SALMO 38: LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO Y LA SÚPLICA POR MISERICORDIA
INTRODUCCIÓN
"El pecado nunca es un acto aislado; siempre deja cicatrices en el alma, en el cuerpo y en las relaciones." — Anónimo
David escribe este salmo desde el fondo del pozo. No es un lamento teórico ni una reflexión distante sobre el pecado; es el grito de un hombre que está experimentando en su propia carne las consecuencias devastadoras de su transgresión. El Salmo 38 pertenece a los salmos penitenciales, junto con los Salmos 6, 32, 51, 102, 130 y 143. David no oculta su culpa ni la minimiza; la reconoce abiertamente y la presenta ante Dios como la causa de su sufrimiento. Pero en medio del dolor, no se desespera. Clama. Y ese clamor es el clamor de un hijo que sabe que su Padre sigue siendo misericordioso, incluso cuando está disciplinando. El título del salmo es "Para traer a memoria", lo que sugiere que David quería que este lamento quedara registrado como un memorial perpetuo de las consecuencias del pecado y de la fidelidad de Dios para perdonar.
I. ENFERMEDAD: EL CUERPO QUEBRANTADO POR EL PECADO (VERSÍCULO 3)
A. Exégesis
"No hay cosa sana en mi carne a causa de tu ira; ni hay paz en mis huesos a causa de mi pecado."
La palabra hebrea para "sana" (metom) significa "integridad, salud, plenitud". David está diciendo que no hay ninguna parte de su cuerpo que esté intacta. La palabra "paz" (shalom) aquí se refiere a la ausencia de dolor físico, al bienestar del cuerpo. Sus huesos, la estructura misma de su ser, están afectados. La causa no es una enfermedad casual ni un accidente; es "tu ira" y "mi pecado". La palabra "ira" (qetsef) indica la manifestación del disgusto divino, no un arrebato caprichoso, sino la respuesta santa de Dios contra el mal. El comentarista Boice señala que "David reconoce la mano de Dios en su miseria, pero no piensa que es sin causa. Él sabía que era por su pecado". David no separa la disciplina divina de su propia transgresión. Reconoce que su sufrimiento físico es consecuencia directa de su pecado. La Biblia enseña que no toda enfermedad es consecuencia de pecado (Juan 9:1-3), pero también enseña que algunas lo son (1 Corintios 11:30). David está en la segunda categoría.
B. Texto de apoyo
"Porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere." (Proverbios 3:12)
C. Aplicación práctica
El pecado no solo afecta el alma; afecta el cuerpo. David experimentó en su carne las consecuencias de su transgresión. La culpa no confesada produce estrés, ansiedad, insomnio, agotamiento. La aplicación es clara: no podemos jugar con el pecado sin que nuestro cuerpo lo resienta. El comentarista Clarke advierte: "Quienquiera que lea este salmo verá qué cosa tan grave y amarga es pecar contra el Señor, y especialmente pecar después de haber conocido su misericordia".
D. Pregunta de confrontación
¿Has considerado que tu cansancio, tu ansiedad o tu malestar físico podrían ser la consecuencia de un pecado que no has confesado?
E. Frase célebre
"El pecado es la única cosa que puede hacer que un hombre esté enfermo y no encontrar médico." — Anónimo
F. Historia
Un misionero en África contrajo una enfermedad tropical que los médicos no podían diagnosticar. Después de meses de sufrimiento, confesó un pecado que había ocultado durante años. Al confesarlo, los síntomas comenzaron a remitir. No siempre es así, pero el caso ilustra que el pecado no confesado puede manifestarse en el cuerpo.
II. GRAN ANGUSTIA: EL ALMA QUEBRANTADA (VERSÍCULO 6)
A. Exégesis
"Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día."
El verbo "encorvado" (na‘avah) describe a alguien que está doblado hacia abajo, que no puede enderezarse. La palabra "humillado" (shachah) indica abatimiento profundo. David no está simplemente triste; está aplastado. "Ando enlutado todo el día" describe un duelo continuo, un lamento que no cesa. La palabra hebrea para "enlutado" (qadar) significa "oscuro, sombrío". No es un momento de tristeza; es un estilo de vida de dolor. El comentarista Spurgeon observa: "El cuerpo por el dolor, el alma por la culpa, está 'distorsionada' de su rectitud original; está 'encorvada' a la tierra, por vergüenza y miedo". El pecado no solo ha enfermado su cuerpo; ha quebrado su alma. La culpa lo ha doblado. La vergüenza lo ha oscurecido. El comentarista Maclaren añade: "Ningún ayuno mantiene al salmista de describir detalles ofensivos". David no esconde su miseria; la expone ante Dios.
B. Texto de apoyo
"La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación." (2 Corintios 7:10)
C. Aplicación práctica
El pecado no confesado produce una angustia que no se puede disimular. David no podía ocultar su dolor; su cuerpo mismo lo delataba. La aplicación es clara: la confesión no es una opción terapéutica; es una necesidad espiritual. El que no confiesa su pecado, tarde o temprano se encorva bajo su peso. El comentarista Spurgeon advierte: "Estos horrores y terrores no son esenciales para la salvación, o de lo contrario habrían sido mandados. Pero cuando vienen, son la prueba de que el Espíritu está obrando".
D. Pregunta de confrontación
¿Estás encorvado por un pecado que no has confesado? ¿Cuánto tiempo llevas caminando enlutado?
E. Frase célebre
"El pecado no confesado es como una carga que nadie ve, pero que dobla el alma." — John Bunyan
F. Historia
Una mujer llevaba años con una depresión que ningún tratamiento podía aliviar. Un día, en una conversación pastoral, confesó un aborto que había ocultado durante décadas. Al confesarlo, la depresión comenzó a levantarse. No siempre es tan directo, pero la conexión entre pecado no confesado y angustia del alma es real.
III. SOLEDAD: EL AISLAMIENTO DEL QUE SUFRE (VERSÍCULO 11)
A. Exégesis
"Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis cercanos se han alejado."
La palabra hebrea para "plaga" (nega‘) significa "herida, golpe, enfermedad". Es la misma palabra que se usa para la lepra en Levítico 13. David no solo está enfermo; está contaminado a los ojos de los demás. Sus amigos y compañeros se mantienen "lejos" (rāḥaq), la misma palabra que se usa para la distancia geográfica. No es que estén ocupados; están evitándolo. Sus "cercanos" (qarov) se han alejado. El comentarista Kidner señala: "La palabra plaga es quizá escogida por sus asociaciones con la lepra, pues así es como los amigos de David lo estaban tratando". La soledad del pecador es una de las consecuencias más dolorosas. El pecado no solo nos separa de Dios; nos separa de los demás. La vergüenza nos hace escondernos, y la vergüenza de los demás nos hace ser evitados. El comentarista VanGemeren añade: "El alivio puede venir en forma de los pequeños placeres de la vida y en los momentos de experiencias compartidas con amigos, pero el salmista no tenía ninguno de estos".
B. Texto de apoyo
"El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia." (Proverbios 28:13)
C. Aplicación práctica
El pecado no solo daña la relación con Dios; daña las relaciones humanas. El que está atrapado en el pecado a menudo se encuentra solo, rodeado de personas que se alejan porque no saben cómo ayudar o porque temen contaminarse. La aplicación es clara: la confesión no solo restaura la relación con Dios; restaura las relaciones con los demás. El comentarista Maclaren observa: "Como David, cuando dejó que Simei le gritara sus maldiciones desde la colina y no respondió, el salmista es sordo y mudo a las lenguas maliciosas".
D. Pregunta de confrontación
¿Te has alejado de alguien porque su sufrimiento te incomoda? ¿O te has alejado de Dios porque tu propio pecado te hace sentir indigno?
E. Frase célebre
"El pecado nos hace escondernos de Dios, de los demás y de nosotros mismos." — Dietrich Bonhoeffer
F. Historia
Un pastor visitó a un hombre en prisión. El hombre le dijo: "Mi familia me abandonó, mis amigos me olvidaron. Estoy solo." El pastor le respondió: "Dios no te ha abandonado." El hombre lloró y confesó su crimen. Semanas después, el pastor lo vio bautizarse. La soledad del pecado puede ser profunda, pero la gracia de Dios es más profunda.
CONCLUSIÓN: LA CONFESIÓN QUE TRAE ESPERANZA (VERSÍCULO 18)
"Porque yo reconozco mi iniquidad, y estoy afligido por mi pecado."
El salmo termina con una declaración de esperanza en medio del dolor. David no se queda en la enfermedad, la angustia o la soledad. Reconoce su pecado. La palabra "reconozco" (nāgad) significa "declarar, confesar, hacer saber". David no esconde su pecado; lo expone ante Dios. La palabra "afligido" (dā’ag) significa "estar ansioso, preocupado, temeroso". David no es indiferente a su pecado; le duele. Le preocupa. Le aflige. Y esa aflicción es el primer paso hacia la restauración. El comentarista Spurgeon señala: "Estar apenado por el pecado no es expiación por él, pero es el espíritu correcto en el cual volverse a Jesús, quien es la reconciliación y el Salvador".
La conclusión del salmo no es una resolución triunfal. No dice "y Dios me sanó y todos mis amigos volvieron". Dice "reconozco mi iniquidad". La esperanza no está en la ausencia de consecuencias, sino en la presencia de la confesión. El que confiesa su pecado ha dado el primer paso hacia la libertad. El que reconoce su iniquidad ha abierto la puerta a la misericordia. El salmo cierra con un clamor: "No me desampares, oh Jehová; Dios mío, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación" (vv. 21-22). David no sabe cuándo terminará su sufrimiento, pero sabe a quién acudir. Y eso es suficiente.
VERSIÓN LARGA
El Salmo 38 es el grito de un hombre que ha tocado fondo, un lamento que brota de las entrañas mismas del sufrimiento, un poema que se arrastra por el polvo de la miseria humana y que sin embargo, en medio de su oscuridad, deja entrever un destello de esperanza. David escribe desde el fondo del pozo, desde ese lugar donde el aire se vuelve denso y las palabras se ahogan antes de nacer. No es un lamento teórico ni una reflexión distante sobre el pecado; es el grito de un hombre que está experimentando en su propia carne las consecuencias devastadoras de su transgresión. El título del salmo es Para traer a memoria, lo que sugiere que David quería que este lamento quedara registrado como un memorial perpetuo, como una piedra en el camino que nos recuerde a todos los que venimos detrás que el pecado hiere, que el pecado duele, que el pecado deja cicatrices que ni el tiempo ni las lágrimas pueden borrar del todo. La palabra hebrea lehazkir, que se traduce como para traer a memoria, es la misma que se usa para el sacrificio memorial en Levítico 2:2 y 24:7, ese sacrificio de flor de harina con aceite e incienso que se quemaba sobre el altar y cuyo aroma subía hasta el trono de Dios como un recordatorio. David está diciendo, en efecto, que su sufrimiento es una ofrenda, que su dolor es un sacrificio, que su lamento es un incienso que sube hasta el cielo y que obliga a Dios a recordar, no porque Dios olvide, sino porque en su misericordia ha decidido vincularse a la memoria del hombre, ha decidido escuchar el clamor de los que sufren y responder con actos de salvación.
Este es uno de los salmos penitenciales, junto con los Salmos 6, 32, 51, 102, 130 y 143, esos salmos donde el alma se desnuda ante Dios y reconoce su miseria sin ambages ni excusas. La iglesia primitiva lo recitaba en el Día de la Expiación, y más tarde la tradición cristiana lo adoptó para el Miércoles de Ceniza, ese día en que los creyentes se cubren de ceniza y se postran ante Dios reconociendo que son polvo y que al polvo han de volver. No es casualidad que este salmo haya sido elegido para ese día. Porque el Salmo 38 es, quizás, el más profundo de todos los salmos penitenciales, el que muestra con mayor crudeza la prosternación total del corazón y del espíritu bajo una combinación de pruebas severísimas, tanto mentales como corporales. La mente del escritor está atormentada por el sentido del disgusto de Dios, por el dolor de la deserción de los amigos, por el temor de las maquinaciones y amenazas de los enemigos. Su cuerpo está herido de enfermedad, la carne sin integridad, los huesos llenos de dolores, los lomos agonizando con una sensación de ardor, el corazón palpitando, las fuerzas y la vista fallando. Y a través de todo, la sensación de que todo es el resultado de su propio pecado. Pero el escritor no se reduce a la desesperación. Se aferra a Dios. Acepta sus sufrimientos como un castigo justo. Confiesa su iniquidad y está apenado por su pecado. Ora a Dios, derrama sus quejas delante de él, espera en él, y finalmente lo invoca como su Salvación.
David comienza su lamento apelando a la misericordia de Dios incluso en medio de la disciplina. No me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira, dice en el versículo primero. Es la misma petición con la que comienza el Salmo 6, y revela una comprensión profunda de la naturaleza de Dios. David no pide que Dios no lo discipline; pide que no lo discipline en su furor, que no lo castigue en su ira. Reconoce que merece el castigo, que ha pecado, que ha transgredido la ley de Dios, que ha hecho lo malo a los ojos del Señor. Pero también sabe que Dios es misericordioso, que Dios es lento para la ira y grande en misericordia, que Dios no se deleita en la muerte del pecador sino que quiere que se arrepienta y viva. La petición que se prefiere aquí, como señala Horne, es que Jehová no condenaría como juez, sino que castigaría como un padre, para la corrección y preservación del ofensor. David no quiere ser tratado como un enemigo de Dios, sino como un hijo. No quiere ser juzgado en el tribunal de la justicia divina, sino disciplinado en el hogar del amor divino. Porque el furor de Dios es el fuego que consume a los impíos, pero la disciplina de Dios es el fuego que purifica a los justos. Y David, aunque pecador, sigue siendo justo, sigue siendo hijo, sigue siendo amado. Por eso clama. Por eso pide misericordia. Porque sabe que el Dios que lo castiga es el mismo Dios que lo ama, y que el castigo no es abandono sino corrección, no es rechazo sino formación.
La palabra que se traduce como furor es qetsef, que indica una explosión de ira, una manifestación repentina y violenta del disgusto divino. La palabra que se traduce como ira es jeimah, que significa ardor, calor intenso, como el de un horno encendido o el de la fiebre que consume el cuerpo. David está usando las imágenes más fuertes posibles para describir la intensidad del castigo divino. No es una disciplina suave ni una corrección ligera; es una reprensión que sacude los cimientos del alma, un castigo que penetra hasta lo más profundo del ser. Y David sabe que lo merece. No se queja de injusticia. No protesta contra Dios. No dice que es inocente. Reconoce que ha pecado y que el castigo es justo. Pero también reconoce que Dios es misericordioso y que en su ira no olvida su compasión. Por eso pide que la disciplina no sea en furor, que el castigo no sea en ira. Porque si Dios lo tratara como merece, si Dios le diera lo que sus pecados demandan, David sería destruido por completo. Pero Dios no trata a sus hijos según sus pecados ni les paga conforme a sus iniquidades. Dios disciplina con amor, corrige con paciencia, forma con ternura. Y David apela a esa misericordia.
Los versículos que siguen describen con una crudeza estremecedora el sufrimiento de David. Porque tus saetas cayeron sobre mí, y sobre mí ha descendido tu mano, dice en el versículo segundo. Las saetas de Dios son los juicios divinos que penetran en el alma como flechas encendidas, que se clavan en la conciencia y no dejan de arder. La mano de Dios es su poder que se posa sobre el hombre como una carga aplastante, que lo dobla hacia la tierra, que lo humilla bajo el peso de su propia culpa. David utiliza estas imágenes poéticas para describir lo profundo que siente la ira de Dios. Las saetas, dice Clarke, sin duda se refieren a los dolores agudos que soportó, y cada cual parecía según su sentir como si una saeta cayera sobre su cuerpo. La mano de Dios, que debería ser una mano que sostiene, se convierte en una mano que presiona. La mano que debería levantar se convierte en una mano que aplasta. David siente que Dios está en su contra, que Dios lo ha abandonado, que Dios lo ha convertido en blanco de sus flechas. Y sin embargo, en medio de esa sensación de abandono, sigue clamando a Dios. Sigue creyendo que Dios está ahí, aunque lo sienta lejos. Sigue confiando en que Dios escucha, aunque parezca sordo. Porque la fe no es sentir la presencia de Dios, sino creer en ella a pesar de la ausencia aparente. La fe no es ver la mano de Dios, sino confiar en ella incluso cuando parece que nos golpea. La fe no es entender los caminos de Dios, sino descansar en ellos aunque nos resulten incomprensibles.
Nada hay sano en mi carne a causa de tu ira, ni hay paz en mis huesos a causa de mi pecado, dice en el versículo tercero. La palabra que se traduce como sana es metom, que significa integridad, salud, plenitud. David está diciendo que no hay ninguna parte de su cuerpo que esté intacta. No es una enfermedad localizada, no es un dolor específico, no es una herida que se puede vendar. Es todo el cuerpo, es cada célula, es cada fibra, es cada hueso. La palabra paz, shalom, aquí se refiere a la ausencia de dolor físico, al bienestar del cuerpo. Sus huesos, la estructura misma de su ser, están afectados. Y la causa no es una enfermedad casual ni un accidente; es tu ira y mi pecado. David no separa la disciplina divina de su propia transgresión. Reconoce que su sufrimiento físico es consecuencia directa de su pecado. La Biblia enseña que no toda enfermedad es consecuencia de pecado, como se ve en Juan 9:1-3, donde Jesús sana a un ciego de nacimiento y dice que ni él ni sus padres pecaron, sino que fue para que las obras de Dios se manifestaran en él. Pero también enseña que algunas enfermedades lo son, como en 1 Corintios 11:30, donde Pablo dice que por causa de la irreverencia en la mesa del Señor, muchos están débiles y enfermos, y algunos duermen. David está en la segunda categoría. Y lo sabe. Y lo reconoce. Como señala Boice, David reconoce la mano de Dios en su miseria, pero no piensa que es sin causa. Él sabía que era por su pecado. David era miserable, pero no era víctima en el sentido comúnmente entendido, ya que sus pecados eran la causa de su crisis. Como dijo Baker, citado por Spurgeon, David era como un yunque bajo dos martillos, el de la ira de Dios y el de su propio pecado, ambos golpeando incansablemente sobre él.
Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza, como carga pesada se han agravado sobre mí, dice en el versículo cuarto. La palabra que se traduce como iniquidades es avonot, que significa culpas, la deformación y corrupción interior de nuestra naturaleza. David se siente oprimido bajo el peso de sus pecados. La imagen es la de una inundación que cubre la cabeza, la de un diluvio que anega el alma, la de una carga que aplasta y no deja respirar. Sus pecados no son solo actos aislados; son una montaña que se levanta sobre él, una ola gigante que lo sumerge, un peso que lo dobla hacia la tierra. Hieden y supuran mis llagas a causa de mi locura, dice en el versículo quinto. La palabra que se traduce como llagas es jaburot, que significa heridas, contusiones, cardenales. La palabra que se traduce como locura es ivvelet, que significa necedad, insensatez, falta de sentido. David está diciendo que sus heridas no solo son dolorosas; son vergonzosas. No solo duelen; huelen mal. No solo lo debilitan; lo avergüenzan. El pecado es la herida del alma, dice Horne, la cual debe ser lavada con las lágrimas del arrepentimiento, limpiada por la sangre de Cristo, y sanada por el Espíritu del Único Santo. Pero antes de ser sanada, la herida debe ser reconocida. Antes de ser limpiada, debe ser confesada. Antes de ser vendada, debe ser expuesta. Y David la expone. La pone delante de Dios tal cual es. No la esconde. No la disimula. No la maquilla. La muestra con toda su podredumbre, con todo su hedor, con toda su vergüenza. Porque sabe que solo Dios puede sanarla, y que Dios no sana lo que no se le presenta.
Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día, dice en el versículo sexto. El verbo que se traduce como encorvado es na‘avah, que describe a alguien que está doblado hacia abajo, que no puede enderezarse. La palabra que se traduce como humillado es shachah, que indica abatimiento profundo. David no está simplemente triste; está aplastado. Ando enlutado todo el día describe un duelo continuo, un lamento que no cesa. La palabra hebrea para enlutado es qadar, que significa oscuro, sombrío. No es un momento de tristeza; es un estilo de vida de dolor. Como señala Maclaren, ninguna meticulosidad mantiene al salmista de describir los detalles ofensivos. David no esconde su miseria; la expone ante Dios. No la disimula; la grita. No la maquilla; la muestra tal cual es. Porque sabe que Dios ya la conoce, que Dios ya la ve, que Dios ya la ha visto desde el principio. Y sin embargo, la confiesa. Porque la confesión no es informar a Dios de algo que no sabe; es reconocer ante Dios algo que nosotros no queremos aceptar. Es doblar la rodilla. Es rendir el orgullo. Es abrir la puerta de la jaula donde tenemos encerrado nuestro pecado, y dejarlo salir, y dejarlo volar, y dejarlo ir.
Porque mis lomos están llenos de ardor, y nada hay sano en mi carne, dice en el versículo séptimo. La palabra que se traduce como lomos es kesalim, que se refiere a los músculos de la espalda o los ijares, la parte del cuerpo que sostiene el peso y que permite el movimiento. La palabra que se traduce como ardor es niqleh, que significa quemadura, inflamación, fuego interior. David siente un ardor que empieza en sus lomos y se extiende por todo su cuerpo. Es como un fuego que lo consume por dentro, que lo devora, que no le da tregua. Estoy debilitado y molido en gran manera; gimo a causa de la conmoción de mi corazón, dice en el versículo octavo. La palabra que se traduce como debilitado es puwg, que significa entumecido, paralizado, sin fuerzas. La palabra que se traduce como molido es dakah, que significa quebrantado, triturado, pulverizado. David no solo está débil; está roto. No solo está cansado; está deshecho. Gimo a causa de la conmoción de mi corazón. La palabra que se traduce como gimo es sha'ag, que significa rugir, bramar, gritar como un león. David no solo suspira; ruge. No solo llora; grita. La versión King James puede seguir la línea del hebreo de una manera más acertada al traducir, He gemido. Como señala Spurgeon, cuando nuestras oraciones parecen más bien ser de un trasfondo animal que espiritual, de ninguna manera son menos prevalentes hacia el Padre de misericordia. Dios escucha incluso los gemidos que no pueden articularse en palabras. Dios entiende incluso los rugidos que no pueden expresarse en oraciones. Dios recibe incluso los gritos que no pueden formularse en teología. Porque Dios no escucha solo las palabras; escucha el corazón. No ve solo lo que decimos; ve lo que sentimos. No responde solo a lo que pedimos; responde a lo que somos.
Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto, dice en el versículo noveno. Al hablar a Dios como su amo, Adonai, David apela a Dios con completa transparencia. Su miseria no está oculta para con Dios, o de cualquiera que escuchara este salmo. Nuestro instinto es el seguir el patrón de nuestros primeros padres y esconder nuestro pecado y escondernos de Dios. Aquí David es un ejemplo del tipo de comunicación sin estorbo, la cual es importante para aquel que verdaderamente desea a Dios. Un gemir intenso hacia Dios son en sí mismos obras de gracia, dice Spurgeon. Recuerda, oh hombre con deseos, que ya tienes una bendición. Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya, dice en el versículo décimo. David se sintió tan humillado que la vida y la luz misma le estaban dejando. Las acciones del corazón están descritas por una palabra rara, dice Maclaren, la cual, en su raíz, significa estar dando vueltas y más vueltas, y aquí está en una intensa expresión de movimiento violento. El corazón de David palpita sin control, su fuerza se desvanece rápidamente, y toda luz y brillo desaparece de sus ojos. Es la imagen de un hombre que se está muriendo, no físicamente quizás, pero sí espiritualmente. Es la imagen de un hombre que ha tocado fondo, que ha llegado al límite de sus fuerzas, que no puede más.
Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis cercanos se han alejado, dice en el versículo undécimo. La miseria de David no fue aliviada ni por sus amigos ni por sus compañeros. Aun las personas cercanas se habían despreocupado o no podían ayudar a David. El alivio puede llegar en la forma de pequeños placeres de la vida, y en los momentos de experiencias compartidas con los amigos, pero el salmista no tenía nada de esto, dice VanGemeren. La palabra plaga es quizás elegida por su asociación a la lepra, ya que así era como los amigos de David le estaban tratando, dice Kidner. La lepra era la enfermedad más temida en el antiguo Israel, no solo por sus efectos físicos devastadores, sino por sus consecuencias sociales. El leproso era excluido de la comunidad, apartado de su familia, separado del culto. Era un muerto en vida, un fantasma entre los vivos. Y David se siente como un leproso. No solo está enfermo; está contaminado. No solo sufre; es evitado. Sus amigos y compañeros se mantienen lejos. Sus cercanos se han alejado. La palabra que se traduce como cercanos es qarov, que significa parientes, vecinos, aquellos que tienen derecho de hacer suyos los problemas de un familiar. Pero ni siquiera ellos se acercan. David está solo. Completamente solo. Rodeado de gente, quizás, pero solo. Porque el pecado construye muros que ni la risa ni la compañía pueden derribar.
Los que buscan mi vida arman lazos, y los que procuran mi mal hablan iniquidades, y meditan fraudes todo el día, dice en el versículo duodécimo. David soportó mucho más que la falta de apoyo de parte de sus amigos y familiares. También enfrentó a enemigos determinados, quienes constantemente planeaban iniquidades contra él. Existen, tristemente, los que están al acecho de oportunidades para demostrar rencor, anticipan lo peor y hacen sus planes con intención de engañar. La enfermedad de David, lejos de despertar compasión en sus enemigos, despertó su oportunismo. Aprovecharon su debilidad para atacarlo, para calumniarlo, para conspirar contra él. Es una de las experiencias más dolorosas de la vida: descubrir que aquellos que deberían compadecerse de nosotros son los que más se aprovechan de nuestra desgracia. Pero David no responde. Mas yo, como si fuera sordo, no oigo; y soy como mudo que no abre la boca, dice en el versículo decimotercero. Soy, pues, como un hombre que no oye, y en cuya boca no hay reprensiones, dice en el versículo decimocuarto. David estaba tan deprimido y afligido que se sintió impotente para responder a esos ataques. Su incapacidad de defenderse a sí mismo significaba que necesitaba a Dios más que nunca. Como David, cuando dejó que Simei echara sus maldiciones sobre él desde la colina y no le respondió, el salmista está sordo y mudo para enfrentar las lenguas maliciosas. Él hablará con Dios, pero con el hombre se mantendrá en silencio, en una sumisión completa de la voluntad, dice Maclaren. David estuvo en silencio de una manera valiente, y esto fue eminentemente típico de nuestro Señor Jesús, cuyo silencio maravilloso delante de Pilato fue mucho más elocuente que las palabras, dice Spurgeon.
Pero en medio de todo este sufrimiento, en medio de toda esta angustia, en medio de toda esta soledad, hay un destello de esperanza. Porque en ti, oh Jehová, he esperado; tú responderás, Jehová Dios mío, dice en el versículo decimoquinto. A pesar de su depresión espiritual, David se aferró a la esperanza en el Señor. Aunque no la sintió, en fe dijo, Tú responderás. David eligió el permitir que su aflicción le presionara hacia ir hacia Dios en lugar de que lo alejara de Dios, quien era su única esperanza. Este es el versículo clave del salmo. Este es el punto de inflexión. Aquí, en medio de la oscuridad más profunda, David enciende una vela. Aquí, en medio del silencio más absoluto, David pronuncia una palabra. Aquí, en medio de la muerte más segura, David respira un aliento de vida. Porque en ti, oh Jehová, he esperado. No en los hombres, que se alejan. No en las circunstancias, que cambian. No en las fuerzas propias, que se agotan. No en los amigos, que fallan. No en los enemigos, que conspiran. Solo en ti. Solo en Jehová. Solo en el Dios del pacto, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que sacó a Israel de Egipto, el Dios que prometió a David un trono eterno. En ti he esperado. Tú responderás. No dice quizás responderás. No dice ojalá respondas. No dice si quieres respondas. Dice tú responderás. Es una declaración de fe. Es una certeza de esperanza. Es una seguridad de salvación. Jehová Dios mío. No un Dios lejano, no un Dios abstracto, no un Dios impersonal. Jehová Dios mío. El Dios del universo es mi Dios. El Dios que hizo los cielos y la tierra es mi Dios. El Dios que juzga a las naciones es mi Dios. El Dios que disciplina a sus hijos es mi Dios. Y si es mi Dios, entonces me escucha. Si es mi Dios, entonces me responde. Si es mi Dios, entonces me salva.
El Salmo 38:15 es un ejemplo del uso de las tres palabras hebreas comúnmente utilizadas para referirse a Dios en un versículo. Jehová, traduciéndose a Yahvéh, refiriéndose al Dios de pacto de Israel. Jehová, traduciéndose a Adonai, refiriéndose a Dios como Amo o persona de respeto. Dios, traduciéndose a Elohim, el plural de la palabra para Dios, en el sentido genérico. David invoca al Dios del pacto, al Dios soberano, al Dios creador. No se conforma con una sola imagen de Dios; lo invoca con todos los nombres que conoce, con todos los títulos que ha aprendido, con todas las experiencias que ha tenido. Porque Dios es más grande que cualquier nombre, más profundo que cualquier título, más rico que cualquier experiencia. Y cuanto más lo invocamos, más lo conocemos. Cuanto más lo conocemos, más lo amamos. Cuanto más lo amamos, más confiamos en él. Cuanto más confiamos en él, más lo invocamos. Es un círculo virtuoso que comienza con una sola palabra, con un solo nombre, con una sola esperanza. Y esa palabra, ese nombre, esa esperanza, lo cambia todo.
Dije: No se alegren de mí; cuando mi pie resbale, no se engrandezcan sobre mí, dice en el versículo decimosexto. David apeló a Dios, y no solamente debido a que era miserable, sino porque él no quería que sus adversarios se regocijaran sobre él. Hay algo profundamente humano en esta petición. David no quiere que sus enemigos tengan razón. No quiere que los que lo odian se burlen de su fe. No quiere que los que lo desprecian digan que su Dios lo ha abandonado. No quiere que los que lo calumnian celebren su caída. Porque si David cae, si David es destruido, si David es abandonado por Dios, entonces el nombre de Dios será mancillado. Entonces la fe de Israel será ridiculizada. Entonces los enemigos de Dios se engrandecerán. David no pide solo por sí mismo; pide por el honor de Dios. No pide solo su salvación; pide la vindicación del nombre divino. Porque sabe que su causa es la causa de Dios, que su batalla es la batalla de Dios, que su honra es la honra de Dios. Y Dios no abandona a los que confían en él. Dios no decepciona a los que esperan en él. Dios no defrauda a los que se aferran a él.
Pero yo estoy a punto de caer, y mi dolor está delante de mí continuamente, dice en el versículo decimoséptimo. David no está seguro de sí mismo. No está confiando en sus propias fuerzas. No está presumiendo de su propia fidelidad. Sabe que está a punto de caer. Sabe que su dolor está siempre presente. Sabe que no puede más. Pero precisamente por eso clama. Precisamente por eso ora. Precisamente por eso espera. Porque el que está fuerte no necesita médico, sino el que está enfermo. El que está de pie no necesita ayuda, sino el que está cayendo. El que está vivo no necesita resurrección, sino el que está muerto. David sabe que está a punto de caer, y por eso se aferra a la mano que puede sostenerlo. Sabe que su dolor está delante de él, y por eso levanta los ojos al único que puede consolarlo. Sabe que no puede salvarse a sí mismo, y por eso invoca al único que puede salvarlo.
Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado, dice en el versículo decimoctavo. David de nuevo pensó en su propio pecado, el cual era la causa de su miseria. En muchos otros salmos David declara su inocencia, especialmente en comparación con sus enemigos, pero no en este salmo. Este salmo salió de la angustia de David sobre su pecado. El sentir remordimiento por el pecado no es hacer expiación de ello, pero es el espíritu correcto en el cual se puede reparar en Jesús, quien es la reconciliación y el Salvador, dice Spurgeon. Ahora, cuando estos dos, la ira de Dios y el pecado del hombre, se encuentran en el alma, de manera física y enfermedad en el estómago, habrá mucho malestar hasta que sea vomitado por la confesión, dice Trapp. La confesión es el vómito del alma. Es expulsar lo que nos envenena. Es liberar lo que nos oprime. Es reconocer lo que nos condena. Y David confiesa. No dice si he pecado. No dice si tal vez he pecado. No dice si me he equivocado sin querer. Dice confesaré mi maldad. Me contristaré por mi pecado. Es una confesión específica, personal, concreta. No es una confesión genérica de pecados genéricos. Es la confesión de este pecado, de mi pecado, de mi maldad. David no se esconde detrás de generalidades. No se protege con ambigüedades. Se expone. Se desnuda. Se humilla. Y en esa humillación, encuentra esperanza. Porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Porque el que se humilla será enaltecido, y el que se enaltece será humillado. Porque la confesión es el primer paso hacia la restauración, y el arrepentimiento es el camino hacia la vida.
Porque mis enemigos están vivos y fuertes, y se han aumentado los que me aborrecen sin causa, dice en el versículo decimonoveno. David apeló hacia Dios por ayuda a la luz de la energía y fortaleza de sus enemigos, y porque ellos estaban en su contra sin ninguna buena razón. La palabra hebrea traducida como contrarios es la raíz para el título de Satanás. Ellos me odian de una manera satánica, como si fueran transformados en muchos diablos, dice Trapp. Los que pagan mal por bien me son contrarios, por seguir yo lo bueno, dice en el versículo vigésimo. David reconoce la justicia de los castigos de Dios, pero protesta que sus adversarios no tienen causa válida tras toda su malicia. Él les ha tratado con benignidad, pero solamente le devuelven odio. En el fondo de su hostilidad está el hecho de que David es un seguidor de Dios y un hombre recto. La persecución de los piadosos por parte de los impíos es la cosa ordinaria, la cosa usual en el mundo. Pero David, y todo verdadero creyente con él, se aferra a su fe en Jehová y en la misericordia perdonadora prometida en el Evangelio.
No me desampares, oh Jehová; Dios mío, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación, dice en los versículos vigesimoprimero y vigesimosegundo. El salmo cierra sin elocuencia, solamente con un clamor del corazón. Más que nada lo que David quería era sentir la presencia de Dios. Parece ser que la ausencia de ese sentido era la prueba más grande de David en esta oscura temporada. Cualquiera que cuidadosamente lee este salmo verá lo amargo y doloroso que es el pecar en contra del Señor, y especialmente el pecar después de haber conocido su misericordia, y después de haber escapado de la corrupción que está en el mundo. Lector, estate alerta; una vida de rectitud puede perderse al ceder ante un momento de tentación, y un carácter limpio ser manchado para siempre, dice Clarke. David presiona sobre su necesidad delante de Dios con urgencia, y mira al Señor como su única salvación. El salmo termina sin un cambio en las circunstancias, pero con una fe continua en Dios. En los últimos dos versículos David de nuevo utiliza las tres referencias hebreas comunes para la Deidad. El Dios que conocía por nombre, Yahvéh, y por pacto, mi Dios, y como su Señor y Salvador. No me desampares, oh Jehová. Dios mío, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación. Es el clamor final de un hombre que ha tocado fondo, pero que se niega a soltar la mano de Dios. Es la oración de un pecador que reconoce su miseria, pero que confía en la misericordia divina. Es el grito de un hijo que ha sido disciplinado, pero que sigue llamando a su padre. Y ese grito, ese clamor, esa oración, no cae en el vacío. Porque Dios escucha. Dios responde. Dios salva.
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