SERMÓN - BOSQUEJO: SER GENEROSO - EXPLICACION 2 CORINTIOS 8: 6 - 11

SER GENEROSO
2 Corintios 8:6-11

INTRODUCCIÓN: 


A. Continuamos hoy con nuestro tema sobre la generosidad. Ya hemos hablado de la relación intrínseca entre la generosidad y la gracia (charis), de cómo el ejemplo de otros (Macedonia) nos puede motivar a dar, y de la abundancia de nuestra ofrenda.

B. Ahora, el apóstol Pablo nos confronta con la madurez y la coherencia. Nos pide que analicemos la calidad de nuestra ofrenda. Nos obliga a mirar no solo lo que damos, sino cómo y por qué lo damos.

C. Hoy vamos a ver tres enseñanzas importantes sobre la generosidad:

  1. Libertad: La ofrenda debe nacer de la convicción, no de la obligación.

  2. Persistencia: La ofrenda requiere fidelidad para completar la obra iniciada.

  3. Ejemplo: La ofrenda se modela únicamente en el sacrificio de Cristo.


I. GENEROSIDAD Y LIBERTAD (Ver 8 y 10)

La ofrenda cristiana no puede nacer de la coerción, el mandato o la manipulación, sino de una convicción interna madura y voluntaria.

1. Explicación del Texto

El apóstol Pablo insiste dos veces en que la ofrenda debe ser algo no obligatorio, no coaccionado. En el versículo 8, utiliza el contraste crucial al declarar: "No hablo por mandato" (Οὐ κατʼ ἐπιταγὴν - Ou kat' epitagēn). La palabra griega ἐπιταγὴν (epitagēn) denota una orden autoritativa o un decreto; Pablo deliberadamente renuncia a su autoridad apostólica en este punto. En su lugar, opta por dar Su "consejo" (γνώμην - gnōmēn) en el versículo 10, posicionándose como un líder sabio y respetuoso. Su enfoque es probar la sinceridad de vuestro amor. La palabra "sinceridad" o "genuino" es γνήσιον (gnēsion), lo que significa que el amor debe ser legítimo y auténtico, no un acto falso o fingido. El incentivo que usa Pablo no es el mandato, sino el ejemplo inspirador de otros (διὰ τῆς ἑτέρων σπουδῆς - dia tēs heterōn spoudēs), es decir, los macedonios.

2. Aplicaciones Prácticas

  • Libre Albedrío: Nunca se deje manipular, ni coaccionar, ni intimidar a la hora de ofrendar. Las mejores semillas que usted puede sembrar son las que le nacen de su propia voluntad y agradecimiento.

  • Motivación del Amor: La ofrenda debe nacer desde el amor por los necesitados (los santos en Jerusalén, los indígenas, etc.). Este amor por los hermanos es la única motivación genuina y es lo que prueba el Evangelio.

  • Liderazgo de Persuasión: Los líderes no deben usar la culpa o promesas de prosperidad para forzar la dádiva, sino la motivación y el ruego que brota de la gracia.

3. Preguntas de Confrontación

  • Si nadie te mirara, y tu ofrenda no te diera ningún estatus, ¿seguirías siendo igual de generoso y fiel en tu mayordomía?

  • ¿Alguna vez has dado para "comprar" una bendición o para escapar de la culpa, en lugar de hacerlo como una respuesta gozosa a la gracia que ya recibiste?

  • ¿Es tu generosidad una epitagēn (una orden que debes cumplir) o un gnōmēn (un consejo de tu corazón lleno de gracia)?

5. Frases Célebres

  • "La mayor expresión de amor no es un sentimiento, sino un acto de voluntad libre." — Martin Luther King Jr.



II. GENEROSIDAD Y PERSISTENCIA (Ver 6, 10, 11)

La integridad cristiana se demuestra al perseverar y finalizar con diligencia aquello que se ha prometido o comenzado.

