BOSQUEJO - SERMON: CIÑETE COMO VARÓN - JOB 40:6-14

VIDEO DE LA PREDICA
CIÑETE COMO VARÓN
 Job 40:6-14

INTRODUCCIÓN: La Reanudación Solemne del Monólogo (v. 6-8)

El texto se inicia con una reanudación dramática: "וַיַּעַן יְהוָה אֶת־אִיּוֹב מן הסערה" (Vayya'an YHWH 'et-Iyyov min hase'arah). El Todopoderoso, desde la tempestad, no ofrece una simple réplica, sino una reanudación solemne de Su monólogo, cuyo propósito principal ya no es instruir a Job sobre la grandeza de la Creación (caps. 38-39), sino confrontar la raíz de su pecado: la presunción de que su propia justificación personal dependía de la condena implícita del Juez Supremo (v. 8).

Dios le exige a Job que se "ciña como varón" (Hakhin kegever chalalotsecha), un modismo hebreo que exige recoger la túnica para la acción, invitándolo a tomar Su lugar para un examen final. La prueba es clara: si Job se declara más justo que Dios, entonces debe demostrar que está calificado para tomar el gobierno cósmico. El método de Dios es la convicción por auto-admisión: tres desafíos imposibles para que Job mida la distancia infinita entre su poder y la majestad divina.

Frase de Enlace:

Dios somete a Job a una prueba de gobierno imposible, articulada en tres desafíos ineludibles, demostrando que la capacidad de juzgar está ligada intrínsecamente a la omnipotencia, la majestad y la justicia perfecta.


I. EL DESAFÍO DE MOSTRAR SU PODER EJECUTIVO (V. 9)

Dios confronta a Job en el terreno de la fuerza y la autoridad necesarias para imponer el orden en el universo: "¿Tienes tú un brazo como el de Dios? ¿O puedes tronar con voz como la suya?"

Exégesis Bíblica (Job 40:9)

  • El Brazo (Zeroa): En la literatura bíblica, el "brazo" es la metáfora de la potencia ejecutiva, la fuerza y la capacidad de acción redentora o judicial de Dios. Dios desafía a Job a exhibir una fuerza equivalente a la Suya, una capacidad de acción que pueda sostener el universo, crear y juzgar.

  • El Tronar (Tare'm): El trueno es el sonido de la Voz de Dios, el símbolo de Su autoridad legislativa, absoluta e inapelable (Salmo 29). El desafío es, por lo tanto, doble: Job debe tener la capacidad física (Brazo) para actuar y el derecho incuestionable (Voz/Trueno) para decretar leyes y sentencia. Si no puede hacer tronar Su voz, no tiene la autoridad para juzgar la justicia divina.

Aplicaciones Prácticas

  • Reconocimiento de la Impotencia Operativa: Adoptar una postura de humildad radical reconociendo que no poseemos el poder (el Brazo) para ejecutar nuestros propios planes ni para intervenir en las situaciones de la vida con la eficacia y la sabiduría de Dios. La aplicación es rendir nuestra agenda a Su fuerza.

  • Sumisión a la Autoridad Legislativa: Dejar de contender intelectualmente con los decretos divinos. Reconocer que nuestra voz nunca podrá "tronar" con la autoridad de Dios, y por lo tanto, no tenemos el derecho de anular (tapar) Su juicio sobre el mundo o nuestra vida.

Preguntas de Confrontación

  • Si en mis pruebas no tengo el poder para cambiar mi circunstancia más pequeña, ¿qué me lleva a creer que tengo la autoridad moral o intelectual para cuestionar la justicia de Aquel que sostiene el universo con Su Brazo?

  • ¿Cuándo fue la última vez que mi propia fuerza o sabiduría pudo resolver un problema crucial sin la intervención de la Zeroa de Dios?

Textos Bíblicos de Apoyo

  • Job 9:4: "Sabio de corazón, y poderoso en fuerzas, ¿Quién se endureció contra él, y le fue bien?" (Destaca la unión de sabiduría y poder en Dios).

  • Job 26:14: "He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?"

Frase Célebre

"Dios nunca está obligado a dar cuenta de Sus acciones a Sus criaturas. Nuestra sumisión debe ser ciega en la oscuridad y humilde en la luz."



II. EL DESAFÍO DE VESTIRSE DE MAJESTAD Y ALTEZA (V. 10)

Dios lo reta a asumir el estatus y la apariencia del Gobernante Cósmico: "Adórnate ahora de majestad y de alteza, y vístete de honra y de hermosura."

Exégesis Bíblica (Job 40:10)

  • Majestad y Alteza (Hadar veGohah): Estos términos hebreos son atributos exclusivos de la realeza y la deidad, que significan esplendor, supremacía y dignidad gloriosa. La "honra y hermosura" (Tipheret veHod) son la radiante magnificencia que emana de Su ser soberano.

  • Ironía Retórica: Este mandato es profundamente irónico. Job, sentado en ceniza y cubierto de llagas, es desafiado a asumir el estatus celestial. La ironía obliga a Job a sentir la distancia infinita no solo en capacidad (Punto I), sino en posición (Punto II).

  • Perspectiva del Juez: El desafío demuestra que la capacidad de juzgar correctamente no es solo una cuestión de intelecto, sino de estatus y perspectiva. Solo Aquel que está revestido de majestad eterna puede ver todos los hilos del sufrimiento y la maldad sin mancharse.

Aplicaciones Prácticas

  • Renuncia al Trono Personal: Dejar de exigir a Dios explicaciones o resultados como si fuéramos Sus iguales. Reconocer que no poseemos la Majestad ni la Alteza de un Rey soberano, por lo tanto, debemos ceder nuestro derecho a la autogestión y al control de los eventos a Su gloria.

  • Vestidura de Simplicidad: En lugar de intentar "vestirnos de honra" con logros o justificaciones propias, la aplicación es buscar la sencillez, el servicio y la interdependencia, aceptando nuestra condición de criaturas dependientes frente al Creador Glorioso.

Preguntas de Confrontación

  • Si mi vida está marcada por la fragilidad y el dolor (ceniza y llagas), ¿cómo puedo exigir a Dios el manto de la gloria (Hadar veGohah) para juzgar Su plan?

  • ¿Mi oración es una petición humilde o una exigencia disfrazada a Aquel que es infinitamente Superior en estatus y perspectiva?

Textos Bíblicos de Apoyo

  • Job 37:22: "Del norte viene la dorada [gloria, esplendor] hermosura; en Dios hay majestad terrible." (Afirma la majestad inherente de Dios).

  • Job 29:14: "Me vestía de justicia, y ella me cubría; Como manto y diadema era mi rectitud." (El manto de Job era su rectitud humana, insuficiente ante la Majestad de Dios).

Frase Célebre

"La gloria y la majestad son atributos inherentes a Dios; nuestra humildad es la única vestidura adecuada para encontrarnos con Su Alteza."



III. EL DESAFÍO DE EJECUTAR LA JUSTICIA FINAL (V. 11-13)

El desafío culmina con el mandato de ejercer soberanía sobre la maldad, demostrando la imposibilidad de la ira perfecta en el corazón humano: "Derrama el exceso de tu ira; mira a todo orgulloso, y abátelo... Pisotea a los impíos en su sitio..."

Exégesis Bíblica (Job 40:11-13)

  • Ira Perfecta (Heref be'evrah): El imperativo "Derrama/Desata" exige liberar una cólera desbordante e irresistible ('Evrah). Dios le exige una Ira Santa y Perfecta, una herramienta de gobierno legítima que no cometa errores.

  • El Abatimiento del Soberbio (ge'eh): El objetivo es "todo aquel que sea orgulloso" (ge'eh), la raíz de todo pecado. Job debe no solo ver (Ure'eh), sino tener el poder intrínseco de Su mirada para abatir (shaphal) al soberbio.

  • Juicio Ineludible y Final (Tach'tam y Tamnem): "Pisotea a los impíos en su sitio" (Tach'tam). Esto implica la ubicuidad y la inmediatez del juicio. Finalmente, debe "Escóndelos juntos en el polvo (afar)" (v. 13), demostrando poder sobre la mortalidad y la tumba (Seol). El desafío es ejecutar una justicia masiva, simultánea y sin fisuras sobre el destino de la humanidad.

