Tema: Proverbios. Titulo: El chismoso en la Biblia. Texto: Varios. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruíz.
I. PROVERBIOS 16:28:
II. PROVERBIOS 18:8.
III. PROVERBIOS 26:20.
Me propongo a trazar, con la sobriedad melancólica y la necesaria dureza de la verdad, una meditación sobre el vicio del rumor, ese susurro que corroe la estructura misma de la comunidad de fe. La palabra, ese don inestimable que nos eleva sobre el silencio de las bestias, posee también una terrible potencia para la ruina. La Biblia nos invita a desvestir este hábito, a mirarlo con la crudeza del cirujano, para comprender su mecanismo y su veneno. No habrá títulos que rompan la continuidad del pensamiento; solo el flujo lento, pero firme, de la reflexión sobre una de las debilidades más persistentes de la condición humana.
La vida, en su esencia, es un tejido frágil de presencias, de promesas cumplidas y de comunión. Y contra esta urdimbre se levanta el rumor, un siseo de baja frecuencia que, sin ser un estruendo, lo desgarra todo. El rumor, o el chisme, no es simplemente una conversación vacía; es una operación con características precisas y maliciosas. Piénsese en él como una sombra proyectada: a veces esa sombra tiene una verdad mínima que la sustenta, otras veces es completamente falsa, pero su fuerza reside en su ambigüedad. Siempre se pronuncia en la ausencia; el objeto de la palabra no está allí para defenderse, para matizar, para corregir la perspectiva. Se habla a solas o en grupo, en el secreto cómodo de la complicidad. Pero la característica que lo define, que lo condena, es su malicia. El chisme no busca la edificación o la corrección; busca la disminución, quiere hacer daño, quiere infligir una herida en la estima o la reputación ajena. Sus raíces no son nobles: nacen de la envidia, esa carcoma que no puede soportar el bien del otro; se nutren de la venganza, esa sed de devolver el dolor con dolor, o simplemente florecen en el campo baldío de la ociosidad, donde el alma, sin trabajo en lo esencial, se entretiene con la vida superficial de los demás.
El origen de este mecanismo de destrucción se encuentra en el primer jardín, en el Génesis. El capítulo tres, versículos del uno al seis, nos ofrece el modelo canónico del rumor. La Serpiente no habla de frente, no acusa abiertamente a Dios; siembra la duda con un rumor sutil, una media verdad: "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?" Es un eco de la verdad divina, pero distorsionado, malintencionado, que busca que la persona en cuestión (Dios) sea juzgada en su ausencia por un interlocutor seducido (Eva). Es la primera operación de chisme cósmico, que utiliza la verdad como carnada para la mentira de la desconfianza. . En la lengua antigua, la que traza los cimientos del corazón, este portador de cuentos es el NIRGAN, una palabra hebrea que evoca al "susurrante," al que se desliza en las sombras para depositar su veneno. Esta palabra aparece cuatro veces en el libro de Proverbios, como un faro intermitente que nos advierte del peligro.
La primera advertencia, cruda y sin poesía, aparece en la sentencia de Proverbios 16:28. El texto dice, con la autoridad del proverbio: "El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos." Este verso nos confronta con una realidad que todos hemos presenciado: el chisme tiene la potencia de destruir amistades íntimas, esos lazos que se han tejido con años de confianza y confesión mutua. El chismoso, el nirgan, no se contenta con incendiar las periferias; busca el centro, la alianza más sagrada. Es un destructor de puentes invisibles. En la lista de las cosas que el Señor aborrece, esa enumeración que nos debería poner de rodillas, el acto de "el que siembra la cizaña entre los hermanos" (Proverbios 6:16-19) tiene un lugar destacado. Dios detesta al que causa contiendas, al que desmantela el tejido de la paz. El chismoso es, por definición, un constructor de discordia, y su acción es una de las características de la persona depravada y malvada que, con sus ojos guiñando y sus pies desordenados, solo busca sembrar el conflicto (Proverbios 6:12-15). Es un agente del caos que opera bajo la máscara de la confidencia. Proverbios 17:9 se asemeja a esta advertencia, recordándonos que el que insiste en el error, el que repite la ofensa, es un sepulturero de la amistad.
. La acción del nirgan es la de introducir una astilla tan pequeña que apenas se siente, pero que con el tiempo se convierte en una cuña que separa el hueso del hueso. La contienda es la evidencia de que hemos permitido que el rumor, en su malicia, se interponga entre nosotros y nuestro prójimo. La paz, esa tranquilidad esencial del espíritu, se rompe por la palabra superflua. El silencio es, a menudo, el cemento de la amistad, y el chisme, el ácido que lo disuelve. No hay construcción espiritual que pueda sostenerse si el ladrillo de la comunión está contaminado por la malicia de la lengua.
Y así llegamos a la segunda advertencia, que nos habla no de la consecuencia, sino de la causa de su proliferación, de la razón por la que este vicio es tan común en el campamento humano. Proverbios 18:8 es una revelación incómoda sobre nosotros mismos: "Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas." Este proverbio menciona la razón profunda por la que el pecado del chisme es tan resistente: a la gente, a nosotros, a los hijos de la luz, nos gusta el chisme. Nos gusta contarlo, nos gusta oírlo, y, con una urgencia irresponsable, nos gusta esparcirlo. El chisme no es un plato amargo; es un bocado suave, un postre delicioso que se desliza por el paladar del espíritu. Una vez que se da el primer bocado, el apetito se despierta y queremos más, porque contiene el sabor de lo prohibido, la falsa sensación de estar en posesión de un conocimiento superior o privilegiado.
Este bocado suave, sin embargo, no se queda en la superficie; el texto dice que penetra hasta las entrañas. La palabra entrañas aquí no es solo un órgano físico; es la sede de la emoción, de la voluntad, del corazón profundo. El chisme no solo daña al ausente; daña al que lo escucha, porque ensucia el corazón, lo llena de juicio, de desconfianza y de una vanidad tóxica. El chisme es la comida de la superficialidad, la evasión de la propia tarea moral. En lugar de enfrentar nuestros propios defectos, nos entretenemos analizando los ajenos, y en esa falsa superioridad encontramos una recompensa dulce y letal. El mismo verso se repite en Proverbios 26:22, porque la sabiduría insiste en la diagnosis: la tentación es suave, pero su efecto es profundo y corrosivo.
. El corazón se enferma por la ingesta continua de esta golosina moral. ¿Cómo perder el gusto por este manjar de muerte? La estrategia debe ser tan firme como la seducción es suave. El primer acto de valentía es la confesión humilde: reconocer la propia debilidad. Si sabe que tiene la inclinación a chismear o a escuchar, el primer paso es la búsqueda de un testigo de la luz. Acérquese a otro creyente, a un hermano de la fe, y pídale ayuda, dele permiso para interrumpir su rutina. La luz de la compañía rompe el secreto cómodo de la malicia. El segundo paso es la interrupción consciente de la conversación. En medio del torrente de la confidencia venenosa, uno debe tener el valor, la santa brusquedad, de preguntar: "¿Por qué estamos hablando de esto? ¿Cuál es el propósito de esta palabra? ¿Edifica a quien la pronuncia o a quien la escucha? ¿O acaso solo sirve a la ociosidad o a la envidia?" Al preguntar el propósito, se obliga a la palabra a justificarse ante la verdad, y casi siempre, la palabra injustificada se desvanece.
Es más noble ofrecerse como pacificador, como restaurador, que como esparcidor de la contienda. La tercera estrategia es la más sencilla y elegante: cambiar el tema en medio del chisme. Introduzca la belleza, la verdad o el bien en la conversación. Hable del servicio, del arte, de la necesidad del prójimo o de la grandeza de Dios. La luz desplaza la sombra sin necesidad de un combate directo. Y, por encima de toda técnica humana, la única fuente de la fuerza para dominar la lengua reside en la oración. Pidámosle a Dios que Su Espíritu ponga una mordaza en nuestra boca y una cerca en nuestro oído, que nos ayude con la debilidad de este gusto por el bocado suave. El dominio propio no es una conquista humana; es un fruto del Espíritu.
Finalmente, el ciclo se cierra en la promesa de la paz, la única recompensa que el chisme jamás podrá ofrecer. Proverbios 26:20 nos da el antídoto final, la simple ley de la combustión: "Sin leña se apaga el fuego; y donde no hay chismoso, cesa la contienda." El proverbio no podría ser más claro. El chisme es el combustible que alimenta el fuego de las enemistades. Al retirarlo, el fuego se extingue por ley natural y se impone la paz, esa tranquilidad que la contienda había roto. El chisme, como el fuego, necesita aire y material para quemar. La presencia del nirgan es el aire; la nuestra, al escucharle, es el material. Para que las enemistades terminen, para que la comunidad respire un aire limpio, debemos aprender a abandonar el chisme.
Pero el abandono no es un acto pasivo; exige una confrontación triple. Primero, debemos negarle el oído al chismoso. La forma más eficaz de alejarlo es declarar nuestro deseo de no involucrarnos, de rehusar la ingesta del bocado suave. El que habla mal necesita un oyente; al negarle el oído, le negamos la existencia. Segundo, y esto requiere el valor más profundo, debemos pedir perdón a las personas de quienes hemos chismeado. El arrepentimiento verdadero exige la restauración. No basta con el perdón vertical; se requiere la humillación horizontal. Confesar el error, el daño infligido con la lengua, y buscar el perdón de aquel a quien la malicia hirió. Este acto de humildad es el cemento que repara los lazos rotos. Tercero, hablemos directamente con los chismosos, no en tono de juicio, sino de declaración de principios, haciéndoles saber nuestro firme deseo de no participar ni en la siembra ni en la cosecha de la cizaña. . El silencio y la confrontación llevan a la paz, porque la paz es el fruto de la palabra controlada y santificada.
El camino hacia la libertad del nirgan no es el de la perfección instantánea, sino el de la vigilancia constante. Debemos reconocer la debilidad de nuestro gusto por el bocado suave y buscar ayuda en la luz de la comunidad. Debemos interrumpir la conversación preguntando por su propósito moral. Debemos, con un giro de la voluntad, cambiar el tema hacia lo que edifica. Debemos negarnos a escuchar, sellando el oído. Y en el acto supremo de la humildad, debemos pedir perdón a Dios por la malicia y a quienes ofendimos por la irresponsabilidad. La lengua es un pequeño timón que dirige una gran nave. Que el nuestro, a partir de hoy, apunte con firmeza hacia el puerto de la paz. El silencio y la confrontación, en su aparente dureza, son los únicos caminos reales que nos devolverán a la tranquilidad del alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario