Dios y el diseño del avestruz
Job 39:13-18
INTRODUCCIÓN:
El clímax del libro de Job llega cuando Dios habla desde la tempestad, no para explicar el sufrimiento, sino para confrontar a Job con Su inmensurable sabiduría.
El animal protagonista es el avestruz. La palabra hebrea para avestruz en el versículo 13 es רְנָנִים (rĕnānîm), que literalmente significa "ave de gritos penetrantes
Notaremos hoy tres caracteristicas en el diseño de esta ave
Punto 1: DEBILIDADES (V. 13-17)
El avestruz inicia el debate de Dios con Job a través de dos aparentes "defectos" o carencias intencionales:
Alas sin Propósito Aéreo (v. 13): Tiene alas pero NO VUELA. La función de las alas es solo decorativa o de equilibrio.
Sabiduria Mermada (v. 14-17): Dios afirma haberle negado el instinto necesario para una protección tradicional: "pues Dios no le dio sabiduría ni le impartió su porción de buen juicio". Dios permitio que el avestruz no fuera tan dedicada y cariñosa con sus crias como otras aves, por ejemplo, las gallinas.
Contraste Zoológico: La cigüeña construye nidos elevados y ambos padres cuidan constantemente a sus crías. El avestruz, en cambio, anida en hoyos en el suelo formando nidadas comunales donde los huevos más fuertes se ubican al centro. Macho y hembra turnan la incubación, dejando los huevos al sol protegidos por una cáscara extremadamente resistente. Comparando ambos animales lo del avestruz parece descuido y torpeza. Dios no le dio a esta ave el mismo instinto que a las cigueñas para citar un ejemplo.
Aplicaciones Prácticas:
Aceptación de Carencias: Lo que consideramos una "debilidad" (una limitación como el no poder "volar" en ciertas áreas) puede ser una privación soberana que Dios permite para forzarnos a la dependencia en Su fuerza, no en la nuestra.
Humildad: Dios es soberano para otorgar y retener. La debilidad en nuestro diseño es intencional.
Textos Bíblicos de Apoyo:
"Mi poder se perfecciona en la debilidad" (2 Corintios 12:9).
Punto 2: Las Virtudes Compensatorias: La Fuerza Sobrenatural (V. 18a)
En medio de las de debilidades (falta de instinto y vuelo), Dios introduce una virtud radical que compensa con creces: la velocidad.
La virtud del avestruz es su velocidad, que trasciende su aparente torpeza: "Pero, cuando extiende sus alas y corre..." (v. 18a, NVI).
La Compensación Divina: El avestruz es el ave más rápida del planeta, alcanzando velocidades que superan los 70 km/h.
Así como fuimos diseñados con debilidades que cumplen un propósito (Punto 1), también somos diseñados con virtudes para ayudarnos a cumplir nuestros propósitos.
Aplicaciones Prácticas:
Virtud Especializada: Dios te ha dado una virtud o don sobrenatural (tu "velocidad de avestruz"). Nuestro llamado es enfocarnos en aquello que Dios nos compensó.
Pregunta de Confrontación:
¿Qué virtud o don has descuidado en tu vida por estar demasiado ocupado lamentando tus debilidades o comparándote con los dones de otros?
Punto 3: La Comparación: El Diseño Único y la Necesidad de Comunidad (V. 13, 18b)
El avestruz es usado por Dios como una técnica de contraste para demostrar que Su diseño es único y que la fuerza total se halla en la diversidad de los diseños.
La lección no es sobre quién es mejor, sino sobre la soberanía de Dios para crear diferencias intencionales:
Avestruz vs. Cigüeña (v. 13): "El avestruz bate alegremente sus alas, pero su plumaje no es como el de la cigüeña." (NVI).
Contraste de Funcionalidad: La cigüeña es maternal y funcional, con alas para el vuelo. El avestruz es rápido e independiente, con alas para el equilibrio. Ambos son diseños exitosos, pero distintos. La perfección no está en un solo diseño.
Avestruz vs. Caballo (v. 18b): "...se ríe de jinetes y caballos." (NVI).
Contraste de Poder: El caballo es fuerte, subyugado y domesticado por el hombre para la guerra (Job 39:19-25). El avestruz no es tan fuerte, pero su velocidad es tan indomable que se burla de la fuerza organizada del hombre.
La diferencia entre los diseños es la prueba de que el Creador tiene el derecho a diseñar de manera distinta. Los defectos de uno son el campo de acción de la virtud del otro, creando un sistema de dependencia mutua (comunidad).
Aplicaciones Prácticas
Unicidad: Fuimos creados para ser avestruces, no cigüeñas. La fuerza de la comunidad radica en que cada miembro se acepte y ejerza el diseño único que Dios le ha dado.
Textos Bíblicos de Apoyo (Job):
"¿Haces tú saltar al caballo como langosta? El resoplido de su nariz es formidable" (Job 39:20).
"Así como nuestro cuerpo, aunque es uno, tiene muchos miembros, y no todos los miembros tienen la misma función, también nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a los demás" (Romanos 12:4-5).
Pregunta de Confrontación:
¿Estás perdiendo tiempo tratando de cambiar el diseño único que Dios te ha dado para encajar en el patrón de un modelo que Él no creó para ti?
CONCLUSIÓN: La Lección de la Humillación y el Llamado a la Acción
El avestruz, con su diseño paradójico, es la prueba viva de que la mente de Dios opera en un nivel infinitamente superior al nuestro. Si no podemos entender por qué el Diseñador soberano hizo al avestruz de esa manera, ¿cómo pretendemos comprender los designios de Su providencia en nuestra vida sufriente?
Llamado a la Acción y a la Reflexión:
Humíllate ante el Diseñador (Punto 1): Acepta tus debilidades como parte del plan soberano de Dios.
Confía en la Compensación (Punto 2): Celebra tu compensación (la velocidad que supera al caballo).
Descansa en Su Sabiduría (Punto 3): Lo que hoy te parece un defecto, es parte de un diseño único, y tu debilidad será cubierta por la virtud de otro en la comunidad de fe.
La tempestad, ese vórtice de la revelación divina que por fin quebranta el silencio, no trajo a Job la explicación causal de su sufrimiento, ni el diagrama de ingeniería del dolor. Dios no descendió para ofrecer una justificación forense de la tragedia, sino para confrontar al hombre con el asombro que exige una rendición y una renuncia previa a nuestra escala humana de juicio y lógica. El Creador no vino a explicar la maldad, sino a desplegar una sabiduría inabarcable que solo puede ser aprehendida a través de la humillación del intelecto. Y en el vasto catálogo de maravillas que el Eterno presenta al alma abatida, la criatura que opera como agente primario de esta humillación teológica es la más paradójica, la más cómicamente desproporcionada de todas: el avestruz. Es el rĕnānîm, el ave de gritos penetrantes y estridentes, la que inicia este debate existencial con su misma presencia y su diseño atípico. No es el león, símbolo de la fuerza bruta y el dominio, ni el Behemot, símbolo del poder indomable, sino este ave terrestre, casi un accidente de la biología, la que nos enseña sobre la inmensidad del Arquitecto. El avestruz se convierte así en el primer golpe de humildad en la lección final de Dios a Job, y su mera existencia es una burla continua a la expectativa de la perfección utilitaria, de la lógica previsible, que el hombre intenta imponer sobre la obra divina. El avestruz es la prueba de que lo ilógico es soberano.
El primer asalto, y quizás el más perturbador, a nuestra comprensión de la perfección es la revelación de la debilidad intencional que el Creador ha inscrito en la esencia misma del avestruz. El ave posee alas, un plumaje exuberante que parece prometer la épica de la ascensión, la grandeza del vuelo que domina las alturas y se burla de las miserias terrestres. Sin embargo, su masa y su peso, en un acto de diseño soberano, la condenan irrevocablemente a la horizontalidad. Sus alas son, en el mejor de los casos, un mero adorno, una herramienta vestigial que solo sirve para el equilibrio o el cortejo, desprovista de su propósito aéreo más glorioso; en el peor, son el símbolo patente de una vocación jamás cumplida, de un anhelo de ascensión frustrado por la carne. Es la limitación inscrita en la propia anatomía, una carencia que no es accidental ni evolutiva, sino fundacional. Esta es la primera y más difícil lección para el creyente que se enfrenta a sus propios límites: la negación del vuelo no es un error, sino el punto de partida de un diseño que se rige por leyes y propósitos que nuestra razón desconoce. La limitación que llevamos no es un error de fábrica, un defecto subsanable con más voluntad, sino una condición impuesta por la autoridad divina para Su propio fin.
