarada para siempre. En él, la justicia ha sido satisfecha eternamente.

Por eso podemos cantar con David, y más que David. Por eso podemos alabar a Jehová conforme a su justicia, sabiendo que esa justicia nos ha sido imputada por fe en el Justo que murió por los injustos. Por eso podemos cantar al nombre de Jehová el Altísimo, sabiendo que ese nombre ha sido exaltado sobre todo nombre, para que ante él se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. El Salmo 7 no es un documento del Antiguo Testamento superado por el Nuevo; es el Nuevo Testamento en germen, es la cruz en profecía, es la resurrección en esperanza. David miró desde lejos y se alegró; nosotros miramos desde cerca y nos alegramos mucho más.

Cuando la calumnia venga a buscarte, cuando las palabras falsas te acorralen como leones hambrientos, cuando no haya quien libre y el silencio de Dios parezca una acusación más, recuerda este salmo. Recuerda que ya has corrido al refugio, que ya has sido sellado con el Espíritu Santo de la promesa, que ya estás sentado con Cristo en los lugares celestiales. Recuerda que tu Juez es tu Padre, que tu Acusador ha sido derrotado, que tu Vindicador vive. Recuerda que el pozo que cavan tus enemigos es la tumba donde ellos mismos caerán, mientras tú caminas sobre tierra firme hacia la ciudad cuyas puertas nunca se cerrarán. Recuerda que la justicia no es una esperanza lejana sino una realidad presente, aunque todavía oculta. Recuerda que el Altísimo reina, aunque los reinos de este mundo se estremezcan.

Y entonces, con David, con todos los santos de todas las edades, con la iglesia triunfante que ya descansa en la gloria y la iglesia militante que aún peregrina en la tierra, alza tu voz y canta. Canta no tu liberación, aunque vendrá. Canta no tu vindicación, aunque es segura. Canta la justicia de Dios. Canta el nombre de Jehová el Altísimo. Canta porque Él es digno. Siempre es digno. En la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad, en el aplauso y en la calumnia, en la vida y en la muerte. Su dignidad no depende de nuestras circunstancias; su gloria no aumenta ni disminuye con nuestras vicisitudes. Él es quien es, el Yo Soy, el Altísimo sobre toda la tierra. Y esa identidad, ese carácter, ese nombre, es el fundamento inconmovible sobre el cual edificamos nuestra vida, nuestra muerte y nuestra eternidad.

Amén.

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