Hay un momento en la vida del alma en que las preguntas ya no son interrogantes, sino heridas abiertas al cielo. La respuesta, cuando llega, no viene en el lenguaje de las tesis teológicas, ni en el consuelo suave de la filosofía. A veces, la respuesta de Dios se parece más a una inundación, a la apertura repentina de las cataratas de lo real sobre la pequeña cabaña de nuestras certezas. Job, sentado en su montículo de ceniza, con la piel convertida en un pergamino de dolor y los amigos convertidos en ecos de una culpa que no reconoce, ha llegado a ese momento. Ha exigido un comparendo, ha soñado con un mediador, ha clamado por un Dios que dé la cara y presente sus cargos. Y Dios viene. Pero no con un documento legal. Viene con un mundo.
Primero, fue la fundación de la tierra, el mar envuelto en pañales de nubes, el alba que agarra los bordes del planeta y los sacude como un mantel. Luego, la vida salvaje: el asno montés indómito, el avestruz que abandona sus huevos al calor de la arena, el caballo de guerra que olfatea la batalla desde lejos y se embriaga de su perfume. Es una epopeya de la creación, un desfile de pura existencia que no pide permiso ni da explicaciones. Y justo cuando el corazón, abrumado por tanta gloria gratuita, espera una transición, un puente hacia el problema del dolor humano, Dios hace un giro. Se detiene. No en la cima del monte Hermón, ni en el nido del águila, sino en el fango. En el agua estancada, pesada, donde la luz se filtra con pereza. Allí, dice. Mira allí.
Es el Leviatán. No una introducción triunfal, sino una indicación, como quien señala una sombra en el agua que es más larga de lo que la lógica permite. Antes de él, ya estaba el Behemot, ese hipopótamo colosal que come hierba como un buey pero cuyo poder reside en los músculos de su vientre, en los tendones de sus muslos, tan fuertes como tubos de bronce. Es la bestia de la tierra, la masa que pisa con la seguridad de una colina que camina. Pero el Leviatán es su contraparte abisal, su hermano de las profundidades. La tradición se ha encarnizado en su identidad. ¿Es el cocodrilo del Nilo, ese lagarto de cuero y dientes que acecha en la frontera entre el agua y la tierra, cuyos párpados son el amanecer mismo, según dice el poema? Los comentaristas antiguos, como Gill, evocan a Plinio: es peligroso despertarlo cuando duerme en el banco de arena, su letargo es una trampa. O tal vez es la ballena, el monstruo marino cuya espalda, cuando emerge, se confunde con una isla, y cuyo soplo es un géiser de bruma salada. La Biblia de Ginebra lo sugiere. Pero, de nuevo, Dios no está dictando una entrada enciclopédica. Está desplegando una metáfora total, un símbolo que pesa tanto como la realidad misma.
Porque el Leviatán no es un adorno en el discurso de Dios. Es la clave. Es el puño cerrado de la creación, la demostración final. Dios no lleva a Job a ver al Leviatán para sorprenderlo con un fósil viviente, sino para mostrarle el espejo definitivo de su propia condición. El monstruo es el límite. Es la línea dibujada en el fango que dice: "Hasta aquí llega lo humano. Más allá, solo yo". Y de la contemplación de este límite, de esta criatura que inspira un miedo puro, ancestral, Dios extrae tres preguntas. No son tres puntos de un sermón. Son tres golpes consecutivos en el mismo yunque, forjando no una respuesta para la mente de Job, sino una nueva forma para su alma.
La primera surge del instinto más básico, el que paraliza antes de que el cerebro formule un pensamiento. *Nadie hay tan feroz que se atreva a despertarlo. Detengámonos aquí, en esta orilla del texto. La palabra hebrea que se traduce como "feroz", `ārîṣ, lleva dentro el sabor de la temeridad, de la crueldad incluso. No es el valor del héroe, que es virtud, sino la osadía del insensato, que es un exceso del alma. Dios pinta un cuadro: el monstruo yace, dormido o quieto, su enorme costado subiendo y bajando con una respiración que agita las aguas bajas. Y ahora, imagina al hombre más osado de la tribu, al cazador cuyas cicatrices son un mapa de enfrentamientos, al guerrero cuyo nombre hace callar a los niños. Imagínalo deslizándose, con el corazón golpeándole los oídos, con un palo afilado o una lanza en la mano. La distancia se acorta. El aire huele a agua podrida y peligro. Y tú lo sabes. Lo sabes en las entrañas, en ese lugar más viejo que la razón. Ese hombre, por más leyenda que sea, se detendrá. Un escalofrío le recorrerá la espina dorsal, un mensaje antiguo y urgente le gritará desde cada célula: retrocede. No es cobardía. Es la inteligencia de la carne que reconoce, antes que el orgullo, a su superior en la cadena del ser. El Leviatán es el señor de ese miedo, el rey de una fuerza que no discute, que simplemente es.
Y entonces, desde el centro mismo de la tempestad que sirve de púlpito a Dios, la pregunta cae. No como un trueno, sino como la gota de agua que, cayendo desde una gran altura, perfora la piedra: ¿Quién, entonces, podrá estar delante de mí? La lógica es elemental, tan antigua como el primer razonamiento humano, tan hebrea como el principio rabínico del kal va-chomer: si lo menor te supera, lo mayor te aniquilará. Pero aquí la lógica se transfigura en epifanía. "Estar delante" no es una postura casual. En el lenguaje de Job, en el léxico de su angustia, es un término forense. Es la posición del que litiga, del que presenta su caso. Job lo anheló con una fiebre de moribundo: "¡Quién me diera el saber dónde hallarle!... Expondría mi causa delante de él, y llenaría mi boca de argumentos" (Job 23:3-4). Soñaba con un duelo dialéctico, un juicio justo donde podría desplegar la inocencia de su sufrimiento. Dios toma ese sueño, esa imagen de dos partes en un tribunal cósmico, y la hunde en las aguas pantanosas donde el Leviatán duerme. Tu deseo, Job, es el de un hombre que pide boxear con un huracán. Primero, enfrenta a mi criatura. Primero, mira a los ojos de ese reptil cuyo solo bostezo es una caverna, siente en tu piel el vapor de su aliento, contempla la armadura de escamas que vuelve risible el acero humano. Si ese espectáculo, si la mera presencia de esta obra mija, es suficiente para convertir tu valor en gelatina y tu elocuencia en un balbuceo, ¿qué enfermedad del orgullo te hace creer que puedes estar delante de mí, desplegar tus argumentos, y esperar una réplica en tus términos? El problema no es la solidez de tu caso. Es que el juez es el océano, y tú eres un vaso de agua. La primera pregunta no busca una respuesta. Busca el silencio del que ha visto el abismo y ya no tiene palabras, porque todas le parecen juguetes de niño.
Sin embargo, el alma humana es tenaz. Apretada contra la pared por el poder incontestable, busca una rendija en el muro de la justicia. Si no puedo vencerte por fuerza, quizás pueda conmoverte por derecho. Si no puedo derrotarte, quizás pueda obligarte por deuda. Es entonces cuando Dios lanza la segunda pregunta, un dardo envenenado con la verdad más liberadora y a la vez más despojante. "¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo le recompense?" En nuestra modernidad contractual, la frase suena arcaica, casi incomprensible. Pero en el mundo de bronce y trueque, de honor y patronazgo en el que Job vivía, era de una claridad cristalina. Piensa en un siervo que anhela el favor de su señor. No se acerca con las manos vacías. "Previene" al gran hombre. Se "adelanta" con un regalo espléndido, un servicio excepcional. Este acto, este "darme algo primero", teje una red invisible pero real de obligación. Crea un crédito moral. El señor, para no ser menos, para no manchar su honor, está ahora compelido a recompensar, a devolver el favor con creces. La relación se hace transaccional. Se establece un silencioso do ut des: yo te doy para que tú me des a mí.
Dios toma este concepto, este motor fundamental de las relaciones sociales humanas, y lo estrella contra la roca de su absoluta suficiencia. ¿Quién, pregunta, ha logrado jamás ponerme en esa incómoda posición de deudor? ¿Quién ha poseído algo, algo que fuera verdaderamente suyo, de su propia cosecha y no de mi huerto, para ofrecérmelo y así crear una hipoteca sobre mi libertad? La pregunta es un terremoto que derriba todos los altares secretos que hemos construido en el corazón. Porque, examinada con honestidad, gran parte de nuestra religiosidad opera con esta lógica implícita. Oramos con fervor, ayunamos con rigor, servimos hasta el agotamiento, damos hasta que duele. Y en algún sótano oscuro del alma, no del todo iluminado por la fe, hay una esperanza que se parece demasiado a una expectativa. Esperamos que Dios tome nota, que lleve la contabilidad, que al final del día, ante tal acumulación de "crédito" nuestro, se vea obligado a corresponder. Bendecir nuestros negocios, sanar nuestros cuerpos, resolver nuestros enredos. Hemos convertido la gracia en un sistema bancario celestial. Hemos creado un ídolo llamado "Dios contable", y le hemos ofrendado nuestros esfuerzos como monedas. Cuando el sufrimiento llega, como un huésped no invitado que rompe el mobiliario, nuestra queja no es solo de dolor, es de indignación financiera. "¡Yo he invertido tanto! ¿Dónde están los dividendos?".
Desde el ojo del torbellino, Dios desmantela este teatro de sombras con una sola frase. No hay contrato. No hay deuda. No hay "parte" tuya que no sea, en su origen más remoto, un préstamo mío. Tu propio aliento es un regalo renovado setenta veces siete al día. Tu capacidad de creer, de amar, de sacrificarte, es un talento depositado en la cuenta de tu alma por el Dueño de todo capital. ¿Cómo puedes ofrecerme mis propias monedas y esperar que te pague intereses? La relación no es, no puede ser, transaccional. Es respiratoria, orgánica. Él da el oxígeno, tú lo inhalas. Él sostiene el átomo, tú existes. Todo es gracia, desde el primer llanto en el alba de la vida hasta el último suspiro en su ocaso. El dolor de Job, entonces, no puede ser la cláusula incumplida de un contrato inexistente. Es otra forma, misteriosa y terrible, de la misma gracia soberana que lo vistió de hijos y rebaños. Esta pregunta no nos humilla para aniquilarnos; nos libera. Nos libera de la esclavitud agotadora de tener que ganar el amor divino, de la ansiedad constante de no haber dado suficiente. Nos arroja, desnudos y sin monedas en las manos, al océano de un amor que no se comercia, que no se negocia, que simplemente *es*. Y que, precisamente porque es libre y no obligado, es el amor más fiable del universo.
Pero una arquitectura tan colossal necesita un cimiento. Un fundamento último sobre el que descanse tanto el poder que aterra como la gracia que no está en deuda. Y ese cimiento es la declaración que emerge, no como una pregunta, sino como una afirmación tectónica: Todo lo que hay debajo del cielo es mío*. No es piadosa hipérbole. No es metáfora poética. Es la descripción fáctica de la realidad última. La brizna de hierba que muere en el crepúsculo, la cordillera que araña el vientre de las nubes, el oro escondido en las entrañas de la tierra, la risa de un niño, el frío de un sepulcro, el recuerdo que perfuma el presente, la herida que envenena el futuro, el sueño que se desvanece al amanecer, la esperanza que nace contra todo pronóstico. Todo, sin exclusión, sin excepción. Cada partícula de polvo danzando en un rayo de sol, cada latido en cada pecho, cada instante de dicha y cada siglo de tiniebla. Tachat kol-hashamayim, "debajo de todo el cielo". La frase en hebreo tiene una pesadez cósmica, una finalidad que cierra todas las discusiones.
Esta es la soberanía absoluta. No el capricho arbitrario de un tirano, sino el derecho legítimo del Creador sobre su creación. Si todo es suyo, entonces su potestad para disponer de ello es total e inapelable. Puede dar y puede quitar. Puede edificar y puede derribar. Puede colmar a Job de riquezas y puede reducirlo a ceniza y soledad. No por crueldad, sino por propiedad. El alfarero tiene derecho sobre el barro, para hacer de un trozo un vaso de honor y de otro, un recipiente común. El derecho nace de la autoría. Esta verdad es el suelo firme, duro como el granito, que sostiene las preguntas anteriores. ¿Por qué no puedes estar delante de Él? Porque Él es el Dueño del tribunal, de la ley, y de ti, el demandante. ¿Por qué no puede deberte nada? Porque para deberte, tendrías que poseer algo con independencia de Él, y no existe tal cosa. "Todo es mío" significa que ni siquiera tu queja más amarga es original; es un eco de una libertad que Él mismo te concedió, y tu dolor es una parcela de un territorio que le pertenece.
Llegados a este punto, con el alma de Job —y la nuestra— expuesta por completo, despojada de armas, de créditos y de reclamos de propiedad, el discurso divino alcanza su clímax lógico. Podría terminar aquí. Sería literariamente perfecto. Pero el Espíritu que inspiró este poema no sigue las reglas de la retórica humana. Su poesía, como han notado sabiamente algunos comentaristas, es "errática". No le importa el clímax secuencial. Le importa la impresión total, el grabado a fuego en la memoria. Y entonces, en un movimiento de genio narrativo que deja sin aliento, Dios no calla. No deja a Job con el eco atronador de la soberanía abstracta. Vuelve atrás. Regresa al Leviatán.
Se sumerge en una descripción minuciosa, casi obsesiva, del monstruo. No para repetirse, sino para incarnar la verdad que acaba de pronunciar. Habla de sus hileras de escamas, cerradas como un sello de piedra, tan unidas que el aire no pasa entre ellas. Cada escama contra otra, pegadas, soldadas en una coraza que vuelve ridículas la lanza y el dardo. Describe su estornudo, que hace brillar la luz, y sus ojos, como los párpados del alba. Habla de su aliento que enciende carbones, de las llamas que salen de su boca. Detalla los haces de sus músculos, firmemente unidos sobre sus huesos, inmovibles. Su corazón, dice, es firme como una piedra, sí, como una muela de molino inferior, inmutable, impasible. Se deleita en la imposibilidad de cazarlo, de pescarlo con anzuelo, de domesticarlo para juegos de niños, de hacer un banquete con él. "No hay sobre la tierra quien lo domine", declara, y es un himno a la indomabilidad de lo creado, a la belleza feroz que se niega a ser utilidad para el hombre.
¿Por qué este regreso? ¿Por qué este aparente retroceso narrativo? Porque la verdad suprema no se enseña solo con axiomas; se graba con imágenes que laten, con metáforas que respiran. Dios no quiere que Job recuerde una definición de soberanía. Quiere que la sienta en la descripción de las fauces que escupen chispas, que la vea en la estela de espuma que el monstruo deja tras de sí. El Leviatán es la encarnación viviente, nadando en el fango primordial, de ese "todo es mío". Es la prueba tangible, escamosa y poderosa, de que el mundo de Dios es más salvaje, más complejo, más bello y más terrible de lo que cualquier teodicea humana, cualquier teología sistemática, puede abarcar. Nuestro dolor, por inmenso que sea en nuestro horizonte personal, es solo un rincón, una sombra en este vasto y soberano reino donde habitan monstruos que, en su misma ferocidad indomable, cantan la gloria inescrutable de su Hacedor. El Leviatán es el recordatorio de que Dios no está solo ocupado con salvar almas; está también, y quizás primero, celebrando la existencia de sus criaturas más extrañas, sosteniendo el corazón de piedra del reptil con el mismo cuidado con que sostiene el corazón quebrantado del hombre.
El final del libro nos cuenta que Job, al fin, respondió. Pero su respuesta no fue un argumento contraargumentado, ni una nueva pregunta. Fue un silencio quebrado por un suspiro de reconocimiento que resuena a través de los siglos: "De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto, me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:5-6). El Leviatán había cumplido su misión. No le había dado a Job la respuesta al "por qué" de su sufrimiento. Le había dado una visión del "quién" que gobierna en medio del sufrimiento. Y ver a Dios, realmente verlo en su poder aterrador y su soberana propiedad que lo incluye todo, incluso el monstruo y el dolor, fue la única respuesta que su alma pudo soportar. Fue la respuesta que convirtió la queja en adoración, la exigencia en confianza, la desesperación en una paz arraigada más allá de toda comprensión.
Nosotros, hoy, no estamos sentados en un estercolero físico. Pero quizás sí en un muladar de expectativas rotas, de contratos imaginarios con el cielo que han sido incumplidos, de oraciones que parecen caer en un pozo sin fondo. Nuestro Leviatán tiene otros nombres: un diagnóstico inesperado, una traición que parte el alma, un sueño que se desvanece, una soledad que gotea como un grifo mal cerrado. Y en medio de esa noche, la tentación es la de Job: construir un tribunal y citar a Dios a declarar. Exigir explicaciones. Presentar nuestros méritos como prueba de una injusticia.
Es entonces cuando debemos escuchar, no el rugido del torbellino, sino el silbido suave y mortal del Leviatán deslizándose en las aguas oscuras de nuestro misterio. Su mensaje no es de condena, sino de liberación. Nos dice: Deja de forcejear. Deja de calcular deudas celestiales. Deja de aferrarte, con uñas sangrantes, a lo que nunca fue tuyo. El mundo es más ancho, más profundo y Dios es más santo, más libre, de lo que tu teología reducida podía contener. Y en esa anchura y en esa santidad, que abraza tanto al monstruo como al cordero, al éxtasis como al dolor insondable, hay un espacio. No es el espacio para la explicación que demanda tu mente racional. Es el espacio para la confianza que puede anidar, como un pájaro en la tormenta, en el espíritu que se ha humillado.
Porque el Dios que diseñó la coraza a prueba de hierro del Leviatán, el Dios que se complace en la fuerza bruta del Behemot, es el mismo que, en la persona de Jesús de Nazaret, se dejó clavar en una cruz de madera, vulnerable, herible, sometido al dolor más humano. Su soberanía no es la frialdad de un propietario distante; es el fuego de un amor tan vasto que posee todo, incluso el derecho a desposeerse de todo, incluso la gloria, por amor a la criatura que lo desafía. El Dueño de todo se hizo siervo de todos. El Creador del monstruo se hizo víctima del mal. Y en esa paradoja, la más grande de la historia, todas nuestras preguntas —las de Job, las nuestras— no encuentran una respuesta lógica, pero encuentran un hogar. Un hogar en un corazón que fue traspasado.
Ante eso, solo queda el silencio. No el silencio vacío de la derrota, sino el silencio lleno del que ha visto el abismo y ha descubierto, en su fondo, no el vacío, sino unos brazos extendidos. El mismo silencio del que se asoma al precipicio de su propio fin y, en lugar de vértigo, encuentra, por fin, paz. Porque sabe que cae en manos del Dueño de todos los abismos. Y ese Dueño es amor.
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