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SERMÓN: SENAQUERIB AMENAZA A EZEQUÍAS - EXPLICACION 2 REYES 18: 13 - 37.

Tema: 2 Reyes. Titulo: Senaquerib amenaza a Ezequías. Texto: 2 Reyes 18: 13 - 37. Autor: Pastor Edwin Guillermo Núñez Ruiz.

Introducción.

A. Quisiéramos que si hiciéramos todo bien entonces siempre todo resultara bien. Sin embargo, no es así y Ezequías es un buen ejemplo de ello (31:20 - 32:1). Después de tanta fidelidad y consagración viene sobre Ezequías una tribulación grande, el imperio mas grande de la época se dispone a atacarlo.

B. En la antesala del ataque encontramos al Rabsaces (jefe de los oficiales) dando un discurso al pueblo con el objeto de llenarlos de miedo y desanimo.

C. Hoy estudiaremos ese discurso, ya que, se parece mucho a lo que retumba en nuestra cabeza cuando pasamos por problemas en la vida.

D. ¿Qué dice?

I. NO CONFIES EN OTROS (ver 19 - 21).

A. Sucede que al enterarse del ataque Ezequías va al Faraón a buscar ayuda, el Rabsaces en su discurso le dice al pueblo y al rey una gran verdad y es que si confía en los hombres estos les defraudaran. (ver 21).

B. Debemos confiar en los hombres pero no debemos poner nuestra confianza en ellos, al fin y al cabo los hombres terminan fallando y traicionando.



II. NO CONFIES EN LO QUE INTENTAS (ver 23 - 24).

A. Además de buscar ayuda en Faraón, Ezequías también preparo un ejercito para enfrentar la guerra (2 Crónicas 32: 1 - 8).

B. El Rabsaces se burla de lo insignificante que es el ejercito de Ezequías comparado con el ejercito de Senaquerib, empezando por que el ejercito de Judá no tiene caballería.

C. Creo que debemos enfrentar las cosas y diseñar estrategias para vencerlas. Sin embargo, cuando pasamos por tribulaciones a menudo sentimos esa voz interior que nos hace saber que aquello que intentamos es inútil y sin valor, nos dice que no debemos confiar en aquello y eso nos quita así todo animo.



III. NO CONFIES EN DIOS (ver 22, 29 - 35).

A. Por ultimo, el mensajero ataca la fe en Dios del pueblo y les asegura que Dios no los librara de mano del imperio.

B. Si oímos una voz en momentos de tribulación es esta, la voz que nos insta a llenarnos de miedo, la voz que nos quita la esperanza, la voz que nos hace pensar lo peor y esperar lo peor.



Conclusiones:

El discurso del Rabsaces, atacando la confianza en aliados, recursos propios y en Dios, refleja las voces de miedo y desánimo que enfrentamos en la tribulación. Ante la adversidad, debemos rechazar estas dudas y mantener la esperanza firme en el poder y la fidelidad divinos, que son nuestra verdadera liberación.


VERSIÓN LARGA

Hubo un día en Jerusalén en que las palabras se volvieron más peligrosas que las espadas. No era la primera vez que el miedo se disfrazaba de lógica, ni la última en que la desesperación se presentaría con argumentos impecables. Pero aquella tarde, bajo un sol que parecía indiferente al destino de los hombres, un hombre subido en los muros de la ciudad pronunció un discurso que resonaría a través de los siglos, no por su elocuencia, sino por su terrible familiaridad. Era el Rabsaces, jefe de los oficiales del rey de Asiria, y sus palabras eran flechas envenenadas dirigidas no tanto a los muros de piedra, sino a los frágiles muros del alma humana.

Antes de llegar a este momento de asedio verbal, conviene recordar la paradoja que enmarca toda la escena. Ezequías, el rey de Judá, había hecho todo bien. Las crónicas sagradas lo describen con una precisión que duele: “En Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá. Porque siguió a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés” (2 Reyes 18:5-6). Había limpiado el templo, restaurado la Pascua, quitado los lugares altos, quebrado las imágenes, hecho pedazos la serpiente de bronce que se había convertido en ídolo. Había sido fiel en lo grande y en lo pequeño. Y precisamente por eso, precisamente cuando la lógica humana esperaría recompensa, descanso, tregua, llegó la tormenta perfecta. Senaquerib, rey de Asiria, el imperio más formidable de la época, volvió sus ojos hacia Jerusalén. No venía por casualidad; venía porque Judá se había atrevido a rebelarse, a buscar independencia, a creer que su destino no estaba escrito por los dioses de Nínive.

Aquí se revela una verdad incómoda para todo corazón religioso: la fidelidad no es un seguro contra la tribulación. A menudo es su imán. Ezequías, después de tanta consagración, se encontró con que “después de estas cosas y de esta fidelidad, vino Senaquerib rey de los asirios” (2 Crónicas 32:1). La secuencia es reveladora: fidelidad, luego ataque. No ataque por infidelidad, sino ataque precisamente cuando la fidelidad había alcanzado su cima. Hay aquí un misterio que atraviesa la experiencia de Job, de Jeremías, de Pablo, de Cristo mismo: la cercanía a Dios no aleja la tormenta; a veces la convoca. Porque el enemigo no pierde tiempo con lo que no amenaza su reino. Y un corazón fiel, un pueblo que ora, un rey que quita ídolos, eso sí amenaza los fundamentos del imperio de las tinieblas.

Así llegamos a los muros de Jerusalén. El ejército asirio no ataca inmediatamente. Primero envía palabras. El Rabsaces se presenta, y desde ese puesto estratégico donde la voz puede llegar a oídos de soldados y civiles por igual, pronuncia un discurso calculado con precisión psicológica. No habla solo al rey; habla “a gran voz en lengua de Judá” (2 Reyes 18:28), directamente al pueblo. Y lo que dice no es una simple amenaza militar; es una disección sistemática de toda posible esperanza. Es el manual del desaliento. Y al leerlo hoy, siglos después, uno se estremece al reconocer en sus argumentos los mismos ecos que retumban en nuestra cabeza cuando las crisis llegan a nuestras propias Jerusalén.

La primera flecha va dirigida a los aliados humanos. “No te engañe Ezequías diciendo: Jehová nos librará. ¿Acaso libraron los dioses de las naciones cada uno su tierra de la mano del rey de Asiria? […] He aquí, tú confías ahora en ese báculo de caña cascada, en Egipto, en el que si alguien se apoya, se le entrará por la mano y se la traspasará. Tal es Faraón rey de Egipto, para todos los que en él confían” (2 Reyes 18:29-31). El Rabsaces conocía la jugada de Ezequías: había enviado embajadores a Egipto, había buscado alianza con el faraón. Era una medida pragmática, comprensible. ¿Quién no buscaría aliados cuando el imperio más poderoso del mundo viene contra ti? Pero el mensajero asirio toma ese hecho y lo convierte en arma. “Mira a quién confías”, dice implícitamente. “Confías en Egipto, una caña cascada que no solo fallará al sostenerte, sino que te perforará la mano”. Hay aquí una verdad cruel pero cierta: los hombres fallan. Los sistemas humanos colapsan. Las alianzas se rompen. Las promesas de ayuda se evaporan cuando el calor de la batalla arrecia.

Esta es la primera voz que escuchamos en nuestras crisis: la voz que nos recuerda cada decepción pasada, cada amigo que nos falló, cada líder que resultó ser de barro, cada institución que prometió protección y no pudo darla. “No confíes en otros”, susurra esta voz con tono de realismo amargo. “Todos te defraudarán. Todos tienen sus propios intereses. En el momento crucial, estarás solo”. Y parte de su poder reside en que tiene razón en lo fáctico: los seres humanos somos frágiles, inconsistentes, limitados. La historia personal de cada uno de nosotros contiene capítulos de traiciones menores o mayores, de expectativas rotas, de confianzas que resultaron mal ubicadas. El Rabsaces de nuestra mente nos señala esos capítulos y nos dice: “¿Ves? ¿Vas a confiar otra vez? ¿No aprendiste?”

Pero el discurso no se detiene en los aliados. Avanza hacia los recursos propios. “Yo te ruego que des rehenes a mi señor, el rey de Asiria, y yo te daré dos mil caballos, si tú puedes dar jinetes para ellos. ¿Cómo, pues, podrás resistir a un capitán, al menor de los siervos de mi señor, aunque estés confiado en Egipto con carros y gente de a caballo?” (2 Reyes 18:23-24). La burla es fina, devastadora. Ezequías había preparado un ejército, había fortificado la ciudad, había hecho todo lo humanamente posible. El libro de Crónicas lo detalla: “Tuvo Ezequías consejo con sus príncipes y con sus hombres valientes, para cegar las fuentes de las aguas que estaban fuera de la ciudad; y ellos le apoyaron. Entonces se reunió mucho pueblo, y cegaron todas las fuentes, y el arroyo que corría a través del territorio, diciendo: ¿Por qué han de hallar los reyes de Asiria muchas aguas cuando vengan?” (2 Crónicas 32:3-4). Había también preparado armas, escudos, organizado capitanes. Había hecho su tarea. Pero el Rabsaces mira esos preparativos y se ríe. “¿Dos mil caballos? Te los doy. ¿Tienes jinetes? No los tienes. Tus esfuerzos son ridículos frente a nuestro poder”.

Aquí está la segunda voz, quizás más insidiosa que la primera. Es la voz que no solo señala la fragilidad de los demás, sino la insuficiencia de uno mismo. “¿Qué estás intentando?”, nos dice en medio de la enfermedad, de la crisis financiera, del conflicto familiar, de la depresión. “¿Crees que tu pequeño esfuerzo cambiará algo? Mira la magnitud del problema. Mira tu debilidad. Mira tu historial de fracasos. Todo lo que intentes será inútil, insignificante, risible”. Esta voz nos paraliza no con el miedo al otro, sino con el desprecio hacia lo propio. Nos convence de que nuestros recursos son tan exiguos que ni siquiera vale la pena intentar. Nos roba la energía en el mismo momento en que más la necesitamos. Y lo hace con una lógica aparentemente irrefutable: ¿no es cierto que a menudo nuestros problemas nos superan? ¿No es verdad que nuestros mejores esfuerzos parecen gotas en el océano de la dificultad? El Rabsaces se aprovecha de esa verdad parcial para construir una mentira total: que como no podemos todo, no debemos nada.

Pero el golpe maestro, la flecha que busca el corazón mismo de la fe, viene al final. Después de minar la confianza en los aliados y en los propios recursos, el mensajero asirio ataca directamente la confianza en Dios. “Además, ¿acaso sin Jehová he subido yo a este lugar para destruirlo? Jehová me ha dicho: Sube a esta tierra y destrútela” (2 Reyes 18:25). La audacia es impresionante. No solo dice que Dios no salvará a Jerusalén; afirma que Dios está de su lado, que es Dios mismo quien lo envía a destruir la ciudad. Es la espiritualización del mal, la cooptación de lo divino para fines destructivos. Luego, para que no quede duda, enumera los dioses de las naciones que Asiria ha derrotado: “¿Qué dios de todas esas tierras ha librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalén?” (2 Reyes 18:35). La lógica parece impecable: si los dioses de Hamat, de Arfad, de Sefarvaim, de Hena, de Iva no pudieron salvar a sus pueblos, ¿por qué el Dios de Jerusalén sería diferente? Es el argumento de la experiencia empírica, del “aquí y ahora”, del “veo y creo” invertido: “veo que otros dioses no salvaron, luego el tuyo tampoco lo hará”.

Esta es la tercera voz, la más profunda, la que toca el núcleo de la identidad espiritual. “¿Dónde está tu Dios ahora?”, susurra cuando la oración parece rebotar en el techo, cuando el silencio divino se hace ensordecedor, cuando el mal parece triunfar sin obstáculos. “Si Dios es bueno y poderoso, ¿por qué permite esto? Si te ama, ¿por qué no actúa? Quizás no es tan poderoso como crees. Quizás no le importas. Quizás, como dicen algunos, no existe”. Esta voz no ataca circunstancias; ataca significados. No cuestiona capacidades; cuestiona identidades. Y lo hace citando, con terrible eficacia, la evidencia circunstancial: los cánceres que no se curan, los matrimonios que se rompen, los hijos que se pierden, las injusticias que prevalecen. “Mira a tu alrededor”, dice. “¿Dónde está la liberación que prometes? ¿Dónde está el Dios de los imposibles?”

El Rabsaces culmina su discurso con una oferta perversamente generosa: “No escuchéis a Ezequías, porque os engaña diciendo: Jehová nos librará. ¿Acaso alguno de los dioses de las naciones ha librado su tierra de la mano del rey de Asiria? […] Escoged ahora la bendición y no la maldición; y salid a mí, y comed cada uno de su vid y de su higuera, y bebed cada uno de las aguas de su pozo, hasta que yo venga y os lleve a una tierra como la vuestra, tierra de grano y de vino, tierra de pan y de viñas, tierra de olivos, de aceite y de miel; y viviréis y no moriréis. No oigáis a Ezequías, porque os induce a engaño cuando dice: Jehová nos librará” (2 Reyes 18:32-35). Observen la estrategia: primero siembra duda sobre Dios, luego ofrece una alternativa inmediata, tangible, sensata. “Ríndete y tendrás paz. Ríndete y conservarás tu vida. Ríndete y todo será como antes, incluso mejor”. Es la tentación del pragmatismo frente a la fe, de lo visible frente a lo invisible, de la supervivencia inmediata frente a la promesa diferida. ¿Por qué morir por una esperanza tal vez vana, cuando puedes vivir con una certeza concreta?

Aquí se revela el verdadero objetivo del discurso: no era conquistar la ciudad—eso vendría después con la fuerza—sino conquistar las almas antes de la batalla. El Rabsaces sabía que una ciudad que pierde la esperanza ya está medio vencida. Que unos soldados que dudan de su Dios pelean con la mitad de su fuerza. Que un pueblo que cree las mentiras del enemigo empieza a abrir las puertas desde dentro. Su discurso era, en esencia, un intento de hacer que Jerusalén se rindiera a sí misma antes de que un solo ariete tocara sus muros.

Pero la historia no termina aquí. El pasaje que estudiamos hoy es solo el primer acto del drama. Lo que sigue—la respuesta de Ezequías, su oración desgarrada, la intervención divina—lo veremos en otro momento. Sin embargo, incluso en este primer acto hay lecciones profundas para nosotros, que vivimos nuestros propios asedios.

La primera lección es que el enemigo conoce nuestras debilidades mejor que nosotros mismos. El Rabsaces no dijo cosas aleatorias; eligió precisamente los puntos donde Ezequías y Judá eran vulnerables. Sabía de la alianza con Egipto. Conocía la desproporción militar. Entendía la tentación de dudar de Dios cuando otras naciones habían caído. De igual manera, en nuestras vidas, las voces de desaliento que escuchamos—ya sea desde fuera o desde dentro—siempre atacan donde somos más frágiles: nuestro miedo al abandono, nuestra sensación de insuficiencia, nuestras dudas espirituales más íntimas. No son generalidades; son dardos dirigidos al corazón de nuestras inseguridades particulares.

La segunda lección es que el desaliento siempre se viste de realismo. El Rabsaces no hablaba tonterías; hablaba hechos. Egipto era una caña cascada. El ejército de Judá era inferior. Otras naciones habían caído. Sus argumentos tenían base en la realidad observable. Así también, las voces que nos desaniman suelen tener un pie en la verdad: sí, la gente falla. Sí, nuestros recursos son limitados. Sí, a veces Dios parece callar. El peligro no está en reconocer estas realidades—eso sería necio—sino en permitir que estas realidades parciales definan la realidad total. El Rabsaces tomó verdades y las convirtió en una mentira al omitir la variable decisiva: Dios.

La tercera lección, y quizás la más importante, es que hay un momento en que debemos dejar de escuchar. El pueblo, ante el discurso del Rabsaces, “calló, y no le respondieron palabra; porque había mandamiento del rey, el cual había dicho: No le respondáis” (2 Reyes 18:36). Este silencio no era cobardía; era disciplina. Era la decisión de no entrar en diálogo con la mentira, de no darle legitimidad al debatirla, de no permitir que sus palabras echaran raíces en el corazón. A veces, en medio de la crisis, la respuesta más sabia no es un contraargumento elaborado, sino un silencio deliberado. No alimentar la voz del miedo con nuestra atención. No concederle el espacio que busca. Guardar silencio y esperar.

Hoy, mientras lees estas líneas, quizás estés escuchando tu propio Rabsaces. Una voz que te dice que estás solo, que tus esfuerzos son inútiles, que Dios se ha olvidado de ti. Una voz que parece tan razonable, tan basada en la evidencia, tan convincente. Y frente a esa voz, la tentación es rendirse, negociar, abrir una rendija en el muro del alma para dejar entrar un poco de pragmatismo, un poco de “realismo”, un poco de desesperanza disfrazada de sabiduría.

Pero la historia de Ezequías—que continuará—nos recuerda que hay otra voz. Una voz que no se oyó en los muros aquel día, pero que resonaba en el templo donde el rey oraba. Una voz que no se basaba en la evidencia circunstancial, sino en las promesas eternas. Una voz que no calculaba probabilidades humanas, sino que invocaba el poder divino. Y esa voz, al final, sería la única que importaría.

Por ahora, en este capítulo del asedio, quizás nuestro llamado es simplemente a callar. A no responder. A no dar por válido lo que el miedo propone. A guardar silencio, no por falta de palabras, sino porque estamos esperando escuchar otra voz. La que dice, en medio de la tormenta: “Paz, quieto”. La que pregunta: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” La que promete: “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres”.

Los muros de Jerusalén resistieron aquel día no porque fueran impenetrables—no lo eran—sino porque dentro de ellos había un rey que sabía a quién llevar sus lágrimas. Y eso, al final, hizo toda la diferencia.

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