Aplicaciones Prácticas

  • Abandono de la Venganza Personal: Dejar de buscar activamente la ejecución de la justicia contra quienes nos ofenden. Reconocer que no tenemos la capacidad de juzgar ni de pisar a los impíos en su sitio sin caer en el error o la parcialidad. La aplicación es confiar el destino final de la maldad a la 'Evrah (Ira) santa de Dios.

  • Aceptación de la Mortalidad: Reconocer que nuestro destino final es el polvo (afar). Si no podemos salvarnos de la muerte física (v. 13), es una locura contender con Aquel que tiene la llave del juicio eterno. La aplicación es vivir con la perspectiva de la dependencia absoluta para la salvación.

Preguntas de Confrontación

  • Si mi corazón es incapaz de ejecutar una "ira perfecta" sin pecar, ¿por qué no entrego la carga de la justicia por las ofensas recibidas al Único Juez que no comete errores?

  • Si no puedo ni siquiera garantizar mi propia vida ni esconderme del polvo de la tumba, ¿por qué me atrevo a opinar sobre el destino de otros ante el Juez del más allá?

Textos Bíblicos de Apoyo

  • Job 21:30: "Que el malo es reservado para el día de la destrucción; Guardados serán para el día de la ira." (Confirma que el juicio es competencia exclusiva de Dios, reservado para Su día).

  • Job 42:6: "Por tanto, me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza." (La respuesta final de Job al comprender su imposibilidad de ejecutar el juicio perfecto).

Frase Célebre

"La rendición no es un fracaso; es el reconocimiento de que la majestad de Dios es la única realidad que puede salvarnos."



CONCLUSIÓN FINAL: La Rendición y el Sello de la Autosuficiencia (v. 14)

Job 40:6-14 es la demostración divina de que el conflicto humano con Dios es un conflicto por la soberanía. El desafío culmina con la ironía más profunda: "Entonces yo también te confesaré que podrá salvarte tu diestra" (v. 14). Dios se vería obligado a reconocer formalmente el estatus de Job solo si Job fuera capaz de ejecutar todos estos desafíos y, crucialmente, salvarse a sí mismo con su propia fuerza (yeminecha).

El fracaso de Job es inmediato y total, y es la confesión de la verdad: fuimos creados para la dependencia, no para la autosuficiencia. El camino hacia la verdadera paz no está en la justificación de nuestra inocencia a expensas de la justicia de Dios, sino en el reconocimiento humilde de Su infinita capacidad para gobernar un mundo que nosotros no podemos.

Invitación a la Acción y Reflexión

  1. Vístete de Humildad: Quítate la capa de la autosuficiencia y la queja intelectual (v. 8) y ríndete al entendimiento de que el mishpat (juicio) de Dios es infinitamente más sabio que cualquier lógica humana.

  2. Confía en la Diestra de Cristo: Reconoce que tu propia diestra (yeminecha) no puede salvarte (v. 14). Descansa en la obra de Cristo, el único que sí posee el Brazo y la Voz del trueno, el único que ejecutó la justicia perfecta y sometió a la muerte.

  3. Adora al Soberano: Usa este pasaje no como una amenaza, sino como una afirmación del poder de tu Redentor. El Dios al que Job no pudo igualar es el Dios que nos ama y nos sostiene, y solo en Su Majestad encontramos seguridad.


VERSION LARGA

Desde el vórtice donde el cielo se desgarra y la tierra se estremece, donde la voz deja de ser palabra articulada para volverse la presión inmanente de la existencia, resonó de nuevo el monólogo divino. No fue un suspiro balsámico, ni la caricia de una respuesta esperada que pusiera fin a la querella, sino la reanudación atronadora de un juicio que disolvía los cimientos mismos del litigio humano. Vayya'an YHWH 'et-Iyyov min hase'arah. Y Respondió Jehová a Job desde el torbellino. Este no es el Dios que responde con estadísticas o argumentos lógicos a una mente que exige un balance contable de su dolor; es el Dios que se manifiesta como el Misterio insondable y la Soberanía Absoluta, irrumpiendo en el tiempo para confrontar no la pena de Job, sino su presunción.

La primera estación de esta teofanía, en los capítulos precedentes, había sido un recorrido por las maravillas de la Creación, una galería de arte cósmico donde Job, el crítico, era silenciado por la imposibilidad de emular el más mínimo trazo. Pero ahora, la voz que habita en el huracán se vuelve quirúrgica, precisa en su acusación. El propósito ya no es solo instruir sobre el esplendor creado, sino confrontar la raíz del pecado soterrado en el corazón del hombre piadoso: la sutil, casi imperceptible, pero radical, creencia de que la justificación personal de Job, la reivindicación de su inocencia ante los amigos y ante el cielo, pasaba necesariamente por la condena implícita del Juez Supremo. Job había buscado justificar su propia pureza al costo de anular el juicio divino. Él había susurrado, o gritado, en la noche de su aflicción, que si él era inocente y sufría, entonces el que gobierna debía ser injusto o, al menos, descuidado. Y esa, mis amados, es la más grave de las insolencias metafísicas. Es el intento desesperado de la criatura por elevarse a la condición de Juez, por corregir la balanza que solo manos divinas pueden sostener. Es la arrogancia que Dios, en Su paciencia pedagógica, se dispone a desmantelar.

El mandato que sigue es la exigencia de lo imposible, la invitación al duelo en el campo de la deidad: "Ciñe ahora como varón tus lomos, y yo te preguntaré, y tú me responderás" (v. 7). Hakhin kegever chalalotsecha. Es el idioma del esfuerzo supremo, el modismo hebreo que exige recoger la túnica, asegurar las vestiduras para el trabajo, para la carrera, para la acción sin descanso. Dios le está diciendo: Ven, Job, levántate de la ceniza. Recoge tu manto. Si te crees apto para juzgar Mi justicia, entonces toma Mi lugar. Demuéstrame que estás preparado, que tus lomos son lo suficientemente fuertes para soportar el peso de Mi soberanía. Es una invitación a un examen final para el cual el hombre jamás podrá estudiar: la prueba de gobierno cósmico. La prueba tiene una única salida de la angustia: la convicción por la auto-admisión. Dios, en Su infinita sabiduría, no necesita refutar a Job con argumentos; necesita que Job se refute a sí mismo. Por eso, el Todopoderoso establece un desafío imposible, articulado en tres estaciones ineludibles, para que el doliente mida la distancia, inconmensurable e insalvable, que existe entre su poder y la majestad del Eterno. Si Job quiere ser el Juez, debe demostrar que posee la omnipotencia para sostener el orden, la majestad para juzgarlo desde la altura, y la justicia perfecta para ejecutar la sentencia sin mácula.

Así, la Palabra, que es filo y es luz, nos introduce en el primer umbral del examen, un desafío que se alza en el terreno áspero de la fuerza y la autoridad ejecutiva necesarias para imponer el orden en la creación. "¿Tienes tú un brazo como el de Dios? ¿O puedes tronar con voz como la suya?" (v. 9).

Aquí se abandona el debate sobre los principios de la física y la ética, para caer de lleno en la capacidad de ejecución. El Zeroa, el Brazo, es en la literatura bíblica mucho más que una extremidad; es la metáfora sublime y terrible de la potencia en acción, la fuerza ejecutiva, la capacidad de hacer que las cosas sean, la potencia redentora o la fuerza judicial que castiga al impío y libera al cautivo. Dios desafía a Job, y a cada uno de nosotros que hemos dudado de Su Zeroa al vernos en la debilidad: Muéstrame, criatura, tu fuerza equivalente. Dame prueba de una capacidad de acción que pueda sostener el universo, crear los astros y, simultáneamente, juzgar la intención más íntima de cada corazón. . El clamor del hombre en la angustia es a menudo una exigencia de intervención, una demanda para que Dios actúe según nuestra agenda. Pero el Trueno responde: ¿Puedes tú hacer tronar tu propio Brazo? ¿Tienes la energía ontológica para, con un solo movimiento, enderezar lo torcido, detener la ola, restaurar lo perdido y ejecutar la justicia en la plaza pública? La verdad es que nuestra fuerza es un junco que se quiebra al primer viento de la prueba; nuestra capacidad de acción, un soplo que se disipa al intentar mover la circunstancia más pequeña, y sin embargo, nos arrogamos el derecho de fiscalizar la fuerza inagotable del Todopoderoso.

Y la pregunta se vuelve doblemente punzante con el Tronar. Tare'm. El trueno es el sonido que no admite réplica, la Voz de Dios que es autoridad legislativa, absoluta e inapelable (Salmo 29). Si la Voz del hombre es apenas un susurro que implora consuelo o se desgañita en la queja, la Voz de Dios es el decreto que funda la realidad, la Palabra que no solo describe el cosmos, sino que lo decreta y lo ejecuta. El desafío es, por lo tanto, la prueba de la legitimidad soberana. Si Job no puede hacer tronar Su voz con esa autoridad inherente, si su palabra no se convierte instantáneamente en ley cósmica, ¿qué derecho tiene a anular (tapando) el juicio divino? La soberbia humana es, en última instancia, el eco falso de un trueno que jamás ha existido, la pretensión de que nuestro juicio pasajero tiene el peso del Juicio Eterno.

La aplicación práctica de esta confrontación es una que exige la rendición de nuestra agenda personal. Debemos adoptar una postura de humildad radical al reconocer nuestra impotencia operativa. Debemos aceptar que no poseemos el Brazo para ejecutar nuestros propios planes ni la sabiduría para garantizar que nuestras intervenciones en la vida sean justas o eficaces. Cuántas veces, al mirar hacia atrás, hemos de admitir que nuestra propia fuerza solo complicó las cosas, que nuestra propia sabiduría nos condujo a callejones sin salida. . La única salida de este laberinto de la auto-dependencia es rendir nuestra agenda a Su fuerza, someter la fragilidad de nuestro Zeroa al poder del Suyo. Es dejar de contender intelectualmente con los decretos divinos, con el designio que no alcanzamos a comprender, reconociendo que nuestra voz jamás podrá "tronar" con la autoridad de Dios, y que, por lo tanto, no tenemos el derecho de anular o enmendar Su juicio sobre el mundo o sobre el dolor que nos toca vivir. ¿Qué me lleva a creer, en la quietud de mi corazón, que tengo la autoridad moral o intelectual para cuestionar la justicia de Aquel que sostiene el universo con Su Brazo, cuando mi propia fuerza es incapaz de cambiar mi circunstancia más pequeña? Esta es la pregunta que el torbellino nos obliga a contestar. Esta es la verdad que nos libera: la sumisión es el primer paso hacia la paz, el reconocimiento de que hay un Poder inagotable, una Zeroa de amor y justicia, que opera incluso en aquello que nos parece caos. Y en este abandono, se cumple la palabra: "Dios nunca está obligado a dar cuenta de Sus acciones a Sus criaturas. Nuestra sumisión debe ser ciega en la oscuridad y humilde en la luz." La rendición no es un fracaso de la voluntad, sino el triunfo de la sabiduría.

El segundo umbral del examen de gobierno divino exige un cambio de vestidura, una prueba de estatus y de perspectiva. El Juez, con la más punzante de las ironías, le ordena: "Adórnate ahora de majestad y de alteza, y vístete de honra y de hermosura" (v. 10).

Este mandato es la cumbre de la pedagogía divina. Job, el hombre sentado en la ceniza, el paradigma de la fragilidad humana, cubierto de llagas que apestan a debilidad y a finitud, es retado a revestirse de Hadar veGohah: Majestad y Alteza. Estos no son meros adjetivos; son términos teológicos que designan los atributos exclusivos de la realeza y la deidad, la supremacía, la dignidad gloriosa, el esplendor que emana del ser soberano. Tipheret veHod, honra y hermosura, son la radiante magnificencia que solo puede ser inherente a Aquel que no tiene principio ni fin. Y la ironía es brutalmente pedagógica. Job es desafiado a asumir el estatus celestial. ¿Cómo podría el hombre, cuya vestidura más alta había sido su propia rectitud (Me vestía de justicia, Job 29:14), ahora tomar el manto de la gloria? La prueba obliga a Job a sentir la distancia infinita no solo en capacidad (el Brazo), sino en posición.

El desafío nos revela una verdad esencial: la capacidad de juzgar correctamente no es una simple cuestión de intelecto, sino de estatus y perspectiva. Solo Aquel que está revestido de Majestad eterna, que no tiene un origen ni una historia que le limite, puede ver todos los hilos del sufrimiento, la maldad y el bien sin ser mancillado, sin caer en la parcialidad. Nosotros juzgamos desde nuestro limitado horizonte, desde el estrecho círculo de nuestra propia experiencia, desde la herida que nos duele más. Dios juzga desde la eternidad, donde cada dolor se inscribe en un tapiz que aún no hemos visto completo. . El hombre sobre la ceniza solo ve el hilo negro de su desgracia. El Soberano ve el diseño completo.

La aplicación para el alma que se ha sentido tentada a sentarse en el trono personal de la queja es la renuncia a ese trono. Debemos dejar de exigir a Dios explicaciones, o resultados que cuadren con nuestra lógica de retribución, como si fuéramos Sus iguales en jerarquía. No poseemos la Majestad ni la Alteza de un Rey soberano, que tiene derecho a ser incuestionable en Su voluntad. Por lo tanto, debemos ceder nuestro derecho a la autogestión y al control de los eventos a Su gloria. La vanidad del hombre lo lleva a intentar "vestirse de honra" con sus logros, sus buenas obras o sus justificaciones morales, pero la teofanía de Job nos exige un cambio de atuendo radical: debemos buscar la vestidura de la simplicidad y la interdependencia, aceptando nuestra condición de criaturas dependientes frente al Creador Glorioso. Cuando el dolor nos despoja de toda dignidad humana, nos encontramos con la humilde realidad: el único manto adecuado para encontrarnos con Su Alteza es la confesión de nuestra debilidad.

Si mi vida está marcada por la fragilidad y el dolor —la ceniza y las llagas—, ¿cómo puedo siquiera atreverme a exigir a Dios el manto de la gloria (Hadar veGohah) para juzgar Su plan? ¿Mi oración es una petición humilde, un ruego de auxilio, o es una exigencia disfrazada, una negociación con Aquel que es infinitamente Superior en estatus y perspectiva? El silencio de Job ante este desafío es la aceptación de que la Majestad de Dios es la única realidad que puede darnos seguridad, porque Su perspectiva está completa y la nuestra es apenas un fragmento de sueño. La gloria de Dios no es un adorno que Él se pone, sino la esencia de lo que Él es, y ante esa esencia, la única postura posible es la reverencia. No podemos ponernos Su corona; debemos postrarnos ante Ella.

El tercer y último umbral del examen es la prueba culminante del gobierno moral, el mandato de ejercer soberanía sobre la maldad misma, demostrando la imposibilidad de la ira perfecta en el corazón humano. "Derrama el exceso de tu ira; mira a todo orgulloso, y abátelo... Pisotea a los impíos en su sitio..." (v. 11-12).

El desafío se mueve del poder físico y del estatus real a la ejecución ética. Dios le exige a Job que desate la 'Evrah, la cólera desbordante e irresistible. Pero no se trata de cualquier ira; Dios le exige una Ira Santa y Perfecta, una herramienta de gobierno que, al ser liberada, no cometa el menor error, que no se contamine con la pasión egoísta, el resentimiento o la venganza humana. El Juez le pide a Job que asuma la carga de la justicia total, esa que castiga sin excederse ni quedar corta. Y el objetivo es todo aquel que sea orgulloso (ge'eh), la raíz fundamental de todo pecado en el universo. Job debe tener el poder intrínseco en Su mirada para no solo ver (Ure'eh), sino para abatir (shaphal) al soberbio, sin necesidad de ejércitos o leyes terrenales. .

El desafío se hace más temible con el mandato del juicio ineludible y final. "Pisotea a los impíos en su sitio" (Tach'tam). Esto implica la ubicuidad y la inmediatez del juicio. Job debe ser capaz de alcanzar al impío dondequiera que se esconda, sin necesidad de testigos o evidencia forense. Y el golpe final es el poder sobre la muerte: "Escóndelos juntos en el polvo (afar)" (v. 13), demostrando poder sobre la mortalidad y la tumba (Seol). El desafío es ejecutar una justicia masiva, simultánea y sin fisuras sobre el destino final de la humanidad, un juicio que trascienda la vida y la muerte.

Aquí el hombre se encuentra con su propia incapacidad para la ira santa. Nuestro corazón, por noble que sea nuestro deseo de justicia, es incapaz de ejecutar la venganza sin pecar. Cuando buscamos activamente la ejecución de la justicia contra quienes nos ofenden, solo caemos en el error, la parcialidad o la amargura. La aplicación es, por lo tanto, el abandono de la venganza personal. Debemos reconocer que no tenemos la capacidad de juzgar ni de pisar a los impíos en su sitio, sino que debemos entregar esa carga al Único Juez que no comete errores. La única paz ante la injusticia es confiar el destino final de la maldad a la 'Evrah santa de Dios, Aquel que ha reservado el castigo para el Día de Su Ira (Job 21:30).

Y la aplicación se cierra con la aceptación de la mortalidad. Nuestro destino final es el polvo (afar). Si no podemos ni siquiera salvarnos de la muerte física (v. 13), si no podemos escondernos del polvo de la tumba, ¿con qué locura nos atrevemos a opinar sobre el destino eterno de otros ante el Juez del más allá? La vida es breve y frágil, un soplo. La aceptación de nuestra mortalidad es el reconocimiento de nuestra dependencia absoluta para la salvación y para el juicio. El camino de la fe es soltar las riendas del juicio y confiar en el Piloto. Si mi corazón es incapaz de ejecutar una "ira perfecta" sin pecar, ¿por qué no entrego la carga de la justicia por las ofensas recibidas al Único Juez que no comete errores? Job, al final, comprende que si tuviera que cargar con la justicia del mundo por un solo día, se hundiría en el abismo. Su respuesta final de arrepentimiento, me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42:6), es la confesión de la criatura que se da cuenta de que ni siquiera su propia justicia es digna de juicio.

Y el clímax de esta confrontación se encuentra en la ironía divina que concluye el monólogo, la promesa condicional que es, al mismo tiempo, el sello de nuestra condenación y el anuncio de la única salvación posible: "Entonces yo también te confesaré que podrá salvarte tu diestra" (v. 14).

Job 40:6-14 es la demostración ineludible de que el conflicto humano con Dios es fundamentalmente un conflicto por la soberanía. El desafío se cierra con la ironía más profunda: Dios se vería obligado a reconocer formalmente el estatus de Job solo si Job fuera capaz de ejecutar todos estos desafíos—el poder, la majestad, la justicia perfecta—y, crucialmente, salvarse a sí mismo con su propia fuerza, su propia yeminecha (diestra). El fracaso de Job es inmediato y total, y es la confesión de la verdad: fuimos creados para la dependencia, no para la autosuficiencia. El camino hacia la verdadera paz no está en la justificación de nuestra inocencia a expensas de la justicia de Dios, sino en el reconocimiento humilde de Su infinita capacidad para gobernar un mundo que nosotros no podemos, ni entendemos.

La invitación final a la acción es despojarse del manto de la autosuficiencia, de la queja intelectual y del intento de corregir al Creador. Ríndete al entendimiento de que el mishpat (juicio) de Dios es infinitamente más sabio que cualquier lógica humana. Reconoce que tu propia diestra (yeminecha) no puede salvarte (v. 14). Y aquí, en la derrota de Job, encontramos la victoria de la fe. Descansa en la obra de Cristo, el único que sí posee el Brazo y la Voz del trueno, el único que se vistió de Majestad para luego despojarse de ella en la Cruz, el único que ejecutó la justicia perfecta y sometió a la muerte. El Dios al que Job no pudo igualar es el Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros. Adora al Soberano. Usa este pasaje no como una amenaza, sino como una afirmación del poder de tu Redentor. El Dios que desafió a Job es el Dios que nos ama y nos sostiene, y solo en Su Majestad encontramos seguridad, no en nuestra capacidad de contender.

 

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