1. Explicación del Texto

El Espíritu Santo nos insta aquí a tener persistencia y seriedad en la generosidad. Pablo elogia a los corintios porque fueron los primeros en tener la voluntad (θέλειν - thelein) y en comenzar la acción (ποιῆσαι - poiēsai) de la colecta (v. 10), es decir, fueron los pioneros (προενήρξασθε - proenērxasthe) "desde el año pasado" (ἀπὸ πέρυσι - apo perysi). El problema es que se había estancado. Por eso, el llamado del versículo 11 es un imperativo: "llevad también a cabo el hacerlo" (ἐπιτελέσατε - epitelesate). Ἐπιτελέσατε significa "completad, terminad, llevad a cabo hasta el final". El principio es que la prontitud en el querer (προθυμία τοῦ θέλειν - prothymia tou thelein) debe ser igualada por la puesta en práctica (τὸ ἐπιτελέσαι - to epitelesai), y esta debe ser "según lo que tengáis" (ἐκ τοῦ ἔχειν - ek tou echein), es decir, proporcional a los recursos.

2. Aplicaciones Prácticas

  • Fidelidad en el Cumplimiento: Muchas veces nos parecemos a esos hermanos: prometemos dar un dinero o tiempo de servicio y no lo hacemos, o posponemos su entrega. Debemos ser conocidos por nuestra fidelidad y el cumplimiento de la palabra dada.

  • Integridad y Planificación: La buena intención (θέλειν - thelein) no es suficiente. Debemos acompañarla de la acción (ποιῆσαι - poiēsai) para asegurar que el compromiso se cumpla.

  • Vencer la Dilación: La dilación en asuntos de generosidad no es neutral; atrofia nuestro carácter y retrasa la ayuda a los necesitados.

3. Preguntas de Confrontación

  • ¿Qué proyectos, promesas o compromisos de servicio o generosidad has dejado inconclusos o "a medias" (ἀπὸ πέρυσι - apo perysi) en tu vida espiritual?

  • ¿Cuál es la brecha entre tu "buena voluntad" (θέλειν - thelein) y tu "puesta en práctica" (ἐπιτελέσατε - epitelesate)?

  • ¿Refleja tu testimonio la constancia de un cristiano que honra su palabra en asuntos materiales?

4. Textos Bíblicos de Apoyo

  • Eclesiastés 5:5: "Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas."

  • Santiago 1:22: "Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos."



III. GENEROSIDAD Y EL EJEMPLO SUPREMO DE CRISTO (Ver 7 y 9)

El modelo teológico inamovible de la generosidad es el sacrificio de Cristo; nuestro dar es simplemente el reflejo del evangelio que nos ha enriquecido.

1. Explicación del Texto

Pablo utiliza la lista de virtudes de Corinto (Fe, palabra, conocimiento, diligencia y amor - v. 7) como base para el desafío: si abundan en todas estas gracias espirituales, deben procurar abundar también en esta gracia práctica. El motor supremo es la gracia de nuestro Señor Jesucristo (v. 9).

  • Él era rico (πλούσιος ὤν - plousios ōn): Participio presente, Su estado continuo de gloria divina como dueño y Señor de todo (Filipenses 2:6).

  • Se hizo pobre (ἐπτώχευσεν - eptōcheusen): Aoristo que marca el evento decisivo de la Encarnación. Ἐπτώχευσεν significa "llegar a un estado de indigencia extrema" o mendicidad. Renunció al uso de Sus atributos y al esplendor de Su gloria (Fil 2:5-8).

  • Propósito: Lo hizo "para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos" (πλουτήσητε - ploutēsēte). Las riquezas obtenidas son espirituales: justificación, paz, esperanza y gloria eterna. Es un intercambio divino (Patrón-Cliente radicalmente invertido) que confronta directamente la teología de la prosperidad.

2. Aplicaciones Prácticas

  • Capacidad de Renuncia: El punto del ejemplo es la capacidad de renuncia que tuvo Cristo para que los demás estuvieran mejor. Esto es lo que se le pide al cristiano: desprendimiento y capacidad de sacrificio con el fin de que otros sean enriquecidos.

  • Rechazo a la Codicia: La pobreza de Jesús en Su encarnación (Lucas 9:58) es un golpe directo a cualquier enseñanza que equipare la riqueza material con la máxima bendición divina.

  • Adoración Activa: La ofrenda es una respuesta de adoración y gratitud al mayor acto de gracia y riqueza que hemos recibido.

3. Preguntas de Confrontación

  • Si Cristo dio Su "todo" (gloria, vida, privilegios divinos), ¿qué "porción" de tu vida financiera o de tu tiempo estás reteniendo celosamente en función de tu propia comodidad?

  • ¿Cómo puedes usar la riqueza espiritual que ya tienes (paciencia, conocimiento, fe) para "hacerte pobre" o renunciar a algo, con el fin de enriquecer a alguien que es pobre en esa misma área?

  • ¿Refleja tu vida el patrón de humillación por amor que vimos en Cristo, o el patrón de la autosuficiencia y la ambición material?

4. Textos Bíblicos de Apoyo

  • Filipenses 2:5-8: "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús..." (el pasaje de la kenosis o vaciamiento).

  • 1 Juan 3:16-17: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos."

5. Frases Célebres

  • "El cristiano ha de ser para su prójimo un Cristo, despojándose y sirviendo." — Martín Lutero



CONCLUSIÓN: Un Llamado a la Acción y la Reflexión

Reflexión: Medita en la gran pregunta de Pablo: ¿Es tu ofrenda un acto de libertad que prueba la autenticidad de tu amor (I), o es una obligación pesada? ¿Es tu servicio una obra acabada que honra tu palabra (II), o es una promesa incompleta? Y, fundamentalmente, ¿refleja tu vida el sacrificio de Cristo (III)?

Llamado a la Acción: Hoy, el Espíritu nos llama a abundar en esta gracia (v. 7). Si has sido un dador perezoso, toma la decisión de ser persistente y finalizar la obra (ἐπιτελέσατε). Si has sido un dador obligado, ora por un corazón libre que dé por amor. Si has sido un dador egoísta, renuncia a algo de tu comodidad para que otros sean enriquecidos, imitando así al Señor Jesucristo que lo dio todo por nosotros.


VERSIÓN LARGA

El alma, cuando se encuentra por primera vez con el torrente de la Gracia divina, inicia un viaje que es más una metamorfosis radical que un simple cambio de dirección moral. La fe, en su esencia más pura, no es un conjunto estático de afirmaciones intelectuales que reposan inmutables en la mente del creyente, sino una fuerza viva, dinámica y transformadora, una charis inmerecida que nos arranca de la fatalidad de la autosuficiencia y del aislamiento existencial, injertándonos en la cepa fecunda de lo divino. Esta Gracia, sin embargo, no puede quedar suspendida indefinidamente en la estratosfera del sentimiento o de la experiencia mística; debe inexorablemente descender, encarnarse y manifestarse en el acto más terrestre y palpable que atestigua su realidad interior: la Generosidad. La generosidad no es meramente una virtud auxiliar, sino la prueba de fuego, el sismógrafo que registra la verdadera magnitud del terremoto espiritual ocurrido en el corazón, evidenciando si la justificación ha desembocado en una santificación práctica.

El Apóstol Pablo, al dirigirse a la iglesia de Corinto —una comunidad rica en dones carismáticos, dotada de elocuencia y conocimiento (gnōsei), pero a menudo superficial, dividida y legalista en su aplicación práctica de la fe—, no utiliza la vara autoritaria del reproche, sino el sutil bisturí de la persuasión pastoral más profunda. Él discierne con claridad que en esta congregación, donde el orgullo intelectual y la ostentación eran moneda corriente, la agapē (el amor incondicional) corría el riesgo letal de petrificarse en una doctrina fría, una fórmula teológica sin flujo, incapaz de manifestarse en la acción tangible hacia el necesitado. Por esta razón, su exhortación detallada y apasionada sobre la colecta destinada a aliviar las penurias de los hermanos pobres de la iglesia de Jerusalén no es, de ninguna manera, una mera cuestión administrativa o de logística financiera, sino la prueba definitiva de que la gracia —la causa eficiente y motivadora— ha producido su legítimo fruto —el efecto visible— en la totalidad de sus vidas. Les implora, con una retórica magistral que apela a su propia excelencia, que, así como son excelentes en todo lo que atañe a la fe, la palabra, el conocimiento, la diligencia y el amor (agapē) —virtudes ya reconocidas en ellos—, procuren con el mismo ardor y la misma intensidad abundar también en esta gracia práctica, esta expresión material y económica de la fe que impacta directamente la vida del prójimo.

El primer y más fundamental pilar sobre el cual se edifica esta arquitectura de la dación en el Nuevo Pacto es la Libertad Soberana del Dador. El Apóstol se revela aquí como un maestro consumado en la retórica del respeto, desmantelando de antemano cualquier posible acusación de tiranía espiritual o imposición legalista. "No hablo por mandato", declara de forma enfática, utilizando el término griego Οὐ κατʼ ἐπιταγὴν (Ou kat' epitagēn). Esta epitagēn, que connota la orden autoritativa, el decreto militar que no admite dilación, negociación ni debate, es precisamente la herramienta que Pablo, con sublime humildad y profunda convicción teológica, se niega categóricamente a usar. Él, como apóstol de Cristo, poseía el derecho inalienable de recurrir a su autoridad apostólica, a la coerción intrínseca de su oficio, para forzar el cumplimiento inmediato de la colecta, pero opta deliberadamente por el camino más elevado de la persuasión ética y espiritual.

En lugar del mandato vinculante (epitagēn), ofrece su consejo o juicio (γνώμην - gnōmēn). Se sienta con ellos, por así decirlo, no como un dictador, sino como un padre espiritual que respeta profundamente la madurez y la capacidad de discernimiento de sus hijos en la fe, apelando con firmeza no a la obligación legalista o al diezmo coercitivo, sino a la convicción interna que solo el Espíritu Santo puede producir. Este contraste entre el mandato legalista y el consejo apelativo es el que define esencialmente la ética de la dación en la dispensación de la Gracia. Si la ofrenda nace de la coerción externa, si se entrega únicamente por miedo a la culpa, por la vergüenza social o por la esperanza supersticiosa de "comprar" una bendición o asegurar un favor divino, deja inmediatamente de ser un acto de amor sacrificial para transformarse en un mero contrato de intercambio, o lo que es peor, en una transacción corrupta que anula la virtud del dador. La ofrenda, por lo tanto, debe ser soberanamente libre, un acto de voluntad no coaccionada, porque es allí, en la esfera sagrada del libre albedrío, donde reside la verdad última y la autenticidad intrínseca del sacrificio.

El propósito central de esta delicada y respetuosa aproximación es probar la sinceridad de vuestro amor (δοκιμάζων τὸ τῆς ὑμετέρας ἀγάπης γνησιόν). La palabra clave en esta frase, la joya incrustada en este fragmento de la enseñanza paulina, es γνήσιον (gnēsion), que denota lo "legítimo, lo genuino, lo auténtico, lo que es de buena cepa y no adulterado". El amor (agapē) que los Corintios profesaban en sus reuniones y discursos debe ser de buena estirpe, no un simulacro hueco para la galería o una performance pública. Y para estimular esta autenticidad tan esquiva, Pablo introduce un elemento poderoso de emulación moral y celo espiritual: el ejemplo inspirador de otros (διὰ τῆς ἑτέρων σπουδῆς), refiriéndose específicamente a la diligencia, la seriedad y el celo (σπουδῆς) de las iglesias de Macedonia (Filipos, Tesalónica). Los Corintios, ricos y a menudo orgullosos de su abundancia material y espiritual, no podían permitir ser superados en esta virtud cardinal de la liberalitas (generosidad) por iglesias que vivían en la extrema pobreza, probando que la verdadera generosidad no es una función del excedente, sino de la voluntad. El Apóstol utiliza este contraste cultural y económico no para avergonzarlos directamente, sino para poner a prueba (δοκιμάζων - dokimazōn) la calidad, la pureza y la autenticidad (gnēsion) de su agapē.

La pregunta fundamental que la búsqueda de la gnēsion nos obliga a enfrentar en la soledad de nuestra conciencia es desgarradora en su simplicidad: si absolutamente nadie te observara, si tu ofrenda no te concediera ningún estatus social, si no te librara de la incómoda punzada de la culpa, ¿seguirías dando con igual fervor, alegría y sacrificio? La generosidad cristiana debe nacer desde el amor genuino por el necesitado, por el hermano en la periferia existencial de la fe, y no desde el narcisismo espiritual. Es este amor auténtico, este fruto maduro y tangible, lo que certifica la verdad experiencial del Evangelio en la vida del creyente. Un líder espiritual o una institución que manipula, avergüenza o coacciona destruye por completo el campo de pruebas, impidiendo que la ofrenda se manifieste como una respuesta gozosa y libre a la gracia inmerecida ya recibida. La máxima expresión del amor, como se ha dicho con profunda sabiduría teológica, no es la ola efímera de un sentimiento pasajero, sino el acto consciente de una voluntad libremente entregada. La epitagēn es la ley que mata; la gnōmēn es el consejo que llama y conduce a la vida verdadera en la libertad de Cristo.

Una vez que el corazón ha pronunciado un "sí" en la absoluta libertad, el camino del discipulado se extiende y se hace empinado, introduciendo el segundo pilar. El segundo pilar innegociable es la Persistencia en el Cumplimiento. La integridad cristiana se revela, no en la brillantez meteórica del inicio, sino en la fidelidad paciente y sostenida de la conclusión de la obra. Pablo elogia a los Corintios porque fueron, de hecho, los pioneros (προενήρξασθε), los primeros entre las iglesias de Acaya en concebir y tener la voluntad (θέλειν - thelein) de iniciar esta colecta. La intención fue prístina; el inicio, fervoroso y audaz. El problema, sin embargo, es que esa acción inicial se había estancado, había quedado peligrosamente inconclusa "desde el año pasado" (ἀπὸ πέρυσι - apo perysi). Se habían detenido precisamente en el punto más peligroso y común de todo proyecto, tanto secular como espiritual: la dilación procrastinadora, el aplazamiento que corroe la buena intención.

El Apóstol confronta de manera directa la brecha abismal que existe entre el querer y el hacer. De nada sirve la buena voluntad (θέλειν) o la intención inicial si no se acompaña de la acción diligente (ποιῆσαι - poiēsai) que culmina y perfecciona la obra. Por ello, el llamado es un imperativo que exige la máxima seriedad y el más alto grado de compromiso: "llevad también a cabo el hacerlo" (ἐπιτελέσατε - epitelesate). Esta palabra griega no pide un esfuerzo momentáneo o parcial, sino la finalización absoluta, el "completad, terminad, llevad a cabo hasta el final". La integridad moral y espiritual se demuestra infaliblemente en el cumplimiento fiel de la palabra dada y en la capacidad de honrar el compromiso contraído ante Dios y ante la comunidad de fe.

La dilación en los asuntos de generosidad y servicio no es una posición neutral ni pasiva; es, en sí misma, una forma silenciosa pero letal de atrofia moral. Retrasar intencionalmente la dádiva o el servicio prometido atrofia el carácter del propio dador e irrespeta la urgencia palpable del necesitado que aguarda. La promesa a medias, el proyecto inconcluso por falta de disciplina, la ayuda pospuesta indefinidamente, se convierten en el testimonio mudo de una fe que es más oidora que hacedora, una fe que se engaña a sí misma creyendo que la intención vale tanto como la acción (Santiago 1:22). La voz de Eclesiastés resuena con una advertencia implacable que trasciende los pactos: "Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas" (Eclesiastés 5:5). La verdadera madurez espiritual no se mide por la audacia del juramento inicial, sino por la constancia disciplinada en la ejecución.

La Persistencia demanda, además, una planificación humilde, constante y, sobre todo, proporcionada: la finalización debe ser "según lo que tengáis" (ἐκ τοῦ ἔχειν - ek tou echein), es decir, rigurosamente proporcional a los recursos disponibles y no una carga imposible de llevar. Pablo, con sabiduría, mitiga cualquier interpretación legalista o extremista. No se trata de un llamado a dar lo que objetivamente no se tiene, sino de cumplir lo prometido con la medida de lo que se posee, venciendo la inercia del "desde el año pasado". Esta proporcionalidad honra al dador, pues si existe la prontitud para querer (προθυμία - prothymia), la dádiva es aceptable para Dios según lo que uno tiene, y no según lo que uno no tiene. Aquí se establece un principio de equidad divina: Dios no exige la imposibilidad heroica, sino la fidelidad sincera con los recursos disponibles, haciendo que la ofrenda del pobre sea tan aceptable como la del rico, siempre y cuando la voluntad sea pronta y el cumplimiento, fiel.

Preguntémonos en la penumbra de la autoevaluación: ¿Cuál es la verdadera brecha que separa el ardor efímero de mi θέλειν (buena voluntad) de la disciplina constante de mi ἐπιτελέσατε (puesta en práctica)? El testimonio del creyente solo refleja la constancia y la fidelidad del carácter de Cristo cuando su palabra y su compromiso en el ámbito material son tan inamovibles como su confesión en el ámbito espiritual. La verdadera philanthropia (amor por la humanidad) se demuestra cuando la promesa atraviesa la dificultad del tiempo y del esfuerzo hasta alcanzar su plena realización.

Finalmente, si la Libertad nos confiere la autenticidad del dador y la Persistencia nos otorga la integridad del cumplimiento, el tercer y supremo pilar nos provee la única Motivación que puede sostener ambas en el tiempo: el Ejemplo Supremo de Cristo. En el versículo nueve, Pablo eleva el argumento de manera espectacular, pasando del plano ético y práctico al clímax teológico, anclando toda la doctrina de la generosidad en el evento fundacional e irrepetible de la fe cristiana.

"Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo..." (Γινώσκετε γὰρ τὴν χάριν). El Apóstol no apela a una revelación nueva, sino a un conocimiento experiencial e inmutable que ya poseían como creyentes: el hecho histórico y redentor del Evangelio. Y en este hecho, reside el motor supremo, eterno y suficiente de toda dádiva cristiana: "que, siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos."

Aquí se despliega el más radical, asombroso y paradójico de todos los intercambios divinos. La Riqueza preexistente de Cristo, denotada por el participio presente πλούσιος ὤν (plousios ōn), no se refiere a tesoros terrenales o posesiones, sino a Su estado continuo de gloria, majestad y deidad divina como Creador, Sustentador y Señor absoluto de todo (Juan 1:1; Filipenses 2:6). Su riqueza era Su esencia misma, la autarkeia de Su deidad, Su autosuficiencia, Su derecho inalienable a la adoración perpetua de todas las huestes celestiales. La riqueza de la Deidad misma.

Y sin embargo, en un acto que desafía toda lógica humana y toda cosmología, por amor a nosotros y por un propósito redentor, se hizo pobre. El aoristo ἐπτώχευσεν (eptōcheusen), un verbo de acción puntual y definitiva, marca el evento decisivo de la Encarnación y la humillación subsiguiente. No significa simplemente "volverse menos rico", sino, en su sentido más profundo, "llegar a un estado de indigencia extrema, de mendicidad, de total dependencia" (ptocheia). Este es el acto de la Kenosis o vaciamiento, donde Él renunció al uso independiente, glorioso y constante de Sus atributos divinos. Asumió la condición humana en su máxima vulnerabilidad, fragilidad, dependencia y carencia material, naciendo en un pesebre y muriendo sin un lugar donde reclinar Su cabeza (Lucas 9:58). Este acto confronta la filosofía de la autosuficiencia humana y reescribe por completo la historia del euergetismo (beneficencia) grecorromano: el Patrón Supremo se despoja de Su gloria esencial y de Su privilegio cósmico, asumiendo la pobreza del Cliente, en una inversión de roles que no tiene paralelo en la historia de las religiones ni en la ética humana.

El Propósito Divino de este acto fue que "vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos" (πλουτήσητε - ploutēsēte). La riqueza que se obtiene no es oro, plata ni capital acumulado, sino la plenitud y la superabundancia de las bendiciones espirituales, celestiales y eternas: la justificación plena, la reconciliación total con Dios, la paz que sobrepasa todo entendimiento, la esperanza inamovible y la filiación divina. Él tomó nuestra pobreza espiritual —el pecado, la culpa y la eterna alienación— para darnos Sus riquezas divinas e incorruptibles. La generosidad humana, por lo tanto, encuentra su modelo perfecto y su causa final en la abnegación de Cristo. Si el Señor del universo se hizo pobre para enriquecernos eternamente, ¿cómo podemos nosotros negarnos a vaciar nuestro tesoro terrenal para enriquecer a nuestros hermanos temporal y, de manera indirecta, espiritualmente?

Nuestra generosidad, así, no es primariamente una obligación a cumplir para mantener el favor divino, sino la respuesta ineludible de adoración, gratitud y asombro a este intercambio inefable y soberano. Es la única forma de vida coherente para el discípulo de la cruz. Si Cristo dio Su "todo"—Su gloria, Su vida, Sus privilegios de Deidad—por nosotros, ¿cómo podemos nosotros, simples mayordomos de bienes temporales, retener celosamente una porción en función de nuestra propia comodidad o ambición material y egoísta? El ejemplo de Cristo es un llamado a la capacidad de renuncia, a la abnegación voluntaria por el bien concreto de otros. Es una invitación a participar activamente, prácticamente y materialmente en el patrón de Su humillación salvífica.

Este versículo redefine radicalmente los conceptos mundanos de riqueza y pobreza. La verdadera pobreza, para el Apóstol, no es la falta de dinero en la cuenta bancaria, sino la eterna separación de Dios. La verdadera riqueza no es la posesión terrenal acumulada, sino la bendición espiritual y la vida eterna asegurada en Cristo. Esta perspectiva de la eternidad y la redención nos libera para ser generosos sin temor, sabiendo que nuestra seguridad final y nuestra identidad irrevocable no residen en lo que logramos retener o acumular, sino en la riqueza inagotable e irrevocable que ya hemos recibido como herencia. La ofrenda, así entendida y vivida, se convierte en una imitación de Cristo, una forma tangible de conformar nuestra vida entera al patrón de amor sacrificial que nos fue modelado de forma suprema en la cruz.

La pregunta que la Kenosis nos deja resonando en el silencio es profundamente personal y confrontacional: ¿Refleja tu vida el patrón de vaciamiento y humillación por amor que vimos en Cristo, o el patrón de la autosuficiencia, la acumulación y la ambición material que rige el sistema económico del mundo que nos rodea? La respuesta a esa pregunta no se encuentra en las palabras elocuentes ni en las grandes confesiones de fe, sino en la arquitectura del dar que hemos logrado construir.

La vida del creyente maduro y completo es aquella que ha logrado unificar en perfecta armonía estos tres pilares: la Libertad del corazón, la Persistencia en el cumplimiento del compromiso y la Motivación inagotable del sacrificio de Cristo. No se puede poseer una sin la otra. Una ofrenda libre, pero inconclusa, es una promesa rota y un testimonio de inconstancia. Un servicio persistente, pero nacido de la obligación externa o la vergüenza, es legalismo estéril que no glorifica a Dios. Y ambos son incompletos e ineficaces si no están anclados profunda y firmemente en la única verdad que los justifica y les da poder: el acto de gracia del Señor que se hizo indigente por nosotros, los pecadores.

El llamado final del Apóstol Pablo no es, por lo tanto, a un simple aumento en el monto de la colecta, sino a una revisión total y profunda de nuestra filosofía de vida y de nuestra administración de la mayordomía. Si el alma se ha descubierto como un dador lento, egoísta, temeroso o superficial, la solución no es un esfuerzo desesperado de la voluntad humana para forzar la generosidad, sino una zambullida renovada en la fuente inagotable de la gracia de Cristo. Hoy, el Espíritu nos convoca con urgencia a abundar en esta gracia (ταύτῃ τῇ χάριτι). Si tu ofrenda ha sido hasta ahora una pesada epitagēn, ora sin cesar por la libertad interna que solo da por amor a la obra de Dios y al prójimo. Si tu servicio o tu promesa de ayuda es una promesa a medias, toma la decisión inquebrantable de ser persistente y finalizar la obra (ἐπιτελέσατε), disciplinando la voluntad. Y si tu corazón se aferra con ansiedad a la comodidad, al lujo innecesario o a la acumulación obsesiva, renuncia a una porción de tu privilegio para que otros sean enriquecidos, imitando al Señor que lo dio todo para que nosotros lo tuviésemos todo en abundancia. La generosidad total es la prueba de la madurez cristiana, la evidencia irrefutable de que hemos conocido y abrazado el intercambio divino en nuestras propias vidas. Es, en el fondo y en la forma, nuestra respuesta de amor a la Gracia Inefable que nos ha transformado de mendigos espirituales en coherederos de la riqueza eterna de Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario