PORQUE DE TAL MANERA AMO DIOS AL MUNDO - Juan 3:16
INTRODUCCIÓN: Repaso de la Predica Anterior
Puntos cubiertos:
1. "AMOR" (agapē): El amor divino incondicional que motiva la salvación
2. "MUNDO" (kosmos): La humanidad rebelde y perdida, objeto del amor divino
3. "HIJO" (monogenēs): El don supremo y único de Dios para la reconciliación
"Hemos contemplado la magnitud del amor de Dios que dio a su Hijo único por el mundo entero. Pero esta verdad gloriosa nos confronta con una pregunta personal e ineludible: ¿Y yo? ¿Cómo puedo apropiarme de esta salvación? Hoy descubriremos que el versículo contiene tres palabras que son puertas hacia la vida eterna o cerrojos que mantienen en la perdición. Además, entenderemos el propósito completo de Dios al enviar a Su Hijo y las consecuencias eternas de nuestra respuesta, según lo revelan los versículos 17-18 y 36 del mismo capítulo."
"Dios ha hecho su parte: amó y dio. Ahora el versículo nos revela cuál debe ser nuestra respuesta para que este amor no sea un regalo rechazado, sino una posesión disfrutada. Pero antes de examinar nuestra respuesta, Juan 3:17 nos aclara el corazón mismo de la misión de Cristo."
PUNTO 1: "TODO AQUEL" - La Universalidad de la Oferta
Exégesis: La frase griega πᾶς ὁ (pas ho) significa literalmente "cada uno que", "cualquiera que". El comentario de BibleHub destaca que el amor de Dios "individualiza" a la masa: "cada hombre aislado, recibiendo tanto del amor de Dios como si no hubiera otra criatura en el universo". Los comentarios de Juan 3:17 enfatizan que la palabra "mundo" se repite tres veces con tono solemne, confirmando que el propósito de Dios es salvar a la humanidad en su totalidad, no solo a un grupo selecto. Esto contrasta con las limitaciones sectarias del judaísmo del siglo I y con la expectativa judía de un Mesías que vendría a juzgar y destruir a los gentiles.
Aplicaciones Prácticas:
- Nadie puede decir "Dios no me ama" o "Cristo no murió por mí"
- Destruye toda barrera de exclusividad religiosa ("nosotros vs. ellos")
- Impide que nos consideremos demasiado buenos o demasiado malos para ser incluidos
- Confirma que la misión de Cristo tenía alcance universal desde el principio
Preguntas de Confrontación:
- ¿Has tratado alguna vez de poner condiciones a la gracia de Dios, creyendo que algunos son "in-salvables"?
- ¿Te ves a ti mismo incluido en este "todo aquel", o crees que eres la excepción?
- ¿Cómo cambia tu visión del evangelio al saber que el propósito de Dios es salvar al "mundo" y no solo a algunos?
Textos de Apoyo:
- Juan 1:12: "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios"
- 1 Juan 2:2: "Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo"
- Juan 3:17: "Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él"
Frase célebre: "El Evangelio es como un paraguas abierto en medio de la lluvia: protege a todo aquel que se refugie bajo él, sin importar quién sea o de dónde venga." - Charles Spurgeon.
PUNTO 2: "CREER" - La Respuesta Personal Requerida
Exégesis: El verbo πιστεύων (pisteuōn) está en participio presente activo, indicando una acción continua, no un acto puntual. El comentario insiste: "No es solo un asentimiento intelectual... sino una entrega y adhesión personal completa". La preposición εἰς (eis) sugiere movimiento hacia, implicando confianza activa. Juan 3:18 añade una dimensión crucial: "El que cree en él, no es condenado". La palabra "condenado" aquí es κρίνεται (krinetai), que significa "juzgado". Pero el contraste está en el tiempo verbal: el que no cree "ya ha sido condenado" (ἤδη κέκριται). La fe, por tanto, no es solo recibir un regalo futuro; es escapar de un juicio que ya está en efecto.
Aplicaciones Prácticas:
- La fe salvadora implica confianza personal (como en un paracaídas), no solo conocimiento histórico
- Es un acto de la voluntad que se renueva diariamente
- La fe nos libra de una condenación que ya existe, no solo de una futura
- Distinción crucial entre "creer que" (hechos) y "creer en" (confianza relacional)
Preguntas de Confrontación:
- ¿Tu "creer" es solo un acuerdo intelectual con doctrinas, o es una confianza diaria que afecta tus decisiones?