A esta carencia física y palpable se suma una aparente sabiduría mermada en el ámbito del instinto. Dios mismo, desde el torbellino, ofrece el testimonio: “Dios le negó la sabiduría y no le dio su parte de buen juicio.” Esta afirmación es escalofriante, pues subvierte nuestra expectativa de que el instinto, la ley natural, es siempre infalible y dedicado. Mientras la cigüeña, con su nido elevado, su vigilancia constante y su vigilante dedicación parental, cumple el canon de la diligencia zoológica, el avestruz deposita sus huevos en la tierra caliente, los abandona a la protección del polvo y confía en la dureza de la cáscara y el calor del sol, en una práctica que, a ojos humanos y a la luz de otras especies, parece negligencia, torpeza o una irresponsabilidad biológica que desafía la lógica elemental de la supervivencia. Esta falta de instinto maternal tradicional no es un error en la programación divina; es, en el lenguaje de la teología, una privación soberana. Es la mano de Dios ajustando, a voluntad, los niveles de autosuficiencia de la criatura. El Creador nos está diciendo: lo que percibimos como un defecto en nuestro propio diseño —la incapacidad de "volar" en ciertas áreas de la vida ministerial o profesional, la falta de un instinto nato en la toma de decisiones complejas, una fragilidad de carácter o una reserva de recursos limitada— no es más que una condición deliberada que nos fuerza, irremediablemente, a la dependencia de Aquel que sí posee toda la sabiduría y que no está limitado por las leyes que Él mismo ha creado. El creyente debe abrazar la verdad profunda de que su debilidad es, en realidad, una oportunidad radical para la manifestación de lo sobrenatural.
La aplicación de esta verdad al alma humana es profunda, cortante y existencialmente exigente, pues la lucha más grande de la fe, a menudo, no es un conflicto con el mal exterior o con la tentación visible, sino la batalla interna por aceptar nuestra propia insuficiencia, ese plumaje de la promesa que constantemente se niega a elevarse a las alturas que la ambición demanda. ¿Cuántas veces el creyente se encuentra lamentando por el don que no se le dio, por la habilidad que no posee, por la claridad que parece haber sido negada a su temperamento, a su llamado o a su cónyuge? La queja del alma es a menudo: "Mis alas no vuelan, mi instinto no es tan agudo como el de otros líderes que veo prosperar". Y Dios responde señalando al avestruz en el desierto: la limitación no es un fallo, sino un sello, es intencional. La verdadera humildad nace al aceptar que el poder trascendente se perfecciona precisamente en esa vulnerabilidad (2 Corintios 12:9), y que el Creador tiene el derecho absoluto de diseñar la debilidad para canalizar, a través de ella, la manifestación pura y sin adornos de Su fuerza. El lamento por nuestra carencia es, en esencia, un lamento contra el designio inescrutable de Dios, una rebelión contra la obra del Arquitecto. Debemos pasar de la introspección dolorosa a la adoración incondicional de la soberanía que nos ha limitado.
Pero si el diseño del avestruz comenzaba con la limitación y la carencia, culmina en una compensación radical que desmantela toda la lógica anterior. En medio de la aparente torpeza y la condena a no volar, irrumpe una virtud que trasciende la lógica de su cuerpo y el juicio utilitario humano: la velocidad. El texto, en un giro dramático y poético, nos dice: “Pero, cuando extiende sus alas y corre, se burla de jinetes y caballos.” De pronto, el ave que no puede despegar se transforma en un relámpago terrestre, un borrón en el horizonte que desafía la óptica y la perspectiva. Es el ser bípedo más rápido del planeta. Su ineficacia aérea es negada por una eficiencia terrestre sin parangón, alcanzando una celeridad que supera la máxima tecnología militar de la época de Job. Es un testimonio vivo de que la torpeza es una ilusión y la lentitud, una mentira cuando la gracia opera. La compensación divina es siempre desproporcionada.
Este es el clímax de la lección del avestruz, el punto donde la teología de la debilidad encuentra su contrapeso exacto en la gloria de la gracia. Dios ha inscrito en nosotros, Su iglesia y Sus ministros, un equilibrio divino. Las debilidades cumplen su propósito de humillación y dependencia, sí, pero a la vez, se nos ha injertado una virtud especializada, un don, una capacidad que es sobrenatural —nuestra propia "velocidad de avestruz"— y que está destinada a sobreponerse a nuestras limitaciones y a cumplir nuestro propósito específico. La fuerza del Espíritu Santo se manifiesta con ímpetu sobre la carne flácida, la gracia de Dios se derrama sobre la vasija de barro para hacerla útil. Es el don que ridiculiza la lógica humana y que nos recuerda que la gracia de Dios, que nos ha redimido, también nos ha dotado de manera precisa y efectiva para la tarea única a la que fuimos llamados.
La aplicación espiritual de esta compensación es severa y transformadora. ¡Qué inmensa tragedia para el alma malgastar la vida lamentando las alas que no vuelan, sin explotar la velocidad, el don o el talento específico con el que hemos sido dotados! El pecado de la comparación o de la autocompasión nos ancla, impidiendo el movimiento hacia adelante con la convicción del llamado. Pasamos años midiendo nuestras carencias contra las fortalezas de la cigüeña (el que vuela alto) o el caballo (el que lleva la carga), en lugar de aceptar la velocidad que nos fue dada para un terreno distinto. El llamado es a enfocar el espíritu en aquello que Dios nos compensó, en el don singular que nos diferencia y nos capacita para nuestro rol en el Cuerpo. Nuestro deber no es lograr la perfección absoluta en todas las esferas —no fuimos llamados a ser una quimera de caballo, cigüeña y avestruz—, sino la fidelidad absoluta en la esfera de nuestra dotación única. Debemos salir de la introspección melancólica para entrar en la acción ungida, confiando en que ese don sobrenatural es más que suficiente para reírnos de los obstáculos que se presentan, ya que son obstáculos que no fueron diseñados para nuestra velocidad.
Y, por último, el avestruz es el agente de la diversidad necesaria y el maestro supremo de la comunión. Su diseño no se exhibe en solitario, sino en un contraste deliberado con otras criaturas, probando que la fuerza del cosmos y de la Iglesia no reside jamás en la uniformidad. El texto contrapone el plumaje del avestruz con el de la cigüeña, contrastando la funcionalidad vigilante y aérea de una con la potencia terrestre e independiente de la otra. Ningún diseño es "mejor"; ambos son diseños exitosos en su esfera de propósito, pues cumplen la voluntad del Diseñador, revelando facetas distintas de Su gloria. La lección no es sobre jerarquía de dones, sino sobre la soberanía de la diferencia.
Pero la lección más audaz, la que sacude el orgullo humano y las estructuras de poder de la sociedad, llega con la figura del jinete y el caballo. El caballo, como se detalla en el mismo capítulo de Job, es la máxima expresión de la fuerza militar y la domesticación humana; es el poder subyugado y la fuerza organizada al servicio del hombre. El avestruz, en contraste, no es fuerte en el sentido de carga o combate, pero su velocidad es tan indomable, tan anárquica, que se ríe de jinetes y caballos. Se mofa de la fuerza organizada del hombre, del poder que se cree invencible, con la simple y pura libertad de su diseño. Esto nos enseña que el diseño único que Dios nos ha dado —nuestra "avestruz-idad"— es necesario e irreemplazable, y que la libertad del Espíritu a menudo opera fuera de las estructuras de poder que el hombre ha domesticado. El poder de Dios no siempre reside en lo que la sociedad considera fuerte, sino en lo que el mundo considera débil o excéntrico.
La fuerza del Evangelio se manifiesta, por tanto, en la teología de la diferencia. La perfección no está en un solo diseño, sino en el cuerpo compuesto y diverso que es la Iglesia. La soberanía del Diseñador se valida en esta diferencia, y esta diferencia es la que crea la comunidad y la interdependencia absoluta. La debilidad de un miembro es el campo de acción de la virtud de otro. La carencia de la avestruz (no vuela) es compensada por la virtud de la cigüeña (planea y es maternal); y la fuerza de la avestruz (velocidad indomable) es necesaria cuando la fuerza organizada del caballo es inútil. Al aceptar nuestra unicidad y la de los demás, nos unimos como un cuerpo (Romanos 12:4-5), donde la debilidad se ve cubierta por la especialización. Lo que hoy te parece un defecto o una imperfección en tu vida o en tu ministerio, ese es el preciso espacio donde la virtud de un hermano o una hermana, dotados con un diseño opuesto, vendrán a ser tu cobertura y tu complemento.
Humillémonos, por tanto, ante este Diseñador inescrutable, que nos habla desde la tempestad usando un ave que camina a grandes zancadas. Si la lógica del avestruz —un ser visible y tangible— nos supera y nos confronta con la limitación de nuestro juicio, ¿cómo podremos siquiera pretender comprender los caminos de Su providencia inmaterial en nuestro propio dolor y nuestra vida sufriente? La verdadera sabiduría que Job aprendió no es la comprensión total de los porqués, sino la adoración incondicional de la grandeza. El avestruz nos llama a una síntesis espiritual urgente y transformadora, un triple llamado a la acción:
Acepta tus debilidades como parte ineludible del plan soberano de Dios. No son errores a corregir con esfuerzo humano desmedido, sino oportunidades divinas para que Su poder se haga visible. Confía en la Compensación Divina: celebra tu don, tu "velocidad de avestruz", y atrévete a usarla con la audacia de quien sabe que el Creador lo dotó precisamente para vencer la lógica del fracaso. Y finalmente, descansa en Su Sabiduría: lo que hoy te parece un defecto o una limitación en tu ser, es una pieza insustituible en el vasto, complejo y perfecto diseño del Cuerpo de Cristo, y tu debilidad será cubierta, en la comunión de los santos, por la virtud que Él le dio a otro. El triunfo de la fe se halla no en la auto-superación solitaria de nuestra debilidad, sino en la entrega humilde de nuestra debilidad al poder de Aquel que se ríe de jinetes y caballos, y que nos ha hecho libres en Su propósito eterno.
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