- ¿En qué evidencias prácticas se muestra que realmente "crees en" Jesús y no solo "crees que" existió?
- ¿Vives con la seguridad de que ya no estás condenado, o con el temor de un juicio futuro?
Textos de Apoyo:
- Juan 20:31: "Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre"
- 1 Juan 5:1: "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios"
- Juan 3:18: "El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios"
Frase célebre: "Fe es una mirada, no un salto en la oscuridad; es mirar a Cristo, confiar en su capacidad para salvar." - J.C. Ryle.
PUNTO 3: "PERDERSE" - La Alternativa Trágica (y su Contraste con la Vida Eterna)
Exégesis: El verbo ἀπόληται (apolētai) está en subjuntivo aoristo medio, indicando posibilidad real pero no inevitable. Significa "ser destruido", "perecer completamente", no aniquilación sino ruina eterna. El comentario advierte: "los hombres no necesitan esperar hasta morir antes de 'perecer'". Es un estado presente de separación de Dios que se consuma eternamente. Juan 3:36 profundiza esta verdad y establece el contraste absoluto: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él".
El contraste que Juan presenta es claro y diametral:
1. Perderse: Es no ver la vida (privación total). Es la permanencia de la ira de Dios sobre la persona (μένει ἐπʼ αὐτόν - una realidad presente y continua). Es desobediencia activa (ἀπειθῶν - apeithōn).
2. Vida Eterna: Es poseer la vida ahora mismo ("tiene vida eterna" - presente indicativo). Es pasar de muerte a vida. Es la comunión restaurada con Dios.
Aquí "rehúsa creer" es ἀπειθῶν (apeithōn) - "desobedece", mostrando que la incredulidad es un acto de desobediencia activa. Y "está sobre él" es μένει ἐπʼ αὐτόν - "permanece sobre él", indicando una realidad presente y continua. Mientras que el creyente experimenta la vida eterna como una posesión presente, el que se pierde experimenta la ira de Dios como una realidad igualmente presente.
Aplicaciones Prácticas:
- El "perderse" no es solo destino futuro, sino condición presente de alejamiento de Dios, en contraste directo con la vida eterna que es una posesión presente.
- La salvación es rescate de un peligro real e inminente - no solo del futuro infierno, sino de la ira presente de Dios.
- La incredulidad es desobediencia activa que mantiene a la persona bajo la ira de Dios, mientras que la fe es obediencia que recibe la vida.
- La indiferencia espiritual ya es un inicio de "perdición", así como la fe genuina es ya un inicio de "vida eterna".
Preguntas de Confrontación:
- ¿Vives consciente del peligro real del que Cristo te quiere salvar, o has trivializado el concepto de "perderse"?
- ¿Qué áreas de tu vida muestran que aún no te has rendido completamente al Rescatador?
- ¿Eres consciente de que rechazar a Cristo es elegir permanecer bajo la ira de Dios que ya está presente, mientras que creer es comenzar a disfrutar de la vida eterna aquí y ahora?
- ¿Estás experimentando la vida eterna como una realidad presente, o solo como una promesa futura?
Textos de Apoyo:
- Juan 10:28: "y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano"
- 1 Juan 5:12: "El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida"
- Juan 3:36: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él"
- Juan 5:24: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida"
Frase célebre: "El infierno es la perpetuación del 'no' a Dios, dicho durante toda una vida." - C.S. Lewis.
CONCLUSIÓN: Llamado a la Acción y a la Reflexión
Hoy hemos descubierto que el amor universal de Dios (todo aquel) requiere una respuesta personal (creer) para evitar una consecuencia eterna (perderse). Los versículos complementarios nos han dado el marco completo:
1. El propósito de Dios es salvar, no condenar (3:17)
2. La fe nos libra de una condenación que ya existe (3:18)
3. La incredulidad nos mantiene bajo la ira de Dios que ya está presente, mientras que la fe nos da vida eterna como posesión actual (3:36)
El contraste no podría ser más claro: vida eterna presente versus ira de Dios presente; posesión de vida versus privación de vida; comunión con Dios versus separación de Dios.
Estas tres palabras forman un puente entre la provisión divina y la posesión humana.
Imagina un naufragio. Dios es el capitán que envió el bote salvavidas (Cristo) con el único propósito de rescatar (3:17). "Todo aquel" es la invitación a todos los náufragos. "Creer" es subir al bote y permanecer en él, siendo declarado "no condenado" al instante (3:18) y comenzando inmediatamente a disfrutar de la seguridad y provisión del barco de rescate (vida eterna como realidad presente). "Perderse" es rechazar el bote y hundirse en el mar, bajo la tormenta de la ira de Dios que ya cae (3:36), privado de la seguridad y vida que el barco ofrece.
1. IDENTIFÍCATE en el "todo aquel" - reconoce que esta oferta es para ti personalmente
2. DECIDE CREER activamente - no solo asientes con la mente, sino que confía con la vida, recibiendo el perdón y escapando de la condenación presente, y comenzando a disfrutar de la vida eterna ahora mismo
3. HUYE DEL PELIGRO - reconoce la realidad del "perderse" y la ira presente de Dios, y aférrate al Salvador que te ofrece vida abundante desde hoy
VERSIÓN LARGA
Antes de que el primer “amén” resonara en el aire húmedo de Jerusalén, antes de que la sílaba “mundo” fuera pronunciada y con ella, todos los muros de la fe heredada comenzaran a desmoronarse silenciosamente, existía una oscuridad expectante. No era la oscuridad vacía, sino la oscuridad llena de formas, de dogmas apilados con esmero como volúmenes en la biblioteca de un sabio. Nicodemo, el hombre que se movía en esa penumbra, no era un ignorante. Era un arquitecto de esas mismas formas, un conservador de los compartimentos sagrados que ordenaban la creación: dentro y fuera, puro e impuro, el Pueblo de la Promesa y la vastedad informe del goyim, las naciones. Para él, como para sus maestros, el concepto de “mundo” – kosmos en el griego que luego registraría este diálogo – estaba teñido de una connotación de distancia, de otredad espiritual, y en los textos más severos de la tradición apocalíptica, de un destino de juicio y fragmentación. El Mesías esperado, el Hijo de David, sería la espada flamígera de la separación definitiva. Su venida sería un acto de cirugía cósmica, extirpando del tejido de la historia aquello que se oponía al orden sagrado de Sión.
Y he aquí que la voz de Jesús, emergiendo de la sombra del atrio, no empuñó una espada, sino que trazó un círculo. Un círculo de una amplitud tan desconcertante que hizo añicos los marcos de todos los mapas teológicos. “De tal manera amó Dios al mundo…”. La palabra griega agápēsen aquí, en aoristo, no describe un sentimiento eterno y difuso en el seno de la divinidad, sino un acto histórico, concreto, un verbo que ocurrió en el tiempo y que tuvo un objeto definido. Y ese objeto, ese término que absorbe todo el peso del verbo, es “ton kósmon”. Al mundo. No “al elegido”, no “al piadoso”, no “al que buscaba”. Al mundo. Los comentaristas, con un dedo que parece señalar una herida y una maravilla a la vez, aclaran este punto crucial: este “mundo” no es la creación buena del Génesis, sino “la humanidad en su estado de alienación y rebeldía”. Es, precisamente, aquello que la teología de la separación consideraba irremediablemente “afuera”. Dios amó no la idea abstracta de humanidad, sino su realidad concreta de fractura. Amó el caos. Amó la herida abierta. Amó al sistema mismo de la rebelión, no para aprobarlo, sino para entrar en él, como la luz entra en la tiniebla sin negociar con ella, con el único fin de transformarla desde dentro.
Este es el primer y más profundo terremoto del pasaje. Establece que el atributo primordial de Dios en relación con su creación perdida no es la ira, sino el amor. La ira, como se verá más tarde, es una respuesta santa, necesaria, pero es una respuesta. El amor es la iniciativa. El amor es la naturaleza misma desde la cual Dios se vuelve hacia su obra dañada. Como señalan las notas exegéticas, esta declaración “corría en sentido contrario” a la creencia popular judía. Mientras la expectativa apuntaba a una venida para juzgar y destruir a las naciones, Jesús revela un movimiento divino de aproximación, no de rechazo; de rescate, no de aniquilación. El fundamento de todo lo que sigue – el don, la fe, la vida eterna – no es un pacto condicional, sino este amor unilateral, previo, desatado hacia aquello que no tenía nada atractivo que ofrecerle. No se ama al mundo por su potencial de bondad, se le ama en su actualidad de perdición. Es un amor que no espera mérito, sino que crea la posibilidad del mismo.
Pero este amor, si se hubiera quedado en la esfera de la emoción divina, habría sido una tragedia mayor: la de un Dios conmovido pero impotente. El griego, sin embargo, no permite esa lectura. La partícula hṓste (“de tal manera”) vincula indisolublemente la intensidad del amor con la naturaleza de su acción. ¿Cómo amó Dios al mundo? Así: “que dio a su Hijo unigénito”. El verbo édōken (“dio”) es de una simplicidad atronadora. Es un verbo de transferencia irrevocable, de entrega total. No es un “envió” en misión diplomática con billete de regreso; es un “dio”, como quien entrega lo más preciado que posee a un destino incierto y peligroso.
Aquí, la exégesis nos conduce a uno de los paralelos más conmovedores y reveladores de toda la Escritura. Los comentaristas señalan que “todo judío conocía, y amaba pensar y contar, de su antepasado que estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo en obediencia a lo que creía ser la voluntad de Dios”. La historia de Abraham e Isaac en el monte Moriah era el paradigma supremo de la fe obediente. Un padre lleva a su hijo, el hijo de la promesa, hacia un altar de piedra. El hijo carga la leña de su propio holocausto. Es la imagen máxima de la rendición humana a lo divino. Pero Jesús, al mencionar al “Hijo unigénito”, no está presentando a Dios como un nuevo Abraham que exige un sacrificio humano. Está revelando un contraste que transfigura toda la narrativa. Como iluminan los textos: “El amor da, y no requiere, sacrificio. Dios no quiere que Abraham dé a su hijo, sino que Él dio a Su Hijo unigénito.”
En Moriah, la mano del padre es detenida. Un carnero aparece, enredado en un matorral. La lección es que Dios provee y que no desea la muerte de los hijos. Pero en el Gólgota, el monte de la calavera, no hubo voz que gritara “¡Abraham! ¡Abraham!”. No hubo carnero sustituto. Porque en esta ocasión, el sustituto era el propio Hijo de Dios. El “Dios proveerá” de Abraham (Yireh) se convierte en el “Dios ha provisto” del Calvario. Lo que provee no es un animal, sino a sí mismo, en la persona del Hijo. El amor no exige sacrificios ajenos; el amor se convierte en el sacrificio.
La palabra “unigénito” (monogenḗs) condensa en sí toda la preciosidad de este don. Significa “único en su género”, “el único de su clase”. No es un hijo entre muchos, es el Hijo que comparte la naturaleza misma del Padre, el resplandor de su gloria. Dar al Unigénito no fue dar algo que Dios tenía, fue dar algo que Dios era, en el misterio insondable de la Trinidad. Fue la autorrenuncia más profunda dentro del ser mismo de la Deidad. Los comentarios intentan, con humildad, acercarse a esto: “todo lo que el pensamiento humano ha reunido de ternura, perdón, amor, en la relación de padre a hijo único… todo esto es, en la debilidad de un cuadro dibujado desde la tierra, un acercamiento a la verdadera idea de Dios”. Y aún así, la realidad es infinitamente mayor, porque “el amor por el mundo da en sacrificio el amor por el Hijo unigénito”. Hay aquí una tensión trágica y gloriosa en el corazón del amor divino: el amor por la creación rebelde se expresa a través del amor entregado por el Hijo amado. Es como si el océano, para dar de beber al desierto, tuviera que evaporar la gota que reflejaba perfectamente el cielo y enviarla a morir en la arena para abrir un manantial.
La magnitud del don podría sugerir una aplicación difusa, una especie de lluvia general de gracia que moja a todos por igual, independientemente de su postura. Pero el texto, en su sabiduría, realiza un giro fundamental. No dice “para que el mundo automáticamente se salve”. El gran río del amor universal se canaliza a través de un cauce personal, específico: “para que todo aquel que en él cree…”. La partícula hína (“para que”) introduce el propósito del don, y ese propósito se activa con una condición: la fe.
“Todo aquel” – pâs ho pisteúōn. La universalidad no se pierde; por el contrario, se afirma con mayor fuerza. La oferta es tan ancha como el “mundo” que Dios amó. No hay ser humano excluido de la posibilidad, porque no hubo ser humano excluido del amor que la motiva. Los comentarios ahondan en esto, destacando cómo el amor de Dios, aunque masivo, es al mismo tiempo profundamente individual. “Cada hombre aislado, recibiendo tanto del amor de Dios como si no hubiera otra criatura en el universo”. No es un amor que se diluye en la multitud, sino que se concentra en el corazón de cada uno. La frase “todo aquel” es una invitación que tiene la forma de un nombre propio. Es un llamado que, al ser pronunciado, resuena en la singularidad irrepetible de cada conciencia.
Pero esta universalidad incondicional en la oferta choca con la siguiente palabra, que introduce la condición de su apropiación. Es aquí donde la gracia, sin dejar de ser gracia, respeta la terrible dignidad de la libertad humana. Dios no salva al mundo contra su voluntad, como un tirano benevolente. El don está dado, pero debe ser recibido. Y el mecanismo de recepción no es una obra, un rito o un logro moral. Es una palabra sencilla y a la vez de una profundidad abisal: “cree”.
“Todo aquel que en él cree” – pisteúōn eis autón. La exégesis aquí es minuciosa y crucial. Los comentaristas señalan que la preposición griega eis (“en”, pero más literalmente “hacia” o “dentro de”) es fundamental. No es lo mismo que pisteúō hoti (“creer que”), que denota un asentimiento intelectual a una proposición. Pisteúōn eis autón implica movimiento, dirección, entrega. Es “creer hacia él”, “arrojarse sobre él”, como quien, exhausto, se deja caer sobre una roca firme. Uno de los comentarios lo expresa con una imagen poderosa: es “como Abraham, en voluntad descansa todo sobre Dios”.
La fe, por tanto, no es principalmente la aceptación de un credo, sino la confianza en una persona. Es la transferencia del peso de la propia vida – con su culpa, su ansiedad, su búsqueda de significado – desde los frágiles pilares del esfuerzo propio hacia la solidez de Cristo. Es un acto de abandono y adhesión simultáneos. Los comentarios hablan de “descansar todo el ser sobre Él”. Esta fe es el “cántaro”, en la metáfora de uno de los expositores, con el que el hombre saca el agua del río de la gracia para apagar su sed. Sin este cántaro de la confianza personal, el río, por ancho y caudaloso que sea, no salva al hombre que se muere de sed en su orilla.
Esta fe es un participio presente (pisteúōn), lo que denota una acción continua, una actitud vital persistente. No es un momento único de éxtasis, sino una orientación constante de la vida hacia Cristo. Es el hábito de la confianza, el día a día de descansar en su obra consumada, no en los vaivenes del propio desempeño. Es lo que diferencia al religioso, que cree que Dios existe y que Cristo murió, del discípulo, que cree en Dios y se arroja sobre Cristo.
El propósito último de este amor dado y recibido por la fe se declara entonces en un contraste de dos destinos eternos, dos condiciones existenciales que parten de un mismo punto: “no se pierda, mas tenga vida eterna”.
“Perderse” – apólētai. El verbo está en subjuntivo aoristo, indicando una posibilidad real, un resultado que puede evitarse. Pero su significado es de una desolación total. Como advierten los comentarios, “los hombres no necesitan esperar hasta morir antes de ‘perecer’”. La perdición no es solo un lugar futuro (el infierno), es ante todo un estado presente de separación de la Fuente de la vida. Es la ruina espiritual, el desperdicio trágico de una existencia que no alcanza el propósito para el que fue creada: la comunión con Dios. Es vivir en la sombra de la muerte, incluso mientras el corazón late biológicamente. Es la ratificación de la autonomía elegida por el hombre en el Edén, llevada a su consecuencia lógica y eterna: una autonomía en la vacuidad, una libertad en el desierto del sinsentido.
Frente a esta sombra, se alza la alternativa deslumbrante, expresada en un presente indicativo de posesión: “mas tenga vida eterna”. Zōḗn aiṓnion. La “vida eterna” no es, en primer lugar, una cantidad de tiempo (duración infinita), sino una cualidad de vida. Es la vida de la edad por venir, la vida de Dios mismo, que irrumpe en el hoy de nuestra existencia mortal. Es participar, aquí y ahora, de la misma savia que hace vivir al Hijo. Los comentarios señalan que es “de frecuente uso en este Evangelio (diecisiete veces), y siempre usada en referencia a la vida”. Es el principio de la resurrección operando en un corazón que aún habita un cuerpo sujeto a la decadencia. Es paz en medio de la tormenta, un gozo que trasciende la circunstancia, un sentido que llena de significado incluso el dolor más agudo. Es, en la definición suprema del mismo evangelista, “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Esta vida, que hoy es un río subterráneo, fluirá sin interrupción más allá del umbral de la muerte física, expandiéndose en la plenitud sin fin de la presencia divina.
Este es el primer gran contraste del pasaje: la perdición presente versus la posesión presente de la vida divina. Es el abismo entre existir en la sequía del alejamiento y florecer en la corriente de la comunión restaurada.
Sin embargo, una mente formada en la lógica de la justicia retributiva podría torcer este mensaje. Podría interpretar que el Hijo fue enviado precisamente como el instrumento de la condenación del mundo que rechazara el don. Para disipar este malentendido, para revelar el corazón palpitante detrás de la misión, Jesús añade inmediatamente: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).
La exégesis de este versículo es un bálsamo para el alma atormentada por la imagen de un Dios iracundo. La palabra traducida como “condenar” es krínē, cuyo significado original, como detallan los comentaristas, es “separar, discernir, juzgar”. De este acto de separación puede surgir, por el contexto, una absolución o una condena. Los comentarios son enfáticos: la expectativa judía común era que el Mesías vendría a juzgar, es decir, a condenar y destruir a las naciones gentiles (el “mundo” en su acepción limitada). Jesús desmonta esta concepción de raíz. Su venida no tuvo como propósito primario ejercer ese juicio condenatorio. El objetivo declarado, la intención original del corazón del Padre, era diametralmente opuesta: hína sōthḗ – “para que sea salvo”.
La salvación era el plan A, el único plan del amor. La condenación, cuando ocurre, es explicada por los comentarios como ex accidenti; es decir, no es la intención de la venida, sino una consecuencia no deseada que surge “de la corrupción de los hombres, cerrando sus ojos contra la luz, y endureciendo sus corazones contra las ofertas y ofrecimientos de la gracia divina”. El Hijo vino como el Médico, no como el Verdugo; como el Rescatador, no como el Juez sentenciador (su papel como Juez es reservado para la Segunda Venida, como señalan los textos). Esto corrige cualquier teología que presente la cruz como la idea de un Padre enfurecido que necesitaba aplacarse. La cruz fue la idea del Amor que, para sanar la herida, estuvo dispuesto a sufrirla en su propia carne. Como resume uno de los comentarios: “En el Antiguo Testamento, el Juez se hace Redentor juzgando; en el Nuevo Testamento, el Redentor se hace Juez redimiendo”.
Esta verdad, lejos de suavizar la gravedad de la decisión humana, la subraya con trazos de fuego. Porque si el propósito de Dios es salvar, y ha puesto en marcha el mecanismo supremo para lograrlo, ¿qué sucede con quien voluntariamente lo rechaza? El versículo 18 (Juan 3:18) responde con una solemnidad que estremece la comodidad espiritual: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.
La declaración es de una claridad cortante. Para el creyente, el juicio condenatorio (krínetai) no tiene lugar. Es como si el juicio ya hubiera ocurrido, y Cristo hubiera absorbido la sentencia en su lugar. Pero observe el cambio de tiempo verbal para el incrédulo: “ya ha sido condenado” – ḗdē kékritai. Es un perfecto griego, que indica un estado presente resultante de una acción completada en el pasado. No es una amenaza futura; es un veredicto ya pronunciado, una condición actual. ¿La razón? “Porque no ha creído en el nombre…”. La causa fundamental de la condenación no es, en primera instancia, una lista de pecados morales (aunque estos son el síntoma), sino el rechazo último al remedio provisto para esos pecados. La incredulidad no es una postura neutral de espera; es, en sí misma, la ratificación activa del estado de separación. Es el hombre diciéndole a Dios: “Prefiero mi ruina a tu rescate”. Como glosa uno de los comentarios, citando a Lutero: “el que no cree, ya tiene el infierno en el cuello”. Es una sentencia que el hombre lleva sobre sí, no porque un Dios vengativo la imponga desde fuera, sino porque él la elige y la confirma al rechazar la única vía de escape. La luz vino, y el hombre amó más las tinieblas. Ese amor por las tinieblas es su juicio.
Toda esta línea de revelación alcanza su expresión más nítida y severa en la declaración que corona el pasaje, ya sea como palabras de Jesús o del Bautista que da testimonio: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).
Los comentarios analizan cada término con la minuciosidad de quien sabe que está manejando realidades últimas. Para el creyente, la realidad es de posesión segura y presente: “tiene vida eterna”. Es un hecho consumado. En el polo opuesto, el incrédulo es descrito con un término más fuerte que la simple incredulidad: “el que rehúsa creer” – ho apeithōn. Este verbo apeithéō significa “desobedecer”, “rehusarse a ser persuadido”. No es pasividad, es oposición activa a la verdad revelada. Es la desobediencia del entendimiento y de la voluntad.
Su destino se describe con una doble negación: privación y posesión. “No verá la vida”. Quedará para siempre ciego a la realidad más gloriosa, la vida divina. Y en lugar de esa visión, “la ira de Dios está sobre él”. Aquí, los comentarios realizan una distinción teológica esencial. La “ira” (orgḗ) de Dios no es un arranque pasional, ni la furia impredecible de una deidad mitológica. Es, como explican, “la respuesta necesaria, fija y santa de la naturaleza perfectamente amorosa y justa de Dios ante el pecado”. Es la hostilidad inmutable de la Luz contra las tinieblas, del Amor contra lo que destruye al objeto amado. Es la consecuencia inevitable de habitar, por elección propia, en el reino de la muerte y la rebelión.
Y el verbo es determinante: “está” – ménei. “Permanece”, “abide”. No es algo que vendrá en un futuro lejano; es algo que ya está presente, que descansa de manera continua e inamovible sobre quien vive en la desobediencia de la incredulidad. Es la atmósfera espiritual en la que ya se existe. Mientras el creyente vive bajo el cielo despejado de la gracia, habita en la vida eterna, el incrédulo vive ya bajo la nopa opresora y permanente de la ira santa. El contraste no puede ser más absoluto ni más inmediato: no se trata de dos destinos después de la muerte, sino de dos condiciones de existencia ante la muerte.
Así, el diálogo con Nicodemo, iluminado por la exégesis de estos comentarios, no nos presenta una teoría religiosa más. Nos sitúa en la encrucijada más decisiva de la existencia. Nos muestra un amor divino que, en su esencia, es entrega abismal hacia lo perdido (“Dios amó al mundo… dio a su Hijo”). Nos revela que este amor, universal en su oferta (“todo aquel”), se apropia mediante un acto de confianza personal y continua (“el que cree”). Y nos confronta con las dos realidades eternas que fluyen de nuestra respuesta.
De un lado, la fe: nos saca del estado de condenación presente (“no es condenado”), nos otorga la vida de Dios aquí y ahora (“tiene vida eterna”), y nos libra de la ira que permanece. Nos inserta en la corriente de la salvación que era el único propósito del envío del Hijo.
Del otro lado, la incredulidad activa: nos deja en el veredicto ya pronunciado (“ya ha sido condenado”), nos ciega a la visión de la vida (“no verá la vida”), y nos confirma bajo la realidad opresora y presente de la ira santa de Dios (“la ira de Dios está sobre él”).
La invitación, por tanto, no es a una reflexión filosófica, sino a un acto de la voluntad que es a la vez un acto de rendición y el mayor ejercicio de libertad. Es el llamado a identificarse en ese “todo aquel” para el que Cristo murió, a ejercitar esa fe que es “creer hacia” Él, descansando todo el peso del alma en su obra consumada, y a huir, con la urgencia que merece, de la realidad de la perdición y la ira presente, refugiándose en Aquel sobre quien esa ira ya cayó, para que nunca más tenga que caer sobre el que cree.
En última instancia, la pregunta que resonó en el aposento de Nicodemo resuena ahora en la intimidad de cada corazón: ¿Aceptarás el don? ¿Te contarás entre los que creen y, por tanto, no son condenados, sino que tienen, ya hoy, la vida eterna? La respuesta a esa pregunta no solo define el destino eterno; define la calidad, la textura y la dirección de la existencia presente. Que podamos, guiados por el mismo Espíritu que enseñó de lo alto a Nicodemo, acoger con fe humilde, gozosa y perseverante al Unigénito del Padre, en quien se revela el amor que salva y la luz que jamás se extingue.
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